¡Echando de menos la edición radiofónica!

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"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

domingo, 1 de enero de 2017

REVOLUCIÓN EN FRANCIA (2): LA VIOLENCIA Y EL MIEDO





Para intentar demostrar que el miedo fue uno de los elementos más determinantes en la gestación de la violencia revolucionaria, Thimoty Tacket no sólo recurre a las fuentes tradicionales –debates parlamentarios, periódicos, libelos…- sino que también rastrea las emociones que llenan la correspondencia privada y los diarios de un buen catálogo de contemporáneos. Es fácil detectar en esas fuentes el profundo entusiasmo que muestran todos en los primeros momentos, tras la inauguración de los Estados Generales. Los diputados del Tercer Estado que acudieron, y que protagonizarían pocas semanas más tarde el Juramento del Juego de Pelota, no sólo sufrieron hasta ese día la actitud desdeñosa y arrogante de los nobles. También el ostensible apoyo moral que daba el pueblo a los diputados –aclamándoles, abrazándoles por las calles, regalándoles flores, animándoles a avanzar, aplaudiéndoles en las sesiones abiertas al público- contribuyó a conformar su consciencia de clase tanto como la intensa experiencia intelectual que suponían los debates y las negociaciones.  No esperaban, sin embargo, que la calle se convirtiera en un nuevo agente político que, además de aplaudirles, concidionaría la evolución de los acontecimientos: su debut el 14 de julio -estuviera movido por hábiles agitadores, el miedo a las tropas reunidas por el rey o el precio del pan- extendió la violencia por todo el reino, obligando a la Asamblea –mientras se asaltaban los castillos- a erradicar el orden feudal en medio de una confusa sesión extraordinaria la noche del 4 al 5 de agosto. Tras la abolición de los tributos señoriales, el diezmo y el vasallaje, todos los franceses serían iguales ante la ley. Pero aquel nuevo orden se había legitimado por medio de la violencia, fue disculpada en aras del progreso y … abrió el miedo al caos, y a la venganza de los despojados, cuyo papel en la gestación de la violencia es tan importante para Hackett.

Para empezar, aquella primera violencia desmoronó la autoridad, desmontó el estado.  ¿Cómo? En julio de 1789 fue asesinado el intendente de París. Muchos como él temieron correr la misma suerte y dimitieron, o abandonaron sus cargos; también lo hicieron recaudadores de impuestos, jueces, inspectores de policía y responsables del abastecimiento de cereales, lo que abrió un vertiginoso vacío de poder que urgía llenar. El hundimiento del estado borbónico “municipalizó” la revolución: muchos ayuntamientos actuaron como mini-repúblicas y –ansiosos por hacerse valer- subieron impuestos, arrestaron sospechosos, emitieron proclamas en nombre de la soberanía popular y –para frenar el caos- crearon fuerzas paramilitares. Cuando las elecciones municipales de febrero de 1790 establecieron en su lugar nuevos municipios, los recién llegados se consagraron con entusiasmo a ejecutar los decretos de la Asamblea. No era fácil: versaban sobre una infinita variedad de asuntos (tributos, elecciones, embargos eclesiales, límites de municipio, organizar la nacional…) que exigían invertir mucho tiempo y energía, y aplicarlos sumaba animadversiones vecinales a la tormenta de exageraciones, rumores y ataques violentos entre rivales reproducidos a diario en un sinfín de nuevas publicaciones partidistas, en las efervescentes discusiones en las casas de café y los clubes de las nuevas sociedades patrióticas. Todo ese coro infinito de voces acabó constituyendo un puñado de poderes paralelos que –aunque aportaban energía y apoyo al proceso revolucionario- también le traían desunión y polémica.

El ejemplo más claro de esa ruptura social fue el cisma religioso. La Asamblea Nacional Constituyente hirió la sensibilidad de muchos católicos: se negó a declarar el catolicismo como religión de estado, equiparó como ciudadanos a protestantes y judíos, expropió las tierras de la iglesia para subastarlas, eligió un pastor protestante como presidente y ordenó a todos los religiosos jurar la Constitución. Cuando la mayoría recusó la orden alegando que el estado debía respetar su independencia en materia espiritual y su lealtad al Papa, los diputados –poco sensibles a sutiles argumentaciones teológicas- entendieron la negativa como una traición política: el clero refractario fue visto como el motor del malestar social. La sociedad se quebró en dos, y todo ese barullo de discusiones de todo tipo tenía hirviendo en la olla de 1791 un caldo de cultivo –sazonado con todo tipo de rumores y el temor a una reacción nobiliaria que iba creciendo a medida que aumentaba el número y la calidad de los nobles emigrados-  sobre el que cayó como una maldición el intento de huida de la familia real.  

Diarios y correspondencias privadas muestran una cesura: tras la detención de la familia real en Varennes, a pocos kilómetros de los territorios del Emperador, hablan del rey en términos extraordinariamente duros. Le llaman traidor, mentiroso, perjuro en su promesa sagrada de respaldar la constitución. Su huida acentuó la espiral de habladurías: rumores extendiéndose cual reguero de pólvora de calle en calle mediante vendedores ambulantes, aguadores, panaderos y sirvientes domésticos que los simplificaban (para hacerlos inteligibles), o exageraban (para justificar su miedo). La omnipresencia del miedo y el rumor, afianzados en la emergente cultura de las denuncias, generó un círculo vicioso de sospechas y desconfianzas entre todos. La huida del rey había dado carta de naturaleza a todos esos miedos: hacía evidente la conexión entre los nostálgicos del absolutismo y las viejas monarquías europeas, y demostraba que ni unos ni otros estaban cruzados de brazos. 











sábado, 31 de diciembre de 2016

REVOLUCIÓN EN FRANCIA (1): VIOLENCIA CIRCUNSTANCIAL O CONSUSTANCIAL?




Caído el muro de Berlín, una nueva historiografía dispuesta a celebrar el “final de la historia” que para ellos significaba, se puso a reescribir el pasado con una doble intención. Por un lado consolidar una apología del sistema económico vencedor de la Guerra Fría como si nos proporcionara un contexto ideal que –con el hundimiento del “socialismo real”- unificaría a la humanidad en una especie de fiesta perpetua de prosperidad y democracia. La idea de que el conflicto quedaría desterrado de ese paraíso de neón nos parece estúpida hoy porque sabemos lo que vino después, pero hubo idiotas repitiéndola como borregos y llamándonos amargados a los que expresábamos nuestras dudas. Y es que la segunda intención de aquel discurso era acallar cualquier alternativa convenciéndonos de que cualquier intento de cuestionar el capitalismo triunfante era absurda, tal y como presuntamente había demostrado la fractura de la URSS al cerrar en 1991 el círculo iniciado en 1917. Cualquier revolución era pues un inútil derramamiento de sangre, la interrupción de la mesiánica secuencia de reformas que conduciría a la humanidad –felizmente acompañada por la tecnología- hacia ese futuro perfecto.


Hubo que contratar entonces a un puñado de historiadores con pasados turbios y poderosos altavoces para que desmenuzaran la interpretación académica de la Revolución Francesa, a la que -con sorna, arrogancia y el aplauso de los encorbatados alumnos de las escuelas de negocios- llamaban la “Vulgata leninista”. La pirueta más grosera de la nueva interpretación surgida de esa demolición dibujaba una genealogía que enlazaba a los jacobinos, los soviéticos y … (atención!) los nazis. Era un discurso pedante y reaccionario que reciclaba viejos materiales ideológicos que la CIA había usado como propaganda “fría” al mezclar en el saco del “totalitarismo” a Robespierre, Stalin y Hitler. Según la cantinela que torpemente escuchamos repetir aún hoy a la derecha más soez, todos tenían en común el uso sistemático de la violencia con la voluntad evidente de exterminar al adversario político. Y por tanto las violencias de 1793, 1917 y 1933 estarían unidas –según esta interpretación, a la que llamamos “revisionista”-  por una clave ideológica: en el caso de la Revolución Francesa aquellos ilustrados utópicos inexpertos en política venían cargados de utopías purificadoras para imponer su proyecto, aún a costa de exterminar al adversario. Esos monstruos eran los culpables de la violencia, y todos sus seguidores –incluida la izquierda del presente- apenas copiaban esos tics.

Frente a esa explicación endógena de los orígenes de la violencia política durante la revolución, la “interpretación social” seguía viéndolos -como dice Timothy Tackett en “El Terror en la Revolución Francesa”- “en las impactantes contingencias derivadas de la invasión extranjera y la contrarevolución a las que hubieron de hacer frente los dirigentes revolucionarios” y lo describía como una medida provisional que aparcó temporalmente las libertades hasta que “se hubieran vencido las amenazas a la supervivencia del nuevo régimen”. El debate sobre si la violencia era –resumiendo- “consustancial” a la ideología, o “circunstancial” por los acontecimientos, cuenta hoy con respuestas mucho más reflexivas, con menos aspavientos sospechosos. Es el caso de este libro, publicado por Pasado Presente (2015), que ya deja claro en su introducción que “la revolución avanzó más bien de un modo irregular, atravesando cambios de fase desencadenados por crisis o sucesos imprevistos”. No hubo pues una evolución sostenida y coherente, sino más bien errática y a trompicones, ni unas “ideas fuerza” a cuyos tics violentos podamos atribuir responsabilidades.
Es más: resulta difícil ver en los diputados de la Asamblea Nacional a ideólogos radicalizados. Más bien son modestos comerciantes urbanos, tan alejados de los privilegios como de las crisis de subsistencia, cuya buena formación –muchos eran licenciados en derecho, pero todos conocían los clásicos latinos- les proporcionaba el léxico y el marco de referencias significativas que les permiten visualizar –por ejemplo- a César como tirano, y a Bruto como libertador. Y aunque mayoritariamente estaban familiarizados con las firmas canónicas de la ilustración, éstas constituían una parte menor de sus lecturas, tan diversas y contradictorias que difícilmente podemos concluir que compartieran una visión del mundo coherente, o un programa de reforma consistente y compartida. Sólo podemos decir que parecen preparados para observar el mundo, someterlo a examen y proponer cambios que lo mejoren, actitud propia de su siglo que constituye la esencia de la ilustración.


Cuando el autor acaba de describir el perfil de los revolucionarios nos resulta difícil encontrar en ese retrato robot –empapado de valores bien alejados de la violencia- la semilla del terror: rechazaron la abolición de la pena de muerte que les propuso Robespierre en mayo de 1791, pero consideraban prácticas embrutecidas el uso de la tortura, las ejecuciones públicas, los duelos de honor personal con los que la nobleza ritualizaba su defensa de la jerarquía, o las rabias populares suscitadas por el abastecimiento insuficiente. Así pues, el primer capítulo acaba constatando que el camino hacia el Terror no estaba escrito al comienzo de la Revolución Francesa, y que por tanto la sórdida precipitación de la violencia surgió del propio proceso.

¿Qué quiere decir eso? Los constituyentes y los diputados de la Convención, en cada uno de sus contextos, cogieron el toro del poder por los cuernos cuando los acontecimientos se precipitaron y lo ejercieron dando “palos de ciego (…) por encontrar una política consecuente”, en medio de azarosas tormentas por entre cuyos entresijos corrían rumores que trascendían sus posibilidades de controlar las decisiones y llovían sobre mojado para empapar de rabia y desconfianza a las masas, a las que esta élite culta no podía permanecer indiferente. Esa incertidumbre y ese miedo participaron en el parto de la violencia:  Tacket sostiene que “el miedo fue uno de los elementos más determinantes en la gestación de la violencia revolucionaria: miedo a la invasión, miedo al caos y a la anarquía, miedo a la venganza (…) la psicología de la revolución estuvo caracterizada por el miedo imperante a la conspiración, una convicción fundamental para explicar la aparición de la rabia y el odio entre las élites y la imposición de la violencia y la represión patrocinadas por el estado”. Y añade que este estilo paranoide de la política dejó de ser en 1793 una reacción puntual a tramas contrarevolucionarias concretas, de cuya existencia se han descubierto pruebas fehacientes, para llegar a ser un miedo obsesivo hacia una gran conspiración omnipresente y monolítica. Podríamos concluir que el terror revolucionario no surgió tanto de una ideología sistematizada racionalmente, sino de todo lo contrario, del abandono de la razón en manos del miedo irracional que despertaban sórdidas tramas opositoras más que evidentes.







domingo, 21 de agosto de 2016

HOMBRES Y MÁQUINAS: UN AGRADECIMIENTO LUDITA



"Los compañeros aprendices en sus telares"
  El grabado de William Hogarth muestra al capataz bien preparado para actuar



Algunas publicaciones recientes parecen despertar nuestro interés por los luditas. Asistimos tan perplejos a la degradación programada del planeta que impone la unidad global de mercado, como los luditas a los primeros estragos del capitalismo. Si los proletarios del s. XX rindieron un recuerdo emocionado a los mártires de Chicago, quizá el nuevo precariado busque nuevos referentes más allá de la etiqueta que marxistas y liberales impusieron a los luditas como nostálgicos e ingenuos primitivistas obsesionados con la destrucción de las máquinas. Identificarles como retrógrados resultó una operación muy rentable: aún hoy sirve para descalificar a cuantos reclaman una alternativa a la aplicación sistemática de la tecnología.

¿Por qué les llamamos luditas? Parece que su nombre apela a un aprendiz de tejedor de medias en Leicester, Ned Luddlam, que rompió a martillazos el telar de su maestro en 1779. En su recuerdo, los líderes anónimos que organizaron las protestas de 1811 adoptaron el nombre de Capitán Ludd, y firmaron sus misivas amenazantes. El 12 de abril de 1811 se produjo la primera desstrucción de una instalación industrial, cuando 300 obreros atacaron la fábrica de hilados de William Cartwright en Nottinghamshire. Los saboteadores, apenas organizados pero íntimamente relacionados con las pequeñas comunidades campesinas, destruyeron los telares a mazazos y prendieron fuego a sus instalaciones.

¿Por que estalló el conflicto? Sin duda tiene antecedentes en generaciones de maltratos, pero Julius Van Daal también recuerda el éxito de las obras de Thomas Paine frente a la visión armagedónica que Edmund Burke ofrecía de los acontecimientos al otro lado del canal. La tensión debía ser suficiente como para que William Pitt suspendiera el “Habeas Corpus” (1794). Vamos, que el “capitalismo de un solo país” -feliz expresión de “La cólera de Ludd” que remite al monstruo oficial para sugerir que su adversario era igual de brutal- no estaba para bromas. Y por si fuera poco, a ese marco de restricción de las libertades políticas vino a añadirse el impacto del “bloqueo continental” dictado por Napoleón desde el Berlín ocupado (1810), que privó de muchos mercados a Inglaterra y dejó a muchos obreros sin trabajo. Entonces la rabia ludita se disparó: entre 1811 y 1816 se destruyeron casi dos mil máquinas para presionar a los patronos a que mejoraran salarios. Creo haber leído a E.P. Thompson justificar la estrategia recordando que las Anti-Combination Acts (1799) hacían imposible la vía negociadora, al haber prohibido el derecho de asociación de los trabajadores; por tanto destruir máquinas no era una actuación irracional ni insensata surgida contra la mecanización -que además había empezado mucho antes- sino la salida desesperada que imponían las circunstancias..

¿Cómo luchaban? Enviaban cartas amenazadoras contra los patronos, y organizaban ataques en banda con apoyo de la población local. Se tiznaban la cara, atacaban de noche y destruían máquinas, pero no de forma indiscriminada, sino selectiva: apuntaban a las fábricas cuyas máquinas abarataban los precios de las telas ofreciendo tejidos que se rompían. Por tanto, no se oponían a la máquina en tanto símbolo de innovación, sino porque servían para fabricar productos de mala calidad que desprestigiaban su oficio y su saber.

¿Cómo reaccionaron las autoridades? En febrero de 1812 el Parlamento inglés aprobó la Framebreaking Bill (2-1812), que castigaba con la pena de muerte la destrucción de cualquier telar. Apenas se opuso George Gordon: en su único discurso en la Cámara de los Lores, Lord Byron les preguntó “¿Es que no hay ya suficiente sangre en vuestro código penal?”. Pocos días después, publicó en un periódico una sátira contra la pena de muerte bajo el título de “Oda a los redactores del marco legal”. La represión no se detuvo: hubo 14 ejecutados y 13 enviados a prisión a Australia. Sin embargo, el movimiento siguió creciendo, y el estado tuvo que armar un ejército de 12000 soldados para perseguir a los luditas, mientras apenas 10.000 combatían a Napoleón en el continente.

Que el contingente dedicado a vencer al corso fuera menor que el que perseguía a los luditas no sólo nos demuestra el terror que despertaron entre las clases dominantes. También nos muestra a Inglaterra en plena guerra civil entre dos tipos de economía política: la del naciente capitalismo, que reivindica la fábrica, la disciplina laboral y la libre competencia (que reduciendo costes y salarios, acaba con los viejos oficios) y la de los luditas, que reivindicaban el precio justo, el salario adecuado, el buen trabajo, en definitiva el control del mercado de trabajo.

¿Tan peligrosos eran? Cuando los luditas denunciaban el aumento del ritmo de trabajo que les encadenaba a la máquina ponían de manifiesto la otra cara de la tecnología. Cuestionaban el progreso técnico desde un punto de vista moral, defendiendo la reciprocidad y la ayuda mutua sobre el egoísmo y la competencia individual. Su crítica, pues, socavaba las mismas bases ideológicas del sistema, porque oponía la ética frente al beneficio. Ha hecho falta parodiarlos como nostálgicos mecanoclastas muy primarios, aunque no renegaban de toda la tecnología, sino de aquella que agredía a la comunidad. Por eso sus ataques eran precisos: rompían las máquinas que pertenecían a patronos que producían objetos de mala calidad, a bajo precio y con peores salarios. Vistos así, pues, los ludditas eran activistas lúcidos de un movimiento crítico que reclamaba una aplicación de la tecnología de acuerdo con las necesidades humanas, valoraba los viejos oficios y saberes, y proponía una modernidad alternativa para la que reclamaban salario mínimo legal, limitación del trabajo infantil, derecho de asociación, controles de calidad...

¿Alguien más tomó partido por ellos? Percy Shelley participó en la creación de un fondo de ayuda para las familias de los condenados a muerte. Lord Byron le invitó en 1826 a veranerar en una villa suiza cercana a Ginebra, y Shelley acudió con su esposa, Mary. El mal tiempo les recluyó en la mansión, así que una noche -leyendo cuentos de fantasmas- Byron retó a sus invitados a que escribieran un cuento de terror. Mary Shelley no respondió inmediatamente, pero de aquel desafío saldría poco después la historia de un joven estudiante de ciencias que -fascinado por la alquimia- se obsesiona con la creación de un ser vivo en su laboratorio. Todos sabemos qué pasó: cuando Víctor Frankenstein lo consigue, tras meses de trabajo febril, observa con repulsión la criatura grotesca que ha creado y abandona el laboratorio consternado. Cuando regresa, el monstruo ha desaparecido y él decide recomponer su vida. Sin embargo, su creación -íntimamente unida a él- le persigue, y acaba asesinando a su hermano pequeño, a su esposa y a su mejor amigo...



Cuando finalmente se reencuentra con el monstruo, éste -que había iniciado su vida con bondad pero sólo había obtenido a cambio rechazos y muestras de repulsión- le promete mansedumbre si alivia su trágica soledad creándole una compañera. Siempre se ha dicho que Mary Shelley había criticado la desmesura tecnológica, pero César Rendueles -en un libro reciente muy comentado- se sirve de las metáforas del proletariado como un monstruo amenazante que circulaban entonces entre las élites británicas para ver también en Frankenstein “una reflexión sobre las nuevas condiciones sociales (…) la violencia del monstruo no tiene origen tecnológico o natural, sino social. Comienza cuando descubre que carece de cualquier vínculo con los seres humanos, que vaga a la deriva entre personas que no le reconocen como alguien con el que deberían mantener alguna clase de reciprocidad (…) Como el proletariado ludita, el monstruo exige a su creador que le proporcione unas condiciones de vida dignas y reconozca las obligaciones que le comprometen con su criatura. Y, como Victor Frankenstein, las élites británicas estaban cegadas por el terror, la ira y el deseo de venganza”.

Eso fue lo que obtuvieron los luditas. Sin embargo, en cierto modo vencieron. Contribuyeron a la toma de consciencia política de los trabajadores respecto a la explotación capitalista. Y lograron legarnos preguntas que hoy nos corresponde a nosotros encarar con valentía: ¿Hay límites a la innovación científica y tecnológica? ¿Debemos descartar la defensa de lo viejo en nombre del progreso? ¿Debemos aplaudir las consecuencias benéficas de la técnica sin fijarnos en las catástrofes que originan?



sábado, 16 de julio de 2016

DAVID PALACIOS: “VAIG RECÓRRER ELS ESCENARIS QUE ARSENDA ESMENTAVA EN EL SEU TESTAMENT"



David Palacios (a l'esquerra) amb l'escriptor Joan.Ignasi Ortuño
a la Biblioteca Nou Barris (abril 2016)


“…ruego a mi señor que si yo no lo puedo hacer en vida haga edificar hospitales para los peregrinos en la villa de Ager”. Aquesta súplica continguda en el testament que dicta Arsenda d'Àger el 23 de maig del 1068 sembla mostrar la posició subalterna que una dona patia en el temps de les violències feudals. Molta documentació del s. XI, però, atorga protagonismes a dames i reines com Ermessenda o Almodís de la Marca en les tasques repobladores i edificadores que articulen els espais de la Catalunya Nova arrencats de mans sarraïnes. Arsenda d'Àger va contribuir notablement a la dotació i construcció d'esglésies. També va actuar al costat del seu marit, Arnau Mir de Tost, en el repoblament de la Vall d'Àger, establint-hi famílies camperoles i atorgant cartes de poblament.
En el testament, escrit en llatí, deixa al seu marit un joc d'escacs d'orígen fatimí, molt valuós, tallat en cristall de roca, probablement botí de guerra. Aquest tresor de la Col·legiata d'Àger, del que avui solament 19 peces romanen al Museu de Lleida, demostra que els escacs eren un entreteniment preuat entre l'aristocràcia feudal del s. XI. Però també insinua un estil de vida molt refinat i l'oci quotidià compartit en plà d'igualtat entre un home i una dona.

A aquest personatge ha dedicat la seva primera novel·la el nostre company David Palacios. “In nomine patris” comença l'hivern de l'any 1024 presentant-nos Arsenda en un monestir barceloní, però ben aviat precipita els esdeveniments que condueixen el lector per les relacions del comtat d'Urgell amb l'al-Andalus, el destí del darrer príncep Omeia refugiat a Lleida, la primera croada cristiana fins a Barbastre, un bon grapat d'intrigues, traïcions... i amors.


In nomine patris” és la teva primera novel·la. De quins tres atractius del llibre estàs més orgullós?.
Bé, primer de tot dels detalls, la novel·la està plena de petits detalls. Pler exemple, quan parlo dels noms, o del nombre de monges que havia en un convent, sempre són els originals i realment eren les persones que hi havia. Això em condicionava els personatges que havien de figurar en el text, però penso que aquesta versemblança és un altre tret atractiu, perquè els faig servir per mostrar com eren les coses en aquell moment en aquella comunitat religiosa. Finalment, estic content de la descripció dels esdeveniments: “In nomine patris” és una novel·la històrica on els detalls, personatges i accions són reals. Fer coincidir tot això en una novel·la és molt difícil.

La novel·la històrica és un gènere d'èxit, però no sempre està escrita per historiadors. Creus que ser-ho condiciona l'escrit?
Sí, almenys a mi sí que m’ha condicionat molt. Crec que com a historiadors, a més de narrar la vida d`uns personatges tenim l’obligació de fer un relat que sigui pedagògic, es a dir, que ajudi el lector a fer-se una idea molt clara de com era la societat d’aquell moment, les institucions, la manera de pensar, la vida quotidiana. Aquesta visió la poden aportar els historiadors ja que quan fem la recopilació de la informació fem un buidatge exhaustiu de les fonts del moment, evidentment que no cal ser historiador per consultar les fonts, però per a nosaltres és la nostra tasca normal, estem més acostumats.

T'has basat en personatges reals per a escriure la teva novel·la. Com vas descobrir Arsenda i com ha estat la teva relació amb ella?
Tots els personatges són reals excepte Abdalà, Balí i Garoca. Aquests tres personatges són inventats però crec que són molt necessaris ja que aporten a la novel·la altres punts de vista. Per exemple Abdalà és un connector entre el món musulmà, l'herència d'al-Andalus i la nova vida cultural dels regnes de Taifes de Saragossa o Lleida. Balí i Garoca són el contrapunt de la gran obra que fan els personatges principals, son uns camperols que es veuran feudalitzats i patiran aquestes repercussions. Sobre Arsenda....allà pel volts del 1998 la gran professora i medievalista Teresa Viñoles em va fer arribar el seu testament per fer un treball.....des d’ aquell moment ja sabia que tard o d’hora faria alguna novel·la relacionada amb la seva vida. Anys més tard, el 2005, vaig cursar un doctorat entorn d'aquell moment històric, la vall d´ Àger i els seus senyors.

Com ha estat la investigació sobre el personatge?
Emocionant, intens i esgotador. En un primer moment, a partir del seu testament vaig fer una aproximació al lloc. Recordo com un estiu vaig agafar el cotxe i vaig recórrer tots els escenaris que ella esmentava en el document. El paisatge em va captivar ja que els castells, esglésies, camins, el reliquiari de fusta, el joc d’escacs tots aquests edificis i objectes encara existien mil anys desprès de que Arsenda el nombres. Desprès vaig fer un estudi i un buidatge sobre les relacions que tenien els personatges amb la vall i els seus habitants. Vaig consultar molta informació de vendes, testaments, capbreus, consagracions, donacions i poc a poc vaig conèixer aquell món. He consultat molt llibres, arxius, documents, però potser, recórrer físicament els espais on va viure Arsenda ha sigut el que més m’ha agradat.

Per què diu l'editorial que vols reivindicar el paper de la dona en la societat feudal? Quin va ser aquest paper i com el va complir Arsenda?
Només cal llegir el seu testament per fer-te una idea de la força de les seves paraules i del compliment de la seva missió com a Dóna, i com figura cabdal en la organització, colonització i administració del territori conquerit. Els llibres d'història parlen molt poc de les dones de frontera però els arxius estan plens de testimonis de dones, soles, casades o vídues que arriben a un territori i comencen a organitzar-lo d'acord amb el dret visigòtic (segles IX-XII). Anys més tard, amb el dret romà, el paper de la dóna va quedar molt relegat i aquests testimonis de dones van quedar en l'oblit.

Quina visió d 'al-Àndalus creus que transmets en el teu llibre? Creus que és útil en el moment actual?
El segle XI és molt important tant per als comtats catalans com per a l'al-Àndalus. Còrdova ha deixat de ser la capital de califat i comença un període nou, els regnes de taifes, durant el que moltes ciutats -Lleida, Toledo, Saragossa...- competiran tant a nivell cultural com polític per ser considerades ciutats hereves del califat. És un moment d’esplendor, no oblidem que en aquest context s’aixequen els palaus de l´Aljaferia, els Reales Alcázares de Sevilla, o s’amplia la Suda a Lleida.
Jo crec que en els moments actuals és molt important conèixer la nostra historia. Tot i que la novel·la parla d’un fet concret (la conquesta de la vall d´ Àger) la historia de l'al-Àndalus seran nou segles d´intercanvis culturals i econòmics que van enriquir la nostra cultura.












domingo, 10 de abril de 2016

QÜESTIONARI PEL·LÍCULA "TIERRA Y LIBERTAD" (KEN LOACH, 1995)




  1. Quines dues versions expliquen les causes de la guerra civil, i quina és la que es presenta en els cartells introductoris al començament de la pel·lícula? En què ho veus?
  2. Aquesta introducció serveix per donar a l'espectador la informació bàsica. Parla, per exemple, de la nacionalització dels vehicles amb què les organitzacions polítiques i sindicals inicien les primeres operacions bèl·liques. Què va ser la col·lectivització, com es va produir a Catalunya i en què va consistir aquesta “guerra de columnes”?
  3. Ken Loach comença la història mostrant un acte de propaganda a Anglaterra, que seduirà el protagonista a marxar a Espanya. Amb quins arguments es demana en aquest acte la col·laboració de les persones?
  4. L'acte acaba amb el crit col·lectiu “No passaran”. Explica la seva història, què vol dir, i en quin context bèl·lic es va popularitzar.
  5. Ja arribat a Espanya, el protagonista coneix uns milicians que li parlen del POUM. Explica la naturalesa d'aquesta formació política i la de dos actors polítics que sovintegen també el metratge de la pel·lícula, la CNT i la FAI
  6. El protagonista fa formació militar. Quina impressió vol donar aquesta escena de les primeres fases de la guerra?
  7. L'episodi de la presa del poble permet assistir a la tràgica repressió que van patir sectors de l'església. Descriu l'escena, explica en què va consistir aquesta repressió i compara la informació que trobis amb el tractament que ofereix la pel·lícula sobre aquest tema.
  8. L'episodi permet parlar també de les violències a la rereguarda. Quina interpretació en fa la pel·lícula?
  9. Tot seguit se celebra una assemblea dins la casa del gran propietari. Durant la discussió, s'intueixen opinions diferents sobre 3 qüestions que neguitegen la columna on milita el protagonista sobre què cal fer a partir d'aquell moment. Explica en què consisteixen aquestes tres divergències i relaciona cada opció amb els anarquistes o els comunistes. Sobre el tipus de reforma agrària que cal fer. Sobre si la prioritat ha de ser guanyar la guerra o fer triomfar la revolucióSobre el context internacional.
  10. La milícia on combat el protagonista celebra una assemblea per decidir com respondre les ordres del govern republicà, instal·lat ja a València, d'incloure's dins un nou i ordenat Exèrcit Popular que substitueixi les columnes. Quins arguments hi ha davant de cada possibilitat?
  11. Aleshores s'allista a les Brigades Internacionals. Esbrina qui eren i quin paper van tenir durant la guerra
  12. Quan el protagonista arriba a Barcelona esclaten els Fets de Maig. Explica en què van consistir aquests esdeveniments, quines van ser les seves causes i les seves conseqüències.
  13. Quines crítiques fa la seva companya dins del POUM respecte dels estalinistes? I quines crítiques diuen que rep d'ells el POUM?
  14. Els Fets de Maig van provocar un canvi del govern republicà. Analitza la tasca d'aquest nou govern fins al final de la guerra.
  15. Busca qui va ser George Orwell i compara la trajectòria del protagonista amb les vivències d'aquest intel·lectual britànic durant la guerra civil espanyola. 
  16. Escull un personatge estranger del món de la cultura que tinguès relació amb la guerra civil espanyola, i explica-la. 


viernes, 18 de diciembre de 2015

CARLES BALAGUÉ (2010): LA BOMBA DEL LICEO


Deures de Nadal (2n Batxillerat)




Any: 2009
Gènere: Documental
Públic: Tots els públics
Durada: 84'
Versió original: Castellà, Català
Versions subtitulades: Castellà
Format: Color, HD, Ultra Stereo
Web:  www.diafragmapc.com
Idea original: Carles Balagué
Productor executiu: Marta Rañé Carles Balagué
Director: Carles Balagué
Guió: Carles Balagué
Direcció de fotografía: Carles Gusi
Muntatge: Xavi Carrasco
Direcció de producción: Susana Batalla
Direcció de so: Felipe Aragó


















(1)    Explica què vol dir que el Liceu és un “espai de sociabilitat de la burgesia”. Fes servir les opinions d’Eduardo Mendoza, Antoni Dalmau i Lluís Permanyer (vigila, perquè la informació està molt repartida per tot el metratge)

(2)    Fes la visita virtual que ofereix la pàgina oficial de la institució, i fes una llista dels espais principals que es poden conèixer i la seva utilitat.

(3)    Quins atemptats van produir-se  a Barcelona entre 1893 i 1896?
Data exacta
ATEMPTAT...
Contra qui?
Qui el va fer?
Resultat



Exèrcit




... al Gran Teatre del Liceu
Burgesia





Església



(4)    Què vol dir que “el llançament de la bomba del Liceu es va produir des del cinquè pis perquè el disseny del teatre estratifica les classes socials”?

(5)    Investiga què és una bomba Orsini i per què es diu així…
(6)    El dia de l’atemptat del Liceu s’estrenava la representació de l’òpera “Guillem Tell”, de Rossini. Quina història explica? Per què creus que aquesta història podia agradar la burgesia catalana?

(7)    Busca la pintura de Ramon Casas “Garrote vil” i fes-ne una descripció. Explica què en pensen els especialistes i què hi trobes (en el quadre i en la seva història) que podria recordar el destí de Santiago Salvador.

(8)    El moviment obrer tenia dues tendències/corrents. Explica breument l’evolució de cadascuna durant la Restauració (p. 140)

(9)    Manuel Girona, Eusebi Güell, i Antonio López són alguns dels exemples de personatges importants de la gran burgesia barcelonina que surten citats. Fes una petita semblança de cadascun d’ells, i busca quin artista va contractar cadascun d’ells.

(10) Què vol dir que la Sagrada Família és un temple expiatori? Identifica aquest detall de la Capella del Roser de la Sagrada Família, i intenta relacionar-lo amb la teva resposta. 





sábado, 5 de diciembre de 2015

¿QUIÉN SE INVENTÓ EL RENACIMIENTO?



Este libro de Jerry Brotton tiene traducción española y sostiene que el Renacimiento surgió en Europa gracias a la competencia y al intercambio de ideas y bienes con sus vecinos orientales y predominantemente islámicos: “estas transacciones pusieron las bases del gran arte y de la cultura que ahora asociamos con el Renacimiento y revelan también que Europa surgió en estrecha relación, y no en franca oposición, con las culturas y comunidades que a menudo ha despreciado y calificado de subdesarrolladas e incivilizadas”. Es una tesis interesante y provocadora, que desmiente demasiados tópicos como para condensarse en tan pocas páginas. Y sin embargo, el tamaño del libro acaba siendo un acierto porque, en su lucha por demostrar la factura oriental del Renacimiento, el autor se ve obligado a ponernos al día y sintetizar precipitadamente un estado de la cuestión muy apretado que hace del libro un manual capaz de condensar todos los aspectos interesantes de la época. Ya el título se sirve del bazar oriental como metáfora de un proceso por el que “Europa empezó a definirse comprando y emulando la opulencia y la sofisticación cultural de las ciudades, comerciantes, eruditos e imperios de los otomanos, los persas y los mamelucos egipcios. El flujo de especias, sedas, alfombras, porcelana, pórfido, cristalería, laca, tintes y pigmentos procedentes de los bazares orientales de la España musulmana, el Egipto de lo mamelucos, la Turquía otomana, Persia, y la ruta de la seda entre China y Europa, proporcionaron la inspiración y los materiales para el arte y la arquitectura de Bellini, Van Eyck, Durero y Alberti”. Por si fuera poco, se añade, los conocimientos árabes en astronomía, filosofía y medicina influyeron en Leonardo, Copérnico, Vesalio y Montaigne.

Brotton confiesa que su intento de encontrar las “raíces orientales” del Renacimiento pretende responder al “clima global” del presente: en un tiempo que parece enfrentar dos fundamentalismos –el mercado contra Dios- él ha preferido recordar que “en los orígenes de nuestra modernidad, (…) las personas intercambiaban ideas y objetos, dejando al margen su ideología”. El propósito es loable, aunque quizá las fuentes y los argumentos citados no me acaban de convencer porque se margina cuantos no permiten rastrear la influencia oriental. Sin embargo, la nobleza del propósito otorga al libro una originalidad que merece atención, y te vuelve consciente de que cada visión del Renacimiento tiene intencionalidad.

Vasari ya habló de “rinascità”, pero el término “renacimiento” no se inventó hasta que el nacionalista romántico y republicano Jules Michelet publicó el séptimo volumen (1855) de la “Historia de Francia” que venía escribiendo desde 1833. Empeñado en celebrar “el descubrimiento del mundo y el descubrimiento del hombre”, Michelet definía una “Renaissance” como el momento en el que “el hombre se reencontró a si mismo”. Esa concepción del Renacimiento como ruptura, como eclosión del genio individual, materializada en un Olimpo de intrépidos exploradores, sesudos reformadores y eruditos escritores, nos resultaría familiar si no fuera porque Michelet, -en su calidad de nacionalista francés- quiso reivindicar el fenómeno como propio, alejándolo de la Italia llena de tiranos y papas a los que su pasión democrática detestaba. Desengañado tras el fracaso de las revoluciones de 1848, Michelet buscaba en el pasado un triunfo de la libertad, y creyó encontrarlo en la sofisticación artística del Renacimiento y en los escritos de Rabelais o Montaigne.


Aquellos individuos geniales también fascinaron al suizo Jacob Burckhardt cuando esbozó su clásico “La cultura del Renacimiento en Italia” (1860). En él, la esencia de aquella época es el nacimiento de la individualidad moderna: el artista, el navegante, el reformador, el humanista, incluso el príncipe -cuya obra maestra era el estado- contrastarían con el hombre medieval, al que le faltaría -según su visión- una conciencia clara de su identidad individual. Ese Renacimiento profundamente subjetivo es, dice, Brottom, la fantasía de un intelectual elitista, “orgulloso de su individualismo suizo protestante y republicano, temeroso del creciente poder imperial alemán y de la destrucción de la belleza y el buen gusto que propiciaba el drama de la industrialización”. Burckhardt también se quiso refugiar en un tiempo en el que el arte y la vida estuvieran unidos, y se ensalzara el republicanismo.


Huizinga describía las pervivencias
medievales en la sociedad borgoñona
del s. XV
Contra la visión del Renacimiento como ruptura/novedad Johan Huizinga publicó “El otoño de la Edad Media” (1922). Lejos de oponerlo a los tiempos medievales, el Renacimiento de Huizinga era su declinar. Escribía tras la Gran Guerra, mal momento para celebrar el supuesto florecer de la individualidad europea, empujado por una especie de “revolución de los medievalistas” que se oponía al retrato de lo medieval como tiempo de oscuridad. Así, C.H. Haskinks le quitaba excepcionalidad al Renacimiento señalando al que él advertía en el s. XII (1927). El pesimismo de postguerra impedía a Huizinga reconocer ninguna modernidad en el s. XV; sólo cuando la barbarie del Holocausto urgió a buscar un “kit de emergencia” con el que sobreponerse a las miserias del progreso, el judío alemán Erwin Panofsky se atrevió a recetar el estudio de la iconología del Renacimiento para recuperar valores -saber, urbanidad...- que sirvieran de antídoto a la deshumanización experimentada: reflexionar sobre las fuentes literarias, filosóficas y políticas, como habían hecho los humanistas, nos hace humanos y nos aparta de la barbarie.

Así fue como la visión del sofisticado “Renacimiento rupturista” se volvió a poner de moda. Sin embargo, Peter Burke lleva tiempo advirtiéndonos contra el espejismo creado por los escritores del Quattrocento para canonizar su época. Su visión del fenómeno es más progresiva que rupturista, y pretende enlazar a Petrarca con Descartes construyendo una sucesión de cambios que empezaría en 1300 y llegaría hasta 1600. Mientras Francia se mantenía como epicentro del gótico, la caballería y la escolástica, fue surgiendo en las ciudades italianas autónomas una cultura alternativa, más laica y civil que clerical y militar; y mientras gran parte de las viejas estructuras sociales y económicas se mantenían, la élite que compartía esa cultura creó un discurso laudatorio tan fascinante que todavía hoy seguimos haciéndole los coros. Burke, por ejemplo, explica cómo tras la derrota del Duque de Milán Giangaleazzo Viscoti durante su campaña por conquistar Florencia (1402), la ciudad del Arno celebró la derrota del tirano comparándose, en tanto estaba libre de príncipes, con la antigua Atenas y la Roma republicana. Intelectuales a sueldo de los mercaderes que copaban las instituciones colegiadas de la ciudad inventaron entonces una “edad oscura” / “edad media” que les separaría del mundo clásico que querían recuperar, y en el que creían encontrar recetas tan virtuosas como válidas para encarar su presente. El profesor de historia cultural en Cambridge nos sugiere que desconfiemos del relato simbólico que satura la historia de las ciudades-estado italianas de metáforas (despertar, renacer...) y personajes sobrehumanos (heroicos como Miguel Ángel, o malvados como los Borgia) para convencernos de que su advenimiento fue una especie de milagro.

Peter Burke, autor de "El Renacimiento
europeo. Centros y periferias
" (2005)
¿Por qué nos ha seducido tanto ese discurso? Por una parte, es obvio que es un relato tan fascinante que ofrece atractivo turístico, y posibilidades didácticas: facilita un espejismo comprensible mientras te paseas por las calles de Florencia o cuando explicas en clase. Pero pensando en los refugios que con talante republicano y decadentista se inventaron Burckhart y Michelet, se me ocurre que el mito del Renacimiento no sólo proporciona mercaderes y príncipes con los que el capital y el estado se letigimen hoy.

También a nosotros, consumidores compulsivos del s. XXI, nos facilita una cálida hospitalidad alejada de nuestra "hoguera de las vanidades", un oasis de belleza estética alejada de nuestro evanescente presente. Aquel mundo de valores cívicos y paganos nos resulta atractivo porque somos tan individualistas y hedonistas como aquellos genios. También es posible, como sugiere el historiador norteamericano de la literatura Stephen Greenblartt (Renaissance self-fashioning: from More to Shakespeare, 1980), que nos fascinen los grandes autores del Renacimiento porque produjeron unos personajes de ficción (Fausto, Hamlet...) tan angustiados en su reflexión sobre su propia identidad como nosotros mismos. Ver en aquellos intelectuales orgánicos / genios un sofisticado antecedente ilustre de nosotros mismos nos rendiría a los pies del Renacimiento como “kilómetro cero” de nuestra modernidad. Lo malo de la modernidad es que, como la fuerza en “Star Wars”, también tiene su lado oscuro. Y que esa segunda cara no nos gusta: no sólo no es reivindicable, sino que incluso es sórdida. En el caso de que el Renacimiento fuera el alba de nuestra modernidad, añade Greenblartt, también tuvo su lado oscuro: si nuestro culto a la ciencia y la técnica produjo el Holocausto, aquella “primera modernidad” produjera la debacle demográfica americana. ¿Acaso no es cierto que cuando oteamos la Europa del primer Quinqueccento buscando la cúpula de Brunelleschi, no estamos evitando conscientemente mirar al Caribe?

sábado, 21 de noviembre de 2015

TRANSICIÓ CIRCUMSTANCIAL I DEURES PENDENTS

Dissabte vaig assistir a una apassionant “master class” de Borja de Riquer, que em va fer qüestionar la visió “pabloiglesista” que sempre he tingut sobre la Transició; ja sabeu, el “règim del 78” és una democràcia inacabada segrestada per una “casta” extractiva, que no mereix les lloances triomfalistes de la visió “victoriapreguista”. Evidentment, l'eminent professor de la UPF no va fer servir aquests dos termes, però si que va reconèixer la consolidació d’una visió canònica en arribar el PSOE al poder (1982): era un discurs que celebrava la consolidació de la democràcia a Espanya i feia de la Transició un procès procés modèlic, fins i tot exportable. Aquesta visió rendia culte a una elit de lluitadors antifranquistes prenent assenyades decisions conjuntament amb interessants dissidents del franquisme. En aquest context, Victoria Prego presentava la seva sèrie a TVE i es publicava una veritable allau de memòries dels personatges que havien participat del consens, com les que Paul Preston o Vilallonga van dedicar al Rei.

A primers dels 90 la “dreta sense complexos” va trencar aquell consens: el rearmament impulsat per José María Aznar durant la campanya de 1993 cridava a iniciar una “segona Transició” en el convenciment que la primera havia estat un frau i que els seus objectius inicials havien estat desnaturalitzats pel PSOE. Si EL PAÍS havia estat l’altaveu de la visió de la Transició vigent fins aleshores, EL MUNDO s’encarregaria d’aquest procés reaccionari de revisió política, que tindria un correlat historiogràfic d’esquerres segons el qual la Transició hauria estat una estafa, un subtil manteniment de les estructures franquistes, una espècie d’operació “lampedusiana” per tal que, en el fons, res no canviés.

Caldria evitar les visions modèlica i lampedusiana per escriure una visió més científica de la Transició. Per fer-ho, Borja de Riquer va advertir-nos que calia evitar alguns errors recurrents:

- creure’ns que el procés va començar amb la mort del dictador (i no abans);

- banalitzar el franquisme menyspreant la seva capacitat repressiva i de perllongar-se; 

- considerar madura la societat espanyola (projectant a tota la població el tarannà de les minories urbanes políticament actives); 

- i atribuir-li a la transició responsabilitats polítiques que són posteriors. De Riquer es referia a culpar-la de la baixa qualitat democràtica del nostre sistema polític actual, preguntant-se si no seria responsabilitat d'actuacions posteriors.

Tampoc Pere Ysàs ha avalat la visió d’una “democràcia imposada pelsfranquistes en benefici propi, plena de limitacions i perversions”. Si la visió lampedusiana no és certa, la de la dictadura “biodegradable” que va preparar la societat espanyola per a la democràcia encara sembla més falsa. És cert que les xifres macroeconòmiques demostren que durant els seixanta la societat espanyola havia canviat molt... però el règim no havia canviat gens! Les seves elits volien continuar el règim sense Franco, però...
-        No tenien líder (Carrero tenia poques simpaties entre els falangistes pel seu suport als tecnòcrates, deia Javier Tusell a “La eminència gris del régimen de Franco” el 1993).
-        Tampoc no tenien cap pla econòmic, perquè les patronals –adormides en els llorers del proteccionisme- solament sabien que volien continuar sense pagar impostos.
-        Des que Pau VI va nomenar Tarancón, tampoc no comptaven amb el suport de l'església, que -en la famosa assemblea de bisbes i sacerdots de 1972- havia lamentat que “no supimos ser neutrales en una guerra entre hermanos”.
-        I per si fos poc, tenia el carrer a la contra. L'impacte de la crisi del petroli va convertir Espanya en el país amb més vagues d'Europa. L'augment de la conflictivitat era especialment preocupant per al búnker si es considera el context: una URSS tentacular i activa, la crisi del Sahara i els clavells florint a l'altre costat de la frontera.

Malgrat aquestes dificultats, ni pactes ni consens estaven a l’agenda quan va morir el dictador; el que va passar és que el búnker va perdre el seu pols mediàtic amb l'oposició i els pactes se’ls van fer imprescindibles. La tímida apertura virtual que van iniciar va fer d'escletxa: el 1976 El País i l’Avui seduïen nous lectors explicant el que la premsa oficialista censurava. Això deixava testimoni, per exemple, de la llarga vaga que a Sabadell -el Petrograd català, en les Memòries de Fraga- feia caure l'alcalde, tan ben explicada per Xavier Domènech. Notícies com aquella espantaven la cúpula: el mateix Fraga reconeix com el record del 12 d'abril de 1931 els feia dubtar si res podia començar per unes eleccions municipals.

Sempre hem dit que aquell govern impopular estava dividit, però Tussell ja va suggerir que era difícil diferenciar aperturistes i immobilistes perquè tots ho eren alhora: immbolistes perquè no volien substituir l’ordre franquista per una democràcia, aperturistes perquè veien necessaris alguns petits canvis. Les divergències radicaven en com assegurar millor el futur del règim i no pas en com substituir-lo per una democràcia. Pere Ysàs nega rotundament que els reformistes pensaven en democràcia: volien “fer canvis en el règim però no pas canviar de règim”. El duet Arias-Fraga volia conservar les Lleis Fonamentals, però durant el primer semestre de 1976 la mobilització democràtica va assolir tal dimensió que podia escombrar la monarquia. Aquesta por va obligar els quadres del franquisme a recuperar la iniciativa. I d’aquesta necessitat va sortir el govern Suarez: cremant etapes, oferint un projecte acceptable a la majoria de l’oposició, sense cap “full de ruta”, improvisant i vorejant les pressions, va iniciar un procés que no sabien on els conduïa. En cap moment van controlar-lo: volien demolir de forma controlada les institucions franquistes generant una nova realitat jurídica que permetés passar –sense ensurts, ni reclamacions de responsabilitats, ni radicalitzacions- “de la llei a la llei”. El professor De Riquer va explicar que fer-ho exigia convèncer els procuradors de Corts i els “consejeros nacionales del Movimiento” –visitant-los un per un- que el canvi era inevitable i que, si no accentaven canvis, la situació es desbordaria i ho perdrien tot.

Així es va arribar a votar la Llei de Reforma Política. Reformava la llei de Corts per escollir dues cambres per sufragi universal, a les que atorgava poders constitucionals per reformar les Lleis Fonamentals. No implicava necessàriament la celebració d'unes eleccions lliures. Aleshores, la mobilització ciutadana i la pressió opositora dels primers mesos de 1977 va obligar el govern a abandonar el projecte reformista. Com diu Pere Ysàs: “bona part de les decisions que va aprovar a partir de febrer en successives reunions del Consell de Ministres van anar dirigides a satisfer –almenys parcialment- les condicions formulades per l’oposició: modificació de la llei d’associació política, ampliació del decret-llei d’amnistia de juliol de 1976, dissolució del Movimiento, legalització del PCE”.

Si res no estava “atado y bien atado”, per què tenim la idea de que aquell projecte va ser una estafa? Segons Borja de Riquer, perquè en el mateix període l'oposició va deixar enrere els punts més rupturistes del seus programes. Per què ho va fer? Perquè es va adonar que podia erosionar governs (com havia passat amb Arias Navarro), però no substituir-los. Pere Ysàs també diu que la conflictivitat obrera, universitària i veïnal van “contribuir decisivament a la crisi de la dictadura, però mai no va assolir l'extensió i la intensitat per portar-la a la fallida”. Era impossible enfrontar-se a un aparell repressiu ben operatiu, a la por fundacional del primer franquisme, a les expectatives de prosperitat de la població i al silenci polític fora de les ciutats. D'aquestes dificultats, l'oposició va concloure la necessitat de dividir els negociadors franquistes: si ens veuen radicals, si intueixen que volem qüestionar-ho tot, si veuen en nosaltres els vençuts de 1939, ells tancaran files i serà impossible arrencar reformes.


Ni govern ni oposició tenien prou força per sotmetre l’altre. D’aquesta doble debilitat, i de la rapidesa de Suárez a convocar les eleccions de juny de 1977, va sortir l’acord. Calien acords de mínims: l'oposició demanava reconeixement de tots els partits, normes electorals, amnistia i desmantellar les institucions franquistes. Tot era negociable, els devia dir Suárez. Tot, excepte tres coses: monarquia, responsabilitats polítiques i unitat nacional. L'oposició va acceptar, i es van celebrar les eleccions de juny de 1977. La composició de les cambres que en va resultar va determinar la nova etapa en el procés de canvi polític: els que no volien anar més enllà de les reformes (AP) van fracassar, les forces rupturistes van obtenir una sòlida representació (PSOE, PCE, CDC, PNB...) i la victòria del centre va ser insuficient com per deixar-ho tot igual... Això va determinar que les corts es convertiren en constituents, però la constitució també va estar condicionada; les actes de les sessions plenàries del Congrés, el Senat i la Comissió Constitucional demostren que es va parlar de tot: la monarquia, la república, les nacionalitats, l'autodeterminació, la guerra civil i el franquisme. Malgrat les converses, la correlació de forces en aquelles corts explica algunes pervivències franquistes que constitueixen el segon dels nostres motius de desengany: ningú pot demanar responsabilitats al cap d'estat, la constitució atorga a l’exèrcit un paper de garant de la unitat, i l'església catòlica conserva privilegis. La vergonya, a parer del professor de Riquer, no era tant que d'aquella conjuntura en sortís aquell acord, sinó que tants anys després ningú no hagi pogut posar sobre la taula la necessitat d'incloure-hi canvis.


Ens hi posem?
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