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"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

sábado, 17 de noviembre de 2012

EL LECHO, EL PODER Y LA MUERTE: HISTORIAS DE REINAS


El matrimonio practicado en la época moderna se caracterizaba por una edad cada vez más tardía de la contrayente que servía para reducir su período de fecundidad, de tal modo que los intervalos intergenésicos superaban los dos años. La iglesia instituyó además en Trento la presencia personal de los contrayentes y el rechazo de la consanguinidad. Ninguna de esas cuatro características del modelo matrimonial, sin embargo, fueron respetados por los compromisos dinásticos de la realeza, que se basaban en el matrimonio precoz de la mujer, un exceso de consanguinidad que rayaba el incesto, las bodas por procuración y las maternidades sucesivas. ¿Por qué la práctica matrimonial principesca violaba sistemáticamente el modelo matrimonial seguido por el resto de la población? Para responder a esa pregunta, Bartolomé Bennasar ha “auscultado el destino de ciento veinte reinas, princesas y archiduquesas” en un libro que, bajo el epígrafe “Reinas y princesas del Renacimiento a la Ilustración”, busca superar el catálogo de desdichas individuales para sistematizar las circunstancias vitales nada envidiables de estas mujeres.

Para empezar, sus bodas eran el producto resultante de árduas negociaciones sobre las que los contrayentes nunca eran informados. Ni que decir tiene que la elección de esposa para un príncipe dependía de la razón de estado, y nunca del amor. Para ella podía ser especialmente frustrante porque, tras renunciar a su familia, costumbres, guardarropa y lengua para convertirse en garantía de una alianza entre su padre y su marido, estas adolescentes se encontraban de pronto en territorio enemigo, rehenes de un pacto que no comprendían, que las alejaba para siempre del escenario de su infancia. En ese sentido pocas ceremonias de entrega igualan la teatralidad de la de María Antonieta: fue un ritual iniciático para el que se diseñó un edificio para la ocasión sobre una isla del Rhin. Tal y como recreó magistralmente Sophia Coppola al comienzo de la película que dedicó al personaje, la princesa entró como archiduquesa de Austria para metamorfosearse en delfina flanqueando una línea invisible pero irrevocable que la despojaba de todo. Incluso su mascota resultó cuestionable para la expectante corte de Versalles...

El recibimiento en la corte no solía ser mucho mejor. Desamparadas, las jóvenes princesas eran escrutadas con alevosía por una altiva nobleza que se burlaba de su acento o de las confusiones con el protocolo de la novata recién llegada. Apenas púberes subían al lecho con una urgencia por concebir que pretendía garantizar el futuro de la dinastía. En una corte que las consideraba espías virtuales se debían sentir desamparadas, muy solas, acosadas -si el embarazo no venía- por la sospecha de infertilidad que las sometía a todo tipo de peregrinaciones, emplastes, astrólogos, cataplasmas y brebajes. Si el embarazo prosperaba, eran prematuramente apartadas de sus bebés para reintegrarlas cuanto antes a su principal objetivo, la concepción, convirtiendo sus vidas en una sucesión de embarazos que por consecutivos multiplicaban las posibilidades de riesgo y que pretendía proporcionar hijas para continuar con las alianzas internacionales y superar la alta mortalidad infantil ropia del sistema demográfico del Antiguo Régimen facilitando a la familia de acogida un heredero sano. En el caso de que no les tocara enterrar a varios de sus hijos, frecuentemente sufrían su separación, porque se quería alejar de la formación del heredero cualquiera de las influencias extranjeras que envolvían el ambiente de la reina.


Y es que, en tanto representantes de una dinastía extranjera, a menudo se consideraba a las reinas una especie de enemigas virtuales a las que había que espiar. ¿Por qué? En cierto modo, sus obligaciones para con su familia de origen no habían terminado con su sacrificio personal: se contaba con su fidelidad a los intereses familiares de origen, lo que debía sumirlas en un angustioso conflicto de lealtades. En la biografía que Henry Kamen dedicó a Felipe II encontré la transcripción de un documento que resultaría ilustrativo en ese sentido. El rey aleccionaba a sus embajadores en Viena para que trataran con su hermana María, la esposa del emperador Maximiliano: “en todos los negocios que ocurrieren, os habéis de valer siempre de su favor y medio, y tomar y su orden y consejo, antes de hablarlos al emperador, porque ella os dirá la manera y a los tiempos que los habéis de tratar para que se acierten y, en fin, habéis de tener la mira a proceder y gobernaros en todo por el camino que mi hermana os mandare que llevéis”. El documento insinúa un papel de influencia sobre las decisiones de su esposo, aunque su función no se circunscribía a esa asesoría informal sobre el emperador: también espiaba a Maximiliano. Por ejemplo, en 1567, María le dijo a un diplomático español “en secreto, que leyendo estos días unas cartas que estaban en la mesa del emperador” descubrió algunos asuntos que su hermano debía conocer; de modo que se los transmitió. En cierto modo los temores de las cortes de acogida, pues, eran fundados y las reinas ejercían como comisionados de los intereses de su familia original. Quizá por eso Felipe II explicaba en 1570 a un embajador extraordinario en Viena que “a mi hermana escribo dos cartas: una de los negocios que podrá mostrar al emperador –ésta le enviaréis en abriendo el pliego-, y otra de algunos particulares que han de ser para ella sola, sin que el emperador ni otro ninguno lo sepa; esta irá a parte, (...) Habéisla de tener muy secreta, y cuando vayáis a mi hermana diréis, sin que nadie lo entienda, cómo le tenéis otra carta particuar, que ella mire como y cuando se la habéis de dar”.

Todo parece indicar que, incluso superado el incesante ritmo de partos, las obligaciones de la reina seguían siendo una pesada e incómoda carga. Sólo si les llegaba la viudedad podían convertirse en regentes y superar el ejercicio del “poder informal” para convertirse en gestoras del patrimonio familiar. Algunas demostraron ser entonces habilísimas “Maquiavelos con faldas” que se movieron ingeniosamente en la primera línea de protagonismo político. Después de perseguir por toda Europa una infinita casuística de casos, entre los que se cuenta a Margarita de Valois atravesando con una cama a cuestas una Francia ensangrentada por las Guerras de Religión, el inaudito celibato de Isabel Tudor o el supuesto envenenamiento de la primera esposa de Carlos II, María Luisa de Orléans, Bennassar repara en el perfil político de Luisa de Saboya. La madre de Francisco I ejerce de regente tras la derrota de Pavía. Sensible al trato que sus nietos, rehenes del Emperador Carlos, podían recibir, negoció con la gobernadora de los Países Bajos Margarita de Borgoña, un acuerdo que conocemos como “Paz de las Damas” (1529). Más capaces de comprender la urgencia de una solución pacífica que el sobrino de Margarita, Carlos V, y el hijo de Luisa, Francisco I, ellas tomaron la iniciativa y negociaron directamente, apartando a su familia de los detalles, rodeadas de diplomáticos y juristas. La negociación, idealizada por el pincel historicista decimonónico de Francisco Jover, les permitió superar el estancamiento diplomático con sutiles transacciones, cuyos detalles no comunicaron, hasta alcanzar un acuerdo estable en Cambrai.

El caso no debería parecernos excepcional. En tanto lo que hoy llamamos “relaciones internacionales” eran entonces gestiones familiares y administración del patrimonio correspondiente a una familia, a menudo ellas estaban especialmente preparadas para las sutilezas necesarias que permitieran encontrar el equilibrio ¡No nos sorprendamos de la inteligencia del acuerdo tanto como de la poca atención que la Historia les prestó! 

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