¡Echando de menos la edición radiofónica!

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"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

miércoles, 19 de agosto de 2009

LOS KENNEDY NO SON LOS DALTON (y 2)



El gran acierto del libro de David Talbot es su atención al “Bobby doliente”. Mientras que John es siempre en el relato una sombra presente de icónica y lejana admiración, por Bob esa admiración se hace rendida, incondicional, si no culto, al menos sí sincero homenaje. Y la descripción del proceso que le empujó desde el dolor y la resignación huraña, hasta una nueva lucha por la presidencia, es tan emotivo que permite al lector transitar por ese vía crucis contagiándose al final del mismo entusiasmo por un futuro mejor.

El libro describe detenidamente su viaje por Hispanoamérica en 1965, durante el que, “caminó por encima de malolientes arroyos de aguas residuales para jugar con niños lánguidos y medio desnudos que se apiñaban en el exterior de sus barracas de adobe”. En Brasil, "en la conmemoración del tercer aniversario de la muerte de su hermano, los ojos se le inundaron de lágrimas mientras colocaba una corona de flores en el busto de John Kennedy en la pequeña ciudad agrícola de Natal, y en Salvador lloró sin poderse contener cuando un grupo de jóvenes mujeres de un centro de madres solteras empezaron a cantar . Les explicó a un grupo de niños descalzos que a su hermano le habían gustado mucho los niños, y con una gran dulzura, les pidió que le hicieran un favor al fallecido presidente: permaneced en la escuela, estudiad duro, estudiad tanto tiempo como podáis y entonces poneos a trabajar por vuestra ciudad y por Brasil".

Aquellos encuentros con la pobreza precipitaron su compromiso con la lucha por la presidencia. Fue entonces cuando empezó a contactar con activistas contra la guerra de Vietnam para obtener información de primera mano, “demostrando que se desligaba de las amarras de la tradición política”, y se lanzó a las primarias para lograr la candidatura, como si de una misión trascendental pero no deseada se tratara, consciente del peligro pero consagrado a la campaña, desprotegido ante la energía frenética de las multitudes que abarrotaban auditorios: “¿Cuáles de esos valerosos jóvenes que mueren en los campos de arroz de Vietnam podían haber escrito una sinfonía? ¿Cuáles de ellos podrían haber escrito un hermoso poema, o podrían haber curado el cáncer? ¿Cuáles de ellos podían haber jugado en la liga de honor, o habernos regalado risas desde un escenario o haber ayudado a construir un puente o una universidad? Es nuestra responsabilidad dejar que esos hombres vivan”. Él no vivió, su muerte fue una pérfida ejecución pública, tan estremecedora como la de su hermano, y probablemente su agonía fotografiada ejerció de castigo ejemplarizante, para cerrarle la boca a cualquier sueño, no ya de revolución, sino del cambio moderado y reformista que los Kennedy representaban.



David Talbott, entonces un adolescente que colaboraba en su campaña, quedó marcado. La investigación sobre las sombras en torno a los asesinatos de los Kennedy sigue siendo una de sus pasiones. Intenta no ser parcial, aunque cuando acusa a Seymour M. Hersche (el reconocido periodista que denunció la matanza de My Lai o los excesos en Abu Ghraib) de servirse de fuentes poco fiables en La cara oculta de JFK- olvida que él mismo se mueve a menudo en un ambiente de nostalgia por “lo que pudo haber sido y no fue” y entrevista a idealistas tan entrañables como octogenarios en salas de estar convertidas en verdaderos santuarios saturadas de fotos enmarcadas y citas conmovedoras.

Es más que disculpable. Porque el relato gana en emoción, sugestiona al lector, le permite cerrar el libro con ganas de cambiar el mundo. Porque constituye una reconstrucción de las sucesivas aportaciones a la investigación y de las interpretaciones. Porque recoge una información preciosa de testimonios de primera fila. Y porque ofrece sólidos datos para argumentar contra las campañas de desprestigio que ha sufrido la memoria de los Kennedy, a los que -además de una trayectoria familiar de corruptelas políticas e inmoralidad sexual- se ha acusado de "aspiración dinástica".

Un periodista español advertía hace tiempo en un periódico digital del peligro que entrañaba la familia Kennedy para el orden democrático norteamericano. Después de afirmar que todo hacía pensar que los hermanos se sucederían durante seis mandatos en la presidencia, proyectando “la sustitución de la meritocracia por la demagogia dinástica”, explica que muchos entendían que detenerles "era un deber tan sagrado como el de los republicanos romanos que levantaron puñales para asesinar a César cuando aspiraba a ser dictador". Llega a decir que “la conspiración no quería implantar una utopía ni destruir el sistema democrático. Deseaba actuar como muro de contención frente al desastre”.

Siniestro. Y no sólo porque su miedo a la patrimonialización de la presidencia calló durante los sucesivos mandatos de la dinastía Bush, a la que aplaudía entusiasmado. No sólo porque se está legitimando el asesinato; eso es de esperar en alguien que justifica la “justicia” franquista o la segunda invasión de Irak. Sino porque siembra la semilla de la oposición antisistema y las medidas de excepción contra quien gobierna con visiones distintas a las propias.

Hay una tendencia terrible de la derecha liberal a cuestionar las reglas del juego a conveniencia. Las brumas impunes en que quedaron los asesinatos Kennedy demuestran que estamos indefensos -allí y, sobre todo, aquí- ante ese uso arbitrario de las normas por parte de la derecha cavernaria, su asalto a las instituciones, sus recursos a la trampa, su crispación desorientadora, sus acusaciones rimbombantes.

La caza de brujas y sus comités estuvieron al servicio del proyecto de desmontar el proyecto de Roosevelt. Con el de Clinton se atrevieron a procesar al presidente sirviéndose de unas presuntas mentiras que después ignoraron en Bush, como si las eyaculaciones del primero fueran más importantes que las falsedades sobre las armas de destrucción masiva del segundo. Con Kennedy fueron algo más expeditivos. ¿Qué estarán tramando contra Obama? ¿En qué se parece esa actitud obstruccionista, de alarmismo vociferante e irresponsable, a las cortinas de falacias con las que el Partido Popular dice denunciar un poder legítimo al que juzga autoritario?

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