¡Echando de menos la edición radiofónica!

¡Echando de menos la edición radiofónica!
"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

viernes, 26 de diciembre de 2008

LA SANGRE DE MAYO Y LA CONDESA DE MURILLO




Benito Pérez Galdós deja bien claro que "a los vasallos del buen Carlos no les parecía bien el viaje" ideado por Godoy para apartar a los reyes de las tropas napoleónicas que pretendían hacer cumplir por la fuerza a Portugal el bloqueo continental contra el Reino Unido. Pero cuando el bueno y enamorado de Gabriel sale a la calle el 19 de marzo de 1808 que don Benito le inventó, los taciturnos y belicosos bullangueros que nos muestra "beber a porrillo y dar puñetazos en las mesas, desvergonzarse con todo el mundo, mirar con aire matachín" son, más que buenos vasallos, matarifes a sueldo.

Cuando don Benito convierte al protagonista de su "Episodio Nacional" en involuntario testimonio del pasacalles sangriento de mayo, no deja tan claro como en el Motín de Aranjuez que contaron más de la cuenta cuatro campanas repicando a destiempo, ocho correveidiles, unos cientos de monedas y un infinito odio por las reformas. Sin embargo, se puede intuir que algunas dudas le inspiraba aquel bautismo en sangre de la nación que los liberales del ochocientos soñaron al recordar el Dos de Mayo. Así, cuando a Gabriel le espetan si es que "no tienes corazón ni eres hombre para nada" porque yace impasible entre la confusión sin "romperle la cabeza al primer francés que se ponga por delante", responde confuso que "han pasado sin duda cosas que yo no sé, porque he estado muchos días sin salir a la calle". Su confusión es lógica: no muchas páginas antes ha sido testimonio de los piropos que la muchedumbre madrileña dedica a los franceses que acompañan al príncipe don Fernando. Es más: cuando le insisten "¿Te gusta que te manden los franceses y que con su lengua que no entiendes te digan , y que entren en tu casa, y te hagan ser soldado de Napoleón, y que España no sea España, que nosotros no seamos como nos da la gana de ser, sino como el emperador quiera que seamos?", responde que eso es pura fantasía del fanfarrón a sueldo de la plata fernandina.

Apelar a la literatura liberal del ochocientos para hacer películas y sumar gritos fundamentalistas puede ser una forma de arte; pero la misma libertad de expresión que protege el genio creativo del artista debería clamar contra la irresponsabilidad de ponerlo al servicio de agitadores agresivos cuyo respeto por el adversario ideológico está por demostrar. Sobre todo cuando la colección de ruidosos silencios que acoge el guión de Sangre de Mayo disfraza la novela en la que dice basarse para construir un panfleto de nacionalismo esencialista, tan burdo y místico como el que se asocia a los nacionalismos que, con cierta sorna, llaman "periféricos".



Cuando la señora presidenta de la comunidad de Madrid, condesa de Murillo y lideresa del Partido que dicen Popular, afirmó en los actos desarrollados en el madrileño cementerio de la Florida, donde yacen 43 víctimas de la represión francesa del 3 de mayo, que “si los españoles se rebelaron contra Napoleón fue precisamente porque ya tenían conciencia de que España era una nación, de que era una gran nación y por eso no podía soportar que nadie le impusiera su voluntad” está ocultando, casualmente, la misma buena ristra de detalles que obvia la película del avezado, a menudo genial, cineasta "Don Garci" (me parece que en las tertulias estos señores se ponen un Don delante y se hacen muchas reverencias, espero estar a su altura y no ofenderles!).

Para empezar, ignora a consciencia que las autoriades no siguieron el levantamiento y que sólo con la llegada de las noticias de Bayona se concentraron en recabar la soberanía vacante y frenar los brotes violentos de los españoles a los que hoy llaman "héroes" pero entonces llamaban sólo "populacho". También se omite que las Juntas locales y provinciales se resistieron a ser absorvidas por una Junta Central: el fenómeno político, de efervescente energía, no está recibiendo la atención que merece. Ya un testigo directo como el Conde de Toreno tituló su obra "Historia del alzamiento, guerra y revolución de España". Sin embargo, las reflexiones sobre la supuesta revolución brillan por su ausencia, y el hervidero ideológico de las variopintas juntas tampoco está recibiendo mucha atención porque la España que se quiere ver nacer en 1808 tiene poco que ver con la diversidad y la ciudadanía.

También se están escondiendo los indicios, ya intuidos por Galdós, que apuntan que no hubo espontaneidad aquel Dos de Mayo: desde que el profesor Aymes señalara en 1974 la posibilidad de una conspiración tramada con anterioridad aprovechando la infraestructura preparada para el Motín de Aranjuez, hemos detectado incitadores coincidientes y víctimas que no son vecinos. No hay fuentes que nos permitan contrastar la hipótesis, aunque no sería imposible encontrarlas en archivos privados.

Aquellos orgullosos ocupadores franceses debieron dar -tenemos constancia- incontables excusas para encender de xenofobia al más frío de los testigos de su paso oportunista. Pero confiar en el sentimiento nacional para justificar el levantamiento minimiza el peso de la presencia ocupadora y del alojamiento militar sobre sociedades agrícolas de frágil equilibrio demográfico. Del mismo modo, se evita reflexionar sobre la influencia del púlpito como aparato de propaganda que sembró el odio contra el estado laico y la abolición del régimen feudal en el que tan cómodamente vivía la iglesia.

Desconozco si la Condesa esconde todos esos datos porque distorsionarían la intención que tiene de poner las víctimas de entonces al servicio de sus intereses de ahora. También desconozco si los soldados de Napoleón llevaban en su mochila un ejemplar del Código Civil.

Pero lo que sí sé es que los franceses simbolizaban laicismo y libertad, contra inquisición y feudalismo. ¿Es casualidad que los mismos que supeditan cualquier explicación historiográfica sobre el levantamiento de 1808 a la mística patriotera compartan hoy pancarta con los obispos reaccionarios que siguen condenando la Revolución Francesa en la Revista Alfa y Omega?

La sospechosa alianza sigue pie desde entonces...

domingo, 21 de diciembre de 2008

REJAS EN LA ADOLESCENCIA: AGRADECIMIENTO A BUENAVENTURA CRISTÓBAL



Durante toda mi vida he tenido mucho miedo a escribir lo que pensaba y aún más a expresarme libremente. Desde el día en que Juan, estando los dos solos en la celda, sentados en lo alto de las colchonetas, me contó que él era un represaliado de las huelgas de 1917 y que, considerado como revolucionario, su ficha seguía en los ficheros de activistas, creo que quedé marcado con una gran aspa roja de miedo, a que cualquier acto mío considerado incorrecto por cualquier represor se volviera contra mí. Tenía 16 años y un mundo nuevo pululaba alrededor mío… Juan era contable en una resinería de Valsaín.
De la noche de mi detención domina el recuerdo que hacía frío, mucho frío. (…) Todo comenzó a las nueve de la noche. Llamaron a la puerta de casa, abrí yo. Dos jóvenes estaban en el dintel, a uno de ellos lo reconocí por haberle visto con frecuencia con otros amigos en los jardines del Alcázar. Se acercó mi madre y les dijo que pasaran, pero no quisieron; dijeron que tenía que acompañarles a la comisaría de policía, que dejase en casa lo que llevara en los bolsillos, cortante o punzante. No me despedí de mi madre, le di un beso y nos fuimos
”.

Así comienza Buenaventura Cristóbal un capítulo de su libro Castillo de galeras, rejas en la adolescencia 1936-1945. El testimonio de su tiempo en prisión no busca la lágrima fácil ni el dramatismo, sino que desgrana con un encanto sutilmente triste el pasar de una difícil cotidianidad. Su relato fluye con facilidad, se derrama entre los dedos como la arena de un reloj. Y sin embargo la sordidez de la celda y de aquellos tiempos difíciles empañan el alma del lector.
La trayectoria vital que nos cuenta es muy representativa de aquella España encarcelada más allá de las rejas en los años cuarenta. Su primera estancia en prisión en 1936-1937, cuando apenas tenía 16 años, en Segovia, demuestra la violencia preventiva que los golpistas ejercieron contra cualquier vestigio de modernidad, con la confesada intención de extirparlo del cuerpo político de la nación; y es que el padre de Ventura, como escritor, tenía estrecha relación con el mundo intelectual liberal de su ciudad, y su trabajo en la diputación le vinculaba con el Frente Popular. Su rápida desaparición no libró a la familia de la represión: el encierro de Ventura, pese a ser un adolescente ajeno a la política, demuestra hasta qué punto aquella represión quiso ser eficaz, efectiva, sistemática, total.
Cuando meses después Ventura sale de la prisión y es movilizado por las tropas insurrectas, se incorpora a filas en el bando insurrecto. Como durante tanto tiempo temió a escondidas, su pasado apareció un día; y por su vinculación familiar de nuevo, y pese a haber cumplido con su modesto papel en la comedia golpista sin queja de sus superiores, volvió a ser encerrado, esta vez por cuatro años más, en Cartagena, en el Castillo de Galeras.



Redactaba yo esta tarde la memoria del año de Fent Història, y he quedado muy satisfecho, al hacer balance, de nuestra productividad: en un año hemos estado involucrados en 29 actos, de los cuales 10 son sesiones abiertas de un ciclo, 9 conferencias, 8 cursos, 1 visita comentada y 1 taller, a las que podríamos añadir la producción de dos boletines. Esas actividades nos han puesto en contacto con muchos historiadores de prestigio y con nuevos investigadores, con ciudadanos tan apasionados por la Historia como nosotros, y con muchas instituciones: La Casa Elizalde, el Colegio de Licenciados en Filosofia y Letras, la XXXV Escola de Secundària, la Biblioteca Pública Arús, Ciberdona, y otras más.

Y sin embargo, guardo un recuerdo especial por haber colaborado en la presentación de este libro de la editorial Altafulla, porque me ha dado la oportunidad de conocer a un alma sensible que sobrevivió a un pasado difícil con entereza y humanidad, un tipo estupendo que dibujaba Cartagena desde su celda (hoy en la portada de su libro). A él, a su hija Cristina (a su derecha en la foto) y a la historiadora Mercedes Álvarez (a su izquierda), que están documentando el camino del padre de Ventura hasta el campo de concentración de Dachau, donde falleció, muchísimas gracias por dejarme participar.

sábado, 13 de diciembre de 2008

CURSO "LA LLARGA NIT DEL FRANQUISME" (Y LAS BARRACAS)



















Que después de casi tres años en la Elizalde más que alumnos tengo amigos es algo que no dejaré de repetir. La pasión por la Historia de mi auditorio, leído y lector, me ha permitido aprender mucho de ellos. Preguntan, opinan, me cuestionan, proponen… y su activa participación –a menudo genial- me hacía temer que, cuando me propusieron rematar la saga de cursos de Historia de España con uno sobre franquismo, el nuevo formato de las sesiones no les gustara. Y es que, como no me atrevía a asumir ese tema porque se sale de mi especialidad y mis lecturas no me permiten dominarlo con la necesaria comodidad, opté por invitar a nueve ponentes distintos para que desarrollaran un tema cada uno en función de su especialidad. El formato era más severo, porque limitaba las intervenciones hasta el final de la charla. Y sin embargo, finalmente todo fue muy bien. Tanto, que sería difícil seleccionar un momento entre tantos de los vividos: la recomendación que Fernando Hernández Holgado me hacía de Gregorio Morán, o la cena entre carcajadas que compartí con mi admirada Rosa Ortega –mano de santo con el piano, pero también con sus alumnos de música- y el filólogo Jordi Gracia, autor de La resistencia silenciosa: fascismo y cultura en España, premio Anagrama de ensayo 2004.

También debo destacar la rapidez con la que todos los invitados al curso me dijeron “sí” sin demasiadas explicaciones. Josep Maria Figueres, autor de una apasionante "Entrevista a la guerra", me decía que era “difícil resistirse a tanto entusiasmo” y otro de ellos respondía, cuando yo me disculpaba por no remunerar su participación, que “lo sospechoso sería que pudieras hacerlo”. Indicaciones todas ellas de que la historiografía sobre el franquismo está sana, fuerte, polémica, entusiasta, dispuesta a batir las ventanas de la universidad para encontrarse con el mar de abrazos de una sociedad con necesidades historiográficas por cubrir. A difundir sus descubrimientos y explicaciones más innovadoras. Algunas especialmente sorprendentes, como las que nos presentó Martí Marín (UAB), autor de Porcioles: catalanisme, clientelisme i franquisme, en su conferencia Familiars però desconegudes: les migracions interiors en el franquismo.

Después de recordarnos que con motivo de las ocasiones expositivas de 1888 y 1929 Barcelona había conocido la llegada de un alud de inmigrantes que venían a emplearse en la obra pública y en el negocio que generaba aquel crecimiento urbano sin precedentes, Martí Marín nos advirtió que los registros que aluden a una masiva llegada inmigrante a partir de 1957 nos mienten. Lo hacen cronológicamente, porque la mayor parte de aquellas personas estaba allí desde mucho antes, pero también porque nos inspiran un error sobre las causas de aquellos desplazamientos. Y es que la fascinación de los demógrafos por las cifras migratorias que reflejan ese alud de empadronados nos ha impedido darnos cuenta de que sus llegadas se remontan a los años cuarenta y nos ha hecho descuidar que los desplazamientos de todas esas personas no podía reflejarlos anteriormente el INE porque eran tan ilegales como los miserables barrios de barracas y cuevas en los que se refugiaron. Y que sólo el intento del ministerio de la vivienda creado en 1957 para construir polígonos y bloques hizo que abandonaran su situación ilegal para empadronarse con el objetivo de ganar el acceso a la dignidad. Porque desde su llegada hasta el empadronamiento en los sesenta hay una historia de explotación laboral que se benefició de la ilegalidad del desplazamiento y del correspondiente silencio para pagar salarios de miseria. De negocios y especulaciones como éstos debió nacer la fidelidad al régimen que garantizaba arbitrarios traspasos de las propiedades de los vencidos y una mano de obra silenciada y silenciosa.

La política y el miedo, no el hambre, son la causa de la llegada de la masa migratoria. Probablemente muchos de los inmigrantes conocen ya la ciudad durante la guerra, quizá como refugiados. Termina el conflicto y muchos de ellos retornan a su pueblo, desmoralizados por la derrota, y se encuentran un sitio distinto. Si en los años treinta las aspiraciones republicanas les mantuvieron expectantes, ahora –muerta toda expectativa, defraudadas las esperanzas de reforma agraria, desintegrados los sindicatos que les permitieron luchar- están marcados por un pasado político que les convierte en culpables ante una masa espía y delatora por haber simpatizado con el Frente Popular.

Conscientes de que serán el último jornalero en ser contratado, manchados por su historial político, tienen que abandonar la tierra que les vio nacer para refugiarse en el anonimato de la gran ciudad. Muchas mujeres marchan también para estar cerca de las prisiones provinciales en las que se hacinan sus maridos, para sentir su presencia más cerca, quizá huyendo también de las tachas que –como familiares de los vencidos- les cerraban posibilidades de contratación.



Una sorpresa más. Toda aquella población no reconocida, que malvivía en míseras condiciones de precaria salubridad, era drenada a sus lugares de origen. Sus desplazamientos eran furtivos: la policía les perseguía, les concentraba y –cuando llenaba un tren- les devolvía a sus zonas de origen. Las facturas que RENFE giraba al estado por el importe de esas deportaciones minimizan las diferencias entre aquellas migraciones y las de hoy. Ambas son también, de proporciones aún desconocidas, pero intuitivamente altísimas, como demuestran algunas de las cifras que desconocemos: entre 1941 y 1945, unas 15.000 personas fueron deportadas desde Barcelona.


En la postguerra debemos imaginar pues cientos de miles de fugitivos ilegales, atravesando el país a escondidas, empeñados por un billete, bajando del tren furtivamente cuando se acercan a la ciudad, poniendo así las bases de su presencia en el extrarradio y el cinturón urbano. Con su cara de no entender la ciudad compleja, con el miedo a ser devueltos al infierno del origen, con el frío calado en los huesos en una barraca construida con precariedad, con sus vestidos de remiendos, aquellos disidentes también deben ser considerades héroes.

Hay que visitar antes del 22 de febrero Barracas, la ciudad informal. En el Museu d’Història de la Ciutat. Además de fotos del Arxiu y las filmaciones de Llorenç Soler, muestra espeluznantes cifras sobre el número de barracas que permiten intuir, como la creación en 1949 del Servicio de Erradicación del Barraquismo, que la lucha contra el fenómeno fue muy larga.

sábado, 8 de noviembre de 2008

ILUSTRADOS EN PALACIO... HASTA EL 11 DE ENERO!



Hace años que escuché atribuir a Pío Baroja que “el problema de España es que los reaccionarios son de verdad y los liberales de pacotilla”. Sobrevivir a Aznar te convence del tradicional poco entusiasmo de la derecha española por el liberalismo político más elemental. Por eso el axioma barojiano me pareció muy acertado y por eso me cuesta creer –vistas las últimas confesiones de la reina- que por palacio haya vagado jamás gente más abierta e ilustrada que la tan sospechosamente oportuna Pilar Urbano. Visto el panorama, con Feijoo confesando, Mayans delirando en su gabinete sobre el sexo de los ángeles historiográfico, y Floridablanca temblando de miedo por la bastilla, cuesta creer que hubiera ilustración en España.

Acepto que en un país europeo integrado en el circuito de ideas gracias a las relaciones diplomáticas, los contactos comerciales, el trasvase de población, los libros y los relatos de viajeros, difícilmente hubiera fronteras políticas o barreras lingüísticas para las ideas. Y que –procesados por la derecha como “heterodoxos”, ninguneados por la izquierda francófila- los ilustrados españoles siguen silenciosos y silenciados.

Pero por donde no paso es por construir ningún paradigma con las modestas, parciales y superficiales reformas de los tiempos de Carlos III. Recuerdo un libro de un grupo de historiadores que se hacía llamar Equipo Madrid que cuestionaba la unanimidad de juicio sobre el monarca –basada en la repetición de tópicos- recordando que trató de restablecer la jurisdicción del Santo Oficio en Nápoles, que de joven quiso quemar un volumen del Teatro Crítico de Feijoo, que Aranda –tan amigo de Voltaire- no se cortó un pelo reprimiendo los motines de 1766, que Moniño usó la tortura judicial bastante después de que Beccaria publicase Los delitos y las penas, y que las cartas que enviaba a Bernardo Tanucci muestran a Carlos III más absorto en los faisanes que apasionado por las Luces.

En cambio, desde que leí La aventura del poder (la biografía que dedicó a Manuel Godoy el profesor Emilio La Parra) me seduce la idea de que fue en realidad bajo Carlos IV cuando gente ilustre llegó a ilustrada… El mismo autor acaba de editar las Memorias que el favorito, fiel hasta el final, escribió en el exilio, en las que se pregunta ¿Quién me encontró temeroso de las luces? Lejos de apartarlas, procuraba yo encenderlas y buscar su claridad, precavidas sus explosiones. Las amé constantemente, y para no temerlas, procuré hacerlas aliadas del gobierno.


















Finalmente, el mismo profesor de la Universidad de Alicante es uno de los comisarios de la exposición Ilustración y liberalismo 1788-1814 que se podrá visitar en el Palacio Real de Madrid hasta el 11 de enero. Concidí con él este verano en el Palacio de la Magdalena porque coordinó un curso de verano excelente en Santander sobre el dos de mayo en el que participaron, entre otros, Jean-René Aymes, Armando Alberola, Miguel Artola, y –en la foto, a la derecha de la representante de la universidad Internacional Menéndez Pelayo-, el mismo Emilio La Parra, Ricardo García Cárcel y Javier Moreno Luzón. El curso fue apasionante y suculento. Y me permitió abordar al profesor La Parra para preguntarle por el hilo argumental de la exposición: "Partiendo de los proyectos ilustrados y tomando como referencia el reinado de Carlos IV" –me dijo- "se intenta establecer cuales son aquellos planteamientos reformistas referidos especialmente a determinados campos, como el artístico y arquitectónico, el concepto de ciudad y el de sociedad que implica, proyectos económicos (explotación de minas, construcción de canales, mejora de las técnicas agrícolas, etc). Después queremos mostrar cómo la guerra de la independencia supone una crisis de los proyectos reformistas y también del concepto de monarquía que sustenta la ilustración. Ante esa crisis se plantean dos opciones: la afrancesada o josefina (que debía ser una continuación de la ilustración pero con un proyecto reformista muy acusado, condicionado por el modelo francés explicitado en Bayona, el de Napoleón aplicado a los estados satélites) y la liberal (que se plasma en las cortes de Cádiz y la constitución de 1812). La exposición termina con la solución final, que es la restauración del absolutismo con Fernando VII en 1814

Patrimonio Nacional y la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales (SECC) han reunido más de doscientas piezas procedentes de distintos museos, bibliotecas, archivos y colecciones particulares. Cuando le pregunté al profesor La Parra sobre con cual de ellas le ilusionaba especialmente contar, me respondió que “todos son materiales originales, del momento, sin anacronismos: si presentamos un personaje, el retrato está realizado en el periodo al que se refiere la exposición y no en otro. Hay varios retratos de José I que vienen de Versalles, otros de Fernando VII como un Vicente López no muy visto. Y una colección extraordinaria de grabados y planos relacionados con el proyectismo economico en España y en América, sobre las minerías de Almadén y la construcción de maquinaria, algunas enormes y a todo color”.

En el próximo boletín de Fent Història publicaremos el resto de la entrevista. Pero mientras tanto, me escaparé a Madrid para rendir homenaje a Jovellanos, a Meléndez Valdés, a Moratín, a Olávide o Cabarrús (si es que salen en la exposición). Reivindicando a los ilustrados de verdad, quizá evitemos que nos hagan pasar por tales a dos coleccionistas de mariposas, tres funcionarios con exceso de celo y a una señora ingeniosa que, por aburrimiento, recibe en su salón.

domingo, 12 de octubre de 2008

EL "RECORDADOR" INSOLENTE Y SUS CRÍTICOS INSOLVENTES















Me entretuve leyendo ayer en una librería Sobre el olvidado siglo XX (Taurus, 2008), una antología de artículos de Tony Judt en distintas revistas y periódicos de referencia. En uno de ellos hace de Eric Hobsbawm la más equilibrada y sensible crítica que he leído del veterano maestro. Es equilibrada porque, a diferencia de los que pretenden destruir la autoridad moral que conserva Hobsbawm, Judt acaba calificándole como el “historiador con más talento natural de nuestro siglo” y “también el que escribe mejor” porque nunca teoriza de forma pedante y siempre evita ese grandilocuente narcisismo retórico que suele caracterizar a los historiadores.

Sobre el olvidado siglo XX incluye otros artículos de Judt, criticando la política exterior de Kissinger, o la autocomplacencia americana en la visión de la Guerra Fría escrita por John Gladis. Aparentemente pues, la carga ideológica de la antología impide pensar que se quiere destruir a Hobsbawm; más bien parece que pretenda ayudar a la izquierda a encontrar nuevos discursos. ¿Cómo? Pidiéndole que asuma su contribución a la tragedia del siglo XX Judt parece creer que se podrá sacudir las acusaciones con las que los think tanks neocón la señalan con alevosía.

Creo que eso explica que Jutd se queje de que Hobsbawm haya seguido confesándose comunista cuando la causa ha sido ya enterrada y de que –al contrario de todos los intelectuales que lo fueron- no se muestre arrepentido: “reconoce el fracaso de todo cuanto propugnaba, pero insiste en que, a sus noventa y cuatro años, sigue albergando dentro de él el sueño de la revolución de Octubre”. Con un verbo elegante pero no exento de vehemencia, se muestra molesto porque aquel frágil anciano de saber infinito siga “fiel a su yo adolescente” y de que “en su entusiasmo por la tortilla comunista no pierde el sueño por los millones de huevos rotos”.

Cuando Judt escribe que “si hoy estamos ante un mundo en el que no hay una gran narración de progreso social (…) es en gran medida porque Lenin y sus herederos envenenaron el pozo”, nadie puede negar que tiene una finura estética escribiendo que le separa de todos esos proxenetas de la utopía liberal –ya saben, la mano invisible y el progreso por la vía del egoísmo ególatra- que denuncian el nihilismo comunista desde su gestación, como si una criatura brutal hubiera sido concebida sobre el escritorio londinense en el que Marx escribiera El Capital.

Un fino observador de la edad contemporánea como Eric Hobsbawm no es posible que mire hacia otro lado cuando recuenta las víctimas de la utopía desde Berlín hasta Camboya. Lo que pienso es que, antes de salir por peteneras balbuceando “donde dije digo, dije Diego”, ha optado por una impostura... Su boutade, tan políticamente incorrecta, pretende hacernos pensar. Recuerdo haber visto que Hobsbawm acaba sus memorias pidiendo que “no nos desarmemos, incluso en tiempos insatisfactorios”. Los historiadores, creo que quiere decir, somos necesarios para denunciar y combatir la injusticia social, porque “el mundo no mejorará por sí sólo”.

En esa lucha, y mientras no haya armas mejores, Hobsbawm se queda con las que tenía y se muestra patéticamente resistente para servir de reflejo para todos los que –mientras lloran por el megáfono a las víctimas del GULAG, a la Praga de 1968, al Budapest de 1956 o a los oficiales polacos de Katyn- olvidan que, de las víctimas del capitalismo, ni tan sólo existen recuentos.

Madurar me ha permitido no comparar más La riqueza de las naciones con Mein Kampf. Pero visto que en la otra orilla no parecen sentar la cabeza, al próximo que me hable del milagro económico chileno, de que Franco nos regaló la democracia o que la guerra civil empezó en 1934, le voy a salir por peteneras con perlas como esa, o peores. Creo que es por ellos que Hobsbawm abraza dogmas que queman y se muestra políticamente incorrecto. Porque no sirve de nada la denuncia del sistema que se hundió si no pretende mejorar éste; porque el estrepitoso hundimiento del otro no puede silenciar las víctimas de éste; aunque sólo sea porque las de éste siguen cayendo.

La sombra de la crisis nos atenaza, sus consecuencias son todavía impredecibles. En este contexto creo que merece algo más de respeto quien usó con pasión, sensibilidad y vehemencia el valor de la experiencia y la pluma del escritor, escribiendo que “Para aquellos de nosotros que vivimos los años de la Gran Depresión, todavía resulta incomprensible que la ortodoxia del mercado libre, tan patentemente desacreditada entonces, haya podido presidir nuevamente un periodo general de depresión en el que se ha demostrado igualmente incapaz de aportar soluciones. Este extraño fenómeno debe servir para recordarnos un gran hecho histórico que ilustra la increíble falta de memoria de los teóricos y prácticos de la economía. Es también una clara ilustración de la necesidad que la sociedad tiene de los historiadores, que son los recordadores profesionales de lo que sus ciudadanos desean olvidar”. [HOBSBAWM, Eric: Historia del s. XX (1914-1991). Crítica, Barcelona, 1995.]`

Me siento identificado con el maestro cuando exalto a Robespierre en tantas charlas de salón. Supongo que Hobsbawm quiere que sus confesiones sirvan de advertencia a los apologistas del liberalismo económico, tan despreocupados por los millones de huevos que su utopía sigue quebrando. ¡Renunciamos al jacobinismo en beneficio de la convivencia, pero la renuncia al radicalismo tiene que ser compartida por el adversario!

martes, 7 de octubre de 2008

LA TEORIA DE LOS DOS BOLSILLOS CONTRA LA VULGATA NEOLIBERAL
















Ya hace años que vengo acostumbrándome a la hipocresía del liberalismo económico. Quizá por eso he leído con cierta indiferencia la decisión del estado norteamericano de hacerse cargo de los dos gigantes hipotecarios Freddie Mac y Fannie Mae, como ya hizo con el fondo de inversión Bearn Sterns y una tercera entidad hipotecaria, Indy Mac. Que los paladines de la libertad de mercado y los más feroces críticos del intervencionismo estatal en economía parezcan contradecirse con esas actuaciones sería una interpretación equivocada: el liberalismo evita toda intervención cuando ésta puede proteger a los más débiles, pero santifica la protección a la oferta, al mercado y a la empresa con subvenciones y todo tipo de ayudas. Cuando las grandes empresas automovilísticas sufren un descenso en las ventas, se corre a implantar tal o cual Plan Renove que –a cargo de los presupuestos estatales- quiere incentivar las ventas y compensar, con el bolsillo de todos los ciudadanos, el descenso de los beneficios sufrido por las empresas poderosas. Otra cosa sería gastarse ese dinero en pensiones, becas, subsidios al desempleo, sanidad pública o enseñanza. Ese es el intervencionismo que les irrita, bien porque redistribuye la renta, bien porque les arrebata parcelas de mercado.

Un ejemplo: el mismo estado norteamericano que mantiene a sus ciudadanos en una indefensión sanitaria casi absoluta (evitando participar en economía) es el que se sirve de los medios militares del estado para garantizar el acceso de su plutocracia dirigente a las fuentes de energía por medio de la guerra en el Golfo Pérsico.

Visto así, el estado y las libertades que garantiza están secuestrados, no hay separación entre economía y política. Que la segunda está al servicio de la primera lo demuestra el hecho de que altos cargos en la Casa Blanca dirijan empresas privadas íntimamente relacionadas con el petróleo que se extrae de Irak o con la contratación del personal de seguridad que colabora con la invasión de aquel lejano rincón del Golfo.

La teoría de los dos bolsillos

La incoherencia entre denunciar la intervención estatal en economía y acudir a ella para proteger los intereses poderosos no es una novedad: la hipocresía se viene produciendo desde siempre. Las políticas coloniales fueron, a fin de cuentas, el máximo exponente de esa hipocresía. A mi el debate sobre la rentabilidad del imperialismo siempre me pareció algo raro: intentar contabilizar si los gastos que provocaba la “Joya de la Corona” al imperio británico eran mayores que los beneficios para intentar desplazar la atención que la historiografía marxista concentraba en los móviles económicos hacia los ideológicos (fueran el racismo biologista decimonónico, la supuesta filatropía prodemocrática de hoy) siempre me pareció intentar distraer la atención de una verdad incómoda: los beneficios del imperio no entraban en el mismo bolsillo del que salían los costes.



Del mismo modo que hoy los beneficios de la invasión que saturan las alforjas de los multimillonarios petroleros WASP mientras su coste (sea en impuestos o en vidas humanas) lo aportan las familias americanas de clase media-baja, también Ferry o Disraeli (el de la foto), al apostar por las políticas imperiales, ponían el estado (que controlaban gracias al sufragio censatario y sus instituciones elitistas) al servicio de los intereses económicos de la burguesía industrial (ansiosa de las materias primas baratas y los mercados reservados que sólo se podían garantizar por la vía de las armas). Pero atención: no son las cuentas estatales las que deben permitirnos concluir si gobernar colonias era rentable, puesto que en ellas se cargaban los costes, pero no se abonaban los beneficios.

Se nos puede intentar distraer de esa evidencia diciendo que la intervención americana en la crisis hipotecaria pretende salvar el sistema beneficiando a muchos, que es como recordarnos que Cedil Rhodes dijo que “El imperio es el pan del obrero inglés”. Pero lo cierto es que esas intervenciones sólo pretenden dos cosas: privatizar los beneficios (el dinero ganado en el pasado y que debió proveer y prever situaciones de emergencia futuras queda embolsillado y libre de responsabilidad ante la crisis presente), y sociabilizar las pérdidas haciendo que la caja común de la recaudación colectiva asuma el peso de un coste que tiene responsables individuales: los malos gestores o los defensores de un sistema con trampa.

Un juicio de Nuremberg del neoliberalismo

Resulta patético olvidar que el sistema que se hunde (y que se nos puede llevar a todos con ella) es el que defendió la derecha, con su especulación inmobiliaria, su burbuja de falso crecimiento y su enriquecimiento rápido.

Pero los lobos del capital son así. No tienen vergüenza porque no tienen corazón. Ante la subida de los precios que se está produciendo, producida, como sugirió Josep Borrell en el parlamento europeo, por grandes productores que especulan custodiando productos de primera necesidad para provocar con su carestía el aumento de la demanda y con ella el precio de los alimentos, nos intentan dar dos explicaciones: que hay que moderar los salarios (porque los precios suben como consecuencia de las subidas previas de los salarios) y que hay que subir los tipos de interés (porque dicen que los precios suben por la excesiva cantidad de dinero en circulación, y para reducirlos hay que reducir el precio del dinero).

Vamos, la cantinela de siempre. Como las páginas de economía de la prensa me resultan una especie de oráculo inexpugnable, desconozco si esas medidas se traducirían efectivamente en una bajada de los precios. Pero lo que sí tengo claro que provocarían es un aumento de los beneficios de la banca y de los propietarios del capital, y una mayor explotación y pérdida del poder adquisitivo de los trabajadores. Es más: me resulta difícil creer que en España sean los salarios los que suben los precios, teniendo en cuenta que España cuenta con los salarios más bajos de Europa y unos beneficios empresariales siete veces más altos que en su entorno europeo.

Para conocer la causa he estado leyendo a Juan Torres López, catedrático de economía aplicada en la Universidad de Málaga, en su portal Altereconomía. A él le leí que “lo que ocasiona la inflación (…) es el mayor poder de mercado de las empresas. Gracias a él influyen en el gobierno para que acepte tarifas más elevadas, para que no combata las estrategias anti competitivas”.

Cuando a los gurús de la economía les preguntas por las causas de la inflacción nunca hablan “de despilfarros en publicidad, en financiamiento a grupos de presión, en inversiones irracionales, en los costes que supone la especulación por el riesgo que lleva consigo”. Tampoco se refieren a los que imponen los grandes intermediarios y que, según algunas asociaciones agrarias y de consumidores, en España permiten calcular un Índice de Precios en Origen y Destino de los alimentos (IPOD) que muestra que “los alimentos se encarecen una media de un 436% (y en algunos casos hasta un 900%) desde el campo hasta la mesa”.

Pero a ellos les da lo mismo ocho que ochenta. Les importa bien poco que se extingan los osos polares cuando sus primos afirman que el cambio climático es una nadería progresista, como les importan bien poco los niños que mataron en Irak cuando afirman que se sienten orgullosos de la foto de las Azores.



Si el nazismo tuvo su juicio de Nuremberg, no sé por qué los excesos del liberalismo no habrían de tenerlo. Y quizá aquellos cuyos nombres no sabemos, sentados en lejanos despachos, tomando decisiones que nos afectan a todos y acaban con millones de vidas, acepten ser respetuosos con el medio ambiente y las personas si ven que a sus adláteres de pacotilla, a sus alumnos aventajados, a sus patéticos conferenciantes de Georgetown, les sometemos a un juicio justo. Por alguno habrá que empezar…

miércoles, 24 de septiembre de 2008

ADRIANO NO ES OBAMA



Acabo de regresar de Londres, donde pude visitar una exposición temporal en la vieja Library del British Museum. Hadrian, empire and conflict se estructura en seis espacios. Destacan los tres primeros: Una nueva élite, que sitúa a Adriano en las redes de clientelas creadas por los provinciales dedicados a la exportación de aceite de oliva; Guerra, que le define como líder experimentado y rudo militar, rompiendo el estereotipo del pacifista filoheleno; y Arquitectura, dedicado a la fiebre constructora del periodo. Pero hay tres más, dedicados a la villa de Tívoli, a Antinous y al problema sucesorio.

Además de presentar algunos nuevos hallazgos, como los fragmentos de una estatua colosal descubierta el 2007 en Turquía, la exposición quiere actualizar nuestra visión de un personaje de sorprendente actualidad: su primer acto como gobernante fue retirar el ejército romano que ocupaba Mesopotamia, el actual Irak, en el que costaba consolidar la invasión impulsada por Trajano. Cuando Adriano llega al poder tiene 41 años y una larga experiencia política y militar: había destacado en la segunda guerra dácica (105), había sido pretor en el 106, cónsul en el 108 y gobernador de Siria en el 117. Por tanto, la decisión no es tanto la de un pacifista débil sino la de un experimentado militar que quiso retraer las fronteras del imperio a líneas más fáciles de defender.

Y sin embargo, tras las trágicas contiendas del siglo XX fue leída como ejemplo de pacifismo. Así debió ser cómo el personaje sedujo a Margueritte Yourcenar, autora de una presunta autobiografía extraviada, las Memorias de Adriano (1951) traducida con éxito a a muchas lenguas: sólo en España lleva vendidos más de un millón de ejemplares.



Aquella apasionada clasicista que aprendió latín a los diez años y griego a los doce debió inspirarse en una enorme estatua del emperador con pinta de filosofo fondón que, según el British, es en realidad un montaje victoriano que mezcla una cabeza adrianea con un cuerpo ajeno. Aunque la muestra se abre con su manuscrito, la deconstrucción del Adriano yourcenariano rompe implacablemente con la imagen del dócil filósofo, pacífico, introspectivo y cercano, dedicado a la vida contemplativa, que cede territorio romano. De hecho, la pieza favorita del comisario, Thorsten Opper, es la que él llama la “imagen real” de Adriano: una estatua que luce coraza, expresión despiadada y con el pie izquierdo aplasta a un enemigo bárbaro.

Se ha escrito que la reivindicación de Adriano podría ser un críptico mensaje al candidato a la presidencia norteamericana para que, nada más celebre su advenimiento, retire las tropas de Irak. A mi, sin embargo, la exposición, además de elegante en su diseño, me pareció tan aséptica como una mesa de quirófano. ¡A no ser que fuera precisamente esa aparente ausencia de la reinvidicación la que encubra sutilmente la apuesta por abandonar Irak a su suerte!

Me explico: al hacer hincapié en el Adriano marcial y al mismo tiempo diluir el abandono de las provincias que Trajano había conquistado, el discurso expositivo refuerza la idea de que el abandonismo no era tanto señal de debilidad como de estrategia. Así se adoctrina al público para que no considere la retirada una derrota, y se jalea al candidato a adoptar una medida que será ridiculizada por los agitadores de banderas y el lobby petrolero.



De todos modos, en el caso de que Barak Obama accediera a la presidencia, la decisión me parecería hoy irresponsable y temeraria. Irresponsable porque el mal está hecho, y la comunidad internacional que pecó tolerando el ataque supuestamente preventivo y obviamente arbitrario, tiene la misión de evitar que la deriva de los acontecimientos y el caos que se respira hoy allí den como resultado la constitución de un estado agresivo y rencoroso, que sólo deje de ser marioneta de las petroleras para pasar a serlo de cualquier mafia del terror. Y temeraria porque no se lo perdonarían: desde que en 1960 el viejo Ike dedicara parte de su discurso de despedida a advertir del alcance tentacular del Complejo Militar Industrial, no creo que nada pueda oponerse a la lógica mesiánica del “Destino Manifiesto”. No habrá salida de Irak si la decisión no resulta lucrativa para los magnates wasp.

sábado, 2 de agosto de 2008

THE GOLDEN AGE: LA SOLTERONA AMENAZADA



















Guillermo I de Orange (1533-1584), al que llamaron “el Taciturno” por su renuencia a decir lo que pensaba, falleció en un atentado perpetrado en sus estancias palaciegas por Baltasar Gérard en 1584, copia de otro frustrado dos años antes también con una pistola de llave de rueda. Se trataba de un artículo de moda, cuyas ornamentaciones lujosas lucía ostentosamente la nobleza más snob, pero también de un arma mortífera que podía viajar oculta para acercarse al objetivo, y una vez en el escenario del crimen sacarse con una mano y disparar de un solo movimiento.

El atroz final del príncipe Guillermo el Taciturno. El primer asesinato de un jefe de estado a punta de pistola, señala las consecuencias que tuvo para la evolución política del continente aquel magnicidio. El libro de Lisa Jardine, catedrática de estudios renacentistas en el Queen Mary College de la Universidad de Londres y miembro del Patronato del Victoria & Albert Museum, contiene curiosos anacronismos –“ciudadano alemán”, “emperador español”- pero también un arriesgado paralelismo entre el impacto que el asesinato de Guillermo de Orange tuvo sobre la Europa de su tiempo, y el que tuvo para Occidente el ataque a las torres gemelas de NYC en septiembre del 2001.

Afirmar que “morir de un balazo de una pistola oculta fue un temor tan presente entre los príncipes de la Europa del siglo XVI como lo ha acabado siendo para el siglo XXI la pesadilla global del atacante suicida armado con explosivos o sustancias tóxicas” puede parecer a simple vista una comparación forzada, por mucho que se encuentren similitudes entre los fanáticos religiosos de entonces y los de hoy. Pero el objetivo del libro no es tanto comparar protagonistas como consecuencias.

Cuando la noticia del asesinato de Orange llegó a Londres, la decisión que la reina Isabel había evitado durante casi veinte años se precipitó. Concluir si los neerlandeses eran rebeldes a su rey ungido por Dios o luchadores por la libertad religiosa no era fácil para Isabel, puesto que violar una soberanía regia ajena podía al día siguiente legitimar similares conspiraciones contra ella misma. Ese escrúpulo, más que la conciencia, la hacía dudar al firmar la sentencia de muerte de María Estuardo.

La muerte de Guillermo hacía vulnerables Holanda y Zelanda ante las tropas católicas, y las convertía en inminente baluarte para una futura invasión. Con argumentos como ése la facción belicista de la corte intentaba persuadir a la reina para que se involucrara en Flandes con la causa protestante. El favorito y antaño pretendiente de Isabel I, Robert Dudley, conde de Leicester, se hacía pintar con pistola, símbolo de la potencia, el valor y la destreza marcial que según su facción le faltaban a la reina; el arma se convertía así en símbolo de los círculos cortesanos descontentos con la política isabelina de evitar la confrontación militar con Felipe II, demasiado cara y de imprevisible desenlace.














Esa facción belicista inventó (o publicitó) toda una serie de complots que pretendían causar alarma, mediante panfletos cargados de espeluznantes detalles y sórdidas especulaciones curiosamente parecidas a las que llenaron la prensa amarilla tras los ataques del 11 de septiembre de 2001 sobre los avisos de inteligencia desoídos o los errores de seguridad de los aeropuertos. El alarmismo que desencadenaron en el Londres isabelino todos aquellos panfletos no sólo hizo girar la política isabelina hacia el belicismo enviando a Leicester a los Países Bajos. También mantuvo al lector inglés “sometido a un régimen cuyas medidas represivas y faltas de libertades civiles eran en teoría la reacción responsable a las omnipresentes amenazas que les rodeaban por todas partes”. El asesinato de Orange agudizó en Inglaterra un clima cercano al pánico, a pesar de que la situación inglesa no recordaba la realidad de Francia o los Países Bajos: ni había guerra civil ni rebelión en marcha ni fuerza de ocupación. Lisa Jardine no dice que el pánico fuera totalmente injustificado, sino que permitió a los ministros que controlaban la seguridad de la reina endurecer el control político de la población inglesa con vigilancia, arrestos e interrogatorios, en aras de la “seguridad”. Denuncia Lisa Jardine que cuando impera el miedo, la tiranía se sufre con resignación si se dice que es “en interés de la seguridad”.

¡Algunas semejanzas con algunos presentes son espeluznantes! Y sin embargo, el análisis es más que una provocación. A mi me facilitó las claves para entender la secuela de la película Elizabeth. Aunque la supera en medios técnicos y espectacularidad barroca, The Golden Age convierte El triunfo de la voluntad en un inocente episodio de los Teletubbies. La resistencia inglesa ante la amenaza oscurantista que se cierne desde el otro lado del canal es idealizada hasta tal punto que llegan a poner en boca de la reina un “Sólo puedo prometer”. Le faltaron cuarenta kilos más, un puro y un bombín, para que el ingenioso guionista le hiciera añadir después “sangre, sudor y lágrimas”. Y se hubiera quedado más ancho que Pancho.

Un panfleto paranoide

La Armada es retratada como un megalómano sueño de ambición mundial para que 1588 sea comparable a 1940: subyace una apelación al nazismo en la escena inverosímil en la que una multitud enfervorizada aclama al rey al pie de un edifico que quiere recordar El Escorial. Jordi Mollá es un absurdo Felipe II sobre el que no parece haberse documentado y al que interpreta como a un esperpento retorcido entre sombras: pudiendo optar por un tirano malvado y sofisticado, o un fantasma huidizo y espectral, han preferido mostrarle como un payaso enfermizo. Como en toda buena superproducción, el malo luce unos defectos físicos que le distinguen del bueno, que tiene tableta, bíceps y un esmalte que parece lavado con detergente.













Las concesiones al lenguaje cinematográfico, que precisa de un final apoteósico, obligan a que Francis Drake en solitario hunda la Armada. Nada que ver con los hechos históricos: aunque los corsarios la hostigaron frecuentemente, el ataque de Drake el 7 de agosto de 1588 inflingió más daño psicológico que material, porque sólo hundió un buque. La Armada se reagrupó y siguió navegando casi intacta hasta que, bordeando las islas para evitar molestias piráticas y desembarcos suicidas, tuvo que enfrentarse a unas tormentas de las de agárrate y no te menees que hicieron naufragar 21 buques. ¿Por qué esta demagogia historiográfica se aparta tanto del cuidadoso rigor de la primera parte de la saga?. El libro sobre las consecuencias en Inglaterra del asesinato de Orange en Flandes me ha hecho entender que, al disculpar a la protagonista de toda tiranía, al olvidar cualquier ataque inglés previo contra la monarquía hispánica (como se olvidan los previos, continuos y seculares ataques occidentales sobre el mundo árabe), se está forzando al espectador a aceptar que, ante la ambición demoníaca del enemigo (llámese Felipe u Ossama), cualquier sacrificio y cualquier defensa son legítimos. ¡Esa es la clave!

En la película los fanáticos católicos son suicidas sin cinturones de bombas a los que Walshingam, obsesionado por la seguridad de la reina, se ve obligado a torturar. No recuerdo una escena cinematográfica de torturas en la que el recurso a la violencia para extraer información no sea retratado como una barbaridad salvaje. En cambio, las torturas isabelinas de The Golden Age no vienen cargadas de dramatismo, sordidez o suciedad, sino de poesía visual. Su objetivo es consagrar una violencia legítima, merecida, el medio inevitable para salvar a la reina, cuyo corazón inestable permite identificarse al espectador. Entonces, desde su butaca, acepta los medios en base a la presunta maldad intrínseca de los asesinos fallidos, convirtiendo así al torturador en el bueno, al torturado en malvado y aquí paz y después gloria. ¡Guantánamo, escuchas telefónicas y asesinatos preventivos quedan justificados sin apenas darnos cuenta!

domingo, 27 de julio de 2008

HÉROES DEL EBRO: LA INCONTENIBLE PASION DE LOS VETERANOS



Acabo de regresar de un congreso que conmemoraba en Mora de Ebro el 70 aniversario del comienzo de la ofensiva republicana que cruzó el río. Ha sido una convocatoria muy completa, de extraordinaria y compleja organización. Y no sólo porque daba de comer a más de 300 personas y alojaba a unas cuantas de ellas; sino porque coincidía con la recreación del asalto, e incluía una representación teatral, exposiciones fotográficas, ponentes de excepción, breves y vertiginosas comunicaciones, un paseo por algunas museos de la comarca, la asistencia al homenaje a la quinta del biberón, proyecciones nocturnas de documentales a la misma orilla del río, y una sesión nostálgica que daba protagonismo a los brigadistas supervivientes. El programa quedaba felizmente lleno, las sesiones resultaban maratonianas y sin embargo el público se mantenía entregado: coreaba consignas en las sobremesas y se mantenía atento a los comunicantes diez horas después de haberse iniciado cada jornada. Resultó especialmente emotivo escuchar a los brigadistas, una de cuyas participaciones acabó con un Viva la República rápida y entusiastamente contestado, y doscientos congresistas puestos en pie aplaudiéndoles durante varios minutos. El pequeño reconocimiento no paga la deuda que tenemos contraída con aquellos combatientes que aparcaron sus esperanzas de futuro para acudir a defender una causa que consideraban suya, y que en abstracto -tenían razón- era de todos. Alguna lágrima se me escapó cuando un veinteañero pidió la palabra para darles las gracias “por lo que habéis hecho por nosotros”, y cuando otro más les pidió un consejo para los jóvenes y obtuvo por respuesta “no sentirse vencido porque nadie puede decirte que lo estás si tú no lo sientes”. Dicho de otro modo,


aunque me tiren el puente y también la pasarela,
me verás pasar el Ebro en un barquito de vela;
cien mil veces que los tiren, cien mil veces los haremos,
tenemos cabeza dura los del cuerpo de ingenieros
”.

En el congreso tuve la oportunidad de saludar también a Ferran Sánchez Agustí, tocayo prolífico y fecundo investigador de los maquis, al que hace tiempo que me apetecía conocer. Y de charlar largo y tendido en varias ocasiones con Alberto Reig Tapia, al que ya leí hace unos cuantos años en Los mitos de la tribu, y al que acudí cual sediento en el desierto cuando - convencido por Edmund Burke de que "lo único que hace falta que triunfe el mal es que los hombres buenos no hagan nada"- esperaba que los historiadores de profesión alzaran la voz contra la verborrea mediática de los viejos franquistas disfrazados de transgresores que dicen revisar lo que en realidad copian... de la versión oficial de la dictadura. La militancia de Alberto Reig Tapia es científica y rigurosa, aunque su Antimoa nos permita a los "progres simpáticos" -por fin, después de tantas agresiones- "echar unas risas"!.

También fue emocionante escuchar al profesor Gabriel Cardona. Su enérgico y genuino discurso historiográfico me retrotrajo a las tardes de invierno de 1996, cuando cada tarde veía caer el sol a su espalda y oscurecerse la ciudad a través de los ventanales del aula del campus de Pedralbes donde impartía su Historia contemporánea de España. Guardo aún sus apuntes porque apunté celosamente todos y cada uno de sus ingeniosos latiguillos, como el que remataba una clase magistral diciendo “¿Ha quedado lo suficientemente confuso como para que sea cierto?”. Tengo otras: "Nueva York es el orgullo de la humanidad y la vergüenza del capitalismo. Lo primero porque gente de todas clases vive junta sin matarse; lo segundo porque vive mal". O esta: "Los Borbones estaban exclusivamente dedicados a las misas, las cacerías y las queridas; pasatiempos de los que yo o discrepo o no tengo edad".

En opinión de Cardona, la Batalla del Ebro fue un esfuerzo tan heroico como ingenuo de alargar una guerra cuyo curso no tenía ninguna posibilidad de cambiar, y que estaba perdida prácticamente desde el principio. La batalla más dura y sangrienta de la guerra (cuarenta mil víctimas en tres meses) no tuvo ningún beneficio territorial. Y sin embargo, me atrevo a decir que en el fondo logró su objetivo: salvó Valencia distrayendo la atención de Franco, superó el derrotismo por un momento, y ganó tiempo. Aquellos hombres mal equipados, mal formados y mal armados, a los que no apoyó la aviación, que combatieron sin apenas reservas ni transportes ni buenos pasos sobre el río, ni provisiones, en el fondo cumplieron su objetivo: ganar tiempo, a la espera de que el conflicto europeo que parecía inminente, se desencadenara. En el fondo Franco ganó la guerra, pero perdió la batalla del Ebro. Porque aquellos resistentes cumplieron la orden de resistir hasta que se les ordenó retirarse después de un largo combate: cuatro meses que para ellos fueron un infierno inenarrable y continuo, es cierto, y que sirven a demagogos de oscuro pasado para acusar al idealismo resistencialista negriniano de absurdo asesinato. Con esa misma crudeza lo denunció un biberón: ¿Por qué nos dejaron allí, en el centro de aquella matanza absurda, si éramos tan sólo unos niños? Decía un brigadista que “hay cosas que no pueden contarse aunque se cuenten”. Resulta fácil imaginar cuántas veces las palabras resultan insuficientes cuando se habla de una guerra.



Y sin embargo, Gabriel Cardona acababa su charla pidiéndonos que volviéramos a cruzar el Ebro, a emprender una nueva batalla 70 años después, “sin cañones pero con libros, cuyas únicas víctimas sean los embusteros”. Está bien entender la democracia no como un estúpido nirvana, sino como un camino, a menudo angosto, por el que merece la pena transitar todos los días. Usar nuestros derechos, convertirlos en realidad cotidiana, es una buena manera de mantener la salud democrática. Deberíamos seguir el consejo del maestro, y el ejemplo de todos esos veteranos. Pues eso: si me quieres escribir, ya sabes mi paradero.

lunes, 21 de julio de 2008

FINO ANALISTA, MAESTRO DE TIRANOS O VOCERO A SUELDO



En su análisis de la obra de Nicolás Maquiavelo, Quentin Skinner recoge una anécdota que muestra la carga peyorativa que mantiene el término “maquiavélico”: en una entrevista para The New Republic en 1972, el secretario de estado norteamericano Henry Kissinger, preguntado sobre la influencia del pensador florentino, se mostró extremadamente ansioso en rechazar esa sugerencia. “No, no, en absoluto”, insistía. En ningún grado Maquiavelo había influido en él, decía Kissinger..

La imagen negativa de El Príncipe como una obra maligna inspirada por el diablo en persona porque enseña al príncipe cómo conservar el poder por medio de la crueldad y la simulación, proviene de su inclusión en el Índice de Libros Prohibidos en 1559. Pero también de que no ha existido hombre poderoso, de Carlos V a Catalina de Médicis, de Napoleón a los dictadores del siglo XX, que no leyera El Príncipe para inspirarse.

Durante mi carrera profesional me he cruzado muchas veces con Maquiavelo y, empeñado en interpretarlo sin anacronismos y concluir si la moralidad política que expresó en sus obras es la que le adjudicamos hoy, ha acabado inspirándome una profunda simpatía. En realidad Maquiavelo afirma que, si los tratados políticos medievales impregnados de religiosidad cristiana sostenían que el príncipe debía ser virtuoso, prudente, justo, y moderado, para alcanzar la gloria, en realidad aplicar aquellas enseñanzas sólo serviría para perder el poder y ganar el escarnio. Al desvincular la política del dogma cristiano, al dotarla de valores laicos y pragmáticos, Maquiavelo advierte al príncipe que debe actuar “según la necesidad”.

Esas conclusiones, bien aprendidas en las misiones diplomáticas a Francia –donde queda fascinado por el espectáculo del poder bien organizado, contrapunto de Florencia-, o ante César Borgia –donde toma rendida cuenta del uso adecuado del secreto, la combinación de guerra y negociación, y la espera paciente de la oportunidad-, no son meras apologías del poder absoluto. Sino la defensa de una política personal y creativa, creación sutilmente artística de un tiempo que rinde culto a los individuos geniales, sean escultores o navegantes, que aunque fue acusada de eximir cualquier responsabilidad moral, apostaba por el análisis objetivo de la realidad circundante para garantizar la apuesta arriesgada, realista y ambiciosa del político.

Un encargo reciente me ha permitido reflexionar sobre el Maquiavelo historiador y me he encontrado a un personaje distinto, que hasta ahora me había pasado inadvertido. No me refiero al Maquiavelo republicano: es bien sabido que en sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio la fraseología que ha llegado hasta los defensores actuales de la teoría del republicanismo -“imperio de la ley”,”repúblicas que buscan el bien común sin el obstáculo de los intereses particulares”, “gobierno mixto que participe de las tres formas políticas clásicas”, etc-, viene acompañada de una verdadera apología nostálgica de la virtuosa república romana y un descarnado lamento por un presente – el que le tocó vivir- en el que los príncipes sustituyen a las libertades.

La contradicción aparente entre los Discursos y El Príncipe es menor si se entienden ambas obras, juntas, como una clasificación de los regímenes políticos, dispuesta a analizar sutil y escrupulosamente tanto los principados –de forma breve y compulsiva- y las repúblicas –de forma más sistemática y elaborada- usando en ambos casos el ejemplo de la Historia para ofrecer modelos de comportamiento adecuados. Como bien dice en su introducción Ana Martínez Arancón (Libro de bolsillo, ciencia política, alianza Editorial/Emecé, 2008), usa la lección de la antigüedad, las deliberaciones de los cónsules y los generales romanos que hicieron posible la grandeza de Roma, para extraer principios de acción política para el presente. Convenciendo al hipotético lector de la sabiduría política de los romanos, pretende estimular su imitación. Uso de la Historia, y admiración por la acción y el compromiso políticos están presentes en ambas obras.

Maquiavelo no dice que el fin justifique los medios



El Maquiavelo que me ha sorprendido no es el republicano; ése me seduce en extremo. Sino el intelectual orgánico acostumbrado a vivir de los encargos de los poderosos. El mal lector de Maquiavelo me diría que todos tenemos un precio, y que el de alguien que aboga por eximir la política de todo escrúpulo, es consecuente cuando implora favores al poderoso. Seguramente añadiría que “comer caliente” (el fin) justifica “hacer de vocero” (el medio), y pondría así en boca de Maquiavelo un razonamiento que él nunca defendió.

Cuando en 1512 los franceses son derrotados en Rávenna, la república para la que tan devota y hábilmente había trabajado Nicolás Maquiavelo desde 1498 expira; y los Médicis retornan a Florencia cargados de proyectos principescos en los que tan eficiente magistrado republicano no encaja ni a empujones. El cambio político le supondrá la pérdida de empleo (y la pobreza de unas escasas rentas rurales), la amargura de sentirse marginado (y sin reconocimiento a su talento), y un ocio difícil de soportar para quien ha vivido en contacto directo con el trepidante mundo de la política. Pobreza, amargura y ocio empujarán a don Nicolás a escribir El Príncipe y a releer y comentar Ad urbe condita.

Es entonces cuando el Maquiavelo que me sobrecoge abandona toda dignidad para implorar el favor del “principado nuevo”. En el paro forzoso, su correspondencia se llena de necesidad y sumisión. Así, escribe a su amigo Vettori el 13 de marzo de 1513 que procure, “si es posible, que su santidad se acuerde de mi, a fin de que en el caso de que sea posible comience a ocuparme, o él o los suyos, en cualquier cosa”. Resumiendo, qué hay de lo mío.

Cinco días más tarde, otra misiva: “si estos señores nuestros se dignan no dejarme en tierra, lo agradeceré y creo que me portaré de manera que también ellos tengan motivos para considerarlo una buena decisión”. Resumiendo, déjeme demostrarle que soy muy hábil con el francés. ¡Y no me refiero al idioma!

El hambre es lo que tiene. Es mundanamente humano, incluso a veces ensucia. Pero sobrecoge el brutal parecido del veterano analista, hambriento de rentas y notoriedad, con los intelectuales orgánicos de nuestro presente. Los contertulios cargados de resentimiento con el poder (cuando les excluye) y de vanidad (cuando les reconoce), que pierden cualquier escrúpulo en denunciarle (cuando les es adverso) o alabarle (cuando les es favorable).

Ahora no sé qué hacer con Maquiavelo. Llevo unas semanas preguntándome si ejercería de predicador del Apocalipsis en la COPE o de comisario político en Catalunya Ràdio… Debe ser por eso que no me contrata nadie…

viernes, 2 de mayo de 2008

DEFENSA DEL AUSTRIACISMO (Y DE PASO, DEL TRABAJO DE ERNEST LLUCH)



En septiembre de 2005 leía a un importante y poderoso historiador cómodamente instalado en poltronas museísticas y púlpitos mediáticos decir, en la editorial de la revista Papers, incluida periódicamente en el interior de L’Avenç, que el austriacismo no era más que “la defensa de l’ordre constitucional català d’arrel medieval”. Era una crítica dirigida quienes estaban estudiándolo como una idea política nueva, “portadora de llibertat”.
Citándose a sí mismo (¡!) en el prólogo del libro de Josep Maria Torras i Ribe (Felip V contra Catalunya, Rafael Dalmau, Barcelona, 2005) insistía en que aquel era un sistema “fet a la mida dels estaments superiors, els beneficiaris del règim de privilegis, les oligarquies que ostentaven el govern del pais i que monopolitzaven les institucions”. Aunque esa afirmación es incuestionable, implicaba una crítica algo injusta de los historiadores que querían presentar “com una cosa nova una alternativa al sistema borbònic que ja existia des de feia molts segles”.

Ya Ernest LLuch se lamentó de la oportunidad que había perdido España en 1714 (no sólo Cataluña) de disfrutar de un sistema representativo (aunque no democrático), parlamentario (por medio de cortes estamentales) y proclive al federalismo. Aquellas sugerentes propuestas han sido criticadas como si el absolutismo y la centralización fueran el único camino viable hacia la modernidad política. Yo mismo me he quejado a veces de que la historiografía catalana no se haya desprendido del romanticismo que enternece su visión de toda aquella quincallería política, ganándome a pulso el rechazo de mis amigos nacionalistas cuando me obstino en hacer notar que la nación política asesinada en 1714 tiene bien poco que ver con el concepto “Cataluña” que hoy, con los sistemas representativos democráticos consolidados, forma parte de nuestro imaginario. Sin embargo, la semana pasada tuve la oportunidad de entrevistar a Agustí Alcoberro y la solidez de su discurso me ha hecho ver que aquellos arcaicos privilegios estamentales no pueden ser despreciados como argumentos para el desarrollo del pensamiento político, como muy bien rastreó Lluch. Escuchándole pensaba yo que era incoherente tomar sin escándalo el modelo inglés y su ausencia de revoluciones jacobinas como un camino alternativo y superior hacia la libertad política, y despreciar el estudio del austriacismo.

¿Cómo es posible que se canten las virtudes del Reino Unido, con su cámara de los lores designados por la sangre, y su capacidad de veto de las decisiones de la cámara democrática, la de los comunes, y al tiempo se desprecien los gérmenes del austriacismo como si de un anacronismo retrógrado se tratara, sin ni tan sólo considerar la propuesta de que aquel corpus jurídico estamental surgido de las cortes fuera (circunstancialmente, quizá) la base de un proyecto futuro renovador, alternativo, incluso “persistente”? ¿Cómo es posible que las limitaciones al ejercicio del poder real asentados por cuatro fanáticos puritanos carpetovetónicos en la Inglaterra del siglo XVII sea considerada un literal progreso hacia el sistema de libertades y, en cambio, se desprecie el mismo esfuerzo de comprensión por el proyecto de monarquía controlada que tienen los austriacistas?

lunes, 7 de abril de 2008

ERNEST BELENGUER CIERRA UN CÍRCULO (1983-2008). OJALÁ ABRA OTROS...



Que el reinado de Jaime I fue decisivo para Cataluña no se puede dudar: los privilegios otorgados a Barcelona dispararon su prosperidad mercantil, se consolidó su estructura política por medio del Consejo de Ciento, las ciudades se convierten en el tercer estamento de las cortes (el braç reial), creció el dinámico barrio de la Ribera, y se vertebró –con las conquistas de Mallorca y Valencia- el territorio que hoy ocupa la cultura catalana. Es indudable que merece, salvando las distancias con que puede ser leído en términos de nacionalidad contemporánea, que el octavo centenario de su nacimiento se celebre este año con el nivel suficiente. Por eso es lógico que el profesor Ernest Berenguer –comprometido y vehemente modernista, autor de pormenorizados estudios sobre la monarquía hispánica durante la alta edad moderna, y tantas obras de referencia sobre los distintos reinos de la Corona de Aragón, pero también de un repaso sobre las interpretaciones historiográficas que, sobre el rey Jaime, tejieron escribanos, escribientes y escritores (1983)- se queje en su reciente estudio sobre el reinado de Jaume I de que no haya dinero público para gastar en ciencia histórica.

La apuesta por el rigor ya se percibe en la portada de la edición castellana, con el único retrato coetáneo del rey que nos ha llegado, sacado de las Cantigas de su yerno Alfonso X el Sabio. También es obvio en el uso de una diversidad ingente de fuentes secundarias (incluido Ferran Soldevila, citado con reconocimiento profesional pero sin nostalgia romántica) y primarias: el Llibre dels Fets es leído con el mismo sentido crítico adecuado, recordando que allí aparecen los “fets gloriosos” y son disimulados o silenciados los que no sirven a la gloria del rey.



Dice el autor que su obra no es un relato oportunista, apresuradamente redactado para aprovechar la ocasión comercial. Y añadió que nadie se enriquece escribiendo; por tanto no será él, poco dado al mercadeo político, quien escriba el guión que en Valencia glosará los tiros que don Jaime, representado con belleza tipo portada de Menshealth, disparó sobre damiselas inocentes, otras menos asustadas, y unas más listas que lo buscaban por los rincones. ¡Quien queda de niño prisionero de los vencedores de su padre en batalla campal, y supera un largo reinado lleno de asaltos y traiciones abandonando una cruzada a San Juan de Acre en beneficio de un buen par de muslos, sin duda, merece una película! ¡Esperamos que tenga, eso sí, mayor dignidad que la que dedicaron a los Borgia!

Quienes hemos disfrutado en clase de la punzante, casi afilada, agudeza del profesor Belenguer vimos en el acto de presentación de Jaime I y su reinado a un autor más afortunadamente comedido, incluso más sensible. Y es que la presentación de la edición castellana del último libro del profesor Belenguer fue un acto emotivo. Él mismo confesó que había temido no poder acabarlo, que espera que no sea el último, que se agota cada vez más en clase y fuera de ella, y que en todos estos años de carrera investigadora –desde su primer libro, sin prologuista porque poco antes, a su maestro, Joan Reglá, le habían diagnosticado un cáncer de pulmón- no ha hecho más que hacer honor a quien le enseñó. Como el maestro ya no estaba cuando el joven Belenguer debutaba, y por mucho que como escritor novato necesitara un buen padrino, se negó a que ningún otro que no fuera su maestro ocupara aquel espacio, y escribió su propio prólogo para glosar la figura de Reglá y vindicar su maestría. Lo cual merece, cuando menos, un encendido elogio.

No acabo de entender por qué un gobierno blavero, cargado de resentimiento anticatalanista, despliega tal cantidad de recursos para celebrar la figura del monarca que, en su euforia belicista, fijó los profundos vínculos con Cataluña que hoy ellos quieren ignorar. Pero estoy seguro que el profesor Belenguer nos lo aclarará: ¡nos ha prometido una conferencia para el veinte de mayo!

lunes, 10 de marzo de 2008

JANE AUSTEN EN EL S. XXI: SOLTEROS POR FRACASAR O POR NO INTENTAR?



Con la decisión sobre el voto resuelta tiempo atrás, dediqué la jornada de reflexión a “La joven Jane Austen” porque me contaron que los críticos neoyorquinos se deshacen en elogios por una novela titulada “El club de lectura de Jane Austen”. Así que, de regreso al video-club, iba pensando por qué de pronto tanto interés por la escritora inglesa. Parece que en el 2003 el biógrafo Jon Spence sorprendió al mundo literario revelando en Becoming Jane Austen que, pese a la soltería, la autora de Sentido y sensibilidad no hablaba de oídas y había conocido una precipitada y precoz historia de amor juvenil, con huida incluida. La película trata de recrear esa historia como si fuera una novela más de su autora, para que los acontecimientos vividos realmente se parezcan a “Orgullo y prejuicio”. Por eso arranca con Jane viviendo con su familia en su casa campestre, y nos la presenta como ella a sus heroínas: joven, guapa, sensible, educada, agradable, inteligente, escritora en ciernes, aunque insatisfecha con los resultados. Y es que una de las tesis de la película es que –para escribir sobre el amor- uno tiene que haberlo vivido. O sufrido…

Resulta estéticamente sugerente la bucólica descripción que hace la película del contacto de las personas con la naturaleza. Si el hombre medieval había sentido incomodidad o miedo ante la misteriosa profundidad del bosque, la pasión por la naturaleza en estado salvaje propia del hombre romántico se parece mucho a nuestro deseo por salvarla hoy de la agonía. Es cierto que Jane –en su austera mansión de provincias- es menos urbana que nosotros; pero me atrevo a decir que el papel que cumple el bosque en aquellos tiempos de primer romanticismo es el que hoy cumple la metrópoli. Sean robles o rascacielos los que acompañan los encuentros (o desencuentros) de aquellos primeros románticos, me temo que se parecen demasiado a los nuestros.

Me explico. Las relaciones Inter-personales que describe la película son tan sofisticadas como distantes. Me recuerdan a las que veo practicar hoy. La joven Jane invoca sentimientos que desconoce, y para los que –en un primer momento- no espera arriesgar. Cree que el amor llamará a la puerta del estudio en el que se consagra a inventar historias durante las noches de insomnio. Tras mis amigas solteras (disfrazadas de superwoman siguiendo la guía cosmopolitan) y mis amigos gays (disfrazados de Robocop insensible), es fácil encontrar una criatura frágil y herida, algo desvalida, necesitada y merecedora de cuidados. También la joven Jane, a veces altanera y algo insolente, disfraza tras una verborrea apasionada y algo grandilocuente la soledad que padece en su íntimo castillo de cristal. Y también como nosotros, que no dejamos pasar la oportunidad de sentir que agradamos, la joven Jane flirtea y coquetea con todos los muchachos de tez pálida, disfraz de dandy y peinado cuidadosamente descuidado que se le presentan. Y como nosotros, evita consumar, si el modelo no encaja en el molde que la imaginación desea…



Aún deseosa del amor, expectante de experiencias, sublimándolas en sueños, Jane (y mis amigas) proclaman unos valores opuestos a la práctica que la conducirían a conocerlo. Ella, el decoro. Ellas, la promiscuidad veloz. Aún necesitándolo, denunciamos la estrechez de un modelo de pareja que calificamos como convencional, criticamos la necesidad de compañía como debilidad, y defendemos las parejas abiertas, o la soltería, como sinónimos de desprejuicio o libertad. Si tanto Jane Austen como mis amigas se parecen en la necesidad no confesa de compartir, ¿qué las diferencia?

Pues el hecho de que Jane, más inconsecuente, no predicó con el ejemplo; y se atrevió a violar las normas del decoro que la constreñían para probar lo que necesitaba. En cambio, a mí alrededor no veo arriesgar. Veo existencias predecibles y cómodas, eso sí, pero a nadie dispuesto a decir, como Jane y su amante se dicen en el film, “¡Soy de usted!”. No veo a nadie dispuesto hoy a sacrificar sus caprichos inconfesables, su deseo de hacer en cada momento lo que apetece, o sus vacaciones exóticas diseñadas a medida. En el debate entre el sentido (el seny, la razón) y la sensibilidad, por usar el título de su más conocida novela, la joven Jane apostó por el riesgo. En lugar de casarse por dinero, en lugar de entregarse a un matrimonio sin amor, se fugó. ¡Se atrevió a decir “soy de usted”! Volvió a los pocos días al hogar acogedor y a los brazos de su madre, es cierto. Regresó y siguió soñando poemas mientras daba de comer a los cerdos de su granja. La realidad es así de prosaica; se parece a los poemas como un huevo a una castaña. Pero lo importante es que arriesgó. Jugó… y perdió. El amor se cayó de la diligencia en la que huía, al primer bache, y ella pagó un precio: la soltería.

Hoy también la soltería es un valor en alza, también se legitima como Jane justifica la suya: argumentando que una mujer se puede servir de su talento (escribir, en su caso) para sobrevivir. También la soltería es hoy igual de difícil: las mujeres de entonces negociaban los términos de una boda que las permitiera subsistir porque la existencia en soledad (escritoras brillantes y reconocidas aparte) era muy dura. Hoy tampoco es fácil para mis amigas solteras pagar una hipoteca a solas, sobre todo porque las mujeres, por el mero hecho de serlo, están remuneradas –haciendo el mismo trabajo, o quizá más- muy por debajo de los hombres.

Sin embargo, hay una diferencia entre aquella soltería y la de hoy: una es la consecuencia amarga del riesgo, de haber jugado y haber perdido; la otra es la consecuencia de no haber arriesgado jamás.

jueves, 7 de febrero de 2008

HAY 5 TIPOS DE HISTORIADORES...



Para empezar están los "maestros". Son los que no tienen pestañas. Se las dejaron en el archivo, rastreando entre legajos empolvados, pergaminos en mal estado y letras carolinas decoloradas. Cada vez que abren la boca hablan ex cátedra como si fueran Pío IX sentando el dogma de la Inmaculada Concepción. Y no lo digo con acritud, sino con admiración: son los que no quiero que ensayen clases participativas, sino que derramen su erudición crítica, amena y valiente hasta que te dejen aturdido. Proyectan luz sobre el pasado, ofrecen teorías, las contrastan, las matizan, las llenan de documentos y de pruebas y ábsides góticos y cartas de amor, y de voces y de sabores.




Luego están los arribistas. Son los que no tienen escrúpulos. Los olvidaron en algún sarao madrileño junto a la fuente del ponche y las señoras repeinadas, mientras firmaban los libros que sus negros les escriben. Cada vez que abren la boca baja el precio de la mierda porque no se cortan un pelo en “revisarlo” todo. Que si Azaña era un jacobino peligroso, la república derivaba hacia el totalitarismo, pobre Felipe II cómo lloró por la Gran Armada, en las Navas de Tolosa querían construir España, Octubre de 1917 fue un golpe de estado y Julio de 1936 un plebiscito armado, los masones conspiraban (¡joder, qué obsesión!) y a Pinochet le cuadraban las cuentas (las de la balanza de pagos, no las de muertos en la Operación Cóndor, que ese otro recuento les trae sin cuidado). También dicen que la revolución francesa fue un inútil derramamiento de sangre y la independencia de las Trece Colonias, en cambio, una heroicidad aunque se olvidaran de los esclavos negros, y que el colonialismo que se repartió África no era rentable, sino filantrópico, Ah, y que no se me olvide; lo más importante: ¡España se rompe! A la que menos te lo esperas se asoman a la ventana y se ponen a ladrar “venid a salvarla”, como si fueran el Alcalde de Móstoles. Ni que decir tiene que la culpa de todo, incluida la derrota de Trafalgar, la tiene Zapatero. Eso por descontado.



Una tercera categoría la ocupan los meritorios. Son los que no tienen voz porque –siguiendo a Oscar Wilde- prefieren callar y pasar por tontos, que hablar y disipar la duda. Así, temiendo no salir en la foto, esperan si les llega el turno en la “cadena de medraje” universitaria. Cada vez que abren la boca es para bostezar porque, encantados de haberse conocido, se escuchan discursar sobre alucinógenas delicatessen historiográficas: como son muy “postmo”, les va el discurso de género, las gafas de pasta y la historia de la alimentación. Eso sí: los temas de los demás les parecen aburridos, escriben “Historia” sin hache por aquello del “giro lingüístico” y confunden a Martín Lutero con Martin Luther King. Al final, cansados de esperar, se tiran a la enseñanza, donde torturan a los pocos adolescentes que –antes de conocerles- habían sentido algo de interés por las Ciencias Sociales. Entonces, cuando les ven bostezar, desgranan con agotamiento cansino su visión armagedónica de la enseñanza y se lamentan de que los niños escriben historia con “i” minúscula. ¿Pero no habían dicho antes que las faltas de ortografía le dan amenidad al texto?…



Finalmente están los del ombligo pequeño. Son los que no tienen vergüenza: se pasan el rato hablando de ellos mismos y firmando manifiestos que, después, presumen de haber transgredido porque –rematan con sonora carcajada- “las normas están para saltárselas” (sic)... Cada vez que abren la boca el problema es tuyo para cerrársela, porque tienen dogma para dar y vender. Están de vuelta de todas las revoluciones: las han protagonizado todas. Y en primera fila de trinchera. La neolítica, la urbana, la agrícola, la demográfica, la industrial (tanto la primera como la segunda), la proletaria, la Meiji, la bolivariana, la menchevique y la naranja… Como que las revoluciones cansan, que es lo que tienen las revoluciones, acaban a la sombra de un almendro en flor leyendo la enésima reinterpretación de “La formación de la clase obrera en Inglaterra”. Y allí están ellos, con su pinta antisistema y su “historia desde abajo”, desgranando la margarita de si venderse al mejor postor y pasar a escribir la historia de Convergencia (y Unión), o seguir con su trabajo en la correduría de seguros cebando al gran capital a costa de representarle un coste nimio y prescindible.



Para acabar están los historiadores funcionariales. Son los que no tienen corazón. Se lo dejaron en alguna ventanilla, comprando los timbres que correspondía adjuntar al impreso seriado que inicia el procedimiento administrativo de acuerdo con el formato oficial y oficioso marcado por la oficina de subvenciones partidistas. Cada vez que abren la boca es para montarte un proceso que deja al de Kafka en una partida de tetris. Vamos, que Torquemada a su lado es un voluntario de la Cruz Roja. Cuando hablan de independencia se refieren a celebrar su enchufe institucional con subdirectores generales y canapés de salmón. Cuando hablan de justicia quiere decir que si les contradices entras en una lista negra que, por larga, parece las “cuentas del Gran Capitán”. Entonces te castigarán con su indiferencia y las verás levantar su mentón bien arriba, muy estirado, mientras se marchan sin despedirse, con documentos valiosos que no son suyos y que no estaban relacionados en el escrupuloso inventario en el que sí te apuntaron, en cambio, dos gomas milán, tres vasos de plástico y un caramelo de anís.



Toca hacer autocrítica y meterme en la clasificación. Sin duda pertenezco al estadio más lamentable; el de los historiadores express. Son los que no tienen resuello ni aliento, porque no dejan pasar un trabajo ni aunque no sepan hacerlo. Por eso las revistas les tienen de apaga-fuegos y les encargan una reseña en tres días. Cada vez que abren la boca es para lamentarse porque, como no son del Opus ni juegan al golf con Polanco, ganarse las habichuelas les cuesta un esfuerzo insostenible sobre el que cuelga permanentemente una espada de Damocles. Investigan a deshoras y los desplazamientos al archivo, o a un congreso, se lo pagan de su bolsillo, sin subvención.

Los maestros llenan su expediente de matrículas de honor que no les sirven para nada, porque les da ternura ver cómo se esfuerzan. Los arribistas se ríen de ellos porque saben que, por mucho que corran, ni publicarán ni les harán sombra en las tertulias. Los meritorios los desprecian porque andan impulsando sueños que ellos abandonaron hace mucho, y porque ellos hablan cuando tienen algo que decir, no cuando les dan permiso para hacerlo. Los del ombligo pequeño les ignoran porque creen que, con tanta prisa y tanta divulgación, los historiadores express nunca sabrán tanto como saben ellos, que están a punto de descubrir qué coño llevaba Walter Bejamin en su maleta. ¿Y los funcionariales? Siguen enfadados. ¡Resulta que los heridos son ellos!

sábado, 12 de enero de 2008

UN DÍA DE CÓLERA Y UN AÑO DE MIERDA



Nuestro autor más vendido en el extranjero recrea el dos de mayo de 1808 en su nueva novela. Sirviéndose de su experiencia como corresponsal de guerra, ha confesado en una entrevista a Clío que pretende poner al lector “en la puta calle; (…) que corra, que sienta el sudor, el descontrol, el miedo, las navajas”. Siempre critiqué la “españolitis” de su Alatriste, pero esta vez me gusta cómo denuncia las sucesivas manipulaciones sufridas por el “mito del 2M”: Arturo Pérez Reverte se lamenta de que posteriormente “abrió las puertas a la reacción. Nos devolvió a los reyes y a los curas cuando estábamos a punto de librarnos de ellos”. Incluso llega a decir, en un provocador titular, que “en 1808 los malos tenían razón”.

Lo que don Arturo ya no cuestiona es que el levantamiento simbolice un extendido sentimiento “nacional”. Reconozco que es indudable que la “Guerra del Francés” fue un eslabón importante en el largo parto de España, pero las principales causas del levantamiento anti-francés me parecen otras. Por un lado, la presencia ocupadora (el alojamiento militar) desencadenó crisis de subsistencias en aquellas sociedades agrícolas de frágil equilibrio demográfico, del mismo modo que lo habían hecho durante el Antiguo Régimen los ejércitos que “vivían sobre el territorio” y se alimentaban de él. La otra causa decisiva es el componente religioso: el clero arremetió contra los franceses desde su aparato de propaganda (el púlpito) porque, en tanto la Revolución (y el Código Civil napoleónico) preconiza un estado laico, se la puede acusar de “deicida”.



Si hay ideología en los madrileños que se enfrentan a los mamelucos en la Puerta del Sol, ésa es “altar y trono”, no “nación”. Los que salieron a la calle contra los franceses lo harían hoy para secundar una manifestación “por la familia” contra un gobierno “ilustrado” (¿afrancesado?) que trabaja por la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley. Ya saben, esas ideas ponzoñosas -la libertad, la igualdad y la fraternidad- que llegaban de París en libros que atravesaban la frontera con portada de Biblia para no despertar sospechas…

El 2008 llenará la calle de obispos teocón y otros nostálgicos intentando inclinar el resultado de las inminentes elecciones. Habrá sesudos ensayos vendiéndonos el dos de mayo como el bautismo en sangre de la nación. Porque la palabreja en cuestión sigue desbordando corazones, nublando mentes, cargando explosivos y pintando banderas. Yo, mientras, seguiré pensando que –para que haya nación- tiene que haber antes revolución o romanticismo.

Me explico. En “El nombre de la cosa: debate sobre el término nación” (Centro de Estudios Políticos y Institucionales, Madrid, 2005) José Álvarez Junco, Justo Beramendi y Ferran Requejo, adjudican a la nación tres significados distintos. El primero sería el que la haría sinónimo de “estado”. Es la más incoherente, habida cuenta de que hay estados multinacionales (como Gran Bretaña o España), y naciones sin estado (como Escocia o Cataluña). El segundo significado definiría la nación como “una comunidad humana dotada de una unidad cultural esencial”. Se refieren a la definición romántica decimonónica, nacida de la reacción local contra el universalismo de la revolución francesa, y segura de una esencia personal que, contra el universalismo abstracto y el libre contrato, nace naturalmente con la persona para determinar su esencia.

La tercera opción es la que define la nación como “el grupo humano entre cuyos componentes domina la conciencia de poseer ciertos rasgos culturales comunes (…) y la intención o el deseo de establecer una estructura política autónoma”. Es la base más obvia, porque insiste en la voluntad. Es una definición liberal, contractual, cosmopolita, que nace de la cultura política de la Revolución Francesa, o del “contrato social” de Rousseau…

Según ella, Cataluña y el País Vasco, sin duda, lo son. ¡Pero atención! ¡España no es sólo un estado! Porque también hay un elevado número de personas que creen firmemente en la existencia de una nación española y se consideran parte de ella. Por eso los autores del estudio citado proponen definirla como una “nación de naciones”. Lo mejor de la tercera definición, a mi entender, es que parte del deseo y la voluntad actuales, negando el papel que los montaraces de una y otra subjetividad otorgan a la Historia para lanzar a su nación contra los que la niegan. Si creyéramos firmemente en la democracia, ¿nos haría falta apelar a 1714 o a 1808 para inventar un pasado que refuerce nuestra demagogia?…
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