¡Echando de menos la edición radiofónica!

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"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

viernes, 19 de julio de 2013

¿QUIÉN COMENZÓ LA GUERRA FRÍA?

Ronald E. Powaski dedicó la introducción de su libro “La Guerra Fría: USA y URSS 1917-1991” (1998) a las teorías con que se han explicado los orígenes de este conflicto. Según él, si en un primer momento se decía que los intentos de Stalin por extender el comunismo por Europa y el Lejano Oriente hacían de la URSS la principal culpable, en tanto obligó a los americanos a reaccionar intentando contenerla, una escuela revisionista contestó en los años 70 y 80 que, en realidad, fueron los americanos quienes exageraron la amenaza que la URSS podía representar y reaccionaron desproporcionadamente. Powaski recordaba el diferente coste que tuvo la Segunda Guerra Mundial para ambas super-potencias: mientras los americanos, cuyo territorio principal no había sido atacado, sufrieron unas 400.000 bajas, el coste pagado por los soviéticos fue mucho mayor: en 1945 la URSS había perdido “20 millones de ciudadanos, 15 grandes ciudades, 6 millones de edificios, 31.000 empresas industriales, 65.000 Km. de vía férrea, 90.000 kilómetros de carreteras y miles de puentes, pozos petrolíferos, granjas y ganado”. Por eso la escuela revisionista se preguntó ¿Quién iba a iniciar así, y con qué, el proyecto de dominación universal que le suponían los americanos? Incluso algunos investigadores, más radicales, creían que fueron los soviéticos quienes reaccionaron contra la agresiva actitud con la que los Estados Unidos querían garantizarse el acceso a los mercados y recursos del mundo aplastando cualquier oposición que cuestionara ese interés. Según esa teoría, Truman inventaría el mito de una URSS hostil para lograr el apoyo ciudadano a una nueva estrategia intervencionista cuyo objeto era hacer del mundo un lugar seguro para el capitalismo.

Si las tesis conspiranoicas que responsabilizaban exclusivamente a la URSS de la Guerra Fría quedaron reservadas para la propaganda y se fue imponiendo la “teoría del agua y el aceite” (socialismo y capitalismo no pueden compartir el vaso), en los años 90 la tesis de la incompatibilidad de sistemas dejó paso a una visión más o menos consensuada sobre las causas del conflicto. La Guerra Fría había terminado, y -aunque  los voceros del “fin de la historia” hacían leña del árbol caído adjudicándole todas las culpas habidas y por haber-, del debate historiográfico nacía una tercera tendencia, la post-revisionista. Especialmente atenta a las actuaciones de ambas super-potencias capaces de provocar reacciones hostiles en el otro, esta escuela concluyó que, del mismo modo que los dirigentes americanos tenían una visión demoníaca del carácter perverso de la URSS e intentaron contestarla con una actitud rígida, los soviéticos encuadraban la política americana en los más rígidos moldes del petrificado marxismo oficial, según el cual el móvil imperialista/económico inducía a los americanos a la dureza. Visto así, resulta absurda la discusión sobre quién empezó la Guerra Fría, porque -atendiendo a las mutuas desconfianzas y a las falsas percepciones- el conflicto puede definirse como resultado de una dialéctica que no tiene culpables, el corazón de cuya lógica se encuentra en lo que Francisco Veiga, Enrique U. Da Cal y Ángel Duarte llamaron “el síndrome de 1941” en La paz simulada. Una historia de la Guerra Fría 1941-1991 (1998): ese año, tanto los EUA como la URSS entraron en una guerra que hasta ese momento consideraban europea, ajena a sus intereses, porque fueron atacados por los japoneses (en el caso americano) y los alemanes (en el caso soviético). Cuando en 1945 llegó la victoria se manifestó el trauma del “efecto sorpresa” de ambos ataques: el miedo a otro ataque de ese tipo, y la evidencia de que -en el páramo que constituía el mundo de posguerra- sólo podía llevarlo a cabo el otro actor omnipresente, generó un miedo irracional y una actitud agresiva que conducirá a ambas potencias a erigir un sistema defensivo destinado a prevenir otra sorpresa igual, otro ataque a traición. El Informe Jdanov y el Telegrama Kenan, que teorizaron las políticas para romper el presumido cerco capitalista, o contener la revolución mundial, se entienden en ese clima.

Sin embargo, la desconfianza y el miedo venían de antes, tal y como sugería Powaski en el título del libro al que me refería al comenzar este post: la primera semana de julio asistí a un curso, dedicado a los orígenes y el presente del estado del bienestar, en el que las conferencias dedicadas al contexto histórico describían el ambiente de posguerra; y cuando analizaba la correlación de fuerzas existente en 1945, Martí Marín sugería que -además de soportar estoicamente el mayor peso de la guerra contra los nazis- los soviéticos asistieron a los retrasos con los que se abordó la apertura del “segundo frente” que Stalin había pedido a Churchill en julio de 1941, y que no se abrió definitivamente hasta mayo de 1944, casi tres años después, con el desembarco de Normandía. Pensé en ese momento que a los occidentales de pronto les vinieron las prisas, al ver que los soviéticos, en su contraataque después de detener a los nazis en Stalingrado, podían tomar Berlín; quién sabe si Lisboa, debieron pensar. Y por eso, de prisa y corriendo, al comprobar que la resistencia del Eje en el norte de Italia les impediría llegar a Berlín antes que los rusos, organizaron ese aquelarre suicida que, pese al éxito final, constituyó el matadero de Normandía. Martí Marín afirmaba que la destrucción sufrida por la URSS hace casi imposible empujar ningún proyecto de dominación universal, y que el motor de su actitud no era el sueño de la revolución mundial, sino la búsqueda de una garantía defensiva. Pero, ¿tenían motivos para desconfiar de su aliado?


Otra de las estupendas conferencias incluidas en el curso “Dictadura, democracia y estado del bienestar” para analizar el contexto que puso en marcha el estado asistencial fue la que pronunció Víctor Gavin. El profesor de la UB afirmaba que los proyectos occidentales para la postguerra habían sido definidos por Churchill y Roosevelt en la Bahía de Terranova el 14 de agosto de 1941. El documento surgido de esa reunión, la Carta del Atlántico (14-8-1941), establece que el mundo debe organizarse en torno a dos principios: libre mercado y, consecuentemente, derecho a la autodeterminación de los pueblos. Digo consecuentemente para precisar qué sentido quisieron darle los norteamericanos, porque realmente se prestaba a interpretaciones: de hecho, donde Churchill entendía que las referencias a la liberación afectaban a los territorios ocupados por los nazis, Roosevelt pensaba en la libertad de las colonias, porque aquellos territorios africanos y asiáticos sometidos al comercio exclusivo con su metrópoli constituían para los liberales una auténtica aberración que debía dejar paso al libre comercio. ¿No fue Sartre quien dijo que cuando dos hombres se entienden es que ha habido un malentendido? Pues más grave que el mal entendido fue el hecho de que ambos principios eran incompatibles con la Unión Soviética, quien -además de temer por su seguridad y querer rodearse de un “cinturón defensivo” que evitara un tercer ataque occidental después de los de 1914, 1918 y 1941- pretendía organizarse con un modelo de economía planificada. Y en la búsqueda de su seguridad precisamente utilizó uno de los acuerdos de Yalta, la Declaración de la Europa Liberada, según la cual quien expulsaba a los nazis de un territorio se arrogaba el derecho a tutelar el territorio mientras no tuviera un gobierno propio. En virtud de ese acuerdo, ambas unos y otros se dedicaron a expandir el sistema propio: los soviéticos, concretamente, se dedicaron a “sovietizar” la Europa del Este recuperada.

Churchill se dio cuenta de lo que ocurría y -en la famosa conferencia pronunciada en Fulton- advirtió que había caído un “telón de acero” (1946). Víctor Gavin advirtió que, aunque las tesis de Churchill figuran en todos los manuales, ignoramos el artículo con el que Stalin contestó en Pravda a la denuncia pronunciada por el político inglés. Decía que garantizar la seguridad de la URSS implicaba controlar su frontera occidental -por donde habían venido en 1918 y 1941 sendas cruzadas anticomunistas- y que, para hacerlo, era lógico desear que, en aquellos estados fronterizos, hubiera gobiernos leales.

No he respondido a la pregunta que me hacía más arriba sobre si los soviéticos tenían motivos para pensar eso, más allá de comprobar cómo en los territorios liberados se procedía a excluir a los comunistas del poder, por mucho prestigio que pudieran tener como luchadores antifascistas. Josep Fontana, en su último libro, relaciona los recelos soviéticos con hechos concretos: en abril y mayo de 1945, cuando los británicos y norteamericanos negociaban en Suiza la rendición del ejército alemán en Italia, excluyeron a los soviéticos de las conversaciones, “lo que temieron que pudiera ser un anticipo de una paz por separado con la Alemania nazi”. Esos miedos, según Fontana, tenían fundamento, “por cuanto sabemos que Hitler conocía y apoyaba estas negociaciones de sus generales en Italia, con la esperanza de que podrían conducir a una división entre los aliados”. En un dossier sobre la Europa en ruinas de 1945 que recientemente se ha incluido en “La aventura de la Historia”, Álvaro Lozano pone un ejemplo concreto: “Patton pensaba que Alemania estaba llamada a ser un estado tapón frente a la amenaza soviética y que la política de desnazificación no sólo era nefasta, sino que implicaba también utilizar métodos de la Gestapo para debilitar a un aliado en potencia. Cuando un alarmado Eisenhower decidió que se interviniera su línea telefónica, descubrió que Patton planeaba simular una serie de incidentes para poder declarar la guerra a la Unión Soviética”. Vamos, que al saberse que estaba dispuesto a marchar contra la URSS con tropas de las SS si era necesario, fue destituido de manera fulminante.

Pero por si la demostración de testosterona concentrada que supuso el lanzamiento de las bombas de Hiroshima y Nagasaki no es suficiente para demostrar que la URSS no constituía ninguna amenaza, y no lo haría hasta que se produjera el empate atómico en 1949, podemos recurrir a algunas fuentes concretas que demuestran que esa evidencia estaba sobre la mesa de los poderosos. Con una de esas fuentes acabó su charla Martí Marín. Se trata de un fragmento de un mensaje que Frank Roberts, agregado de negocios británico en Moscú, enviaba al Foreign Office en 1946: “Aunque la Rusia de los soviets pretende extender su influencia por todos los medios a su alcance, la revolución a escala mundial ya no forma parte de su programa y no existe ningún elemento en la situación de la URSS que pueda promover el retorno a las antiguas tradiciones revolucionarias”. Las mutuas sospechas y desconfianzas caldearían las relaciones entre los vencedores en 1945, pero la larga cadena de malentendidos no fue una iniciativa comunista. Lo que les separó en 1945 fue lo mismo que les había separado en 1917, aquello que les había mantenido alejados y que sólo disimularon para enfrentarse conjunta y excepcionalmente a un enemigo común entre 1941 y 1945. Vencido ese enemigo, la rivalidad resucitaba. Y es que el arma principal de los contendientes en la Guerra Fría no fue jamás ninguna de las sofisticadas piezas del arsenal atómico: lo que realmente asustaba a cada uno de los dos rivales -decía Víctor Gavin (UB)- es que el adversario contaba con un sistema alternativo.

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