Con edición radiofónica ...

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El tiempo cronológico, no meteorológico

" Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos " (Salustio)

viernes 2 de mayo de 2008

DEFENSA DEL AUSTRIACISMO (Y DE PASO, DEL TRABAJO DE ERNEST LLUCH)



En septiembre de 2005 leía a un importante y poderoso historiador cómodamente instalado en poltronas museísticas y púlpitos mediáticos decir, en la editorial de la revista Papers, incluida periódicamente en el interior de L’Avenç, que el austriacismo no era más que “la defensa de l’ordre constitucional català d’arrel medieval”. Era una crítica dirigida quienes estaban estudiándolo como una idea política nueva, “portadora de llibertat”.
Citándose a sí mismo (¡!) en el prólogo del libro de Josep Maria Torras i Ribe (Felip V contra Catalunya, Rafael Dalmau, Barcelona, 2005) insistía en que aquel era un sistema “fet a la mida dels estaments superiors, els beneficiaris del règim de privilegis, les oligarquies que ostentaven el govern del pais i que monopolitzaven les institucions”. Aunque esa afirmación es incuestionable, implicaba una crítica algo injusta de los historiadores que querían presentar “com una cosa nova una alternativa al sistema borbònic que ja existia des de feia molts segles”.

Ya Ernest LLuch se lamentó de la oportunidad que había perdido España en 1714 (no sólo Cataluña) de disfrutar de un sistema representativo (aunque no democrático), parlamentario (por medio de cortes estamentales) y proclive al federalismo. Aquellas sugerentes propuestas han sido criticadas como si el absolutismo y la centralización fueran el único camino viable hacia la modernidad política. Yo mismo me he quejado a veces de que la historiografía catalana no se haya desprendido del romanticismo que enternece su visión de toda aquella quincallería política, ganándome a pulso el rechazo de mis amigos nacionalistas cuando me obstino en hacer notar que la nación política asesinada en 1714 tiene bien poco que ver con el concepto “Cataluña” que hoy, con los sistemas representativos democráticos consolidados, forma parte de nuestro imaginario. Sin embargo, la semana pasada tuve la oportunidad de entrevistar a Agustin Alcoberro y la solidez de su discurso me ha hecho ver que aquellos arcaicos privilegios estamentales no pueden ser despreciados como argumentos para el desarrollo del pensamiento político, como muy bien rastreó Lluch. Escuchándole pensaba yo que era incoherente tomar sin escándalo el modelo inglés y su ausencia de revoluciones jacobinas como un camino alternativo y superior hacia la libertad política, y despreciar el estudio del austriacismo.

¿Cómo es posible que se canten las virtudes del Reino Unido, con su cámara de los lores designados por la sangre, y su capacidad de veto de las decisiones de la cámara democrática, la de los comunes, y al tiempo se desprecien los gérmenes del austriacismo como si de un anacronismo retrógrado se tratara, sin ni tan sólo considerar la propuesta de que aquel corpus jurídico estamental surgido de las cortes fuera (circunstancialmente, quizá) la base de un proyecto futuro renovador, alternativo, incluso “persistente”? ¿Cómo es posible que las limitaciones al ejercicio del poder real asentados por cuatro fanáticos puritanos carpetovetónicos en la Inglaterra del siglo XVII sea considerada un literal progreso hacia el sistema de libertades y, en cambio, se desprecie el mismo esfuerzo de comprensión por el proyecto de monarquía controlada que tienen los austriacistas?

lunes 7 de abril de 2008

ERNEST BELENGUER CIERRA UN CÍRCULO (1983-2008). OJALÁ ABRA OTROS...



Que el reinado de Jaime I fue decisivo para Cataluña no se puede dudar: los privilegios otorgados a Barcelona dispararon su prosperidad mercantil, se consolidó su estructura política por medio del Consejo de Ciento, las ciudades se convierten en el tercer estamento de las cortes (el braç reial), creció el dinámico barrio de la Rivera, y se vertebró –con las conquistas de Mallorca y Valencia- el territorio que hoy ocupa la cultura catalana. Es indudable que merece, salvando las distancias con que puede ser leído en términos de nacionalidad contemporánea, que el octavo centenario de su nacimiento se celebre este año con el nivel suficiente. Por eso es lógico que el profesor Ernest Berenguer –comprometido y vehemente modernista, autor de pormenorizados estudios sobre la monarquía hispánica durante la alta edad moderna, y tantas obras de referencia sobre los distintos reinos de la Corona de Aragón, pero también de un repaso sobre las interpretaciones historiográficas que, sobre el rey Jaime, tejieron escribanos, escribientes y escritores (1983)- se queje de que no haya dinero público para gastar en ciencia histórica.

La apuesta por el rigor ya se percibe en la portada de la edición castellana, con el único retrato coetáneo del rey que nos ha llegado, sacado de las Cantigas de su yerno Alfonso X el Sabio. También es obvio en el uso de una diversidad ingente de fuentes secundarias (incluido Ferran Soldevila, citado con reconocimiento profesional pero sin nostalgia romántica) y primarias: el Llibre dels Fets es leído con el mismo sentido crítico adecuado, recordando que allí aparecen los “fets gloriosos” y son disimulados o silenciados los que no sirven a la gloria del rey.



Dice el autor que su obra no es un relato oportunista, apresuradamente redactado para aprovechar la ocasión comercial. Y añadió que nadie se enriquece escribiendo; por tanto no será él, poco dado al mercadeo político, quien escriba el guión que en Valencia glosará los tiros que don Jaime, representado con belleza tipo portada de Menshealth, disparó sobre damiselas inocentes, otras menos asustadas, y unas más listas que lo buscaban por los rincones. ¡Quien queda de niño prisionero de los vencedores de su padre en batalla campal, y supera un largo reinado lleno de asaltos y traiciones abandonando una cruzada a San Juan de Acre en beneficio de un buen par de muslos, sin duda, merece una película! ¡Esperamos que tenga, eso sí, mayor dignidad que la que dedicaron a los Borgia!

Quienes hemos disfrutado en clase de la punzante, casi afilada, agudeza del profesor Belenguer vimos en aquel acto a un autor más afortunadamente comedido, incluso más sensible. Y es que la presentación de la edición castellana del último libro del profesor Belenguer fue un acto emotivo. Él mismo confesó que había temido no poder acabarlo, que espera que no sea el último, que se agota cada vez más en clase y fuera de ella, y que en todos estos años de carrera investigadora –desde su primer libro, sin prologuista porque poco antes, a su maestro, Joan Reglá, le habían diagnosticado un cáncer de pulmón- no ha hecho más que hacer honor a quien le enseñó. Como el maestro ya no estaba cuando el joven Belenguer debutaba, y por mucho que como escritor novato necesitara un buen padrino, se negó a que ningún otro que no fuera su maestro ocupara aquel espacio, y escribió su propio prólogo para glosar la figura de Reglá y vindicar su maestría. Lo cual merece, cuando menos, un encendido elogio.

No acabo de entender por qué un gobierno blavero, cargado de resentimiento anticatalanista, despliega tal cantidad de recursos para celebrar la figura del monarca que, en su euforia belicista, fijó los profundos vínculos con Cataluña que hoy ellos quieren ignorar. Pero estoy seguro que el profesor Belenguer nos lo aclarará: ¡nos ha prometido una conferencia para el veinte de mayo!

lunes 10 de marzo de 2008

JANE AUSTEN EN EL S. XXI: SOLTEROS POR FRACASAR O POR NO INTENTAR?



Con la decisión sobre el voto resuelta tiempo atrás, dediqué la jornada de reflexión a “La joven Jane Austen” porque me contaron que los críticos neoyorquinos se deshacen en elogios por una novela titulada “El club de lectura de Jane Austen”. Así que, de regreso al video-club, iba pensando por qué de pronto tanto interés por la escritora inglesa. Parece que en el 2003 el biógrafo Jon Spence sorprendió al mundo literario revelando en Becoming Jane Austen que, pese a la soltería, la autora de Sentido y sensibilidad no hablaba de oídas y había conocido una precipitada y precoz historia de amor juvenil, con huida incluida. La película trata de recrear esa historia como si fuera una novela más de su autora, para que los acontecimientos vividos realmente se parezcan a “Orgullo y prejuicio”. Por eso arranca con Jane viviendo con su familia en su casa campestre, y nos la presenta como ella a sus heroínas: joven, guapa, sensible, educada, agradable, inteligente, escritora en ciernes, aunque insatisfecha con los resultados. Y es que una de las tesis de la película es que –para escribir sobre el amor- uno tiene que haberlo vivido. O sufrido…

Resulta estéticamente sugerente la bucólica descripción que hace la película del contacto de las personas con la naturaleza. Si el hombre medieval había sentido incomodidad o miedo ante la misteriosa profundidad del bosque, la pasión por la naturaleza en estado salvaje propia del hombre romántico se parece mucho a nuestro deseo por salvarla hoy de la agonía. Es cierto que Jane –en su austera mansión de provincias- es menos urbana que nosotros; pero me atrevo a decir que el papel que cumple el bosque en aquellos tiempos de primer romanticismo es el que hoy cumple la metrópoli. Sean robles o rascacielos los que acompañan los encuentros (o desencuentros) de aquellos primeros románticos, me temo que se parecen demasiado a los nuestros.

Me explico. Las relaciones Inter-personales que describe la película son tan sofisticadas como distantes. Me recuerdan a las que veo practicar hoy. La joven Jane invoca sentimientos que desconoce, y para los que –en un primer momento- no espera arriesgar. Cree que el amor llamará a la puerta del estudio en el que se consagra a inventar historias durante las noches de insomnio. Tras mis amigas solteras (disfrazadas de superwoman siguiendo la guía cosmopolitan) y mis amigos gays (disfrazados de Robocop insensible), es fácil encontrar una criatura frágil y herida, algo desvalida, necesitada y merecedora de cuidados. También la joven Jane, a veces altanera y algo insolente, disfraza tras una verborrea apasionada y algo grandilocuente la soledad que padece en su íntimo castillo de cristal. Y también como nosotros, que no dejamos pasar la oportunidad de sentir que agradamos, la joven Jane flirtea y coquetea con todos los muchachos de tez pálida, disfraz de dandy y peinado cuidadosamente descuidado que se le presentan. Y como nosotros, evita consumar, si el modelo no encaja en el molde que la imaginación desea…



Aún deseosa del amor, expectante de experiencias, sublimándolas en sueños, Jane (y mis amigas) proclaman unos valores opuestos a la práctica que la conducirían a conocerlo. Ella, el decoro. Ellas, la promiscuidad veloz. Aún necesitándolo, denunciamos la estrechez de un modelo de pareja que calificamos como convencional, criticamos la necesidad de compañía como debilidad, y defendemos las parejas abiertas, o la soltería, como sinónimos de desprejuicio o libertad. Si tanto Jane Austen como mis amigas se parecen en la necesidad no confesa de compartir, ¿qué las diferencia?

Pues el hecho de que Jane, más inconsecuente, no predicó con el ejemplo; y se atrevió a violar las normas del decoro que la constreñían para probar lo que necesitaba. En cambio, a mí alrededor no veo arriesgar. Veo existencias predecibles y cómodas, eso sí, pero a nadie dispuesto a decir, como Jane y su amante se dicen en el film “¡Soy de usted!”. No veo a nadie dispuesto hoy a sacrificar sus caprichos inconfesables, su deseo de hacer en cada momento lo que apetece, o sus vacaciones exóticas diseñadas a medida. En el debate entre el sentido (el seny, la razón) y la sensibilidad, por usar el título de su más conocida novela, la joven Jane apostó por el riesgo. En lugar de casarse por dinero, en lugar de entregarse a un matrimonio sin amor, se fugó. ¡Se atrevió a decir “soy de usted”! Volvió a los pocos días al hogar acogedor y a los brazos de su madre, es cierto. Regresó y siguió soñando poemas mientras daba de comer a los cerdos de su granja. La realidad es así de prosaica; se parece a los poemas como un huevo a una castaña. Pero lo importante es que arriesgó. Jugó… y perdió. El amor se cayó de la diligencia en la que huía, al primer bache, y ella pagó un precio: la soltería.

Hoy también la soltería es un valor en alza, también se legitima como Jane justifica la suya: argumentando que una mujer se puede servir de su talento (escribir, en su caso) para sobrevivir. También la soltería es hoy igual de difícil: las mujeres de entonces negociaban los términos de una boda que las permitiera subsistir porque la existencia en soledad (escritoras brillantes y reconocidas aparte) era muy dura. Hoy tampoco es fácil para mis amigas solteras pagar una hipoteca a solas, sobre todo porque las mujeres, por el mero hecho de serlo, están remuneradas –haciendo el mismo trabajo, o quizá más- muy por debajo de los hombres.

Sin embargo, hay una diferencia entre aquella soltería y la de hoy: una es la consecuencia amarga del riesgo, de haber jugado y haber perdido; la otra es la consecuencia de no haber arriesgado jamás.

jueves 7 de febrero de 2008

HAY 5 TIPOS DE HISTORIADORES...



Para empezar están los "maestros". Son los que no tienen pestañas. Se las dejaron en el archivo, rastreando entre legajos empolvados, pergaminos en mal estado y letras carolinas decoloradas. Cada vez que abren la boca hablan ex cátedra como si fueran Pío IX sentando el dogma de la Inmaculada Concepción. Y no lo digo con acritud, sino con admiración: son los que no quiero que ensayen clases participativas, sino que derramen su erudición crítica, amena y valiente hasta que te dejen aturdido. Proyectan luz sobre el pasado, ofrecen teorías, las contrastan, las matizan, las llenan de documentos y de pruebas y ábsides góticos y cartas de amor, y de voces y de sabores.




Luego están los arribistas. Son los que no tienen escrúpulos. Los olvidaron en algún sarao madrileño junto a la fuente del ponche y las señoras repeinadas, mientras firmaban los libros que sus negros les escriben. Cada vez que abren la boca baja el precio de la mierda porque no se cortan un pelo en “revisarlo” todo. Que si Azaña era un jacobino peligroso, la república derivaba hacia el totalitarismo, pobre Felipe II cómo lloró por la Gran Armada, en las Navas de Tolosa querían construir España, Octubre de 1917 fue un golpe de estado y Julio de 1936 un plebiscito armado, los masones conspiraban (¡joder, qué obsesión!) y a Pinochet le cuadraban las cuentas (las de la balanza de pagos, no las de muertos en la Operación Cóndor, que ese otro recuento les trae sin cuidado). También dicen que la revolución francesa fue un inútil derramamiento de sangre y la independencia de las Trece Colonias, en cambio, una heroicidad aunque se olvidaran de los esclavos negros, y que el colonialismo que se repartió África no era rentable, sino filantrópico, Ah, y que no se me olvide; lo más importante: ¡España se rompe! A la que menos te lo esperas se asoman a la ventana y se ponen a ladrar “venid a salvarla”, como si fueran el Alcalde de Móstoles. Ni que decir tiene que la culpa de todo, incluida la derrota de Trafalgar, la tiene Zapatero. Eso por descontado.



Una tercera categoría la ocupan los meritorios. Son los que no tienen voz porque –siguiendo a Oscar Wilde- prefieren callar y pasar por tontos, que hablar y disipar la duda. Así, temiendo no salir en la foto, esperan si les llega el turno en la “cadena de medraje” universitaria. Cada vez que abren la boca es para bostezar porque, encantados de haberse conocido, se escuchan discursar sobre alucinógenas delicatessen historiográficas: como son muy “postmo”, les va el discurso de género, las gafas de pasta y la historia de la alimentación. Eso sí: los temas de los demás les parecen aburridos, escriben “Historia” sin hache por aquello del “giro lingüístico” y confunden a Martín Lutero con Martin Luther King. Al final, cansados de esperar, se tiran a la enseñanza, donde torturan a los pocos adolescentes que –antes de conocerles- habían sentido algo de interés por las Ciencias Sociales. Entonces, cuando les ven bostezar, desgranan con agotamiento cansino su visión armagedónica de la enseñanza y se lamentan de que los niños escriben historia con “i” minúscula. ¿Pero no habían dicho antes que las faltas de ortografía le dan amenidad al texto?…



Finalmente están los del ombligo pequeño. Son los que no tienen vergüenza: se pasan el rato hablando de ellos mismos y firmando manifiestos que, después, presumen de haber transgredido porque –rematan con sonora carcajada- “las normas están para saltárselas” (sic)... Cada vez que abren la boca el problema es tuyo para cerrársela, porque tienen dogma para dar y vender. Están de vuelta de todas las revoluciones: las han protagonizado todas. Y en primera fila de trinchera. La neolítica, la urbana, la agrícola, la demográfica, la industrial (tanto la primera como la segunda), la proletaria, la Meiji, la bolivariana, la menchevique y la naranja… Como que las revoluciones cansan, que es lo que tienen las revoluciones, acaban a la sombra de un almendro en flor leyendo la enésima reinterpretación de “La formación de la clase obrera en Inglaterra”. Y allí están ellos, con su pinta antisistema y su “historia desde abajo”, desgranando la margarita de si venderse al mejor postor y pasar a escribir la historia de Convergencia (y Unión), o seguir con su trabajo en la correduría de seguros cebando al gran capital a costa de representarle un coste nimio y prescindible.



Para acabar están los historiadores funcionariales. Son los que no tienen corazón. Se lo dejaron en alguna ventanilla, comprando los timbres que correspondía adjuntar al impreso seriado que inicia el procedimiento administrativo de acuerdo con el formato oficial y oficioso marcado por la oficina de subvenciones partidistas. Cada vez que abren la boca es para montarte un proceso que deja al de Kafka en una partida de tetris. Vamos, que Torquemada a su lado es un voluntario de la Cruz Roja. Cuando hablan de independencia se refieren a celebrar su enchufe institucional con subdirectores generales y canapés de salmón. Cuando hablan de justicia quiere decir que si les contradices entras en una lista negra que, por larga, parece las “cuentas del Gran Capitán”. Entonces te castigarán con su indiferencia y las verás levantar su mentón bien arriba, muy estirado, mientras se marchan sin despedirse, con documentos valiosos que no son suyos y que no estaban relacionados en el escrupuloso inventario en el que sí te apuntaron, en cambio, dos gomas milán, tres vasos de plástico y un caramelo de anís.



Toca hacer autocrítica y meterme en la clasificación. Sin duda pertenezco al estadio más lamentable; el de los historiadores express. Son los que no tienen resuello ni aliento, porque no dejan pasar un trabajo ni aunque no sepan hacerlo. Por eso las revistas les tienen de apaga-fuegos y les encargan una reseña en tres días. Cada vez que abren la boca es para lamentarse porque, como no son del Opus ni juegan al golf con Polanco, ganarse las habichuelas les cuesta un esfuerzo insostenible sobre el que cuelga permanentemente una espada de Damocles. Investigan a deshoras y los desplazamientos al archivo, o a un congreso, se lo pagan de su bolsillo, sin subvención.

Los maestros llenan su expediente de matrículas de honor que no les sirven para nada, porque les da ternura ver cómo se esfuerzan. Los arribistas se ríen de ellos porque saben que, por mucho que corran, ni publicarán ni les harán sombra en las tertulias. Los meritorios los desprecian porque andan impulsando sueños que ellos abandonaron hace mucho, y porque ellos hablan cuando tienen algo que decir, no cuando les dan permiso para hacerlo. Los del ombligo pequeño les ignoran porque creen que, con tanta prisa y tanta divulgación, los historiadores express nunca sabrán tanto como saben ellos, que están a punto de descubrir qué coño llevaba Walter Bejamin en su maleta. ¿Y los funcionariales? Siguen enfadados. ¡Resulta que los heridos son ellos!

sábado 12 de enero de 2008

UN DÍA DE CÓLERA Y UN AÑO DE MIERDA



Nuestro autor más vendido en el extranjero recrea el dos de mayo de 1808 en su nueva novela. Sirviéndose de su experiencia como corresponsal de guerra, ha confesado en una entrevista a Clío que pretende poner al lector “en la puta calle; (…) que corra, que sienta el sudor, el descontrol, el miedo, las navajas”. Siempre critiqué la “españolitis” de su Alatriste, pero esta vez me gusta cómo denuncia las sucesivas manipulaciones sufridas por el “mito del 2M”: Arturo Pérez Reverte se lamenta de que posteriormente “abrió las puertas a la reacción. Nos devolvió a los reyes y a los curas cuando estábamos a punto de librarnos de ellos”. Incluso llega a decir, en un provocador titular, que “en 1808 los malos tenían razón”.

Lo que don Arturo ya no cuestiona es que el levantamiento simbolice un extendido sentimiento “nacional”. Reconozco que es indudable que la “Guerra del Francés” fue un eslabón importante en el largo parto de España, pero las principales causas del levantamiento anti-francés me parecen otras. Por un lado, la presencia ocupadora (el alojamiento militar) desencadenó crisis de subsistencias en aquellas sociedades agrícolas de frágil equilibrio demográfico, del mismo modo que lo habían hecho durante el Antiguo Régimen los ejércitos que “vivían sobre el territorio” y se alimentaban de él. La otra causa decisiva es el componente religioso: el clero arremetió contra los franceses desde su aparato de propaganda (el púlpito) porque, en tanto la Revolución (y el Código Civil napoleónico) preconiza un estado laico, se la puede acusar de “deicida”.



Si hay ideología en los madrileños que se enfrentan a los mamelucos en la Puerta del Sol, ésa es “altar y trono”, no “nación”. Los que salieron a la calle contra los franceses lo harían hoy para secundar una manifestación “por la familia” contra un gobierno “ilustrado” (¿afrancesado?) que trabaja por la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley. Ya saben, esas ideas ponzoñosas -la libertad, la igualdad y la fraternidad- que llegaban de París en libros que atravesaban la frontera con portada de Biblia para no despertar sospechas…

El 2008 llenará la calle de obispos teocón y otros nostálgicos intentando inclinar el resultado de las inminentes elecciones. Habrá sesudos ensayos vendiéndonos el dos de mayo como el bautismo en sangre de la nación. Porque la palabreja en cuestión sigue desbordando corazones, nublando mentes, cargando explosivos y pintando banderas. Yo, mientras, seguiré pensando que –para que haya nación- tiene que haber antes revolución o romanticismo.

Me explico. En “El nombre de la cosa: debate sobre el término nación” (Centro de Estudios Políticos y Institucionales, Madrid, 2005) José Álvarez Junco, Justo Beramendi y Ferran Requejo, adjudican a la nación tres significados distintos. El primero sería el que la haría sinónimo de “estado”. Es la más incoherente, habida cuenta de que hay estados multinacionales (como Gran Bretaña o España), y naciones sin estado (como Escocia o Cataluña). El segundo significado definiría la nación como “una comunidad humana dotada de una unidad cultural esencial”. Se refieren a la definición romántica decimonónica, nacida de la reacción local contra el universalismo de la revolución francesa, y segura de una esencia personal que, contra el universalismo abstracto y el libre contrato, nace naturalmente con la persona para determinar su esencia.

La tercera opción es la que define la nación como “el grupo humano entre cuyos componentes domina la conciencia de poseer ciertos rasgos culturales comunes (…) y la intención o el deseo de establecer una estructura política autónoma”. Es la base más obvia, porque insiste en la voluntad. Es una definición liberal, contractual, cosmopolita, que nace de la cultura política de la Revolución Francesa, o del “contrato social” de Rousseau…

Según ella, Cataluña y el País Vasco, sin duda, lo son. ¡Pero atención! ¡España no es sólo un estado! Porque también hay un elevado número de personas que creen firmemente en la existencia de una nación española y se consideran parte de ella. Por eso los autores del estudio citado proponen definirla como una “nación de naciones”. Lo mejor de la tercera definición, a mi entender, es que parte del deseo y la voluntad actuales, negando el papel que los montaraces de una y otra subjetividad otorgan a la Historia para lanzar a su nación contra los que la niegan. Si creyéramos firmemente en la democracia, ¿nos haría falta apelar a 1714 o a 1808 para inventar un pasado que refuerce nuestra demagogia?…

domingo 6 de enero de 2008

TORPEZAS POR LA PARTE POSTERIOR: La sodomía en el Santo Oficio de Barcelona

El auto-bombo que satura este blog ha abandonado últimamente sus márgenes para derramarse con egocentrismo por las entradas. Por eso me apetece hoy presentar el contenido del trabajo de investigación que, precipitada y alevosamente, desarrollé en el Archivo Histórico Nacional este verano para ganarme el certificado de suficiencia investigadora. Lo presenté ante el tribunal en septiembre y me gané otro inmerecido excelente, por el que quiero dar las gracias al tutor de mi tesina: Joan Bada se acaba de jubilar y sin embargo conserva una aparentemente inagotable pasión por la investigación, la docencia y la Historia. Es un hombre sabio y un profesor exigente, paciente en la escucha y con un indefinible brillo en la mirada que quizá no sé explicar porque se me agotó la fe en alguna esquina del camino, siendo adolescente. El autor de una Història del cristianisme a Catalunya (Pagès, Lleida, 2005) más atenta a la iglesia como asamblea de cristianos que a la jerarquía y sus dogmas es un sacerdote peculiar, capaz de impulsar un manifiesto contra la radio vociferante de los obispos. Me propuso que trabajara con los archivos inquisitoriales y cuando le respondí que me quería centrar en los procesos por sodomía, ni se sorprendió ni se escandalizó. Al contrario: me proponía hace poco que, si quería convertir mi trabajo en una tesis y le hacían emérito y por tanto le capacitaban para poder dirigir tesis, lo haría encantado.

Mi trabajo acaba reseñando un documento que reúne todos los ingredientes que he podido encontrar al sistematizar la búsqueda documental de sodomitas en las relaciones de causas que el tribunal barcelonés del Santo Oficio de Barcelona enviaba a la Suprema. Se trata de la causa de Mateo Cabanya, un soldado piamontés de treinta y siete años inculpado en 1603 por ocho testigos de que había dormido en un aposento de un mesón con un muchacho francés. Ese joven, que se llamaba Etienne, declaró que había sido sobornado, porque le habían ofrecido “llevarle consigo, que él yría a la corte a servir los príncipes de Saboya”, y que después de acostados, Mateo le había “abrazado y besado y dicho que le quería mucho”. Los cirujanos le hallaron una inflamación que creyeron demostraba que aquellas partes habían recibido fuerza, por lo que fue desterrado. Mateo no tuvo tanta suerte: “fue puesto a cuestión de tormento y solamente de seis vueltas de cordel no muy apretadas y después ligado a la garrucha se le hizo conminación de subirle en ella y mostrándole las piedras que suelen atarse a los que por ella suben y estuvo negativo, vuelto a ver en consulta se acordó se le diesen cien azotes por las calles” (AHN, Inq., Libro 731, f. 496.) y fuera enviado a galeras.
En esta historia con minúsculas, anécdota para nosotros pero drama para sus protagonistas, hay un soldado adulto, aparentemente soltero y alejado, en su vida cotidiana en la milicia, de cualquier contacto con mujer; hay un joven, sobornado con promesas de un futuro mejor que quizá pueden calmar su necesidad, y quizá calmen algo más. Hay unos testigos –ocho, por si fueran pocos- que denuncian, erigidos en salvaguarda del orden social, haberles visto compartir cama en un espacio de sociabilidad masculina en el que transcurren muchas de las historias de sodomitas de las que nos ha dejado constancia el aparato funcionarial de la inquisición: el mesón, la posada, que proporcionan la intimidad, el acceso al contacto, la oportunidad… Esos ocho denunciantes, por su parte, representan la mirada vigilante, condenatoria, temerosa del castigo divino, de una sociedad en proceso de estandarización, sometida a reglas, presta a condenar cualquier disidencia.
Hay una estructura funcionarial implacable y fría, consagrada a extirpar la mala costumbre para alejar el castigo divino, dispuesta a arrancar la confesión bajo tortura con cotidiana ejemplaridad, siguiendo instrucciones precisas que vienen de mucho más arriba...
Hay también unos insólitos abrazos y unos desesperados besos, incluso una precipitada promesa de amor pasajero: le dijo “que le quería mucho”. Todo lo cual podría desmentir, si me hubiera encontrado algunos casos más, la acusación que pesa sobre los sodomitas (aún hoy) de que evitan cualquier afecto. En aquel caso de 1603, el deseo debió romper los diques del disimulo y la contención, y nos permite intuir que en el sexo furtivo de los sodomitas había más que promiscuidad y precipitación desordenada.
Y finalmente, hay un castigo que, como la mayoría de las sentencias de sodomía, no es de muerte entre las llamas. Pero que incluye el dolor de unas personas desterradas, azotadas, cosidas durante años al remo de una galera. No queda rastro histórico del dolor –físico o íntimo- que sufrieron. Y por eso no podemos apenas referirnos a él. Tenemos que historiar las vivencias de los “homosexuales” –perdón por el anacronismo- de entonces a través de los castigos que recibieron, que sí han quedado escritos en el lugar donde yo he buscado sus sueños y sus deseos, sus ansias por compartir y por abrazar (¡Aunque no por casarse!). Me gustaría haber conseguido darles voz de alguna manera, en la confianza que empatizar con su sufrimiento no implica olvidar el rigor histórico.

miércoles 12 de diciembre de 2007

El solidario solitario (eso sí: agradecido)



Pues hay ocasiones en las que las palabras parecen inútiles. Cuando alguien que escribe como los ángeles te dice que considera tu trabajo lo suficientemente competente como para darte un premio, pues qué vas a decir. ¡Te quedas mudo! Y te felicitas de haberle conocido y de haber tenido la oportunidad de tomarte un par de cafés hablando de todo lo divino y lo humano con ella… Conocí a Thais poco después de que, con esa timidez picarona con la que se sonríe a veces, presentara su novela en un acto multitudinario al que asistí. Andaba yo entonces colaborando con una tele, donde semanalmente presentaba una sección de libros que duraba 4 minutos. Fue tan generosa conmigo que se vino a hablarnos de las fiestas que, en honor de Safo, organizaba la indómita Natalie Clifford Barney en la rive gauche del París de entreguerras (es la chica de la foto).



Fue uno de esos actos que organizo con cierta alevosía. Y en el que, por cierto, me encapriché de un chico del público, hippioso, ravalero y muy guapo, que me pidió mi teléfono. Ni que decir tiene que me rompieron el corazón, pero bueno… ¡para eso está! Más vale tenerlo roto en mil pedazos que guardarlo inmaculado en una caja fuerte. ¡Pero eso es otra historia! ¡Lo que quería decir es que fue delicioso escuchar a Thais aquella tarde!



Hace unos meses ya que volví a ser el beneficiario de su generosidad: me concedió un premio desde su blog "La inquietud de Mara" (cuyo link también figura en el apartado de blogs amigos). No he tenido tiempo de darle las gracias porque hace unos meses que con tanto ajetreo vital he descuidado muchas cosas. Principalmente leer por placer, nadar todos los días, mi gata (que ahora vive “con sus abuelos”), y la amistad. Son olvidos imperdonables, pero perfectamente justificados por las circunstancias. Y que también explican mi ciber-mudez. ¡Espero verte pronto, amiga! Y que estés muy bien…

viernes 7 de diciembre de 2007

LAS LÁGRIMAS DE GORBACHEV



Hay que agradecerle a Llibert Ferri que el 13 de noviembre pasado se citara con nosotros en la Biblioteca Pública Arús para recordar el 90 aniversario de la revolución bolchevique y el primero del asesinato de la periodista Anna Politkovskaia. Comenzaba lamentándose por el hecho de que la poesía visual de Eisenstein en Octubre acabara incorporándose a la historia oficial de la revolución iniciada en 1917 para dotarla de una mística de la que los progres, pese al eurocomunismo y Suresnes, no hemos sabido desprendernos...

Después nos sumergió en aquel mundo gris (y rojo, pero de sangre) nacido de ella, con su industrialización planificada y sus colectivizaciones forzosas. Y en las expectativas que despertó la muerte de Stalin, cuando el XX Congreso del PCUS demonizó al tirano, aunque sin cuestionar las imperfecciones del sistema. Nos contó que, pese a la moderación del cambio, Kruschev despertó las suspicacias del aparato al que intentó dotar de “rostro humano”. Por eso sufrió varios intentos de destitución y tuvo que desautorizar el aperturismo húngaro. Budapest también se encharcó de sangre y dejó paso a toda aquella retórica ideológica filo-científica que, por muy preocupada por la justicia que estuviera, obviaba la libertad con una sorna inhumana.

Cuando en Helsinki (1973-1975) se reconocieron las fronteras y el reparto de Europa que 1945 había consagrado por la fuerza, los soviéticos firmaron el Acta que les comprometía a impulsar los derechos civiles. La fuerza de la disidencia creció entonces ante el fracaso de la verborrea, el inmovilismo y la carrera espacial. En 1982 el GOSPLAN se vio obligado por primera vez a publicar datos de crecimiento negativo, y poco después se encargaba a Gorbachev que salvara el sistema.

Fue aquí, al recrear con viveza su tiempo de corresponsal, cuando el relato de Llibert Ferri se llenó de sutiles matices. Apeló a la teoría de las “dos almas del comunismo” para explicar la esencia del personaje al que pudo entrevistar en varias ocasiones: había un “alma totalitaria” en la pretensión de levantar -sobre las cenizas de un mundo podrido-, un nuevo mundo lleno de pretensiones y sueños justos; pero también un “alma liberal”, ajena al propio cuerpo y rechazada por él, a la que pertenecían humanistas como Mikhail Gorbachev.

Como Trosky había predicho en “la revolución traicionada”, la burocracia nacida de la revolución se había apropiado del poder y, al hundirse la URSS, se disponía a tomar al asalto la propiedad privada. Boris Eltsin, la mafia enriquecida por las privatizaciones, la clase política alimentada por el modelo ultraliberal occidental, y los economistas norteamericanos contratados para desmantelar la economía dirigida e implantar el libre-mercado ejercieron de padrinos de un capitalismo implacable. El precio humano de aquella tragedia es fácilmente comparable al sufrimiento revolucionario, incluso es posible que lo exceda: la inflación galopante, la caída de la producción, los ahorros desaparecidos, la pobreza inesperada, se llevaron más de 10 millones de personas, según informe de las Naciones Unidas que nuestro impecable ponente citó. ¡Nada que envidiar al experimento político anterior, con su violencia política inmanente y sus deportaciones a Siberia!



Es un placer escuchar al periodista independiente, al que no se casa con nadie y paga su precio a sabiendas. Por eso espero con ganas el ensayo que Llibert publicará sobre el tema, próximamente, en Eumo. Porque con esa capacidad tan propia del periodística de encontrar en el marasmo de información el dato simbólico y gráfico, nos describía los ojos humedecidos de Gorbachev cuando, en una tercera entrevista que le concedía en el 2000, recordaba la ocasión en la que, acompañado de Raysa, se sometió espontánea y transparentemente a las preguntas de los periodistas. Resulta fácil imaginar que aquel político brillante y bienintencionado lloraba tanto por Rusia, triste y eternamente obligada a elegir entre zares rojos o zares de sangre azul, como por el recuerdo añorado de su compañera perdida.

Del árbol caído todos hacen leña, y hoy opacas fundaciones americanas, politicastros de salón y dinastías de magnates petroleros se consagran a denunciar los excesos de aquella experiencia poco edificante pero capaz de alzar un tambaleante rascacielos que publicitaba sueños en su azotea y escondía penurias en sus oscuros sótanos. Sin embargo, todos los excesos de aquel sistema no deben hacernos olvidar los del sistema que le venció: este otro consagra la libertad menospreciando la justicia, y elabora turbios discursos que legitiman el olvido de los que se quedan en el camino, víctimas de la pobreza, de las pateras, de los contratos basura, del intercambio desigual, de la deuda externa, del legado colonial, viendo cada día sus vidas subastadas en el “casino global”. ¡Gracias a Llibert Ferri esos 10 millones de rusos tuvieron el mismo recuerdo emocionado que los que se quedaron en el GULAG! ¡Lo merecen igual!

lunes 15 de octubre de 2007

LOS BUENOS BLOGGEROS HABLAN DE AMOR...

Los últimos meses han sido como un gran premio de F-1 en la vieja carretera del Garraf: mucha curva, mucho peligro de despeñe, apenas un milagro contenido, una suerte vigilante pendiente de los detalles y una inconsciencia absurda que provoca una falsa sensación de plenitud. ¡Los mismos ingredientes que enamorarse! Sin embargo, lo que en enero me parecía un camino de cabras cuesta arriba, hoy es pasado superado: por lo que no me queda más remedio que prometer a los amigos más pacientes que abandonaré mis lamentos de plañidera mal pagada sobre mi divorcio con la suerte. Me sorprendió en Les Roquetes, envuelto en compañeros de eficiente profesinalidad y corazón generoso, la convocatoria de oposiciones. Tomé el toro por los cuernos con cierto escepticismo. Sin embargo, cuando el inspector que me valoró la gestión del aula me puntuó con alabanzas lisonjeras, la ambición empezó a torturarme los nervios con tan punzante escozor que dejé de morderme las uñas para empezar con los muñones.



Después vinieron la confección de la programación de un curso entero, que por cierto terminé menos de 24 horas antes de su fecha de entrega, y el sorteo de las cinco bolitas en el que el azar me premió con dos temas de historia. Era la parte que más había temido, porque no había tenido tiempo de estudiar nada… Nada quiere decir que, de 75 temas, apenas llevaba 20 conmigo… No por estudiarlos, sino porque te gustan lo suficiente como para que te acompañen siempre, y te apetezca reciclarte en ellos con relativa frecuencia.

El caso es que seduje suficientemente al tribunal como para lograr la tercera mejor nota de la zona, y que –pese a tener poca antigüedad y alegar por tanto apenas un puñado tan pequeño de puntos que, de tan escasos, más bien parecían de sutura- pude elegir un destino cercano a mi casa que sustituirá los eternos desplazamientos de entonces por un ligero paseo. Pero hubo más logros: ganar la presidencia de la asociación Fent Història me está permitiendo impulsar un equipo lleno de entusiasmos, ideas y matices. Tomando una cerveza de verano en una terraza en Gracia por poco no me echo a llorar de alegría por su generosidad, viéndoles reír y rivalizando por tomarse las palabras unos a otros. Historiadores de convicción y soñadores de corazón, tengo la impresión de que vamos a hacer muchas cosas chulas juntos… A mi lado tengo el apoyo de mi granadina lorquiEva, que tiene mucho arte; y otra Eva que maquetando tentaría a Adán cual manzana con curvas; y una Victoria que es tan sabia que me llena de orgullo compartir cartel con ella en la Casa Elizalde; y una Isa que, además de dejar que me tome la confianza de cambiarle el nombre, me cubre las espaldas mejor que María Teresa Fernández de la Vega cubre a ZP; y una Virginia que es capaz de compartir lo que nadie se atreve a compartir; y un Jordi y un Luis –excelentes discutidores y polemistas- que sobre todo destacan por su compromiso por la Historia como herramienta de libertad de pensamiento. El viaje tendrá escollos, pero también voluntad de consenso para superarlos. Espero que sea creativo y se llene de oportunidades…



En todas esas trincheras andaba metido cuando recayó sobre mi un encargo difícil: hablar en público nunca ha sido para mi tan peligroso como para los que me escuchan, pero cuando el tema lo ha elegido una amiga muy competente y que se pone pachucha, la tierra parece temblar con intensidad Lisboa 1755. Lo mejor de aquel acto fue conocer que hay apasionantes experiencias de renovación docente en la facultad, y buenos profesionales (pre)dispuestos a escuchar a los alumnos.

En las reuniones preparatorias del acto, tuve la oportunidad de escuchar a la doctora Marta Sancho decir que “ser historiador”, (y yo lo apunté en la agenda precipitadamente con letra de médico extendiendo receta), “no es una profesión, es una forma de vida”. Espero que no lo tenga registrado, porque se lo pienso copiar a destajo… porque tiene razón al decir que las gafas de mirar que hemos elegido para entender el mundo a nuestro alrededor no funcionan sólo en horario de oficina…



Por lo que respecta a la doctora Teresa Vinyoles, me resulta difícil camuflar la incondicionalidad del aprecio que le guardamos todos los que empezamos la carrera en 1996. Llegamos perdidos a la facultad y –en una clase primeriza y vespertina- nos contaba que acababa de regresar de un congreso que había incluido una visita a un castillo. Y que, preguntándose con algunos compañeros por la zona más gastada de los escalones que subían a la torre del homenaje, habían concluido –al preguntarse qué pasos habrían dejado aquel desgaste en la piedra milenaria- que la Historia era aquello: preguntarse por las huellas y las personas que las dejaron.



Recuerdo que un escalofrío de emoción me recorrió la espalda. Mi mirada coincidió entonces con otra estudiante con la que apenas había cruzado algunas palabras hasta entonces. Nos sonreímos. Eva Ubarti aun hoy aún es una de mis mejores amigas. Y, como todas las personas a las que he mencionado en este texto, también ha dejado huella.

domingo 14 de octubre de 2007

40 AÑOS DESPUÉS, DAVID SE CONVIRTIÓ EN GOLIAT



Recomiendo efusivamente una lectura que abrumó despiadadamente mi último trayecto en tren entre Barcelona y Manresa: me refiero al último número de La Vanguardia Dossier, que está dedicado al conflicto Israel-Palestina. Aunque el tema te encharca el alma de sangre y tristeza con sólo mencionarlo, me siento obligado a tratarlo con la sutileza que requiere porque en mi horario lectivo en mi nuevo destino docente figura un crédito variable dedicado a la geopolítica que amenaza con eternizarse en áridos debates sobre “paz positiva” y “paz negativa”. Una alumna de trece años reflexionaba en voz alta el otro día ante sus compañeros, mientras yo intentaba convencerles de la necesidad de debatir la diferencia entre “paz justa” y “paz posible”, que –si tan ventajosas resultan las paces pragmáticas y poco idealistas- por qué israelíes y palestinos parecen tan poco dispuestos a intentarlo. Los adolescentes tienen una asombrosa capacidad de helarle la sangre a cualquiera; por lo que –enfrentado a mi ignorancia por una joven brillante- me arrastré hacia un kiosco y me compré el dossier de La Vanguardia.

¡Su lectura es tan apasionante como dolorosa! Abordar los cuarenta años que se cumplen ahora de la victoria israelí en la Guerra de los Seis Días implica contemplar de golpe 120 años de odios, prejuicios, culpas, estereotipos, desconfianzas y miedos. Cuando la Historia da vértigo, los historiadores pueden ser útiles; por lo que el dossier reseña algunos libros que quieren dar luz sobre el tema. Por un lado, el ex presidente Jimmy Carter critica en Palestina; paz, no apartheid los 40 años de ocupación israelí en Gaza y Cisjordania, aunque siempre ha defendido el derecho de Israel a la paz y la seguridad, y siempre ha condenado con vehemencia el terrorismo palestino. Creo que eso le da suficiente crédito como para seguirle en su crítica de las estúpidas consignas que la Vulgata neoliberal cacarea para explicar el Próximo Oriente: “Israel es la única democracia en Oriente Medio. Está rodeada de dictaduras enemigas cuyo principal objetivo es destruir el estado judío y expulsar a su población al mar. El holocausto inmuniza a Israel contra todas las críticas: todo lo que haga para protegerse contra el terrorismo y garantizar la supervivencia del estado judío es apropiado”.



Sin duda, el tema necesita de materiales más completos que esas simples consignas. Por eso el dossier de La Vanguardia reseñan también dos estudios recientemente aparecidos: 1967, Israel, the War and the Year That Transformed the Middle East, de Tom Segev; y The accidental empire. Israel and the birth of the Settlements, de Gershom Goremberg. Por ellos sabemos que en 1967 Nasser no tenia intención de atacar Israel, que el estado mayor hebreo lo sabía, que los incidentes fronterizos con Siria que movilizaron a Nasser fueron provocados voluntariamente por unidades israelíes (según confesión del general Moshe Dayan) y que el pánico que se apoderó de los ciudadanos judíos sirvió para justificar una guerra que el estado mayor contemplaba desde mucho antes y que –en lo que podría ser considerada una “revuelta de los generales”, y por qué no, un golpe de estado- fue impuesta al primer ministro de entonces en el curso de una reunión tumultuosa.

No se trata de una cuestión local, del propio estado judío, puesto que el panorama actual en el Próximo Oriente, el que nos afecta a todos, nació de dos consecuencias de la guerra de los Seis Días. Por un lado, el debilitamiento de la influencia soviética que había armado a Egipto y Siria (Nasser expulsó a los técnicos y asesores soviéticos y se pasó al bando americano). Que el prestigio soviético se derrumbara en Oriente no sólo es un capítulo de la evolución de la “Guerra Fría”, porque el descrédito del nacionalismo árabe, laico y socialista, dio paso al prestigio de regímenes conservadores pronorteamericanos: Arabia Saudí sustituyó a Egipto en el liderazgo del mundo árabe y difundió… ¡en fin! No me quiero apartar de lo que intentaba: recomendar el sesudo dossier, que contiene una feliz selección de libros, películas, novelas y enlaces. Y apasionados artículos enfrentados, que discuten pros y contras de las soluciones uniestatal y biestatal. Y la voz a Gideon Levy, columnista de Haaretz, que denuncia la “religión de la seguridad” con la que se justifica todo lo que ocurre en el patio trasero de una democracia que no puede ser tal si ignora tratados internacionales, expropia tierras, traslada colonos, se dedica al pillaje y encuentra justificaciones para tales actos. ¡Porque en Israel también hay almas sensibles que no lloran sólo por los suyos! ¡Y que por eso no son escuchadas! ¡Démosles voz tanto como podamos! ¡Sirvamos para algo!

sábado 4 de agosto de 2007

NEGRÍN, NUMANCIA EN LLAMAS Y LOS PATRIOTAS DE HOJALATA



Qué buena noticia que el Museo de Historia de la ciudad de Barcelona haya acogido la exposición que la Fundación Pablo Iglesias ha dedicado a Juan Negrín, cuando coinciden la biografía de Ricardo Miralles Juan Negrín, la república en armas (Temas de Hoy, 2003), y otra más reciente de Enrique Moradiellos. Se quiere reivindicar al que fue presidente del gobierno republicano desde mayo de 1937 y superar la triple acusación que apestó al personaje hasta hoy: que entregó la república a los comunistas, que fue el responsable de la salida del oro a Moscú y que su obstinación de resistencia a ultranza condujo a un final sangriento de la guerra.

Parece claro que el primer objetivo político del gobierno Negrín fue recuperar el poder político para el estado. Dar mayor poder a los partidos y quitárselo a comités y sindicatos era un paso básico para aparentar legalidad constitucional y ganarse así apoyo internacional (y entregas de armas). Por eso negoció con el Vaticano la apertura de las iglesias intentando dar garantías de seguridad. Me sorprende que los mismos que le adjudican el asesinato de Andreu Nin le descalifiquen por restablecer el orden… Esos gallitos de espolón español que cacarean letras para el himno nacional, ¿no estaban en contra de las colectivizaciones en Aragón y denuncian la puesta en marcha de una supuesta “tercera república” nunca votada por los ciudadanos y en proceso de satelización del universo comunista? ¿No es contradictorio criticar la “revolución en marcha” de la CNT y la FAI, y al tiempo criticar que ese proceso se detuviera con violencia sumaria?

Profesionalizar el ejército era la otra cara la misma moneda: era urgente unificar el ejército popular y arrebatárselo al control de pandilleros y milicianos oportunistas. El gobierno Negrín no sólo agrupó bajo la presidencia de Prieto un nuevo ministerio de defensa nacional que integraba los de guerra, marina y aire. También puso al frente del ejército al mejor general de la república: Vicente Rojo será el protagonista de las estrategias diversivas que pretendían salvar el norte primero (Belchite y Brunete), evitar que el avance nacional separara Cataluña de Valencia (Teruel) y resistir a toda costa (El Ebro). Era una apuesta resistencialista que confiaba que estallaría la guerra en Europa y un conflicto internacional entre democracia y fascismo forzaría el apoyo francobritánico para los republicanos. Quienes critican ese “resistir es vencer”, ¿por qué callan que Franco no escuchó los Trece Puntos de mayo de 1938 ni los agónicos intentos de pacto del General Casado, y exigió una rendición incondicional que le permitiría imponer en toda España el silencio de los cementerios?

Las 7800 cajas con 600 toneladas de oro que viajaron de Cartagena a Odessa (el 72% de las reservas del Banco de España, el cuarto más rico del mundo) pretendían la pervivencia de la república en un momento en el que se temía que los aliados decretaran un embargo financiero parecido al que –respecto a las armas- había establecido la conferencia de Londres. La desconfianza, a mi juicio razonable, de la izquierda respecto a los medios financieros internacionales, acabó forzando la entrega del oro a la mafia soviética. Los que están tan preocupados por el precio político que supuestamente pagó el bando republicano, el precio y la calidad de las armas pagadas con el oro de Moscú, ¿por qué olvidan que hubo un “oro de Berlín” y niegan el apoyo masivo, decidido e inmediato que permitió a Franco saltar el estrecho en aviones alemanes?

Al final de la exposición un documental ofrece algunas claves sobre este asunto, que en el discurso expositivo apenas aparece tangencialmente. En él aparecen los mejores especialistas, como Angel Viñas, Julián Casanovas, Santos Juliá o –hablando sobre la calidad del material de guerra ofrecido por los soviéticos- Gerald Howson, quien ya decía en Armas para España (Península, 2000) que, aunque la república recibió fusiles de ocho calibres distintos, dificultando así la logística y la formación de reclutas, los aviones que recibió eran “el último grito”: los Mosca, dice en el documental, eran los primeros aviones de combate moderno y mostraron verdaderos virtuosismos en el aire contra la aviación enemiga. Las maquetas de los aviones son una de los aciertos de la exposición, junto con la recreación del laboratorio de fisiología que Negrín dirigió en 1916 en la Residencia de Estudiantes, o la entrega al visitante de un excelente programa de mano con fotografías, textos de los paneles y reproducción de fuentes primarias.

El tema de la gestión de los fondos en el exilio, con el que es probable que pudiéramos empañar la memoria de Juan Negrín, queda al margen de la exposición. Curiosamente, estos voceros de conducción temeraria, campos de golf y recalificación de terrenos de ciudades deportivas, padrinos de historiadores de tres al cuarto, omiten también la crítica. Seguro que después de escribir esta entrada, además de la tradicional enemistad de sus rapados seguidores, me he ganado la de algunos alternativos de estética neohippie a los que enternece la “utopía igualitaria”. Debo confesar que, de vivir aquel caos violento e imprevisible, hubiera preferido ganar la guerra antes que hacer la revolución. A fin de cuentas, sin guerra ganada, revolución no habría nunca. Aunque ellos me dirían que con la guerra ganada tampoco, y probablemente tendrían razón.

viernes 3 de agosto de 2007

LOS FANTASMAS DE GOYA (Y LOS MÍOS)



Mostré hace poco a Montse y Rodo mi Madrid favorito, nada sofisticado porque aparece en todas las guías pero me gusta revisitar, como ese rincón del Retiro donde “yace” el "Ángel Caído" (foto 1). Fueron días goyescos, porque –además de un largo paseo por el Prado, más pendientes de las “pinturas negras” que de las majas- visitamos también la tumba del pintor (sin cabeza, ya saben…) y su trampantojo de San Antonio de la Florida (foto 2).

La obsesión quizá me venga de este huracanado “vivan las caenas” con el que España aclamó al PP en las últimas municipales, tan inconsciente como el que recibió a Fernando VII. O de la bonita película de Milos Forman que me lanzó a leer la biografía que escribió Robert Hughes (cuya retrato histórico de BCN, publicado en plena juerga olímpica, fue uno de mis libros de cabecera cuando tenía 25 años). Quizá fue que recientemente se ha cuestionado la interpretación de la “Duquesa negra”, el cuadro que representa a Cayetana de Alba en encajes y mantilla señalando el nombre de Goya en el suelo (1797). O que asistí a un curso de verano que empezó polemizando sobre si La familia de Carlos IV es una crítica de la mediocridad real (absurdo reírse del comitente en sus propias narices) o una apología de un rey desprovisto de magnificencia, accesible, de menor artificio rococó, próximo a los valores familiares de una burguesía en ascenso, en la línea de que debió haber hecho su primo antes de perder la cabeza.



La guerra se llevó por delante aquel mundo encantado de haberse conocido, y Goya la pintó distinta de cómo nadie lo había hecho hasta entonces: en lugar de incluir en sus “desastres” o sus “fusilamientos” muertes dignas y héroes estilizados, la redujo a una matanza absurda y atroz entre seres no identificables. No es que equipare bandos y sentimientos, es que da rostro a las víctimas y deja en el anonimato a los asesinos porque denuncia la guerra en mayúscula, en toda su tragedia.

Por su parte Milos Forman deja claro que la España refractaria a luces y reformas, que se opuso al invasor francés a empujones de sermones frailunos, es la misma que acogerá al Deseado a la vuelta de su acogedor y galante exilio francés. Es la España Negra que sobrecogió y amargó a Goya, la misma que le dejó sordo, la misma que vota hoy por politicastros de sonrisa operada, mentira industrial e irresponsable, corruptela inmobiliaria y belicismo activo.

Y sin embargo, a Goya le va la cultura popular por la que otros ilustrados sienten tanta pereza. Moratín, por ejemplo, se quejaba en un memorial a Godoy en 1792 de que en sainetes y zarzuelas “taberneros, castañeras, traperos, pillos, rateras y presidiarios” se sientan legitimados en “el cigarro, el garito, el puñal, la embriaguez” porque “si el teatro es la escuela de las costumbres, ¿cómo se corregirán los vicios?”. Uno de sus autores, un tal Ramón de la Cruz, se defendía alegando que su literatura no era degenerada ni una invitación al vicio, sino costumbrista, un documento social. Añadía que “los que han pasado el día de San Isidro por su pradera, los que han visto el rastro por la mañana, la Plaza Mayor de Madrid, la víspera de Navidad, (…) digan si mis sainetes son copias o no de lo que ven sus ojos y lo que oyen sus oídos “.



Goya pintó esa realidad de petit-maîtres pretenciosos de modales franceses, acicalados de polvos, lunares y pelucas, pero se recreó en los majos, que representan la autenticidad del pueblo frente al artificio del primero. Ese culto al pueblo, al que presume refractario a las reformas ilustradas con las que coqueteó en su juventud, nos permite decir que anuncia el romanticismo. Goya se refugia en la Quinta del Sordo y acepta así –cual resultado electoral adverso- que los españoles prefieran derecho divino y Santo Oficio. ¡Qué actual es la congoja goyesca, su pasión por el pueblo y la frustración de verle abrazar… el sueño de la razón!.

miércoles 27 de junio de 2007

EL POLICÍA DE FRANCIA Y EL AGUA DE MAYO



Víctor Hugo llamó Napoleón El Pequeño al vértice del Segundo Imperio y el tiempo dirá si Nicolás Sarcozy merecerá un apelativo parecido o si corregirá la desorientada trayectoria de una Francia desazonada ante los vertiginosos cambios del mundo. ¿Será, como decía Jean Tulard en Napoléon ou le mythe du sauveur (París, 1977) un recurso más de los franceses en tiempos de crisis, como fueron antes Bonaparte, Luis Napoleón, Thiers, Clemenceau o De Gaulle?

Nací el 10 de mayo de 1968 en una España sombría y gris (empañada de un silencio sospechoso) mientras en París se contestaba con energía y sólidos argumentos –además de adoquines- un modelo de prosperidad deshumanizada e irresponsable que, hoy, el cambio climático nos ha demostrado que estaba equivocado. Las comparaciones son odiosas, y ésta en concreto empujó mi curiosidad, hace años ya, al libro de Sáenz de Miera El Mayo francés(Tecnos, Madrid, 1993)…



Quizá leer y nacer me impidan comprender qué diablos tuvo de malo el Mayo francés y por qué en su meeting final de campaña en París, Sarckozy fue entusiastamente ovacionado por decir que quería “pasar la página del mayo del 68 de una vez por todas”. La derecha sin complejos dice que allí nacieron el relativismo moral y político, y el final de los principios, diagnóstico con el que sus think tanks explican la falta de autoridad que sufrimos –dicen- los docentes en las aulas. Una sociedad envejecida corre a contrastar que nadie se levanta para ceder su asiento en el transporte público, percibe esa situación como armageddónica y, buscando en las certidumbres antiguas la brújula que necesita para navegar en el incomprensible mar de la globalización, aplaude las medidas que Nicolás I de Francia plantea: que los alumnos se levanten en señal de respeto cada vez que entre en el aula el profesor y que el tratamiento de “usted” se generalice en los centros escolares.

Como docente reconozco que los chicos carecen de contención y que a menudo contamos con pocos medios para ganarnos su respeto. Pero ni me gustaría que el aula se levantara cuando yo entre ni –aunque consiga llegar a ser un venerable ancianito- me tratase nadie de “usted”. Tampoco pienso que podamos asignar la responsabilidad de la presente y supuesta ausencia de valores a los graffiti escritos, con ingenio e ingenuidad, en las paredes del Quartier Latine

El 68 introdujo nuevos valores, en eso no fracasó. La mujer cuestionó la desmedida autoridad del esposo, la familia patriarcal gobernada por un padre incuestionable dejó paso a otros modelos más abiertos, ecologismo y pacifismo adquirieron carta de naturaleza, y el principio autoritario en la enseñanza, aquella máxima de “la letra con sangre entra”, dejó paso a otros modelos hoy imperfectos por la presión de nuevas circunstancias, pero sin duda mejores que aquel. También la izquierda acogió la crítica inteligente del sistema de bloques y se distanció del monstruo soviético que aquel año encharcó de sangre las calles de Praga. Negar hoy el valor de la herencia del 68 equivale a negarle a la mujer el derecho al placer, sometiéndola de nuevo al deseo abusivo del hombre, convertir al pater familias en el rector moral de la vida cotidiana de una familia nuclear, restablecer –en definitiva- la impunidad de las autoridades que el 68 propuso destruir.

Negar hoy el valor de “los 68” (en plural, porque hubo muchos Mayos y muchas Pragas antes y después de aquel año) es también encubrir que el verdadero origen histórico de la disgregación de los valores (responsabilidad, esfuerzo, disciplina, contención, sacrificio, trabajo, reflexión, calidad, perfección…) no se forjó tanto en 1968 como en 1979.

La sustitución de esos valores por otros –beneficio inmediato, hedonismo consumista, placer industrial, pelotazo, oportunismo, narcisismo, culto a la conveniencia momentánea y pasajera, braguetazo- no vinieron tanto del Prohibido prohibir o del Sed realistas, soñad lo imposible. Me parece que su origen está más bien en máximas algo menos trabajadas y poéticas: coge el dinero y corre, don’t worry be happy, yo lo vi primero, sálvese quien pueda, tienes que mirar por ti, cuida de ti mismo, no te comas el coco… Mensajes acuñados en el casino neoliberal y en la sociedad de las oportunidades que nació de la “revolución conservadora”

Fueron Thatcher y Reagan los que abrieron un modelo basado en un individualismo salvaje e irresponsable, en el culto al placer, en la ley de la selva, en el derecho del más fuerte, en el darwinismo social… Son esos valores los que disolvimos en los biberones de nuestros adolescentes; son los modelos que sus padres les proporcionan los que reproducen, los del taxista que engaña al turista, los del empleado que estafa tiempo de trabajo, los del empresario que trilea con sueldos y contratos, los del político que miente con impunidad, los de quienes ostentan propiedades, los que especulan con pisos patera, los que venden su vida privada y juzgan las de otros en televisión, los de la multinacional que deslocaliza porque antepone beneficio y reducción del coste a trabajo bien hecho y derechos humanos.



Cuando Margarita Thatcher, aquella bruja de moral victoriana y traje chaqueta metálico, decía en aquel discurso que “es nuestro deber celebrar la desigualdad y asegurarnos de dar proyección al talento y la destreza de los dotados” parió este Blade Runner en el que el mercado sustituye al estado, y el consumismo a las ideas. Señores ejecutivos agresivos: no le atribuyan a los soñadores fracasados del 68 el mundo de pesadilla y desconcierto que ustedes proyectan para forrarse. Es demasiado cínico aplaudir la invasión de Irak, sumirlo en el caos, y luego adjudicarle las bombas a la caduca izquierda que destronó la autoridad en 1968.

sábado 9 de junio de 2007

TURQUIA I PACO VEIGA, DIMARTS VINENT A LA CASA ELIZALDE



Dimarts vinent, 12 de juny, a les 19 hores, l'associació Fent Història presenta una conferència de rabiant actualitat amb un ponent d'etiqueta. Aquest cop serà a la sala d'actes de la Casa Elizalde, i per difondre l'acte hem comptat amb el talent (i el talant) de la meva estimada Eva Garcia. Li he d'agrair el disseny del cartell, atrevit i valent, que no és solament infografia: hi ha també un plantejament suggeridor en ell. L'Eva és així: la conversa més divertida va farcida de reflexions amb una voluntad d'escorcollar la realitat. I té raó al barrejar l'estrella que acompanya el creixent de la bandera turca amb les estrelles de la UE... Perquè segur que un dels temes que sortirà dimarts serà la polèmica entorn de si Turquia ha d'entrar a la Unió.

Aquesta discussió s’està produint en uns termes que mostren el profund desconeixement per aquest etern veí. Encara que la lluita pel laïcisme el converteix sovint en focus d’atenció dels nostres mitjans, no sembla que anem coneixent Turquia millor. Què dificulta el nostre acostament, la nostra comprensió del món turc? Quin procés ha viscut Turquia en els darrers anys?

Francisco Veiga acaba de publicar "El turco" (Debate, 2006). Aquest historiador i periodista és professor d’història a la Universitat Autònoma de Barcelona i membre assessor del CIDOB. Fruit dels seus viatges per països l’Europa de l’Est i del coneixement d’algunes de les seves llengues, han estat alguns dels seus llibres més coneguts, com Els Balcans, la desfeta d’un somni (1994) o La trampa balcánica, una crisis europea de fin de siglo (1995). És autor també, juntament amb Enric Ucelay Da Cal i Angel Duarte, de La paz simulada. Una historia de la Guerra Fría (1997).

Sobre aquest tema tractava l'assignatua que vaig cursar a primer de periodisme amb Paco Veiga. Ja fa força anys, però recordo que va ser tan estimulant que no em va costar massa decidir-me a traslladar l'expedient acadèmic a la facultat d'Història. Quan, també fa temps, vaig tenir oportunitat d'entrevistar-lo amb motiu de la publicació dels seus llibres, dins el magazine cultural que vaig presentar a Ràdio Gràcia, "El dilluns pot esperar", va ser aclaridor seguir amb ell les notícies que ens arribaven del conflicte balcànic. Segur que aquest dimarts serà també apassionant...

viernes 25 de mayo de 2007

ÉS POSSIBLE UNA HISTÒRIA SENSE ESCARAFALLS?



(Fotos: Rubén González, IES Alexandre Galí).- Cada 9 de març es commemora el Dia de la Dona, diada que pretén ser un espai de reflexió sobre la discriminació que encara continua patint, però també sobre la violència que hi té reservada solament pel fet de ser-ho. A l’IES on estic destinat aquest curs vam ajuntar aquest tema amb un altre d’actualitat, la memòria històrica, per recrear l’atmosfera irrespirable que presidia la vida en l’Espanya nascuda de la guerra civil, quan milers de ciutadans restaven exiliats, represaliats, processsats pel seu passat polític, empresonats, depurats de les seves feines, condemants a passar misèria, i a esperar –amb la incertesa i la por per companyes- l’arribada de qualsevol d’aquestes polítiques de la venjança.

Per conèixer quina violència s’hi reservava a les dones en aquell context vam convidar les meves companyes de Fent Història, que amb un petit ajut del Memorial Democràtic estan desenvolupant un apassionant treball de recerca sobre les aleshores nenes que van restar acollides (o segrestades?) per l’aparell de beneficiència (i reeducació) del franquisme. També per a aquelles nenes, que ben poc sabien què havia dut als adults a pintar de sang carrers i camps, hi havia reservada una sofisticada voluntat de càstig.



Així doncs, alumnes de quart d’ESO i de primer de Batxillerat van adreçar un bon grapat de preguntes a la historiadora Elena Ràfols (que juntament amb Neus Garcia Ràfols i Maria Verdu està impulsant aquesta recerca) i van poder gaudir del testimoniatge valent d’una d’aquelles nenes que van patir, com a dona i com a filla dels vençuts, la doble repressió. Ara ja adulta, l’Eva Molló ens explicava que sovint algunes experiències del passat no són fàcils de recordar.

El documental “Darrere la finestra: vida quotidiana als centres de menors durant la dictadura franquista” va ple de testimonis esfereïdors, com el de la monja que –per castigar una nena- la va tancar dins d’una habitació on romania una companya que acabava de morir i que esperava el seu enterrament. També s’hi descriu l’alimentació, l’educació i la disciplina en els centres que acollien menors que havien perdut els pares o que havien estat apartats de les seves famílies en virtut d’un passat polític considerat sospitós.

La informació obtinguda està tractada amb selecta delicadesa, i potser va ser això que li va valer algunes crítiques durant l’acte de presentació organitzat a la Biblioteca Jaume Fuster de BCN, amb l’eficient pulcritud que caracteritza aquestes col.legues, pocs dies abans. Qui va qualificar de light el contingut té raó al dir que els temes de difícil encaix (i els abusos sexuals a menors ho són) no es poden amagar dient que cal evitar sensacionalisme, o que les víctimes no en poden parlar: l’historiador que coneix les tècniques de la història oral ha de saber conduir la seva font, acollint amb enteresa i bonhomia aquelles fràgils confessions, per tal que els records superin el registre nostàlgic i abordin la sordidesa d’aquell passat.



Ara bé! Com ja va insinuar Montse Armengou, directora del documental Els nens perduts del franquisme (2003) i presentadora de l’acte, res d’això resta valor a la feina inèdita d’obrir una recerca: per primer cop algú gosa dir, encara que tímidament, que el paper de l’església va anar més enllà de legitimar un ordre de violència salvatge ben discrepant amb el missatge cristià. Reconeguda i denunciada la tragèdia de la persecució religiosa, canonitzat i beatificat tot allò que s’ha pogut, ara ja toca recordar que aquella església militant va coaccionar a canvi de favors sovint bruts, va privar de l’abraçada de Déu qui li convenia, va aplaudir molts trets i retrets adreçats als vençuts, va beneir massa escorxadors i va fer realitat massa purgatoris. Va actuar com a delatora, va prémer molts gatells, i fins i tot va profanar els temples més secrets de molts indefensos.

Cal recordar-ho i passar comptes, evitar que avui en dia aquells hipòcrites pervertidors de sotanes, confessionaris i innocències infantils, puguin tornar a marcar el discurs polític.

viernes 4 de mayo de 2007

LA RISA Y EL CUCHILLO (O EL TIRANO EN SU LABERINTO)

La polémica que desencadenó aquella aberración apologética que Henry Kamen publicó bajo el poco acertado título Felipe de España me sorprendió estudiando en la universidad. Recuerdo haber leído en aquel entonces una crítica de Mia Fernández Almagro, muy divertida, en la que, para acreditar los tres rasgos definitorios que ella adjudicaba a la personalidad del rey, recordaba que si le conocía tan bien era porque “no había pasado tantas horas con ningún otro hombre”.

Las tres características, -pasión por sus palacios, el deber, y la angustia- son en el fondo sucedáneos de lo que, de forma más vulgar, precipitada, alevosa y panfletaria, decía la Leyenda Negra. Creo que su sentido del deber, así como su profunda piedad, no debían manifestarse solamente en su compulsiva colección de reliquias, o en máximas del tipo “preferiría perder cien vidas si las tuviera, que gobernar sobre herejes”.



Acepto que la leyenda negra fue propaganda de sus opositores políticos, y disfruté leyendo la humanización que escribió Parker sirviéndose, entre otras fuentes, de las cartas a sus hijas. Sin embargo, creo que los congresos y publicaciones que conmemoraron el cuarto centenario de la muerte de Felipe II dejaron pendientes muchos puntos oscuros, y que si no arriesgamos un poco para explicarlos dejamos demasiado espacio a la especulación y propiciamos que otros se muevan en un absurdo limbo de imprecisiones y conjeturas.

En la última obra de nuestro insigne Antonio Gala hay una apasionante relación de los acontecimientos que conocemos como “Alteraciones de Aragón”, y una brillante apología de la sexualidad “a la italiana”. Algo desordenada, diríamos hoy. Hay también algunas páginas de