¡Echando de menos la edición radiofónica!

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"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

domingo, 27 de julio de 2008

HÉROES DEL EBRO: LA INCONTENIBLE PASION DE LOS VETERANOS



Acabo de regresar de un congreso que conmemoraba en Mora de Ebro el 70 aniversario del comienzo de la ofensiva republicana que cruzó el río. Ha sido una convocatoria muy completa, de extraordinaria y compleja organización. Y no sólo porque daba de comer a más de 300 personas y alojaba a unas cuantas de ellas; sino porque coincidía con la recreación del asalto, e incluía una representación teatral, exposiciones fotográficas, ponentes de excepción, breves y vertiginosas comunicaciones, un paseo por algunas museos de la comarca, la asistencia al homenaje a la quinta del biberón, proyecciones nocturnas de documentales a la misma orilla del río, y una sesión nostálgica que daba protagonismo a los brigadistas supervivientes. El programa quedaba felizmente lleno, las sesiones resultaban maratonianas y sin embargo el público se mantenía entregado: coreaba consignas en las sobremesas y se mantenía atento a los comunicantes diez horas después de haberse iniciado cada jornada. Resultó especialmente emotivo escuchar a los brigadistas, una de cuyas participaciones acabó con un Viva la República rápida y entusiastamente contestado, y doscientos congresistas puestos en pie aplaudiéndoles durante varios minutos. El pequeño reconocimiento no paga la deuda que tenemos contraída con aquellos combatientes que aparcaron sus esperanzas de futuro para acudir a defender una causa que consideraban suya, y que en abstracto -tenían razón- era de todos. Alguna lágrima se me escapó cuando un veinteañero pidió la palabra para darles las gracias “por lo que habéis hecho por nosotros”, y cuando otro más les pidió un consejo para los jóvenes y obtuvo por respuesta “no sentirse vencido porque nadie puede decirte que lo estás si tú no lo sientes”. Dicho de otro modo,


aunque me tiren el puente y también la pasarela,
me verás pasar el Ebro en un barquito de vela;
cien mil veces que los tiren, cien mil veces los haremos,
tenemos cabeza dura los del cuerpo de ingenieros
”.

En el congreso tuve la oportunidad de saludar también a Ferran Sánchez Agustí, tocayo prolífico y fecundo investigador de los maquis, al que hace tiempo que me apetecía conocer. Y de charlar largo y tendido en varias ocasiones con Alberto Reig Tapia, al que ya leí hace unos cuantos años en Los mitos de la tribu, y al que acudí cual sediento en el desierto cuando - convencido por Edmund Burke de que "lo único que hace falta que triunfe el mal es que los hombres buenos no hagan nada"- esperaba que los historiadores de profesión alzaran la voz contra la verborrea mediática de los viejos franquistas disfrazados de transgresores que dicen revisar lo que en realidad copian... de la versión oficial de la dictadura. La militancia de Alberto Reig Tapia es científica y rigurosa, aunque su Antimoa nos permita a los "progres simpáticos" -por fin, después de tantas agresiones- "echar unas risas"!.

También fue emocionante escuchar al profesor Gabriel Cardona. Su enérgico y genuino discurso historiográfico me retrotrajo a las tardes de invierno de 1996, cuando cada tarde veía caer el sol a su espalda y oscurecerse la ciudad a través de los ventanales del aula del campus de Pedralbes donde impartía su Historia contemporánea de España. Guardo aún sus apuntes porque apunté celosamente todos y cada uno de sus ingeniosos latiguillos, como el que remataba una clase magistral diciendo “¿Ha quedado lo suficientemente confuso como para que sea cierto?”. Tengo otras: "Nueva York es el orgullo de la humanidad y la vergüenza del capitalismo. Lo primero porque gente de todas clases vive junta sin matarse; lo segundo porque vive mal". O esta: "Los Borbones estaban exclusivamente dedicados a las misas, las cacerías y las queridas; pasatiempos de los que yo o discrepo o no tengo edad".

En opinión de Cardona, la Batalla del Ebro fue un esfuerzo tan heroico como ingenuo de alargar una guerra cuyo curso no tenía ninguna posibilidad de cambiar, y que estaba perdida prácticamente desde el principio. La batalla más dura y sangrienta de la guerra (cuarenta mil víctimas en tres meses) no tuvo ningún beneficio territorial. Y sin embargo, me atrevo a decir que en el fondo logró su objetivo: salvó Valencia distrayendo la atención de Franco, superó el derrotismo por un momento, y ganó tiempo. Aquellos hombres mal equipados, mal formados y mal armados, a los que no apoyó la aviación, que combatieron sin apenas reservas ni transportes ni buenos pasos sobre el río, ni provisiones, en el fondo cumplieron su objetivo: ganar tiempo, a la espera de que el conflicto europeo que parecía inminente, se desencadenara. En el fondo Franco ganó la guerra, pero perdió la batalla del Ebro. Porque aquellos resistentes cumplieron la orden de resistir hasta que se les ordenó retirarse después de un largo combate: cuatro meses que para ellos fueron un infierno inenarrable y continuo, es cierto, y que sirven a demagogos de oscuro pasado para acusar al idealismo resistencialista negriniano de absurdo asesinato. Con esa misma crudeza lo denunció un biberón: ¿Por qué nos dejaron allí, en el centro de aquella matanza absurda, si éramos tan sólo unos niños? Decía un brigadista que “hay cosas que no pueden contarse aunque se cuenten”. Resulta fácil imaginar cuántas veces las palabras resultan insuficientes cuando se habla de una guerra.



Y sin embargo, Gabriel Cardona acababa su charla pidiéndonos que volviéramos a cruzar el Ebro, a emprender una nueva batalla 70 años después, “sin cañones pero con libros, cuyas únicas víctimas sean los embusteros”. Está bien entender la democracia no como un estúpido nirvana, sino como un camino, a menudo angosto, por el que merece la pena transitar todos los días. Usar nuestros derechos, convertirlos en realidad cotidiana, es una buena manera de mantener la salud democrática. Deberíamos seguir el consejo del maestro, y el ejemplo de todos esos veteranos. Pues eso: si me quieres escribir, ya sabes mi paradero.

lunes, 21 de julio de 2008

FINO ANALISTA, MAESTRO DE TIRANOS O VOCERO A SUELDO



En su análisis de la obra de Nicolás Maquiavelo, Quentin Skinner recoge una anécdota que muestra la carga peyorativa que mantiene el término “maquiavélico”: en una entrevista para The New Republic en 1972, el secretario de estado norteamericano Henry Kissinger, preguntado sobre la influencia del pensador florentino, se mostró extremadamente ansioso en rechazar esa sugerencia. “No, no, en absoluto”, insistía. En ningún grado Maquiavelo había influido en él, decía Kissinger..

La imagen negativa de El Príncipe como una obra maligna inspirada por el diablo en persona porque enseña al príncipe cómo conservar el poder por medio de la crueldad y la simulación, proviene de su inclusión en el Índice de Libros Prohibidos en 1559. Pero también de que no ha existido hombre poderoso, de Carlos V a Catalina de Médicis, de Napoleón a los dictadores del siglo XX, que no leyera El Príncipe para inspirarse.

Durante mi carrera profesional me he cruzado muchas veces con Maquiavelo y, empeñado en interpretarlo sin anacronismos y concluir si la moralidad política que expresó en sus obras es la que le adjudicamos hoy, ha acabado inspirándome una profunda simpatía. En realidad Maquiavelo afirma que, si los tratados políticos medievales impregnados de religiosidad cristiana sostenían que el príncipe debía ser virtuoso, prudente, justo, y moderado, para alcanzar la gloria, en realidad aplicar aquellas enseñanzas sólo serviría para perder el poder y ganar el escarnio. Al desvincular la política del dogma cristiano, al dotarla de valores laicos y pragmáticos, Maquiavelo advierte al príncipe que debe actuar “según la necesidad”.

Esas conclusiones, bien aprendidas en las misiones diplomáticas a Francia –donde queda fascinado por el espectáculo del poder bien organizado, contrapunto de Florencia-, o ante César Borgia –donde toma rendida cuenta del uso adecuado del secreto, la combinación de guerra y negociación, y la espera paciente de la oportunidad-, no son meras apologías del poder absoluto. Sino la defensa de una política personal y creativa, creación sutilmente artística de un tiempo que rinde culto a los individuos geniales, sean escultores o navegantes, que aunque fue acusada de eximir cualquier responsabilidad moral, apostaba por el análisis objetivo de la realidad circundante para garantizar la apuesta arriesgada, realista y ambiciosa del político.

Un encargo reciente me ha permitido reflexionar sobre el Maquiavelo historiador y me he encontrado a un personaje distinto, que hasta ahora me había pasado inadvertido. No me refiero al Maquiavelo republicano: es bien sabido que en sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio la fraseología que ha llegado hasta los defensores actuales de la teoría del republicanismo -“imperio de la ley”,”repúblicas que buscan el bien común sin el obstáculo de los intereses particulares”, “gobierno mixto que participe de las tres formas políticas clásicas”, etc-, viene acompañada de una verdadera apología nostálgica de la virtuosa república romana y un descarnado lamento por un presente – el que le tocó vivir- en el que los príncipes sustituyen a las libertades.

La contradicción aparente entre los Discursos y El Príncipe es menor si se entienden ambas obras, juntas, como una clasificación de los regímenes políticos, dispuesta a analizar sutil y escrupulosamente tanto los principados –de forma breve y compulsiva- y las repúblicas –de forma más sistemática y elaborada- usando en ambos casos el ejemplo de la Historia para ofrecer modelos de comportamiento adecuados. Como bien dice en su introducción Ana Martínez Arancón (Libro de bolsillo, ciencia política, alianza Editorial/Emecé, 2008), usa la lección de la antigüedad, las deliberaciones de los cónsules y los generales romanos que hicieron posible la grandeza de Roma, para extraer principios de acción política para el presente. Convenciendo al hipotético lector de la sabiduría política de los romanos, pretende estimular su imitación. Uso de la Historia, y admiración por la acción y el compromiso políticos están presentes en ambas obras.

Maquiavelo no dice que el fin justifique los medios



El Maquiavelo que me ha sorprendido no es el republicano; ése me seduce en extremo. Sino el intelectual orgánico acostumbrado a vivir de los encargos de los poderosos. El mal lector de Maquiavelo me diría que todos tenemos un precio, y que el de alguien que aboga por eximir la política de todo escrúpulo, es consecuente cuando implora favores al poderoso. Seguramente añadiría que “comer caliente” (el fin) justifica “hacer de vocero” (el medio), y pondría así en boca de Maquiavelo un razonamiento que él nunca defendió.

Cuando en 1512 los franceses son derrotados en Rávenna, la república para la que tan devota y hábilmente había trabajado Nicolás Maquiavelo desde 1498 expira; y los Médicis retornan a Florencia cargados de proyectos principescos en los que tan eficiente magistrado republicano no encaja ni a empujones. El cambio político le supondrá la pérdida de empleo (y la pobreza de unas escasas rentas rurales), la amargura de sentirse marginado (y sin reconocimiento a su talento), y un ocio difícil de soportar para quien ha vivido en contacto directo con el trepidante mundo de la política. Pobreza, amargura y ocio empujarán a don Nicolás a escribir El Príncipe y a releer y comentar Ad urbe condita.

Es entonces cuando el Maquiavelo que me sobrecoge abandona toda dignidad para implorar el favor del “principado nuevo”. En el paro forzoso, su correspondencia se llena de necesidad y sumisión. Así, escribe a su amigo Vettori el 13 de marzo de 1513 que procure, “si es posible, que su santidad se acuerde de mi, a fin de que en el caso de que sea posible comience a ocuparme, o él o los suyos, en cualquier cosa”. Resumiendo, qué hay de lo mío.

Cinco días más tarde, otra misiva: “si estos señores nuestros se dignan no dejarme en tierra, lo agradeceré y creo que me portaré de manera que también ellos tengan motivos para considerarlo una buena decisión”. Resumiendo, déjeme demostrarle que soy muy hábil con el francés. ¡Y no me refiero al idioma!

El hambre es lo que tiene. Es mundanamente humano, incluso a veces ensucia. Pero sobrecoge el brutal parecido del veterano analista, hambriento de rentas y notoriedad, con los intelectuales orgánicos de nuestro presente. Los contertulios cargados de resentimiento con el poder (cuando les excluye) y de vanidad (cuando les reconoce), que pierden cualquier escrúpulo en denunciarle (cuando les es adverso) o alabarle (cuando les es favorable).

Ahora no sé qué hacer con Maquiavelo. Llevo unas semanas preguntándome si ejercería de predicador del Apocalipsis en la COPE o de comisario político en Catalunya Ràdio… Debe ser por eso que no me contrata nadie…
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