Ferran Sánchez: Història. Divulgació. Docència.

Ferran Sánchez: Història. Divulgació. Docència.
"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

domingo, 13 de septiembre de 2020

ILUSTRES ILUSTRADOS (3): DE LA HISTORIA SOCIAL A LA HISTORIA CULTURAL

La visión de la ilustración que triunfó durante los “Treinta Gloriosos” partía de una visión idealista de la Historia que incluía creencias apriorísticas del tipo “los libros cambian el mundo”, e individualistas, en tanto trataba a aquellos filósofos como verdaderos genios con influencia y poder de convicción. Era una visión vinculada a la historia de las ideas, que se centraba en exclusiva en los grandes textos de la cultura occidental, cuyo modelo económico estaba demostrando su presunta superioridad con décadas de crecimiento sostenido. Foucault trataría de ridiculizar esa visión diciendo que aquella forma de entender la ilustración,  con la que acabé el post anterior, estudiaba a los autores como si fueran una “cabezas sin cuerpo”: se refería a que los analizaba como si fueran mentes magistrales que representaban por sí solos el espíritu de su tiempo, o como precursores desconectados de los condicionantes de su época, incluso adelantados a ella.

Esta interpretación de la ilustración fue entrando en crisis a medida que se imponía el nuevo clima social e intelectual que propiciaron los sesentayochos y, por ejemplo, la Nouvelle Histoire de la tercera generación de la Escuela de los Annales, bajo la influencia de la sociología y la antropología, empezó a fijar su atención en la dimensión colectiva de los aspectos mentales, consagrándose a reflexionar sobre las visiones del mundo, los sistemas de valores, y las representaciones colectivas. En ese momento en que la concepción de la cultura fue más allá del pensamiento nítido y los historiadores se lanzaron a estudiar las actitudes ante la muerte, el miedo, o los sentimientos, la visión de las ideas de la ilustración como si se tratara de un programa coherente que marcaba el camino a la modernidad iría entrando en crisis. Aunque metodológicamente seguía fascinada por la cliometría norteamericana, la Historia Social de las Luces bajó la escala de observación para estudiar el impacto de la ilustración: para conocer el nivel de alfabetización y secularización, secuenciaron cuantas misas se encargaban en los testamentos, cuántos libros se publicaban, cuantos se vendían (circulaban), cuántos había en los inventarios postmortem que permitían reconstruir las bibliotecas particulares.

Un ejemplo de ese nuevo clima fue el libro que el historiador norteamericano Robert Darnton dedicó al proceso de edición, impresión y distribución de la Enciclopedia. Creo que fue el primero que demostró curiosidad sobre  las condiciones materiales de producción, difusión y circulación de las obras literarias. Según un interesante artículo de Mónica Bolufer que encontré en el libro que recogía las aportaciones al seminario “La ilustración y las ciencias” (2000), Darnton no sólo subrayó que la ilustración debía enmarcarse en el contexto en que se organizaba la actividad intelectual del Antiguo Régimen, caracterizada por los mecanismos de privilegio y patronazgo. Sino que eso le permitió distinguir entre los que tenían acceso a esos mecanismos, philosophes famosos y reconocidos por los círculos de la alta sociedad (una ilustración court-sponsored, como diría Jonathan Israel),  y muchos otros autores de segunda fila que malvivían de sus ocupaciones literarias, resentidos contra la jerarquía de la “república de las letras” y dispuestos a denunciar el sistema de privilegios, o incluso a abrazar la revolución.

Al distinguir entre los grandes divos de la moderación ilustrada, y los radicales desclasados, Darnton estaba defendiendo una Historia que, en lugar de considerar a los autores meras cabezas pensantes, los sitúe en su contexto social, el mundo de poder y prestigio en el que se desenvolvían sus carreras y su producción intelectual. Esta historia social le distancia de la historia intelectual y de la historia de las mentalidades basada en el análisis cuantitativo que venían practicando los Annales, y al hacerlo fue introduciéndose el estudio de los fenómenos culturales, la Historia cultural de la ilustración que triunfaría ya a finales de los ochenta. El advenimiento del neoliberalismo en 1979, con Maggie  en Downing Street y su amigo vaquero en la Casa Blanca, alentó la postmodernidad: si los neoliberales se revestían de presunto pragmatismo para descalificar los viejos discursos ideológicos como si de estúpidas Vulgatas se tratara, los postmodernos aprovechaban el hundimiento del bloque comunista para proclamar la caducidad de las macro-visiones: la realidad, decían, no existe; existen los discursos que la describen de forma parcial y subjetiva. En ese contexto, el "fin de la Historia" lo llamó un idiota yuppie con ínfulas, había que desarticular el potencial crítico de las Humanidades, que servirían para advertir que, tras sus insistentes y sospechosas apelaciones a la libertad, los neoliberales apenas llevaban en su programa, aparte de un orden moral reaccionario de cintura para abajo que aplicarnos a los demás, pero no a ellos, la deslocalización y la desregulación que permitirían volver al viejo orden caníbal especulativo previo a 1929. Así que había que negar cualquier cientificidad a la Historia, una de las pocas herramientas que podía advertir que aquellos siniestros políticos eran tan sólo unos buenos trileros. Muertos los discursos profundos, hubo historiadores que, para entender la ilustración, preferían analizar cualitativamente algo tan “deconstruido”, tan huidizo y gaseoso como la práctica cultural.

No seré yo quien defienda la postmodernidad historiográfica, pero sí que podemos convenir que tuvo algunos aciertos. Sin ir más lejos, no sé si hubiéramos reparado en otras voces hasta entonces silentes, alternativas, a la hora de recoger fuentes. Escuchar las voces femeninas, las de la alteridad, las de los oprimidos y los colonizados, fue un acierto que enriqueció el discurso histórico. Y en este caso también fue acertado –excesos posteriores aparte, si se cree que los hubo- ampliar el concepto de cultura: si antes se la había considerado un nivel más de la actividad humana –el escultor puliendo la piedra, el escritor manejando la pluma-, ahora se ampliaba el concepto para que recogiera prácticas significativas, formas de hacer y decir que por banales o rutinarias se tenían por poco trascendentes, pero tras las que se esconde una manera de interpretar el mundo. Rastrear esas formas informales de cultura era desarrollar una historia de las mentalidades difícil de teorizar, pero permitiría conocer el impacto de la ilustración en la sociedad; o eso pensaba uno de los autores más representativos de esa trayectoria, Roger Chartier. En su libro “Espacio público, crítica y desacralización en el siglo XVIII” (1995) sugería que, más que la emisión o circulación de obras impresas, y más que los contenidos de las bibliotecas, que no demostraban nada por sí mismas, había que estudiar el uso de los libros. O lo que es lo mismo, la práctica de la lectura, la actitud del lector. Y que en tanto leer exige un clima de libertad de expresión e intercambio de información, había que estudiar también los ámbitos de encuentro, los espacios de sociabilidad.

En cuanto a estudiar la actitud del lector, Chartier se rebelaba contra la idea de que el lector es pasivo en la lectura, y que, sin filtro selectivo, moldea su pensamiento según el contenido de la lectura y actúa conforme a esas ideas que ha aprehendido. Esa idea había permitido establecer un nexo claro entre ilustración y revolución, puesto que se sobreentendía que los lectores de la ilustración constituirían, por su influencia, las masas revolucionarias. Esa relación directa le parecía a Chartier absurda porque, añadía, ningún texto tiene en sí mismo un solo significado, está siempre expuesto a ser interpretado de formas distintas, incluso contradictorias, dependiendo del bagaje personal del lector. Y en cuanto a bagajes, aunque reconocía que la filosofía tuvo mucha difusión, fueron mucho más leídos otros géneros, como la sátira política o la pornografía. Lo cual desmerecía bastante el presunto impacto de la ilustración en el devenir político de Occidente.

En cuanto al segundo aspecto, la necesidad de estudiar los espacios de sociabilidad, Chartier ya había publicado poco antes “Lecturas y lectores en la Francia del Antiguo Régimen” (1994). En ese libro postulaba tres espacios básicos en el uso de materiales impresos: el taller o la tienda, donde maestros y aprendices cuentan con obras de consulta que les guían en el cumplimiento de sus labores, las asambleas religiosas convocadas por los protestantes (donde la ausencia de mediación institucional permite al cristiano contactar directamente con la palabra divina, para lo que se necesitaba la lectura), y las celebraciones colectivas, donde con frecuencia se leían piezas jocosas para acompañar los festejos. En este último contexto, las sátiras y los folletos tuvieron buena acogida, porque eran textos breves y baratos, sensacionalistas, que alimentan la imaginación con desmesuras sobre el desorden moral, el caos o lo sobrenatural, todo cuanto rompe con el normal devenir de lo cotidiano.

A ese primer estadio de circulación informativa cabría añadir otros más sofisticados, también influyentes, a los que se asigna un papel de extensión de los mensajes. Cuando Chartier reflexiona sobre las bibliotecas de préstamos, los clubes de lectura, las academias provinciales que imitan en la periferia los brillantes círculos parisinos, o los cafés, se va comprobando que la politización del público no se produjo solamente leyendo a la ilustración, sino que también cumplieron con un papel decisivo los libelos y panfletos vendidos clandestinamente, cuyo contenido sería compartido en clubs, chocolaterías, tertulias, salones, billares, logias, jardines o picnics, lugares privados en los que el trasunto de ideas genera una cultura política que se extendía por calles, plazas, mercados y ferias. Si a eso añadimos el aumento del número de publicaciones entenderemos fácilmente el surgimiento de la opinión pública como espacio de legitimación del discurso y de manifestación de un público crítico capaz de emitir su juicio. La revolución no sería pues consecuencia directa de la ilustración, sino que se generaría en el momento en que toda esa toma individual de conciencia, toda esa mentalización, permite pensarla. La revolución se genera porque fue pensable…

Cuando estaba en la facultad escuchaba todo esto y pensaba que para ese viaje no hacían falta tantas alforjas. Seguramente la pereza que me daba Chartier en mis tiempos de estudiante demostraba lo atrevida que es la ignorancia, algo que hoy en día me sigue permitiendo resumir sesudos libros en parrafitos de consumo rápido. Esa pretensión no me impide reconocer que el libro de Chartier que cité antes es importante, porque encierra en sí mismo una visión historiográfica. El subtítulo del libro, “Los orígenes culturales de la Revolución francesa”, fue su título principal en francés y parafraseaba el de otro libro clásico que en 1995 Chartier consideraba  haber superado. Se trata del ensayo que Daniel Mornet había publicado en 1933 con el título “Los orígenes intelectuales de la Revolución Francesa”: si allí se sugería que la principal causa de la revolución había sido la ilustración, ahora se buscaban otros orígenes e incluso se llegaba a firmar que había sido al revés, que la revolución había construido el concepto de ilustración que venimos defendiendo desde entonces. Eso quiere decir que la burguesía había seleccionado, de entre todo el magma de publicaciones dieciochescas, aquellas cuyo contenido legitimaban sus realizaciones revolucionarias: los ejemplos que suelen ponerse en ese sentido, tanto las inscripciones en el sarcófago de Voltaire como  la reivindicación de Rousseau por parte de Robespierre, son especialmente esclarecedoras. La burguesía revolucionaria seleccionó los pensadores que le convenían y creó así el Olimpo de pensadores que nosotros explicamos aún en clase. Sólo admitieron a unos pocos en el Panteón de Hombres Ilustres, rechazaron a los radicales y crearon así una genealogía de la revolución a la que, probablemente, aquellos autores no aspiraban. Del mismo modo, los independentistas americanos definieron a Tupac Amaru como un antecedente ilustre, a pesar de que sus objetivos respectivos se parecían como un huevo a una castaña, de lo que se deduce que deberíamos desconfiar de las genealogías manipuladas.

El título de Mornet suponía que las ideas pasan del libro al lector, y que éste cambia su consciencia y desarrolla una acción acorde con lo que ha leído. Por Chartier sabemos que las transformaciones culturales que permiten la producción, circulación y aceptación de ciertas ideas son más profundas. Voltaire no hubiera tenido éxito si no se hubieran instalado ya profundas transformaciones en la cultura francesa: el incremento de la lectura individual, el mayor acceso a los libros, la pérdida de la hegemonía cultural de la iglesia, la crisis del carácter sagrado de la monarquía absoluta, la nueva cultura política que se aprecia en la prensa escrita, y el inicio de la opinión pública. Todos esos cambios habían creado las circunstancias propicias para aceptar ciertas ideas, y no al revés. Todos esos cambios provocaron una revolución de las mentalidades que hicieron pensable la revolución. No vale decir que los libros provocaron la revolución, sino que el libro circulaba cuando el cambio que producirá la revolución ha empezado ya. En conclusión, la revolución tuvo orígenes culturales, y no orígenes intelectuales.


martes, 8 de septiembre de 2020

ILUSTRES ILUSTRADOS (2): EXCESOS Y ÉXITOS DE LA RAZÓN

 

Para comprobar que aquello del progreso, como la “Fuerza” en Star Wars, tenía su “lado oscuro”, no hizo falta esperar a Dar Vader: aquel gigantesco matadero que fue ya la Gran Guerra conmocionó a una generación entera. Tomar consciencia de que el progreso tecnológico y científico no necesariamente conducían al hombre a la felicidad, de que incluso una joya exquisita de moderna sofisticación como el Titanic podía ser el protagonista de una tragedia tratando de superar un reto técnico, y recordar la distancia a la que estaba la condición humana de la capacidad divina de crear, de someter a la naturaleza, abrió algunas dudas sobre la ilustración en tanto madre ejemplar del progreso.

En ese sentido cabe citar las conferencias que pronunció en la Universidad de Yale el historiador norteamericano Carl Becker bajo el título “La ciudad de Dios en el siglo XVIII” (1932): allí propuso una interpretación crítica y provocadora de la ilustración, que, lejos de contraponerla a lo medieval, buscaba algunas semejanzas con el cristianismo. De hecho, decía, se la podía considerar una religión en sí misma, con un nuevo contenido: si “en el s. XIII las palabras clave serían, sin duda, Dios, el pecado, la gracia, la salvación, el cielo, y similares; (…) en el XVIII las palabras sin las que ninguna persona iluminada podría llegar a una conclusión reparadora fueron naturaleza, ley natural, razón, humanidad”. La ilustración queda definida pues como una nueva fe, que había sustituido la concepción depravada del hombre típica del cristianismo por la del hombre “bueno por naturaleza”, que había pasado de predicar la salvación eterna como recompensa futura a filosofar sobre el sentido de la vida en la vida misma, y que había sustituido el providencialismo por un mantra nuevo, la idea de que la razón sirve para mejorar el mundo. Es más: si en la cosmovisión cristiana el consuelo ante las tragedias de la vida podía encontrarse en la fe, los ilustrados verán posible la felicidad en nuestra liberación de la ignorancia y la superstición. La idea de que la ilustración había convertido en religión los asuntos humanos, que era en sí misma una nueva cosmovisión religiosa en la que se podía reconocer ciertas liturgias, fiestas, un santoral y ceremoniales, abrió una grieta importante en la consideración positiva de la ilustración.

El período de Entreguerras estaba siendo una mala época para el recuerdo de los ilustrados: dejaban de ser definidos como sinónimo de progreso mientras la sinrazón fascista celebraba la acción (bruta) sobre el pensamiento (en el que sus uniformados entusiastas apenas veían aburrida especulación). Sin embargo, aunque de forma minoritaria, el irracionalismo fascista permitió recuperar elogiosamente la lucha dieciochesca de los ilustrados contra la censura y las prisiones del absolutismo. Julien Benda no sólo respondió a la celebración nacionalista de aquellos pensadores del siglo XVIII que se había hecho anteriormente, sino que definió la ilustración como lo contrario al particularismo: lo propio de la cultura ilustrada no es el nacionalismo, sino el cosmopolitismo, como demuestran los viajes, la correspondencia y los debates de alcance europeo en los que participaron muchas de esas divinas plumas. Es más: Europa queda definitivamente definida como el espacio geográfico de valores compartidos… por la ilustración. La respuesta de Julien Benda al nacionalismo se producía en unos años en que los nazis y sus imitadores más radicales arrastraban a Europa hacia la catástrofe: asumiendo aquel papel crítico que los ilustrados habían ejercido, supuestamente, a finales del s. XVIII, Benda se atrevía a recomendar extender el modelo que nos habrían proporcionado. En su “Discurso a la nación europea” (1939) sugería que la gran aportación de la ilustración había sido el intelectual comprometido con su tiempo para criticar el poder haciendo de referente moral y, viendo a los hombres de cultura de los años treinta  someterse a la sinrazón del fascismo, lamentó “la traición de los intelectuales” que habían abandonado su función natural y se habían sometido con más o menos entusiasmo a la fe nacional. Ese papel comprometido que Benda pedía a los intelectuales de su tiempo fue el que asumió un joven italiano que, habiendo sido purgado su padre como catedrático de Historia del Arte en la Universidad de Turín por negarse a prestar juramento al régimen fascista, había tenido que marcharse de Italia y estudiar en la Sorbona. Digo que asumió ese papel porque no sólo se vino a luchar por la República española, sino que continuaría su activismo político contra el fascismo hasta ser confinado en un campo de concentración al sur de Italia entre 1941 y 1943. Se llamaba Franco Venturi, y, camino de ser años después uno de los grandes expertos en la ilustración, publicaba ya en 1939 “Juventud de Diderot”. En estos trabajos, los ilustrados quedaban definidos como una minoría elitista de intelectuales enfrentados a la tiranía; y algunos pensadores del s. XX acentuaban su visión como activistas políticos viendo en ellos un antecedente ilustre. 

La pesadilla de la guerra barrería, entre tantas otras cosas, aquella concepción política de los ilustrados como activistas libertarios. Hubo quien, exhausto tras aquel Armagedón de destrucción, sugirió que era precisamente la razón ilustrada (concretada en el culto a la ciencia y la técnica) la que nos había llevado hasta el infierno. La postmodernidad, que ya había enseñado la patita por debajo de la puerta presentando algunas dudas sobre las virtudes de la razón a comienzos del siglo XX, cuestionaría durante la postguerra europea cualquier concepción positiva de los ilustrados. Dos filósofos de la Escuela de Frankfurt, Adorno y Horkheimer (Dialéctica de la Ilustración, 1947), acusarían a la ilustración de consagrar mitos -la razón científica, la unicidad de la verdad…- en cuyo nombre se habían cometido delitos horrorosos. Según esta visión, el nazismo había pretendido ordenar racional y científicamente el mundo en base a un ideal al que todos debían someterse en tanto verdad incuestionable. Y todo porque los ilustrados habían abierto la veda del pensamiento para la acción, de que “todo lo pensable es practicable”. Visto así, concluían, el más genuino de los ilustrados no sería Voltaire, sino Sade, que había actuado sin consideraciones éticas, sin pudor ni límites, hasta convertirse en un monstruo. Parece claro que esta visión de la razón como un instrumento de poder, como una herramienta de dominio, procedía de la experiencia traumática que había significado esa orgía de sangre y destrucción que había sido la guerra total. Los filósofos de la Escuela de Frankfurt sugerían que en el corazón de la ilustración acechaba el terror político: ciencia y técnica habían permitido seriar, organizar, planificar y ejecutar el Holocausto. Por tanto, la ilustración había conducido al totalitarismo porque, más allá de buscar significado al mundo, pretendía ejercer el poder de la razón sobre la naturaleza, sometiéndola como una manera de abrir camino hacia la felicidad humana, venciendo todo cuanto se oponga, y a todo a quien se oponga a la verdad deificada. La ilustración había fracasado porque, lejos de haber liberado a los hombres del miedo, había traído el infierno a la tierra.

Las élites intelectuales de las antiguas colonias que iban accediendo a la independencia reforzaron pronto esa visión: el pensamiento ilustrado les parecía eurocéntrico, racista e imperialista, y había lavado hipócritamente su conciencia por la tragedia colonial escudándose en su supuesta misión histórica, “la pesada carga del hombre blanco”, la obligación moral de acudir a los territorios vírgenes a luchar contra la superstición y llevar la cultura (y, ya de paso, llevarse todo cuanto permitiera alimentar las fábricas del hombre blanco). La ilustración había justificado los excesos del imperialismo…

Sin embargo, la Escuela de Frankfurt y las voces de los colonizados se quedaron solas reflexionando críticamente sobre la ilustración: durante la Guerra Fría ambos contendientes se sentían descendientes de aquella apuesta por el pensamiento técnico y científico como arietes del progreso, bien fuera a golpe de iniciativas privadas o Planes de Desarrollo. Así que la visión de la ilustración como emancipadora y progresista triunfó de nuevo. Incluso Hobsbawn escribiría que los valores ilustrados habían sido de las pocas cosas que, en la era atómica, había impedido la barbarie definitiva. Foucault celebraba los 200 años del artículo de Kant definiendo la ilustración como una ética del comportamiento, una forma de ser. Regada por una prosperidad que, durante los “Treinta Gloriosos” parecía no tener fin, se consolidaría de forma casi unánime la visión optimista de un movimiento original y unitario, paneuropeo, laicista, coherente y –como ironiza Gonzalo Pontón- “Padre de la democracia, defensor de la igualdad y redentor de los oprimidos”. Fue entonces cuando nuestros libros de texto se llenaron de explicaciones más o menos sistemáticas de un programa presuntamente compartido –hostilidad hacia la religión, búsqueda de la libertad, progreso alcanzado con la aplicación de la razón- en el que apenas se podrían distinguir –como fijaba Peter Gay en The Enlightenment: an interpretación (1966)- tres fases, representadas por Voltaire (1), el trío Diderot-D’Alembert-Rousseau (2) y Lessing-Kant (3).

Las investigaciones posteriores fueron ampliando el concepto durante los años cincuenta y sesenta: Paul Hazard veía sus antecedentes muchos años antes, entre 1680 y 1715, y ya Peter Gay había visto triunfar por primera vez el programa de la ilustración en la independencia de las Trece Colonias. La ampliación geográfica del concepto la continuó Franco Venturi, al que podemos ver joven en la foto inferior: en uno de sus libros (Settecento riformatore , 1969) decía que era en la periferia política donde se podían analizar más fácilmente las tensiones de la ilustración, por lo que expandió su área de búsqueda por Italia, los Balcanes, Polonia, Hungría y Rusia. También se buscaba huellas ilustradas más allá de los grandes textos de los filósofos y se empezaron a analizar periódicos, cartas y panfletos. Esta ampliación del concepto llegaría a renovar los estudios sobre la ilustración ya en los años setenta…




lunes, 7 de septiembre de 2020

ILUSTRES ILUSTRADOS (1): DE CULPABLES A HÉROES

 


Hasta que un periódico berlinés organizó un concurso para premiar la mejor respuesta a la pregunta “¿Qué es la ilustración?”, ni la Enciclopedia se había propuesto definirla. El ganador del concurso fue Immanuel Kant, quien veía en ella “la salida del hombre de la minoría de edad, a la que se encuentra sometido por su propia culpa. Porque su causa estriba, no en la falta de mente, sino en la falta de decisión y del valor de utilizarla sin ser guiado por nadie. Sapere Aude! Ten el valor de servirte de tu propia mente. Ese es el fundamento de la ilustración”. Después de la bronca que nos ha pegado Gonzalo Pontón al recordarnos que no hemos traducido, ni interpretado, correctamente los textos originarios de los ilustrados, lo cierto es que cojo temblando las fuentes primarias, con el respeto que, de he hecho, merecen. Sin embargo, parece claro que –contra la verdad revelada por la fe o la tradición- Kant está proponiendo una búsqueda, una desconfianza, en definitiva una apuesta por mirar con nuestros propios ojos, un espíritu crítico.

Resulta irónico que un movimiento que supuestamente encumbra la razón como herramienta de conocimiento de la verdad se deba explicar como algo tan mistérico, “un espíritu”, o inconcreto, “una desconfianza”. Y es que explicar qué es la ilustración no es fácil, y de hecho en secundaria y en bachillerato solemos recurrir al tópico que, tras describir el Antiguo Régimen como unos tiempos siniestros, presenta aquellos pensadores –diversos, contradictorios si se quiere, pero que compartían una actitud crítica- como los sagaces formuladores de las alternativas dispares –por mucho que la mayor parte de ellos quisiera salvar con reformas aquel mundo agonizante-  que contribuyeron a alumbrar el mundo contemporáneo. Es un esquema útil y didáctico, pero esencialmente falso, por lo que está bien que –en un premiado libro reciente- Gonzalo Pontón nos advierta sobre la necesidad de matizarlo.

Hace apenas un año que yo hubiera aplaudido con las orejas al leerlo, porque –con una impostura tan chic como podía- les llamaba “fachas” a propósito para escandalizar a los auditorios más sensibles con un anacronismo evidente. Incluso cuando me ponía en plan sutil les recordaba que Voltaire –tan moderno y tolerante él- tenía parte de su capital invertido en el comercio de esclavos; o cómo Rousseau –más melómano que altruista- acudía disfrazado al concierto de un castratti. Lo que quiero decir es que comparto la desconfianza por aquellos plumillas de vía estrecha con la que Pontón acaba su libro, un manual de autor sobre el siglo XVIII. Y, sin embargo, el recordatorio me parece un poco a destiempo. Sé que nada más decirlo se escuchará un rumor de desaprobación a mi izquierda, y a alguno de mis amigos rastafaris escucharé cuchichear un “¡Ya estamos! ¿Y cuándo es el momento? ¡Nunca, seguro!”, ganándose alguna risita de complicidad  mientras me dirige aquella mirada por encima del hombro que descalifica como presuntamente conservador todo aquello que no aplaude sus gracias libertarias. Voy a ver si puedo explicarme mejor, no vaya a ser que mis amigos progres se crean que estoy defendiendo a muerte aquellos ilustres pensadores a los que, como dice Pontón, no podemos considerar revolucionarios con pedigree  porque aquella avalancha de cabezas rodando les hubiera incomodado, y que –más que la filantropía- defendió sobre todo las conveniencias (revestidas de elevados códigos morales) de la burguesía en ascenso.

A todos los que las libertades nos tiran de la sisa y nos gustaría ver ampliado su margen nos incomodaba que esos tímidos timoratos fueran elevados al olimpo de los activistas como padres del pensamiento moderno. Pero de pronto llegó la COVID, que entiendas como resultado lógico de una economía depredadora que destruye ecosistemas, o del progreso globalizado que viaja en avión, nos obligaría a hablar de la oportunidad del desmontaje del estado del Bienestar, o del fanatismo con que se agitan las banderas. Sin embargo, quizá para evitarlo, quienes con más entusiasmo han tomado la palabra son un sinfín de tarugos sin cuento que acuden a hacer su agosto de confusión. Hoy por hoy, por mucho que lo que dice Pontón en su manual de autor me parece un recordatorio urgente de la necesidad de volver a las fuentes y, para acercarnos a la verdad, deshacernos de los tópicos interesados con que leyeron / nos presentaron a los ilustrados los historiadores del positivismo decimonónico, Voltaire y Rousseau, con sus mil carencias, me parecen más oportunos que toda esta multitud de terraplanistas, antivacunas, conspiranoicos, neonazis y adoradores de ovnis, que saturan la red de idiotadas… gente que te hace pensar que razón, verdad, ciencia y lógica, que ya empezaron a ser cuestionados cuando la Gran Guerra segó todo optimismo en las trincheras, constituyen un corsé más liberador de lo que la izquierda pensaba. No es que quiera negar la crítica que los del 68 y otros progres dirigieron al culto insensato al becerro de oro del progreso, sino que me gustaría evitar que toda esta fauna nos devuelva al pleistoceno. Me escandalizo al pensar que en pocos meses haya podido cambiar tanto de opinión, pero es que el debate sobre el significado de la ilustración es más complicado (y angustioso) de lo que parece.

Como que todo cuanto aborda la historiografía hierve a fuego lento, cada época ha tenido su propia lectura de la ilustración. En su día los filósofos tuvieron una acogida muy favorable entre los gobernantes europeos: el postureo no se inventó en los bares de la Barcelona post-olímpica, y la zarina Catalina (tan cacareada últimamente en las plataformas), e incluso Federico de Prusia desde el fondo de su armario, coquetearon con ellos (aunque siempre que fue posible… por carta). Ni que decir tiene que no les reían todas las gracias, pero sí aquellas que contribuían a racionalizar el esfuerzo controlador del estado, pasando a la historia como déspotas (más o menos) ilustrados. Sólo en plena resaca postrevolucionaria hubo quien –borrachos de razón, o con una sensibilidad afectada (o enfermiza)- empezó a criticarlos.  Los primeros románticos –que preferían la fantasía a la ciencia, el genio creador a la reflexión paciente, y el particularismo al cosmopolitismo- reaccionaron con furia contra el racionalismo, que les parecía uniformizador, y acusaron a la ilustración de haber traído la revolución. Para ellos, lejos de constituir ningún progreso, apenas la veían como la culpable de aquel episodio terrible de sangre y violencia. Hasta que Tocqueville no escribiera, años después, “El Antiguo Régimen y la revolución”, los acontecimientos de Francia no serían resultado de un complejo ovillo de causas a desentrañar, sino de una conspiración que habían impulsado a escondidas cuatro masones muy empolvados y con peluca.

El acceso de la burguesía en la dirección del estado comportó una nueva visión a finales del s. XIX: la Europa de la Belle Epoque, aunque sólo era bella para aquellos burgueses de puro, chistera, levita y bigote, vio en aquellos pensadores un antecedente ilustre. Incluso Nietzsche, a quien aquella Europa tan señoreada y encantada de haberse conocido le rechinaba, llegó a dedicarle a Voltaire, con motivo del centenario de su muerte (1878), su “Humano demasiado humano. Un libro para espíritus libres”. Allí celebraba la ilustración como uno de los grandes eslabones del progreso humano, desmentía que hubiera traído la revolución (porque, en ese caso, no hubiera estallado solo en Francia) y distinguía entre una ilustración contraproducente (los delirios igualitaristas de Rousseau) y la que, representada por Voltaire, hubiera permitido desenmascarar al cristianismo y consagrar esa linterna con que contaba el (super)hombre para abrirse camino entre las tinieblas de la superstición… Ernst Troelsch profundizaba en esa visión (“Teoría sobre la ilustración”, 1897) sustituyendo el binomio “ilustración = revolución”, tan cacareado hasta entonces por los sectores más reaccionarios del primer romanticismo, por el binomio “ilustración – progreso”: todo lo anterior a la modernidad racionalista pasaba a ser medievalizante, y sólo la ilustración había logrado sustituir el dogma (la verdad sobrenatural) por el empirismo (la verdad científica). El progreso pasaba por el capitalismo, aquellos obreros ignorantes no sabían ver la grandeza del cambio moderado cuando se gastaban el jornal en cerveza barata y se emborrachaban de anarquismo, y el futuro se prometía tan feliz que urgía llevarle la buena nueva a los africanos, que, en tanto corrían en taparrabos por la selva sin respetar la hora del té, vivían todavía entre tinieblas de superstición.  

Así que el progreso y la lucha contra la superchería propios de la ilustración justificaban el reparto del pastel colonial. La burguesía alemana, que llegaba tarde a la fiesta pero lo hacía pletórica de éxito tras lograr su unificación también a golpe de “sangre y hierro”, apenas le añadió un matiz a esa definición tan optimista. Un pensador alemán de aquellos tiempos de positivismo historicista, Wilhem Dilthey, "nacionalizó" la definición de ilustración con tanta pasión como los franceses habían hecho con Voltaire: más allá de un sistema de ideas, una lista de ideas favorables o contrarias a otras, la ilustración había sido un espíritu, una mentalidad, una cosmovisión. Y en su voluntad de ampliar el concepto quiso desmentir la visión medievalizante que Nietzsche había propuesto de los tiempos de la modernidad encontrándole una excepción muy alemana: a sus ojos, la crítica del cristianismo instituido que había impulsado la reforma protestante en el siglo XVI era el antecedente ilustre de la toma de consciencia individual. Y ambas cosas, crítica e individualismo, constituían un paso decisivo en el camino hacia la ilustración del los alemanes –en aquellos tiempos de construcción de naciones- podían sentirse orgullosos. Dicho de otra manera, Kant y Goethe podían ser considerados “Padres de la Patria” porque aportando razón, ciencia y técnica habían puesto la primera piedra del estado alemán que Bismarck acababa de construir. Los estados  científicos que conformaban el mapa europeo en las vísperas de 1914 habían entronizado la ilustración: no esperaban que al masticarla en términos nacionales y progresistas se les iba a atragantar. La espina que se les clavó en el paladar se llamaría ametralladora.

miércoles, 29 de julio de 2020

¡MENUDO ELEMENTO! UNA BATALLA EN ESPAÑA DECIDIÓ LA II GUERRA MUNDIAL (y 2)


En el post anterior dejé gigantescos cargamentos de wolframio marchando hacia Alemania al inicio de la Segunda Guerra Mundial. Aunque pudiera parecer una inteligente estrategia para pagar la deuda de guerra acumulada por el apoyo de los nazis a Franco durante la guerra civil española, lo cierto es que en aquellas ventas pesaba mucho el carácter ideológico de la operación. Lo digo porque, si el único móvil hubiera sido económico, se hubiera constatado que era mucho más rentable vender a los aliados, que, a diferencia de los nazis, podían pagar en divisas. Vender a los nazis era, pues, una opción geopolítica, una preferencia, a pesar de que era mucho más difícil, porque el transporte del wolframio se hacía por mar y los aliados habían instalado una verdadera red de vigilancia e información en las rías gallegas que quería compensar el uso de los pesqueros como espías encubiertos que informaban a las “manadas de lobos” del Almirante Doenitz. Esa colaboración de la población gallega que el documental “La batalla desconocida” llega a definir como “fervor nazi en la zona”, favorecido por las islas de prosperidad y estraperlo que había impulsado la exportación de wolframio, era una demostración más de cómo esta España satelizada iba estrechando su alineamiento junto al Eje: las estaciones de ayuda a la navegación de submarinos, la División Azul, la red de espías nazis moviéndose impunemente por el país, o la ocupación de Tánger para permitir consulados del Eje absolutamente sobredimensionados y consagrados a espiar el estrecho, lo dejaban bien claro. Así que los aliados aumentaron la presión diplomática y consiguieron abrir una brecha en el gobierno que Franco había nombrado en 1942: contra el ministro de Exteriores, el general Gómez Jordana, un miembro de la vieja oligarquía (es conde de Jordana) dispuesto a contemporizar con los aliados, se sitúa Demetrio Carceller, ministro de industria y comercio, falangista y empresario, que desprecia el impacto diplomático de estos negocios que le llenan el bolsillo. Franco, como siempre diletante, usa el doble juego con dos ministros de signo opuesto para evitar plegarse a los aliados y continuar así el negocio.

Cuando en 1943 cambia el signo de la guerra, se precipita el último episodio de esta apasionante batalla diplomática. Será el momento en el que la batalla del wolframio se decida a favor de los aliados porque los alemanes vieron hundirse su capacidad de compra. Todo empezó con la reunión que se celebró el 20 de agosto de 1943 a petición urgente del embajador británico Hoare, quién plantó un ultimátum contra las remesas españolas de wolframio que salían hacia Alemania.  Desesperante en el uso de los tempos en política, Franco juega a desconcertar: el embajador confiesa por escrito que “los proyectiles que esperaba disparar sobre Franco en aquella reunión se ahogaron entre algodones”. Y eso sucedió porque, consciente de la importancia del negocio, el dictador trataba de evitar que acabara: aquellos ingresos extraordinarios le estaban permitiendo comprar oro –cuya procedencia inquietante sugiere el documental y callo ahora para evitar más spoilers- y acumular divisas. Ante el silencio de Franco, los americanos –que planean un gran desembarco en junio, y calculan que necesitan seis meses de defectuoso aprovisionamiento de wolframio por parte de los nazis para menguar su capacidad ofensiva- acaban con toda contemporización: no sólo exigen el cese del comercio, sino que imponen una fecha, enero de 1944, como límite, amenazando con el embargo al suministro de petróleo. Es una medida dura, así que se intenta justificar con una excusa: el “Incidente Laurel”: llamamos así a la grave crisis diplomática entre la dictadura y el gobierno americano desencadenada a finales de 1943 a causa del reconocimiento de facto del gobierno títere de José Paciano Laurel que los japoneses habían impuesto en Filipinas después de la ocupación del archipiélago. En Washington interpretaron el telegrama de felicitación enviado por Franco como un reconocimiento de facto y usaron aquella torpeza -cometida para congratularse con el Eje, sin reparar en la ofensa que representaba para los aliados-, para exigirle a Franco –en una entrevista que el embajador Carlton Yahes mantuvo con Gómez Jordana el 5-11-1943- el embargo total de todas las exportaciones de wolframio a Alemania y la expulsión de los agentes alemanes de Tánger. Franco le ignoró: es más, sabemos por Paul Preston que se entrevistó con el embajador alemán en Madrid, Hans Heinrich Dieckhoff, ý le dijo que temía que la victoria aliada supusiera su propia eliminación.

Así que el embajador Hayes presentó un ultimátum a Gómez-Jordana el 3-1-1944 exigiendo que las exportaciones de wolframio a Alemania cesaran inmediatamente, y, como no recibió respuesta satisfactoria, los americanos suspendieron en febrero los suministros de petróleo. El embargo petrolero durará cuatro meses, de marzo a julio de 1944, y afectó duramente al suministro energético, a los precios… y a la alimentación de la población. En el desfile de la Victoria del 1 de abril de 1944 no participaron tanques ni vehículos acorazados. Por mucho que la prensa oficial atribuyera la falta de combustible a supuestas presiones aliadas para suspender la neutralidad, y a las maquinaciones del exilio republicano, lo cierto es que la dictadura tuvo que claudicar firmando, el 29 de abril de 1944, un acuerdo tan repleto de cesiones que el secretario del Foreign Office británico, Anthony Eden, pudo declarar en la Cámara de los Comunes que Franco se había visto obligado a aceptar prácticamente todas las exigencias que se le habían planteado: reducción de las ventas de wolframio a Alemania, clausura del consultado alemán en Tánger, retirada de los voluntarios españoles del frente ruso.

Se había cambiado en octubre de 1943 la postura oficial de España ante el conflicto, abandonando la “no beligerancia” que regía desde la derrota francesa (1940) y que hacía del país, como le escuché decir tantas veces a Eduardo Martín de Pozuelo, “el cuarto miembro del Eje”. Pero el regreso oficioso a una nueva neutralidad escondía que se seguía prestando apoyo a los alemanes. Y eso nos hace pensar que, en realidad, lo que decidiría el final de la solidaridad con los alemanes fue la progresiva liberación de Francia, que cortó la comunicación terrestre con el Reich. Para demostrarlo, Joan Maria Thomas da un dato importante: al acabar la guerra, en la embajada alemana en Madrid se encontrarán en el sótano cientos de kilos de mineral que no se habían podido enviar, lo que sugiere que el corte físico de la comunicación tuvo más capacidad de interrupción que el cumplimiento español del protocolo firmado. También continuaron, hasta el final de la guerra, los puestos de observación alemanes, las estaciones de interceptación radiofónica y las instalaciones de radar… De hecho, creo recordar que le leía a Bernat muniesa que España fue el último país del mundo en cerrar la embajada nazi y arriar su bandera con la cruz gamada. Es una de las muchas vergüenzas de nuestra historia de difícil digestión, aunque el espectador de “La batalla desconocida” asistirá también hacia el final del metraje a un interesante balance: el de quién ganó y quién perdió con todas los tejemanejes y chanchullos del wolframio. No se llevará una sorpresa.


lunes, 27 de julio de 2020

EL ELEMENTO 74: UNA BATALLA EN ESPAÑA DECIDIÓ LA II GUERRA MUNDIAL (1)



Durante el confinamiento pude ver el documental de la gallega Paula Cons, “La batalla desconocida”, que emitió TVE y he podido repetir en Filmin. Indaga en un episodio poco conocido para el gran público: la batalla del wolframio que libraron los aliados y los nazis en España durante la Segunda Guerra Mundial. Puede parecer un tema secundario, pero este interesante trabajo parte de una idea provocadora: la lucha por conseguir este mineral fue la batalla económica más importante de la contienda. Para demostrarlo, ya al comienzo del documental, se recogen las declaraciones del embajador alemán de entonces, Hans Heinrich Dieckhoff, quien llegó a escribir que el wolframio era, para los alemanes, “como la sangre para el hombre”. 

Si, como se asegura esa tesis tan provocadora, en el Bierzo y en Galicia se decidió el desenlace de la guerra… ¿por qué apenas conocemos esa historia? Los especialistas que participan en el metraje -Eduardo Rolland, Joan Maria Thomas y Emilio Grandío, autores de los libros cuyas portadas incluyo en este post- reflexionan sobre la presencia del tema en los archivos. Pero en seguida se da la palabra a los técnicos que nos definen el wolframio como un metal con propiedades muy singulares, que conserva a una temperatura muy alta: tiene una densidad como la del oro, y el punto de fusión más elevado de toda la tabla periódica, lo que hace que no se deforme ante las altas temperaturas que provoca el impacto y la explosión de obuses y otros proyectiles. Eso explica que los panzer parecieran indestructibles ante los tanques Sherman de los americanos y que el wolframio se convirtiera en un bien tan preciado. E, indirectamente, que su creciente demanda generara en Galicia bolsas de prosperidad que atrajeron a empresas, inversores, recaudadores de impuestos, aventureros y contrabandistas. Las voces en primera persona que recuerdan el ambiente de aquel extraño “Far West” constituyen uno de los momentos más interesantes de “La batalla desconocida”, aunque las notas que tomé estuvieron más pendientes de la influencia de este episodio en el contexto global que se vivía: la II Guerra Mundial.

Para empezar, me pareció apasionante cómo empezó todo. Coincidiendo con el inicio de nuestra guerra civil, el III Reich había puesto en marcha el Plan Cuatrienal, un programa económico de largo alcance para proveerse de los recursos económicos necesarios para empujar la economía de guerra. Goering había encargado una campaña de exploración de yacimientos en España para encontrar minerales estratégicos, para la que había destacado a ingenieros de minas y geólogos de primer nivel. Esta operación, cuya denominación en clave hará sonreír al espectador que vea el documental, se mantuvo tan oculta a la opinión pública alemana como el apoyo que se prestó al bando franquista. Y es que cuando el golpe de julio de 1936 fracasó, dejando el país fragmentado en “dos Españas”, los golpistas buscaron desesperadamente ayuda para desbloquear la situación, y un tal Johannes Bernhardt, que apenas tenía contactos, se ofreció a mediar con la Alemania nazi. Ni él mismo podía soñar, en aquel momento, que acabaría convirtiéndose en el gran factótum del III Reich en España. ¿Cómo? Por pura casualidad. Este comerciante alemán asentado en Marruecos logró, contra todo pronóstico, entrevistarse con Hitler. Ian Kershaw y otros especialistas en la historia política del III Reich han descrito en los últimos años la caótica e impulsiva forma de gobernar, si es que se puede usar ese verbo en su caso, del dictador alemán. Costaba tanto que diese órdenes concretas como encontrar coherencia entre sus ataques de verborrea histérica y sus actuaciones posteriores. Apenas reunía al gobierno, por lo que había ministros que no le veían durante meses. Sin embargo, la misión que encabezaba Johannes Bernhardt tuvo mucha suerte, porque, pese a esa inaccesibilidad del líder todopoderoso, coincidió con él mientras el canciller asistía a una representación el 25-7-1936 de su ópera favorita, El anillo del nibelungo, en Bayreuth. La casualidad quiso que Bernhardt trabajara para el hermano de Hess, que éste llamara a Alfred Hess, que Hess pudiera forzar la reunión y que –como resultado de la ayuda pedida en ella- los golpistas españoles recibieran ayuda a crédito de material de primera calidad para hacer el puente aéreo entre África y Sevilla con el que trasladar a la península al ejército colonial. Ese mismo mes de julio se precipitó la creación de una sociedad ficticia, la HISMA, la Compañía Hispano Marroquí de Transportes, con la que se pretendía ocultar el suministro: nada más montar el tinglado ya se decidió que, como Franco no tenía divisas, la ayuda se pagaría en materias primas, con lo que quedaba institucionalizada la deuda de guerra. Por tanto, el beneficio que obtuvo la Alemania nazi de su participación en la guerra civil española fue más allá de ensayar con nuevas armas: la deuda de guerra, que se llega a valorar alrededor de unos 500 millones de marcos, unía el destino de España a los nazis. Podríamos decir que la satelizaba.

La historia da un vuelco cuando, en septiembre de 1939, los alemanes invaden Polonia. El estallido de la Segunda Guerra Mundial acelera el interés alemán por el elemento 74 de la tabla periódica: les urge para construir armamento. Y esa necesidad perentoria permitiría aliviar el hambre a la España de postguerra: en un contexto de privacidades, fueron muchos -fabricantes, estado y población cercana a las minas- los que vieron un suculento negocio en aquella demanda disparada que ponía en valor, como si de una especie de “fiebre del oro” se tratara, la riqueza mineral del territorio. Es entonces cuando estalla esa “batalla por el wolframio” entre los aliados y los nazis, por empresas interpuestas, a la que, por la dureza del enfrentamiento y la importancia del mineral para ambos contendientes, llamamos la batalla económica más importante de la guerra. Consistía en conseguir que los adversarios compraran más caro a costa de pagar más uno mismo por el wolframio, por lo que una lluvia de millones regó aquellas zonas mineras de Galicia a medida que el precio subía, desde las 8.000 pesetas por tonelada que se cobraron por el wolframio en 1939, hasta las 32.000 pesetas en 1941, y 260.000 pesetas en 1945.

El Consejo Ordenador de Minerales Especiales de Interés Militar advirtió la entrada masiva de divisas, y el estado se enriqueció cobrando tasas a la exportación y negociando facilidades para pagar la deuda de guerra.  Cuando en 1943 el wolframio representó el 28% de las exportaciones españolas, no sólo era un buen negocio para el erario público sino también para intermediarios, cargos públicos que trapicheaban y los más de ochenta mil trabajadores movilizados. ¿Quién se puso al frente de las compras, la gestión de las minas y el transporte a Alemania de todos esos productos? Johannes Bernhardt, que había convencido a Hitler para que ayudara a Franco en la guerra civil española. Este directivo de importantes empresas del conglomerado nazi, cercano a Göering, había ido estrechando su relación con Franco, que le condecoró con la cruz de Isabel la Católica y se enfrentaría a los aliados por protegerle: le haría español y evitaría su entrega, hasta que en 1952 se marchó a Argentina. Él era el hombre clave en SOFINDUS, la sociedad financiera industrial, agencia fundada en 1938 para acoger todas las empresas dedicadas a proteger los intereses económicos alemanes en España, especialmente la exportación de materias primeras valiosas, un holding de actividades distintas, de la agricultura a la minería, con empresas de nombres españoles pero capital de la ROWAK, y por tanto propiedad del ministerio de economía del III Reich. Convertirse en un satélite del Reich parecía muy rentable entonces, pero… ¿y si la guerra daba un giro?





miércoles, 15 de julio de 2020

EL MINISTERIO DEL TIEMPO: APRENDER UNA HISTORIA MEJOR (y 2)


Felipe III confirma el Tratado de Londres, en un episodio que presenta al duque de Lerma era belicista y la reina Margarita pacifista: ¡fue al revés! En el episodio 37 presentan ya anglicana a Isabel Tudor en 1558. Más que errores parecen simplificaciones que hagan inteligible la trama al espectador.


Decía en el post anterior que “El ministerio del tiempo” había cumplido con algo más que una tarea divulgadora de la Historia de España, que también contenía una nueva mirada historiográfica que pretendía superar la retórica peripatética del nacionalismo más casposo, y también los lamentos por el fracaso reiterado y la tragedia repetida que han caracterizado a la mirada más progresista. Es imposible mirar atrás y que no se te encoja el alma en un suspiro, y de hecho en la serie pasa: a menudo alguno de los protagonistas explicita que cada vez que pasa por una puerta del tiempo le parece encontrarse “el duelo a garrotazos de Goya año tras año, siglo tras siglo, en una guerra civil permanente”. Eso sugería Amelia en el capítulo 25 cuando le compraba al pintor su grabado “El sueño de la razón” y le veía reñir con las duquesas de Alba y Osuna, y –cansada de tanta miseria- le echara en cara que “así ha pasado siempre. Los inteligentes acaban divididos en mil luchas intestinas, los audaces frente al pelotón de fusilamiento, los íntegros en el exilio, y los inocentes en la miseria”. Esa tristeza flota en la serie como una especie de personaje fantasmagórico que reaparece muchas veces: ya en el capítulo 3 una Lola Mendieta madura, que aún parece malvada, lamenta la victoria francesa en 1812 porque permitió a Fernando VII anular la Pepa, matar al Empecinado y que “nuestros mejores” (refiriéndose a Goya o Jovellanos) se tuvieran que exiliar; a continuación se pregunta si vale la pena que el Ministerio se desangre –a veces explícitamente- para salvar esa Historia de dolor…

Por poco que uno conozca de la Historia del país resulta difícil no sentirse así de descorazonado. Pero me parece que la serie intenta superar esa tristeza peripatética con dos estrategias: revisando científicamente la historia, y rescatando del olvido a los personajes que nos robó la historiografía oficial para que generalotes y moralistas de medio pelo ocuparan su lugar. Por lo que respecta a la revisión científica no sólo he visto pequeñas explicaciones teóricas, como la que Amelia hace del romanticismo en el episodio sobre Bécquer. También se desnuda el discurso histórico de apriorismos nacionalistas: hay un ajuste de cuentas con Torquemada (4) y cierto reconocimiento de las víctimas de la inquisición. Ya en el capítulo 3 Amelia le desmiente a Alonso la expresión “imperio español”: Breda es una victoria de mercenarios, y Spínola era genovés. El capítulo dedicado a los “últimos de Filipinas” está más pendiente de las miserias del reclutamiento que de ninguna épica imperial (15). La misión en Yucatán (29) muestra muchas de lasmiserias de la conquista: de hecho, que el agente del ministerio en aquel tiempo sea Bernal Díez del Castillo ya es toda una declaración de intenciones. A Felipe II le ponen fino en el capítulo 21, donde se consagra la inquisición como instrumento del poder real. Y cuando unos radicales –los Hijos de Padilla- intentan atentar contra Alfonso XII durante el Consejo de Ministros que en 1881 celebró en la finca del Marqués de Comillas, cuyo pasado esclavista es el hilo conductor del episodio 27, se denuncia la Restauración como un régimen corrupto: “dos partidos se reparten el poder y enriquecen a cuatro empresarios”. También se traza un paralelismo entre los moriscos expulsados en 1609, que son “tan españoles como nosotros” (31), y los refugiados que llaman hoy a las puertas de Europa, y –en el episodio 9- se confecciona un retrato del Cid como mercenario.

Que Isabel la Católica grite "Yo soy la reina de Castilla, no mi esposo" es una lección sobre la época moderna, en la que se ambienta el 35% de las tramas de los episodios. Sólo un 11% de las tramas transcurría en la Edad Media; el 53% en la contemporánea

Que la serie encierra una mirada historiográfica, pues, parece obvio. Es cierto que evita algunos debates –la autoría del Lazarillo, por ejemplo, en el capítulo 6- pero a veces plantea que puede haber miradas distintas sobre el pasado: en el episodio 26 el talante de Godoy puede parecer tiránico, pero Amelia recuerda su papel en la protección de la ilustración. También se ejercen miradas historiográficas contradictorias cuando, en el capítulo 5 una misión para proteger el retorno del Guernica permite celebrar el Madrid de la movida, pero –cuando el objetivo es que Almodóvar conozca a Banderas (36)- el reencuentro de Pacino con aquellos años es una tragedia, porque a su antiguo amigo del instituto le diagnostican la plaga que puso fin terminó con la bohemia creativa. Queda claro así que los ochenta tuvieron dos caras, y que debemos evitar que la nostalgia empañe la mirada.

Los guionistas incluyen pues, también, una mirada comprometida con el presente: hay capítulos que denuncian la violencia de género (38), los desahucios o los recortes del estado del bienestar: Salvador Martí, cuando descubre a la empresa americana que trapichea viajando en el tiempo, afirma enfadado que “hay cosas que no se pueden privatizar, como la educación, la sanidad o los viajes por el tiempo”. Hay cierta normalización de la diversidad en la forma alegre y desprejuiciosa con la que Irene Larra vive su sexualidad, y también se procura empoderar a los personajes femeninos: no sólo porque Amelia es una agente inteligente y culta, y por eso dirigirá la mayor parte de operaciones de la patrulla. También porque los espectadores conocen a María Pita, y a las “Sin Sombrero” en un capítulo (18) en el que Irene se dice fascinada por Clara Campoamor, a la que, en un capítulo posterior con momento emotivo, puede agradecer su trabajo personalmente en el París de la Exposición Universal de 1937 a costa de perderse un “cameo” con Josephine Baker. Esa manera simbólica de saldar la deuda que tenemos con uno de los grandes personajes de nuestro pasado va en la línea también de la relación especial que Julián tiene con Federico: su abrazo al final del capítulo 8, y su reencuentro posterior, que hacen de Lorca un personaje simbólicamente inmanente sobre parte de la trama de la serie, simbolizan, a mi entender, la relectura de la historia de España que se pretende. Le debemos ese abrazo a Federico y ese agradecimiento a la Campoamor; dárselo en la serie no sólo es justicia poética, también constituye una oportunidad de reconciliarnos con esa historia tan ingrata de exilios, hogueras  y espirales de venganza. Yo mismo, cuando descubrí a Emilio Herreraen el capítulo 40 –mucho más que un pedazo de ingeniero- me quedé tan emocionado como enojado. ¿Por qué nos han robado esos personajes? ¿Quién se ha empeñado en callar sus voces? Y es que, como los protagonistas de “El ministerio del tiempo”, todos tenemos cadáveres en el armario que nos incomodan. España los tiene, y muchos. El mejor homenaje que se les puede hacer es contar su verdad, escribir sobre ellos, hacerle un hueco a sus gestas, conocerles, rescatarles de las cunetas de la Historia (y de las otras) y meterles a empujones en los libros. Agradecerles lo que hicieron contando su historia, recogiendo sus palabras o sus obras, en definitiva, darles vida.


¿Quiere decir todo eso que es una serie “de izquierdas”? No lo creo: que haya unas pocas secuencias en catalán y un guiño austracista (7) no la convierte en una serie independentista. De hecho, uno de los adversarios del Ministerio son los Hijos de Padilla, un grupúsculo revolucionario que coquetea con el terrorismo y a los que Amelia recuerda la cita de Sebastian Castellion “Matar a un home no es defender una doctrina, es matar a un hombre”. Los comunistas no salen bien parados (40), y una de las pocas polémicas historiográficas que ha generado la serie igualaba a los dos bandos de la guerra civil al recordar Lola Mendieta el bombardeo de Cabra (Córdoba) por tres Topolev soviéticos el 7-11-1938 como una “Guernica olvidada” (35). Si en algún momento la serie parece escorarse es porque quienes se manifiestan junto a una estatua de Don Pelayo o retiran bustos de Abderrahman III ocupan demasiados titulares: consumimos una historia de cartón piedra, y eso nos aleja de cualquier referente auténtico proveniente del pasado. Sólo una vez he escuchado a un político presentarnos la historia de España que deberíamos conocer: fue Pablo Iglesias, en el discurso que pronunció en el 2015 delante del Museo Reina Sofía, celebrando el resultado de las elecciones europeas que dieron protagonismo a su partido. Allí dijo que aquella noche se podía escuchar “la voz del pueblo de Madrid resistiendo al invasor, de Riego defendiendo espada en mano la constitución, de Torrijos desembarcando en Málaga, la voz de los demócratas de la Gloriosa, la voz de Joaquín Costa y la institución libre de enseñanza, la voz de Rosalía y la risa irónica de Valle Inclán, de las mujeres que lucharon por la extensión del sufragio y de los reformadores republicanos, de Clara Campoamor, de Victoria Kent, Margarita Nelken, Federica Montseny. Dolores Ibárruri (…) de Miguel Hernández, de Federico, de Machado y de Alberti. De los mineros asturianos, de Companys diciéndole a Madrid os habla vuestro hermano. De Durruti, de Largo Caballero, de Azaña y de Andreu Nin. Las voces políglotas de los voluntarios internacionales que por haber defendido nuestra patria serán españoles para siempre. De los que empuñaron las banderas de la libertad frente al terror. Las voces de los que lucharon contra la dictadura. De la clase obrera que ganó con huelgas sus derechos. Se escuchan voces en euskera, en catalán, en gallego (…) a Carlos Cano cantando a los emigrantes, las voces de Serrat, de Paco Ibáñez, de Rosa León, (…) de Manolo Vázquez Montalbán y de todos los que lucharon por un futuro mejor”.

Fueron muchos. Y muchas. Si les atiendes, de repente, todo parecer ser de otra manera. Dicen en “El ministerio” que “la historia es la que es”. Tienen razón. Pero si uno se atreve a meterse por cualquiera de sus puertas, encuentra una realidad muy distinta a la que cuatro machirulos borrachuzos nos presentan entre banderas.

Gracias, Clara Campoamor!
Irene Larra puede conocer en persona a uno de sus personajes favoritos de la Historia... y agradecerle su trabajo y su esfuerzo






domingo, 12 de julio de 2020

EL MINISTERIO DEL TIEMPO, APRENDER HISTORIA Y DIVERTIRSE (1)



Edu Soto caracterizado de Felipe IV... cuela!


Durante el confinamiento seguí el consejo de mi amigo Luis y me tragué sin parar las tres primeras temporadas de la serie “El ministerio del tiempo”, aprovechando que –entre mayo y junio- se iba a emitir la cuarta. Las aventuras de estos funcionarios –un enfermero actual, una universitaria de finales del XIX y un soldado de los tercios de Flandes- que,  al servicio de un imaginario ministerio secreto, se consagran a evitar cambios críticos en los acontecimientos del pasado, constituyen tramas de diversos géneros, mezclando la intriga, el costumbrismo y divertidos gags. La verdad es que tendré que agradecer que me hicieran fijarme en la serie, que en su día fue un fenómeno social que agitó las redes sociales, porque lo he pasado francamente bien viéndola. De hecho, fue un éxito de crítica y –aunque no arrasó en los audímetros- sí que logró una legión de fans –los “ministéricos”- que –tan activos en las redes como los trekkies, los losties o los whovians- inundaban Twitter de comentarios sobre los episodios. El impacto no acabó de gustar a los programadores televisivos del PP, que retrasaron el estreno de la tercera temporada en varias ocasiones, y fueron cambiándola de horario, a cada cual más peregrino, quién sabe si para desconectarla de sus seguidores. Y es que, aunque se trata de un producto comercial y fácil de digerir, tiene una cierta carga subversiva que podría explicar que algunos sectores de la derecha se incomodaran con ella.

Para empezar, no se puede cuestionar que –como producto mediático- “El ministerio del tiempo” ofrece una interesante labor divulgativa. Resulta casi imposible no contagiarse de una inquietante curiosidad cuando entras en la trama de un episodio. Quizá la mayoría de los espectadores pudieran calmarla con cuatro búsquedas precipitadas en la red, pero también los habrá que se habrán perdido entre libros para conocer qué trama de un episodio era real, y cual inventada. Los millones de espectadores que siguieron la serie aprendieron historia, o acabaron sospechando que la que les habían contado constituía un relato que –cuando menos- ofrecía dudas. ¿Quién no querría conocer los entresijos de la Operación Mincemeat (episodio 23), que quería despistar a los nazis ante el desembarco aliado en Sicilia (1943) sembrando Punta Umbría de pistas falsas, o espiar en el palacio de La Granja (41) mientras la esposa y el hermano de un agonizante Fernando VII rivalizan por la sucesión? ¿Quién no querría ver Lisboa con la Gran Armada a punto de partir (2), correr los sanfermines con Hemingway (19), asistir a la proyección de la Viridiana de Buñuel para los censores, o saber qué circunstancias convirtieron en un monstruo a Enriqueta Martí, la “Vampira del Raval”? ¿Quién no querría estar en el Hotel Pennsylvania de NYC en 1924 cuando Houdini se percató de que Joaquín Argamasilla, “el hombre con rayos X en los ojos”, era un impostor (14), o en la Residencia de Estudiantes durante una de las representaciones de Don Juan que dirigieron Buñuel y Lorca, con Dalí al fondo? ¿Quién no querría conocer de primera mano cómo fue el estreno de “Vértigo” de Hitchcokk en San Sebastián (22) o ver el Monasterio de Montserrat durante la visita de Himmler (3)?



¿Hay licencias? ¡Pues claro! ¡A montones! Sin ir más lejos, Lope y Cervantes compiten por conocer a Shakespeare en el capítulo 26 ¡Pero es que es ficción, un juego! Y las tramas no sólo quieren fidelizar al espectador a golpe de sonrisas: es que pretenden darle cierta informalidad a una Historia que hasta ahora se ha contado con una solemnidad tan falsa como patética. Por eso los discretos gags que contiene la serie me parecen tan ingeniosos, y me he reído con Julián pasándole consulta médica a Blas de Lezo (9), o con la cara a Menéndez Pidal cuando Charlon Heston le pregunta por los rifles del Cid (9). Cuando le describen las dolencias de Felipe V, Julián dice “¡Menudo cuadro!”: aunque la locura del primer Borbón se edulcora con los tópicos de la época (“El rey sufre de vapores melancólicos que le empañan el espíritu”), nadie le presenta como el “rey que refundó España y trajo la ilustración”. Aparecen las miserias que disimuló la Farnesio y, al final, se trata al personaje con cierta ternura socarrona: cuando el rey le confiesa que para ser feliz, lejos de necesitar un imperio, apenas quiere “una biblia y una mujer”, Julián añade “y un palacio de Versalles”, recordando su nostalgia por el trono de Francia. En ese sentido, hay episodios que constituyen un divertimento muy especial, como el que se desarrolla en la navidad que Napoleón pasó en Tordesillas encantado de conocer a la anciana abadesa del monasterio (12), o como el que presenta a Felipe IV jugando al “un, dos, tres”, en 1648… (36)


Sin embargo, la tarea divulgadora no me ha parecido la más importante de las que cumple la serie. Me atrevo a decir que presenta una línea interpretativa nueva de la Historia de España, que pretende superar las retóricas huecas con las que venía contándose. Basta con recordar la polémica inauguración de la estatua a Blas de Lezo en la Plaza Colón de Madrid, que simbolizaría el discurso al que me estoy refiriendo: ¿cómo es posible que ese acto galvanice el entusiasmo de una parte de la opinión pública, dispuesta a aplaudir la reivindicación de un militar dieciochesco que, por muy heroica que fuera su defensa de Cartagena de Indias contra los ingleses que la atacaban, estaba protegiendo las posesiones coloniales de un rey absolutista?¿De verdad nuestros referentes historiográficos deben defender imperios y gobiernos autoritarios? Pero es que mientras eso sucedía en la capital, una fundación privada en Catalunya se llevaba subvenciones públicas para investigar los supuestos orígenes catalanes de importantes figuras del pasado a las que –presuntamente- el malvado estado español había privado de identidad nacional. Ambas sandeces no sólo demuestran el éxito del populismo terraplanista de raíz trumpista a ambos lados del Ebro; también demuestran cómo ambas sociedades –presionadas desde altavoces mediáticos por nacionalistas de medio pelo repitiendo sórdidos discursos reaccionarios- fueron engañadas con falsas épicas historiográficas para beneficiar sucios intereses políticos de presente. Mientras esa basura discursiva lo inundaba todo –Franco salvó a España, o España es Mordor- el trabajo científico que se desarrollaba en la Academia apenas cundía, porque su capacidad productiva y el espacio mediático que ocupaba resultaba, en comparación, insignificante.

Entonces llegó “El ministerio del tiempo”, planteando un discurso historiográfico diferente. Cuando en el 2014 vi su primer episodio no me lo pareció; de hecho, el envío del comando recién reclutado para viajar a 1808 y salvar al Empecinado para que pudiera plantear la guerrilla contra los franceses me pareció –en aquel momento- más de lo mismo: unos planos de Garci y unas líneas de Pérez Reverte. Sin embargo, cuando Luis me sugirió dedicarle tiempo a la serie, encontré en ella un consuelo muy sutil, porque me pareció detectar una visión de la Historia parecida a la que intento tejer en clase. ¿A qué me refiero? ¿Cómo podría caracterizar ese discurso?

Para empezar atiende menos al lamento por el fracaso que a la búsqueda de la celebración. Es cierto que a menudo subyace una tristeza nostálgica por “lo que pudo ser y no fue”, que constituye el núcleo del paradigma de la izquierda historiográfica. Pero el encuentro, en cada puerta del tiempo que se abre, con personajes que volvieron a intentar una vez más la creación de un espacio político de convivencia en el que cupieran todos, permite a cualquier observador atento encontrar en el pasado rincones que merece la pena conocer, incluso celebrar. Y entonces descubre que, pese a los sucesivos exterminios programados por sus élites (1492, 1521, 1559, 1591, 1609, 1714, 1798, 1814, 1823, 1856, 1875, 1898, 1909, 1918, 1923, 1933, 1939, 1996…) siempre hubo quien, lejos de rendirse, volvió a intentarlo. Puede que los malos triunfaran siempre, pero los buenos sembraron nuevas esperanzas y volvieron a arriesgarse, legándonos un ejemplo de compromiso y valentía que sigue siendo válido hoy. Y aunque el podio de los más impresentables de nuestra historia esté tan disputado –con Franco, Fernando VII y Aznar pugnando por las primeras medallas- uno se maravilla ante el nivel de los que proponían alternativas.

martes, 31 de marzo de 2020

LOS AMIGUITOS DEL MONSTRUO ESTABAN EN LONDRES




Tras mis primeros quince días de confinamiento contra el coronavirus, las cifras de víctimas me abocan al desánimo. Clío siempre me ha tratado bien, así que he probado una vez más a refugiarme entre sus brazos viendo documentales. He encontrado uno que ARTE ofrece en abierto, y que me ha parecido muy interesante porque desmenuza la actividad diplomática de los años treinta. Se centra en el pacto Germano-soviético de 1939 y se plantea cómo había sido posible el “inverosímil acercamiento de dos enemigos jurados”. Califica así aquella inesperada alianza porque, en el opúsculo que había escrito en la cárcel, Hitler ya miraba al este como el “espacio vital” que, según él, Alemania necesitaba; y hacía de la eliminación del comunismo una especie de leit motiv vital que le guiaba. Así que la guerra con Stalin estaba anunciada, y, sin embargo, Stalin firmó un acuerdo de no agresión con él en 1939. La “teoría del totalitarismo” con que la CIA embadurnó las ciencias sociales durante la Guerra Fría ha querido ver en esa alianza el acercamiento lógico de dos regímenes de la misma naturaleza. Y aunque todas esas quincallas ideológicas siguen formando parte de la Vulgata historiográfica del neoliberalismo, el documental bucea en las verdaderas circunstancias que produjeron el acuerdo, con el objetivo de encontrar una explicación más científica a esa sorpresa diplomática.

Parte del aislamiento en que los tratados de postguerra dejaron a la recién creada Unión Soviética, pero no atiende a sus dificultades para establecer puentes internacionales. Se limita a definirla como una especie de “apestado” de la geopolítica de postguerra, que, especialmente preocupado por el avance japonés en China, aspiraba a romper su aislamiento intentando acercarse a los capitalistas europeos porque había advertido antes que nadie la amenaza que el ascenso de los nazis en Alemania suponía para todos. Para romper el cerco Stalin apenas contaba, dice el documental, con Maxime Litvinov, el Comisario del Pueblo para Asuntos Exteriores desde 1930. Había nacido en el seno de una acaudalada familia de banqueros judíos muy crítica con el zarismo. Tras el fracaso de la revuelta de 1905 se había exiliado a Occidente, donde se había casado con Ivy Loew, hija de las más distinguidas familias judías de Gran Bretaña. La prensa le había considerado representante formal del gobierno bolchevique después de Octubre, porque Lenin le había nombrado plenipotenciario de manera oficiosa, puesto que el gobierno británico ni reconocía el estado surgido de la revolución ni mantenía relaciones diplomáticas formales. Encabezando una delegación soviética, Litvinov había negociado el levantamiento del bloqueo económico por los británicos y al año siguiente el reconocimiento diplomático por parte de Francia y el Reino Unido. Eso le había valido el título de primer vice-comisario de Asuntos Exteriores en 1921. Como tal, y como muchos de los políticos de su generación, marcados por la experiencia de las trincheras, se había mostrado siempre obsesionado por crear un sistema de “seguridad colectiva” que impidiera repetir la tragedia de 1914. Ese espíritu parecía presidir las relaciones internacionales en los años veinte, por lo que cultivaba la amistad francesa esperando repetir el acuerdo de 1907. En Francia había encontrado el apoyo del ministro de exteriores francés, Louis Barthou. Sin embargo, el asesinato de este ministro junto al del rey de Yugoslavia, durante la visita que Pedro II realizaba a Marsella en 1934, enterró las posibilidades de estrechar una alianza con los franceses. No es que los franceses no se incomodaran con el ascenso del cabo austríaco a la cancillería del Reich; es que esperaban enfrentarlo cuidando la estrecha alianza de los británicos.



El problema del sueño francés es que el Reino Unido seguía sumido en su “splendid isolation”, y que –en tanto que aquel nacionalista un poco esperpéntico no ponía en cuestión su gigantesco imperio mundial- preferían continuar el férreo aislacionismo respecto a los asuntos continentales que venía caracterizando tradicionalmente su política exterior. Sin embargo, Litvínov movía sus hilos en Londres: había nombrado embajador a Ivan Maiski, un amigo desde los tiempos del exilio que llevaba la diplomacia en la sangre (en la foto, a la derecha). Aunque su pasado menchevique le hacía sospechoso a los ojos de Stalin, su brillante y seductora esposa, Aigna, era una activa bolchevique capaz de codearse con soltura entre la aristocracia británica que les era, por naturaleza, hostil. Y en aquel mundo pretencioso encantado de haberse conocido, Maiski había encontrado una fisura: se trataba de una joven promesa política, Anthony Eden (en la foto, a la izquierda). Educado en Eton y en Oxford, este diputado por el partido conservador desde 1923 se había convertido (1931) en secretario de estado de Asuntos Exteriores, asumiendo las relaciones con la SDN. El documental le define como “lo mejorcito de la upper class británica”, y sugiere que era “más abierto de mente” que sus colegas de partido porque “hablaba cinco idiomas, entre ellos el ruso”. Cuando Hitler restablece el servicio militar obligatorio poco después de llegar a canciller, él forma parte de la misión diplomática que se desplaza a Berlín para hacerle entrar en razón. El dictador alemán se mostrará inflexible, y Eden regresa muy crítico con él, sembrando en los sectores más sensibles de la sociedad británica la primera señal de alarma.

Maiski aprovechó la ocasión para invitarle a Moscú: “representa el futuro y no tenemos otra cosa”, dice de él en su desesperada lucha por encontrar partidarios ingleses de una gran alianza contra Hitler. Durante la visita oficial que Eden realiza a Moscú, Maiski y Litvinov le muestran el metro recientemente inaugurado, y lo invitan a uno de los espectáculos del Bolshoi. Al día siguiente, Eden se convierte en el primer occidental que, en el mismo despacho de Molótov en el Kremlin, puede estrechar la mano de Stalin. Le describirá tan “distante y cruel” que el acercamiento con la URSS se demostrará imposible, así que los franceses, siempre complacientes con los ingleses, entierran todo contacto con los rusos. Sin embargo, la facción cosmopolita del bolchevismo no se rendía, y seguía trabajando en la creación de un sistema de seguridad colectiva: en 1933 había obtenido el reconocimiento oficial del gobierno soviético por parte de los EE.UU, y en 1934 el ingreso de su país en la Sociedad de Naciones, donde Litvinov lo representará entre 1934 y 1938.


Molotv i Ribentropp
Pero Hitler también movía sus fichas: en 1935 enviaba a von Ribbentropp a Gran Bretaña para conseguir el permiso británico a la construcción de una nueva armada, presentando como cebo la promesa de mantenerla siempre en un tamaño inferior a la Royal Navy. Maiski quedó consternado cuando los británicos aceptaron, porque veía agonizar su sueño de seguridad colectiva, mientras Stalin interpretaba el acuerdo anglo-alemán como el típico complot capitalista: a sus ojos, fascismo y liberalismo apenas constituían dos caras del capitalismo. Litvinov desalentado, debió asustarse cuando en Nüremberg los nazis impulsan sus leyes raciales (1935) y en Inglaterra todos, excepto Churchill, que parece predicar en el desierto, miran hacia otro lado. Lo mismo ocurrió cuando Hitler remilitarizó Renania: Litvinov interpeló a Eden en la SDN para conseguir una reacción conjunta “antes de que sea tarde”, pero no hubo acuerdo. Mientras se hundía cualquier esperanza de unas relaciones internacionales ponderadas, Alemania se estaba convirtiendo en un océano infinito de brazos alzados. En apenas tres años Hitler lograría deshacer el tratado de Versalles, por lo que los alemanes le aclamarían como un héroe: cuando él les prometía el “espacio vital” que Alemania necesitaba, sabía que necesitaría el silencio británico, así que decidió enviar como embajador en Londres, en consideración a su anterior éxito, a Joaquim von Ribbentropp.

Ya a su llegada, el inexperto diplomático improvisó un primer discurso contra la “terrible enfermedad que amenaza Inglaterra”, el comunismo, que al día siguiente toda la prensa criticó escandalizada: incluso los comunistas se expresan aquí con libertad, decían al reivindicar su libertad de expresión. Maiski creía que el nuevo embajador alemán no entendía Inglaterra porque, al presentar su credencial ante el rey, se saltó el protocolo haciendo el saludo nazi. Aquella ofensa a los británicos tendría continuidad en un montón de groserías: la prensa empezó a llamarle Brickentrop, en referencia al verbo “to drop a brick” (meter la pata). Maiski se esforzaba en ganarse la amistad de los dueños de los periódicos para que rebajaran sus feroces campañas anticomunistas, pero su esfuerzo resultaba vano: el advenimiento del gabinete Chamberlain en mayo de 1937 distanció todavía más a Londres de Moscú. Tras la visita de Lord Hallifax a Goering, que le presenta a Hitler en el Bergoff, Eden sale de ese gobierno como protesta ante el apaciguamiento. Maiski pierde definitivamente influencia en Inglaterra cuando Lord Hallifax sustituye a Eden en la cartera de exteriores. Pero la creciente influencia de los reaccionarios en el gobierno británico no fueron la única causa de la imposibilidad de tejer una alianza contra Hitler: el documental también recrimina a Stalin por las purgas, que, en el caso del Ejército Rojo, se llevaron a cuatro de cada cinco oficiales. ¿Quién iba a querer una alianza con un tirano loco que ha dejado a su ejército decapitado?


A partir de este momento los acontecimientos se precipitan porque von Ribbentrop llega a Ministro de Exteriores e impulsa la anexión de Austria. La URSS apenas reacciona: las purgas estaban depurando el personal diplomático, y Stalin se debatía entre la facción aislacionista (Molotov) y la agonizante postura que defendía participar de un sistema internacional de seguridad colectiva. Todavía mantuvieron a Maiski en Londres durante la crisis de los Sudetes, cuando Stalin anunciaba que sería fiel a su compromiso de defender Checoslovaquia. Chamberlain acepta ceder los Sudetes a cambio de que Hitler no haga más reclamaciones, y Daladier presiona al presidente Benes para que acepte el plan. Pero cuando Hitler ocupa toda Checoslovaquia, Maiski informa a Litvínov de que los ingleses están furiosos por el engaño de Munich: los soviéticos corren a ofrecer una alianza militar que, además de dar garantías a Polonia, se las dé también a Finlandia, las repúblicas bálticas y Rumanía. Fue un último intento desesperado: los polacos se niegan a aceptar que los soviéticos, para enfrentarse a los alemanes, atraviesen su territorio. Así pues, todos los sueños de una acción conjunta contra Alemania se desvanecen. Además, las purgas arrasan la Comisaría de Asuntos Exteriores, hasta el punto en que en 1939 había nueve capitales relevantes sin embajador soviético. Con la eliminación de esa facción cosmopolita del bolchevismo, el camino hacia una alianza soviética con Alemania quedaba abierta. Hitler escribía a Mussolini que la destitución de Litvínov indicaba la disposición del Kremlin a cambiar sus relaciones con Berlín.

El documental explica cómo se realizó la oferta de un pacto, y como, a las cláusulas públicas de no agresión, se sumaban unas cláusulas secretas que permitían a los rusos recuperar los territorios que había perdido en Brest-Litovsky en 1917. La oferta de los nazis era demasiado suculenta: Stalin, siempre desconfiado, había caído en la trampa y creía garantizarse la calma guiñándole un ojo al monstruo a costa de los polacos. No se lo puedo reprochar: es exactamente el mismo tipo de acuerdo que soñaban en Londres y París los “apaciguadores” que vendieron su alma por Checoslovaquia con los Acuerdos de Munich. Su negativa a aceptar las ofertas de amistad de Stalin constituyen, en el subtítulo que el documental ofrece en la web de Arte, “El fiasco de la diplomacia occidental”.