¡Echando de menos la edición radiofónica!

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"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

miércoles, 19 de agosto de 2009

LOS KENNEDY NO SON LOS DALTON (y 2)



El gran acierto del libro de David Talbot es su atención al “Bobby doliente”. Mientras que John es siempre en el relato una sombra presente de icónica y lejana admiración, por Bob esa admiración se hace rendida, incondicional, si no culto, al menos sí sincero homenaje. Y la descripción del proceso que le empujó desde el dolor y la resignación huraña, hasta una nueva lucha por la presidencia, es tan emotivo que permite al lector transitar por ese vía crucis contagiándose al final del mismo entusiasmo por un futuro mejor.

El libro describe detenidamente su viaje por Hispanoamérica en 1965, durante el que, “caminó por encima de malolientes arroyos de aguas residuales para jugar con niños lánguidos y medio desnudos que se apiñaban en el exterior de sus barracas de adobe”. En Brasil, "en la conmemoración del tercer aniversario de la muerte de su hermano, los ojos se le inundaron de lágrimas mientras colocaba una corona de flores en el busto de John Kennedy en la pequeña ciudad agrícola de Natal, y en Salvador lloró sin poderse contener cuando un grupo de jóvenes mujeres de un centro de madres solteras empezaron a cantar . Les explicó a un grupo de niños descalzos que a su hermano le habían gustado mucho los niños, y con una gran dulzura, les pidió que le hicieran un favor al fallecido presidente: permaneced en la escuela, estudiad duro, estudiad tanto tiempo como podáis y entonces poneos a trabajar por vuestra ciudad y por Brasil".

Aquellos encuentros con la pobreza precipitaron su compromiso con la lucha por la presidencia. Fue entonces cuando empezó a contactar con activistas contra la guerra de Vietnam para obtener información de primera mano, “demostrando que se desligaba de las amarras de la tradición política”, y se lanzó a las primarias para lograr la candidatura, como si de una misión trascendental pero no deseada se tratara, consciente del peligro pero consagrado a la campaña, desprotegido ante la energía frenética de las multitudes que abarrotaban auditorios: “¿Cuáles de esos valerosos jóvenes que mueren en los campos de arroz de Vietnam podían haber escrito una sinfonía? ¿Cuáles de ellos podrían haber escrito un hermoso poema, o podrían haber curado el cáncer? ¿Cuáles de ellos podían haber jugado en la liga de honor, o habernos regalado risas desde un escenario o haber ayudado a construir un puente o una universidad? Es nuestra responsabilidad dejar que esos hombres vivan”. Él no vivió, su muerte fue una pérfida ejecución pública, tan estremecedora como la de su hermano, y probablemente su agonía fotografiada ejerció de castigo ejemplarizante, para cerrarle la boca a cualquier sueño, no ya de revolución, sino del cambio moderado y reformista que los Kennedy representaban.



David Talbott, entonces un adolescente que colaboraba en su campaña, quedó marcado. La investigación sobre las sombras en torno a los asesinatos de los Kennedy sigue siendo una de sus pasiones. Intenta no ser parcial, aunque cuando acusa a Seymour M. Hersche (el reconocido periodista que denunció la matanza de My Lai o los excesos en Abu Ghraib) de servirse de fuentes poco fiables en La cara oculta de JFK- olvida que él mismo se mueve a menudo en un ambiente de nostalgia por “lo que pudo haber sido y no fue” y entrevista a idealistas tan entrañables como octogenarios en salas de estar convertidas en verdaderos santuarios saturadas de fotos enmarcadas y citas conmovedoras.

Es más que disculpable. Porque el relato gana en emoción, sugestiona al lector, le permite cerrar el libro con ganas de cambiar el mundo. Porque constituye una reconstrucción de las sucesivas aportaciones a la investigación y de las interpretaciones. Porque recoge una información preciosa de testimonios de primera fila. Y porque ofrece sólidos datos para argumentar contra las campañas de desprestigio que ha sufrido la memoria de los Kennedy, a los que -además de una trayectoria familiar de corruptelas políticas e inmoralidad sexual- se ha acusado de "aspiración dinástica".

Un periodista español advertía hace tiempo en un periódico digital del peligro que entrañaba la familia Kennedy para el orden democrático norteamericano. Después de afirmar que todo hacía pensar que los hermanos se sucederían durante seis mandatos en la presidencia, proyectando “la sustitución de la meritocracia por la demagogia dinástica”, explica que muchos entendían que detenerles "era un deber tan sagrado como el de los republicanos romanos que levantaron puñales para asesinar a César cuando aspiraba a ser dictador". Llega a decir que “la conspiración no quería implantar una utopía ni destruir el sistema democrático. Deseaba actuar como muro de contención frente al desastre”.

Siniestro. Y no sólo porque su miedo a la patrimonialización de la presidencia calló durante los sucesivos mandatos de la dinastía Bush, a la que aplaudía entusiasmado. No sólo porque se está legitimando el asesinato; eso es de esperar en alguien que justifica la “justicia” franquista o la segunda invasión de Irak. Sino porque siembra la semilla de la oposición antisistema y las medidas de excepción contra quien gobierna con visiones distintas a las propias.

Hay una tendencia terrible de la derecha liberal a cuestionar las reglas del juego a conveniencia. Las brumas impunes en que quedaron los asesinatos Kennedy demuestran que estamos indefensos -allí y, sobre todo, aquí- ante ese uso arbitrario de las normas por parte de la derecha cavernaria, su asalto a las instituciones, sus recursos a la trampa, su crispación desorientadora, sus acusaciones rimbombantes.

La caza de brujas y sus comités estuvieron al servicio del proyecto de desmontar el proyecto de Roosevelt. Con el de Clinton se atrevieron a procesar al presidente sirviéndose de unas presuntas mentiras que después ignoraron en Bush, como si las eyaculaciones del primero fueran más importantes que las falsedades sobre las armas de destrucción masiva del segundo. Con Kennedy fueron algo más expeditivos. ¿Qué estarán tramando contra Obama? ¿En qué se parece esa actitud obstruccionista, de alarmismo vociferante e irresponsable, a las cortinas de falacias con las que el Partido Popular dice denunciar un poder legítimo al que juzga autoritario?

domingo, 16 de agosto de 2009

LOS HERMANOS KENNEDY NO SON LOS HERMANOS DALTON (1)



Tengo un lector (el único que tengo, vaya) que ocasional y sagazmente me manda mensajes llamándome “rojo” y “maricón”. Como que no suele introducir demasiadas variaciones temáticas, abandoné la idea de prestarle atención. Sin embargo, hace poco me criticaba aguda e ingeniosamente que mis entradas en el blog se ciñen al “estúpido imaginario progre”, en el que “sólo faltaban absurdas referencias a la conspiración contra Kennedy”.

Convencido de que, como las folklóricas, los malos blogueros se deben a su público, me decidí a complacerle y me llevé a Ibiza el libro de David Talbot La conspiración: la historia secreta de John y Robert Kennedy. Aunque este periodista, habitual del NY Times, The New Yorker y Rolling Stones, no es historiador, me parece un acierto que Crítica lo haya publicado, a pesar del pragmático cambio de titulo. Y es que en su original el libro se llama Brothers, no sólo en referencia a la estrecha compenetración entre JFK y Bobby Kennedy, quienes, como muestra la portada, conscientes de que no podían contar con la confianza de los funcionarios vinculados a la guerra fría, “solían celebrar reuniones entre ellos, se iban a una esquina de la habitación, apartados del resto del gabinete”. También por extensión el nombre abraza al círculo de cercanos colaboradores –Schlesinger, Galbraith, McNamara...- a los que ellos ofrecían una sana e incuestionable confianza. Algo así como el main trust de la era Roosevelt.

El título de la edición española, en ese sentido, es confuso, puesto que las explicaciones conspirativas se reducen al primer capítulo, que evoca la reacción de Bob ante la noticia del asesinato y su llamada al cuartel general de la CIA para preguntar si ellos habían tenido algo que ver, y al último, en el que se presentan las pistas aparecidas más recientemente tras pasar rápidamente por los pequeños detalles del magnicidio discutidos hasta la saciedad: el número de disparos y de tiradores, la corrección de la autopsia, la identidad de los vagabundos detenidos y rápidamente liberados, o si Oswald era un agente de la CIA o un comunista fanático.

Si alguien tenía medios para resolver el crimen era el fiscal general, pero Robert no puso al departamento de justicia en marcha porque no confiaba en el aparato investigador del gobierno. Se comió su dolor en silencio, defendió con aplastante responsabilidad el prestigio de las instituciones y apoyó las conclusiones de la Comisión Warren una y otra vez, pese a sucesivos requerimientos periodísticos y a una opinión pública que intuía su desafección y se resistía a creer en las teorías de la "bala mágica" y el "asesino solitario".



Brothers” parte de las gélidas y lacónicas llamadas con las que el repugnante J. Edgar Hoover le comunicó el atentado sufrido por su hermano (“Le han disparado al presidente”, y –minutos más tarde, colgando sin más- “El presidente ha muerto”). Habría que romper una lanza por el desgraciado de Hoover, que tuvo la consideración de disimular su alegría y no dejar que el ruido de champagne descorchado se colara por el “manos libres”.

Aquella “conversación” es simbólica porque ambos comunicantes “representaban para el otro todo lo malo que tenía el país”: uno consideraba al comunismo el enemigo público número uno, y a Bobby su malévolo introductor; el otro creía que el único “enemigo interno” era el crimen organizado y Hoover su principal cómplice. La actitud de Bobby Kennedy aquel día -“creí que irían a por mí, no a por el presidente”- le convierte, según Talbot, en el “primer teórico de la conspiración”. No era una obsesión personal: la frase de Jacqueline cuando le pidieron que se cambiara el traje rosa Channel manchado de sangre ya seca antes de bajar del Air Force One que la transportaba a Washington junto al cadáver del presidente –“No. Dejemos que vean lo que han hecho”- demuestra, según David Talbott, que el círculo íntimo percibía que se enfrentaban a un “ellos” organizado, y no a un solitario y desafecto rebelde.

Como la investigación de Jim Garrison, el libro describe toda una estremecedora fauna de mercenarios de la CIA, violentos refugiados cubanos, estafadores y mafiosos. Sin embargo, el autor nunca explicita su coincidencia parcial con las tesis del fiscal del distrito de Nueva Orleáns:
- Que el presidente cayó víctima de un complot muy bien organizado
- Que Oswald era un peón de un complejo entramado que le presentó como un castrista
- Que los cerebros estaban entre la “burocracia fría” y que al presidente lo asesinaron porque trabajaba por la reconciliación con Cuba y la Unión Soviética.

Talbot se limita a reunir indicios y a dejar que el lector, abrumado, imagine la intrincable red de opositores. Para lograrlo, se hace una apasionante crónica de la presidencia JFK –crisis de los misiles, derechos civiles...- que confirma la suspicacia de Eisenhower en su discurso de despedida a la nación, en el que denunciaba la “conjunción de una inmensa organización militar y de una extensa industria armamentística”, a la que hoy podemos conectar con organizaciones de extrema derecha, asociaciones de militares retirados, y fabricantes de armamento, unidos por la idea de que “el impuesto sobre la renta progresivo, la expansión de la seguridad social y su atención médica, y las ayudas federales a la educación” constituían un episodio del asalto comunista sobre los Estados Unidos. ¿Qué podían opinar todos ellos del discurso en el que el presidente dijo que “impedir la guerra nuclear no tenía nada de blando, que la nación demostraba su auténtica fortaleza al abstenerse de utilizar su poder militar hasta que otras posibilidades hubieran sido agotadas”?

Para hacer perceptible al lector esa trama opositora se describe también el sombrío, angustiosamente claustrofóbico, ambiente de la Casa Blanca, en la que se vive una sorda oposición cotidiana en permanente insubordinación: cuando John dejó claro que no se involucraría en Bahía Cochinos, la operación continuó irreversible porque sus organizadores confiaban en que –una vez desatado el fragor de la batalla- Kennedy accedería a enviar aviones y soldados. El desastre hace evidentes y tangibles las conexiones entre el odio que desbordaba Little Habana en Miami y la propia Junta de Estado Mayor. La actitud insolente de la CIA en su prosecución de una política de guerra fría no autorizada es suficientemente siniestra como para constituir un indicio avasallador de la colaboración del "establishment" en la eliminación física del presidente cuyo proyecto cuestionaba la continuidad de sus valores. En el libro hay muchos indicios más...

domingo, 9 de agosto de 2009

PAISAJE HUMANO CON NAPOLEÓN AL FONDO



A diferencia de la gente culta, que ama los clásicos, me gustan las películas de las que todo el mundo se olvida. Acabo de ver Io e Napoleone, en los Verdi Park. Aparentemente es una comedia sin importancia, pero yo creo que tiene fondo. He visto críticas que dicen que “elucubra sobre la naturaleza adictiva del poder”. O que denuncia la “vanidad de la política” y la “pasividad mentecata del pueblo”. Pero en realidad no tiene tantas pretensiones y se limita a reflexionar sobre la condición humana, que no es poco. Napoleón es el centro de la pantomima, pero su caricatura verosímil de ídolo caído, adicto al espejismo imperial que él mismo ha inventado, es sólo la excusa para retratar muchas posturas vitales de la gente corriente.

¿Qué harías con tu vida si no eres feliz porque temes asumir aventuras? ¿Y si amas en silencio y te rompes en pedazos cada día cuando te ignoran? ¿Y si te finges muy ocupado y eficiente para ignorar que en el amor te corresponden las sobras? ¿Y si tu edad te hace pensar que es ridículo arder por alguien más joven? ¿Y si te olvidaste la ilusión en una esquina de la vida para abrazar una realidad prosaica y bucólica, pero incoherente contigo? ¿Y si la tormenta sopla a tu favor y sólo alguien muy frágil te separa del éxito? Personas anónimas, que se hacen esas preguntas, son las protagonistas de la cinta, y no Napoleón, apenas un paisaje al fondo con significativos primeros planos. Eso ha permitido a algunos críticos afirmar que “el título es engañoso” porque el emperador no es el protagonista, y que su figura aparece “desdibujada”. Quizá esperaban entonces ver al Napoleón de Abel Gance (en la foto), el que hizo llorar de emoción a un jovencito De Gaulle, y a los fascistas franceses –que los hubo, y muchos- durante su estreno en 1927.



A mi el título no me ha parecido engañoso, ni Napoleón el personaje patético y caprichoso de tantas otras películas. Hay un retrato del personaje en algunos fotogramas vacilantes, pero no está en su llegada a Elba con el aplomo de quien no se rinde, sino en la marcha de la isla al final de la película, camino de lo que apenas serán “cien días”, dejando a su paso una estela de desengaños e imposturas. A mi juicio la estupenda interpretación (en italiano, por cierto) del brillante actor francés Daniel Auteuil nos muestra un Napoleón veterano, cansino ya, pero ebrio de una ambición que le empuja hacia delante de una forma tan compulsiva como siniestra. Napoleón aparece retratado como un superviviente, el eterno luchador titánico que creyó ver Beethoven cuando le dedicó la sinfonía “heroica”. Eso sí: dos millones de soldados muertos más tarde.

El protagonista de la película, el joven Martino Pappucci, hijo de una familia comerciante en Elba, maestro idealista cargado de palabras, encierra en sí mismo las dos visiones tradicionales de la historiografía napoleónica. A pesar del entusiasmo colectivo de sus conciudadanos, que ven en la llegada del exiliado de lujo una apuesta de futuro, el joven maestro cultiva una obsesión tiranicida en solitario. Esa misión mesiánica con la que quiere vengar la traición a la revolución y los millones de jóvenes masacrados en todos los campos de batalla de Europa ve una oportunidad cuando le ofrecen trabajar como bibliotecario del nuevo rey de Elba. Es la visión del Napoleón que traicionó los ideales que había abrazado luchando por la convención en Tolón, o salvando al directorio de las calles realistas a cañonazos.

El jacobino protagonista de la película (que no romántico, como escriben los críticos) acepta la oferta pensando que le proporcionará la oportunidad de cumplir por fin con el delito con el que sueña. Sin embargo, en las distancias cortas el viejo zorro le seduce, le hace dudar, atormenta sus dubitativas noches en vela. Esa es la otra visión del personaje, la que nos legaron el Memorial de Santa Elena, o Stendhal en La Cartuja de Parma: la del hombre providencial, el genio liberado, el enigmático trascendente, el héroe que inventó su propia gesta titánica. A la luz de las velas cuando cae la noche, Napoleón se aparece al protagonista de la película como el hombre roto, torturado por el peso de la responsabilidad, y esa humanidad eleva la grandeza del huracán que sembró la semilla de la libertad en los huertos de tantas testas coronadas. Cuando la persona se come al personaje, el joven jacobino olvida que aquellas semillas fueron regadas con sangre.



Cada personaje de la película, como nos pasa a nosotros y a los críticos desacertados, ve un Napoleón que nos impide encontrarnos con el verdadero. Alguien que pudo afirmar al mismo tiempo “Yo soy la revolución” y “la revolución ha terminado”, porque al mismo tiempo fue un hijo suyo y el hombre de orden que la burguesía contrató para callarla, puede parecernos que ofrece mil caras. Pero no es así: Napoleón no representa nada más que a sí mismo. Talleyrand o Jean-Jacques David sí que sobrevivieron a la tormenta revolucionaria ejerciendo de camaleones; en cambio Napoleón la montó, sometió al caballo desbocado. Mientras ellos cambiaban de chaqueta y esperaban su sueldo, Napoleón no transigió con nada ni con nadie. Lo que hizo a Napoleón sobrevivir, lo que le hizo tan genuino como auténtico, como demuestra la película, fue su profunda adscripción a él mismo. Como que ese individualismo es una de las bases teleológicas de la sociabilidad ilustrada, nuestra madre al fin y al cabo, nos seduce tanto el genio napoleónico como la sangre que vertió nos repugna. No le podremos acabar de condenar nunca, porque a la luz de las Luces, su osadía es sofisticadamente elaborada y sublime. El miedo que nos inspiran los monstruos que nacen del sueño de la razón nos permite disculpar que, de su despertar, también nacen monstruos como Napoleón. El joven protagonista de Io e Napoleone consigue salir de ese círculo vicioso…

jueves, 6 de agosto de 2009

EL RELEVO: CURSO DE VERANO SOBRE HISTORIOGRAFÍA DE LA GUERRA CIVIL



Se mostraba preocupado Julián Casanova en un curso al que asistí en julio en El Escorial, en el 70 aniversario del final de la guerra civil, porque, a su juicio, la reflexión historiográfica ha dejado paso a los discursos memorialísticos, lo que significa, decía, que el razonamiento histórico ha dejado paso al sentimiento, y que la historización de los procesos ha quedado sustituida por los relatos de vivencias. “De alguna manera”, concluía, “la objetividad científica ha dejado paso a la subjetividad postmoderna”. Pese a esta crítica a la sustitución mediática y emocional del discurso histórico, el prestigioso profesor de la Universidad de Zaragoza dejó claro que los testimonios a los que damos protagonismo son importantes. Sin embargo, dijo también, no hay que olvidar que las políticas de memoria –a fin de cuentas como todas las memorias- son selectivas y olvidan. No lo decía tanto por reclamar profundizar en ellas fijando espacios, quitando placas o derribando estatuas, sino por potenciar otras políticas que permitan proteger documentos y regular el acceso a todas las fuentes posibles.

De la Universidad de Zaragoza venían también dos jóvenes promesas que participaron en el curso, y cuya incuestionable brillantez me abrió muchas dudas. Fue un acierto del coordinador del curso, Ángel Viñas, darles cancha. Por un lado, José Luis Ledesma nos explicó cómo ha venido tratando la historiografía el tema de la violencia en la retaguardia republicana. Fue muy ilustrativo escucharle, comprobar cómo los nuevos investigadores, libres de pudores, manejan temas espinosos –Paracuellos, por ejemplo- con comodidad y respeto. Avanzándonos lo que, a mi parecer, serán algunas de las conclusiones de la tesis que leerá próximamente, y que espero podamos ver pronto publicada, fijó con rotundidad características de la represión en la retaguardia republicana:

a) No es mayor que en el bando franquista. Las cifras consagradas por el franquismo no resisten el contraste con las fuentes, y es falaz el argumento de que la geografía de la conquista posibilitó que el bando nacional matara más. Para comprobarlo debemos comparar lo comparable; por ejemplo, los primeros meses de guerra, determinantes en el estudio global de las violencias en la retaguardia porque durante ese período se producen las 2/3 partes de las víctimas y no se ha introducido la distorsión conquistadora. Si relacionamos el número de víctimas en dicho periodo con la población en cada zona, observamos menor represión en la zona republicana pese a que es la más poblada porque comprendía las grandes capitales: 42.000 víctimas que equivalen al 3%o de los 14 millones de habitantes que tiene la España republicana, frente a 55.000 víctimas en los mismos meses en la zona sublevada que representan casi el 5%o de una población de 11.700.000 habitantes.

b) No es una violencia planificada, ni continuación de la que se vivió en la primavera de 1936. Entre otras cosas porque desde el triunfo del Frente Popular
(2/1936) hasta la sublevación de julio, la mayoría de las víctimas o bien son de izquierdas, o bien fuerzas del orden público. Nada de planificación comparable a la "instrucción reservada" de Mola. Es el golpe el que introduce la violencia en el debate público y el que pone las armas en el centro del problema. Sólo su fracaso es el que desencadena la violencia, y de ningún modo al revés.

c) Tampoco fue dirigida desde la cúpula del poder. Paracuellos es un caso excepcional, que dista de proceder de un poder central. De hecho la violencia en la retaguardia republicana fue más intensa allí donde se atomizó más el poder. A menos poder político centralizado, más violencia. Y esta violencia se hace inexistente cuando la república recupera el orden público. Por lo que respecta a los ejecutores, no eran agentes del estado sino variopintos actores políticos locales a los que la coyuntura puso armas en la mano, que acceden a un poder que antes no tenían, y a los que el caos creado por la sublevación ofrece contexto. No hay pues ninguna forma refinada de terror como las que inspiraron los totalitarismos, aunque varios de los ponentes avanzaron sugerentemente que pronto "habrá que dejar de llamar incontrolados" a los ejecutores de la violencia en la retaguardia republicana.



Por lo que respecta a Javier Rodrigo (en la foto), propuso la ambiciosa tesis de que la guerra fue el primer paso en la creación del marco necesario para el verdadero proyecto: la depuración, la limpieza política. Criticó que las generaciones historiográficas anteriores apenas se dedicaron al debate metodológico, poniendo como ejemplo que no se ha reflexionado para definir qué es la represión. Su segunda denuncia fue sobre la tendencia a describir heroicamente la experiencia de las víctimas, desatendiendo los porqués que nos son más urgentes para desentrañar las razones de lo que pasó: los de los verdugos. Preguntar(se) sobre los motivos del perpetrador ha permitido avanzar a otras historiografías, como la alemana, afirmó. Lo que le permitió formular una tercera crítica: nuestra academia se ha mostrado impermeable a debates sobre la represión emprendida contra la población civil que han abordado otras sociedades que han vivido traumas semejantes, como el Holocausto o el Apartheid. Por eso reclamó más estudios comparativos, y un estudio cualitativo de la violencia que permita conocer todas sus variaciones -económica, sexual, campos de trabajo, prisiones, mujer, etc- y supere el estudio cuantitativo que, según su parecer, nunca podrá quedar definitivamente cerrado.

He corrido a comprarme el libro de Javier Rodrigo, que apunta apasionante. Pero me gustaría recordar que resulta fácil someter a crítica anteriores trabajos cuando el propio se hace con beca y respaldo universitario, y no contra corriente, superando las adversidades -falta de referencias, omnipresencia de las versiones oficiales, fuentes inaccesibles, etc- con las que trabajaron los maestros. El autor emocionado y sensible de las primeras páginas de Hasta la raíz aporta una ternura no exenta de rigor y compromiso que, en cambio, eché de menos en su ponencia.

martes, 4 de agosto de 2009

RETRATOS ROMANOS (ESCRITOS Y ESCULPIDOS)


















De niño, la serie de televisión Yo Claudio y la consiguiente lectura de Robert Graves me despertaron la pasión por la historia. De mayor me concentré en la época moderna, pero la Roma del Alto Imperio me sigue poniendo a cien, y por eso ocasionalmente recalo en algún libro para comprobar que de Historia Antigua no tengo ni idea. También me sirve para fijarme en las metodologías con las que los expertos en el periodo estudian la sutil y frágil relación entre el poder unipersonal (clientelar, patrimonial) en formación y las clases poderosas que le discuten el monopolio arrebatado. Del estudio de esa dialéctica tendríamos mucho que aprender, a mi juicio, los modernistas preocupados por el ejercicio del poder que, cada vez con más reparo, llamamos “absoluto”.

Consciente de que se me escaparon dos prometedoras biografías de mis personajes favoritos del mundo clásico, Calígula (la película cuyo guión escribió Gore Vidal todavía me +turba) y Livia, (a la que siempre imaginé glamurosa como Joan Collins en Dinastía), he ojeado hoy Vida de los Césares (Crítica, 2009), un reciente compendio de doce breves estudios a cargo de otros tantos especialistas, coordinados por el autor de ambas biografías: Anthony Barrett es catedrático emérito en la Universidad de British Columbia en Vancouver.






El tratamiento historiográfico que ha recibido Cayo –Calígula para los amigos, si es que los tuvo- ha oscilado entre la “locura” descrita por sus contemporáneos, que por otra parte “no ofrecen acciones concretas asimilables a la locura en su sentido clínico”, hasta la esquizofrenia diagnosticada por la psicología decimonónica sin apenas someter las fuentes a crítica: por mucho que no pudieran sentar al sujeto en cuestión en su diván, no podía salir nada riguroso de una lectura de Suetonio que no se cuestionara su intencionalidad. Y es que, por mucho que el autor de De Vita Caesorum tuviera acceso a la documentación de palacio y por tanto podamos creer, si no los detalles, al menos el cuadro general del ambiente de excesos descrito por él, no debemos olvidar que pretendía retratar el estereotipo del tirano entregado a todo tipo de vicios porque a fin de cuentas Suetonio representaba a la aristocracia senatorial privada de poder, consciente de la falsedad de la “restauración republicana” que se venía publicitando desde Octavio (Augusto para los amigos, entre los que tampoco me cuento).






Después de hacernos reparar en lo significativo de la figura de Calígula, el primer “emperador” que asciende con el apoyo pretoriano y el primero que fue derrocado por la misma mano, Garrett siembra un montón de dudas sobre el bueno de tío Claudio: por mucho que su cojera y su tartamudez le hicieran parecer maleable a los ojos pretorianos, el episodio de la cortina –con sus deditos asomando- siempre me pareció, cuando menos, pintoresco. Parece que a Garrett también, ya que afirma que la imagen del tirano desenfrenado que ha quedado de Calígula proviene de Claudio, quien –para cimentar la estabilidad de su autoridad- “debía sanear la autoridad imperial asegurando la excentricidad /anormalidad de su sobrino”. Claudio hizo tan buen trabajo que hoy la visión de su sobrino como un degenerado enfermizo sigue siendo un lugar común: rescribir el pasado se le daba bien porque, a fin de cuentas, era un historiador concienzudo acostumbrado a trabajar con material tan sensible como cartaginés.

Barrett intenta defender la racionalidad de la figura de Calígula como la de “alguien decidido a sustituir el principio augústeo de gobierno por otro más próximo: el modelo helenístico”. Que, con su prokynesis y todo, era bastante más práctico: se puede resumir en la máxima "por mis cojones que mi caballo será senador porque mi capricho está bendecido desde muy arriba, y si tienes algún problema antes de hablar traga saliva". El especialista correspondiente a las páginas de Nerón se encuentra con el mismo problema cuando compara el quinquenivm neronis (el período en el que el artista fue adorado) y el resto de su principado (en el que los romanos se tapaban los oídos cuando le veían correr a por el arpa): bendiciones o condenas de las fuentes no son más que visiones senatoriales, lo que les hacía buenos príncipes era “la deferencia hacia el senado como organismo y la creación de un espacio para las ambiciones de los órdenes superiores”. Y, en cambio, si la nobleza senatorial no participaba del poder, dejaba escritas minuciosas descripciones de desenfreno sexual, aderezadas con suculentos detalles, que servían para alejar al princeps del virtuoso, estoico y contenido senador romano de toda la vida, negando así cualquier legitimidad a su autorictas.

La dificultad de obtener una visión equilibrada de aquellos autócratas es extensible a la escultura: para identificar a quién representan urge encontrar una inscripción que confirme la identidad, compararla con los perfiles de las monedas y contrastarla con otras réplicas. Se trata de reconocer una semblanza física razonable y –tal y como he leído hoy en los plafones de la exposición Rostres de Roma- fijarse bien en los peinados: ¡parece ser que eran copiados con tanto rigor que la disposición de los mechones permite identificar personajes!
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