¡Echando de menos la edición radiofónica!

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"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

lunes, 19 de agosto de 2013

ANYORANT LA JOSEFINA PIQUET



El 13 d'agost passat es produïa el traspàs de la Josefina Piquet. Potser hagi perdut la seva darrera batalla, però sí que ha guanyat mil vegades contra l'oblit, convertint-se en una veritable bandera de la memòria. I és que, com que la Josefina Piquet havia estat testimoni dels bombardejos franquistes, les llargues cúes de refugiats camí de França, els camps de concentració, l'exili i el difícil retorn, amb ulls de nena, les se ves companyes de l'Associació Dones del 36, l'anomenaven “la nena del 36”.

Havia nascut a Barcelona (1934), al carrer Major de Sarriá, en una família de tradició anarquista que treballava a Vil·la Cecília, la mansió d'Eduardo Conde que avui és el Centre Cívic de Sarrià. El seu pare, de fet, va participar en la Columna Durruti, i per això la família va haver de marxar a l'exili quan la Josefina encara no tenia cinc anys. A Figueres un bombardeig dels franquistes la va deixar sepultada entre les runes d'una casa. Finalment, el 9 de febrer de 1939 passava la frontera amb la seva mare, soles fins que van trobar el pare pres al camp de concentració de Saint Cyprien. Es van retrobar el 1941, durant l'ocupació nazi de França. Després d'onze anys de dur exili,de ser tractada com estranya a França, el 1950 van tornar a Barcelona: tampoc no va ser fàcil!. La Josefina va estudiar al Liceu Francès i va trobar feina de secretària de direcció amb 16 anys. Es va casar el 1958 i ha tingut dos fills.

Totes aquelles vivències d'infantesa havíen estat callades fins que, passada la seixantena, va decidir començar-les a explicar. I quan el 1997 va conèixer les Dones del 36, que explicaven la seva lluita contra el feixisme i la dictadura a joves estudiants, s'hi va afegir. No havia estat miliciana, ni havia estat a la presó ni havia lluitat a la clandestinitat, però explicava l'experiència d'una nena a qui la guerra havia canviat la vida. S'hi movia com a peix a l'aigua: la seva mirada de nena innocent que va viure els horrors de la guerra, l'exili i la dictadura connectava amb facilitat amb el jovent, emocionava tothom i comprometia els més valents a enfrontar-se amb el terrible passat del nostre país.
 
Quan el col·lectiu es va dissoldre perquè, gent gran com eren, no podien aguantar el ritme de xerrades i actes i reconeixements, la Josefina va seguir. Viatjava incansable explicant la seva història a instituts i universitats: la fotografia que encapçala aquest escrit, de fet, testimonia la seva visita a l'Institut Fort Pius. Van arribar alguns premis, tot i que el que ella valorava com a més important era que havia ajudat moltes persones que l'escoltaven a verbalitzar la seva història, a acceptar el passat, a plorar en públic per les tragèdies que havien superat, a deixar de tenir por. A Fent Història ens va acompanyar també una tarda, ara farà 10 anys, juntament amb la gran Maria Salvo, a qui podeu veure al seu costat en la fotografia. No ha estat l'única vegada que hem pogut comptar amb ella: fa un parell d'anys vam poder entrevistar-la també per al butlletí de l'associació. Era un exemple el seu compromís amb la memòria dels vençuts, un plaer escoltar la seva veu tranquila. Ara ens toca contribuir que no s'apagui: per fer-ho cal que recordem sempre els nens com a víctimes dels conflictes en què ells no tenen res a veure. Fem del record de la Josefina un compromís individual de cadascú amb la pau, aquí i arreu, ara i sempre!

viernes, 16 de agosto de 2013

INTRÉPIDO PROFE DE LATÍN EN BUSCA DE LA TUMBA PERDIDA


El Licenciado en Letras Clásicas especializado en topografía del mundo antiguo Valerio Massimo Manfredi ha publicado sus novelas en más de treinta países. Su reconocida fabulación sobre Alejandro, una trilogía infinita durante la que Alejandro nunca se queda a solas con un hombre que no tenga toda la ropa puesta, tiene secuela: un librito que rastrea, en un registro divulgativo, qué fue de la tumba del conquistador. Empieza recreando sus últimos días para especular sobre las causas de su muerte. Parece que durante una secuencia de banquetes durante los que bebió sin medida, Alejandro notó un dolor agudo en el costado, como si una lanza le traspasara, y gritó de dolor. Cuando los médicos detectaron la fiebre, buscaron el alivio en un baño. Tras una cena suave, se acostó. Durante los seis días siguientes siguió con los preparativos de la inminente campaña a Arabia, aunque por la noche le subía tanto la fiebre que al octavo día de tan débil ni hablaba. Se despidió de sus soldados -que desfilaron mudos y llorosos ante el rey moribundo- con la mirada. Algunos sugirieron llevarle al interior del templo para que los dioses le curaran, pero los sacerdotes -bien informados- respondieron con un oportuno oráculo advirtiendo que no cabía esperar milagros.

¿Qué había ocurrido? Mandredi toma de Diodoro el rumor del envenenamiento por orden de Antípatro, lugarteniente en Europa, quien temió -al saber que no le había encargado a él reclutar a sus veteranos- que el rey quisiera eliminarle para congraciarse con su madre, quejosa del trato que recibía en Macedonia. La trama partiría de Aristóteles, quien querría vengar la muerte de su sobrino Calístenes, y parece poco verosímil: los síntomas del envenenamiento con arsénico -delirios, vómitos, diarrea- no aparecen en las fuentes. Manfredi descarta también la malaria o el tifus, así como la hipótesis que -advirtiendo en Plutarco un presagio de infortunio, un grupo de cuervos agrediéndose que cayeron muertos a los pies del rey- diagnostica una infección aviar transmitida por mosquitos. El cuadro sintomatológico se parece un poco más -encefalitis, pérdida de la vista y el habla, el coma y, finalmente, la muerte- pero Mandredi, argumentando que no hubo más contagiados- concluye que lo que provocó la muerte del macedonio “tuvo que ver con él y nada más que con él”.

Por una parte se fija en los excesos propios de su larga campaña por Oriente, que el propio Alejandro recordó a sus soldados: “¿Quién de vosotros está convencido de haber soportado más fatigas por mí que yo por él? Oídme, aquel de vosotros que tenga heridas se desnude y las muestre. También yo mostraré las mías. Porque no hay ni una parte del cuerpo, por delante al menos, que no tenga cicatrices; no hay arma corta o arrojadiza que no me haya dejado una señal. Sí, he sido traspasado por flechas, golpeado por una catapulta, herido por piedras y mazas, por vosotros, por vuestra gloria y por vuestra riqueza”.

Pero aquel cuerpo, el de un veterano permanentemente expuesto en combate, también padeció los excesos del vino y la comida. Por eso Manfredi analiza el dolor imprevisto y fortísimo que le desencadenó la fiebre: “la sensación de sentirse traspasado por una hoja ha sido descrito así por los pacientes que sufren una pancreatitis aguda. La ingestión de comida y bebida en cantidades exageradas estimuló en exceso la actividad enzimática licuando el páncreas y vertiendo su jugo por la cavidad peritoneal”. Eso provoca el dolor desgarrador en la espalda, puesto que el páncreas se ubica en la zona retroperitoneal. En días, las enzimas del páncreas perforan el intestino, con lo que su contenido se derrama en la cavidad abdominal provocando una infección devastadora, de ahí la fiebre altísima sin tregua y el camino hacia el coma, situación que a su vez explica que el cuerpo no se corrompiera: los antiguos podían adjudicarlo al envenenamiento, pero no al coma profundo, puesto que no lo sabrían diagnosticar.

Mientras embalsamadores egipcios preparaban el cuerpo para que pudiera recorrer una larga distancia preservándose para el rito fúnebre durante el que sería quemado en la pira antes de ser sepultado, los diádocos se enzarzaban por la herencia, pero también por el cadáver. ¿Debía ser enterrado en el santuario de Amón, en el oasis de Siwa, donde había recibido la investidura divina, o como quería el regente Pérdicas, en Macedonia? La lucha por la herencia y el cuerpo, en el fondo, constituyen una misma, puesto que la custodia del segundo podría convertirse en el símbolo de la unidad de la primera. Parece que dos años después, durante los que, según Diodoro, se le construyó un impresionante carro fúnebre, emprendió el camino de Macedonia. Y fue entonces cuando las tropas de Ptolomeo abordaron la comitiva en Siria, se hicieron cargo del cuerpo y lo llevaron a Egipto. Consciente de la riqueza y el prestigio de Egipto, Ptolomeo había madurado la idea de un reino autóctono hereditario, para el que -como símbolo- quería usar el cuerpo de Alejandro. En un primer momento fue enterrado en Menfis, capital del Reino Antiguo, según la costumbre macedonia, en un tumba que debió parecerse a la que albergó a su padre y fue encontrada en 1977 en Vergina, la antigua Egas, por el arqueólogo griego Manolis Andronikos.

 
No sabemos cuánto tiempo estuvo en Menfis, pero sabemos que el sucesor de Ptolomeo lo trasladó a Alejandría, donde legitimaría la dinastía. Manfredi se pasea nostálgica y virtualmente por la ciudad, imaginándola como encarnación del espíritu mismo de su fundador: “hiperbólica, turbulenta, audaz, soñadora, pero también culta, ordenada, racional”. Después se consagra a rastrear las fuentes romanas que refieren el estado y la situación de la tumba y el edificio que la albergó. Su teoría es que, aunque las tumbas del fundador solían encontrarse en el ágora, porque era objeto de veneración por parte de los descendientes de los colonos, ésta debía estar cerca de palacio, porque para Ptolomeo la tumba de Alejandro era mucho más: la ciudad no era la fundación de un grupo de colonos en busca de fortuna, sino el centro de su reino. Necesitaba legitimidad dinástica, y la buscó recordando sus lazos con el soberano que había sido declarado por el oráculo de Amón como su hijo, por tanto, faraón. Siguiendo sutiles referencias documentales, Manfredi reconstruye la historia del mausoleo que albergó la tumba de Alejandro. Llega con facilidad hasta 215, cuando Caracalla le rinde homenaje. Después las referencias parecen desaparecer, y Mandredi se sorprende de que “un monumento grandioso e imponente, situado en una posición central donde pudiera ser visto por todos, fuera completamente olvidado en un tiempo tan breve”.


De hecho, la siguiente referencia con la que contamos es una homilía de San Juan Crisóstomo, a finales del s. IV: “¿Dónde está, dime, la tumba de Alejandro? ¡Muéstramela, y dime en qué día murió!”. Manfredi interpreta esa referencia como una alusión a que nadie recuerda ya dónde está, una demostración de lo efímero de la gloria humana y del triunfo del cristianismo sobre el mundo pagano. Entre ese momento y el anterior homenaje imperial, la ciudad ha sufrido los ataques de Zenobia y Diocleciano, un terremoto y la violenta persecución anticristiana de 297. Pero lo que realmente supuso un peligro para Alejandro fue la conversión del cristianismo en religión oficial: mientras en Nicea Constantino fija la ortodoxia con el Credo, se oficializan espacios de memoria que atraigan la piedad popular. Por eso se animó al patriarca de Jersualén, Macario, a buscar el sepulcro de Cristo, y erigir una serie de basílicas en los escenarios de las manifestaciones de su poder divino. La existencia de un plan concreto en ese sentido se demuestra por el posterior hallazgo por parte de la emperatriz madre, Helena, de la cruz de Jesús, y la rápida introducción de los Santos Lugares en la topografía oficial del imperio. ¿Pudo sobrevivir el sepulcro a los actos de vandalismo, las demoliciones de símbolos paganos y al clima de persecución del paganismo que refleja, por ejemplo, la ejecución de Hipatia? La invasión árabe (642) pudo ayudarle: Alejandro aparece citado en el Corán como un profeta más. De hecho, la “Descripción de África y de las cosas notables que hay allí, por Juan León el Africano” (1550) recuerda una capilla muy visitada por los viajeros que contiene su tumba. Hay alguna referencia más de viajeros del siglo XVIII, como Richard Pococke, quién afirma que los musulmanes piensan custodiar el cuerpo de Alejandro en una mezquita de Alejandría, y Edward D. Clarck, quien se lleva al British un sarcófago que atribuye a Alejandro, y cuya inscripción, traducida poco después de que la piedra Rosetta nos permitiera entender la escritura jeroglífica, permitió saber que era el sepulcro de Nectanebo II, el faraón que fue derrotado por los persas y desapareció misteriosamente.

En resumen, hemos perdido la pista. Así que Manfredi acaba recogiendo la hipótesis de A. M Chugg (The lost tomb of Alexander the Great, 2004): lo que queda del cuerpo se encuentra en la basílica de San Marcos en Venecia, dentro de la urna que desde hace más de mil años se considera que contiene las reliquias del evangelistas Las fuentes que utiliza sugieren que San Marcos fundó la Iglesia de Alejandría, que los peregrinos visitaban el martyrion del evangelista, y que el cuerpo descansaba en una iglesia hasta que, en el s. IX, dos mercaderes venecianos, Buono di Malamocco y Rustico di Torcello encontraron al clero de San marcos preocupado por las reliquias porque los musulmanes estaban despojando la iglesia de algunos mármoles preciosos para construir otro edificio con ellos. Ellos ofrecieron llevárselos a Venecia y burlaron la inspección portuaria cubriendo las reliquias con carne de cerdo, tal y como se representa en el intradós de un arco de la basílica en Venecia. El caso es que testimonios iconográficos y cartográficos muestran una iglesia de San Marcos cerca del mausoleo alejandrino, por lo que Chugg puede aventurar que lo habría reemplazado, algo probable porque la nueva imaginería cristiana se superpone sobre la pagana para suplantarla, como demuestran la Navidad, que ha sustituido la fiesta del Deus Sol invictus, o los santos emparejados que recuerdan a los dioscuros Cástor y Pólux, etc. En ese contexto, nada más fácil para la iglesia alejandrina que erradicar el culto pagano del fundador de la ciudad por el fundador que había dado vida a la primera comunidad cristiana. Otra cosa es demostrar por qué se habría hecho pasar el cuerpo de Alejandro por el de San Marcos. Chugg piensa que algún clérigo culto quiso salvar sus restos mortales de la furia iconoclasta desencadenada tras los decretos de Teodosio de 391, y se sirve de una gigantesca piedra reutilizada, por la falta de materiales, en la construcción del ábside de San Marcos que hoy está en el claustro de Santa Apolonia y muestra en relieve la estrella argéada de 8 puntas, y una larga lanza macedonia. Resumiendo: en Venecia hay un objeto perteneciente a una tumba real macedonia proveniente casi con toda seguridad de Alejandría, y de hecho perteneciente a la primera basílica de San Marcos, mandada construir contemporáneamente al traslado de las reliquias del evangelista a Venecia. ¿Podría ser un fragmento de lápida de la tumba de Alejandro? ¿Podrían ser los restos del santo, en realidad, la momia del conquistador? Manfredi recoge las críticas que se han hecho a esta teoría, pero se acaba sumando al clamor por someter al test del radiocarbono 14 los restos atribuidos a San Marcos.

Además de disculparse con los venecianos por si perdieran a su reliquia más famosa, ironiza sobre Liana Souvaltzi, quien dijo haber encontrado la tumba en elOasis de Siwa. Hospedado allí durante un viaje, discutió amigablemente con su convencida hostelera, quien -en el transcurso del debate- le remitió a “la novela de un escritor italiano sobre la vida de Alejandro que la había emocionado por descubrir una dimensión distinta” del conquistador. Fíjate lo que son las cosas: Manfredi llevaba consigo “una de mis novelas y le enseñé la solapa de la cubierta con mi foto” dejando a la anfitriona pasmada y convencida de que el mundo, desde luego, es un pañuelo, un pequeño mundo lleno de misterios. A los que yo sumaría ahora uno nuevo: ¿qué hacía Valerio Manfredi cenando acompañado, en mitad del desierto, a dos mil kilómetros de su casa, con un ejemplar de su propia novela en el bolsillo?

sábado, 10 de agosto de 2013

ROBESPIERRE (y 2): A VUELTAS CON "EL TERROR"




En un post anterior habíamos dejado a Robespierre volviendo a su ciudad natal envuelto en un aura de prestigio tras la disolución de la Asamblea Constituyente. El regreso a Arrás constituyó una experiencia aleccionadora, porque -aunque ya conocía la frustración que habían supuesto en el mundo rural el carácter atenuado del fin del señorío y la inminencia de la guerra- sus experiencias en Artois le convencieron de que la revolución estaba incompleta y amenazada. Si sus discursos ya habían advertido la existencia de fuerzas reaccionarias, ahora las vio con sus propios ojos. Sin embargo, sus declaraciones todavía nos muestran un perfil político bajo: así lo demuestran su actitud respeto a las costumbres religiosas -”no es deseable enfrentarse a los prejuicios adorados por el pueblo, es mejor que el tiempo le haga madurar”- y su oposición a la guerra contra las potencias absolutistas, basada en el temor a que fuera aprovechada por los militares para convertirse en “los árbitros de los destinos” de Francia. Robespierre se movía todavía, pues, en el campo de la moderación política.

Había sin embargo algo que le enardecía: la justicia social. Peter McPhee lo evidencia con un ejemplo: cuando en marzo de 1792, Jacques Simonneau, alcalde de Êtampes, murió tratando de impedir que la muchedumbre enfurecida fijara el coste del trigo en un precio más bajo, Robespierre criticó que -pese a la escasez generalizada- quisiera proteger el mercado libre de alimentos; y cuando la asamblea quiso honrar su valentía, Robespierre apeló a que “la ley natural del derecho a sobrevivir” tenía que prevalecer sobre la libertad económica. ¿Se está radicalizando? Yo creo que todavía no, porque hacía prevalecer el compromiso cívico para con las leyes diciendo que no quería “atenuar la indignación que los asesinos del alcalde de Etampes merecen por respuesta”, pero que Simonneu se había mostrado dispuesto a usar a los soldados contra unos conciudadanos que sólo querían alimento a un precio razonable. Y que, en tanto “el derecho a sobrevivir” prevalecía sobre todos los demás, Simonneau no era un héroe, ni una víctima: “Leónidas murió combatiendo al descomunal ejército de Jerjes, (…) y Simonneau cayó ordenando que se disparara contra sus conciudadanos desarmados, que se habían congregado para impedir un comercio de trigo que les alarmaba”. Y por si alguien pudiera acusarle de llamar a la desobediencia, insistía días después en que una ley hecha por la mayoría exige obediencia: en un alarde de virtud/espíritu cívico remataba “yo obedezco todas las leyes, pero solo amo a las buenas. La sociedad tiene derecho a reclamarme lealtad, pero no que sacrifique mi razón”.

En este discurso se advierte vehemencia, pero ningún vampiro sediento de sangre. Fueron los reaccionarios quienes precipitaron los acontecimientos: lo que la historiografía ha llamado “manifiesto del duque de Brumswick” era en realidad una sarta de amenazas proferidas por el ejército prusiano invasor que cayó sobre los parisinos como una tormenta plomiza. Coincidió con la publicación, en la prensa conservadora, de listas de los patriotas que debían ser ejecutados por los prusianos, debidamente acompañadas de imágenes morbosas del Sena taponado por los cadáveres jacobinos y las calles rojas de sangre sans-culotte. Eso desencadenaría las terribles Matanzas de Septiembre, el violento asalto de las prisiones en busca de potenciales traidores, que ninguna fuente puede relacionar con Robespierre. Al contrario: cuando en la década de 1840 Luis Blanc investigaba para su monumental “Historia de la revolución francesa” entrevistó al médico de Robespierre, Joseph Souberbielle, entonces muy enfermo pero lúcido, quien insistía en que Maximilien “jamás le habló de las matanzas de septiembre más que con espanto”.

El cerco absolutista, sin embargo, se iba estrechando; y con él el desgaste de la Convención Girondina. En noviembre de 1792, Robespierre pronunciaría un conocido discurso en el que denunciaba las estrecheces que sufría la población: “Ningún hombre tiene derecho a acumular montañas de trigo al lado de un congénere que muere de hambre. ¿Cual es el principal objeto de la sociedad? Mantener los derechos inalienables del hombre. ¿Cual es el primero de esos derechos? El de existir. Por consiguiente, la primera ley de la sociedad es la que garantiza a todos sus miembros los medios de subsistencia”... Sigue sin ser un anti-sistema: no estaba defendiendo la redistribución obligatoria de las propiedades, ni mucho menos. El problema es que los girondinos, como dice MacPhee, querían libertad de comercio y bayonetas para aplacar el hambre que provocaba el alza de precios. Frente a eso, Robespierre mostraba esa coherencia en defensa del pueblo que venía caracterizando su carrera. El problema vino, a mi parecer, cuando en 1793 los jacobinos pasaron a ser la fuerza dominante en la Convención y dejaron de disculpar las acciones populares contra la autoridad. Robespierre las percibía entonces como mezquindades alejadas de su virtuosa concepción de la ciudadanía: “el pueblo no debe alzarse para conseguir azúcar, sino para derrocar a los tiranos”, decía; y predicaba con el ejemplo, porque -cuando ese mismo verano la invasión extranjera, los departamentos girondinos en rebeldía, el bloqueo inglés de las colonias, y el alzamiento de la Vendée, hacían la situación más peligrosa y la revolución parecía colgar de un hilo- aceptó por primera vez un cargo de gobierno. Es en ese contexto que se aprueban las levas en masa, la ley del Maximum y la terrible Ley de Sospechosos. Llega el Terror: ante la pugna entre los radicales de Hébert que, empujados por la masa sans-culotte, celebraban la violencia, y los moderados de Danton, el Comité de Salud Pública optó en 1794 por eliminar ambas facciones.


Son medidas excepcionales, que darán resultados espectaculares antes de acabar el año, pero lo cierto es que las cifras de la violencia no son fáciles de masticar. Él mismo cae enfermo, quizá por su actividad frenética: durante 1793 había pronunciado 4 discursos por semana, se había enfrentado a dos hombres que admiraba, se sentía amenazado y confesaba que “ya no tengo fuerza para combatir las intrigas de la aristocracia. Agotado por cuatro años de trabajo arduo e infructuoso, tengo la sensación de que mis recursos físicos y morales ya no están al nivel exigido por una gran revolución”. Robespierre no podía ser ajeno al contraste entre la virtud predicada y la realidad sangrienta . Y es que, tal y como escribe David Andress en las conclusiones de su libro, “el problema del terror radicaba en que su afán implacable por preservar la frágil flor de la libertad personal constituía también el mismo mecanismo de su destrucción”. Robespierre debió ser consciente de tan trágica paradoja, pues hasta entonces había sido un certero analista de la realidad política. David Andres, para demostrarlo, se fija en el discurso con el que Saint Just anunciaba los Decretos de Ventoso (febrero de 1794), cuando dice que “el terror es un arma de doble filo que unos emplean para vengar al pueblo, y otros para ponerse al servicio de la tiranía”.

Nada justifica el funcionamiento industrial de la guillotina, pero no hay que olvidar que la revolución se desencadenó en una sociedad en la que la violencia era intrínseca a los sistemas de justicia y al lenguaje del poder, argumento que -si bien no justifica el Terror- demuestra la inconsistencia de la tesis de que la violencia jacobina fue un “camino torcido”, un cuerpo extraño en el desarrollo de la revolución. El problema es que, como bien se lamentaba Robespierre, el furor de los déspotas ha sido llamado justicia siempre, mientras que la justicia del pueblo es llamada barbarie. Hoy los embargos por impago de hipoteca siguen siendo definidos como justicia, mientras los escraches que protestan contra ellos se intentan descalificar como movimientos totalitarios.

Hay algo más. Como escribió William Roddes (Journal of Modern History, núm. 72, 2000), “la revolución no puede comprenderse sin una adecuada teoría de las emociones”. No es que fuera una corriente de intolerancia emocional, pero sí una olla a presión en la que hervían muchos ingredientes más que la pasión. Y, aunque se quiera retratar el miedo a la contra-revolución como una obsesión paranoide, la extendida creencia del complot aristocrático que empujó en ocasiones la violencia popular tenía visos de verosimilitud con las tropas prusianas y austriacas a las puertas de París. Mientras la amenaza militar persistiera, la existencia del terror estaba justificada, dice David Andress, y su influencia en el estallido de las violencias es evidente, como demuestra el hecho de que la mayor incidencia geográfica de las ejecuciones se encontró en departamentos donde la amenaza había estado más cercana. Puede que, además del miedo, hubiera otro motor de la violencia política: Andress escribe que los revolucionarios entendían el precio sangriento que estaban pagando por conquistar la libertad "y contemplaban con austeridad la suerte opresiva que los aguardaba en caso de aplacarse. Todo eso les infundió una pavorosa determinación para evitar volver al pasado”.

Finalmente, me gustaría advertir que quienes demagógicamente adjudican la violencia a la esencia política de la izquierda para tejer un hilo de continuidad entre Robespierre y Stalin, no demuestran la misma preocupación por todas las víctimas. Y la frialdad con la que olvidan las víctimas del Terror Blanco impulsado por el régimen de Thermidor tras la caída de Robespierre, me permite sospechar que su principal preocupación, más que las víctimas de la violencia estatal, es que -para la constitución de 1793- Robespierre había redactado una nueva declaración de los derechos del hombre y del ciudadano que decía (artículo VI) que “el derecho a la propiedad está limitado, como todos los otros, por la obligación de respetar los derechos de los demás”, o que (artículo X) “la sociedad está obligada a subvenir la subsistencia de todos sus miembros, sea procurándoles trabajo, sea asegurándoles los medios de existencia a los que no están en condiciones de trabajar”.

Curiosamente, los que se rasgan las vestiduras con el terror jacobino son los mismos que nos dicen que, para luchar contra el terrorismo o la crisis, sacrifiquemos la libertad en beneficio de la seguridad. Dicen que “sólo los depravados tienen que temer el hecho de estar sometidos a regímenes escrutadores”, con lo que piden confianza ciega presentándose como aquellos jacobinos cuya entrega total a la causa de la libertad les autorizaba a eliminar toda oposición por medios excepcionales. Con la diferencia de que, frente a la trayectoria incorruptible de Robespierre, reconocida incluso por sus enemigos, los encorbatados profetas libertarios de hoy solamente nos pueden presentar un curriculum de corruptelas perpetuas y negocios turbios.
 
En 1832 volvía del exilio el diputado Bertrand Barère, que en 1794 había participado en la caída de Robespierre. Los chanchullos de la burguesía especulativa durante la Monarquía de Julio contrastaba con el drama humano de la industrialización, por lo que, nostálgico, Barère recordaba lo afortunada que había sido la joven república al contar con Robespierre: “no comprendimos a este hombre. (…) era puro, un hombre íntegro, el auténtico republicano”. Hay más: a principios de 1860, un médico parisino llamado Poumiès de la Siboutie escribió en sus memorias que había conocido al médico de Robespierre, Joseph Souberbielle, y rememoraba el afecto y la admiración que sentía por su paciente: “Nadie sabe mejor que yo sabe lo sincera, desinteresada y concienzuda que era su entrega a la república. Fue el chivo expiatorio de la revolución, pero su valía superaba a la de todos los demás juntos”. Cuando el historiador y teórico social radical Louis Blanc visitó a Souberbielle en aquellos años, lo encontró muy enfermo, pero la sola mención del nombre de Robespierre le hizo erguirse de inmediato en la silla y recitar de memoria el final del último discurso del 8 thermidor. La mediocridad de la izquierda del presente, y la maldad de la derecha, me permiten entender perfectamente el recuerdo emocionado de aquel doctor entrado en años.
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