Ferran Sánchez: Història. Divulgació. Docència.

Ferran Sánchez: Història. Divulgació. Docència.
"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

domingo, 27 de febrero de 2011

ROGER CASEMENT SEGÚN VARGAS LLOSA (1): EL “BARTOLOMÉ DE LAS CASAS BRITÁNICO”



Ha querido la casualidad que Mario Vargas Llosa estrenara su novela sobre Roger Casement, justo cuando la organización SURVIVAL ha publicado unas imágenes sobre indígenas no contactados en Brasil. Se trata de unas poblaciones muy vulnerables porque, al no tener contacto regular con el mundo exterior, carecen de inmunidad frente a las enfermedades que podrían transmitirles, por ejemplo, los trabajadores de la petrolera española Repsol-YPF, que no opera demasiado lejos. Al rememorar el impacto de la depredación occidental en África y América, quizá la novela de Vargas Llosa contribuya a levantar voces como la que en su día alzó Roger Casement. "El sueño del celta" es su historia...

La desaparición del doctor Livingston en África, y la aventura de Stanley buscándolo, llenaron la imaginación infantil de Roger Casement de selvas, fieras, paisajes indómitos y hombres intrépidos. Por eso se enroló en la expedición de Stanley al Congo en 1884, convencido de que “llevar al África los productos europeos e importar las materias primas que el suelo africano producía era, más que una operación mercantil, una empresa a favor del progreso de los pueblos detenidos en la prehistoria, sumidos en el canibalismo”.



Pronto se desengañó: el rey de Bélgica se reservó un dominio para su explotación personal (1886) y reclutó una milicia que “se enquistó, como un parásito en un organismo vivo, en la maraña de aldeas diseminadas en una región” del tamaño de Europa, y cayó sobre los africanos como una plaga más depredadora que las langostas, porque “soldados y milicianos de la Fuerza Pública eran codiciosos, brutales e insaciables tratándose de comida, bebida, mujeres, animales, pieles, marfil, y en suma, de todo lo que pudiera ser robado, comido, bebido, vendido o fornicado”.



La explotación del caucho –que tanto necesitaba Europa para impulsar la Segunda Revolución Industrial-, se legitimaba, pese a su salvajismo, con discursos que se prometen filantrópicos, pero son, en realidad, racistas, y que la novela de Vargas Llosa recrea con verosimilitud en la página 41: “Vendrán misioneros que los sacarán del paganismo y les enseñarán que un cristiano no debe comerse al prójimo. Médicos que los vacunarán contra las epidemias y los curarán mejor que sus hechiceros. Compañías que les darán trabajo. Escuelas donde aprenderán los idiomas civilizados. Donde les enseñarán a vestirse, a rezar al verdadero Dios, a hablar en cristiano y no en esos dialectos de monos que hablan. Poco a poco reemplazarán sus costumbres bárbaras por las de seres modernos e instruidos. Si supieran lo que hacemos por ellos, nos besarían los pies. Pero su estado mental está más cerca del cocodrilo y el hipopótamo que de usted o de mí. Por eso, nosotros decidimos por ellos lo que les conviene y les hacemos firmar esos contratos. Sus hijos y nietos nos darán las gracias”. En virtud de esos contratos los congoleños se convertían en cargadores o recolectores de caucho, pese a que sus caciques insistían en “que no podían desprenderse de hombres indispensables para cuidar los sembríos y procurar la caza y la pesca de que se alimentaban. A menudo, ante la cercanía de los reclutadores, los hombres en edad de trabajar se escondían en la maleza. Entonces comenzaron las expediciones punitivas, los reclutamientos forzosos y la práctica de encerrar a las mujeres como rehenes para asegurarse que los maridos no escaparían”



La denuncia de los abusos cometidos en el Congo que Casement redactó fue publicada por el gobierno inglés en 1904. La polémica abierta por aquella letanía de látigo, cadenas y manos cortadas, verdadero icono del régimen leopoldino, permitió que le encargaran también un Informe sobre el Putumayo (1912), en el que denunció la explotación brutal a la que la Peruvian Amazon Company sometía a los indígenas. A la vuelta del Amazonas, Casement se convirtió en un dinámico activista dispuesto a convencer a la próspera sociedad europea de que había que dictar un escarmiento ejemplar para el rey del caucho, el peruano Julio César Arana.



Resulta curioso comprobar que los argumentos que Vargas Llosa pone en boca de los colonizadores se parecen a los que él mismo (u otros apologistas) ha utilizado en ocasiones para defender la globalización. Recuerdo la entrevista que Jordi González realizó hace unos años en un magazine televisivo nocturno a un prestigioso economista catalán que disculpaba las agotadoras jornadas laborales en las fábricas de una multinacional en el sudeste asiático diciendo que era bueno que las niñas durmieran junto a los telares porque así se evitaba que vagaran por la selva a merced de las minas anti-persona. Casement escucha también en la Amazonía idioteces de ese calibre, como que “sería mil veces peor que crecieran en las tribus, comiéndose los piojos, muriendo de tercianas y cualquier peste antes de cumplir diez años”. “Póngase en su lugar por un momento”, hace responder Vargas Llosa a Casement. “Están allí, en sus aldeas, donde han vivido años o siglos. Un buen día llegan unos señores blancos o mestizos con escopetas y revólveres y les exigen abandonar a sus familias, sus cultivos, sus casas, para ir a recoger caucho a decenas o centenas de kilómetros, en beneficio de unos extraños, cuya única razón es la fuerza de que disponen”. El aludido responde sin la mínima empatía: “Yo no soy un salvaje que vive desnudo, adora a la anaconda y ahoga en el río a sus hijos si nacen con el labio leporino. Pone usted en el mismo plano a los caníbales de la Amazonía y a los pioneros, empresarios y comerciantes que trabajamos en condiciones heroicas y nos jugamos la vida por convertir esos bosques en una tierra civilizada. (…) Según su criterio, los peruanos tendrían que dejar que la Amazonía continuara en la edad de piedra por los siglos de los siglos. Para no ofender a los paganos ni ocupar esas tierras con las que no saben qué hacer porque son perezosos y no quieren trabajar”.

La pésima lectura de Darwin contenida en esos argumentos tiene mucho en común con la mala lectura de Adam Smith que hacen los neoliberales, cuyos platos rotos estamos pagando hoy. El flamante premio Nobel discutía con Jorge Semprún en El País (1 de septiembre de 1996) celebrando que “estamos asistiendo a un fenómeno extraordinariamente positivo, quizá lo mejor que le ha ocurrido a la humanidad en toda su historia: la internacionalización total del planeta, la disolución progresiva de fronteras en todos los campos, en lo cultural, en lo tecnológico, en lo económico”. Ignoraba conscientemente los efectos devastadores del fenómeno, el incremento de las desigualdades, la sobreexplotación irresponsable del planeta. Me dirá el insigne escritor que el imperialismo era mucho peor, pero me temo que –por mucho que las cifras macroeconómicas con las que celebramos el reciente éxito de la India se quieran desasociar del Congo colonial- la relación desigual entre globalizadotes y globalizados tiene mucho en común con la que unía a las colonias con sus metrópolis. Y que no se pueden ridiculizar, como él ha hecho en ocasiones, las teorías representadas por Chomsky (El beneficio es lo que cuenta. Neoliberalismo y orden global, Crítica, 2000), Susan George (“El Informe Lugano: preservar el capitalismo en el s. XXI”, Icaria, 2000), o el NO LOGO de Naomí Klein (Paidos, 2001).

En un pasaje de la novela, Joseph Conrad le dice que Roger Casement que debiera figurar como coautor de "El corazón de las tinieblas" porque "usted me desvirgó". Le habrán abierto los ojos también ahora a Vargas Llosa? ¡Nunca es tarde si la dicha es buena!

miércoles, 23 de febrero de 2011

GABRIEL CARDONA EN ACCIÓN



Recientemente ha fallecido el historiador Gabriel Cardona, al que tuve de profesor durante la carrera. Sólo cursé una asignatura troncal con él, en segundo, una Historia contemporánea de España obligatoria; y sólo fue un trimestre, pero la verdad es que guardo cálidos recuerdos de aquellas tardes frías de otoño en el campus de Diagonal. Era un aula larga, de grandes ventanales, tras los que la silueta del profesor se recortaba sobre el cielo mortecino de la tarde –caía la noche durante esa hora y media- y apenas se iluminaba cuando, algo más al fondo, a su espalda también, el Camp Nou despedía una luz azul eléctrica cada vez que tocaba partido. Guardo los apuntes de aquellas clases como oro en paño porque fueron los más inclasificables de toda la carrera, y hoy me he decidido a escribir sobre ellos porque leerlos me hace reír y me permiten acordarme del ingenio docente de Gabriel Cardona.

Su marcha cuesta de superar: no sólo porque ha sido consecuencia de un desgraciado accidente y porque faltaban pocos días para que presentara “Las torres del honor”, sino porque perdemos a un observador lúcido y crítico del “problema militar” español, que hacía gala de una ingeniosa lucidez, comprometida y valiente. Estos días es imposible no leerle, porque todas las revistas incluyen alguna colaboración suya con motivo del trigésimo aniversario del 23F y de la publicación de sus recuerdos en el cuartel durante aquella misteriosa jornada. Al hacerlo, uno se da cuenta de las brillantes aportaciones que aún podría haber hecho, pero también de su compromiso con la transmisión –en un registro accesible- de los conceptos y procesos más complejos.

Tengo apuntado que ya el primer día de clase se lamentó de que “estamos pegados a Europa pero no siempre tenemos allí la voluntad, la razón o el corazón” y destacaba a las personas que –en los últimos doscientos años- han entregado su vida a hacer de este país un espacio “en el que tengamos derecho a discrepar, pensar y opinar sin que nos molesten demasiado”, añadiendo que se dejaron la piel por traer “algo maravilloso que había al otro lado de los Pirineos, a lo que llamaban libertad”.

Anoté que empezó el curso hablando de “La familia de Carlos IV”, de Goya, "un cuadro en el que el no parece tonto es que lo es”, y que los Borbones se dedicaban exclusivamente “a la misas, las cacerías y las queridas, pasatiempos con los discrepo o para los que no tengo edad”. Emprendíamos la invasión napoleónica escuchando que “los franceses han sido buenos vecinos, porque nos enseñaron a pecar. ¡Pecar nos humaniza! Qué sería de París sin la lujuria y la gula…”. Pocos días después nos presentaba la Constitución de Cádiz diciendo que “a mi el grito de Viva La Pepa me sigue emocionando”. Apunté que, para diferenciarlos, decía que “los liberales progresistas creían que los obreros tienen derecho a un bocadillo diario y poco más; y los moderados creen que sólo a un trozo, y si se lo ganan”; o que el liberalismo doctrinario consiste en “que deben mandar los más capacitados. Es decir, los ricos; porque si los pobres no se hacen ricos es porque son tontos, de acuerdo con la forma de pensar de los ricos”.

Un día citó a Marx y puntualizó que “no tiene nada que ver con los hermanos del camarote”, y otro afirmó que “Nueva York es el orgullo de la humanidad y la vergüenza del capitalismo. Lo primero porque gente de todas clases vive junta sin matarse; lo segundo porque vive mal”. Al hablar del Desastre de 1898, nos dijo que “si los españoles hubieran querido volar el Maine, se habrían equivocado de barco”. Y al denunciar a la burguesía esclavista dijo que “todos estaban convencidos de que los negros no tenían alma, hoy sabemos que los blancos tampoco”, y confesaba que “no quiero hacer una historia partidista, pero es que a mi las víctimas me caen bien”.

Me acuerdo de que cada vez que la explicación le obligaba a escribir el nombre de Franco en la pizarra, al cabo de unos minutos se detenía un segundo, miraba en silencio la palabra escrita y, de pronto, se precipitaba sobre el estrado diciendo “voy a borrarlo, no vaya a ser que resucite”. Otra perla: “España es el país más importante de la historia del anarquismo, aunque no de las ideas anarquistas. España, de hecho, no es importante en la historia de las ideas de nada. En todo caso, de las malas ideas”.

He de confesarte, maestro, que copio algunos de esos latiguillos en clase, y que –pese al salto generacional- siguen teniendo éxito. Lo hago porque quiero inspirarme en los mejores, por eso alguna vez les he contado a mis alumnos que tenía un profesor que acababa algunas clases preguntando “¿ha quedado lo suficientemente confuso como para que sea cierto?”. Y es verdad que la realidad siempre es compleja, y casi nunca como nos gustaría: “la gente, harta de tanta incertidumbre, no se apasiona con los cambios. Tú le dices a la gente, señora qué quiere, la revolución o un televisor en color. Y hartos de problemas porque la libertad no se come, se quedan con la tele”, se lamentaba un día.

Cuando empiezo un libro de Gabriel Cardona -tengo sobre la mesilla de noche su último trabajo sobre Alfonso XIII, esperándome- siempre pienso que, arrancándonos tres carcajadas con sus gracias, sólo pretendía despertarnos la curiosidad para que nos lanzáramos sobre la bibliografía. Despertarnos dudas era una estrategia consciente porque –como nos dijo el último día de clase de aquel curso- “pensar supone a menudo quedarnos desnudos ante la realidad. Uno se siente más arropado con la fe, pero aquello para lo que se necesita fe para creer suele ser mentira”.

Gracias, maestro, por recordarme el valor de vivir a la intemperie. Y que el pensamiento nunca debe tomar asiento. ¡Le recordaré siempre!


viernes, 11 de febrero de 2011

ALEXANDRE (1): MERCHANDISING O EXTRATERRESTRE?



Aprofitant les dues exposicions ofertes ara a Europa al voltant d’Alexandre –“Encuentro con Oriente”, a Madrid, i “El inmortal”, a Ámsterdam- vaig convidar Borja Antela Bernárdez (Moaña, Pontevedra, 1977) a parlar-nos-en al Club d’Amics de la UNESCO. Aquest doctor en Història de Grècia per la Universitat de Santiago de Compostela el 2004, va publicar en gallec l’any següent la seva tesi sobre la relació d’Alexandre amb la ciutat d’Atenes. Actualment, es professor associat d’Història Antiga a la UAB, i ha publicat amb la UOC el manual “Pèricles no hi és, breu Història de l’Antiga Grècia” (2009), on proposa deixar de banda els personatges tradicionals: “Molts aristòcrates grecs han estat presents en la historiografia (…) com una demostració que era aquesta elit econòmica i cultural aristocràtica la que regulava el geni dels grecs”; i afegeix: “He preferit prestar més atenció (…) al col•lectiu”. És un llibre, doncs, molt especial, que “neix d’una inquietud molt tendra i antiga”, tal i com diu el propi autor en la introducció, en la que cita els contes del seu pare -“aquella Il·líada per a infants que ell mateix s’inventava”- i “la trobada de la llum hel•lènica als ulls de la meva dona en un viatge memorable”. També en termes tan humans com aquests Borja Antela ens va explicar Alexandre. Defugint els discursos mistèrics, que de vegades atorguen a l'excepcionalitat alexandrina tants mèrits que el fan inexplicable, un extraterrestre gairebé, Antela ens va presentar quins contextos van fer possible la gesta alexandrina.

Per una banda cal parlar del sistema polític macedonià, una monarquia basada en el mèrit personal del rei sobre una aristocràcia guerrera -els seus “companys” o “hetairoi”- dintre de la qual és el primus inter pares. El prestigi guanyat a Queronea, on va dirigir la cavallería del seu pare contra els tebans, acompanyaria Alexandre sempre. Però l’autoritat del rei macedoni no solament li venia de la victòria i del valor militar, també de l’administració dels ascensos i del botí, que explicarien que l’exèrcit el seguís fins a tant lluny. Les reformes militars introduïdes pel seu pare, Filip II, que va incorporar el model hoplític que havia après a Tebes i les llargues llances de 6 metres que farien impenetrable la falange, farien possibles les successives victòries a Àsia.

Es discuteix sovint la influència d’Aristòtil, el seu mestre, en l’imaginari alexandrí. Sigui quina sigui, el sanguinari conqueridor que arrassa ciutats vençudes, propicia gegantines matances o venja la mort del seu amant en la persona del metge que no l’ha pogut salvar, és un home culte malgrat tot. Per això evita destruir Atenes quan la venç: la considerava seu de l’intel·lecte; per això –en castigar Tebes- salva la casa del poeta Píndar. Conclusió: Alexandre és l’home llegit que reclama llibres i dorm amb la Il·líada sota el coixí. Les seves campanyes, en abocar a la Mediterrània tot el saber babiloni sobre el zodiac, les matemàtiques, el moviment dels astres, o la geometria, o en pretendre delimitar i mesurar el món conegut aleshores, són també un viatge iniciàtic de coneixement, una expedició científica.

Finalment, per entendre per què la gesta alexandrina va ser possible, hem de fixar-nos també en un discurs religiós que diferenciava els déus, immortals, dels homes, mortals; i que creia que les gestes permetien alguns homes –els herois- perviure en el record i semblar-se així als déus. Són aquestes referències mítiques –i certes per a l’imaginari grec- les que Alexandre fa servir per legitimar el seu poder. La propaganda alexandrina confecciona un llenguatge iconogràfic innovador, que pretén arribar a tots els súbdits d’un imperi tan divers com immens. Per superar la barrera de la diversitat i la llengua fa servir un discurs visual: és el primer, per exemple, que inclou el seu perfil en les monedes, amb els ulls sempre mirant al cel per recordar que és –com demostren les seves victòries- l’escollit dels déus.

D'heroi a déu (el camí cap al despotisme)


L’assimilació de la imatge alexandrina –ben controlada per un nucli tancat i privilegiat d’artistes- amb tres referents mitològics successius (Aquiles, Heracles i Dionís) sembla mostrar la intenció conscient de presentar-se com l’escollit dels déus, atorgant així a les conquestes una legitimitat d’origen diví. Les proeses fan d’Alexandre el sucesor dels herois. Quan visita, amb el seu amant, Hefasteion, la tomba d’Aquiles i el seu amant, Patroclo, està assimilant l’atac a Pèrsia amb la mítica guerra de Troia. En comptes d’escollir presentar-se com el nou Agamenó (el referent panhelènic de la Guerra de Troia), que podria tenir alguna connotació tirànica, prefereix trencar la tradicional iconografía barbada i presentar-se com un jovenet, amb la seva famosa elevació de cavell que fa que el seu semblant recordi un lleó. És el cas del bust sobre pilar trobat a Azara (obra de Lísip, avui al Lovre) o del mosaic pompeià que representa el macedoni a la batalla d'Issos i que encapçala aquest post.

Les referències al lleó augmenten després de visitar Siwah. Aleshores, deixa de presentar-se com l’heroi que combat contra els perses i pretén superar l’status heroic i publicitar la seva filiació divina. Com que la gesta l’allunya de l’ideal grec de mesura i virtut continguda, deixa enrere la identificació com Aquiles –predestinat a véncer els perses però a morir en l’empresa, i que per tant ja no li seveix com a referent- i potencia la seva identificació amb Heracles. Igual que Heracles va véncer el lleó de Nemea, ell ha vençut el Gran Rei (i el lleó, al qui solament podien matar els reis, és també rei del món animal!). Adoptar la imitació del seu pretés ancestre, Heracles, és reclamar una filiació divina. Alexandre està avançant en el procés de divinització i, per tant, reforçant el seu poder personal.

Ja tornant de l’Índia, sovintejen les representacions com a Dionís. Ha superat la gesta del fill de Zeus, i –com el Déu del capgirament- ho ha capgirat tot: ara és ell qui governa el món. Folla de deliri bàquic, la seva comitiva cortesana crema el Palau de Xerxes a Persèpolis. Fa servir la història de Dionisos perquè els qui havien negat la seva naturalesa sobrenatural havien estat castigats. La imatge del déu venjatiu, que destrueix els qui neguen el seu poder, podria constituir una advertència als opositors. Assimilar-se a Dionís li permetria defensar per la força la seva naturalesa divina no reconeguda. Segons Borja Antela ha escrit, tota aquesta elaboració propagandística successiva (que passa per les tres fases d’heroi, heroi-déu i déu mateix) amagaria l’existència d’un projecte de govern, encara que la mort prematura del rei macedoni ens priva de les dades necessàries per comprendre’l.

Que aquest llenguatge alexandrí del poder va tenir èxit ho demostra el fet que el personatge ha arribat fins a nosaltres envoltat d’una admiració èpica. Les dues exposicions ensenyen que la seva gesta ha enlluernat la humanitat generació rera generació. La “imitatio Alexandri”, de fet, va seduir personatges de tota mena: quan penses en un home que va viure 33 anys com a fill de Déu, convertint-se en Déu al morir, després d'un bon grapat de gestes miraculoses ... en qui penses?

sábado, 5 de febrero de 2011

CONSTRUIR LA REVOLUCIÓN: ARTE Y ARQUITECTURA EN RUSIA 1915-1935



Ha sido interesante hoy vagar en Caixaforum por la exposición que comparte título con este post. Aunque de difícil lectura para los que cojeamos en arte, me ha parecido un evento importante: es la primera vez que un discurso cultural dedicado a un público generalista nos recuerda los aciertos de la revolución soviética y cómo se estrellaron frente al giro reaccionario del totalitarismo stalinista. Como dice el programa de mano, en el período estudiado, “Rússia va viure un període d’intensa activitat en el camp de les arts plàstiques i l’arquitectura, amb el desenvolupament d’un llenguatge radical i innovador” en el que “seguint l’exemple de l’arquitectura moderna europea, la funció dictava la forma externa, que es manifestava a través de formes geomètriques pures sovint sostingudes per pilars sense ornamentació, amb finestres horitzontals continúes i cobertes planes”. Se pretende despertar interés por esos edificios, hoy en estado lamentable, y crear así una conciencia internacional que pueda recuperarlos y rehabilitarlos.

La exposición se organiza por tipos de edificios, y presenta un triple diálogo entre las fotografías antiguas de cada proyecto -pertenecientes al Museo Estatal de Arquitectura Sxússev -, las que ha realizó el fotógrafo Richard Pare entre 1992 y 2001, y las obras de arte creadas por las vanguardias rusas que hoy forman parte de la Colección Costakis del Museo de Arte Contemporáneo de Tesalónica.

El nuevo estado nacido de la revolución requería nuevos edificios: comunas y comedores comunitarios (que querían liberar a la mujer de la cocina en el hogar para incorporarla como fuerza de trabajo), equipamientos deportivos para el proletariado victorioso, fábricas y centrales eléctricas con los que superar los ambiciosos planes de industrialización. Los arquitectos que protagonizaron este estallido de creatividad experimental superaron el reto que suponía para la industria de la construcción, pero se estrellaron contra el programa estético del stalinismo.



En el apartado de las construcciones del poder, destaca el Edificio Izvestia (Moscú, 1927) de Grigori y Mikhail Barkhin, la redacción de uno de los periódicos oficiales del partido bolchevique, un proyecto inspirado en la propuesta de Walter Gropius y Hans Meyer al concurso del Chicago Tribune en 1922. También se nos enseña el Edificio del Gosprom en Khàrkov (Ucrania), que Eisenstein utiliza como ciudadela burocrática bolchevique en la película “Lo viejo y lo nuevo”, y la torre de radiodifusión Kàbolovka (Moscú, 1922) de Vladimir Xúkhov, la primera estructura industrial construida tras la revolución de 1917 para difundir el mensaje revolucionario del Komitern. También el mausoleo de Lenin (foto) perseguía esas funciones: incluía una tribuna de oradores adosada para proclamar que el leninismo era la base del socialismo ruso que sus sucesores debían perpetuar.

Entre los edificios industriales, destaca la fábrica de pan que Gueorgui Marsakov construyó en Moscú en 1931. Pero también están las presas gigantescas con las que el Primer Plan Quinquenal quería convertir la Unión Soviética en una potencia militar e industrial, o las centrales eléctricas que –según Lenin- eran, junto a los soviets, la esencia del comunismo.



Las viviendas constituyen el tercer tipo de construcciones estudiadas en la exposición. El éxodo rural y la industrialización forzada provocaron tal aumento del número de trabajadores en las ciudades que urgió levantar complejos residenciales a gran escala con equipamientos adyacentes, pero también guarderías, cantinas o bibliotecas. Me ha llamado especialmente la atención, sin embargo, la maqueta de la casa de Konstantin Melnikov en Moscú (1927-1931). Por su éxito en la Exposition Internacionales des Arts Décoratifs et Industriels Modernes celebrada en París en 1925, se concedió a este arquitecto un solar céntrico para que se construyera su propia casa. Pero como más tarde se mostró opuesto a la directiva stalinista de adoptar un lenguaje clásico en arquitectura, fue arrinconado del ejercicio profesional y acabó trabajando como diseñador de sistemas domésticos de calefacción.

Finalmente, en el apartado dedicado a la educación y el ocio, destacan los clubs de trabajadores con los que se quería transformar las actitudes del pueblo mediante actividades deportivas, educativas y culturales. Planificar el ocio era también promover una mano de obra sana y productiva, por lo que –durante los Planes Quinquenales- se premiaría con veraneos en sanatorios y centros termales el rendimiento excepcional de los trabajadores más entusiastas.

Todas esos paradigmas con los que el arte de la revolución había contestado a los de la burguesía (la mansión, la catedral…) pretendían levantar un mundo nuevo. Cuando le preguntan a Richard Pare, en el catálogo de la muestra, si la arquitectura podía contribuir en esa dirección, el fotógrafo responde que “una de las catástrofes de la historia de la arquitectura del siglo XX es que en Rusia no tuvieran la oportunidad de desarrollar plenamente sus ideas y ponerlas en práctica”. Me sorprendería que su búsqueda de esos edificios ignorados durante décadas, a los que los libros de arquitectura apenas dedican unas líneas, amenazados por la falta de inventario y la especulación inmobiliaria, lograra salvarlos. Y es que la demonización de la revolución imperante hoy, que no distingue entre el proyecto de Octubre y su secuestro por Stalin, nos impide distinguir entre los proyectos soñados y sus prosaicas materializaciones: en 1932 el régimen stalinista fusionó las asociaciones de arquitectos en un sindicato controlado por el partido e impuso las referencias clásicas.

No sólo en arquitectura, la primavera revolucionaria dejó paso a las siniestras purgas, y cabe exonerarla de las responsabilidades que no le corresponden porque –con la que está cayendo- nos urge dotarnos de referentes históricos que dignifiquen a quienes intentaron levantar un mundo mejor. Salvar a la revolución del dogma neoliberal que la estrangula me resulta hoy tan importante como salvar a esos edificios que constituirían –eso sí- rincones para su memoria. ¡Y también por eso la exposición de Caixaforum me ha parecido importante!

lunes, 31 de enero de 2011

CICLE ALTAVEU: 10 HISTÒRIES AMB LA MEDITERRÀNIA AL FONS


Aquesta setmana comença per a Fent Història un cicle de conferències molt especial. Està inclòs dins la programació d’hivern del Programa Altaveu de les Cultures que –com cada semestre- organitza Amics de la UNESCO. En aquesta ocasió, la seu del cicle serà la de l’IEMED, al carrer Girona núm. 20 de Barcelona, i el cicle inclourà set firmes de l’Associació Catalana d’Estudis Històrics, a més de tres reconeguts professors universitaris.

De fet, la conferència inaugural (demà, 1 de febrer) anirà a càrrec del dr. José Enrique Ruiz-Domènec, catedràtic d’Història Medieval a la UAB. L’autor de “El Mediterráneo: historia y cultura” ens proposarà un viatge iniciàtic per ciutats com Antioquia, Alexandria, Salònica, Atenes, Venècia, Nàpols, Palermo, Gènova, Barcelona, Màlaga i Cadis; des de la mítica i poètica guerra de Troia fins els problemes d’integració cultural dels nostres dies, buscant episodis rellevants i acostant-nos a la Història, la literatura i l’art.

Per la seva banda, el catedràtic de Prehistòria de la UB i Director del Seminari d’Estudis i Recerques Prehistòriques SERP-UB, Josep Maria Fullola, ens parlarà de “El sueño de una generación: el crucero universitario por el Mediterráneo de 1933”. I és que aquell any, un grup de quasi 200 estudiants i professors universitaris de tot Espanya van fer un viatge d’estudis al voltant del Mediterrani a bord del “Ciudad de Cádiz”. Hi havia professors catalans, com Lluís Pericot o un jove Jaume Vicens Vives, i futurs celebritats intel•lectuals del país. Aquella aventura els va marcar per a tota la vida; per això val la pena rememorar com va anar aquell viatge!

Finalment, el 22 de febrer ens anirem fins al segle XVI, quan –disputant-se el Mediterrani i els Balcans- els imperis de Solimà i l’Emperador Carles s’observaven com a enemics i alhora s’enfrontaven en els camps de batalla. Els turcs, de fet, van tenir la iniciativa militar fins la batalla de Lepanto; per això van omplir la imaginació de l’Europa cristiana de pors i distorsions. Quina imatge es tenia del otomans a la península i com es va manifestar en el teatre, l’òpera, la festa? D’això ens parlarà Josep Maria Percebal, professor agregat de la facultat de Ciències de la Comunicación UAB, Dr École des Hautes Etudes en Sciences Sociales de París, en la seva conferència “Miradas dobles”

Arqueologia FH

L’arqueologia també serà protagonista important del cicle de les Històries mediterrànies. Tenim la sort de comptar amb Victòria Medina, investigadora del SERP-UB, que ens passejarà el 15 de febrer pels jaciments de Pompeia, Herculà i Oplntis, declarats per la UNESCO Patrimonis de la Humanitat. Coneixent-la, segur que “Estiueig, banys públics i oci a la Pompeia romana. Del Jardí dels Fugitius als frescos de la Villa dei Misteri” constituirà un viatge apassionant. Un altre soci de FH, l’Oleguer Biete, ens acostarà fins a Empúries l’1 de març. De la ciutat de fundació grega, des de la que els romans van iniciar la conquesta de la península ibèrica, queda un jaciment que encara ens ha ofert recentment interessants troballes cent anys després de l’inici de la recerca; per això val fer una repassada de la seva història. L’impacte de l’arribada de grecs i romans també es nota en l’escultura i la ceràmica dels pobles ibèrics. Per això la doctora en Història Antiga i Arqueología, Laura Devenat, ens parlarà el 22 de març de “La imatge a la cultura ibèrica, fusió de cultures mediterrànies”.


Més lluny















Altres cites del cicle mediterrani ens faran viatjar molt més lluny. La historiadora i antropòloga Maria Ángeles Torrente, per exemple, ens acostarà fins a Ses Illes el 15 de març per a parlar-nos dels xuetes, un grup social mallorquí, descendent dels jueus que es van convertir al cristianisme, i que fins ben entrat el segle XX es van veure obligats a un estricta endogàmia per l’estigmatització social que patien.

Camí de la Mediterrània oriental, pararem el 29 de març a Dubrovnik, l’Atenes eslava, de la mà de l'historiador Octavi Mallorquí, que ens parlarà d’aquesta “perla de l’Adriàtic”. I Núria Castro, especialista en vida quotidiana del Museo Egipci de Barcelona i també sòcia de FH, ens retratarà el 8 de març –ben a proa del dia de la dona- “Cleopatra, una reina egípcia a l’Alexandria dels Ptolomeus”. Aquella nissaga de costums gregues vivia ben allunyada de la realitat del regne mil·lenari que governaven; solament Cleopatra VII va tenir plena coneixença de la cultura del seu poble i va convertir Alexandria en un gresol mestís de civilitzacions.

I per acabar el viatge, tancarà el nostre cicle el dimarts 5 d’abril la doctora Dolors Soriano, sòcia també de FH. Ens parlarà de dues peces molt interessants del patrimoni del Museu Etnològic de Barcelona, com a conservadora que n’és, que van ser exposades amb motiu de la inauguració de la Biblioteca d’Alexandria l’any 2003: “El llibre del pelegrí”, manuscrit de Kabul, Afganistan, del s. XIX, i un “Tractat d’oració” del nord d’Àfrica (Marroc) del segle XIX. Són peces que, en el seu viatge, demostren la contínua interconnexió entre les mil i una ribes de la Mediterrània.

Són 10 històries que parlen d’aquestes trobades. De persones d’un costat que es van trobar amb persones de l’altre. En tots aquests casos les aigües de la Mediterrània van estar testimonis presents; per tant part d’aquelles històries que s’hi van reflectir encara resten d’alguna manera en tots aquells que estimen aquest mar. Podrien haver estat unes altres 10, perquè els contactes –feliços o no- entre gent i cultures i músiques i menjars en aquest racó del món han estat infinits i perpetus. Però he seleccionat aquests per curiositat, plaer o amistat. Tant de bo sigui possible ampliar el cicle –si té èxit, si agrada- i explicar d’aquí uns mesos 10 històries més... amb la Mediterrània de fons.

domingo, 16 de enero de 2011

PORTBOU, IX/1940: ¿QUIÉN MATÓ A WALTER BENJAMIN?



El otoño pasado se cumplieron 70 años: después de siete años en el exilio en París, el filósofo judeo-alemán Walter Benjamin atraviesa los Pirineos en un desesperado intento de huir de los nazis, que acaban de invadir Francia. Su objetivo es llegar a Lisboa para embarcar rumbo a los Estados Unidos. Según la versión oficial, logra cruzar la frontera franco-española con éxito, pero al llegar a Portbou se ve obligado a pernoctar en una fonda bajo la estrecha vigilancia de tres policías que tienen instrucciones de deportarlo a Francia a la mañana siguiente. Esa noche, inicia una agonía que lo llevará a la muerte 24 horas más tarde. Según sus allegados, agobiado por los trajines de una penosa travesía a pie a través de las montañas y por su vieja cardiopatía, se suicidaría con una dosis de morfina. David Mauas pone en duda esa versión en el documental “Quién mató a Walter Benjamin", coproducido por Televisió de Catalunya y la televisión holandesa, con el apoyo de la Academia de las Artes de Colonia, el Institut Valencià d’Art Modern, el Instituto Alemán y otras instituciones, que recibió un reconocimiento de la prestigiosa European Association for Jewish Culture. El filme se presentó en octubre de 2005 por primera vez en Barcelona, y desde allí, su periplo fue in crescendo: Sección Oficial en el Festival de Málaga, Festival de Sitges, Washington Jewish Film Festival, entre otros. Proyecciones en Alemania, Francia, Portugal, Italia, Argentina, Colombia, Israel, Puerto Rico, Kenia… Próximamente esta prevista una edición en DVD.



Inicialmente el proyecto pretendía "reconstruir el escenario del crimen”. ¿Qué queréis decir con eso?

El concepto nos remite al género del cine negro. Hay una voluntad consciente de enmarcar ahí la película. Además, una especie de homenaje al concepto de escenario en términos de Claude Lanzmann, el director de Shoah: el lugar, el espacio físico, como dinamizador y posibilitador de historias. En Portbou, como en cualquier otro lugar, no puede haber una cantidad infinita de narrativas; como pueblo de frontera siempre habrá historias de frontera. Es una historia de cruce de fronteras, entendiendo eso en su sentido más amplio.

La película narra vuestra investigación personal sobre las circunstancias de la muerte enlazando testimonios de vecinos de Portbou con especialistas. ¿Qué reacciones observasteis al interesaros por el tema Benjamin?

Una cosa hay que dejar clara: si la película se pudo hacer fue gracias al apoyo de la gente de Portbou. Es verdad que fue necesario un proceso largo de acercamiento: casi cuatro años estuve yendo al pueblo. Uno no puede pretender que con una visita, con la mochila a cuestas, todo se resolvería. Hay que ser paciente, empático. Nadie te conoce, no tienen por qué abrirte sus casas, sus vidas. Pero a medida que las visitas van avanzando, se van generando relaciones. Con aquellos con los que surgen estas relaciones, hay un apoyo y un interés en el que el tema salga adelante. Había quien no quería ni que me acercara, y había quien contaba cosas advirtiendo que no querían aparecer en el documental. Se entiende alguna incomodidad, porque hablar sobre Benjamin era hablar de lo que pasó en el pueblo, de sus antepasados, de la Guerra Civil, de los asuntos de frontera.



La película recoge un montón de sospechosos indicios que siguieron a la llegada precipitada de Benjamin a Portbou. ¿Qué se insinúa?

Principalmente, quiero decir que la historia del suicidio no cuadra. Ni con las fuentes históricas. Y por tanto, que no tenemos derecho a endosarle a Benjamin una voluntad de muerte que tal vez no tenía. Es una cuestión de ética y de decencia histórica. Y digo más: cuando nos ponemos a analizar los indicios nos asalta la terrible sospecha de que posiblemente no se trate de un suicidio al uso (...)
(El resto de la entrevista, muy pronto, en el boletín de la asociación Fent Història)

jueves, 30 de diciembre de 2010

FRANCISCO DE BORJA: EL CURRICULUM OCULTO



El Palau del Lloctinent es el espacio más adecuado para la exposición Francesc de Borja virrey de Catalunya 1539-1543, que –hasta el 16 de enero- quiere conmemorar el 500 aniversario del nacimiento del IV Duque de Gandía y III General de la Compañía de Jesús. La pequeña muestra es elegante y valora con exquisitez piezas y documentos gracias a un excelente programa de mano que contiene las fuentes transcritas y un detallado catálogo. Sin embargo, es bastante plana, incluso algo anodina, si atendemos a que trata de un personaje tan fascinante, cuya complejidad apenas se intuye en el discurso expositivo.

Si el visitante se decide después a zambullirse en la bibliografía, más que un análisis científico del personaje encuentra hagiografías repletas de míticas escenas laudatorias. La estupenda biografía escrita por el poeta y ensayista Josep Piera, Premi Joanot Martorell 2009, evoca la Gandía medieval como una corte renacentista, al estilo de Ferrara, sacudida por la revuelta de los agermanados, que -al grito de “pau, justicia i germania”- pretendían que “València havia de ser comuna així com Venècia”. Desalojos como los que los Borja sufrieron durante el conflicto fueron sumariamente castigados por la virreina, Germana de Foix (“la nostra voluntad no és perdonar ningú, sino que paguen”).

Por aquel entonces el joven Francisco de Borja debutaba como sirviente doméstico –menino, dice Àlvar Garcia en un artículo incluido en el libro de mano/consulta que ofrece la exposición- en Tordesillas, “internado aristocrático” y “sanatorio real (por no decir un manicomio)". La cercanía de la realeza con la que empezaba su formación aristocrática será siempre tan estrecha que sorprende que nadie especule sobre la difícil convivencia entre la fidelidad mostrada al emperador –en misiones de extrema confianza- y el juramento de obediencia al papa que condicionará a Francisco de Borja en la Compañía de Jesús.



No resulta fácil encontrar al personaje histórico en medio de tanta literatura religiosa: los títulos que abordan su vida no escatiman el uso de expresiones como “santo duque”, ven en su inquietud piadosa la voluntad consciente de compensar los excesos de sus abuelos (como si sus hermanos no los tuvieran) y se recrean en afirmaciones como que “los emperadores, encantados con un joven tan agradable y simpático, conciertan su matrimonio con Leonor de Castro, camarera de la emperatriz y portuguesa como ella”. Sí que es cierto que, además de un matrimonio próximo, la fidelidad y eficacia en el servicio imperial le procuró una intachable hoja de servicios a la monarquía que debería despertar más susceptibilidades que elogios de santidad: ¡Echémosle un vistazo!

Además de ejercer la diplomacia para el emperador en Niza (1536), donde acompañó la agonía de Garcilaso de la Vega, veló el cadáver de la emperatriz Isabel hasta Granada (1539). La confianza imperial se demostró también en su nombramiento como virrey de Cataluña ese año. Su elección, que interrumpía la anterior serie de nombramientos eclesiásticos para el cargo, resulta más interesante que sus políticas –especialmente preocupadas por el bandolerismo, la piratería y la frontera francesa-, que se limitan a seguir las instrucciones del rey y no justifican la exposición. Las biografías al uso se centran en su pasión piadosa y le siguen de regreso a la corte ducal al fallecer su padre, y durante la crisis espiritual que –tras la muerte de su esposa (1546)- le orientó hacia los Ejercicios Espirituales. La influencia de la Compañía convertirá su proyecto de colegio para moriscos, por recomendación ignaciana y bula de Paulo III (1547), en la primera universidad jesuita, en la que él mismo se doctoró como teólogo (1550). Ese mismo año fue ordenado en secreto, para lo cual se le sustrajo del cumplimiento del voto de pobreza, lo cual demuestra lo estratégico o urgente de su captación. Antes de renunciar a sus estados, sin embargo, concertó el matrimonio de sus hijos mayores –Carlos e Isabel, como los emperadores- de acuerdo con estratégicos intereses familiares. Pese a que el emperador le quería en el séquito doméstico del príncipe Felipe, que debía desposar con una princesa portuguesa, Francisco de Borja marchó a Roma. Allí ofició en 1551 su primera misa.

Ingresar en la compañía no sólo implicaba romper con su pasado y olvidar su condición noble, también debería haber supuesto romper la fidelidad a su señor natural. Menospreciar ese aspecto no sólo es ignorar la pervivencia de las relaciones vasalláticas, sino también las tensas relaciones entre papado e imperio. ¡Francisco de Borja no sólo ingresaba en la milicia intelectual de la reforma católica, sino que se ponía al servicio del Papa en virtud del cuarto voto! Ahora bien. Del mismo modo que su fichaje podría alimentar la propaganda contra-reformista, también le situaría en una posición estratégica para los heterodoxos al servicio del emperador, entre los que se cuenta: la práctica religiosa de los jesuitas peninsulares llegó a ser objeto de la preocupación de Loyola y despertó suspicacias inquisitoriales. La concepción intimista de la religión con la que Borja coquetea, influido quizá por la Devotio Moderna, no es su único rasgo como hombre del Renacimiento: también habría que analizar su preocupación por la enseñanza, una biblioteca con más de 300 libros entre los que se contaban 27 obras de Erasmo y 11 de Vives, o la composición de la “Visitatio Sepulcro”, una representación teatral cantada que presentó en 1550 y que aún hoy es uno de los principales atractivos de la semana santa en Gandía.



Si a ese perfil le añadimos la cercanía al poder imperial, la negativa de Loyola al nombramiento como cardenal que el emperador defendía para Borja, y la reivindicación que pretendía hacer de su bisabuelo Alejandro VI construyendo una iglesia que alojara su sepultura, podríamos llegar a intuir ambiciones. Quizá sea una coincidencia que, cuando llega a Roma, Julio III reabre el concilio, y Borja es alejado de Italia confiándole el comisariado peninsular. Pero no creo que pueda serlo el hecho de que –pese a haberse convertido ya entonces en un “soldado del papa”- siguiera prestando servicios muy cercanos a la monarquía durante esta última estancia peninsular. Las noticias de que la reina Juana (la Loca) malvivía rozando la herejía, además de despertar angustias por la salvación de su alma, constituían un problema importante para la imagen dinástica que Borja, con su prestigio eclesial, pudo resolver: encauzando a la anciana viuda hacia la corte celestial con su consuelo, y garantizando así el monopolio de la explicación oficial (y sorprendentemente cuerda) de la agonía de la reina.

Acompañará también la soledad de la princesa viuda de Portugal (la que será regente Juana de Castilla), hija de Carlos V, por encargo de éste tras una visita a Yuste en la que se le podría haber encargado alguna misión relativa a la lucha por la regencia del joven rey Sebastián entre Juana (su madre) y Catalina (su abuela). Esos servicios para el emperador podrían haberle convertido en objetivo de los reaccionarios que se apoderan de Castilla y se consagran a perseguir cualquier resquicio de heterodoxia, desde los iluminados al arzobispo Carranza. Sólo su nombramiento como General de los Jesuitas le permitirá acudir de nuevo a Roma…

El personaje, a mi entender, superará su centenario sin que haya aumentado nuestro conocimiento sobre él. Cuando Santiago La Parra se propone “refutar aquella explicació segons la qual la figura del Sant Duc de Gandia seria l’antitesi de la seu llicenciós besavi” apunta en buena dirección, pero nos deja a medias. Sabemos que compartió el apellido del Papa con un orgullo explícito, pero ninguno de los retratos del personaje nos aclara en realidad quién fue.

sábado, 23 de octubre de 2010

HÉROES QUE JAMÁS FUERON DOBLADOS



Por uno de sus protagonistas, el eterno luchador Ángel Fernández, supe que la Associació per a la Memòria Històrica i Democràtica del Baix Llobregat organizaba la presentación del libro Traumas: niños de la guerra y del exilio, en Cornellá. La obra, casi quinientas páginas y más de 200 fotografías, narra las historias de vida de 28 niños que padecieron la guerra civil y a los que las circunstancias obligaron a elegir entre un largo exilio interior -estigmatizados por ser hijos de los vencidos, testimonios de la represión infringida a sus madres- y la tragedia de cruzar la frontera, camino del exilio en Francia.

Francisco Ruíz Acevedo, presidente de la asociación, fijaba -basándose en informaciones obtenidas en la alcaldía de Tolouse- que además de 686.000 adultos, más de 68.000 niños cruzaron la frontera en 1939. En Francia sufrirían la separación de sus padres dictada por las autoridades francesas en los campos de concentración, la muerte por hambre, frío o disentería...



Aunque el acto no empezó puntual, el guión fue ágil y variado. A las palabras de Paco Ruíz Acebedo siguió la proyección del cortometraje “Dibujando la memoria”. El acto fue conducido por Josefina Piquet: los que la hemos visto en acción en clase, explicando su experiencia infantil -y la de su muñeca- a los adolescentes, sabemos que es una gran comunicadora. En algún momento recordó que “Nosotros los niños somos víctimas inocentes de los conflictos que los mayores no saben o no quieren arreglar. Nosotros no hemos declarado ninguna guerra”. Por eso el presidente del Memorial Democrático, Miquel Caminal, reclamó que el recuerdo por los niños de nuestra guerra llegue a movilizarnos por los niños que en el presente sufren por la guerra en Irak, en Palestina, en Chechenia. Añadió que, viendo cómo las democracias pueden ser degradadas por los corruptos e insultadas por los mercados financieros, el ejemplo de los que defendieron la democracia con sus vidas y la ganaron tras cuarenta años de sufrimiento nos debe mover a mantenerla con la misma convicción. Vino después la siempre generosa y aplaudida actuación de Paco Ibáñez. A los que se ríen por lo bajini diciendo que en estos actos están los de siempre, les invito a ver cómo despierta entusiasmos la voz de este hombre abrazado a su guitarra. Fue emotivo escucharle, ver a un auditorio rendido y esperanzado, a los luchadores sacar fuerzas una vez más de sus ajados cuerpos para cantar junto a él “andaluces de Jaén”, y un mar de labios tarareando bajito las “Palabras para Julia” que Goytisolo escribió y Paco Ibáñez lleva años cantando... Ya saben “Entonces siempre acuérdate, de lo que un día yo escribí, pensando en ti como ahora pienso”.



Si, como dijo Josefina Piquet, los testimonios recogidos en el libro son los de la última generación que puede relatar la tragedia de la guerra y sus consecuencias en primera persona, y por tanto el libro figura ser en cierto modo su testamento, deberíamos estar atentos al ejemplo que nos prestaron con sus vidas tanto como de sus palabras escritas. Porque si algo les distingue es la entereza y la constancia en su lucha por la libertad. Marcelino Camacho, el que fuera impulsor de Comisiones Obreras, falleció antes de ayer y hoy ha recibido un discreto aunque sentido homenaje, que ha reunido a algunos cientos de personas en Madrid. Personas que le recuerdan decir, recién salido de la cárcel, aquello de "Ni nos domaron, ni nos doblaron, ni nos van a domesticar". Su viuda pronunció ayer un breve discurso de agradecimiento a los congregados, y explicó que las últimas palabras de Marcelino Camacho fueron "Si uno se cae, se levanta inmediatamente y sigue adelante". Lo dejo escrito para cuando me acongoje la desdicha, para cuando me tiente el desaliento, para acordarme del ejemplo valiente y apasionado de toda una generación que nos debe servir como modelo. Estará bien entonces, cuando el capricho venza al compromiso, pensar en ellos, nunca domados, como ahora pienso.

domingo, 10 de octubre de 2010

¿MARIANA INEXPERTA? CUANDO GOBERNAR NO ES SOLO UN ASUNTO PÚBLICO


Leyendo un blog que se centra en el reinado de Carlos II me acuerdo de que cuando cursaba la carrera en la facultad, el reinado del epígono de la Casa de Austria era territorio brumoso. Uno nunca sabía si se quedaba fuera porque estaba al final del temario y no daba tiempo, o porque –entre hechizos y conjuras- el lóbrego reinado resultaba algo esperpéntico. Sólo Henry Kamen intuía entonces que se trataba de un reinado importantísimo, en el que podemos encontrar temas mucho más suculentos si cabe que las luchas por la sucesión entre las facciones cortesanas partidarias de conservar la sucesión en el seno de la Casa de Austria (auspiciadas por Viena y el emperador) y las que preferían ponerse a la sombra siempre alargada del Rey Sol para proteger así la unicidad de la herencia.

Todo eso ha cambiado, sin duda, gracias a algunos recientes estudios sobre el período. Los últimos capítulos de “El arte de gobernar” de Luis Ribot constituyen un ejemplo esclarecedor, a los que cabe sumar los esfuerzos divulgativos de José Calvo Poyato y un brillantísimo estudio sobre Juan José de Austria que publicó Albrecht Graf von Kalnein. Del libro de Laura Oliván sobre Mariana de Austria, especialmente brillante cuando analiza las políticas de representación de la regencia y sitúa en su contexto cada una de las obras pictóricas en las que aparece la reina; sólo puedo lamentarme de que no se haya publicado la tesis completa. Finalmente, hay un ensayo apasionante, muy bien escrito, síntesis pormenorizada al tiempo que tesis de alcance, publicado en el 2003 por Julián Contreras. A mi juicio "Poder y melancolía en la corte del último Austria" es un estudio definitivo: retrata un ambiente, nos permite respirar la tensión abrumadora que hacía recaer sobre sus protagonistas la incertidumbre sucesoria; pero también la tristeza plomiza de la corte ante un futuro nada halagüeño.

De todos los actores políticos de ese tiempo histórico siempre me pareció especialmente interesante la madre de Carlos II. De las reinas de la época moderna siempre me han atraído más aquellas que ejercieron el poder porque eran, más que consortes, las verdaderas depositarias de la soberanía. Mariana fue consorte, reina viuda y reina madre, pero también –en virtud de la regencia- mucho más que una mera correa de transmisión de la legitimidad dinástica. Aquellas mujeres que encarnaban el derecho a gobernar eran como mujeres un cero a la izquierda jurídico; pero en tanto titulares de la soberanía eran la primera persona del reino. Para resolver esa contradicción y superar la contestación a su poder por parte de algunos críticos con aspiraciones, las reinas de la época moderna se vieron obligadas a diseñar innovadoras estrategias de representación del poder, y a jugar a sutiles escarceos políticos. Evitar el matrimonio, que la sometería a un hombre y desencadenaría las conspiraciones de las facciones nobiliarias opuestas, fue una de las estrategias seguidas por Isabel Tudor. Todas las especulaciones que se han hecho sobre su virginidad olvidaban que, simplemente, no podía casarse. Otorgar su favor a un príncipe extranjero, fuera católico o protestante, significaría despertar las susceptibilidades de las facciones religiosas contrarias, y sembrar desafección entre los cortesanos apartados por el matrimonio de la gracia real. En la búsqueda permanente de ese equilibrio, Isabel mantenía la fidelidad de los aspirantes dedicándoles sutiles gestos que parecían anunciar favores futuros. Supongo que haber sobrevivido a las tensiones políticas y religiosas que vivió durante los reinados de su padre y sus hermanos la doctoraron en política: aprendió a andar entre las aguas más sinuosas.

No podemos olvidar que, siendo la política de la época moderna la gestión del interés dinástico, esa intuición formaba parte de la experiencia vital de la aristocracia. Y no hacía falta, como en el mundo contemporáneo, que dice haber separado la gestión de los asuntos públicos de los intereses privados, ninguna carrera de ciencias políticas. Yo mismo he caído en ese error en un artículo que he tenido la suerte de publicar en BBC Historia este mes: en tanto escritor primerizo trabajé con tanta prisa por quedar bien y entregar el encargo con puntualidad, que se me pasaron algunos gazapos, alguno de ellos tan importante que me avergüenza. Por eso me tiré de los pocos pelos que me quedan cuando me leí, por ejemplo, diciendo que Mariana de Austria no tenía experiencia política porque la incertidumbre de la sucesión la consagró a la misión suprema de proporcionar un heredero para la monarquía, sin dejarle tiempo de ganarse partidarios a cambio de favores y privilegios.

¡Craso error! Porque Mariana demostró después una iniciativa política innovadora y perspicaz para garantizar el trono para su hijo, lo cual demuestra que para la gestión del interés privado, patrimonial, para la transmisión de la herencia en definitiva, no hacía falta más formación especializada que la que ofrecían los consejeros formados en leyes. A fin de cuentas ninguna mujer era educada a tal alto fin, porque ni estaba previsto que le tocara ejercer el poder directamente, ni era deseable ni era probable que eso ocurriera. Pese a eso, Mariana supo reaccionar con ingenio político a los retos que se le presentaron: en 1667-1669, en 1675-1676, y –sobre todo- en la apuesta por una sucesión en el seno de la casa de Baviera, una verdadera “tercera vía” que hubiera podido superar la “Guerra Fría” París-Viena que estaba tensando la vida cortesana en Madrid y las relaciones internacionales en Europa.

Hay más.¿Acaso nos planteamos si Isabel Tudor, Catalina II de Rusia, o Catalina de Médicis, estuvieron preparadas para ejercer las más altas funciones de gobierno? No lo fueron, y sin embargo demostraron estar a la altura en su momento porque lo que estaba en juego eran ellas mismas. Nadie hubiera podido enseñarles a gestionar aquello que les correspondía por el hecho de respirar: la soberanía.

viernes, 27 de agosto de 2010

CAL TREURE MARAGALL DE LES TRINXERES! ELL LES DEFUGIA!



Agraïa Roser Maragall a l’Ajuntament de Barcelona la instal•lació d’un bust dedicat al seu avi a la Plaça Molina, molt a prop de la que va ser la seva casa, convertida per la Biblioteca de Catalunya en Arxiu Joan Maragall. El seu text, publicat en la secció de cartes dels lectors dins l’edició de La Vanguardia del 23 de juliol proppassat, explicava que el bust mira a la Sagrada Família perquè el poeta va ser-ne un gran enamorat i protector. Tot seguit, es lamentava de que aquella predilecció del poeta s’hagués perdut i que ara el temple havia de lluitar “per defensar-se del gran perill de la tuneladora que dia a dia avança vers els seus peus”. I és que Roser Maragall és membre del Patronat de la Sagrada Família; per això rebusca i retalla fragments de l’obra del seu avi que li poden servir en la contingència política del present. I com que no troba res que li permeti acusar el govern de la Generalitat d’escoltar informes tranquil•litzadors dels geòlegs que han donat vistiplau a l’obertura del túnel del metro, posant així en perill –“que pot ser de mort”, diu- la gegantina construcció, fantasieja amb el que va escriure l’insigne escriptor. Així és com imagina Joan Maragall cridant –l’endemà a El Periódico- “On sou catalans, no us veig enlloc. No sentiu la veu d’un temple que us parla entre perills?”, que em sembla que és una adaptació lliure, ad hoc, de l’Oda a Espanya. De fet la concloïa dient un “Adéu, Catalunya” que suposo que simbolitza la ruptura familiar amb el Tripartit.

L’escandalosa tergiversació és doblament amoral si es pensa que moltes de les observacions explícites –que no lliurement interpretades, com aquesta- de Joan Maragall, com les que va escriure sobre la Setmana Tràgica, van ser callades el 1909, i també van ser ignorades durant la celebració del centenari, sense que aquell mal ús fos denunciat ni per la família ni per ningun d’aquests maragallistes de centenari…



Probablement la radiografia més clara del pensament maragallià sigui l’assaig que Josep Benet va dedicar a la Setmana Tràgica, molt ben contextualitzat en l’epíleg de Jordi Amat que acompanya la seva darrera edició. Allà s'explica que l’advocat consagrat a la Història per patriotisme va impulsar una campanya per Joan Maragall quan s’acomplien els cent anys del seu naixement (1960) i cinquanta de la seva mort (1961). L’objectiu era que el franquisme no se n’apropiés presentant-lo com l’integrant català de la generació del 98, com semblava fer Pedro Laín en el pròleg de la edició completa de l’obra maragalliana que es va publicar el 1960. El regionalisme amb el que el franquisme volia guanyar-se la burgesia catalana va incloure un acte oficial de commemoració del centenari, que formava part de tota una campanya per reconciliar-la amb el règim, després de la destitució de Luis de Galingosa de la direcció de La Vanguardia, i que acabaria com el rosari de l’aurora: després dels Fets del Palau, abans de ser empresonat, Jordi Pujol va aconsellar Benet que abandonés el seu pis del carrer Calvet. Restant amagat pels monjos de Montserrat devia ser quan va escriure l’assaig « Maragall i la Setmana Tràgica », que seria premiat per l’Institut d’Estudis Catalans. El llibre, li deia Gaziel en felicitar-lo per carta, mostrava la “flama rebel, inconformista, pura i espiritualment revolucionària, que era l’essència mateixa de l’esperit del poeta. Ni la blanesa del benestar burgés tan encon-dormidora, ni el conservadorisme rutinari de l’estament on Maragall era nascut, ni les amistats amb les jerarquies clericals i polítiques benpensants en l’època, ni el prestigi i la respectabilitat adquirits, ni l’esmorteïdor insensible d’una llar admirable i patriarcal, mai no pogueren ofegar del tota aquella flama autèntica”. Gaziel afegia que la mort prematura del poeta havia estat “sortosa” perquè “si hagués hagut de viure el que vingué després”, li podien haver passat dues coses: o “hagués degenerat en un conformisme i un col•laboracionisme vergonyants, seguint els homes de la Lliga i enviant el seus fills al Tercio de Nuestra Señora de Montserrat”, o bé “hauria esclatat d’ira santa, d’indignació i de menyspreu pels uns i pels altres, més pels seus que pels altres, com un profeta decebut davant de l’enfonsament del somni de la pàtria”. Gaziel sembla afirmar que Maragall s’hauria escandalitzat per la repressió a la rereguarda republicana, tot i que l’expressió “els seus” també podria voler-se referir a la seva classe social.

Així ho demostra l’agraïment que va rebre Josep Benet de Bosch i Gimpera per l’enviament d’un exemplar del seu llibre: “és molt encertat tot el que diu de l’actitud de la burgesia Barcelona de covardia durant els esdeveniments”. Tothom ha vist sempre doncs a Maragall molt crític amb la cultura dominant perquè explícitament va escriure, en una carta del 15-8-1909 que “nosaltres, les classes directores, no estem a l’altura, i si nosaltres no hi estem, què té d’estrany que no hi estigui el poble més baix?”. Malgrat tot, aquests pensaments són silenciats i se’n fan unes versions lliures dels seus escrits que serveixen exclusivament a la lluita política del moment. De la mateixa manera, el grup municipal convergent a l’Ajuntament va denunciar la desaparició del bust del que parlava al principi, pocs dies després de la inauguració. I no solament va ocupar temps als mitjans denunciant la desaparició; també va adreçar una pregunta dirigida a l’Alcalde per saber si s’havia malmès, o si havia estat objecte de vandalisme, o d’algun error en la instal•lació. Em comptes de fer perdre temps als regidors, temps que paguem entre tots, no podríen haver fet quatre trucades? No. De la mateixa manera que jo vaig poder saber de les bibliotecàries, durant una vista a l’arxiu que vaig fer a finals de juliol, que el bust s’havia retirat per fer-li una millora en un taller de reparació a causa d’una petita aresta que sobresortia del pedestal, ells van preferir fer servir Maragall per mirar de desgastar una mica més, de fer la punyeta, de contaminar l’opinió pública, de presentar-se com els salvadors de la pàtria, de Maragall, de la Sagrada Família, i de la llengua catalana, i de no sé què més. Sí, definitivament, Joan Maragall hauria esclatat d’ira santa... pels seus.

sábado, 14 de agosto de 2010

LAZARO ENTRE FIERAS (y 2): POLÉMICA EN TORNO A UNA OBRA CUMBRE



Después de una calurosa excursión veraniega por las bibliotecas de la ciudad buscando el artículo que presuntamente había herido de gravedad a Mercedes Agulló, tal y como expliqué en el post anterior, supe que la catedrática de literatura española de la UB Rosa Navarro expone en la red el permanente estado de su investigación. Allí está, por ejemplo, la fotografía del encabezado, que muestra la inauguración del curso 2009-2010 en el Centro asociado a la UNED en Cuenca, bautizado ya en honor del autor del Lazarillo. Una vez encontrado el articulo, me costo mucho más encontrar la presunta ofensa en él; es cierto que, con la misma altanería con la que Mercedes Agulló ignoraba las tesis de la doctora Navarro, Rosa se refiere a la doctora en Historia, reconocida paleógrafa y antigua directora de los museos de Madrid, como “la archivera”. Aparte de eso, el artículo en Clarín se dedica a desmontar la trama argumentativa de quienes atribuyen el Lazarillo a Diego Hurtado de Mendoza.



Ya poco antes de la publicación de “A vueltas con el autor del Lazarillo” por parte de Mercedes Agulló, se había publicado en Clarín un artículo interesantísimo de Rosa Navarro que podría explicarnos por qué –como dice la prestigiosa paleógrafa- siempre se había venido atribuyendo el libro a Diego Hurtado de Mendoza. El artículo comienza recordando apropiaciones de personajes literarios; hubo una “segunda celestina” que “negaba la muerte de la alcahueta” para “que siguiera con sus artimañas”, y un “segundo tomo del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha” publicado un año antes que la auténtica versión. Hemos detectado esas apropiaciones, nos cuenta, porque una pragmática de 1558 sobre la impresión de libros obligaba a que el nombre del autor figurara en la portada, lo que escondió a muchos autores tras pseudónimos. Del mismo modo, en 1555, un impresor de Amberes publicaba una “segunda parte del lazarillo” que desarrollaba una historia más extraña: el protagonista se enrolaba en la expedición a Túnez y sobrevivía aterrado al hundimiento de la expedición durante una tormenta. Sin embargo, harto de tanto vino que el agua no entraba en su cuerpo, se sumergía rogando por su salvación con tanto ahínco que su palabra era escuchada y sufría una curiosa metamorfosis: transformado en atún, Lázaro vivirá cuatro años bajo el mar en el reino marino de los atunes al servicio de su soberano. Una alegoría difícil de interpretar, dice Rosa Navarro, que parte de la premisa de que se trata de otro Lázaro, tan ostentosamente distinto del lazarillo de la primera parte en su papel de cortesano, que podemos concluir que es un mero instrumento para satirizar al rey de los atunes, de quien critica actuaciones equivocadas por escuchar a “traidores y cobardes”. Los desaciertos del rey atún, inspirados por malos consejeros, son el objeto de la sátira, escrita a buen seguro por un escritor muy culto, gran bibliófilo, políglota, de sólida formación humanística, bien relacionado con impresores, militar, con misiones importantes en la diplomacia imperial, pero resentido por su destitución. ¡La segunda parte del Lazarillo podría ser la venganza literaria de Diego Hurtado de Mendoza tras su humillación!

¿Qué había ocurrido? Pues que siendo capitán del destacamento español en Siena, mostró muy poca pericia en su gobierno. Rosa Navarro se remite, para demostrarlo, tanto a fuentes secundarias –el libro de Vicente de Cadenas y Vicent “La república de Siena y su anexión a la corona de España” (Madrid, 1985)- como a fuentes primarias: carta de Cosme de Médicis al emperador, de 30 de julio de 1552, informando de los errores y del mal gobierno de Mendoza. Su empecinamiento en la construcción de una fortaleza que despertó la oposición de los ciudadanos de Siena, añadido al proceso por irregularidades financieras en el que se vio envuelto –al que no sería ajeno su afición desmedida por libros y antigüedades, pero del que hay que decir que sería absuelto treinta años más tarde, en 1578- explican su destitución… menos de tres años antes de que vea la luz esta curiosa segunda parte del Lazarillo.



El personaje de Diego Hurtado de Mendoza merece realmente los suspiros que le dedica Doña Mercedes Agulló, que nos explica que el noble español tuvo por preceptor a Pedro Mártir de Anglería, y por hermana a la resistente toledana María Pachecho; conocía el latín, el griego, el hebreo y el árabe, entre otras lenguas; fue delegado del emperador en Trento, en Londres, en Roma y en Venecia, donde protegió a Vasari y Tiziano… Es sin duda un personaje fascinante, a cuyo encanto renacentista quizá se ha rendido con demasiado entusiasmo Mercedes Agulló cuando le describe en A vueltas con el autor del Lazarillo como “un hombre de una pieza”. En la segunda parte del lazarillo, la formación militar del autor (que no parece mostrar la primera) le permite describir con precisión diversos alardes; tampoco habla de oídas cuando explica el desastre de Argel, ya que el hermano de Diego Hurtado de Mendoza, -Bernardino-, mandaba las naves que salieron de España para sumarse a la expedición. Rosa Navarro encuentra también con la precisión filológica que le es propia recursos literarios coincidentes y expresiones poco comunes para concluir que Diego Hurtado de Mendoza es el autor de la segunda parte del Lazarillo, descabellada y fantasiosa si la comparamos con la primera. De hecho, puede concluir el artículo diciendo que el Lazarillo “no refleja ni sus preocupaciones ni sus intereses”: difícilmente podría preocuparle al diplomático del emperador satirizar la corrupción eclesial que denuncia el Lazarillo. Y difícilmente podría celebrar la gloria del emperador al entrar en Toledo (1525) publicando supuestamente el Lazarillo que falsamente se le atribuye. Y menos en 1554, cuando el contenido erasmista de la obra estaba ya tan perseguido como caducado; él mismo acaba de ser destituido por el Emperador y –resentido- se dirigía al príncipe Felipe II para quejarse porque Don Carlos “ha hecho conmigo solo lo que con criado (…) sin causa y a instancia de mis enemigos, de lo que estoy y viviré muy sentido y agraviado perpetuamente, (…) no me reparando la ofensa que me ha hecho”. ¡Buenísimo documento el que recupera Rosa Navarro!

Resumiendo, una atribución de la autoría del Lazarillo hecha desde la periferia de España, celebra a un autor de espíritu discrepante con la España rancia y clerical. Frente a ella, la respuesta académica y formalista atribuye el libro a un noble altanero y presuntuoso, adornando con flecos renacentistas cierta nostalgia por el imperio. Mientras la primera propuesta recoge una avalancha de indicios y argumenta con espíritu crítico y muestra voluntad interdisciplinar consultando fuentes de todo tipo, la segunda se sirve de una sola fuente, la presenta como definitiva y categórica, y descalifica las alternativas sirviéndose del aparato intelectual del estado y la prensa conservadora. Frente a ese grandilocuente, triunfalista y arrolladora imposición poco se puede hacer, puesto que a la argumentación científica se responde con acusaciones de ofensa. ¡Siempre la misma historia… y siempre la misma Historia!

jueves, 12 de agosto de 2010

LÁZARO ENTRE FIERAS: POLÉMICA EN TORNO A UNA OBRA CUMBRE (1)



Escuchaba hace unas semanas el programa de Nacho Ares en la SER y me sorprendió la acritud con la que la veterana paleógrafa Mercedes Agulló denunciaba, durante la entrevista, el tratamiento recibido por parte de la catedrática de Literatura Española de la UB Rosa Navarro en la revista Clarín. Militante y convencida, denunciaba lo que consideraba intromisión de los filólogos en la búsqueda del autor del Lazarillo, cuyo misterio prometía haber cerrado en un libro reciente, “A vueltas con el autor del Lazarillo”. Una primera búsqueda en la red me chocó todavía más: ¡el 5 de marzo de 2010 el diario El Mundo titulaba sin sonrojo “El Lazarillo deja de ser anónimo y su autor es Don Diego Hurtado de Mendoza”!

Hace años que invité a Rosa Navarro a pronunciar una conferencia (en la foto), y todavía guardamos en Fent Història el recuerdo cálido y apasionado de su docencia. Es cierto que su atribución del Lazarillo a la pluma de Alfonso de Valdés no contaba con ninguna prueba documental definitiva, pero también lo es que el análisis formal de la obra era más que verosímil. Quizá haya filólogos de mayúscula y academia que prefieran camuflar con silencios la pereza acrítica con la que aceptaron el anonimato, y que esa asepsia crónica les impida cuestionar los más que plausibles argumentos de la “teoría Navarro”.

- Para empezar, los acontecimientos y el contexto que se describen en el texto se sitúan entre 1509 y 1525. Al calor de las consecuencias, la interpretación o las afectaciones de aquellos hechos, la obra se debió escribir poco después. No tiene sentido que el texto naciera 25 años más tarde, coincidiendo con su primera publicación en 1554, cuando la fuerza de esos acontecimientos se había enfriado, o había dejado paso a los acaloramientos y polémicas de su presente.

- Rosa ha detectado en el texto huellas del “Reloj de príncipes” (Fray Antonio de Guevara) y “Retrato de la lozana andaluza”. Estas obras, que influenciaron claramente al autor del Lazarillo, fueron impresas en Valladolid en 1529, la primera, y en Venecia, sin circular por España, en 1530, la segunda. Si el autor leyó la primera, estaba en España en 1529, y poco tiempo después en Italia para poder agenciarse la segunda. Cabría aceptar pues que viajó junto al emperador Carlos, que abandonó la península en 1529 camino de su coronación en Bolonia al año siguiente.



- Otro argumento que permite identificar al autor como un cortesano carolino es que la obra comienza justo después de la batalla de Grelbes (1509) y la termina con la entrada victoriosa del emperador Carlos V en Toledo (1525). Se compara así una derrota de Fernando el Católico, con el momento de gloria –vencidos los comuneros y la resistencia toledana- de “nuestro victorioso emperador”.

- Creo que acierta Rosa Navarro también cuando dice que la historia de un pícaro hambriento al que vemos cambiar sucesivamente de amo, no tendría ningún sentido por sí sola. Y que tampoco lo tendría que en 1992 un albañil encontrara emparedada una edición de 1554 en Barcarrota (Badajoz): no es posible que la historia de un pícaro que pasa hambre fuera considerada tan peligrosa como para ser escondida de tal modo.

- El sentido más común nos permite interpretar la sucesión de amos que “sufre” Lázaro, como una crítica nada velada a los vicios de la iglesia, tan típica del erasmismo en el que militaba Valdés: Lázaro sirve a un ciego cruel que vive de las oraciones en las que no cree, a un avaricioso clérigo que ignora la caridad, a un fraile mercedario que probablemente abusa de él, a un bulero que finge un falso milagro, a un capellán que le explota como aguador y –finalmente- al arcipreste de San Salvador, que le ha escogido por tapadera de su mal vivir y lo ha casado con su manceba.

El notición en El Mundo decía culminar las décadas de búsqueda de Doña Mercedes desde que escribió su tesis, un trabajo de referencia sobre la imprenta y el comercio de libros en Madrid durante la edad moderna. Se explicaba que, entre los documentos de la testamentaría del cronista López de Velasco, quien -además de cosmógrafo, gramático, y, atención, encargado de expurgar el Lazarillo para una edición posterior, menos peligrosa, en 1573 (la de la foto)- fue albacea de Don Diego Hurtado de Mendoza y se había encargado de administrar su hacienda. Como testamentario y depositario de esos bienes, los incluye en una somera relación de la que forma parte, según el inventario, un manuscrito con las correcciones del Lazarillo listas para llevar a imprenta.



Aparentemente, el descubrimiento es importante, pero no justifica el entusiasmo, ni demuestra por sí sola la atribución, ya que se trata de una fuente bastante indirecta. Tampoco es cierto, como se está diciendo, “que el único testimonio manuscrito del Lazarillo se encontrara en un cajón de papeles valiosos de Don Diego quiere decir que ése es un papel de Don Diego, a quien tradicionalmente se le atribuyó la autoría”. A mi entender, si la línea anterior del inventario, que dice textualmente “Vnos cuadernos y borrador de La rebelión de los moriscos de Granada y otras cosas de don Diego de Mendoza”, se cierra con la autoría del citado legajo, difícilmente la siguiente anotación –Vn legajo de correçiones hechas para la impresión de Lazarillo y Propaladia- se referirá al mismo autor concretado antes.

¿Qué sería un manuscrito o unas galeradas rectificados por la propia mano de un autor ilustre para un bibliófilo? Pues si tenemos en cuenta que la propia Mercedes Agulló dice de Hurtado de Mendoza (pág. 48) que de tanto amar a los libros –“no sólo por su contenido”- fue un “bibliopirata” (text), seguramente aquel legajo de correcciones a cargo de un autor original podrían haber sido un tesoro, digno de formar parte de una colección magistral, como la que Mendoza tenía. Más que pedir la reedición de la obra “con una autoría difícil de negar”, o que el alcalde de Madrid dedique una placa al autor del Lazarillo en la casa donde murió Mendoza, se me antoja que toca recapacitar un poco más y someter la tesis al debate. ¡La precipitación resulta sospechosa!

sábado, 7 de agosto de 2010

HISTORIADOR SIN ATRIBUTOS Y SEMBLANZA DE LA REINA CATÓLICA




¡Qué verbo más seductor y qué pose más dandi la de José Enrique Ruíz Doménec! Por tantos de sus alumnos me han llegado buenas referencias que acudí a una conferencia que la revista Sapiens convocaba sobre Isabel La Católica. Efectivamente, es un orador exquisito que mantuvo expectante al auditorio. Yo mismo, pese a haberle leído antes con tanto interés como decepción, salí con ganas de buscar sus libros. La lectura de “El yugo del poder” ha tenido que esperar la llegada del tiempo de playa y, finalmente, ha sido tan decepcionante como confusa, porque no ha respondido a las inquietudes que me despertó aquella sugerente conferencia: ¿Qué significa pertenecer a la generación del Gran Capitán y Leonardo? ¿Acaso tienen algo en común? ¿Cómo les influyó la caída de Constantinopla si, como se cuenta, el impacto de aquel “hecho decisivo e irreversible” angustió tanto a la Europa de su tiempo? ¿Qué quiere decir que –frente al naciente renacimiento florentino- Isabel era una persona “vivencialmente borgoñona” y “resistente al humanismo”? Y, sobre todo, ¿por qué –pese a referirse a los indicios de la catalanidad de Colón en la conferencia como “cosas raras que se dicen”- se despiertan sospechas sobre la “generosidad incomprensible” de la reina con el navegante? También el libro evita considerar la teoría de un Colón catalán y se hace preguntas como: “¿Qué sabía Isabel de Colón que nosotros ignoramos? ¿Acaso conocía el lugar y la fecha de nacimiento? ¿Por qué le apoyó con tanta decisión cuando la mayor parte de los cortesanos pensaban de él que era un vulgar impostor? ¿Llegó a tener acceso al secreto del viaje que, según los indicios reunidos por los modernos historiadores, constituye la clave de todo este misterioso asunto?”. Resumiendo, la tesis de la catalanidad del descubridor es una rareza jocosa, pero la del predescubrimiento merece consideración científica por parte de los “más modernos” (sic).

Se podría contestar a estas ausencias que el libro no es una biografía científica, sino una “semblanza”, cuyo propósito es acercarse “a las preocupaciones, a los sentimientos, a los deseos”. Lógicamente, un objetivo tan ambicioso presenta dificultades insalvables porque nada de eso deja muchas fuentes.



La necesidad de “deconstruir” –que dicen los (post)modernos- al personaje cubierto por la máscara, sin contar con “diarios ni relatos autobiográficos”, obliga al autor a refugiarse en la “forma narrativa”, definida como “el procedimiento adecuado para subsanar esos problemas”. Dicho de otro modo, lo que no voy a saber nunca lo puedo novelar, me lo puedo inventar. Así, con la “precisión” del psicoanalista, puede definir a Isabel como “una mujer que transformó un vigoroso egotismo adolescente en una forma de vitalidad viril en la edad adulta” (¿¡!?), imaginar el impacto que las noticias sobre espacios exóticos –Granada, África, el Atlántico- debieron tener en una niña criada en la meseta castellana, o concluir que Doña Isabel fue “una especie de Cenicienta, cuya infancia fue un oscuro purgatorio” pese a los tutores encargados de “impedir que los ojos azules, risueños, de la infanta se tiñeran de tristeza”. Precioso, si se tratara de una novela romántica. Pero inconsistente si un historiador pretende alumbrar a un profano sobre una época. Porque ni se explica por qué Isabel representa “el regreso de la virago” sugerida por Ludovico Ariosto y Edmund Spenser, por qué llora Jorge Manrique cuando escribe las coplas a la muerte de un padre que aún no ha fallecido, qué significa participar de la devotio moderna –ese “tipo particular de devoción, de inspiración borgoñona”- más allá de coleccionar primitivos flamencos en la Capilla Real de Granada.

Es precisamente en la ciudad andaluza donde el autor escribe sus mejores páginas: allí queda claro que su visión del personaje no es amable ni complaciente; porque además de reprochársele la expulsión de los judíos o “la pura palabrería ante la actuación de sus gobernadores en las Antillas”, se denuncia su “pasividad ante el incumplimiento de las capitulaciones de rendición del reino de Granada”. Para hacerlo, se sirve de uno de los pocos documentos de los que habla –que no cita- el libro: las anotaciones manuscritas de un joven mudéjar de Arévalo –Alí Sarmiento- recogiendo los recuerdos de Yûsuf Venegas, imán de la mezquita de Granada que vivió de cerca las presiones culturales de los ocupantes: “Y tengo para mi que nadie lloró con tanta desventura como los hijos de Granada. No dudes mi dicho por ser yo uno de ellos (…) que vi por mis ojos escarnecidas todas las nobles damas, así viudas como casadas, y vi vender en pública almoneda más de trescientas doncellas. Yo perdí tres hijos varones y dos hijas y mi mujer”. Hubo pues mucho más que violencia inmanente en el diseño de la Granada cristiana: nuevo arzobispo, nuevas fiestas, nuevas iglesias sustituyendo los espacios de culto, y apropiación, así, de los espacios de memoria de los musulmanes…

Esa atención al proceso de aculturación, que nos recuerda que el profesor Ruiz Doménec es un gran historiador de la cultura, descuida sin embargo analizar el conflicto político entre Enrique IV y los nobles que “afilaban las armas”: viéndose apartados del favor real por don Beltrán de la Cueva, formaron una facción belicista que –esperando feudos, esclavos, riquezas y nuevos vasallos de una guerra contra Granada- acusaba de sucia (y sexual) connivencia con los musulmanes al propio rey. El profesor Ruíz Doménech acierta al decir que Isabel fue cómplice en esa trama, y se muestra afinado y certero al advertirnos que, aunque los compromisos matrimoniales se traducían siempre en viajes de las princesas “prometidas”, el casamiento de Isabel y Fernando fue una operación política de tal magnitud que fue el príncipe el que –de incógnito, ilegalmente- se desplazó. Sin embargo, en la necesidad de situar a Isabel en el centro del relato se olvida que, más que una afilada conspiradora, como se intenta indicar con títulos tan novelísticos como “Castilla bien vale un marido”, la recia castellana se nos antoja en 1469 como un satélite de las ambiciones de los “Infantes de Aragón”, que no aparecen en el relato...

Ese es el problema del método narrativo. Analizar intrincados conflictos políticos o describir sutiles procesos de aculturación no puede hacerse sin argumentos muy complejos que requieren un aparato crítico. Un historiador puede ser “más moderno” por presumir de que sus libros evitan las notas al pie que nos permiten acudir a la fuente original, matizar su interpretación con contra-argumentaciones, admirar la recopilación de fuentes de distintos archivos, o remitirse a otras tantas fuentes secundarias. Pero como ciencia, la Historia dispone de un método, de un andamiaje crítico, de un proceso discursivo propio y –sobre todo- de mecanismos de corrección. Negarlos no es hacerle ningún bien, sino desproveerse del principal atributo del historiador en su titánica tarea de reconstruir lo intangible para comprender cómo se ha construido el presente o –más importante aún- donde falla.