¡Echando de menos la edición radiofónica!

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"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

martes, 30 de julio de 2013

EUROPA, 1945: LAS RUINAS QUE RESUCITAN HOY


Mi Rosa favorita me regaló hace un tiempo “el refugio de la memoria” con una bellísima dedicatoria agradeciendo mi modesta contribución a su anecdotario vital. Mi musicóloga de cabecera ha puesto armonía a mi frecuentemente desarreglada partitura en muchas ocasiones, y este obsequio es una muestra de cuanto le debo. Es cierto que tras su lectura no he participado del entusiasmo que convirtió la obra del historiador Tony Judt, escrita al tiempo que una penosa enfermedad degenerativa encaminaba sus últimos días, en un fetiche. Sin embargo, reconozco que algunos pasajes me sacudieron con violencia el alma; y no sólo porque es imposible permanecer impertérrito al coraje con el que Jutd encaró su último reto.

El libro que Rosa me invitó a leer contiene la demostración de coherencia profesional más explícita que he visto en un historiador desde que Marc Bloch fue ejecutado por los nazis. No debería extrañarme, porque -tal y como le escuché decir a la medievalista Teresa Vinyolas en una de las primeras clases que le escuché impartir al comenzar la carrera- ser historiador es una forma de vida. Por eso, incluso en su padecimiento, Jutd se puso a dictar, mientras pudo y cuando ya escribir no podía, algunos recuerdos analizados con precisión quirúrgica. Entre ellos, me impactó cómo su memoria infantil describía la ciudad de Londres: escribía que “hubo racionamiento de ropa hasta 1949, (…), de alimentos hasta 1954. Estas normas se suspendieron brevemente para celebrar la coronación de la reina Isabel, en 1953: se autorizó para todos una libra extra de azúcar y cuatro onzas de margarina (…) bastante tiempo después de que cesara esa práctica, mi madre me convenció de que las golosinas aún estaban racionadas. Cuando protesté diciendo que mis amigos de la escuela parecían disponer de un acceso ilimitado al género, me explicó, con desaprobación, que seguramente sus padres estaban en el mercado negro. Su teoría era de lo más creíble, puesto que el legado de la guerra era omnipresente. Londres estaba plagado de cicatrices de los bombardeos: donde antes había habido casas, calles, vías de ferrocarril o almacenes, había ahora grandes y polvorientas zonas acordonadas (...) En los primeros años cincuenta, la mayoría de los artefactos explosivos sin detonar habían sido retirados y los solares bombardeados -aunque prohibidos- ya no eran peligrosos. Pero esos improvisados espacios de juego eran irresistibles para los chavales”. Esta descripción de los niños jugando entre edificios derruidos comparte capítulo con un elogio de Clement Atlee (al que el imbécil de Churchill llamaba “un hombre modesto que tiene mucho por lo que ser modesto”), y nos acerca a un Londres muy distinto del que imaginamos. Si la huella impresa por la guerra mundial aún era “omnipresente” en Londres en 1953 ¿cómo debía estar la Europa continental, que había sido permanente campo de batalla, durante la posguerra inmediata?

A esa pregunta responde David Solar, autor de Un mundo en ruinas 1945-1946 (2007), al coordinar el dossier del número 177 de “La Aventura de la Historia”. Buscando una imagen significativa se sirve allí de un fragmento de la novela “La piel”, de Curzio Malaparte, para describir el ambiente en Nápoles durante la ocupación aliada, poco antes de la derrota alemana: “Mujeres lívidas, deshechas, con los labios pintados, los rostros desencajados y cubiertos de afeites, horribles y lamentables, estaban paradas en las esquinas de los callejones ofreciendo a los pasantes su miserable mercancía; chiquillas y muchachos de ocho, de diez años, que los soldados marroquíes, hindúes, argelinos, malgaches, palpaban levantándoles las faldas o metiendo las manos por entre los botones de los calzones. Las mujeres gritaban, “Two dollars the boys, three dollars the girls”.

Cuesta leerlo, y no sólo porque el fragmento llama nuestra atención sobre los miles de niños huérfanos que dejó la guerra deambulando por ciudades abatidas. También nos sobrecoge porque, la celebración de la victoria consume tanto protagonismo en nuestro 1945 imaginado, que, cuando los historiadores describimos la Europa de posguerra, apenas hacemos referencia a los niveles de destrucción: sabemos que Colonia o Hamburgo habían perdido el 90% de sus edificios, o Viena el 70%, pero bien poco de cómo se vivía entre ellos. Otra de las miradas a la Europa de 1945 que frecuentamos es la que atiende a la geopolítica: Paul Johnson decía en “Tiempos modernos” (1993) que los Estados Unidos y la Unión Soviética estaban al borde de un “volcán apagado, espiando despectivamente sus honduras todavía humeantes”, lo que llama la atención sobre el hecho de que, apenas cincuenta años antes, los pretenciosos europeos se habían repartido el mundo y ahora se veían desplazados de la hegemonía planetaria por dos nuevos agentes a los que la destrucción europea convertía en inesperados e involuntarios protagonistas de las relaciones internacionales.
 
Esas dos miradas, la que atiende a la destrucción material y la que se concentra en la geopolítica, tienen una cosa en común: olvidan el drama humano de la posguerra. Los europeos hemos evitado profundizar en ese infierno, hemos pasado de puntillas por esos años, quizá temiendo qué recuerdos puede despertarnos recrear aquel, como dice Keith Lowe, “continente salvaje”. En la fantasía que nos permite mantener nuestros cadáveres en el armario, 1945 es la calma doliente que sigue al infierno de la guerra. En nuestro discurso el Tío Marshall viene cargado de caramelos, los europeos confraternizamos con aquellos generosos chicos que vinieron a liberarnos y … ¡zasca! Europa resurge como el Ave Fénix, y ni corta ni perezosa escribe el punto y aparte que le permite experimentar ese crecimiento sin precedentes para el que hemos inventado la triunfalista etiqueta “milagro europeo”. No sólo olvidamos que la situación de dramática urgencia que vivía el continente cuando el volcán se apagó hacía plausible la escena que Malaparte “inventó” (¿?) para su novela. También olvidamos datos estadísticos muy ilustrativos, como los que también incluía David Solar en su artículo: desde mayo de 1945 hasta finales de 1946, los supervivientes apenas consumieron 1200 calorías de promedio diario, lo que resultaría la mitad de lo normal. La miseria propició epidemias de piojos, sarna, tifus y tuberculosis. La mortalidad pasó de un 11,8 por mil (1938) a un 18%o (1945) y la infantil superó el 250%o.
 
¡Pero el panorama escalofriante no sólo afectaba a las condiciones de vida! En su libro “Después del Reich: crimen y castigo en la postguerra alemana”, Giles MacDonogh recoge las vivencias de los alemanes bajo la ocupación aliada. No lo he leído, pero hice una cata al azar de algunas páginas y tomé algunas notas: de los 90.000 presos alemanes que quedaron en Stalingrado, apenas volvieron en 1955 unos 5.000; los alemanes sufrieron matanzas tan despiadadas como las que habían emprendido ellos durante la guerra; entre 12 y 14 millones de alemanes fueron obligados a marcharse de los estados liberados en Europa Central, y no fueron bien acogidos en las Alemanias supervivientes, donde las condiciones eran suficientemente duras como para ver a sus recién llegados compatriotas como rivales en la supervivencia. Los ajustes de cuentas tras la liberación contribuyeron notablemente al éxito del partido comunista, porque muchos alemanes se alistaron para evitar la acusación de colaboracionismo. En 1946 nacieron 200.000 bebés de las violaciones emprendidas por los ocupadores soviéticos: la tragedia de las mujeres bajo la ocupación aliada hiela la sangre.

Trümmerfrauen en Berlín
Keith Lowe decía, en una entrevista en ABC, que los europeos habían interiorizado con naturalidad la violencia cotidiana. Y ponía como ejemplo una anécdota de efectividad mediática: el testimonio de un corresponsal británico en Hannover que “tuvo la ocasión de ver un saqueo en una fábrica de picaportes. Todos se pegaban. Un hombre tiró al suelo a una mujer y le pateó la cabeza hasta matarla para quitarle los picaportes. Cuando lo logró, anduvo unos cuantos pasos por la calle, miró los picaportes y los arrojó al suelo como pensando: «¿Para qué quiero yo esto?»”. Siguiendo el rastro de es violencia gratuita e indiscriminada, el libro de Lowe deambula por toda Europa, desde Grecia (que continuará inmersa en una guerra civil terrible) a Italia (casi también), de Polonia (cuyas nuevas fronteras desplazan minorías étnicas diversas) a Yugoslavia (donde los ajustes de cuentas entre ustachas, chetniks y partisanos generan un clima irrespirable). Incluso Francia se encuentra sacudida por “oleadas de venganza y castigo que inundaron todos los ámbitos de la vida europea”: en tanto la resignación con la que los franceses ofrecieron la derrota ante los alemanes “propició la representación de la Francia ocupada como algo femenino: no sólo había sido invadida, también se había entregado como muchas francesas hicieron lo propio con los soldados alemanes. Eso emocionalmente se entendió como un adulterio a la nación. Después de la guerra era muy importante restaurar el orden patriarcal y se vengaron de ellas públicamente, en las plazas, les rapaban las cabezas y las desnudaban con el consentimiento de los nuevos dirigentes. Las veían como enemigas de la patria, tanto como los propios alemanes”.

Aquel continente sin carreteras ni trenes ni bancos ni comercios era un verdadero erial en el que la supervivencia era un reto cotidiano, en el que las hostilidades continuaban, en el que los vencidos no estaban mejor, tal y como demostraban los recuerdos infantiles de Tony Jutd, autor, por otra parte, de un libro -“Posguerra: una historia de Europa desde 1945”- que inauguró una secuencia de novedades editoriales sobre el tema. ¿Será coincidencia que de pronto se publiquen tantas miradas a los meses posteriores al Diluvio Universal? ¿Y que lo hagamos con la Europa comunitaria en estado comatoso, cuando millones de sus ciudadanos están sufriendo ese genocidio colectivo que constituye el desmontaje del Estado del Bienestar por parte de políticas de recorte drástico? ¿No vive Europa hoy un drama que viola sus fundamentos y se está costando miles de víctimas?

En el post anterior ya dije que el curso de verano “Dictadura, democracia i estat del benestar a Europa: de la segona meitat del segle XX alsinicis del segle XXI” reunió un buen puñado de humanistas de distintas especialidades para reflexionar sobre la historia del estado asistencial. El paisaje humano que retratan los libros hace más que plausible una relación directa entre el prestigio del que gozaba el comunismo por haber resistido al nazismo con contundencia y eficacia, la seducción que sobre aquellas masas hambrientas pudiera ejercer el sistema rival y el pacto que por el que la fuerza de trabajo aceptaba la lógica de beneficios a cambio de cierta protección del mínimo nivel de vida. El capital ha violado el acuerdo cuando, terminada la Guerra Fría, vencido y desprestigiado el adversario ideológico, pudo evitar negociar consensos entorno al funcionamiento del sistema capitalista. Los think tank neoliberales precipitaron entonces sobre la sociedad el argumentario que pretende deslegitimar la protección social, un rosario de tópicos que uno de los ponentes del curso, Vicenç Navarro, ha demostrado empíricamente en sus libros (y su blog) que son falsos. Como él mismo afirmó, si pusimos en marcha el Estado de Bienestar cuando Europa era, como dijo Churchill, “un montón de escombros, un osario, un criadero de pestilencia y odio”, quién puede creerse que hoy no podamos pagarlo cuando somos infinitamente más ricos...

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