La
metáfora de los “cisnes negros” está de moda: la idea es que,
cuando un evento es una sorpresa inesperada y tiene gran impacto,
después es racionalizado retrospectivamente. Un cisne negro sería
uno de esos descubrimientos científicos o tecnológicos, o un
acontecimiento muy trascendente, que -aunque era en realidad
impredecible- es explicado “a posteriori” como si formara parte
de lo deducible. Ha sido Nassim Nicholas Taleb (“El cisne negro:
el impacto de lo improbable”, 2008) quién ha lanzado el
concepto, definiéndolo como “un caso atípico, (…) fuera de
las expectativas regulares porque nada en el pasado podía apuntar de
manera convincente a su posibilidad, […que además...] conlleva un
impacto extremo, [… y para el que inventamos...] explicaciones (…)
después de los hechos”. Resumiendo, un “cisne negro” se
define por su rareza, su impacto y porque se le
otorga,retrospectivamente, previsibilidad. Taleb parte del aforismo
de Juvenal “rara avis in terris nigroque
simillima cygno”, escrita cuando se
presumía que no existían cisnes negros, y que todavía en el siglo
XVI se usaba como declaración de imposibilidad. Entonces, en 1697,
una expedición holandesa en Australia descubrió cisnes negros,
dejando a las élites cultas tan estupefactas como si nosotros
-acostumbrados a postergar para “cuando las ranas crien pelo” o
“los cerdos vuelen” las demandas que no pensamos atender-
descubriéramos una nueva especie porcina con alas en un recóndito
rincón del Amazonas, o un batracio peludo en una de esas islas del
Pacífico donde se ejecutaron los ensayos nucleares.
La
idea más importante del concepto es la previsibilidad que se le
otorga de forma retrospectiva. A toro pasado, creamos un discurso que
explica lo que ocurrió, sin que las causas que hoy le adjudicamos
condujeran ni probable ni necesariamente al cisne negro en cuestión.
Lo que Taleb denuncia es la tendencia humana a (re)explicar los
sucesos improbables e imprevisibles a partir de modelos
interpretativos (re)creados para obviar la fuerza del azar. El libro
de Taleb nos recuerda que vivimos en una realidad tan caótica como
compleja, cuyo futuro está marcado por la incertidumbre. Si tuvo
tanto impacto fue porque apareció en plena crisis financiera del
2008, cuando se demostraba que expertos economistas y cálculos
informáticos habían sido incapaces de prever que aquello ocurriría.
El mismo autor había estudiado matemática financiera y trabajado en
el mercado financiero neoyorquino.
Si
me refiero a él -que no le he leído, ni pienso hacerlo- es porque
Taleb -en su empeño por concluir que conocer el pasado no sirve para
explicar la causalidad- se sirvió de ejemplos históricos, y definió
el estallido de la Gran Guerra, cuyo centenario se está conmemorando
actualmente, como cisne negro. Al hacerlo desmentía la teoría de la
guerra inevitable, que la hacía resultante del imperialismo
orquestado por las burguesías nacionales dispuestas a utilizar los
estados, recientemente conquistados durante las revoluciones
liberales, para pugnar por la conquista de los mercados mundiales. El
máximo ejemplo de esta teoría que pone la explotación de las
colonias en el centro de la explicación causal de la Gran Guerra
tuvo su máximo exponente en el libro “El imperialismo, fase
superior del capitalismo” que Lenin publicó en 1916... A
posteriori, vaya!
Valorando
la casualidad por encima de la causalidad, Taleb afirma que la Gran
Guerra fue una sorpresa, que nunca fue prevista por sus
contemporáneos pese a las supuestas tensiones en aumento, la
competencia comercial entre los estados burgueses, la carrera de
armamentos, la verborrea nacionalista, los compromisos militares de
ayuda mutua, y la creencia (darwinista) en la legitimidad de la lucha
por la hegemonía. Que aquella Europa pueda parecernos una olla a
presión, en la que cualquier chispa podría dar lugar a una
tragedia, no determina que ocurra, diría Taleb: otras crisis
anteriores, añadiría, no desembocaron en guerra general.
En mi opinión, las circunstancias concretas que se precipitaron aquel verano de 1914 pudieron haber contado con alternativas capaces de provocar algún desenlace similar durante alguna de las crisis anteriores. No ocurrió, pero eso no quiere decir que no pudiera haber ocurrido. No estoy reivindicando una historia contrafactual, sino sorprendiéndome de que los historiadores estemos buscando hoy explicaciones para el estallido de la guerra exclusivamente en los comportamientos individuales del centenar de personajes que -pudiendo tomar decisiones equivocadas, o evitando dar pasos oportunos- contribuyó a que Europa se acercara al abismo, y a que -inesperadamente- la guerra se produjera. Que los poderosos de entonces convivieran cotidianamente con las tensiones internacionales, y aquéllas se sucedieran sin traca final, no puede "descausalizarlas". Que la visita del Káiser a Tanger (1905) generara un conflicto diplomático resuelto no significa que las cosas no hubieran podido irse de las manos entonces, tal y como ocurrió cuando los disparos de Gavrilo Prinzip acabaron con el Archiduque Francisco Fernando y su esposa nueve años después en Sarajevo. Deshacer el intrincado "encaje de bolillos" que explotó la guerra puede permitirnos escribir el thriller más apasionante, pero no podemos despreciar las causas profundas que crearon las circunstancias que permitieron que determinado azar (y no otro) fuera posible... El factor azaroso que precipitó 1914 -sea la movilización rusa, el famoso “cheque en blanco” alemán a los austriacos, la indecisión parlamentaria británica, el inasumible ultimátum austrohúngaro a los serbios, o cualquier combinación de ellos a la vez- puede interesarnos a la hora de reconstruir los acontecimientos, pero no convierte su consecuencia -el estallido de la Gran Guerra- en una rareza increíble, puesto que hay factores de fondo que venían atizando el fuego.
Tampoco
la crisis actual es una rareza improbable. Nadie
creía que la crisis fuera a estallar, todos confiaban en el
crecimiento eterno, había expectativas de crecimiento ininterrumpido
y sin embargo se produjo. Pero del mismo modo que la especulación no
determina la crisis, la creencia generalizada en que no ocurrirá
nada no certifica que no se esté gestando. Cuando Taleb sugiere que
la búsqueda de explicaciones a posteriori es retórica banal parece
querernos tan inconscientes como cuando la amenaza pendía sobre
nuestras cabezas; en cierto modo, cuando afirma la improbabilidad de
que aquello ocurriera está justificando/disculpando nuestras
acciones de entonces, las que probablemente no sean determinantes,
pero sí merecen una reflexión formativa para evitar repetir
errores. Cuando por norma un alumno no estudia y confía en su suerte
(constatándole su experiencia que ha pasado de curso con poco
esfuerzo, dos chuletas y un poco de imaginación), aquel castillo de
naipes que es su expediente académico puede venirse abajo. Por mucho
que él creyera que aquello no ocurriría, el cisne negro
aparentemente impredecible se estaba formando, seguramente le fue
advertido, y no era una rareza improbable, sino una posibilidad
voluntaria e interesadamente no contemplada: estudiar cada día da
mucha pereza y no podemos echarle la culpa a sus padres por no obligarle! Puede que la crisis no fuera anunciada con luces de
neón ni grandes titulares; puede que quienes nos mostrábamos
extrañados por el ascenso infinito de los precios de las viviendas,
convertidos en el hazmereír de una sociedad que aparentaba
opulencia, no supiéramos bautizar aquello como “burbuja” por
ignorar los mínimos rudimentos económicos. Pero definir el
suspenso, o el pinchazo especulativo como “cisnes negros”
inesperados, apenas puede servir para legitimar las inconsciencias
previas y evitar el análisis de las responsabilidades: quién iba a
decirlo, parece querer decir Taleb, pobres especuladores de entonces
(que se lo llevaron caliente), no pudieron advertir que venía un
cisne negro. Pudieran advertirlo, o no, lo cierto es que su
comportamiento fue irresponsable, poco ético, y peligroso. Su
resultado fue involuntario, pero homicidio.
![]() |
Gravilo Prinzip, según la serie "37 días", que acaba de emitir la BBC |
La
conversión del azar en el motor de la historia no es nada nuevo. Ya los
más radicales apóstoles de la postmodernidad descalificaron
cualquier cientificidad del estudio racional del pasado por
inaprensible e irreproducible. Se quiso reducir a la Historia a la
categoría de narración para desactivar su carga crítica. La colección de despropósitos, a veces sórdidamente risibles, que incluye la narración de aquel 28 de junio de 1914 puede constituir una narración apasionante; pero la causa fatídica de la Gran Guerra
no fue que Prinzip se encontró inesperadamente el coche del
Archiduque vagando por Sarajevo después de un primer intento
fallido. Aunque tratemos de convertir al azar en el “Deus ex
machina” de la Historia, el implacable juicio que todas las generaciones instruyen a la generación
anterior nos llegará tarde o temprano. Algún día caerá sobre nosotros, y
no valdrá responder que la culpa fue de los dados.
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