¡Echando de menos la edición radiofónica!

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"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

lunes, 21 de abril de 2014

1914 NO ES UN CISNE NEGRO


La metáfora de los “cisnes negros” está de moda: la idea es que, cuando un evento es una sorpresa inesperada y tiene gran impacto, después es racionalizado retrospectivamente. Un cisne negro sería uno de esos descubrimientos científicos o tecnológicos, o un acontecimiento muy trascendente, que -aunque era en realidad impredecible- es explicado “a posteriori” como si formara parte de lo deducible. Ha sido Nassim Nicholas Taleb (“El cisne negro: el impacto de lo improbable”, 2008) quién ha lanzado el concepto, definiéndolo como “un caso atípico, (…) fuera de las expectativas regulares porque nada en el pasado podía apuntar de manera convincente a su posibilidad, […que además...] conlleva un impacto extremo, [… y para el que inventamos...] explicaciones (…) después de los hechos”. Resumiendo, un “cisne negro” se define por su rareza, su impacto y porque se le otorga,retrospectivamente, previsibilidad. Taleb parte del aforismo de Juvenal “rara avis in terris nigroque simillima cygno”, escrita cuando se presumía que no existían cisnes negros, y que todavía en el siglo XVI se usaba como declaración de imposibilidad. Entonces, en 1697, una expedición holandesa en Australia descubrió cisnes negros, dejando a las élites cultas tan estupefactas como si nosotros -acostumbrados a postergar para “cuando las ranas crien pelo” o “los cerdos vuelen” las demandas que no pensamos atender- descubriéramos una nueva especie porcina con alas en un recóndito rincón del Amazonas, o un batracio peludo en una de esas islas del Pacífico donde se ejecutaron los ensayos nucleares.

Aquel que dijo que más vale tener suerte que talento
 conocía la esencia de la vida. Tenemos miedo a reconocer
que gran parte de la vida depende de la suerte; asusta pensar
cuántas cosas escapan a nuestro control”
(Match Point,
Woody Allen, 2005),

La idea más importante del concepto es la previsibilidad que se le otorga de forma retrospectiva. A toro pasado, creamos un discurso que explica lo que ocurrió, sin que las causas que hoy le adjudicamos condujeran ni probable ni necesariamente al cisne negro en cuestión. Lo que Taleb denuncia es la tendencia humana a (re)explicar los sucesos improbables e imprevisibles a partir de modelos interpretativos (re)creados para obviar la fuerza del azar. El libro de Taleb nos recuerda que vivimos en una realidad tan caótica como compleja, cuyo futuro está marcado por la incertidumbre. Si tuvo tanto impacto fue porque apareció en plena crisis financiera del 2008, cuando se demostraba que expertos economistas y cálculos informáticos habían sido incapaces de prever que aquello ocurriría. El mismo autor había estudiado matemática financiera y trabajado en el mercado financiero neoyorquino.

Si me refiero a él -que no le he leído, ni pienso hacerlo- es porque Taleb -en su empeño por concluir que conocer el pasado no sirve para explicar la causalidad- se sirvió de ejemplos históricos, y definió el estallido de la Gran Guerra, cuyo centenario se está conmemorando actualmente, como cisne negro. Al hacerlo desmentía la teoría de la guerra inevitable, que la hacía resultante del imperialismo orquestado por las burguesías nacionales dispuestas a utilizar los estados, recientemente conquistados durante las revoluciones liberales, para pugnar por la conquista de los mercados mundiales. El máximo ejemplo de esta teoría que pone la explotación de las colonias en el centro de la explicación causal de la Gran Guerra tuvo su máximo exponente en el libro “El imperialismo, fase superior del capitalismo” que Lenin publicó en 1916... A posteriori, vaya!

Valorando la casualidad por encima de la causalidad, Taleb afirma que la Gran Guerra fue una sorpresa, que nunca fue prevista por sus contemporáneos pese a las supuestas tensiones en aumento, la competencia comercial entre los estados burgueses, la carrera de armamentos, la verborrea nacionalista, los compromisos militares de ayuda mutua, y la creencia (darwinista) en la legitimidad de la lucha por la hegemonía. Que aquella Europa pueda parecernos una olla a presión, en la que cualquier chispa podría dar lugar a una tragedia, no determina que ocurra, diría Taleb: otras crisis anteriores, añadiría, no desembocaron en guerra general.

En mi opinión, las circunstancias concretas que se precipitaron aquel verano de 1914 pudieron haber contado con alternativas capaces de provocar algún desenlace similar durante alguna de las crisis anteriores. No ocurrió, pero eso no quiere decir que no pudiera haber ocurrido. No estoy reivindicando una historia contrafactual, sino sorprendiéndome de que los historiadores estemos buscando hoy explicaciones para el estallido de la guerra exclusivamente en los comportamientos individuales del centenar de personajes que -pudiendo tomar decisiones equivocadas, o evitando dar pasos oportunos- contribuyó a que Europa se acercara al abismo, y a que -inesperadamente- la guerra se produjera. Que los poderosos de entonces convivieran cotidianamente con las tensiones internacionales, y aquéllas se sucedieran sin traca final, no puede "descausalizarlas". Que la visita del Káiser a Tanger (1905) generara un conflicto diplomático resuelto no significa que las cosas no hubieran podido irse de las manos entonces, tal y como ocurrió cuando los disparos de Gavrilo Prinzip acabaron con el Archiduque Francisco Fernando y su esposa nueve años después en Sarajevo. Deshacer el intrincado "encaje de bolillos" que explotó la guerra puede permitirnos escribir el thriller más apasionante, pero no podemos despreciar las causas profundas que crearon las circunstancias que permitieron que determinado azar (y no otro) fuera posible... El factor azaroso que precipitó 1914 -sea la movilización rusa, el famoso “cheque en blanco” alemán a los austriacos, la indecisión parlamentaria británica, el inasumible ultimátum austrohúngaro a los serbios, o cualquier combinación de ellos a la vez- puede interesarnos a la hora de reconstruir los acontecimientos, pero no convierte su consecuencia -el estallido de la Gran Guerra- en una rareza increíble, puesto que hay factores de fondo que venían atizando el fuego.

Tampoco la crisis actual es una rareza improbable. Nadie creía que la crisis fuera a estallar, todos confiaban en el crecimiento eterno, había expectativas de crecimiento ininterrumpido y sin embargo se produjo. Pero del mismo modo que la especulación no determina la crisis, la creencia generalizada en que no ocurrirá nada no certifica que no se esté gestando. Cuando Taleb sugiere que la búsqueda de explicaciones a posteriori es retórica banal parece querernos tan inconscientes como cuando la amenaza pendía sobre nuestras cabezas; en cierto modo, cuando afirma la improbabilidad de que aquello ocurriera está justificando/disculpando nuestras acciones de entonces, las que probablemente no sean determinantes, pero sí merecen una reflexión formativa para evitar repetir errores. Cuando por norma un alumno no estudia y confía en su suerte (constatándole su experiencia que ha pasado de curso con poco esfuerzo, dos chuletas y un poco de imaginación), aquel castillo de naipes que es su expediente académico puede venirse abajo. Por mucho que él creyera que aquello no ocurriría, el cisne negro aparentemente impredecible se estaba formando, seguramente le fue advertido, y no era una rareza improbable, sino una posibilidad voluntaria e interesadamente no contemplada: estudiar cada día da mucha pereza y no podemos echarle la culpa a sus padres por no obligarle!  Puede que la crisis no fuera anunciada con luces de neón ni grandes titulares; puede que quienes nos mostrábamos extrañados por el ascenso infinito de los precios de las viviendas, convertidos en el hazmereír de una sociedad que aparentaba opulencia, no supiéramos bautizar aquello como “burbuja” por ignorar los mínimos rudimentos económicos. Pero definir el suspenso, o el pinchazo especulativo como “cisnes negros” inesperados, apenas puede servir para legitimar las inconsciencias previas y evitar el análisis de las responsabilidades: quién iba a decirlo, parece querer decir Taleb, pobres especuladores de entonces (que se lo llevaron caliente), no pudieron advertir que venía un cisne negro. Pudieran advertirlo, o no, lo cierto es que su comportamiento fue irresponsable, poco ético, y peligroso. Su resultado fue involuntario, pero homicidio.

Gravilo Prinzip, según la serie "37 días", que acaba de emitir la BBC
La conversión del azar en el motor de la historia no es nada nuevo. Ya los más radicales apóstoles de la postmodernidad descalificaron cualquier cientificidad del estudio racional del pasado por inaprensible e irreproducible. Se quiso reducir a la Historia a la categoría de narración para desactivar su carga crítica. La colección de despropósitos, a veces sórdidamente risibles, que incluye la narración de aquel 28 de junio de 1914 puede constituir una narración apasionante; pero la causa fatídica de la Gran Guerra no fue que Prinzip se encontró inesperadamente el coche del Archiduque vagando por Sarajevo después de un primer intento fallido. Aunque tratemos de convertir al azar en el “Deus ex machina” de la Historia, el implacable juicio que todas las generaciones instruyen a la generación anterior nos llegará tarde o temprano. Algún día caerá sobre nosotros, y no valdrá responder que la culpa fue de los dados.




viernes, 18 de abril de 2014

1939-1945: LOS TRAPOS SUCIOS DE LOS ALIADOS


Glenn Edwuard McDuffie y Edith Sain
El 18 de marzo pasado fallecía, a los 86 años, el marinero de la famosa foto que Alfred Eisenstaedt realizó para “Life” en Times Square: el envidiable beso conmemoraba la rendición del Japón en agosto de 1945. Aquel bello final para una tragedia sin parangón marcaba el comienzo de la operación de reescribir la historia de la Segunda Guerra Mundial. Y en eso destacó uno de sus principales protagonistas: Winston Churchill defendía en sus memorias la tesis de que Hitler había sido el causante del conflicto, que los partidarios de intentar apaciguarle se habían equivocado, que la lucha había sido justa, y que la URSS -cuya contribución se ignoraba tanto como los crímenes de Stalin mientras convenía su alianza- fue un accesorio. Para Churchill, la liberación empezó en Normandía y el final de la guerra fue la victoria de la libertad y la democracia. Puede que la historia, contada así, pueda parecer un cuento con moraleja y beso apasionado al final, pero tiene un problema: simplifica una verdad mucho más compleja. ¡Incluso miente!

Hubo historiadores que cuestionaron ese discurso onírico: A. J. P. Taylor (1961) negó la única culpabilidad de Hitler demostrando que no seguía un calendario de agresiones premeditado sino que –arribista, temerario y oportunista- forzó el cuestionamiento del tratado de Versalles con provocaciones improvisadas y precipitadas, que no seguían ningún plan maléfico esbozado previamente. Al sustituir la responsabilidad del Maligno (sea Hitler o el Káiser) por un estudio de causas más profundas, Taylor ya sugería el “cierre incompleto” de la Gran Guerra que significaron los tratados de 1918. Recientemente esta teoría parece estar triunfando: ambas guerras mundiales se estudian como un sólo conflicto encadenado -una “segunda guerra de los treinta años”- cuya cronología más amplia, además de permitirnos incluir en el desarrollo de los acontecimientos algunos focos de tensión que no se apagan en 1918 y aquellos que -en Asia- empiezan antes de 1939, supera la visión eurocéntrica y muestra la relación dinámica entre los fascismos, la URSS y las potencias imperiales.

Fotograma de "El día más largo" (y no de "La muerte os sienta bien")

Sin embargo, las interpretaciones con matices suelen tener menos éxito que las de “buenos y malos”. Por eso Hollywood, sirviéndose de la visión “churchilliana” de la guerra, ha logrado crear un imaginario propio sobre la contienda que sirvió para legitimar el papel hegemónico de los Estados Unidos durante la Guerra Fría: en películas como “El día más largo” (1962), un buen puñado de machotes -John Wayne, Henry Fond, Robert Mitchum, Sean Connery...- consagraban la idea de una nación idealista que entraba en guerra para restaurar la libertad y la justicia en Europa. Jacques R.Pauwels escribía en “El mito de la guerra buena. Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial” (2002) que los soldados luchaban -antes que por ninguna ideología- para que la guerra acabara, o -como dice un personaje de “Salvad al soldado Ryan”, una visión mucho más realista y menos elegante de lo que es la guerra- “por el derecho a volver a casa”.

Steven Spielberg (1998). La guerra se parece más a esto que al glamour de la foto anterior

Pero lo peor de la visión oficial de la II Guerra Mundial -debate sobre las responsabilidades y mitificación de los combatientes como héroes patéticos aparte- es que, como ha denunciado Donny Glucsktein en "La otra historia de la Segunda Guerra Mundial: Resistencia contra Imperio" (2013), evita las referencias al movimiento de resistencia que liberó Europa. Los sueños de estos "pueblos en armas" que sufrieron lo indecible contra los nazis eran tan radicales, había una distancia tan insalvable entre resistentes/partisanos y los gobiernos aliados, que los vencedores tuvieron que emplearse a fondo para crear el mito de que sus gobiernos sintonizaban con los proyectos de liberados. Trostky ya les caló cuando afirmó que no luchaban contra el fascismo sino a favor de su propia dominación: "la victoria de los imperialistas franceses y británicos no sería menos terrible para el destino de la humanidad que la de Hitler y Mussolini (...) la tarea que la historia nos impone no es apoyar a una parte del sistema imperialista contra la otra, sino acabar con el sistema como un todo (...) los bolcheviques también defendemos la democracia, pero no ese tipo de democracia gobernada por 60 reyes no coronados"
El autor es profesor del Stevenson College
de Edimburgo

Gluckstein llama a ese combate por una democracia auténtica la GUERRA POPULAR, y pone como primer ejemplo la resistencia contra Franco: una lucha que combinaba la resistencia en el frente y la guerra de clases tras las líneas, que colectivizó el 80% de las empresas. Orwell, que lo vio, escribió que “la clase trabajadora tenía el poder (…) se había colectivizado hasta a los limpiabotas, cuyas cajas se habían pintado de rojo y negro. Camareros y dependientes te miraban a la cara y te trababan como a un igual. Las formas serviles y ceremoniales de hablar desaparecieron (…) las propinas se prohibieron por ley”. Al actuar la República contra las fuerzas populares liberalizadoras durante los Fets de Maig de 1937 se “apagó el entusiasmo popular”. Sin embargo, había nacido una forma de hacer la guerra, que el autor persigue por los campos de batalla de la Segunda Guerra Mundial y que los manuales evitan. Gluckstein no disculpa los excesos de la violencia popular, pero advierte que palidecen ante los métodos de los rivales imperialistas.

Los manuales pasan de puntillas, es cierto, por el apoyo que los aliados ofrecieron al régimen griego, a pesar de que -desde 1936- la monarquía había salvado las huelgas generales impulsadas por los comunistas llamando a un fascista, el general Metaxas, para gobernar. Pese a la afinidad ideológica, Mussolini había atacado Grecia pensando que sería una presa fácil. Y cuando los nazis tuvieron que venir a ayudarle encontraron tan durísima resistencia que -evitando el aprovisionamiento de Rommel en África- permitió la victoria de El Alamein. La hazaña del Frente de Liberación Nacional no le permitió conseguir el aplauso de Londres, cuyo apoyo a los monárquicos conservadores tendrá su continuidad en la terrible guerra civil griega (1945-1949): una tragedia que se llevó al 7% de la población y terminó con la derrota del pueblo en armas.

Tampoco se nos cuenta que, tras el reparto germano-soviético de Polonia, Stalin atacó a Finlandia; y que -pese a que la declaración de guerra franco-británica a Alemania no precipitaba demasiadas movilizaciones- los proyectos para liberar Finlandia avanzaban deprisa, y sólo fueron detenidos por la rendición de los fineses. La caza de brujas contra comunistas que corría en el interior pareja a esa movilización -que incluyó la suspensión de 300 ayuntamientos comunistas, la prohibición de Ce Soir y L'humanité, o el encarcelamiento de diputads electos que habían denunciado el apaciguamiento (“Francia ha cedido al chantaje, traicionado a un aliado, allanado el camino a la dominación alemana”, habían dicho)- nos debería hacer reflexionar sobre la naturaleza del estado francés y la precipitada rendición que -ante el ataque nazi- materializó Pétain diciendo que “lo único que se puede hacer es acabar, negociar y aplastar a la Comuna como hizo Thiers”. La decisión fue aplaudida por la derecha, alegando que -puesto que la guerra había estallado para defender Polonia y los polacos se habían rendido- no merecía ya la pena continuarla.

Pauwels dice que los aliados impusieron
a De Gaulle "con calzador"
Lo mismo podemos decir de la Liberación de Francia. Cuando tras el desembarco en Normandía los resistentes parisinos inician las huelgas que pretenden expulsar a los nazis, De Gaulle recomendó “volver al trabajo porque temía que la resistencia liberara París”. Y mientras la triunfal resistencia le esperaba en el Hôtel de Ville, él se entrevistaba con el director del Banco de Indochina o felicitaba a la Policía de París, que había ayudado a los nazis a mantener el orden. Cuando finalmente acudió, regañó a la Resistencia “porque habían recibido la rendición alemana como un igual frente al soldado legítimo y regular Lecrerc”. Inmediatamente después, obviamente, les sugirió que se desmovilizaran.

Tampoco en Italia los aliados cooperaron con el frente antifascista, demasiado de izquierdas para ellos, porque si se convertían en protagonistas de la liberación podrían imponer sus reformas. Prefirieron pactar con la élite tradicional: la monarquía, los banqueros, industriales, terratenientes, el Vaticano... que habían posibilitado la llegada de Mussolini al poder. Algunos italianos hablaron de un “fascismo senza Mussolini”. En medio del caos que siguió al fin del Duce, en un contexto de guerra civil, los aliados avanzaban hacia el norte: en esta ocasión tenían prisa por llegar a Berlín antes que Stalin, quien -por su parte, habiendo tomado nota- también se dedicó a crear estados títere en la Europa que “liberaba”.

La lista de trapos sucios de los presuntos liberadores sería muy larga: nuestro autor se detiene en los bombardeos “estratégicos” (¡!), lanzados sobre la población civil indefensa de Dresde o Hamburgo, y en muchos otros episodios. Me hubiera gustado encontrar también referencias a las relaciones de Hitler con Henry Ford, la General Motors, o la Texaco, pero -en su ausencia- seguro que los capítulos dedicados a la Guerra del Pacífico contendrán emociones fuertes y algún que otro bombazo. Una demostración de fuerza descomunal que, además de precipitar la derrota japonesa, advertía al “amigo” soviético de quién la tenía más grande. La bomba, quiero decir. Voy a seguir leyendo...
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