¡Echando de menos la edición radiofónica!

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"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

jueves, 7 de febrero de 2008

HAY 5 TIPOS DE HISTORIADORES...



Para empezar están los "maestros". Son los que no tienen pestañas. Se las dejaron en el archivo, rastreando entre legajos empolvados, pergaminos en mal estado y letras carolinas decoloradas. Cada vez que abren la boca hablan ex cátedra como si fueran Pío IX sentando el dogma de la Inmaculada Concepción. Y no lo digo con acritud, sino con admiración: son los que no quiero que ensayen clases participativas, sino que derramen su erudición crítica, amena y valiente hasta que te dejen aturdido. Proyectan luz sobre el pasado, ofrecen teorías, las contrastan, las matizan, las llenan de documentos y de pruebas y ábsides góticos y cartas de amor, y de voces y de sabores.




Luego están los arribistas. Son los que no tienen escrúpulos. Los olvidaron en algún sarao madrileño junto a la fuente del ponche y las señoras repeinadas, mientras firmaban los libros que sus negros les escriben. Cada vez que abren la boca baja el precio de la mierda porque no se cortan un pelo en “revisarlo” todo. Que si Azaña era un jacobino peligroso, la república derivaba hacia el totalitarismo, pobre Felipe II cómo lloró por la Gran Armada, en las Navas de Tolosa querían construir España, Octubre de 1917 fue un golpe de estado y Julio de 1936 un plebiscito armado, los masones conspiraban (¡joder, qué obsesión!) y a Pinochet le cuadraban las cuentas (las de la balanza de pagos, no las de muertos en la Operación Cóndor, que ese otro recuento les trae sin cuidado). También dicen que la revolución francesa fue un inútil derramamiento de sangre y la independencia de las Trece Colonias, en cambio, una heroicidad aunque se olvidaran de los esclavos negros, y que el colonialismo que se repartió África no era rentable, sino filantrópico, Ah, y que no se me olvide; lo más importante: ¡España se rompe! A la que menos te lo esperas se asoman a la ventana y se ponen a ladrar “venid a salvarla”, como si fueran el Alcalde de Móstoles. Ni que decir tiene que la culpa de todo, incluida la derrota de Trafalgar, la tiene Zapatero. Eso por descontado.



Una tercera categoría la ocupan los meritorios. Son los que no tienen voz porque –siguiendo a Oscar Wilde- prefieren callar y pasar por tontos, que hablar y disipar la duda. Así, temiendo no salir en la foto, esperan si les llega el turno en la “cadena de medraje” universitaria. Cada vez que abren la boca es para bostezar porque, encantados de haberse conocido, se escuchan discursar sobre alucinógenas delicatessen historiográficas: como son muy “postmo”, les va el discurso de género, las gafas de pasta y la historia de la alimentación. Eso sí: los temas de los demás les parecen aburridos, escriben “Historia” sin hache por aquello del “giro lingüístico” y confunden a Martín Lutero con Martin Luther King. Al final, cansados de esperar, se tiran a la enseñanza, donde torturan a los pocos adolescentes que –antes de conocerles- habían sentido algo de interés por las Ciencias Sociales. Entonces, cuando les ven bostezar, desgranan con agotamiento cansino su visión armagedónica de la enseñanza y se lamentan de que los niños escriben historia con “i” minúscula. ¿Pero no habían dicho antes que las faltas de ortografía le dan amenidad al texto?…



Finalmente están los del ombligo pequeño. Son los que no tienen vergüenza: se pasan el rato hablando de ellos mismos y firmando manifiestos que, después, presumen de haber transgredido porque –rematan con sonora carcajada- “las normas están para saltárselas” (sic)... Cada vez que abren la boca el problema es tuyo para cerrársela, porque tienen dogma para dar y vender. Están de vuelta de todas las revoluciones: las han protagonizado todas. Y en primera fila de trinchera. La neolítica, la urbana, la agrícola, la demográfica, la industrial (tanto la primera como la segunda), la proletaria, la Meiji, la bolivariana, la menchevique y la naranja… Como que las revoluciones cansan, que es lo que tienen las revoluciones, acaban a la sombra de un almendro en flor leyendo la enésima reinterpretación de “La formación de la clase obrera en Inglaterra”. Y allí están ellos, con su pinta antisistema y su “historia desde abajo”, desgranando la margarita de si venderse al mejor postor y pasar a escribir la historia de Convergencia (y Unión), o seguir con su trabajo en la correduría de seguros cebando al gran capital a costa de representarle un coste nimio y prescindible.



Para acabar están los historiadores funcionariales. Son los que no tienen corazón. Se lo dejaron en alguna ventanilla, comprando los timbres que correspondía adjuntar al impreso seriado que inicia el procedimiento administrativo de acuerdo con el formato oficial y oficioso marcado por la oficina de subvenciones partidistas. Cada vez que abren la boca es para montarte un proceso que deja al de Kafka en una partida de tetris. Vamos, que Torquemada a su lado es un voluntario de la Cruz Roja. Cuando hablan de independencia se refieren a celebrar su enchufe institucional con subdirectores generales y canapés de salmón. Cuando hablan de justicia quiere decir que si les contradices entras en una lista negra que, por larga, parece las “cuentas del Gran Capitán”. Entonces te castigarán con su indiferencia y las verás levantar su mentón bien arriba, muy estirado, mientras se marchan sin despedirse, con documentos valiosos que no son suyos y que no estaban relacionados en el escrupuloso inventario en el que sí te apuntaron, en cambio, dos gomas milán, tres vasos de plástico y un caramelo de anís.



Toca hacer autocrítica y meterme en la clasificación. Sin duda pertenezco al estadio más lamentable; el de los historiadores express. Son los que no tienen resuello ni aliento, porque no dejan pasar un trabajo ni aunque no sepan hacerlo. Por eso las revistas les tienen de apaga-fuegos y les encargan una reseña en tres días. Cada vez que abren la boca es para lamentarse porque, como no son del Opus ni juegan al golf con Polanco, ganarse las habichuelas les cuesta un esfuerzo insostenible sobre el que cuelga permanentemente una espada de Damocles. Investigan a deshoras y los desplazamientos al archivo, o a un congreso, se lo pagan de su bolsillo, sin subvención.

Los maestros llenan su expediente de matrículas de honor que no les sirven para nada, porque les da ternura ver cómo se esfuerzan. Los arribistas se ríen de ellos porque saben que, por mucho que corran, ni publicarán ni les harán sombra en las tertulias. Los meritorios los desprecian porque andan impulsando sueños que ellos abandonaron hace mucho, y porque ellos hablan cuando tienen algo que decir, no cuando les dan permiso para hacerlo. Los del ombligo pequeño les ignoran porque creen que, con tanta prisa y tanta divulgación, los historiadores express nunca sabrán tanto como saben ellos, que están a punto de descubrir qué coño llevaba Walter Bejamin en su maleta. ¿Y los funcionariales? Siguen enfadados. ¡Resulta que los heridos son ellos!
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