¡Echando de menos la edición radiofónica!

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"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

martes, 30 de julio de 2013

EUROPA, 1945: LAS RUINAS QUE RESUCITAN HOY


Mi Rosa favorita me regaló hace un tiempo “el refugio de la memoria” con una bellísima dedicatoria agradeciendo mi modesta contribución a su anecdotario vital. Mi musicóloga de cabecera ha puesto armonía a mi frecuentemente desarreglada partitura en muchas ocasiones, y este obsequio es una muestra de cuanto le debo. Es cierto que tras su lectura no he participado del entusiasmo que convirtió la obra del historiador Tony Judt, escrita al tiempo que una penosa enfermedad degenerativa encaminaba sus últimos días, en un fetiche. Sin embargo, reconozco que algunos pasajes me sacudieron con violencia el alma; y no sólo porque es imposible permanecer impertérrito al coraje con el que Jutd encaró su último reto.

El libro que Rosa me invitó a leer contiene la demostración de coherencia profesional más explícita que he visto en un historiador desde que Marc Bloch fue ejecutado por los nazis. No debería extrañarme, porque -tal y como le escuché decir a la medievalista Teresa Vinyolas en una de las primeras clases que le escuché impartir al comenzar la carrera- ser historiador es una forma de vida. Por eso, incluso en su padecimiento, Jutd se puso a dictar, mientras pudo y cuando ya escribir no podía, algunos recuerdos analizados con precisión quirúrgica. Entre ellos, me impactó cómo su memoria infantil describía la ciudad de Londres: escribía que “hubo racionamiento de ropa hasta 1949, (…), de alimentos hasta 1954. Estas normas se suspendieron brevemente para celebrar la coronación de la reina Isabel, en 1953: se autorizó para todos una libra extra de azúcar y cuatro onzas de margarina (…) bastante tiempo después de que cesara esa práctica, mi madre me convenció de que las golosinas aún estaban racionadas. Cuando protesté diciendo que mis amigos de la escuela parecían disponer de un acceso ilimitado al género, me explicó, con desaprobación, que seguramente sus padres estaban en el mercado negro. Su teoría era de lo más creíble, puesto que el legado de la guerra era omnipresente. Londres estaba plagado de cicatrices de los bombardeos: donde antes había habido casas, calles, vías de ferrocarril o almacenes, había ahora grandes y polvorientas zonas acordonadas (...) En los primeros años cincuenta, la mayoría de los artefactos explosivos sin detonar habían sido retirados y los solares bombardeados -aunque prohibidos- ya no eran peligrosos. Pero esos improvisados espacios de juego eran irresistibles para los chavales”. Esta descripción de los niños jugando entre edificios derruidos comparte capítulo con un elogio de Clement Atlee (al que el imbécil de Churchill llamaba “un hombre modesto que tiene mucho por lo que ser modesto”), y nos acerca a un Londres muy distinto del que imaginamos. Si la huella impresa por la guerra mundial aún era “omnipresente” en Londres en 1953 ¿cómo debía estar la Europa continental, que había sido permanente campo de batalla, durante la posguerra inmediata?

A esa pregunta responde David Solar, autor de Un mundo en ruinas 1945-1946 (2007), al coordinar el dossier del número 177 de “La Aventura de la Historia”. Buscando una imagen significativa se sirve allí de un fragmento de la novela “La piel”, de Curzio Malaparte, para describir el ambiente en Nápoles durante la ocupación aliada, poco antes de la derrota alemana: “Mujeres lívidas, deshechas, con los labios pintados, los rostros desencajados y cubiertos de afeites, horribles y lamentables, estaban paradas en las esquinas de los callejones ofreciendo a los pasantes su miserable mercancía; chiquillas y muchachos de ocho, de diez años, que los soldados marroquíes, hindúes, argelinos, malgaches, palpaban levantándoles las faldas o metiendo las manos por entre los botones de los calzones. Las mujeres gritaban, “Two dollars the boys, three dollars the girls”.

Cuesta leerlo, y no sólo porque el fragmento llama nuestra atención sobre los miles de niños huérfanos que dejó la guerra deambulando por ciudades abatidas. También nos sobrecoge porque, la celebración de la victoria consume tanto protagonismo en nuestro 1945 imaginado, que, cuando los historiadores describimos la Europa de posguerra, apenas hacemos referencia a los niveles de destrucción: sabemos que Colonia o Hamburgo habían perdido el 90% de sus edificios, o Viena el 70%, pero bien poco de cómo se vivía entre ellos. Otra de las miradas a la Europa de 1945 que frecuentamos es la que atiende a la geopolítica: Paul Johnson decía en “Tiempos modernos” (1993) que los Estados Unidos y la Unión Soviética estaban al borde de un “volcán apagado, espiando despectivamente sus honduras todavía humeantes”, lo que llama la atención sobre el hecho de que, apenas cincuenta años antes, los pretenciosos europeos se habían repartido el mundo y ahora se veían desplazados de la hegemonía planetaria por dos nuevos agentes a los que la destrucción europea convertía en inesperados e involuntarios protagonistas de las relaciones internacionales.
 
Esas dos miradas, la que atiende a la destrucción material y la que se concentra en la geopolítica, tienen una cosa en común: olvidan el drama humano de la posguerra. Los europeos hemos evitado profundizar en ese infierno, hemos pasado de puntillas por esos años, quizá temiendo qué recuerdos puede despertarnos recrear aquel, como dice Keith Lowe, “continente salvaje”. En la fantasía que nos permite mantener nuestros cadáveres en el armario, 1945 es la calma doliente que sigue al infierno de la guerra. En nuestro discurso el Tío Marshall viene cargado de caramelos, los europeos confraternizamos con aquellos generosos chicos que vinieron a liberarnos y … ¡zasca! Europa resurge como el Ave Fénix, y ni corta ni perezosa escribe el punto y aparte que le permite experimentar ese crecimiento sin precedentes para el que hemos inventado la triunfalista etiqueta “milagro europeo”. No sólo olvidamos que la situación de dramática urgencia que vivía el continente cuando el volcán se apagó hacía plausible la escena que Malaparte “inventó” (¿?) para su novela. También olvidamos datos estadísticos muy ilustrativos, como los que también incluía David Solar en su artículo: desde mayo de 1945 hasta finales de 1946, los supervivientes apenas consumieron 1200 calorías de promedio diario, lo que resultaría la mitad de lo normal. La miseria propició epidemias de piojos, sarna, tifus y tuberculosis. La mortalidad pasó de un 11,8 por mil (1938) a un 18%o (1945) y la infantil superó el 250%o.
 
¡Pero el panorama escalofriante no sólo afectaba a las condiciones de vida! En su libro “Después del Reich: crimen y castigo en la postguerra alemana”, Giles MacDonogh recoge las vivencias de los alemanes bajo la ocupación aliada. No lo he leído, pero hice una cata al azar de algunas páginas y tomé algunas notas: de los 90.000 presos alemanes que quedaron en Stalingrado, apenas volvieron en 1955 unos 5.000; los alemanes sufrieron matanzas tan despiadadas como las que habían emprendido ellos durante la guerra; entre 12 y 14 millones de alemanes fueron obligados a marcharse de los estados liberados en Europa Central, y no fueron bien acogidos en las Alemanias supervivientes, donde las condiciones eran suficientemente duras como para ver a sus recién llegados compatriotas como rivales en la supervivencia. Los ajustes de cuentas tras la liberación contribuyeron notablemente al éxito del partido comunista, porque muchos alemanes se alistaron para evitar la acusación de colaboracionismo. En 1946 nacieron 200.000 bebés de las violaciones emprendidas por los ocupadores soviéticos: la tragedia de las mujeres bajo la ocupación aliada hiela la sangre.

Trümmerfrauen en Berlín
Keith Lowe decía, en una entrevista en ABC, que los europeos habían interiorizado con naturalidad la violencia cotidiana. Y ponía como ejemplo una anécdota de efectividad mediática: el testimonio de un corresponsal británico en Hannover que “tuvo la ocasión de ver un saqueo en una fábrica de picaportes. Todos se pegaban. Un hombre tiró al suelo a una mujer y le pateó la cabeza hasta matarla para quitarle los picaportes. Cuando lo logró, anduvo unos cuantos pasos por la calle, miró los picaportes y los arrojó al suelo como pensando: «¿Para qué quiero yo esto?»”. Siguiendo el rastro de es violencia gratuita e indiscriminada, el libro de Lowe deambula por toda Europa, desde Grecia (que continuará inmersa en una guerra civil terrible) a Italia (casi también), de Polonia (cuyas nuevas fronteras desplazan minorías étnicas diversas) a Yugoslavia (donde los ajustes de cuentas entre ustachas, chetniks y partisanos generan un clima irrespirable). Incluso Francia se encuentra sacudida por “oleadas de venganza y castigo que inundaron todos los ámbitos de la vida europea”: en tanto la resignación con la que los franceses ofrecieron la derrota ante los alemanes “propició la representación de la Francia ocupada como algo femenino: no sólo había sido invadida, también se había entregado como muchas francesas hicieron lo propio con los soldados alemanes. Eso emocionalmente se entendió como un adulterio a la nación. Después de la guerra era muy importante restaurar el orden patriarcal y se vengaron de ellas públicamente, en las plazas, les rapaban las cabezas y las desnudaban con el consentimiento de los nuevos dirigentes. Las veían como enemigas de la patria, tanto como los propios alemanes”.

Aquel continente sin carreteras ni trenes ni bancos ni comercios era un verdadero erial en el que la supervivencia era un reto cotidiano, en el que las hostilidades continuaban, en el que los vencidos no estaban mejor, tal y como demostraban los recuerdos infantiles de Tony Jutd, autor, por otra parte, de un libro -“Posguerra: una historia de Europa desde 1945”- que inauguró una secuencia de novedades editoriales sobre el tema. ¿Será coincidencia que de pronto se publiquen tantas miradas a los meses posteriores al Diluvio Universal? ¿Y que lo hagamos con la Europa comunitaria en estado comatoso, cuando millones de sus ciudadanos están sufriendo ese genocidio colectivo que constituye el desmontaje del Estado del Bienestar por parte de políticas de recorte drástico? ¿No vive Europa hoy un drama que viola sus fundamentos y se está costando miles de víctimas?

En el post anterior ya dije que el curso de verano “Dictadura, democracia i estat del benestar a Europa: de la segona meitat del segle XX alsinicis del segle XXI” reunió un buen puñado de humanistas de distintas especialidades para reflexionar sobre la historia del estado asistencial. El paisaje humano que retratan los libros hace más que plausible una relación directa entre el prestigio del que gozaba el comunismo por haber resistido al nazismo con contundencia y eficacia, la seducción que sobre aquellas masas hambrientas pudiera ejercer el sistema rival y el pacto que por el que la fuerza de trabajo aceptaba la lógica de beneficios a cambio de cierta protección del mínimo nivel de vida. El capital ha violado el acuerdo cuando, terminada la Guerra Fría, vencido y desprestigiado el adversario ideológico, pudo evitar negociar consensos entorno al funcionamiento del sistema capitalista. Los think tank neoliberales precipitaron entonces sobre la sociedad el argumentario que pretende deslegitimar la protección social, un rosario de tópicos que uno de los ponentes del curso, Vicenç Navarro, ha demostrado empíricamente en sus libros (y su blog) que son falsos. Como él mismo afirmó, si pusimos en marcha el Estado de Bienestar cuando Europa era, como dijo Churchill, “un montón de escombros, un osario, un criadero de pestilencia y odio”, quién puede creerse que hoy no podamos pagarlo cuando somos infinitamente más ricos...

viernes, 19 de julio de 2013

¿QUIÉN COMENZÓ LA GUERRA FRÍA?

Ronald E. Powaski dedicó la introducción de su libro “La Guerra Fría: USA y URSS 1917-1991” (1998) a las teorías con que se han explicado los orígenes de este conflicto. Según él, si en un primer momento se decía que los intentos de Stalin por extender el comunismo por Europa y el Lejano Oriente hacían de la URSS la principal culpable, en tanto obligó a los americanos a reaccionar intentando contenerla, una escuela revisionista contestó en los años 70 y 80 que, en realidad, fueron los americanos quienes exageraron la amenaza que la URSS podía representar y reaccionaron desproporcionadamente. Powaski recordaba el diferente coste que tuvo la Segunda Guerra Mundial para ambas super-potencias: mientras los americanos, cuyo territorio principal no había sido atacado, sufrieron unas 400.000 bajas, el coste pagado por los soviéticos fue mucho mayor: en 1945 la URSS había perdido “20 millones de ciudadanos, 15 grandes ciudades, 6 millones de edificios, 31.000 empresas industriales, 65.000 Km. de vía férrea, 90.000 kilómetros de carreteras y miles de puentes, pozos petrolíferos, granjas y ganado”. Por eso la escuela revisionista se preguntó ¿Quién iba a iniciar así, y con qué, el proyecto de dominación universal que le suponían los americanos? Incluso algunos investigadores, más radicales, creían que fueron los soviéticos quienes reaccionaron contra la agresiva actitud con la que los Estados Unidos querían garantizarse el acceso a los mercados y recursos del mundo aplastando cualquier oposición que cuestionara ese interés. Según esa teoría, Truman inventaría el mito de una URSS hostil para lograr el apoyo ciudadano a una nueva estrategia intervencionista cuyo objeto era hacer del mundo un lugar seguro para el capitalismo.

Si las tesis conspiranoicas que responsabilizaban exclusivamente a la URSS de la Guerra Fría quedaron reservadas para la propaganda y se fue imponiendo la “teoría del agua y el aceite” (socialismo y capitalismo no pueden compartir el vaso), en los años 90 la tesis de la incompatibilidad de sistemas dejó paso a una visión más o menos consensuada sobre las causas del conflicto. La Guerra Fría había terminado, y -aunque  los voceros del “fin de la historia” hacían leña del árbol caído adjudicándole todas las culpas habidas y por haber-, del debate historiográfico nacía una tercera tendencia, la post-revisionista. Especialmente atenta a las actuaciones de ambas super-potencias capaces de provocar reacciones hostiles en el otro, esta escuela concluyó que, del mismo modo que los dirigentes americanos tenían una visión demoníaca del carácter perverso de la URSS e intentaron contestarla con una actitud rígida, los soviéticos encuadraban la política americana en los más rígidos moldes del petrificado marxismo oficial, según el cual el móvil imperialista/económico inducía a los americanos a la dureza. Visto así, resulta absurda la discusión sobre quién empezó la Guerra Fría, porque -atendiendo a las mutuas desconfianzas y a las falsas percepciones- el conflicto puede definirse como resultado de una dialéctica que no tiene culpables, el corazón de cuya lógica se encuentra en lo que Francisco Veiga, Enrique U. Da Cal y Ángel Duarte llamaron “el síndrome de 1941” en La paz simulada. Una historia de la Guerra Fría 1941-1991 (1998): ese año, tanto los EUA como la URSS entraron en una guerra que hasta ese momento consideraban europea, ajena a sus intereses, porque fueron atacados por los japoneses (en el caso americano) y los alemanes (en el caso soviético). Cuando en 1945 llegó la victoria se manifestó el trauma del “efecto sorpresa” de ambos ataques: el miedo a otro ataque de ese tipo, y la evidencia de que -en el páramo que constituía el mundo de posguerra- sólo podía llevarlo a cabo el otro actor omnipresente, generó un miedo irracional y una actitud agresiva que conducirá a ambas potencias a erigir un sistema defensivo destinado a prevenir otra sorpresa igual, otro ataque a traición. El Informe Jdanov y el Telegrama Kenan, que teorizaron las políticas para romper el presumido cerco capitalista, o contener la revolución mundial, se entienden en ese clima.

Sin embargo, la desconfianza y el miedo venían de antes, tal y como sugería Powaski en el título del libro al que me refería al comenzar este post: la primera semana de julio asistí a un curso, dedicado a los orígenes y el presente del estado del bienestar, en el que las conferencias dedicadas al contexto histórico describían el ambiente de posguerra; y cuando analizaba la correlación de fuerzas existente en 1945, Martí Marín sugería que -además de soportar estoicamente el mayor peso de la guerra contra los nazis- los soviéticos asistieron a los retrasos con los que se abordó la apertura del “segundo frente” que Stalin había pedido a Churchill en julio de 1941, y que no se abrió definitivamente hasta mayo de 1944, casi tres años después, con el desembarco de Normandía. Pensé en ese momento que a los occidentales de pronto les vinieron las prisas, al ver que los soviéticos, en su contraataque después de detener a los nazis en Stalingrado, podían tomar Berlín; quién sabe si Lisboa, debieron pensar. Y por eso, de prisa y corriendo, al comprobar que la resistencia del Eje en el norte de Italia les impediría llegar a Berlín antes que los rusos, organizaron ese aquelarre suicida que, pese al éxito final, constituyó el matadero de Normandía. Martí Marín afirmaba que la destrucción sufrida por la URSS hace casi imposible empujar ningún proyecto de dominación universal, y que el motor de su actitud no era el sueño de la revolución mundial, sino la búsqueda de una garantía defensiva. Pero, ¿tenían motivos para desconfiar de su aliado?


Otra de las estupendas conferencias incluidas en el curso “Dictadura, democracia y estado del bienestar” para analizar el contexto que puso en marcha el estado asistencial fue la que pronunció Víctor Gavin. El profesor de la UB afirmaba que los proyectos occidentales para la postguerra habían sido definidos por Churchill y Roosevelt en la Bahía de Terranova el 14 de agosto de 1941. El documento surgido de esa reunión, la Carta del Atlántico (14-8-1941), establece que el mundo debe organizarse en torno a dos principios: libre mercado y, consecuentemente, derecho a la autodeterminación de los pueblos. Digo consecuentemente para precisar qué sentido quisieron darle los norteamericanos, porque realmente se prestaba a interpretaciones: de hecho, donde Churchill entendía que las referencias a la liberación afectaban a los territorios ocupados por los nazis, Roosevelt pensaba en la libertad de las colonias, porque aquellos territorios africanos y asiáticos sometidos al comercio exclusivo con su metrópoli constituían para los liberales una auténtica aberración que debía dejar paso al libre comercio. ¿No fue Sartre quien dijo que cuando dos hombres se entienden es que ha habido un malentendido? Pues más grave que el mal entendido fue el hecho de que ambos principios eran incompatibles con la Unión Soviética, quien -además de temer por su seguridad y querer rodearse de un “cinturón defensivo” que evitara un tercer ataque occidental después de los de 1914, 1918 y 1941- pretendía organizarse con un modelo de economía planificada. Y en la búsqueda de su seguridad precisamente utilizó uno de los acuerdos de Yalta, la Declaración de la Europa Liberada, según la cual quien expulsaba a los nazis de un territorio se arrogaba el derecho a tutelar el territorio mientras no tuviera un gobierno propio. En virtud de ese acuerdo, ambas unos y otros se dedicaron a expandir el sistema propio: los soviéticos, concretamente, se dedicaron a “sovietizar” la Europa del Este recuperada.

Churchill se dio cuenta de lo que ocurría y -en la famosa conferencia pronunciada en Fulton- advirtió que había caído un “telón de acero” (1946). Víctor Gavin advirtió que, aunque las tesis de Churchill figuran en todos los manuales, ignoramos el artículo con el que Stalin contestó en Pravda a la denuncia pronunciada por el político inglés. Decía que garantizar la seguridad de la URSS implicaba controlar su frontera occidental -por donde habían venido en 1918 y 1941 sendas cruzadas anticomunistas- y que, para hacerlo, era lógico desear que, en aquellos estados fronterizos, hubiera gobiernos leales.

No he respondido a la pregunta que me hacía más arriba sobre si los soviéticos tenían motivos para pensar eso, más allá de comprobar cómo en los territorios liberados se procedía a excluir a los comunistas del poder, por mucho prestigio que pudieran tener como luchadores antifascistas. Josep Fontana, en su último libro, relaciona los recelos soviéticos con hechos concretos: en abril y mayo de 1945, cuando los británicos y norteamericanos negociaban en Suiza la rendición del ejército alemán en Italia, excluyeron a los soviéticos de las conversaciones, “lo que temieron que pudiera ser un anticipo de una paz por separado con la Alemania nazi”. Esos miedos, según Fontana, tenían fundamento, “por cuanto sabemos que Hitler conocía y apoyaba estas negociaciones de sus generales en Italia, con la esperanza de que podrían conducir a una división entre los aliados”. En un dossier sobre la Europa en ruinas de 1945 que recientemente se ha incluido en “La aventura de la Historia”, Álvaro Lozano pone un ejemplo concreto: “Patton pensaba que Alemania estaba llamada a ser un estado tapón frente a la amenaza soviética y que la política de desnazificación no sólo era nefasta, sino que implicaba también utilizar métodos de la Gestapo para debilitar a un aliado en potencia. Cuando un alarmado Eisenhower decidió que se interviniera su línea telefónica, descubrió que Patton planeaba simular una serie de incidentes para poder declarar la guerra a la Unión Soviética”. Vamos, que al saberse que estaba dispuesto a marchar contra la URSS con tropas de las SS si era necesario, fue destituido de manera fulminante.

Pero por si la demostración de testosterona concentrada que supuso el lanzamiento de las bombas de Hiroshima y Nagasaki no es suficiente para demostrar que la URSS no constituía ninguna amenaza, y no lo haría hasta que se produjera el empate atómico en 1949, podemos recurrir a algunas fuentes concretas que demuestran que esa evidencia estaba sobre la mesa de los poderosos. Con una de esas fuentes acabó su charla Martí Marín. Se trata de un fragmento de un mensaje que Frank Roberts, agregado de negocios británico en Moscú, enviaba al Foreign Office en 1946: “Aunque la Rusia de los soviets pretende extender su influencia por todos los medios a su alcance, la revolución a escala mundial ya no forma parte de su programa y no existe ningún elemento en la situación de la URSS que pueda promover el retorno a las antiguas tradiciones revolucionarias”. Las mutuas sospechas y desconfianzas caldearían las relaciones entre los vencedores en 1945, pero la larga cadena de malentendidos no fue una iniciativa comunista. Lo que les separó en 1945 fue lo mismo que les había separado en 1917, aquello que les había mantenido alejados y que sólo disimularon para enfrentarse conjunta y excepcionalmente a un enemigo común entre 1941 y 1945. Vencido ese enemigo, la rivalidad resucitaba. Y es que el arma principal de los contendientes en la Guerra Fría no fue jamás ninguna de las sofisticadas piezas del arsenal atómico: lo que realmente asustaba a cada uno de los dos rivales -decía Víctor Gavin (UB)- es que el adversario contaba con un sistema alternativo.

sábado, 6 de julio de 2013

MARIA ANTONIETA, SEGÚN ANTONIA FRASER



La biografía que Antonia Fraser escribió sobre María Antonieta es bien distinta de cuantas se han dedicado a la reina de Francia: al mismo tiempo que evitaba el tópico que la había retratado como una mujer frívola y extravagante, consentida y caprichosa, también procuraba no convertirla en heroína o mártir para denigrar el corpus ideológico de la revolución. Aunque nada partidista pues, hay que decir sin embargo que se trata de una biografía partidaria. Me refiero a que, aunque no toma partido por apologistas o detractores del papel de la reina, sí que procura empatizar con su drama vital. La autora la disculpa de las acusaciones de despilfarro, recordando que tuvo una escasa influencia en la quiebra de la Hacienda real, y califica su “disipación” como inofensiva; en las carreras de caballos y los juegos de naipes apenas seguía, dice, la “moda anglófila”.

Se podría apostillar que una reina que juega a los naipes, que se muestra en las carreras, ya no está por encima del género humano. Su excesiva familiaridad desmerecía la monarquía, la desnudaba del ceremonial que encumbraba su divinidad. Esa huida de la etiqueta no sólo la desacralizaba, sino que tenía dos consecuencias más: al buscar privacidad, María Antonieta dio sustancia aparente a rumores contra su virtud, y privó a los nobles de su única fuente de promoción social, ganándose su enemistad. 

Fraser explica aquella actitud retratando a la reina como una romántica en ciernes, lo que ignoraría el nacimiento de la esfera íntima que se adjudica al XVIII. ¿Acaso no anunciaban el romanticismo sus jardines frondosos, bien distintos de la geometría vegetal versallesca, muestra de una naturaleza sometida al poder real? También eran actitudes románticas vestir prendas de muselina blanca, ir sin maquillar, sentirse fascinada por el buen gusto del sepulcro de Rousseau, amar en secreto, presenciar la salida del sol, o emular a los protagonistas de “La nueva Eloísa”, la novela que sedujo a una generación entera de jóvenes para cuya nueva sensibilidad apenas había espacio en la “era de la razón”.

Fuera por esa inocencia o –como dice la autora- por la educación inadecuada recibida en Viena, lo cierto es que la reina nunca supo, o nunca quiso saber, que París pasaba hambre. Como todas las novias adolescentes convertidas en garantía de alianzas dinásticas, Maria Antonieta cumplía además una función encubierta de “agente”, que Fraser convierte en uno de los hilos conductores de la biografía. Sabido es que la reina recibía instrucciones diplomáticas de su madre, como si de un espía “durmiente” se tratara. La doble lealtad a sus familias de origen y adopción debió constituir una abrasadora tortura interna para ella, y permitió llenar miles de pasquines contra la “austriaca”.

Finalmente, la autora sigue a la reina hasta el patíbulo con un relato sobrecogedor. Nos muestra cómo, frente a aquel rosario de desgracias, la reina mostró una actitud noble, sacrificada, aferrada a la dignidad que –creía- le habían conferido sangre y elección divina. Es este espíritu de dignidad ante la adversidad lo que Antonieta nos legó, y no una precipitada moraleja sobre la revolución. Aquellos hechos terribles incluyen posturas muy distintas, desde el supremo idealismo a la brutalidad; y no pueden ser juzgados a la vista de una sola de todas aquellas infinitas e individuales tragedias. La prestigiosa autora, que lo sabe, nos pide piedad para aquella desdichada que ya expió sus culpas con creces



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