¡Echando de menos la edición radiofónica!

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"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

viernes, 30 de noviembre de 2012

LA JIRAFA MEDICEA Y LA TRASTIENDA DEL PODER (y 3)




La autora de “la jirafa de los Medicis” reconoce que la magnificencia no fue la única clave de la soberanía política de Lorenzo el Magnífico, pero apenas añade el coleccionismo artístico a los métodos informales de control del poder que sugiere al decir eso. Se refiere a que, además de que el mecenazgo servía para pagar servicios prestados, celebraba públicamente la capacidad del comitente de mantener artistas o recibir sofisticados regalos (como jirafas). Que el animal no dejó indiferentes a los florentinos lo demuestra que la copiaran Il Bacchiaca, o Andrea del Sarto, tal y como me ha chivado el mensaje de un lector ocasional. Sin embargo, esa visión del poder mediceo basada exclusivamente en la imagen es una idealización cultista que esconde que no basta con propaganda y apariencia para mantener el poder. En cierto modo es una visión muy nuestra: cuando nuestra sociedad mediática analiza el uso consciente de la imagen como método de influencia, intenta convencerse de que basta con ella para controlar el poder, olvidando los otros medios -a menudo poco confesables- con los que los poderosos se mantienen en el pódium.

En los veinte años durante los que Lorenzo controló Florencia no ocupó ningún cargo oficial, ni tan sólo fue miembro de la Signoria: él decía que sólo era “un ciudadano con cierta autoridad” porque ser señor no era una aspiración propia de la virtud republicana que identificaba a los humanistas. Así lo demostraba Leonardo Bruni al presumir de que, mientras los tiranos se imponían en otros lugares, la ciudad toscana encarnaba las virtudes de Bruto, quien sacrificó a César para preservar la pureza del legado republicano. Florencia, efectivamente, para evitar cualquier aspiración cesarista, renovaba los cargos cada dos meses y elegía a sus titulares mediante votación indirecta y sorteo de entre una lista de ciudadanos ricos. Ese contexto, en el que el control mediceo sobre Florencia puede parecer imposible, hace plausible el retrato de Lorenzo que Lauro Martines dibuja en “Sangre de abril”, cuando le describe “crónicamente preocupado por la dimensión pública de su figura”. Martines atribuye tal susceptibilidad a la ambigüedad de su posición en Florencia, “donde no era ni príncipe ni simple ciudadano, ni señor ni simple político en funciones, pero siempre estaba expuesto a los oscuros complots de los desterrados políticos [… y a ...] la subterránea corriente de resentimiento contra los Medicis. Día a día (...) debía mostrarse fuerte, superior a todos, controlando la situación. Y esto imponía el requisito de que recibiese (y se viese que recibía) generosas cantidades de respeto y honores”. O jirafas, añadiría yo.

Por mucho que su autoridad ejerciera una influencia persuasiva e incluso decisiva, Lorenzo, pues, no controlaba el poder formal. Eso le obligaba a actuar entre bambalinas, negociando y favoreciendo a unos al tiempo que aplastaba a otros. Bien fuera favoreciendo sorteos amañados que le aseguraran la asignación de los cargos de hermandades, gremios y cofradías a sus títeres e informantes, bien fuera simulando la sacralidad de un rey con la protección del convento dominico de San Marcos, donde pintaba Fra Angelico. O bien fuera, concluye Felipe Fernández Armesto, intimidando a diestro y siniestro. Quizá el punto más representativo de ese ejercicio sistemático de intimidación fue la reacción al asesinato de su hermano del que él mismo se libró por los pelos. Ángelo Poliziano, el poeta que escapó junto a Lorenzo de los puñales conjurados que les atacaron durante una misa en Santa Maria dei Fiori y se refugió junto a él en la sacristía aquella mañana de abril de 1478, nos dejó un De Coniuratione commentarium que relata con precisión aquellos sórdidos acontecimientos que conocemos como “la conspiración de los Pazzi”. Christopher Hibbert explica que, poco después de que se corriera la terrible noticia por la ciudad, “la multitud se reunió bajo las ventanas del Palacio Medici, pidiendo ver a Lorenzo, que apareció ante ellos con el cuello vendado y el chaleco bordado manchado de sangre, para asegurarles que sólo estaba levemente herido y rogarles que no ejercieran su venganza sobre los sospechosos. Insistió en que reservaran su energía para luchar contra los enemigos del estado que habían tramado la conspiración y que, sin duda atacarían a la ciudad que la había frustrado”. Sin embargo, concluye Hibbert, “aunque la gente vitoreó su discurso, no lo obedeció”, y quienes participaron en la conspiración padecieron la violencia más depravada. Cientos de personas recorrieron las calles buscándoles, y cebándose en ciudadanos impopulares a los que se suponía su complicidad en el complot. Aunque tradicionalmente los criminales eran ejecutados extramuros, en esta ocasión Lorenzo debió ordenar que se arrojara por las ventanas del palacio del consejo de gobierno a los conspiradores, atados por el cuello. La multitud presente en la plaza asistió a sus últimos estertores antes de descuartizar sus cuerpos. Sus convulsiones fueron el espectáculo que permitió a Lorenzo convertir la sed de venganza en una política.

Y es que la conspiración de abril, como escribió Guicciardini en sus Storie fiorentine, “exaltó hasta tal punto su grado y fortuna que (…) venturosa jornada fue aquélla para él”. Y no se refiere sólo a las posesiones que hubiera debido compartir, ni a que el atentado fallido justificó su derecho a ir acompañado de escolta armada, sino a que, concluía Guicciardini, “el grande y sospechoso poder que había ejercido hasta ese momento se volvió mucho mayor aún, pero ahora sin resquicios”. En su estudio de la violencia desencadenada tras la conjura de 1478, Lauro Martines se pregunta “por qué no había esa noche patrullas de centinelas que pusiesen coto a los desmanes provocados por las turbas” y responde que la única razón posible es que “el régimen Médicis aprobaba los desmanes”. Incluso afirma que la campaña estaba promovida por el entorno de Lorenzo para aniquilar a los Pazzi, incautar sus propiedades, y suprimir el recuerdo de su linaje. Recuerda que, aunque la fiebre desatada por la conspiración empujó a muchos a salir a las calles para manifestar su apoyo a Lorenzo descuartizando cuerpos, no sabemos si tal movilización fue representativa. Y sugiere que no debía serlo cuando recuerda que el consenso entorno a Lorenzo fue suficientemente frágil como para evaporarse rápido: su heredero político, su hijo Pedro, apenas retuvo el poder tres años después de la muerte del Magnífico, señal de que el resentimiento por la violencia en la que se asentaba el régimen se mantuvo contenido hasta que tuvo oportunidad de aflorar.

Lauro Martines rastrea indicios de la rabia contenida que provocaba el dominio mediceo, tan informal como férreo, y destaca algunos episodios. Una mañana de 1489, por ejemplo, el embajador del duque de Ferrara en Florencia presenció cómo se escoltaba a un joven sospechoso de asesinato al palacio de justicia. Una multitud amotinada envolvía la comitiva gritándole que huyera, y acabó abalanzándose sobre ella, forcejeando para liberarlo. Nos consta que los embajadores de Génova y Milán acudieron para pedir compasión, pero Lorenzo se encargó personalmente de que lo ahorcasen, y ordenó prender, castigar y exiliar a cuatro ciudadanos de los que habían participado en los desórdenes. Que los embajadores acudieran a Lorenzo con su petición de clemencia demuestra que daban por supuesto que su mediación directa permitiría conmutar la pena. Pero hay más: aunque “no ocupaba cargo alguno que le facultase para eso, (…) a ojos de sus contemporáneos bien informados tal facultad era suya, y de hecho la ejerció, aunque no tal como ellos esperaban. Bastó una palabra suya para que en vez de conducirlo a juicio, se ahorcase al joven en el centro de la ciudad para que se interpretara como una advertencia para los ciudadanos contestatarios”. Así, y no sólo con el prestigio demostrado ostentando regalos o protegiendo el taller de Verroccio, se ejercía el poder de los Médicis. Puede que fuera informal, pero está claro que era implacable e inclemente.

Concluyo. Cuando Alamanno Rinuccini, que abogó por los Pazzi en una “Defensa de la libertad” que quedó inédita, se veía obligado a reconocer las virtudes cortesanas de Lorenzo -dotado por naturaleza, educación y práctica de tan inmensos recursos (…) aprendió a bailar, a disparar con el arco, a cabalgar, a participar en juegos, a tocar diversos instrumentos musicales”- nuestra lectura cultista, mediática y postmoderna queda fascinada por las posibilidades de seducción que ofrecía aquella imagen -verdadero epílogo del Cortesano de Castiglione- para el mantenimiento del poder. Pero eso no debe hacernos olvidar que Francesco Guicciardini afirmaba que “si Florencia tuviese que soportar a un tirano, nunca podría haber encontrado uno mejor o más encantador”. Que nunca, seducidos por su encanto, encubramos al tirano.



miércoles, 21 de noviembre de 2012

LA COMUNA DE PARIS



La abalancha de acontecimientos que relaciona dificulta la comprensión del proceso, convertido en una vorágine de fechas y datos. Pero es una de las pocas explicaciones de la Comuna que he encontrado. ¿Por qué costará tanto encontrar información en castellano o catalán? ¿Por qué los libros de texto sólo citan la Comuna de pasada?

sábado, 17 de noviembre de 2012

EL LECHO, EL PODER Y LA MUERTE: HISTORIAS DE REINAS


El matrimonio practicado en la época moderna se caracterizaba por una edad cada vez más tardía de la contrayente que servía para reducir su período de fecundidad, de tal modo que los intervalos intergenésicos superaban los dos años. La iglesia instituyó además en Trento la presencia personal de los contrayentes y el rechazo de la consanguinidad. Ninguna de esas cuatro características del modelo matrimonial, sin embargo, fueron respetados por los compromisos dinásticos de la realeza, que se basaban en el matrimonio precoz de la mujer, un exceso de consanguinidad que rayaba el incesto, las bodas por procuración y las maternidades sucesivas. ¿Por qué la práctica matrimonial principesca violaba sistemáticamente el modelo matrimonial seguido por el resto de la población? Para responder a esa pregunta, Bartolomé Bennasar ha “auscultado el destino de ciento veinte reinas, princesas y archiduquesas” en un libro que, bajo el epígrafe “Reinas y princesas del Renacimiento a la Ilustración”, busca superar el catálogo de desdichas individuales para sistematizar las circunstancias vitales nada envidiables de estas mujeres.

Para empezar, sus bodas eran el producto resultante de árduas negociaciones sobre las que los contrayentes nunca eran informados. Ni que decir tiene que la elección de esposa para un príncipe dependía de la razón de estado, y nunca del amor. Para ella podía ser especialmente frustrante porque, tras renunciar a su familia, costumbres, guardarropa y lengua para convertirse en garantía de una alianza entre su padre y su marido, estas adolescentes se encontraban de pronto en territorio enemigo, rehenes de un pacto que no comprendían, que las alejaba para siempre del escenario de su infancia. En ese sentido pocas ceremonias de entrega igualan la teatralidad de la de María Antonieta: fue un ritual iniciático para el que se diseñó un edificio para la ocasión sobre una isla del Rhin. Tal y como recreó magistralmente Sophia Coppola al comienzo de la película que dedicó al personaje, la princesa entró como archiduquesa de Austria para metamorfosearse en delfina flanqueando una línea invisible pero irrevocable que la despojaba de todo. Incluso su mascota resultó cuestionable para la expectante corte de Versalles...

El recibimiento en la corte no solía ser mucho mejor. Desamparadas, las jóvenes princesas eran escrutadas con alevosía por una altiva nobleza que se burlaba de su acento o de las confusiones con el protocolo de la novata recién llegada. Apenas púberes subían al lecho con una urgencia por concebir que pretendía garantizar el futuro de la dinastía. En una corte que las consideraba espías virtuales se debían sentir desamparadas, muy solas, acosadas -si el embarazo no venía- por la sospecha de infertilidad que las sometía a todo tipo de peregrinaciones, emplastes, astrólogos, cataplasmas y brebajes. Si el embarazo prosperaba, eran prematuramente apartadas de sus bebés para reintegrarlas cuanto antes a su principal objetivo, la concepción, convirtiendo sus vidas en una sucesión de embarazos que por consecutivos multiplicaban las posibilidades de riesgo y que pretendía proporcionar hijas para continuar con las alianzas internacionales y superar la alta mortalidad infantil ropia del sistema demográfico del Antiguo Régimen facilitando a la familia de acogida un heredero sano. En el caso de que no les tocara enterrar a varios de sus hijos, frecuentemente sufrían su separación, porque se quería alejar de la formación del heredero cualquiera de las influencias extranjeras que envolvían el ambiente de la reina.


Y es que, en tanto representantes de una dinastía extranjera, a menudo se consideraba a las reinas una especie de enemigas virtuales a las que había que espiar. ¿Por qué? En cierto modo, sus obligaciones para con su familia de origen no habían terminado con su sacrificio personal: se contaba con su fidelidad a los intereses familiares de origen, lo que debía sumirlas en un angustioso conflicto de lealtades. En la biografía que Henry Kamen dedicó a Felipe II encontré la transcripción de un documento que resultaría ilustrativo en ese sentido. El rey aleccionaba a sus embajadores en Viena para que trataran con su hermana María, la esposa del emperador Maximiliano: “en todos los negocios que ocurrieren, os habéis de valer siempre de su favor y medio, y tomar y su orden y consejo, antes de hablarlos al emperador, porque ella os dirá la manera y a los tiempos que los habéis de tratar para que se acierten y, en fin, habéis de tener la mira a proceder y gobernaros en todo por el camino que mi hermana os mandare que llevéis”. El documento insinúa un papel de influencia sobre las decisiones de su esposo, aunque su función no se circunscribía a esa asesoría informal sobre el emperador: también espiaba a Maximiliano. Por ejemplo, en 1567, María le dijo a un diplomático español “en secreto, que leyendo estos días unas cartas que estaban en la mesa del emperador” descubrió algunos asuntos que su hermano debía conocer; de modo que se los transmitió. En cierto modo los temores de las cortes de acogida, pues, eran fundados y las reinas ejercían como comisionados de los intereses de su familia original. Quizá por eso Felipe II explicaba en 1570 a un embajador extraordinario en Viena que “a mi hermana escribo dos cartas: una de los negocios que podrá mostrar al emperador –ésta le enviaréis en abriendo el pliego-, y otra de algunos particulares que han de ser para ella sola, sin que el emperador ni otro ninguno lo sepa; esta irá a parte, (...) Habéisla de tener muy secreta, y cuando vayáis a mi hermana diréis, sin que nadie lo entienda, cómo le tenéis otra carta particuar, que ella mire como y cuando se la habéis de dar”.

Todo parece indicar que, incluso superado el incesante ritmo de partos, las obligaciones de la reina seguían siendo una pesada e incómoda carga. Sólo si les llegaba la viudedad podían convertirse en regentes y superar el ejercicio del “poder informal” para convertirse en gestoras del patrimonio familiar. Algunas demostraron ser entonces habilísimas “Maquiavelos con faldas” que se movieron ingeniosamente en la primera línea de protagonismo político. Después de perseguir por toda Europa una infinita casuística de casos, entre los que se cuenta a Margarita de Valois atravesando con una cama a cuestas una Francia ensangrentada por las Guerras de Religión, el inaudito celibato de Isabel Tudor o el supuesto envenenamiento de la primera esposa de Carlos II, María Luisa de Orléans, Bennassar repara en el perfil político de Luisa de Saboya. La madre de Francisco I ejerce de regente tras la derrota de Pavía. Sensible al trato que sus nietos, rehenes del Emperador Carlos, podían recibir, negoció con la gobernadora de los Países Bajos Margarita de Borgoña, un acuerdo que conocemos como “Paz de las Damas” (1529). Más capaces de comprender la urgencia de una solución pacífica que el sobrino de Margarita, Carlos V, y el hijo de Luisa, Francisco I, ellas tomaron la iniciativa y negociaron directamente, apartando a su familia de los detalles, rodeadas de diplomáticos y juristas. La negociación, idealizada por el pincel historicista decimonónico de Francisco Jover, les permitió superar el estancamiento diplomático con sutiles transacciones, cuyos detalles no comunicaron, hasta alcanzar un acuerdo estable en Cambrai.

El caso no debería parecernos excepcional. En tanto lo que hoy llamamos “relaciones internacionales” eran entonces gestiones familiares y administración del patrimonio correspondiente a una familia, a menudo ellas estaban especialmente preparadas para las sutilezas necesarias que permitieran encontrar el equilibrio ¡No nos sorprendamos de la inteligencia del acuerdo tanto como de la poca atención que la Historia les prestó! 

sábado, 10 de noviembre de 2012

LA JIRAFA MEDICEA (2): EL CONTEXTO EN QUE SE PINTÓ



"Poder contra verdad" es la 4ª parte de una serie sobre los Médicis. Aparecen Vasari, la galería de los  Uffizzi y el Ponte Vecchio, y Miguel Ángel, el Gran Duque Cosme I y su transformación del Palazzo Vecchio en una apología dinástica. Luego se va hasta uno de los preceptores de los Médicis, Galileo.

jueves, 1 de noviembre de 2012

INDIANES: EL CONTE FELIÇ DE LA CIUTAT INDUSTRIOSA


 L'exposició sobre les indianes que el Museu d'Història de la Ciutat programa fins al desembre forma part d'un projecte de reconstrucció de la història dels barcelonins, “per poder-lo mostrar en el futur (…) en els espais d'exposició permanent”. Ho celebro! Recordo de petit que el museu ensenyava tota la història urbana pels diferents pisos de la Casa Padellàs, i, tot i que aquelles peces envitrinades avui ens semblarien pròpies d'una museologia paleolítica, crec que és necessari aconseguir un discurs museístic total i permanent de la història de la ciutat. Una altra justificació de l'exposició que es pot llegir en la web del museu és que “les indianes ens mostren el camí de la represa”. Es refereix a l'esforç desenvolupat després de la catàstrofe política que va significar 1714, i que -mitjançant el desenvolupament de la manufactura d'indianes- “va generar les condicions que feren possible l'inici del procés de modernització industrial posterior”. Es poden enllaçar doncs la represa del XVIII i la industrialització del XIX? L'epíleg que posa final a la mostra recorda que “haver estat un gran centre de la manufactura d'indianes no garantia (…) la continuïtat industrial”, i es pregunta què va fer possible superar l'esgotament de l'economia d'Antic Règim i encarar la modernització industrial. Per respondre-ho fa servir un col·laborador del diari El Vapor que el 1834 es preguntava “què ens quedava als catalans per suplir la pèrdua d'Amèrica”, i responia que els quedava “el nostre enginy, el nostre cor, la nostra llançadora”.

La cita sintonitza amb el discurs historiogràfic dominant, i m'ha recordat que expliquem la història industrial de la ciutat amb un delit una mica sinistre. L'emoció sentimental amb què mirem aquest procés com un resum de seny científic, rauxa esforçada i tecnologia punta resta tan farcida de sentimentalisme que sembla nascuda en l'època romàntica, en què aquell col·laborador d'El Vapor escrivia. Aquest idealisme en els plantejaments no desmereix, però, el discurs desenvolupat amb les peces i els textos que conformen la mostra, que comença buscant les raons que van convertir Barcelona en una de les principals ciutats manufactureres d'Europa al segle XVIII: ja havia estat un important centre artesanal i mercantil mediterrani, s'havia integrat millor en el gran comerç internacional després de 1778, i -sobre tot- havia desenvolupat una nova activitat econòmica. Es tracta de la manufactura d'indianes, unes teles de cotó estampades que arribaven d'Àsia i que la iniciativa empresarial de comerciants i botiguers va començar a fabricar aquí. Les indianes van revolucionar les pautes de consum: principalment la indumentària, perquè la seva estètica, comoditat i preu assequible (en comparació als tradicionals teixits de luxe) les van fer “irresistibles als ulls d'un públic femení cansat de la monotonia i la foscor dels teixits tradicionals”. Aquestes peces de roba van també redecorar la vida quotidiana perquè es van fer servir per al parament de la llar (roba de llit, cortines, tapisseria dels mobles) i l'embelliment dels espais públics (ornamentació de façanes, folrat de parets de teatres i palaus), associant utilitat i bellesa en els objectes quotidians i en els centres de vida social. Per si fos poc, també van canviar les formes de producció al concentrar-la en un únic espai, on es practicava la divisió del treball concentrant treballadors especialitzats de 19 activitats diferents. Per això els plafons de l'exposició parlaven de “protofàbriques”, en tant aquests establiments estaven més propers a les fàbriques modernes que als vells sistemes artesanals.

La importància del fenomen, doncs, sembla inqüestionable. Altra cosa és que sigui el veritable i principal origen de la industrialització. Dir que aquests fabricants d'indianes procedents del comerç, la menestralia i la mateixa manufactura van constituir el nucli inicial de la burgesia industrial barcelonina no és dir mentides, però sí es oblidar l'altra cara de l'aventura industrial. No em refereixo solament a que convertint-los en els premonitoris “capitans d'empresa” es menysté “els altres grans protagonistes de l'arrencada industrial”, els treballadors procedents dels gremis tèxtils i del desarrelament del seu món rural que -sota el protagonisme que oferim als geniüts cervells del procés de modernització- es converteixen solament en aquests “altres” actors secundaris. Em refereixo més aviat a l'oblit d'altres finançaments menys heroics que l'esforç i l'enginy dels fabricants d'indianes.

El lament d'aquell col·laborador d'El Vapor per l'Amèrica perduda ens recorda que l'explotació de les colònies, a la que eufemísticament els plafons expositius es refereixen com “integració en el comerç internacional”, era un negoci molt rendible gràcies al mercantilisme i el “pacte colonial” que obligava els territoris americans a comerciar exclusivament amb la metròpoli. Cal passar-hi de puntentes sobre l'ombra protectora de la monarquia espanyola per poder santificar la suposada i intrèpida iniciativa dels capitans d'empresa que van iniciar la industrialització. Però la veritat és que aquests negocis estan ben lluny de representar cap antecedent il·lustre, com tampoc no ho haurien de ser els “americanos”, per molta emoció que Amadeu Vives li posés a L'emigrant (1893). Els homes que varen tornar carregats de fortunes, casats amb una mulata i cansats de tanta aventura, ens poden enlluernar fàcilment amb els palauets que guarneixen de palmeres al jardí. Però els capitals que van repatriar després de l'alliberament de les colònies estaven xops de sang: en Josep Xifré i Cases va poder encarregar l'edifici que coneixem com “els porxos”, que s'insinua en aquesta imatge de reüll davant de la Llotja, i guarnir-los amb les mènsules que li va dissenyar Damià Campeny, gràcies a l'exportació de sucre produït amb mà d'obra esclava.

Esclavistes, espies i esbirros

El guió de l'exposició “indianes” evoluciona cronològicament fins a la inauguració de “La España Industrial” el 1847, però la relació entre la protoindustrialització i el vapor queda una mica difosa, principalment perquè evita els orígens menys presentables de l'arrencada industrial, com l'espionatge. Segons li vaig llegir a Francesc Cabana, la Junta de Comercio va encarregar-li a Carles Ardit, un professor de la seva escola de disseny, que els informés de les novetats tecnològiques que amb tant secret es guardaven a Europa. Ell mateix va escriure que “era preciso buscar en los talleres extranjeros los métodos de su fabricación; era necesario copiar sus máquinas, ver sus materiales, conocer sus composiciones; en una palabra era indispensable seguir todos los pormenores de esta fabricación (…) hasta que Cataluña no tenga que mendigar nada del extranjero”. En el seu Tratado teórico y práctico de la fabricación de pintados o indianas” (1819) va explicar com, durant les seves estances a Europa, tenir tantes ganes d'aprendre va despertar sospites: “Mis continuas observaciones y preguntas llamaron la atención de la policía de aquella ciudad, se me interrumpió la correspondencia y me vi en el más inminente peligro de perder la mayor parte de mis trabajos. Felizmente, pude salvar mis papeles, y atravesando riesgos y superando peligros pude regresar a esa capital y ofrecer a la Real Junta de Comercio el resultado de mi comisión”.

És veritat que Catalunya no deu la industrialització, solament, a les contribucions d'espies i esclavistes. Entre l'època daurada dels estampadors d'indianes i la industrialització del vapor hi ha la greu crisi que va provocar la pèrdua dels mercats reservats. La represa de la manufactura catalana no devia ser massa fàcil davant la invasió de productes francesos que van fer possible les ocupacions de 1808 i 1823. Així que, davant les dificultats, la burgesia va buscar la protecció del neo-absolutisme de Ferran VII, donant-li suport contra els ultres a canvi de lleis que van emparar la seva activitat econòmica. Si l'any de la reial visita (1827) Bonaventura Carles Aribau escrivia que “las fuentes de la riqueza de Barcelona se están secando”, un seguit de mesures impulsades pel tirà a partir d'aquella estada a la ciutat van facilitar-ne l'impuls: aranzels per a centenars de productes, Llei de carabiners (1829) per lluitar contra el contraban, Codi de Comerç (1830), Llei de Borsa (1831) i nou Ministerio de Fomento (1832)... Aquesta política va arribar a la seva màxima expressió amb la prohibició nacional sobre la importació de productes acabats, que va proporcionar als fabricants catalans un mercat segur. “España es una América con menor riesgo”, deien. Les proves d'aquesta sinistra amistat entre els emprenedors i el tirà romanen discretes: es possible que el carrer Ferran sigui l'únic carrer d'Espanya dedicat al Borbó més repugnant de la història, però pocs barcelonins deben saber-ho. La presència del rei a la ciutat entre el 4 de desembre de 1827 i el 19 d'abril de 1828 va ser recordada també per un quadre d'Emili Casals (1863): representava la visita que el rei i la reina Maria Amàlia va fer a la Llotja de Mar per celebrar la tasca de les escoles de la Junta de Comercio. Encara fa pocs anys la Cambra de Comerç el va fer servir per a felicitar les festes a les seves afortunades amistats. L'exposició sobre les indianes inclou un mocador de fabricació Bonaplata que conmemorava la visita: encara que els espies i els esclavistes que van iniciar la revolució industrial no hi són, el museu parlarà de passada dels esbirros que protegien la industrialització mentre s'imposaven amb sanguinolent acarnissament sobre les noves idees.


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