¡Echando de menos la edición radiofónica!

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"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

viernes, 12 de octubre de 2012

LOS PERDEDORES DE LA HISTORIA DE ESPAÑA

Siempre es un placer leer a Fernando García de Cortázar, cuyas obras contienen siempre un léxico mágico, un lenguaje didáctico y una narración amena. En este libro se consagra a rescatar a los perdedores de la historia de España comenzando por Sertorio, aquel general romano que se resistía a la república aristocrática encabezando en Hispania “tribus sin romanizar y romanos perseguidos”, y Prisciliano, acusado de astrólogo y ocultista, primera sangre derramada por herejía.

Advierte el autor en sus primeras páginas que no quiere escribir una “letanía sobre una España que pudo haber sido y no fue”, y que “hay perdedores que no merecen el reconocimiento sentimental” porque “no fueron impulsados por enaltecedoras pasiones”. Sin embargo, en algunos párrafos sus sentimientos le traicionan: el buen historiador no se deja influir por la intención de sus fuentes, pero es difícil no empatizar con los rastros y los rostros de las víctimas. Y es lícito usar sus canciones y sus suspiros para recordarnos que no debemos repetir las tragedias que protagonizaron. Por eso sorprendemos al autor retratando a cuantos intérpretes e intermediarios han vivido en el filo de dos mundos, como aquel puente tendido hacia el Islam que fueron los mozárabes, cristianos arabizados “atrapados entre el empuje de los cristianos del norte, que los desprecian”, y la cabalgata de los almorávides “que llegan desde el sur, que los degüellan y esclavizan”. Subyace también una reivindicación de la pluriculturalidad en las emotivas páginas que dedica a los judíos expulsados en 1492, o a los moriscos de 1609. Hay especial atención, dada la condición del autor, por los intelectuales perseguidos; por todos aquéllos que, como los jesuitas expulsados por Carlos III en 1767, formaron largas colas de refugiados que huían; o por todos los que se quedaron, y se vieron consumidos y silenciados en su “exilio interior”. Hay en nuestro pasado demasiados obligados a desarraigarse, demasiados empujados a marchar por pensar distinto o por no rezar lo suficiente. Ha habido demasiados amenazados por el “grito en el cielo” de demasiado inquisidor desde demasiado púlpito. Por eso Fernando García de Cortázar consigue angustiar con facilidad al lector, al describir el opresivo ambiente en el que viven los ilustrados españoles, siempre temiendo una denuncia secreta ante el Santo Oficio; siempre escondiendo sus mejores páginas en sus mejor cerrados cajones; siempre guardando sus libros prohibidos demasiado cerca del cálido hogar en el que –si llaman a la puerta de madrugada- arderán, disimulando, aquellos sueños de papel.

Inspirado por una bibliografía exquisita, el maestro es riguroso en su relato: no usa la palabra “nación”, por ejemplo, para definir una entidad política medieval. Apenas se echa de menos algún espacio más para los austracistas, aquellos partidarios en 1700 de un absolutismo más pactado y menos dictado, a los intelectuales que durmieron el primer sueño republicano en 1873, a mujeres como Mariana Pineda, o a las víctimas de aquel “clima borracho de muerte y cuartel” con el que define 1939.

Dice el autor que “todas las crónicas de todas las naciones de la historia están salpicadas de olvidados y perdedores, de represiones y patíbulos”. Leyéndole, sin embargo, uno llega a pensar que demasiadas veces España ha gritado “Vivan las cadenas”. Por eso la apuesta del autor por una España como “espacio de convivencia posible”, mientras periodistas y políticos se consagran a la descalificación intencionada y al insulto arbitrario, debería ser el Norte de todo ciudadano de bien.

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