¡Echando de menos la edición radiofónica!

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"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

viernes, 30 de noviembre de 2012

LA JIRAFA MEDICEA Y LA TRASTIENDA DEL PODER (y 3)




La autora de “la jirafa de los Medicis” reconoce que la magnificencia no fue la única clave de la soberanía política de Lorenzo el Magnífico, pero apenas añade el coleccionismo artístico a los métodos informales de control del poder que sugiere al decir eso. Se refiere a que, además de que el mecenazgo servía para pagar servicios prestados, celebraba públicamente la capacidad del comitente de mantener artistas o recibir sofisticados regalos (como jirafas). Que el animal no dejó indiferentes a los florentinos lo demuestra que la copiaran Il Bacchiaca, o Andrea del Sarto, tal y como me ha chivado el mensaje de un lector ocasional. Sin embargo, esa visión del poder mediceo basada exclusivamente en la imagen es una idealización cultista que esconde que no basta con propaganda y apariencia para mantener el poder. En cierto modo es una visión muy nuestra: cuando nuestra sociedad mediática analiza el uso consciente de la imagen como método de influencia, intenta convencerse de que basta con ella para controlar el poder, olvidando los otros medios -a menudo poco confesables- con los que los poderosos se mantienen en el pódium.

En los veinte años durante los que Lorenzo controló Florencia no ocupó ningún cargo oficial, ni tan sólo fue miembro de la Signoria: él decía que sólo era “un ciudadano con cierta autoridad” porque ser señor no era una aspiración propia de la virtud republicana que identificaba a los humanistas. Así lo demostraba Leonardo Bruni al presumir de que, mientras los tiranos se imponían en otros lugares, la ciudad toscana encarnaba las virtudes de Bruto, quien sacrificó a César para preservar la pureza del legado republicano. Florencia, efectivamente, para evitar cualquier aspiración cesarista, renovaba los cargos cada dos meses y elegía a sus titulares mediante votación indirecta y sorteo de entre una lista de ciudadanos ricos. Ese contexto, en el que el control mediceo sobre Florencia puede parecer imposible, hace plausible el retrato de Lorenzo que Lauro Martines dibuja en “Sangre de abril”, cuando le describe “crónicamente preocupado por la dimensión pública de su figura”. Martines atribuye tal susceptibilidad a la ambigüedad de su posición en Florencia, “donde no era ni príncipe ni simple ciudadano, ni señor ni simple político en funciones, pero siempre estaba expuesto a los oscuros complots de los desterrados políticos [… y a ...] la subterránea corriente de resentimiento contra los Medicis. Día a día (...) debía mostrarse fuerte, superior a todos, controlando la situación. Y esto imponía el requisito de que recibiese (y se viese que recibía) generosas cantidades de respeto y honores”. O jirafas, añadiría yo.

Por mucho que su autoridad ejerciera una influencia persuasiva e incluso decisiva, Lorenzo, pues, no controlaba el poder formal. Eso le obligaba a actuar entre bambalinas, negociando y favoreciendo a unos al tiempo que aplastaba a otros. Bien fuera favoreciendo sorteos amañados que le aseguraran la asignación de los cargos de hermandades, gremios y cofradías a sus títeres e informantes, bien fuera simulando la sacralidad de un rey con la protección del convento dominico de San Marcos, donde pintaba Fra Angelico. O bien fuera, concluye Felipe Fernández Armesto, intimidando a diestro y siniestro. Quizá el punto más representativo de ese ejercicio sistemático de intimidación fue la reacción al asesinato de su hermano del que él mismo se libró por los pelos. Ángelo Poliziano, el poeta que escapó junto a Lorenzo de los puñales conjurados que les atacaron durante una misa en Santa Maria dei Fiori y se refugió junto a él en la sacristía aquella mañana de abril de 1478, nos dejó un De Coniuratione commentarium que relata con precisión aquellos sórdidos acontecimientos que conocemos como “la conspiración de los Pazzi”. Christopher Hibbert explica que, poco después de que se corriera la terrible noticia por la ciudad, “la multitud se reunió bajo las ventanas del Palacio Medici, pidiendo ver a Lorenzo, que apareció ante ellos con el cuello vendado y el chaleco bordado manchado de sangre, para asegurarles que sólo estaba levemente herido y rogarles que no ejercieran su venganza sobre los sospechosos. Insistió en que reservaran su energía para luchar contra los enemigos del estado que habían tramado la conspiración y que, sin duda atacarían a la ciudad que la había frustrado”. Sin embargo, concluye Hibbert, “aunque la gente vitoreó su discurso, no lo obedeció”, y quienes participaron en la conspiración padecieron la violencia más depravada. Cientos de personas recorrieron las calles buscándoles, y cebándose en ciudadanos impopulares a los que se suponía su complicidad en el complot. Aunque tradicionalmente los criminales eran ejecutados extramuros, en esta ocasión Lorenzo debió ordenar que se arrojara por las ventanas del palacio del consejo de gobierno a los conspiradores, atados por el cuello. La multitud presente en la plaza asistió a sus últimos estertores antes de descuartizar sus cuerpos. Sus convulsiones fueron el espectáculo que permitió a Lorenzo convertir la sed de venganza en una política.

Y es que la conspiración de abril, como escribió Guicciardini en sus Storie fiorentine, “exaltó hasta tal punto su grado y fortuna que (…) venturosa jornada fue aquélla para él”. Y no se refiere sólo a las posesiones que hubiera debido compartir, ni a que el atentado fallido justificó su derecho a ir acompañado de escolta armada, sino a que, concluía Guicciardini, “el grande y sospechoso poder que había ejercido hasta ese momento se volvió mucho mayor aún, pero ahora sin resquicios”. En su estudio de la violencia desencadenada tras la conjura de 1478, Lauro Martines se pregunta “por qué no había esa noche patrullas de centinelas que pusiesen coto a los desmanes provocados por las turbas” y responde que la única razón posible es que “el régimen Médicis aprobaba los desmanes”. Incluso afirma que la campaña estaba promovida por el entorno de Lorenzo para aniquilar a los Pazzi, incautar sus propiedades, y suprimir el recuerdo de su linaje. Recuerda que, aunque la fiebre desatada por la conspiración empujó a muchos a salir a las calles para manifestar su apoyo a Lorenzo descuartizando cuerpos, no sabemos si tal movilización fue representativa. Y sugiere que no debía serlo cuando recuerda que el consenso entorno a Lorenzo fue suficientemente frágil como para evaporarse rápido: su heredero político, su hijo Pedro, apenas retuvo el poder tres años después de la muerte del Magnífico, señal de que el resentimiento por la violencia en la que se asentaba el régimen se mantuvo contenido hasta que tuvo oportunidad de aflorar.

Lauro Martines rastrea indicios de la rabia contenida que provocaba el dominio mediceo, tan informal como férreo, y destaca algunos episodios. Una mañana de 1489, por ejemplo, el embajador del duque de Ferrara en Florencia presenció cómo se escoltaba a un joven sospechoso de asesinato al palacio de justicia. Una multitud amotinada envolvía la comitiva gritándole que huyera, y acabó abalanzándose sobre ella, forcejeando para liberarlo. Nos consta que los embajadores de Génova y Milán acudieron para pedir compasión, pero Lorenzo se encargó personalmente de que lo ahorcasen, y ordenó prender, castigar y exiliar a cuatro ciudadanos de los que habían participado en los desórdenes. Que los embajadores acudieran a Lorenzo con su petición de clemencia demuestra que daban por supuesto que su mediación directa permitiría conmutar la pena. Pero hay más: aunque “no ocupaba cargo alguno que le facultase para eso, (…) a ojos de sus contemporáneos bien informados tal facultad era suya, y de hecho la ejerció, aunque no tal como ellos esperaban. Bastó una palabra suya para que en vez de conducirlo a juicio, se ahorcase al joven en el centro de la ciudad para que se interpretara como una advertencia para los ciudadanos contestatarios”. Así, y no sólo con el prestigio demostrado ostentando regalos o protegiendo el taller de Verroccio, se ejercía el poder de los Médicis. Puede que fuera informal, pero está claro que era implacable e inclemente.

Concluyo. Cuando Alamanno Rinuccini, que abogó por los Pazzi en una “Defensa de la libertad” que quedó inédita, se veía obligado a reconocer las virtudes cortesanas de Lorenzo -dotado por naturaleza, educación y práctica de tan inmensos recursos (…) aprendió a bailar, a disparar con el arco, a cabalgar, a participar en juegos, a tocar diversos instrumentos musicales”- nuestra lectura cultista, mediática y postmoderna queda fascinada por las posibilidades de seducción que ofrecía aquella imagen -verdadero epílogo del Cortesano de Castiglione- para el mantenimiento del poder. Pero eso no debe hacernos olvidar que Francesco Guicciardini afirmaba que “si Florencia tuviese que soportar a un tirano, nunca podría haber encontrado uno mejor o más encantador”. Que nunca, seducidos por su encanto, encubramos al tirano.



miércoles, 21 de noviembre de 2012

LA COMUNA DE PARIS



La abalancha de acontecimientos que relaciona dificulta la comprensión del proceso, convertido en una vorágine de fechas y datos. Pero es una de las pocas explicaciones de la Comuna que he encontrado. ¿Por qué costará tanto encontrar información en castellano o catalán? ¿Por qué los libros de texto sólo citan la Comuna de pasada?

sábado, 17 de noviembre de 2012

EL LECHO, EL PODER Y LA MUERTE: HISTORIAS DE REINAS


El matrimonio practicado en la época moderna se caracterizaba por una edad cada vez más tardía de la contrayente que servía para reducir su período de fecundidad, de tal modo que los intervalos intergenésicos superaban los dos años. La iglesia instituyó además en Trento la presencia personal de los contrayentes y el rechazo de la consanguinidad. Ninguna de esas cuatro características del modelo matrimonial, sin embargo, fueron respetados por los compromisos dinásticos de la realeza, que se basaban en el matrimonio precoz de la mujer, un exceso de consanguinidad que rayaba el incesto, las bodas por procuración y las maternidades sucesivas. ¿Por qué la práctica matrimonial principesca violaba sistemáticamente el modelo matrimonial seguido por el resto de la población? Para responder a esa pregunta, Bartolomé Bennasar ha “auscultado el destino de ciento veinte reinas, princesas y archiduquesas” en un libro que, bajo el epígrafe “Reinas y princesas del Renacimiento a la Ilustración”, busca superar el catálogo de desdichas individuales para sistematizar las circunstancias vitales nada envidiables de estas mujeres.

Para empezar, sus bodas eran el producto resultante de árduas negociaciones sobre las que los contrayentes nunca eran informados. Ni que decir tiene que la elección de esposa para un príncipe dependía de la razón de estado, y nunca del amor. Para ella podía ser especialmente frustrante porque, tras renunciar a su familia, costumbres, guardarropa y lengua para convertirse en garantía de una alianza entre su padre y su marido, estas adolescentes se encontraban de pronto en territorio enemigo, rehenes de un pacto que no comprendían, que las alejaba para siempre del escenario de su infancia. En ese sentido pocas ceremonias de entrega igualan la teatralidad de la de María Antonieta: fue un ritual iniciático para el que se diseñó un edificio para la ocasión sobre una isla del Rhin. Tal y como recreó magistralmente Sophia Coppola al comienzo de la película que dedicó al personaje, la princesa entró como archiduquesa de Austria para metamorfosearse en delfina flanqueando una línea invisible pero irrevocable que la despojaba de todo. Incluso su mascota resultó cuestionable para la expectante corte de Versalles...

El recibimiento en la corte no solía ser mucho mejor. Desamparadas, las jóvenes princesas eran escrutadas con alevosía por una altiva nobleza que se burlaba de su acento o de las confusiones con el protocolo de la novata recién llegada. Apenas púberes subían al lecho con una urgencia por concebir que pretendía garantizar el futuro de la dinastía. En una corte que las consideraba espías virtuales se debían sentir desamparadas, muy solas, acosadas -si el embarazo no venía- por la sospecha de infertilidad que las sometía a todo tipo de peregrinaciones, emplastes, astrólogos, cataplasmas y brebajes. Si el embarazo prosperaba, eran prematuramente apartadas de sus bebés para reintegrarlas cuanto antes a su principal objetivo, la concepción, convirtiendo sus vidas en una sucesión de embarazos que por consecutivos multiplicaban las posibilidades de riesgo y que pretendía proporcionar hijas para continuar con las alianzas internacionales y superar la alta mortalidad infantil ropia del sistema demográfico del Antiguo Régimen facilitando a la familia de acogida un heredero sano. En el caso de que no les tocara enterrar a varios de sus hijos, frecuentemente sufrían su separación, porque se quería alejar de la formación del heredero cualquiera de las influencias extranjeras que envolvían el ambiente de la reina.


Y es que, en tanto representantes de una dinastía extranjera, a menudo se consideraba a las reinas una especie de enemigas virtuales a las que había que espiar. ¿Por qué? En cierto modo, sus obligaciones para con su familia de origen no habían terminado con su sacrificio personal: se contaba con su fidelidad a los intereses familiares de origen, lo que debía sumirlas en un angustioso conflicto de lealtades. En la biografía que Henry Kamen dedicó a Felipe II encontré la transcripción de un documento que resultaría ilustrativo en ese sentido. El rey aleccionaba a sus embajadores en Viena para que trataran con su hermana María, la esposa del emperador Maximiliano: “en todos los negocios que ocurrieren, os habéis de valer siempre de su favor y medio, y tomar y su orden y consejo, antes de hablarlos al emperador, porque ella os dirá la manera y a los tiempos que los habéis de tratar para que se acierten y, en fin, habéis de tener la mira a proceder y gobernaros en todo por el camino que mi hermana os mandare que llevéis”. El documento insinúa un papel de influencia sobre las decisiones de su esposo, aunque su función no se circunscribía a esa asesoría informal sobre el emperador: también espiaba a Maximiliano. Por ejemplo, en 1567, María le dijo a un diplomático español “en secreto, que leyendo estos días unas cartas que estaban en la mesa del emperador” descubrió algunos asuntos que su hermano debía conocer; de modo que se los transmitió. En cierto modo los temores de las cortes de acogida, pues, eran fundados y las reinas ejercían como comisionados de los intereses de su familia original. Quizá por eso Felipe II explicaba en 1570 a un embajador extraordinario en Viena que “a mi hermana escribo dos cartas: una de los negocios que podrá mostrar al emperador –ésta le enviaréis en abriendo el pliego-, y otra de algunos particulares que han de ser para ella sola, sin que el emperador ni otro ninguno lo sepa; esta irá a parte, (...) Habéisla de tener muy secreta, y cuando vayáis a mi hermana diréis, sin que nadie lo entienda, cómo le tenéis otra carta particuar, que ella mire como y cuando se la habéis de dar”.

Todo parece indicar que, incluso superado el incesante ritmo de partos, las obligaciones de la reina seguían siendo una pesada e incómoda carga. Sólo si les llegaba la viudedad podían convertirse en regentes y superar el ejercicio del “poder informal” para convertirse en gestoras del patrimonio familiar. Algunas demostraron ser entonces habilísimas “Maquiavelos con faldas” que se movieron ingeniosamente en la primera línea de protagonismo político. Después de perseguir por toda Europa una infinita casuística de casos, entre los que se cuenta a Margarita de Valois atravesando con una cama a cuestas una Francia ensangrentada por las Guerras de Religión, el inaudito celibato de Isabel Tudor o el supuesto envenenamiento de la primera esposa de Carlos II, María Luisa de Orléans, Bennassar repara en el perfil político de Luisa de Saboya. La madre de Francisco I ejerce de regente tras la derrota de Pavía. Sensible al trato que sus nietos, rehenes del Emperador Carlos, podían recibir, negoció con la gobernadora de los Países Bajos Margarita de Borgoña, un acuerdo que conocemos como “Paz de las Damas” (1529). Más capaces de comprender la urgencia de una solución pacífica que el sobrino de Margarita, Carlos V, y el hijo de Luisa, Francisco I, ellas tomaron la iniciativa y negociaron directamente, apartando a su familia de los detalles, rodeadas de diplomáticos y juristas. La negociación, idealizada por el pincel historicista decimonónico de Francisco Jover, les permitió superar el estancamiento diplomático con sutiles transacciones, cuyos detalles no comunicaron, hasta alcanzar un acuerdo estable en Cambrai.

El caso no debería parecernos excepcional. En tanto lo que hoy llamamos “relaciones internacionales” eran entonces gestiones familiares y administración del patrimonio correspondiente a una familia, a menudo ellas estaban especialmente preparadas para las sutilezas necesarias que permitieran encontrar el equilibrio ¡No nos sorprendamos de la inteligencia del acuerdo tanto como de la poca atención que la Historia les prestó! 

sábado, 10 de noviembre de 2012

LA JIRAFA MEDICEA (2): EL CONTEXTO EN QUE SE PINTÓ



"Poder contra verdad" es la 4ª parte de una serie sobre los Médicis. Aparecen Vasari, la galería de los  Uffizzi y el Ponte Vecchio, y Miguel Ángel, el Gran Duque Cosme I y su transformación del Palazzo Vecchio en una apología dinástica. Luego se va hasta uno de los preceptores de los Médicis, Galileo.

jueves, 1 de noviembre de 2012

INDIANES: EL CONTE FELIÇ DE LA CIUTAT INDUSTRIOSA


 L'exposició sobre les indianes que el Museu d'Història de la Ciutat programa fins al desembre forma part d'un projecte de reconstrucció de la història dels barcelonins, “per poder-lo mostrar en el futur (…) en els espais d'exposició permanent”. Ho celebro! Recordo de petit que el museu ensenyava tota la història urbana pels diferents pisos de la Casa Padellàs, i, tot i que aquelles peces envitrinades avui ens semblarien pròpies d'una museologia paleolítica, crec que és necessari aconseguir un discurs museístic total i permanent de la història de la ciutat. Una altra justificació de l'exposició que es pot llegir en la web del museu és que “les indianes ens mostren el camí de la represa”. Es refereix a l'esforç desenvolupat després de la catàstrofe política que va significar 1714, i que -mitjançant el desenvolupament de la manufactura d'indianes- “va generar les condicions que feren possible l'inici del procés de modernització industrial posterior”. Es poden enllaçar doncs la represa del XVIII i la industrialització del XIX? L'epíleg que posa final a la mostra recorda que “haver estat un gran centre de la manufactura d'indianes no garantia (…) la continuïtat industrial”, i es pregunta què va fer possible superar l'esgotament de l'economia d'Antic Règim i encarar la modernització industrial. Per respondre-ho fa servir un col·laborador del diari El Vapor que el 1834 es preguntava “què ens quedava als catalans per suplir la pèrdua d'Amèrica”, i responia que els quedava “el nostre enginy, el nostre cor, la nostra llançadora”.

La cita sintonitza amb el discurs historiogràfic dominant, i m'ha recordat que expliquem la història industrial de la ciutat amb un delit una mica sinistre. L'emoció sentimental amb què mirem aquest procés com un resum de seny científic, rauxa esforçada i tecnologia punta resta tan farcida de sentimentalisme que sembla nascuda en l'època romàntica, en què aquell col·laborador d'El Vapor escrivia. Aquest idealisme en els plantejaments no desmereix, però, el discurs desenvolupat amb les peces i els textos que conformen la mostra, que comença buscant les raons que van convertir Barcelona en una de les principals ciutats manufactureres d'Europa al segle XVIII: ja havia estat un important centre artesanal i mercantil mediterrani, s'havia integrat millor en el gran comerç internacional després de 1778, i -sobre tot- havia desenvolupat una nova activitat econòmica. Es tracta de la manufactura d'indianes, unes teles de cotó estampades que arribaven d'Àsia i que la iniciativa empresarial de comerciants i botiguers va començar a fabricar aquí. Les indianes van revolucionar les pautes de consum: principalment la indumentària, perquè la seva estètica, comoditat i preu assequible (en comparació als tradicionals teixits de luxe) les van fer “irresistibles als ulls d'un públic femení cansat de la monotonia i la foscor dels teixits tradicionals”. Aquestes peces de roba van també redecorar la vida quotidiana perquè es van fer servir per al parament de la llar (roba de llit, cortines, tapisseria dels mobles) i l'embelliment dels espais públics (ornamentació de façanes, folrat de parets de teatres i palaus), associant utilitat i bellesa en els objectes quotidians i en els centres de vida social. Per si fos poc, també van canviar les formes de producció al concentrar-la en un únic espai, on es practicava la divisió del treball concentrant treballadors especialitzats de 19 activitats diferents. Per això els plafons de l'exposició parlaven de “protofàbriques”, en tant aquests establiments estaven més propers a les fàbriques modernes que als vells sistemes artesanals.

La importància del fenomen, doncs, sembla inqüestionable. Altra cosa és que sigui el veritable i principal origen de la industrialització. Dir que aquests fabricants d'indianes procedents del comerç, la menestralia i la mateixa manufactura van constituir el nucli inicial de la burgesia industrial barcelonina no és dir mentides, però sí es oblidar l'altra cara de l'aventura industrial. No em refereixo solament a que convertint-los en els premonitoris “capitans d'empresa” es menysté “els altres grans protagonistes de l'arrencada industrial”, els treballadors procedents dels gremis tèxtils i del desarrelament del seu món rural que -sota el protagonisme que oferim als geniüts cervells del procés de modernització- es converteixen solament en aquests “altres” actors secundaris. Em refereixo més aviat a l'oblit d'altres finançaments menys heroics que l'esforç i l'enginy dels fabricants d'indianes.

El lament d'aquell col·laborador d'El Vapor per l'Amèrica perduda ens recorda que l'explotació de les colònies, a la que eufemísticament els plafons expositius es refereixen com “integració en el comerç internacional”, era un negoci molt rendible gràcies al mercantilisme i el “pacte colonial” que obligava els territoris americans a comerciar exclusivament amb la metròpoli. Cal passar-hi de puntentes sobre l'ombra protectora de la monarquia espanyola per poder santificar la suposada i intrèpida iniciativa dels capitans d'empresa que van iniciar la industrialització. Però la veritat és que aquests negocis estan ben lluny de representar cap antecedent il·lustre, com tampoc no ho haurien de ser els “americanos”, per molta emoció que Amadeu Vives li posés a L'emigrant (1893). Els homes que varen tornar carregats de fortunes, casats amb una mulata i cansats de tanta aventura, ens poden enlluernar fàcilment amb els palauets que guarneixen de palmeres al jardí. Però els capitals que van repatriar després de l'alliberament de les colònies estaven xops de sang: en Josep Xifré i Cases va poder encarregar l'edifici que coneixem com “els porxos”, que s'insinua en aquesta imatge de reüll davant de la Llotja, i guarnir-los amb les mènsules que li va dissenyar Damià Campeny, gràcies a l'exportació de sucre produït amb mà d'obra esclava.

Esclavistes, espies i esbirros

El guió de l'exposició “indianes” evoluciona cronològicament fins a la inauguració de “La España Industrial” el 1847, però la relació entre la protoindustrialització i el vapor queda una mica difosa, principalment perquè evita els orígens menys presentables de l'arrencada industrial, com l'espionatge. Segons li vaig llegir a Francesc Cabana, la Junta de Comercio va encarregar-li a Carles Ardit, un professor de la seva escola de disseny, que els informés de les novetats tecnològiques que amb tant secret es guardaven a Europa. Ell mateix va escriure que “era preciso buscar en los talleres extranjeros los métodos de su fabricación; era necesario copiar sus máquinas, ver sus materiales, conocer sus composiciones; en una palabra era indispensable seguir todos los pormenores de esta fabricación (…) hasta que Cataluña no tenga que mendigar nada del extranjero”. En el seu Tratado teórico y práctico de la fabricación de pintados o indianas” (1819) va explicar com, durant les seves estances a Europa, tenir tantes ganes d'aprendre va despertar sospites: “Mis continuas observaciones y preguntas llamaron la atención de la policía de aquella ciudad, se me interrumpió la correspondencia y me vi en el más inminente peligro de perder la mayor parte de mis trabajos. Felizmente, pude salvar mis papeles, y atravesando riesgos y superando peligros pude regresar a esa capital y ofrecer a la Real Junta de Comercio el resultado de mi comisión”.

És veritat que Catalunya no deu la industrialització, solament, a les contribucions d'espies i esclavistes. Entre l'època daurada dels estampadors d'indianes i la industrialització del vapor hi ha la greu crisi que va provocar la pèrdua dels mercats reservats. La represa de la manufactura catalana no devia ser massa fàcil davant la invasió de productes francesos que van fer possible les ocupacions de 1808 i 1823. Així que, davant les dificultats, la burgesia va buscar la protecció del neo-absolutisme de Ferran VII, donant-li suport contra els ultres a canvi de lleis que van emparar la seva activitat econòmica. Si l'any de la reial visita (1827) Bonaventura Carles Aribau escrivia que “las fuentes de la riqueza de Barcelona se están secando”, un seguit de mesures impulsades pel tirà a partir d'aquella estada a la ciutat van facilitar-ne l'impuls: aranzels per a centenars de productes, Llei de carabiners (1829) per lluitar contra el contraban, Codi de Comerç (1830), Llei de Borsa (1831) i nou Ministerio de Fomento (1832)... Aquesta política va arribar a la seva màxima expressió amb la prohibició nacional sobre la importació de productes acabats, que va proporcionar als fabricants catalans un mercat segur. “España es una América con menor riesgo”, deien. Les proves d'aquesta sinistra amistat entre els emprenedors i el tirà romanen discretes: es possible que el carrer Ferran sigui l'únic carrer d'Espanya dedicat al Borbó més repugnant de la història, però pocs barcelonins deben saber-ho. La presència del rei a la ciutat entre el 4 de desembre de 1827 i el 19 d'abril de 1828 va ser recordada també per un quadre d'Emili Casals (1863): representava la visita que el rei i la reina Maria Amàlia va fer a la Llotja de Mar per celebrar la tasca de les escoles de la Junta de Comercio. Encara fa pocs anys la Cambra de Comerç el va fer servir per a felicitar les festes a les seves afortunades amistats. L'exposició sobre les indianes inclou un mocador de fabricació Bonaplata que conmemorava la visita: encara que els espies i els esclavistes que van iniciar la revolució industrial no hi són, el museu parlarà de passada dels esbirros que protegien la industrialització mentre s'imposaven amb sanguinolent acarnissament sobre les noves idees.


lunes, 29 de octubre de 2012

UNA NOVELA EN LA INGLATERRA TUDOR


Las dotes como novelista de C. J. Sanjom ya se manifestaron en “El gallo negro”. Situada en 1537, justo cuando la nueva Iglesia de Inglaterra había puesto en marcha la disolución de los monasterios, contaba las aventuras del abogado Matthew Shardlake, un jorobado de contrastada solvencia profesional y fe reformada, en misión especial para el primer ministro de Enrique VIII, Thomas Cromwell. El rey había repudiado a Roma y se había declarado cabeza de la iglesia: acogiendo las medidas reformistas, había acabado las misas en latín y había impreso la Biblia en inglés por vez primera.

Al instar el Papa a las potencias católicas para unirse y reconquistar la isla herética, Cromwell quiso afianzar las reformas y la posición internacional del reino casando al rey –viudo de su tercera esposa, Juana Seymour- con una princesa protestante. Sin embargo, la alemana Ana de Clèves desagradó profundamente al monarca, que –en cambio- se había encaprichado de Catalina Howard, la sobrina adolescente del Duque de Norfolk. Este aristócrata, el enemigo más peligroso de Thomas Cromwell, encabezaba a los católicos de la corte, contrarios a la Reforma. Si antes el canciller había ayudado al monarca a desembarazarse de Catalina de Aragón y de Ana Bolena, ahora se esforzaba en mantener el matrimonio Cleves para evitar que los nuevos círculos íntimos del monarca le persuadieran de que debía hacer volver al reino a la obediencia a Roma.

Esta nueva entrega de las aventuras del letrado Shaldlake se sitúa en ese contexto, tres años más tarde que la anterior aventura. Transcurre el verano de 1540, cuando la posición de Thomas Cromwell como hombre de confianza de Enrique VIII se ve triplemente amenazada por la nueva crisis matrimonial del rey, los rumores de invasión que llegan del continente, y las conspiraciones de las facciones papistas agazapadas tras la mujer que Enrique pretende ahora. Por eso encarga al veterano abogado la búsqueda de la fórmula del Fuego Griego, un compuesto de petróleo y ciertas resinas de la madera que los bizantinos habían usado, cual primitivo lanzallamas, para hacer arder sobre el mar las armadas enemigas. La intriga inventada se mezcla con equilibrio en esta historia, en la que -por la gracia real- hay quien está dispuesto a matar.

Según la novela, el secreto de tan definitivo armamento había aparecido en el sótano de uno de los monasterios disueltos tras la ruptura con Roma. Las tierras de las antiguas órdenes habían sido subastadas a cortesanos, aristócratas y burgueses. Sin embargo, antes de que sus nuevos propietarios las ocuparan, los oficiales del rey se encargaban de registrar –y expoliar- cuanto se encontraba en ellos. El ministro había prometido al rey una espectacular exhibición del arma secreta, pero el manuscrito que permitiría su elaboración había desaparecido tras el asesinato de los dos alquimistas encargados del proyecto: ahora, Cromwell necesita que Shaldrake le consiga tan preciada información para recuperar el favor del rey.

El texto está escrito en primera persona, con lo que podemos seguir las elucubraciones del abogado cada vez que una nueva prueba, o un nuevo crimen, condiciona su investigación. Resulta especialmente meritoria la recreación del contexto histórico en el que se desarrolla la aventura, ya que se mezclan los enfrentamientos entre facciones cortesanas con el fenómeno de las discordias religiosas que dividían entonces Europa.

El autor se luce también en la representación de la vida cotidiana: su fresco retrato del interior de las viviendas o las populosas calles de Londres, donde el lector puede asistir a una ejecución pública o sentir el hedor del Támesis en agosto. En definitiva, "Fuego oscuro" constituye un viaje tan didáctico como emocionante.

domingo, 14 de octubre de 2012

VALORES ENCICLOPÉDICOS: CRÍTICA, RAZÓN, TÉCNICA, LAICISMO



La Enciclopedia de Diderot y D’Alembert no fue la mayor, ni la primera, pero se convirtió en el acontecimiento más significativo de la ilustración porque superó la persecución a la que la sometieron la iglesia y la monarquía. Para Philipp Blom constituye la esencia del pensamiento ilustrado porque su planificación materializaba la apuesta por un criterio racional como mecanismo ordenador: la elección del orden alfabético democratizaba las formas de conocimiento, pero debió suponer unas abrumadoras tareas de coordinación, puesto que debían decidirse previamente qué entradas se incluirían desde la primera a la última. La complicación es obvia, porque -en tanto se quería ser exhaustivo con los procesos manufactureros, “desde el hilado de la seda a la construcción naval, desde la construcción de puentes a la fabricación de alfileres”- previamente se debía buscar el nombre de todas las herramientas de los trabajadores, visitar docenas de talleres, observar cómo trabajaban sus artesanos, tomar notas, hacerles preguntas, dibujar las fases de su trabajo... La guinda de la complicación a tan difícil planificación de la secuencia era buscar a los colaboradores, entrevistarse con ellos y hacer verdaderos malabarismos con sus competencias y vanidades.
Vista así, la Enciclopedia era una sofisticada celebración de la razón como mecanismo ordenador, pero también una apuesta pragmática por el conocimiento técnico. Se quería que figuraran todas las herramientas del trabajador, pero pocos reyes y santos. Tal alabanza a la economía productiva y a las ocupaciones profesiones de la burguesía queda especialmente patente en los volúmenes dedicados a las ilustraciones, cuyo primer volumen apareció en 1762. Dice Blom que en aquellas láminas se describe un mundo de particular belleza, que será barrido por la modernización: la elegante idealización de los talleres bien aireados y muy luminosos, con los trabajadores de aspecto saludable dedicados alegremente a sus tareas, daba una imagen de ellos que distaba de los sucios y exiguos espacios, y las peligrosas condiciones en que trabajaban en la vida real. Las salas de las prensas tenían fama de ruidosas, malolientes y sucias. La tinta negra y sus constituyentes, hollín y aceite de linaza, se pegaban a las manos, los cabellos y las ropas; el penetrante olor del aceite y el de la orina empleada para lavar cada noche las almohadillas ennegrecedoras, se mezclaban con el del sudor de los trabajadores que manejaban las pesadas prensas, cuyo ruido ensordecedor, áspero e hiriente, era causa de constantes quejas a las autoridades y cuyo enorme peso daba a veces lugar a accidentes que provocaban terribles heridas a los trabajadores que las accionaban. Y sin embargo, las láminas correspondientes a las tareas de encuadernación descuidan esa realidad y -contra el desprecio por los oficios mostrado por la nobleza- restituía a sus practicantes como personas ingeniosas y diligentes, consagradas a la ciencia aplicada. Una imprenta caótica y sucia no hubiera servido para dar esta imagen. La actividad física especializada debía ser bella, organizada, limpia y tan admirable como pudiera serlo cualquier otra actividad humana.

Podríamos intuir que había cierta velada crítica a la nobleza ociosa, improductiva, parasitaria, en esa celebración de la burguesía productiva. Pero lo cierto es que no podemos encontrar apología revolucionaria en los artículos de la Enciclopedia. Hay, eso sí, pasajes abiertos a interpretaciones. En el primer volumen, por ejemplo, la voz “abeja”, que corre a cargo del anatomista Pierre Tarin, escribe que “los zánganos son más pequeños que la reina, pero de mayor tamaño que las abejas obreras; tienen una cabeza redondeada y se alimentan sólo de miel, en tanto que las obreras comen cera sin elaborar. A la salida del sol, estas últimas salen para su jornada de trabajo, mientras que los zánganos lo hacen mucho después y se limitan sólo a retozar alrededor de la colmena, sin trabajar. Vuelven a entrar en la colmena antes de que refresque y oscurezca; carecen de aguijones y garras, y tampoco tienen dientes salientes como las obreras... La única utilidad de los zánganos es fecundar a la reina. Y, una vez lo han hecho, las obreras los persiguen y los matan”. No contamos con la certeza de que ese texto pretenda hacer una crítica entre líneas de la sociedad privilegiada, pero todo parece indicar que va más allá de la mera descripción de la naturaleza.

Hubiera una crítica explícita o no del Antiguo Régimen, lo cierto es que la aparición del prospecto provocó en la Francia culta un decidido revuelo de excitación. El cuadro del saber humano que contenía, en el que los campos del saber se representaban como ramas del árbol del conocimiento, fue duramente criticado ya por un tal Padre Bethier en el periódico jesuita Journal de Trévoux. La genealogía arrancaba del entendimiento y se ramificaba en seguida en tres grandes troncos -memoria, razón e imaginación- que seguidamente se ramificaban también en incontables subdivisiones. La razón se subdividía en metafísica y teología, psicología, ciencias del hombre, ciencias de la naturaleza, que a su vez abarcaban las matemáticas y física, y acababan desembocando en otras subdivisiones en la higiene, cosmética, hidráulica; mientras las del hombre se iban subdividiendo hasta alcanzar la retórica, y desde ésta, la heráldica y la pantomima. Era lógico que la iglesia se sintiera incómoda: la teología quedaba relegada a una rama marchita e improductiva, como la adivinación y la magia negra, y no más destacada visualmente que algunas manufacturas. Para los enciclopedistas apenas era una rama de la filosofía, sometida a la razón, no a la fe. Por si fuera poco, ese mapa visual de la “cadena del saber” venía acompañado del “discurso preliminar” en el que D'Alembert afirmaba que todo saber nos había llegado a través de los sentidos, nunca por un alma infundada por Dios. En el primer volumen las referencias veladas a la iglesia serían mucho más provocativas: la voz “Apis” asegura con sorna que “… las mujeres se presentan desnudas ante él… circunstancia que los sacerdotes estaban en mejor posición de apreciar que el propio Dios”.

A finales de 1751, tras la aparición del primer volumen, los libreros asociados contaban ya con el dinero de 2619 suscriptores. Superó la censura porque el censor Malesherbes, miembro de la academia de ciencias parisina, simpatizaba con los ilustrados y -convencido por un informe de que la Enciclopedia contenía “tantos saberes útiles”- les dio libertad. Quien acabaría defendiendo al rey ante el tribunal revolucionario y él mismo guillotinado junto a su hija y su nieta (1794) acababa de obtener su cargo ese mismo año. Su papel fue decisivo en la publicación del volumen, en el que el talento de Diderot parecía omnipresente: de los 4.000 artículos que contiene, 1984 son suyos. Hay también 200 de D'Alembert, y el resto de una docena de autores.

El plantel de colaboradores se fue ampliando: pronto se sumará el chevalier Louis de Jaucourt, que escribirá casi 40.000 artículos (la mitad de las entradas de los 10 últimos volúmenes). Con el tiempo, el trabajo editorial de coordinación se convirtió en rutina y los contenidos mejoraron. Blom cree que el segundo volumen, que se publicó en enero de 1752 y contenía las entradas que van de las “B” hasta “Cezimbra”, era mucho mejor que el primero. Su publicación coincidió con la condena, por parte de la facultad de teología de la universidad de París, de un breve ensayo del abate Martín de Prados sobre el Jerusalén celestial. El autor, que había redactado la voz “certeza” en el segundo volumen, tuvo que huir. Sombras suspicaces se proyectaron sobre el proyecto enciclopedista: los jesuitas trataron de derogar el privilegio real que protegía la publicación sugiriéndole al rey los peligros que suponía la Enciclopedia para su reino. Aunque Malesherbes contraargumentó que no se debía arruinar una empresa que desarrollaba la economía y prestigiaba Francia, finalmente el proyecto fue declarado ilegal. En ese contexto, la protección que -sobre el proyecto enciclopedista- ejerció la sombra de Madamme de Pompadour, resultó providencial.

Quizá influida del espíritu burgués, filojansenista y antijesuita, había sido pintada por Maurice Quentin de la Tour sentada a la mesa llena de libros, leyendo una partitura junto a un globo terráqueo, atributos del saber y objetos todos ellos que habitualmente encontramos en el retrato de un erudito, no en el de una dama. A su espalda hay unos libros alineados en la pared, entre los que puede identificarse el lomo del volumen IV de la Enciclopedia. Parece ser que ella solicitó al círculo de Diderot que continuara la publicación, pero que evitara los temas religiosos: los 2 volúmenes ilegales ya estaban vendidos y los siguientes iban a publicarse tras escrutinio censor. Pero, ¿sería suficiente la protección de la amante del rey para la continuación de la Enciclopedia? En próximas entradas continuaré con el resumen del apasionante ensayo de Philipp Blom...

viernes, 12 de octubre de 2012

LOS PERDEDORES DE LA HISTORIA DE ESPAÑA

Siempre es un placer leer a Fernando García de Cortázar, cuyas obras contienen siempre un léxico mágico, un lenguaje didáctico y una narración amena. En este libro se consagra a rescatar a los perdedores de la historia de España comenzando por Sertorio, aquel general romano que se resistía a la república aristocrática encabezando en Hispania “tribus sin romanizar y romanos perseguidos”, y Prisciliano, acusado de astrólogo y ocultista, primera sangre derramada por herejía.

Advierte el autor en sus primeras páginas que no quiere escribir una “letanía sobre una España que pudo haber sido y no fue”, y que “hay perdedores que no merecen el reconocimiento sentimental” porque “no fueron impulsados por enaltecedoras pasiones”. Sin embargo, en algunos párrafos sus sentimientos le traicionan: el buen historiador no se deja influir por la intención de sus fuentes, pero es difícil no empatizar con los rastros y los rostros de las víctimas. Y es lícito usar sus canciones y sus suspiros para recordarnos que no debemos repetir las tragedias que protagonizaron. Por eso sorprendemos al autor retratando a cuantos intérpretes e intermediarios han vivido en el filo de dos mundos, como aquel puente tendido hacia el Islam que fueron los mozárabes, cristianos arabizados “atrapados entre el empuje de los cristianos del norte, que los desprecian”, y la cabalgata de los almorávides “que llegan desde el sur, que los degüellan y esclavizan”. Subyace también una reivindicación de la pluriculturalidad en las emotivas páginas que dedica a los judíos expulsados en 1492, o a los moriscos de 1609. Hay especial atención, dada la condición del autor, por los intelectuales perseguidos; por todos aquéllos que, como los jesuitas expulsados por Carlos III en 1767, formaron largas colas de refugiados que huían; o por todos los que se quedaron, y se vieron consumidos y silenciados en su “exilio interior”. Hay en nuestro pasado demasiados obligados a desarraigarse, demasiados empujados a marchar por pensar distinto o por no rezar lo suficiente. Ha habido demasiados amenazados por el “grito en el cielo” de demasiado inquisidor desde demasiado púlpito. Por eso Fernando García de Cortázar consigue angustiar con facilidad al lector, al describir el opresivo ambiente en el que viven los ilustrados españoles, siempre temiendo una denuncia secreta ante el Santo Oficio; siempre escondiendo sus mejores páginas en sus mejor cerrados cajones; siempre guardando sus libros prohibidos demasiado cerca del cálido hogar en el que –si llaman a la puerta de madrugada- arderán, disimulando, aquellos sueños de papel.

Inspirado por una bibliografía exquisita, el maestro es riguroso en su relato: no usa la palabra “nación”, por ejemplo, para definir una entidad política medieval. Apenas se echa de menos algún espacio más para los austracistas, aquellos partidarios en 1700 de un absolutismo más pactado y menos dictado, a los intelectuales que durmieron el primer sueño republicano en 1873, a mujeres como Mariana Pineda, o a las víctimas de aquel “clima borracho de muerte y cuartel” con el que define 1939.

Dice el autor que “todas las crónicas de todas las naciones de la historia están salpicadas de olvidados y perdedores, de represiones y patíbulos”. Leyéndole, sin embargo, uno llega a pensar que demasiadas veces España ha gritado “Vivan las cadenas”. Por eso la apuesta del autor por una España como “espacio de convivencia posible”, mientras periodistas y políticos se consagran a la descalificación intencionada y al insulto arbitrario, debería ser el Norte de todo ciudadano de bien.

sábado, 6 de octubre de 2012

1755 (3): LA RECONSTRUCCIÓN DE LISBOA



El debate sobre las causas del terremoto de 1755 facilitó el progreso ideológico de la ilustración; sin embargo, la tragedia lisboeta se explicó mayoritariamente en términos providencialistas. Por eso Voltaire en su “Cándido” podía inventar que “después del terremoto, que habría destruido ¾ partes de Lisboa, a las autoridades portuguesas no se les ocurrió nada mejor para evitar la ruina total que amenazar a la gente con un espléndido auto de fe, pues la Universidad de Coimbra había declarado que el espectáculo de ver quemar ceremoniosamente a una serie de personas a fuego lento era un método infalible para prevenir un terremoto”. Con ironía siniestra, Voltaire afirma que, con ese fin, prendieron a un vasco casado con su madrina y a dos portugueses acusados de judaizantes por haberse negado a comer cerdo. A continuación continúa novelando que Pangloss y su discípulo Cándido fueron arrestados también mientras cenaban en las ruinas, uno por haber hablado imprudentemente, y el otro por haber escuchado en actitud aprobatoria (…) una semana después les pusieron un sambenito con una mitra de papel a modo de sombrero. El traje de Cándido estaba decorado con llamas que apuntaban hacia abajo y demonios sin patas ni cola; los demonios de Pangloss tenían patas y cola, y sus llamas brotaban hacia arriba. Así vestidos fueron conducidos en procesión y les hicieron escuchar un conmovedor sermón (…) Cándido fue azotado al ritmo de los cánticos, el vasco y los dos hombres que no quisieron comer tocino fueron quemados, y Pangloss fue colgado". Voltaire añade con sorna que”ese mismo día hubo un enorme terremoto muy estruendoso que causó grandes daños”, dando a entender que no parece razonable que aquello aplacara la ira divina, ni que el consejo inquisitorial diera precisamente en el clavo.

Temiendo que las explicaciones vociferadas desde los púlpitos sirvieran a los críticos de las Luces que conspiraban contra el todopoderoso ministro del rey José I, Sebastiao José de Carvalho e Melo, al que conocemos como Marqués de Pombal por el título que recibirá en 1770, se aprovechará la ocasión para minimizar el poder de la iglesia. Eso explica la causa contra el jesuita Gabriel Malagrida, autor del Juizio da verdadeira causa do terremoto (1756). Este misionero regresado del Brasil por iniciativa de la reina Maria de Austria, aprovechará su ascendencia sobre la esposa de José I para sostener que la tragedia había sido la reacción de ira divina por “nossos pecados intoleráveis”. Aunque aparentemente se refiriera al teatro, la música y los toros, y evitara las referencias directas a las reformas ilustradas, el ministro, deseoso de reducir el poder jesuita, forzó la destinación del confesor real lejos de la corte. En este ambiente ambiente enrarecido cayó como una bomba el fallido atentado contra el rey (9/1758): las pruebas no permitían implicar a la compañía, pero sus colegios fueron cercados y Malagrida encarcelado. Se desencadenó por todo ello un largo conflicto jurídico y diplomático durante el que -aunque Roma tratará de evitar el procesamiento de Malagrida por regicidio- la inquisición portuguesa, controlada por Pombal, le achacó la redacción de dos obras heréticas, y le condenó a la hoguera. La sentencia no se hizo efectiva hasta el 21 de septiembre de 1761, dos años después de que todos los miembros de la Compañía de Jesús fueran expulsados del reino de Portugal.


 
Visto así, todo parece indicar que el terremoto reforzó el poder del ministro ilustrado. Ya las primeras medidas que tomó, sintetizadas en la frase que le atribuyeron de “enterrar os mortos e cuidar dos vivos”, denotan un espíritu práctico en la resolución de problemas: para impedir los saqueos mandó levantar patíbulos en puntos elevados de la ciudad, como se puede ver en el segundo grabado, y mandó al ejército cercar la ciudad para impedir que los hombres sanos huyeran y pudieran ser obligados a despejar las ruinas. Pombal utilizó el suceso para venderse como el gran benefactor omnisciente: en 1775 opúsculos como el anónimo “Preces y votos de la nación portuguesa al ángel de la guardia del Marqués de Pombal” proclaman que había sido él quién había aplacado la ira de Dios, había protegido al rey, castigado a los traidores, limpiado las ruinas y reconstruido la ciudad.
 
Y es que esta política urbanística puede ser considerada la culminación del despotismo ilustrado. A las primeras medidas dictadas para evitar el pillaje, las construcciones ilegales, y la especulación, que ya permiten intuir una incipiente consideración a la reconstrucción de la nueva ciudad, pronto se añadió una planimetría que pretendía superar el confuso trazado medieval y respondía a las intenciones políticas de control y centralidad propias del absolutismo ilustrado: constituía una planta geométrica y rectilínea de calles entre el Palacio Real, junto al Tajo, actualmente la Praça do Comércio, y la Praça de Rossio y la Praça de Figueira. En total casi 23 hectáreas cuyos extremos quedan enlazados por tres calles anchas paralelas, de las que la calle Augusta constituye un eje central modelado por fachadas de la misma altura y similar estilo neoclásico, con una planta baja destinada a la actividad comercial y unas plantas superiores destinadas a residencias. Para construirlas, se tomaron las primeras medidas antisísmicas de la historia de la arquitectura: maquetas de madera sometidas a simulaciones, refuerzo de los cimientos, cisternas en cada edificio para enfrentarse a los incendios y -por ellos- red de colectores para recoger las aguas residuales domésticas. El extremo de la cidade baixa abocado y abierto al Tajo es la Plaza del Comercio, una gran explanada neoclásica, cuadrangular, porticada con galerías con arcadas, que comunica con la calle Augusta a través del Arco del Triunfo (construido un siglo después pero que estaba incluido en los planos originales). En el centro de la plaza, la estatua ecuestre de José I, con armadura ceñida y yelmo emplumado, transmite una arrogante dignidad. Su inauguración, celebrada con banquetes y fuegos artificiales 20 años después de la tragedia, puede ser considerado el momento de mayor gloria del ministro: culminaba la reconstrucción de la ciudad, que avanzaba a su ritmo, ajena a otros problemas políticos, y simbolizaba las reformas que el ministro había impuesto al reino. Era como la guinda del pastel que glorificaba, como ha escrito José-Augusto França, el éxito de la empresa. La reconstrucción de Lisboa que  nos muestra el Marqués en el cuadro de Van Loo se convirtió en una sofisticada muestra urbanística, como Washington años después, del mundo soñado por los ilustrados. ¿O por el absolutismo?
 
 
 


miércoles, 19 de septiembre de 2012

LA JIRAFA MEDICEA Y LA FACHADA DEL PODER


Quienes han visitado París este verano han podido visitar una exposición sobre la historia de una jirafa que Mehemet Alí, buscando el apoyo francés para librar Egipto del yugo otomano, regaló a Carlos X en 1826. La muestra respondía a una película de animación algo fantasiosa y ha tenido tal éxito que se ha prorrogado hasta finales de este mes. La noticia me ha recordado otra jirafa, la que Lorenzo de Médicis acogió en Florencia. Leí su historia en un libro de Marina Belozerskaya, una historiadora que -fascinada por el relato que Silvio Bedini dedicó al elefante blanco con el que el rey portugués pretendió ganarse el visto bueno de León X (1516) en el monopolio especiero- pensó que los modernos zoológicos, entendidos como instituciones educativas, surgieron en el siglo XIX de las antiguas colecciones reales, de propiedad y disfrute privado. Aunque dice querer estudiar cómo esas colecciones sirvieron a las necesidades políticas prácticas de los príncipes, finalmente no responde a esa inquietud. Sin embargo, la colección de historias con animales resulta adictiva.

La que da nombre al libro empieza preguntándose por qué Giorgio Vasari -cuando pintó el retrato de Lorenzo recibiendo a los embajadores para los apartamentos del Gran Duque Cosme I en el Palazzo Vecchio- inmortalizó en el ángulo superior derecho una jirafa que el Médicis recibe como obsequio, de tal modo que atrae tanto la mirada del espectador como el mismo Lorenzo. Según Marina Belozerskaya, porque la ostentación constituye la clave sobre la que los Médici construyen su poder.

Ya en 1459, cuando Lorenzo apenas tenía 10 años, asistió a la recepción que Cosme el Viejo ofreció al Papa Pío II y a Galeazzo Maria Sforza, hijo del duque de Milán, a quienes ofreció un combate de animales como los que la nobilitas romana ofrecía en la Roma antigua. Cerraron todas las calles que desembocaban a la Piazza della Signoria, transformándola así en un gran escenario rodeado de tribunas en las que se apiñaron miles de espectadores. Sin embargo, el espectáculo fue un desastre porque los leones florentinos, bien alimentados, se habían vuelto mansos, y no atacaron a los rumiantes que soltaron en la plaza. Lorenzo recibió allí una de sus primeras lecciones de política: la exhibición de animales podía constituir un espectáculo memorable que impresionaba al público.

Años más tarde, tras la conjura de los Pazzi que acabó con la vida de su hermano Giuliano y a poco estuvo de costarle la suya, Lorenzo vio amenazada la república que controlaba informal pero férreamente. Temiendo que el rey Ferrante de Nápoles utilizara la excomunión dictada por el papa Sixto IV como excusa para amenazar Florencia, Lorenzo marchó en secreto a negociar directamente con él, dejando un mensaje a los florentinos que -leído en público- conmovió al pueblo hasta las lágrimas: “Decidí exponerme a cierto grado de peligro antes que permitir que la ciudad continúe sufriendo por más tiempo sus presentes desgracias (…) Lo que más deseo es que mi vida y mi muerte, y lo que es bueno y malo para mi, sean siempre para beneficio de nuestra ciudad”. Mientras esa propaganda vinculaba la supervivencia de Florencia a su sacrificio, él pasó dos meses en la corte napolitana seduciendo al rey con su encanto, sus regalos y la promesa de ayuda florentina. Esa experiencia en el arte político de fingir le demostró la importancia de las apariencias, por lo que -cuando regresó a Florencia convertido en un héroe- era consciente de que la fuerza de su posición allí dependía del respeto que inspirara, dentro y fuera. Así que recurrió a dos estrategias para ganarse ese respeto. Por un lado, se sirvió de la vía dinástica: en 1484 aprovechó el ascenso de Inocencio VIII al solio pontificio para pactar el matrimonio de su hija Magdalena (13) con el hijo ilegítimo del pontífice, Franceschetto (37), aportando una buena dote al matrimonio y un préstamo barato al papa. La segunda estrategia se inspiró en la antigüedad romana: sabemos que Lorenzo tenía en su biblioteca la Historia Romana de Dion Casio y la Historia Natural de Plinio el Viejo en su biblioteca. Ambas describen la exhibición de felinos, aves exóticas y 40 elefantes con antorchas encendidas en la trompa que César hizo desfilar en Roma tras la derrota de Pompeyo... junto a una jirafa. Quizá se decidió a emular a César: la antigüedad clásica era fuente de inspiración para los hombres del renacimiento, y, a fin de cuentas, sus opositores -como a César los suyos- le veían como un tirano que trataba de someter la república. Así lo demuestra que un “Diálogo sobre la libertad” que Alamanno Rinuccini dejó inédito tras el fracaso de los Pazzi, les alababa por defender la libertad, como en su día habían hecho Bruto y Casio al matar a César.

Quizá fue así como una jirafa se convirtió en parte de una estrategia de ascenso social y dominio político. Marina Belozerskaya afirma que “manifestarse magnificente mediante posesiones ostentosas y lujosas formaba parte del arte de parecer más poderoso que los demás”. Y es que -aunque nosotros estamos superficialmente familiarizados con gran variedad de animales a los que damos por habituales- los animales exóticos aparecían ante la gente, en tiempos anteriores a la televisión, como seres poderosos, maravillosos y aterradores. Por eso Lorenzo debió pensar que una jirafa viva, un animal que la Europa cristiana desconocía, elevaría su prestigio por encima de otros poderosos, que podían tener otros animales exóticos, pero ninguno tan extraordinario. Dolores Carmen Morales Muñoz, profesora de la UNED que estudia la zoohistoria, ha afirmado que “tener un elefante o una jirafa vendría a ser algo parecido a poseer hoy un yate o un jet privado”, y Marina Belozerskaya añade que “puesto que Lorenzo no reunió un jardín de fieras completo, (…) consideraba al animal un instrumento político, un golpe de efecto”.
 
Así fue como el embajador que Florencia envió a El Cairo para negociar nuevos compromisos comerciales con los mamelucos que controlaban Egipto recibió también el encargo de conseguir una jirafa. Afortunadamente, el sultán también necesitaba un favor: temía la amenaza que significaba la expansión otomana y que Bayaceto II, el hijo mayor de Mehmet II, quisiera emular la gloria conquistadora que había significado para su padre la caída de Constantinopla (1453) atacando a los mamelucos egipcios con la excusa de que se habían involucrado en la lucha dinástica que Bayaceto sostuvo con su hermano Yim, quien -derrotado por Bayaceto tras tratar de arrebatarle la herencia paterna- huyó a Egipto primero y, tras un nuevo fracaso desde allí, fue capturado en Malta por los caballeros de la Orden de San Juan y conducido prisionero a Francia. El sultán de Egipto quería custodiarlo para disuadir a Bayaceto II de una eventual agresión. Sabía que el Papa también pretendía alojar a tan ilustre prisionero para asegurarse de que los otomanos no se lanzarían sobre Italia (¿Otranto?), y que Lorenzo estaba forjando una relación familiar con el Papa Inocencio. Así que, cuando en 1485 Bayaceto firmó la paz con Hungría y Venecia, temiéndose lo peor, el sultán egipcio pidió ayuda a Lorenzo. La coincidencia de tal S.O.S con la llegada de la jirafa a la Toscana (1487) nos permite sospechar que el trato consistió en cambiar una jirafa por un príncipe otomano.

El caso es que el domingo 11 de noviembre de 1487 los florentinos se atropellaron por calles y plazas para presenciar el desfile de una larga procesión de extranjeros ataviados con altos turbantes, acompañados de servidores de piel oscura cargados de cajas de metal exquisitamente trabajadas, y un buen montón de leones y caballos, a los que seguía una criatura de más de 5 metros de alto, cuyo aspecto les pareció estrafalario pero bello, musculoso pero delicado, torpe pero elegante, cuyos grandes ojos “de un pardo oscuro (...) contemplaban mansamente a los presentes por debajo de largas y espesas pestañas”. Nuestra autora parece haber recogido multitud de fuentes, a las que no cita apropiadamente, que nos permiten constatar la impresión que causó la jirafa: “un calderero llamado Bartolomeo Masi registró en su diario que los animales enviados por el sultán eran los más maravillosos que se habían visto en la ciudad y que la jirafa era tan dócil como un cordero. Otro florentino, Antonio Constanzi, escribió un epigrama contando que la jirafa, cuando fue paseada por las calles de la ciudad, aceptaba apetitosos bocados de sus admiradores. Mansa y amable, comía delicadamente de las manos de los niños, que le ofrecían pan, heno y frutas (…) Dócil e inteligente, tenía hechizados a los florentinos con su amable disposición, sus grandes y húmedos ojos, sus atentas orejas y su elegante manera de hacer girar el largo cuello para echar una mirada a su alrededor”.

Seis meses después, el enviado del sultán iniciaba su regreso. Le acompañaba el embajador florentino que debía interceder en Roma para obtener del Papa -que prohibía las ventas de armas a los infieles- la autorización que permitiría a los mamelucos conseguir el armamento que podrían necesitar si se producía el ataque otomano. El 17 de enero de 1489 se informaba a Lorenzo de que la venta había sido autorizada, y en marzo, Yim quedó bajo custodia papal. Ese mismo mes, Lorenzo recibió la noticia que suponía el encumbramiento definitivo de los Médici: Inocencio VIII nombraba cardenal a un hijo de Lorenzo, Giovanni (13), quien llegaría a ser en 1513 el Papa León X.

¿Y la jirafa? Pues falleció en 1488. Parece que se le atascó la cabeza entre las vigas del pajar donde se la guardaba. Aterrada, debió sacudir el cuello con demasiada fuerza, para librarse, y cayo muerta al suelo con el cuello quebrado. Sin embargo, después de su muerte continuó siendo un símbolo del triunfo político de Lorenzo, como demuestra que el gran Duque Cosme I encargara a Vasari, muchos años más tarde, las pinturas que recordarían, en la antigua Signoria, sus antecedentes ilustres. En la pintura dedicada a Lorenzo se incluye su flamante jirafa porque sus sucesores la consideraron un símbolo de su ascenso.

jueves, 13 de septiembre de 2012

LIBERTAD SIN IRA (JARCHA, 1976)



Suelo hacer cuadrar este video cuando, al final de curso, termino la Historia de España de segundo de Bachillerato. Intento siempre que suene siempre los últimos minutos, para que -al acabar la canción- suene el timbre y acabe también la última clase. Colgarlo aquí me servirá para tenerla a mano, pero también creo que urge recordarla en estos días en los que hay quien quiere refundar España sobre nuevas bases democráticas, mientras otros se aferran a un inquietante patriotismo constitucional para poder decir que no. ¿Se precipitarán los acontecimientos?

sábado, 1 de septiembre de 2012

1755 (2): EL TERREMOTO DE LISBOA Y EL ECLIPSE DE DIOS



Hoy sabemos las causas del terremoto que asoló Lisboa en 1755: las dinámicas confrontadas de las placas tectónicas africana y europea provocaron el seísmo, cuyo epicentro se encontraría en algún punto de la falla Azores-Gibraltar. Sabemos que la primera gran sacudida duró unos 7 minutos y alcanzó -si Richter hubiera nacido- una intensidad que situaríamos en torno a los 8,7 grados de su escala. En definitiva podemos construir un discurso que explique la catástrofe gracias a las encuestas que, para calibrar los daños y recabar información, impulsaron los gobiernos de Lisboa y Madrid. Con aquellos cuestionarios la sismología apenas daba sus primeros pasos, por lo que las explicaciones en torno a la catástrofe se buscaron de otro modo. De hecho, aquellas sacudidas, con sus grietas en la tierra liberando gases sulfurosos, los cientos de fieles sepultados entre los escombros de las iglesias, la retirada del mar y la consecuente ola gigantesca, constituyeron un fuerte revulsivo para la historia del pensamiento: el terremoto de Lisboa hizo que se tambalearan mucho más que edificios, porque el alcance de la destrucción no dejó indiferente a la Europa pensante. No sólo se derrumbaron el 85% de los edificios de Lisboa, incluidos los archivos reales que guardaban, por ejemplo, los informes de las exploraciones de Vasco de Gama. En la tragedia murieron 90.000 de los 275.000 habitantes de la ciudad, personas de toda condición. Sobre el embajador español, por ejemplo, se derrumbó su fachada. Y si la familia real se salvó fue porque había salido al campo por la insistencia de una de las infantas. Era imposible no preguntarse por qué Dios se había ensañado de aquella manera con una ciudad tan devota, cuyos fieles llenaban, aquel día de Todos los Santos, las 40 iglesias de la ciudad.


La explicación providencialista culta. Según Evaristo Álvarez Muñoz (Universidad de Oviedo) Leibniz había publicadoTeodicea: ensayos sobre la bondad de Dios, la libertad del hombre y el origen del mal” para refutar el Dictionnaire Historique et critique (Amsterdam, 1697) de Pierre Bayle, porque en esa obra, afirmaba, “la religión y la razón aparecen en lucha”. Él se proponía conciliarlos con una teología natural, lógica, prescindiendo de la fe en verdades reveladas. Partiendo de “la existencia de un sólo Dios perfectamente bueno, poderoso y sabio”, se planteaba el problema de la existencia del mal en el mundo porque “aún cuando no concurra Dios en las malas acciones, (…) las permite, pudiéndolas impedir por virtud de su omnipotencia”. Así que la existencia del mal en un mundo creado por un Dios bueno, sabio y omnipotente sólo podía deberse a un descuido de la bondad, al desconocimiento de los pormenores o a pequeñas limitaciones a su poder. Sin embargo, su especulación acababa concluyendo que “la causa del mal particular es el bien metafísico que todo lo abarca”. Y es que, desde Newton, los científicos creían que -siendo las leyes de la naturaleza reguladas por Dios- el sufrimiento particular constituía una excepción intrascedente que -aunque suponía desviaciones del plan providencial- podía ser causa de un bien mayor. Si se parte de que el orden universal es perfecto, la mirada global permite pensar que lo que es malo para unos puede ser parte del bien general. Esta especie de “no hay mal que por bien no venga” ponía como ejemplo que las catástrofes del pasado han modelado la tierra que hoy nos puede procurar riquezas y comodidades. Leibniz legitimaba también la existencia del mal diciendo que “es insípido comer siempre manjares dulces, y deben mezclarse con cosas agrias, ácidas y áun amargas, que excitan el gusto. Quien no ha gustado lo amargo no ha merecido lo dulce ni lo apreciará nunca”. Esta confianza optimista en que el mal menor puede formar parte del bien común será atacada por los ilustrados en 1755.

La primera reacción de Voltaire a las noticias del terremoto. Según Thomas Kendrick (The Lisbon Eartquake, NY, 1955), Voltaire tenía terminado el Poème sur le désastre de Lisbonne, el 7-12-1755. En su prefacio ya advertía que pretendía evidenciar la insensatez del optimismo de Leibniz, al que denomina “la filosofía del tout est bien”. Pero entre líneas se lee también una increpación a Dios en nombre de la razón contra los disparates de la naturaleza. ¿A qué conclusiones llega? Pues a que las desgracias demuestran la innegable presencia del mal en la tierra, frente a las que el hombre es un ser débil e indefenso, ignorante de su destino, que se encuentra expuesto a terribles amenazas. En su crítica a los filósofos optimistas, les pide que contemplen las ruinas de Lisboa y piensen en el destino de las víctimas. ¿Pueden seguir considerando que la providencia de un dios benevolente lo ha querido así? ¿Que esos cadáveres son cuerpos de pecadores, incluidos los de los niños, son justas victimas de la ira de Dios? ¿Que el universo sería un lugar peor si Lisboa no hubiese sido destruida? Duda de que las afirmaciones optimistas constituyan un consuelo a las desgraciadas víctimas, de que las desgracias respondan a una voluntad suprema benéfica, de que las muertes cumplen un papel determinado en el plan maestro de Dios. Y trata de demostrar que ningún optimismo justifica los pesares y sufrimientos que afligen al ser humano, una criatura débil e ignorante, abocada al sufrimiento y la muerte.


La reacción de Rousseau al Poême de Voltaire: la Lettre sur la providence Dice Evaristo Álvarez Muñoz que, en sus “Confesiones” (Cap. IX), Rousseau explicaría que respondió al poema creyendo que el propio autor se lo enviaba, y que -temiendo perjudicar la salud del irritable Voltaire- envió la respuesta a su amigo y médico personal, para que valorara si mostrársela era conveniente. Su objetivo era, añadía, hacer entrar en razón a aquel pobre hombre colmado por la prosperidad y por la gloria, que declamaba amargamente contra las miserias de esta vida. Ya se había pronunciado en Premier Discours contra el optimismo ingenuo y contra la fe en el progreso (1750); ahora criticaba el pesimismo de Voltaire en una larga carta (8/1756): “Usted reprocha a Leibniz que insulten nuestros males sosteniendo que todo está bien, pero amplifica de tal forma el cuadro de nuestras miserias que consigue agravar el sentimiento; en lugar del consuelo que yo esperaba, usted me aflige aún más (…) pues suecede lo contrario de lo que usted propone. Ese optimismo que usted encuentra tan cruel, sin embargo, me consuela de los dolores (…) Hombre, ten paciencia, me dice Leibniz. Tus males son un efecto necesario de tu naturaleza y de la constitución del universo. SI el ser eterno no lo hizo mejor será porque será imposible hacerlo mejor (…) ¿Qué me dice ahora su poema? Sufre de por vida, desgraciado. Si hay un Dios que te ha creado, y que es todopoderoso, sin duda podría evitar tus males, pero no esperes que se acaben”.

En su escrito, Rousseau también se posicionaba sobre las causas de la tragedia lisboeta, aunque su análisis nos parece más profano: “Yo no creo que se pueda buscar el origen del mal moral en otro sitio que no sea en el hombre libre (…) Convendrá usted que no fue la naturaleza quien concentró allí 20.000 casas de seis o siete pisos y que si los habitantes de esta gran ciudad hubieran estado más regularmente dispersos el desastre hubiera sido mucho menor, tal vez nulo. ¿Y cuántos desgraciados habrán perecido en esta catástrofe, uno por querer recoger sus ropas, el otro sus papeles, el de más allá su dinero?”. Es decir: no sería la naturaleza (ni su divino regulador) la principal responsable de la catástrofe, sino la mala calidad de la construcción y el hacinamiento de las casas, una valoración que demuestra la progresiva secularización del debate sobre el mal, y la creciente crisis del providencialismo.

Kant y el estudio científico. Mientras temblaba el Atlántico, Immanuel Kant se estrenaba como profesor auxiliar de la facultad de filosofía de Königsberg. Impactado por el terremoto, recopiló todas las informaciones que llegaban sobre el suceso, y esbozó una teoría sobre las causas de terremotos que desarrollaría en 3 pequeños ensayos que presentaban hipótesis evitando explicaciones sobrenaturales. Kant relacionó el origen de los temblores con el movimiento de enormes cavernas bajo la superficie terrestre, en las que una materia de composición desconocida se inflamaría, resquebrajando la superficie. La hipótesis no responde a la realidad, pero convierte al terremoto atlántico de 1755 en el primero que se estudió con pretensiones científicas.


La segunda respuesta de Voltaire: Cándido. El Poème sur le désastre de Lisbonne es prácticamente un prólogo a Cándido, o el optimismo: ambas obras recogen el mismo ánimo de Voltaire, una angustia existencial que le provocaron tres terribles acontecimientos: el terremoto, el inicio de la guerra de los siete años y el atentado contra Luis XV que provocará la persecución de los filósofos y la consecuente interrupción de la Enciclopedia. Cuenta el viaje iniciático de Cándido, un antihéroe que se ha visto expulsado de una baronía (el paraíso), y arrojado al mundo. Sus viajes le llevarán hasta las reducciones jesuitas de Paraguay, pasando por el legendario El Dorado, Surinam -donde presencia la crudeza de la esclavitud-, París, Venecia y Lisboa... en pleno terremoto. Finalmente acaba en Constantinopla, donde decide adquirir una finca en la que reunir a los personajes con los que ha compartido travesía con objeto de “cultivar su huerto”. Moraleja: en este mundo absurdo, imprevisible e inexplicable, dominado por la ambición, la intolerancia, el egoísmo y la crueldad, es mejor no pensar y refugiarse en un rincón acogedor donde compartir el esfuerzo por trabajar la tierra, cuya necesidad nos une. También aquí carga contra la filosofía de Leibniz y su concepción del mundo como el mejor de los posibles: para hacerlo contrasta la descripción de cuanta injusticia encuentran en sus viajes con las explicaciones que un personaje, Pangloss, el preceptor de Cándido, encuentra para todo gracias al principio de “nada puede ser mejor (porque de lo contrario sería de otro modo)”. Como ha escrito Rocío Peñalta Catalán, “Voltaire caricaturiza el método deductivo con grotescos silogismos, para demostrar que es absurdo buscar la explicación de lo que sucede fuera de este mundo en donde sucede, remitirse a un orden superior para explicar y justificar las incongruencias que se producen a diario”.

Al final de “Cándido”, personajes que han conocido tiempos mejores terminan maltrechos y nostálgicos de sus pasadas glorias, entregados a menesteres humildes. Se está apostando por la tolerancia, por la convivencia en paz de personas muy distintas. Pero también es una llamada al hermanamiento, a la fraternidad: la desdicha general nos obliga a sumar esfuerzos para construir un mundo mejor, a superar nuestras diferencias para ayudarnos mutuamente. Alicia Villar Ezcurra (Univ.Pontificia de Comillas) también advierte que, cuando el optimismo armonicista pasa a ser criticado como un consuelo ofensivo para las víctimas, se nos está empujando a sustituir la compasión por la solidaridad. Si todos compartimos desdichas, todos podemos ayudarnos contra ellas. Somos hermanos ante las tormentas de la vida, por lo que -a la reclamación ilustrada de igualdad y libertad- habrá que añadir la de la fraternidad.
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