Ferran Sánchez: Història. Divulgació. Docència.

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"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

domingo, 19 de julio de 2026

UN POETA MALDITO DEL RENACIMIENTO INGLÉS

 

 La herejía no sólo ha roto las esculturas de mármol de las iglesias”, escribía un mercader italiano en el Londres isabelino. El país le parecía sombrío, siniestro. Los sórdidos espectáculos de peleas de animales y las frecuentes ejecuciones públicas que proveían de cabezas cortadas las picas expuestas junto al puente de Londres parecían darle la razón. La política había decapitado a Tomás Moro y las universidades -mientras en Italia inauguraban jardines botánicos- tenían a Copérnico por “persona non grata”. Cada reinado Tudor había empezado con siniestras oleadas de conspiraciones, sospechas y detenciones, y la reina Isabel -representándose cada día más joven- prescindía de pintores realistas como Holbein. Maquiavelo estaba prohibido y el atomismo de Lucrecio recuperado en 1417 -al que Stephen Greenblat dedicó “El giro: de cómo un manuscrito olvidado contribuyó a crear el mundo moderno”- era un anatema. En definitiva, el optimismo renacentista se hacía esperar. Y cuando llegó -cargado de teatros, poetas, miniaturistas y exploradores- no fue ajeno a la incertidumbre sucesoria, al miedo a otra armada más o menos invencible, o a la peste de 1593. Precisamente ese año el escritor Thomas Kyd fue detenido por su presunta relación contra un panfleto que -entre los dolores del tormento- atribuyó a su desaparecido compañero de piso, Christopher Marlowe. A la búsqueda de ese escurridizo escritor ha dedicado Stephen Greenblat “El Renacimiento oscuro. La turbulenta vida del gran rival de Shakespeare”. Para seguirle los pasos recuerda su familia desestructurada, el gremio de zapateros al que pertenecía su padre, la escuela de primeras letras en Canterbury, la beca para pobres que le acercó al exigente estudio del latín y la electrizante lectura de los clásicos en la Universidad de Cambridge. Ya licenciado, estaba cursando la maestría cuando empezó a protagonizar sospechosas ausencias de clase, y a reaparecer con más dinero que gastar en la cantina de lo que cubría la beca. Aunque las inasistencias le incapacitaban para el título, una misteriosa instrucción llegada del Consejo Real ordenaba la concesión porque estaba “empleado en asuntos que benefician al país”, lo que viene extendiendo la sospecha de que Marlowe fue reclutado como espía por la poderosa red de inteligencia de sir Francis Walshingham, que mantenía agentes en embajadas, tabernas, posadas e instituciones católicas del continente, con el objetivo de anticiparse a cualquier plan para matar a la reina. 

Ese no es el único misterio que envuelve la figura de Christopher Marlowe, por lo que Greenblat bucea entre las líneas que dejó escritas para construir un atractivo fresco de su relación con los tiempos que le tocó vivir. Resulta especialmente sugerente la descripción del Londres en el que el autor se instalaba en 1587, con apenas 23 años. Describe un público acostumbrado a los cuentacuentos en las plazas, las leyendas a la luz de las velas, las proclamas de los heraldos, los sermones dominicales y a esa primera industria del entretenimiento de masas que fue el teatro. Un mundo efervescente de ingenio que frecuentaban pocos lectores, bastantes editores y muchas compañías de actores profesionales compitiendo por ofrecer un repertorio exitoso. Autoridades y moralistas se incomodaban por la concentración de carruajes, contagios y carteristas que colapsaban el entorno de los teatros.  Y es que las representaciones a media tarde, en plena jornada laboral, y los muchachos lascivos contoneándose con pelucas, no parecían complacer los estrictos preceptos de la religión oficial. Pero mantener a la juventud ocupada prevenía desórdenes, y a la reina le encantaban las comedias. Así que Marlowe -licenciado, latinista y con contactos en la universidad, el consejo real, y la nobleza que buscaba entretenimiento privado- se dispuso a hacer brillar su talento en esa selva. 

Greenblatt se pregunta si compitió por el mecenazgo del conde de Southampton, si conoció a Shakespeare, y si Marlowe entró en el círculo de intrigas políticas de Sir Walter Raleigh. Aquel mundo de indagaciones históricas, exploración geográfica y duda filosófica podía ser peligroso. El matemático y naturalista Thomas Hanot -que precedió a Galileo en el uso del telescopio- lamentaba  que no estuvieran “seguro para pensar como queramos”. Y Greenblat explica cómo el “Doctor Faustus” de Marlowe -una historia de transgresión teológica en busca del saber oculto que presenta ante el público la posibilidad de ser escéptico- sugiere que Marlowe, como su personaje, había hecho un pacto con el diablo. Con el poder, vaya. 

Al final, rastreando entre las líneas que hacen de los amores del rey Eduardo II una adicción, Greenblat se atreve a sugerir donde estaba Christopher Marlowe cuando le buscaban. Evitando cualquier espóiler sólo puedo decir que Marlowe estaba a salvo de la peste, y que estaba amando sin mesura, como el rey Eduardo había hecho doscientos cincuenta años antes. Cuando ese misterio de silencios necesarios y sábanas calientes se resuelve, al autor de "El Renacimiento oscuro" sólo le falta descubrir un último misterio.  Quién le mató.