¡Echando de menos la edición radiofónica!

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"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

sábado, 13 de diciembre de 2008

CURSO "LA LLARGA NIT DEL FRANQUISME" (Y LAS BARRACAS)



















Que después de casi tres años en la Elizalde más que alumnos tengo amigos es algo que no dejaré de repetir. La pasión por la Historia de mi auditorio, leído y lector, me ha permitido aprender mucho de ellos. Preguntan, opinan, me cuestionan, proponen… y su activa participación –a menudo genial- me hacía temer que, cuando me propusieron rematar la saga de cursos de Historia de España con uno sobre franquismo, el nuevo formato de las sesiones no les gustara. Y es que, como no me atrevía a asumir ese tema porque se sale de mi especialidad y mis lecturas no me permiten dominarlo con la necesaria comodidad, opté por invitar a nueve ponentes distintos para que desarrollaran un tema cada uno en función de su especialidad. El formato era más severo, porque limitaba las intervenciones hasta el final de la charla. Y sin embargo, finalmente todo fue muy bien. Tanto, que sería difícil seleccionar un momento entre tantos de los vividos: la recomendación que Fernando Hernández Holgado me hacía de Gregorio Morán, o la cena entre carcajadas que compartí con mi admirada Rosa Ortega –mano de santo con el piano, pero también con sus alumnos de música- y el filólogo Jordi Gracia, autor de La resistencia silenciosa: fascismo y cultura en España, premio Anagrama de ensayo 2004.

También debo destacar la rapidez con la que todos los invitados al curso me dijeron “sí” sin demasiadas explicaciones. Josep Maria Figueres, autor de una apasionante "Entrevista a la guerra", me decía que era “difícil resistirse a tanto entusiasmo” y otro de ellos respondía, cuando yo me disculpaba por no remunerar su participación, que “lo sospechoso sería que pudieras hacerlo”. Indicaciones todas ellas de que la historiografía sobre el franquismo está sana, fuerte, polémica, entusiasta, dispuesta a batir las ventanas de la universidad para encontrarse con el mar de abrazos de una sociedad con necesidades historiográficas por cubrir. A difundir sus descubrimientos y explicaciones más innovadoras. Algunas especialmente sorprendentes, como las que nos presentó Martí Marín (UAB), autor de Porcioles: catalanisme, clientelisme i franquisme, en su conferencia Familiars però desconegudes: les migracions interiors en el franquismo.

Después de recordarnos que con motivo de las ocasiones expositivas de 1888 y 1929 Barcelona había conocido la llegada de un alud de inmigrantes que venían a emplearse en la obra pública y en el negocio que generaba aquel crecimiento urbano sin precedentes, Martí Marín nos advirtió que los registros que aluden a una masiva llegada inmigrante a partir de 1957 nos mienten. Lo hacen cronológicamente, porque la mayor parte de aquellas personas estaba allí desde mucho antes, pero también porque nos inspiran un error sobre las causas de aquellos desplazamientos. Y es que la fascinación de los demógrafos por las cifras migratorias que reflejan ese alud de empadronados nos ha impedido darnos cuenta de que sus llegadas se remontan a los años cuarenta y nos ha hecho descuidar que los desplazamientos de todas esas personas no podía reflejarlos anteriormente el INE porque eran tan ilegales como los miserables barrios de barracas y cuevas en los que se refugiaron. Y que sólo el intento del ministerio de la vivienda creado en 1957 para construir polígonos y bloques hizo que abandonaran su situación ilegal para empadronarse con el objetivo de ganar el acceso a la dignidad. Porque desde su llegada hasta el empadronamiento en los sesenta hay una historia de explotación laboral que se benefició de la ilegalidad del desplazamiento y del correspondiente silencio para pagar salarios de miseria. De negocios y especulaciones como éstos debió nacer la fidelidad al régimen que garantizaba arbitrarios traspasos de las propiedades de los vencidos y una mano de obra silenciada y silenciosa.

La política y el miedo, no el hambre, son la causa de la llegada de la masa migratoria. Probablemente muchos de los inmigrantes conocen ya la ciudad durante la guerra, quizá como refugiados. Termina el conflicto y muchos de ellos retornan a su pueblo, desmoralizados por la derrota, y se encuentran un sitio distinto. Si en los años treinta las aspiraciones republicanas les mantuvieron expectantes, ahora –muerta toda expectativa, defraudadas las esperanzas de reforma agraria, desintegrados los sindicatos que les permitieron luchar- están marcados por un pasado político que les convierte en culpables ante una masa espía y delatora por haber simpatizado con el Frente Popular.

Conscientes de que serán el último jornalero en ser contratado, manchados por su historial político, tienen que abandonar la tierra que les vio nacer para refugiarse en el anonimato de la gran ciudad. Muchas mujeres marchan también para estar cerca de las prisiones provinciales en las que se hacinan sus maridos, para sentir su presencia más cerca, quizá huyendo también de las tachas que –como familiares de los vencidos- les cerraban posibilidades de contratación.



Una sorpresa más. Toda aquella población no reconocida, que malvivía en míseras condiciones de precaria salubridad, era drenada a sus lugares de origen. Sus desplazamientos eran furtivos: la policía les perseguía, les concentraba y –cuando llenaba un tren- les devolvía a sus zonas de origen. Las facturas que RENFE giraba al estado por el importe de esas deportaciones minimizan las diferencias entre aquellas migraciones y las de hoy. Ambas son también, de proporciones aún desconocidas, pero intuitivamente altísimas, como demuestran algunas de las cifras que desconocemos: entre 1941 y 1945, unas 15.000 personas fueron deportadas desde Barcelona.


En la postguerra debemos imaginar pues cientos de miles de fugitivos ilegales, atravesando el país a escondidas, empeñados por un billete, bajando del tren furtivamente cuando se acercan a la ciudad, poniendo así las bases de su presencia en el extrarradio y el cinturón urbano. Con su cara de no entender la ciudad compleja, con el miedo a ser devueltos al infierno del origen, con el frío calado en los huesos en una barraca construida con precariedad, con sus vestidos de remiendos, aquellos disidentes también deben ser considerades héroes.

Hay que visitar antes del 22 de febrero Barracas, la ciudad informal. En el Museu d’Història de la Ciutat. Además de fotos del Arxiu y las filmaciones de Llorenç Soler, muestra espeluznantes cifras sobre el número de barracas que permiten intuir, como la creación en 1949 del Servicio de Erradicación del Barraquismo, que la lucha contra el fenómeno fue muy larga.

1 comentario:

Anónimo dijo...

¡Felicidades Ferran!, por la gestión del curso, por la calidad de la mayor parte de los investigadores que vinieron y por tu excelente coordinación.

Luis.

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