¡Echando de menos la edición radiofónica!

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"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

domingo, 16 de agosto de 2009

LOS HERMANOS KENNEDY NO SON LOS HERMANOS DALTON (1)



Tengo un lector (el único que tengo, vaya) que ocasional y sagazmente me manda mensajes llamándome “rojo” y “maricón”. Como que no suele introducir demasiadas variaciones temáticas, abandoné la idea de prestarle atención. Sin embargo, hace poco me criticaba aguda e ingeniosamente que mis entradas en el blog se ciñen al “estúpido imaginario progre”, en el que “sólo faltaban absurdas referencias a la conspiración contra Kennedy”.

Convencido de que, como las folklóricas, los malos blogueros se deben a su público, me decidí a complacerle y me llevé a Ibiza el libro de David Talbot La conspiración: la historia secreta de John y Robert Kennedy. Aunque este periodista, habitual del NY Times, The New Yorker y Rolling Stones, no es historiador, me parece un acierto que Crítica lo haya publicado, a pesar del pragmático cambio de titulo. Y es que en su original el libro se llama Brothers, no sólo en referencia a la estrecha compenetración entre JFK y Bobby Kennedy, quienes, como muestra la portada, conscientes de que no podían contar con la confianza de los funcionarios vinculados a la guerra fría, “solían celebrar reuniones entre ellos, se iban a una esquina de la habitación, apartados del resto del gabinete”. También por extensión el nombre abraza al círculo de cercanos colaboradores –Schlesinger, Galbraith, McNamara...- a los que ellos ofrecían una sana e incuestionable confianza. Algo así como el main trust de la era Roosevelt.

El título de la edición española, en ese sentido, es confuso, puesto que las explicaciones conspirativas se reducen al primer capítulo, que evoca la reacción de Bob ante la noticia del asesinato y su llamada al cuartel general de la CIA para preguntar si ellos habían tenido algo que ver, y al último, en el que se presentan las pistas aparecidas más recientemente tras pasar rápidamente por los pequeños detalles del magnicidio discutidos hasta la saciedad: el número de disparos y de tiradores, la corrección de la autopsia, la identidad de los vagabundos detenidos y rápidamente liberados, o si Oswald era un agente de la CIA o un comunista fanático.

Si alguien tenía medios para resolver el crimen era el fiscal general, pero Robert no puso al departamento de justicia en marcha porque no confiaba en el aparato investigador del gobierno. Se comió su dolor en silencio, defendió con aplastante responsabilidad el prestigio de las instituciones y apoyó las conclusiones de la Comisión Warren una y otra vez, pese a sucesivos requerimientos periodísticos y a una opinión pública que intuía su desafección y se resistía a creer en las teorías de la "bala mágica" y el "asesino solitario".



Brothers” parte de las gélidas y lacónicas llamadas con las que el repugnante J. Edgar Hoover le comunicó el atentado sufrido por su hermano (“Le han disparado al presidente”, y –minutos más tarde, colgando sin más- “El presidente ha muerto”). Habría que romper una lanza por el desgraciado de Hoover, que tuvo la consideración de disimular su alegría y no dejar que el ruido de champagne descorchado se colara por el “manos libres”.

Aquella “conversación” es simbólica porque ambos comunicantes “representaban para el otro todo lo malo que tenía el país”: uno consideraba al comunismo el enemigo público número uno, y a Bobby su malévolo introductor; el otro creía que el único “enemigo interno” era el crimen organizado y Hoover su principal cómplice. La actitud de Bobby Kennedy aquel día -“creí que irían a por mí, no a por el presidente”- le convierte, según Talbot, en el “primer teórico de la conspiración”. No era una obsesión personal: la frase de Jacqueline cuando le pidieron que se cambiara el traje rosa Channel manchado de sangre ya seca antes de bajar del Air Force One que la transportaba a Washington junto al cadáver del presidente –“No. Dejemos que vean lo que han hecho”- demuestra, según David Talbott, que el círculo íntimo percibía que se enfrentaban a un “ellos” organizado, y no a un solitario y desafecto rebelde.

Como la investigación de Jim Garrison, el libro describe toda una estremecedora fauna de mercenarios de la CIA, violentos refugiados cubanos, estafadores y mafiosos. Sin embargo, el autor nunca explicita su coincidencia parcial con las tesis del fiscal del distrito de Nueva Orleáns:
- Que el presidente cayó víctima de un complot muy bien organizado
- Que Oswald era un peón de un complejo entramado que le presentó como un castrista
- Que los cerebros estaban entre la “burocracia fría” y que al presidente lo asesinaron porque trabajaba por la reconciliación con Cuba y la Unión Soviética.

Talbot se limita a reunir indicios y a dejar que el lector, abrumado, imagine la intrincable red de opositores. Para lograrlo, se hace una apasionante crónica de la presidencia JFK –crisis de los misiles, derechos civiles...- que confirma la suspicacia de Eisenhower en su discurso de despedida a la nación, en el que denunciaba la “conjunción de una inmensa organización militar y de una extensa industria armamentística”, a la que hoy podemos conectar con organizaciones de extrema derecha, asociaciones de militares retirados, y fabricantes de armamento, unidos por la idea de que “el impuesto sobre la renta progresivo, la expansión de la seguridad social y su atención médica, y las ayudas federales a la educación” constituían un episodio del asalto comunista sobre los Estados Unidos. ¿Qué podían opinar todos ellos del discurso en el que el presidente dijo que “impedir la guerra nuclear no tenía nada de blando, que la nación demostraba su auténtica fortaleza al abstenerse de utilizar su poder militar hasta que otras posibilidades hubieran sido agotadas”?

Para hacer perceptible al lector esa trama opositora se describe también el sombrío, angustiosamente claustrofóbico, ambiente de la Casa Blanca, en la que se vive una sorda oposición cotidiana en permanente insubordinación: cuando John dejó claro que no se involucraría en Bahía Cochinos, la operación continuó irreversible porque sus organizadores confiaban en que –una vez desatado el fragor de la batalla- Kennedy accedería a enviar aviones y soldados. El desastre hace evidentes y tangibles las conexiones entre el odio que desbordaba Little Habana en Miami y la propia Junta de Estado Mayor. La actitud insolente de la CIA en su prosecución de una política de guerra fría no autorizada es suficientemente siniestra como para constituir un indicio avasallador de la colaboración del "establishment" en la eliminación física del presidente cuyo proyecto cuestionaba la continuidad de sus valores. En el libro hay muchos indicios más...

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