¡Echando de menos la edición radiofónica!

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"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

domingo, 9 de agosto de 2009

PAISAJE HUMANO CON NAPOLEÓN AL FONDO



A diferencia de la gente culta, que ama los clásicos, me gustan las películas de las que todo el mundo se olvida. Acabo de ver Io e Napoleone, en los Verdi Park. Aparentemente es una comedia sin importancia, pero yo creo que tiene fondo. He visto críticas que dicen que “elucubra sobre la naturaleza adictiva del poder”. O que denuncia la “vanidad de la política” y la “pasividad mentecata del pueblo”. Pero en realidad no tiene tantas pretensiones y se limita a reflexionar sobre la condición humana, que no es poco. Napoleón es el centro de la pantomima, pero su caricatura verosímil de ídolo caído, adicto al espejismo imperial que él mismo ha inventado, es sólo la excusa para retratar muchas posturas vitales de la gente corriente.

¿Qué harías con tu vida si no eres feliz porque temes asumir aventuras? ¿Y si amas en silencio y te rompes en pedazos cada día cuando te ignoran? ¿Y si te finges muy ocupado y eficiente para ignorar que en el amor te corresponden las sobras? ¿Y si tu edad te hace pensar que es ridículo arder por alguien más joven? ¿Y si te olvidaste la ilusión en una esquina de la vida para abrazar una realidad prosaica y bucólica, pero incoherente contigo? ¿Y si la tormenta sopla a tu favor y sólo alguien muy frágil te separa del éxito? Personas anónimas, que se hacen esas preguntas, son las protagonistas de la cinta, y no Napoleón, apenas un paisaje al fondo con significativos primeros planos. Eso ha permitido a algunos críticos afirmar que “el título es engañoso” porque el emperador no es el protagonista, y que su figura aparece “desdibujada”. Quizá esperaban entonces ver al Napoleón de Abel Gance (en la foto), el que hizo llorar de emoción a un jovencito De Gaulle, y a los fascistas franceses –que los hubo, y muchos- durante su estreno en 1927.



A mi el título no me ha parecido engañoso, ni Napoleón el personaje patético y caprichoso de tantas otras películas. Hay un retrato del personaje en algunos fotogramas vacilantes, pero no está en su llegada a Elba con el aplomo de quien no se rinde, sino en la marcha de la isla al final de la película, camino de lo que apenas serán “cien días”, dejando a su paso una estela de desengaños e imposturas. A mi juicio la estupenda interpretación (en italiano, por cierto) del brillante actor francés Daniel Auteuil nos muestra un Napoleón veterano, cansino ya, pero ebrio de una ambición que le empuja hacia delante de una forma tan compulsiva como siniestra. Napoleón aparece retratado como un superviviente, el eterno luchador titánico que creyó ver Beethoven cuando le dedicó la sinfonía “heroica”. Eso sí: dos millones de soldados muertos más tarde.

El protagonista de la película, el joven Martino Pappucci, hijo de una familia comerciante en Elba, maestro idealista cargado de palabras, encierra en sí mismo las dos visiones tradicionales de la historiografía napoleónica. A pesar del entusiasmo colectivo de sus conciudadanos, que ven en la llegada del exiliado de lujo una apuesta de futuro, el joven maestro cultiva una obsesión tiranicida en solitario. Esa misión mesiánica con la que quiere vengar la traición a la revolución y los millones de jóvenes masacrados en todos los campos de batalla de Europa ve una oportunidad cuando le ofrecen trabajar como bibliotecario del nuevo rey de Elba. Es la visión del Napoleón que traicionó los ideales que había abrazado luchando por la convención en Tolón, o salvando al directorio de las calles realistas a cañonazos.

El jacobino protagonista de la película (que no romántico, como escriben los críticos) acepta la oferta pensando que le proporcionará la oportunidad de cumplir por fin con el delito con el que sueña. Sin embargo, en las distancias cortas el viejo zorro le seduce, le hace dudar, atormenta sus dubitativas noches en vela. Esa es la otra visión del personaje, la que nos legaron el Memorial de Santa Elena, o Stendhal en La Cartuja de Parma: la del hombre providencial, el genio liberado, el enigmático trascendente, el héroe que inventó su propia gesta titánica. A la luz de las velas cuando cae la noche, Napoleón se aparece al protagonista de la película como el hombre roto, torturado por el peso de la responsabilidad, y esa humanidad eleva la grandeza del huracán que sembró la semilla de la libertad en los huertos de tantas testas coronadas. Cuando la persona se come al personaje, el joven jacobino olvida que aquellas semillas fueron regadas con sangre.



Cada personaje de la película, como nos pasa a nosotros y a los críticos desacertados, ve un Napoleón que nos impide encontrarnos con el verdadero. Alguien que pudo afirmar al mismo tiempo “Yo soy la revolución” y “la revolución ha terminado”, porque al mismo tiempo fue un hijo suyo y el hombre de orden que la burguesía contrató para callarla, puede parecernos que ofrece mil caras. Pero no es así: Napoleón no representa nada más que a sí mismo. Talleyrand o Jean-Jacques David sí que sobrevivieron a la tormenta revolucionaria ejerciendo de camaleones; en cambio Napoleón la montó, sometió al caballo desbocado. Mientras ellos cambiaban de chaqueta y esperaban su sueldo, Napoleón no transigió con nada ni con nadie. Lo que hizo a Napoleón sobrevivir, lo que le hizo tan genuino como auténtico, como demuestra la película, fue su profunda adscripción a él mismo. Como que ese individualismo es una de las bases teleológicas de la sociabilidad ilustrada, nuestra madre al fin y al cabo, nos seduce tanto el genio napoleónico como la sangre que vertió nos repugna. No le podremos acabar de condenar nunca, porque a la luz de las Luces, su osadía es sofisticadamente elaborada y sublime. El miedo que nos inspiran los monstruos que nacen del sueño de la razón nos permite disculpar que, de su despertar, también nacen monstruos como Napoleón. El joven protagonista de Io e Napoleone consigue salir de ese círculo vicioso…

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