Ferran Sánchez: Història. Divulgació. Docència.

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"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)
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lunes, 7 de septiembre de 2020

ILUSTRES ILUSTRADOS (1): DE CULPABLES A HÉROES

 


Hasta que un periódico berlinés organizó un concurso para premiar la mejor respuesta a la pregunta “¿Qué es la ilustración?”, ni la Enciclopedia se había propuesto definirla. El ganador del concurso fue Immanuel Kant, quien veía en ella “la salida del hombre de la minoría de edad, a la que se encuentra sometido por su propia culpa. Porque su causa estriba, no en la falta de mente, sino en la falta de decisión y del valor de utilizarla sin ser guiado por nadie. Sapere Aude! Ten el valor de servirte de tu propia mente. Ese es el fundamento de la ilustración”. Después de la bronca que nos ha pegado Gonzalo Pontón al recordarnos que no hemos traducido ni interpretado correctamente los textos originarios de los ilustrados, lo cierto es que cojo temblando las fuentes primarias, con el respeto que, de hecho, merecen. Sin embargo, parece claro que –contra la verdad revelada por la fe o la tradición- Kant está proponiendo una búsqueda, una desconfianza, en definitiva una apuesta por mirar con nuestros propios ojos, un espíritu crítico.

Resulta irónico que un movimiento que supuestamente encumbra la razón como herramienta de conocimiento de la verdad se deba explicar como algo tan mistérico, -“un espíritu”-, o inconcreto, “una desconfianza”. Y es que explicar qué es la ilustración no es fácil, y de hecho en secundaria y en bachillerato solemos recurrir al tópico que, tras describir el Antiguo Régimen como unos tiempos siniestros, presenta aquellos pensadores –diversos, contradictorios si se quiere, pero que compartían una actitud crítica- como los sagaces formuladores de las alternativas dispares –por mucho que la mayor parte de ellos quisiera salvar con reformas aquel mundo agonizante-  que contribuyeron a alumbrar el mundo contemporáneo. Es un esquema útil y didáctico, pero esencialmente falso, por lo que está bien que –en un premiado libro reciente- Gonzalo Pontón nos advierta sobre la necesidad de matizarlo.

Hace apenas un año que yo hubiera aplaudido con las orejas al leer al prestigioso editor, porque –con una cierta impostura- yo mismo me refería a los ilustrados como “fachas” para escandalizar, con ese evidente anacronismo, a los auditorios más sensibles. Más sutilmente, a veces les recordaba que Voltaire –tan moderno y tolerante él- tenía parte de su capital invertido en el comercio de esclavos; o cómo Rousseau –más melómano que altruista- acudía disfrazado al concierto de un castratti. Lo que quiero decir es que comparto la desconfianza por aquellos plumillas de vía estrecha con la que Pontón acaba su libro, un manual de autor sobre el siglo XVIII. Y, sin embargo, el recordatorio me parece un poco a destiempo. Sé que nada más decirlo se escuchará un rumor de desaprobación a mi izquierda, y a más de un amigo progre escucharé cuchichear un “¡Ya estamos! ¿Y cuándo es el momento? ¡Nunca, seguro!”, ganándose alguna risita de complicidad  mientras me dirige aquella mirada por encima del hombro que descalifica como presuntamente conservador todo aquello que no aplaude sus gracias libertarias. Así que voy a ver si puedo explicarme mejor, no vaya a ser que acabe defendiendo a aquellos ilustres pensadores a los que, como dice Pontón, no podemos considerar revolucionarios con pedigree, ya que aquella avalancha de cabezas rodando que sería más tarde la revolución les hubiera incomodado...  y –más que la filantropía- defendieron los intereses (revestidos de elevados códigos morales) de la burguesía en ascenso.

A todos los que las libertades nos tiran de la sisa y nos gustaría ver ampliado su margen nos incomodaba que esos tímidos timoratos fueran elevados al olimpo de los activistas como padres del pensamiento moderno. Pero de pronto llegó la COVID, que entiendas como resultado lógico de una economía depredadora que destruye ecosistemas, o del progreso globalizado que viaja en avión, nos obligaría a hablar de la oportunidad del desmontaje del estado del Bienestar, o del fanatismo con que se agitan las banderas. Sin embargo, quizá para evitar esos temas, quienes con más entusiasmo han tomado la palabra en plena pandemia son un sinfín de tarugos sin cuento que acuden a hacer su agosto de confusión. Hoy por hoy, por mucho que lo que dice Pontón en su manual de autor me parece un recordatorio urgente de la necesidad de volver a las fuentes y, para acercarnos a la verdad, deshacernos de los tópicos interesados con que leyeron / nos presentaron a los ilustrados los historiadores del positivismo decimonónico, Voltaire y Rousseau, con sus mil carencias, me parecen más oportunos que toda esta multitud de terraplanistas, antivacunas, conspiranoicos, neonazis y adoradores de ovnis, que saturan la red de idiotadas… gente que te hace pensar que razón, verdad, ciencia y lógica, que ya empezaron a ser cuestionados cuando la Gran Guerra segó todo optimismo en las trincheras, constituyen un corsé más liberador de lo que hemos creído hasta ahora, cuando pensábamos que no era posible ningún paso atrás. No es que quiera negar la crítica que los del 68 y otros progres dirigieron al culto insensato al becerro de oro del progreso, sino que me gustaría evitar que toda esta fauna presuntamente alternativa nos devuelva al pleistoceno. Me escandalizo al pensar que en pocos meses haya podido cambiar tanto de opinión, pero es que el debate sobre el significado de la ilustración es más complicado (y angustioso) de lo que parece cuando da la vez a toda esa fauna de chalados. 

Como que todo cuanto aborda la historiografía hierve a fuego lento, cada época ha tenido su propia lectura de la ilustración. En su día los filósofos tuvieron una acogida muy favorable entre los gobernantes europeos: el postureo no se inventó en los bares de la Barcelona post-olímpica, y la zarina Catalina (tan cacareada últimamente en las plataformas), e incluso Federico de Prusia desde el fondo de su armario, coquetearon con ellos (aunque siempre que fue posible… por carta). Ni que decir tiene que no les reían todas las gracias, pero sí aquellas que contribuían a racionalizar el esfuerzo controlador del estado, por lo que lograron pasar a la historia como déspotas (más o menos) ilustrados. Sólo en plena resaca postrevolucionaria hubo quien –borrachos de razón, o con una sensibilidad afectada (o enfermiza)- empezó a criticarlos.  Los primeros románticos –que preferían la fantasía a la ciencia, el genio creador a la reflexión paciente, y el particularismo al cosmopolitismo- reaccionaron con furia contra el racionalismo, que les parecía uniformizador, y acusaron a la ilustración de haber traído la revolución. Para ellos, lejos de constituir ningún progreso, la ilustración apenas era la culpable de aquel episodio terrible de sangre y violencia que había empezado en 1789... Hasta que Tocqueville no escribiera, años después, “El Antiguo Régimen y la revolución”, los acontecimientos de Francia no serían resultado de un complejo ovillo de causas a desentrañar, sino de una conspiración que habían impulsado a escondidas cuatro masones muy empolvados y con peluca.

El acceso de la burguesía triunfante a la dirección del estado comportó una nueva visión a finales del s. XIX: la Europa de la Belle Epoque, o mejor dicho aquellos burgueses de puro, chistera, levita y bigote para los que era bella, vio en aquellos "filósofos" del siglo anterior un antecedente ilustre. Incluso Nietzsche, a quien aquella Europa tan señoreada y encantada de haberse conocido le rechinaba, llegó a dedicarle a Voltaire, con motivo del centenario de su muerte (1878), su “Humano demasiado humano. Un libro para espíritus libres”. Allí celebraba la ilustración como uno de los grandes eslabones del progreso humano, desmentía que hubiera traído la revolución (porque, en ese caso, no hubiera estallado solo en Francia) y distinguía entre una ilustración contraproducente (los delirios igualitaristas de Rousseau) y la que, representada por Voltaire, hubiera permitido desenmascarar al cristianismo y consagrar esa linterna con que contaba el (super)hombre para abrirse camino entre las tinieblas de la superstición… Ernst Troelsch profundizaba en esa visión (“Teoría sobre la ilustración”, 1897) sustituyendo el binomio “ilustración = revolución”, tan cacareado hasta entonces por los sectores más reaccionarios del primer romanticismo, por el binomio “ilustración – progreso”: todo lo anterior a la modernidad racionalista pasaba a ser medievalizante, y sólo la ilustración había logrado sustituir el dogma (la verdad sobrenatural) por el empirismo (la verdad científica). El progreso pasaba por el capitalismo, sus críticos eran unos pobres ignorantes, los obreros no sabían ver su grandeza cuando se gastaban el jornal en cerveza barata y se emborrachaban de anarquismo, y el futuro se prometía tan feliz que urgía llevarle la buena nueva a los africanos, que, en tanto corrían en taparrabos por la selva sin respetar la hora del té, demostraban vivir todavía entre tinieblas de superstición.  

Así que el progreso y la lucha contra la superchería propios de la ilustración justificaban el reparto del pastel colonial. La burguesía alemana, que llegaba tarde a la fiesta pero lo hacía pletórica de éxito tras lograr su unificación también a golpe de “sangre y hierro”, apenas le añadió un matiz a esa definición tan optimista. Un pensador alemán de aquellos tiempos de positivismo historicista, Wilhem Dilthey, "nacionalizó" la definición de ilustración con tanta pasión como los franceses habían hecho con Voltaire: más allá de un sistema de ideas, una lista de valores favorables o contrarios a otros, la ilustración había sido un espíritu, una mentalidad, una cosmovisión. Y en su voluntad de ampliar el concepto, Dilthey desmentía la visión medievalizante que Nietzsche había propuesto de los tiempos de la modernidad encontrándole una excepción muy alemana: a sus ojos, la crítica del cristianismo instituido que había impulsado la reforma protestante en el siglo XVI era el antecedente ilustre de la toma de consciencia individual. Y ambas cosas, crítica e individualismo, constituían un paso decisivo en el camino hacia la ilustración del que los alemanes –en aquellos tiempos de construcción de naciones- podían sentirse orgullosos. Dicho de otra manera, Kant y Goethe podían ser considerados “Padres de la Patria” porque aportando razón, ciencia y técnica habían puesto la primera piedra del estado alemán que Bismarck acababa de construir. Los estados  científicos que conformaban el mapa europeo en las vísperas de 1914 habían entronizado la ilustración: no esperaban que al masticarla en términos nacionales y progresistas se les iba a atragantar. La espina que se les clavó en el paladar se llamaría ametralladora.

miércoles, 15 de julio de 2020

EL MINISTERIO DEL TIEMPO: APRENDER UNA HISTORIA MEJOR (y 2)


Felipe III confirma el Tratado de Londres, en un episodio que presenta al duque de Lerma era belicista y la reina Margarita pacifista: ¡fue al revés! En el episodio 37 presentan ya anglicana a Isabel Tudor en 1558. Más que errores parecen simplificaciones que hagan inteligible la trama al espectador.


Decía en el post anterior que “El ministerio del tiempo” había cumplido con algo más que una tarea divulgadora de la Historia de España, que también contenía una nueva mirada historiográfica que pretendía superar la retórica peripatética del nacionalismo más casposo, y también los lamentos por el fracaso reiterado y la tragedia repetida que han caracterizado a la mirada más progresista. Es imposible mirar atrás y que no se te encoja el alma en un suspiro, y de hecho en la serie pasa: a menudo alguno de los protagonistas explicita que cada vez que pasa por una puerta del tiempo le parece encontrarse “el duelo a garrotazos de Goya año tras año, siglo tras siglo, en una guerra civil permanente”. Eso sugería Amelia en el capítulo 25 cuando le compraba al pintor su grabado “El sueño de la razón” y le veía reñir con las duquesas de Alba y Osuna, y –cansada de tanta miseria- le echara en cara que “así ha pasado siempre. Los inteligentes acaban divididos en mil luchas intestinas, los audaces frente al pelotón de fusilamiento, los íntegros en el exilio, y los inocentes en la miseria”. Esa tristeza flota en la serie como una especie de personaje fantasmagórico que reaparece muchas veces: ya en el capítulo 3 una Lola Mendieta madura, que aún parece malvada, lamenta la victoria francesa en 1812 porque permitió a Fernando VII anular la Pepa, matar al Empecinado y que “nuestros mejores” (refiriéndose a Goya o Jovellanos) se tuvieran que exiliar; a continuación se pregunta si vale la pena que el Ministerio se desangre –a veces explícitamente- para salvar esa Historia de dolor…

Por poco que uno conozca de la Historia del país resulta difícil no sentirse así de descorazonado. Pero me parece que la serie intenta superar esa tristeza peripatética con dos estrategias: revisando científicamente la historia, y rescatando del olvido a los personajes que nos robó la historiografía oficial para que generalotes y moralistas de medio pelo ocuparan su lugar. Por lo que respecta a la revisión científica no sólo he visto pequeñas explicaciones teóricas, como la que Amelia hace del romanticismo en el episodio sobre Bécquer. También se desnuda el discurso histórico de apriorismos nacionalistas: hay un ajuste de cuentas con Torquemada (4) y cierto reconocimiento de las víctimas de la inquisición. Ya en el capítulo 3 Amelia le desmiente a Alonso la expresión “imperio español”: Breda es una victoria de mercenarios, y Spínola era genovés. El capítulo dedicado a los “últimos de Filipinas” está más pendiente de las miserias del reclutamiento que de ninguna épica imperial (15). La misión en Yucatán (29) muestra muchas de lasmiserias de la conquista: de hecho, que el agente del ministerio en aquel tiempo sea Bernal Díez del Castillo ya es toda una declaración de intenciones. A Felipe II le ponen fino en el capítulo 21, donde se consagra la inquisición como instrumento del poder real. Y cuando unos radicales –los Hijos de Padilla- intentan atentar contra Alfonso XII durante el Consejo de Ministros que en 1881 celebró en la finca del Marqués de Comillas, cuyo pasado esclavista es el hilo conductor del episodio 27, se denuncia la Restauración como un régimen corrupto: “dos partidos se reparten el poder y enriquecen a cuatro empresarios”. También se traza un paralelismo entre los moriscos expulsados en 1609, que son “tan españoles como nosotros” (31), y los refugiados que llaman hoy a las puertas de Europa, y –en el episodio 9- se confecciona un retrato del Cid como mercenario.

Que Isabel la Católica grite "Yo soy la reina de Castilla, no mi esposo" es una lección sobre la época moderna, en la que se ambienta el 35% de las tramas de los episodios. Sólo un 11% de las tramas transcurría en la Edad Media; el 53% en la contemporánea

Que la serie encierra una mirada historiográfica, pues, parece obvio. Es cierto que evita algunos debates –la autoría del Lazarillo, por ejemplo, en el capítulo 6- pero a veces plantea que puede haber miradas distintas sobre el pasado: en el episodio 26 el talante de Godoy puede parecer tiránico, pero Amelia recuerda su papel en la protección de la ilustración. También se ejercen miradas historiográficas contradictorias cuando, en el capítulo 5 una misión para proteger el retorno del Guernica permite celebrar el Madrid de la movida, pero –cuando el objetivo es que Almodóvar conozca a Banderas (36)- el reencuentro de Pacino con aquellos años es una tragedia, porque a su antiguo amigo del instituto le diagnostican la plaga que puso fin terminó con la bohemia creativa. Queda claro así que los ochenta tuvieron dos caras, y que debemos evitar que la nostalgia empañe la mirada.

Los guionistas incluyen pues, también, una mirada comprometida con el presente: hay capítulos que denuncian la violencia de género (38), los desahucios o los recortes del estado del bienestar: Salvador Martí, cuando descubre a la empresa americana que trapichea viajando en el tiempo, afirma enfadado que “hay cosas que no se pueden privatizar, como la educación, la sanidad o los viajes por el tiempo”. Hay cierta normalización de la diversidad en la forma alegre y desprejuiciosa con la que Irene Larra vive su sexualidad, y también se procura empoderar a los personajes femeninos: no sólo porque Amelia es una agente inteligente y culta, y por eso dirigirá la mayor parte de operaciones de la patrulla. También porque los espectadores conocen a María Pita, y a las “Sin Sombrero” en un capítulo (18) en el que Irene se dice fascinada por Clara Campoamor, a la que, en un capítulo posterior con momento emotivo, puede agradecer su trabajo personalmente en el París de la Exposición Universal de 1937 a costa de perderse un “cameo” con Josephine Baker. Esa manera simbólica de saldar la deuda que tenemos con uno de los grandes personajes de nuestro pasado va en la línea también de la relación especial que Julián tiene con Federico: su abrazo al final del capítulo 8, y su reencuentro posterior, que hacen de Lorca un personaje simbólicamente inmanente sobre parte de la trama de la serie, simbolizan, a mi entender, la relectura de la historia de España que se pretende. Le debemos ese abrazo a Federico y ese agradecimiento a la Campoamor; dárselo en la serie no sólo es justicia poética, también constituye una oportunidad de reconciliarnos con esa historia tan ingrata de exilios, hogueras  y espirales de venganza. Yo mismo, cuando descubrí a Emilio Herreraen el capítulo 40 –mucho más que un pedazo de ingeniero- me quedé tan emocionado como enojado. ¿Por qué nos han robado esos personajes? ¿Quién se ha empeñado en callar sus voces? Y es que, como los protagonistas de “El ministerio del tiempo”, todos tenemos cadáveres en el armario que nos incomodan. España los tiene, y muchos. El mejor homenaje que se les puede hacer es contar su verdad, escribir sobre ellos, hacerle un hueco a sus gestas, conocerles, rescatarles de las cunetas de la Historia (y de las otras) y meterles a empujones en los libros. Agradecerles lo que hicieron contando su historia, recogiendo sus palabras o sus obras, en definitiva, darles vida.


¿Quiere decir todo eso que es una serie “de izquierdas”? No lo creo: que haya unas pocas secuencias en catalán y un guiño austracista (7) no la convierte en una serie independentista. De hecho, uno de los adversarios del Ministerio son los Hijos de Padilla, un grupúsculo revolucionario que coquetea con el terrorismo y a los que Amelia recuerda la cita de Sebastian Castellion “Matar a un home no es defender una doctrina, es matar a un hombre”. Los comunistas no salen bien parados (40), y una de las pocas polémicas historiográficas que ha generado la serie igualaba a los dos bandos de la guerra civil al recordar Lola Mendieta el bombardeo de Cabra (Córdoba) por tres Topolev soviéticos el 7-11-1938 como una “Guernica olvidada” (35). Si en algún momento la serie parece escorarse es porque quienes se manifiestan junto a una estatua de Don Pelayo o retiran bustos de Abderrahman III ocupan demasiados titulares: consumimos una historia de cartón piedra, y eso nos aleja de cualquier referente auténtico proveniente del pasado. Sólo una vez he escuchado a un político presentarnos la historia de España que deberíamos conocer: fue Pablo Iglesias, en el discurso que pronunció en el 2015 delante del Museo Reina Sofía, celebrando el resultado de las elecciones europeas que dieron protagonismo a su partido. Allí dijo que aquella noche se podía escuchar “la voz del pueblo de Madrid resistiendo al invasor, de Riego defendiendo espada en mano la constitución, de Torrijos desembarcando en Málaga, la voz de los demócratas de la Gloriosa, la voz de Joaquín Costa y la institución libre de enseñanza, la voz de Rosalía y la risa irónica de Valle Inclán, de las mujeres que lucharon por la extensión del sufragio y de los reformadores republicanos, de Clara Campoamor, de Victoria Kent, Margarita Nelken, Federica Montseny. Dolores Ibárruri (…) de Miguel Hernández, de Federico, de Machado y de Alberti. De los mineros asturianos, de Companys diciéndole a Madrid os habla vuestro hermano. De Durruti, de Largo Caballero, de Azaña y de Andreu Nin. Las voces políglotas de los voluntarios internacionales que por haber defendido nuestra patria serán españoles para siempre. De los que empuñaron las banderas de la libertad frente al terror. Las voces de los que lucharon contra la dictadura. De la clase obrera que ganó con huelgas sus derechos. Se escuchan voces en euskera, en catalán, en gallego (…) a Carlos Cano cantando a los emigrantes, las voces de Serrat, de Paco Ibáñez, de Rosa León, (…) de Manolo Vázquez Montalbán y de todos los que lucharon por un futuro mejor”.

Fueron muchos. Y muchas. Si les atiendes, de repente, todo parecer ser de otra manera. Dicen en “El ministerio” que “la historia es la que es”. Tienen razón. Pero si uno se atreve a meterse por cualquiera de sus puertas, encuentra una realidad muy distinta a la que cuatro machirulos borrachuzos nos presentan entre banderas.

Gracias, Clara Campoamor!
Irene Larra puede conocer en persona a uno de sus personajes favoritos de la Historia... y agradecerle su trabajo y su esfuerzo






domingo, 12 de julio de 2020

EL MINISTERIO DEL TIEMPO, APRENDER HISTORIA Y DIVERTIRSE (1)



Edu Soto caracterizado de Felipe IV... cuela!


Durante el confinamiento seguí el consejo de mi amigo Luis y me tragué sin parar las tres primeras temporadas de la serie “El ministerio del tiempo”, aprovechando que –entre mayo y junio- se iba a emitir la cuarta. Las aventuras de estos funcionarios –un enfermero actual, una universitaria de finales del XIX y un soldado de los tercios de Flandes- que,  al servicio de un imaginario ministerio secreto, se consagran a evitar cambios críticos en los acontecimientos del pasado, constituyen tramas de diversos géneros, mezclando la intriga, el costumbrismo y divertidos gags. La verdad es que tendré que agradecer que me hicieran fijarme en la serie, que en su día fue un fenómeno social que agitó las redes sociales, porque lo he pasado francamente bien viéndola. De hecho, fue un éxito de crítica y –aunque no arrasó en los audímetros- sí que logró una legión de fans –los “ministéricos”- que –tan activos en las redes como los trekkies, los losties o los whovians- inundaban Twitter de comentarios sobre los episodios. El impacto no acabó de gustar a los programadores televisivos del PP, que retrasaron el estreno de la tercera temporada en varias ocasiones, y fueron cambiándola de horario, a cada cual más peregrino, quién sabe si para desconectarla de sus seguidores. Y es que, aunque se trata de un producto comercial y fácil de digerir, tiene una cierta carga subversiva que podría explicar que algunos sectores de la derecha se incomodaran con ella.

Para empezar, no se puede cuestionar que –como producto mediático- “El ministerio del tiempo” ofrece una interesante labor divulgativa. Resulta casi imposible no contagiarse de una inquietante curiosidad cuando entras en la trama de un episodio. Quizá la mayoría de los espectadores pudieran calmarla con cuatro búsquedas precipitadas en la red, pero también los habrá que se habrán perdido entre libros para conocer qué trama de un episodio era real, y cual inventada. Los millones de espectadores que siguieron la serie aprendieron historia, o acabaron sospechando que la que les habían contado constituía un relato que –cuando menos- ofrecía dudas. ¿Quién no querría conocer los entresijos de la Operación Mincemeat (episodio 23), que quería despistar a los nazis ante el desembarco aliado en Sicilia (1943) sembrando Punta Umbría de pistas falsas, o espiar en el palacio de La Granja (41) mientras la esposa y el hermano de un agonizante Fernando VII rivalizan por la sucesión? ¿Quién no querría ver Lisboa con la Gran Armada a punto de partir (2), correr los sanfermines con Hemingway (19), asistir a la proyección de la Viridiana de Buñuel para los censores, o saber qué circunstancias convirtieron en un monstruo a Enriqueta Martí, la “Vampira del Raval”? ¿Quién no querría estar en el Hotel Pennsylvania de NYC en 1924 cuando Houdini se percató de que Joaquín Argamasilla, “el hombre con rayos X en los ojos”, era un impostor (14), o en la Residencia de Estudiantes durante una de las representaciones de Don Juan que dirigieron Buñuel y Lorca, con Dalí al fondo? ¿Quién no querría conocer de primera mano cómo fue el estreno de “Vértigo” de Hitchcokk en San Sebastián (22) o ver el Monasterio de Montserrat durante la visita de Himmler (3)?



¿Hay licencias? ¡Pues claro! ¡A montones! Sin ir más lejos, Lope y Cervantes compiten por conocer a Shakespeare en el capítulo 26 ¡Pero es que es ficción, un juego! Y las tramas no sólo quieren fidelizar al espectador a golpe de sonrisas: es que pretenden darle cierta informalidad a una Historia que hasta ahora se ha contado con una solemnidad tan falsa como patética. Por eso los discretos gags que contiene la serie me parecen tan ingeniosos, y me he reído con Julián pasándole consulta médica a Blas de Lezo (9), o con la cara a Menéndez Pidal cuando Charlon Heston le pregunta por los rifles del Cid (9). Cuando le describen las dolencias de Felipe V, Julián dice “¡Menudo cuadro!”: aunque la locura del primer Borbón se edulcora con los tópicos de la época (“El rey sufre de vapores melancólicos que le empañan el espíritu”), nadie le presenta como el “rey que refundó España y trajo la ilustración”. Aparecen las miserias que disimuló la Farnesio y, al final, se trata al personaje con cierta ternura socarrona: cuando el rey le confiesa que para ser feliz, lejos de necesitar un imperio, apenas quiere “una biblia y una mujer”, Julián añade “y un palacio de Versalles”, recordando su nostalgia por el trono de Francia. En ese sentido, hay episodios que constituyen un divertimento muy especial, como el que se desarrolla en la navidad que Napoleón pasó en Tordesillas encantado de conocer a la anciana abadesa del monasterio (12), o como el que presenta a Felipe IV jugando al “un, dos, tres”, en 1648… (36)


Sin embargo, la tarea divulgadora no me ha parecido la más importante de las que cumple la serie. Me atrevo a decir que presenta una línea interpretativa nueva de la Historia de España, que pretende superar las retóricas huecas con las que venía contándose. Basta con recordar la polémica inauguración de la estatua a Blas de Lezo en la Plaza Colón de Madrid, que simbolizaría el discurso al que me estoy refiriendo: ¿cómo es posible que ese acto galvanice el entusiasmo de una parte de la opinión pública, dispuesta a aplaudir la reivindicación de un militar dieciochesco que, por muy heroica que fuera su defensa de Cartagena de Indias contra los ingleses que la atacaban, estaba protegiendo las posesiones coloniales de un rey absolutista?¿De verdad nuestros referentes historiográficos deben defender imperios y gobiernos autoritarios? Pero es que mientras eso sucedía en la capital, una fundación privada en Catalunya se llevaba subvenciones públicas para investigar los supuestos orígenes catalanes de importantes figuras del pasado a las que –presuntamente- el malvado estado español había privado de identidad nacional. Ambas sandeces no sólo demuestran el éxito del populismo terraplanista de raíz trumpista a ambos lados del Ebro; también demuestran cómo ambas sociedades –presionadas desde altavoces mediáticos por nacionalistas de medio pelo repitiendo sórdidos discursos reaccionarios- fueron engañadas con falsas épicas historiográficas para beneficiar sucios intereses políticos de presente. Mientras esa basura discursiva lo inundaba todo –Franco salvó a España, o España es Mordor- el trabajo científico que se desarrollaba en la Academia apenas cundía, porque su capacidad productiva y el espacio mediático que ocupaba resultaba, en comparación, insignificante.

Entonces llegó “El ministerio del tiempo”, planteando un discurso historiográfico diferente. Cuando en el 2014 vi su primer episodio no me lo pareció; de hecho, el envío del comando recién reclutado para viajar a 1808 y salvar al Empecinado para que pudiera plantear la guerrilla contra los franceses me pareció –en aquel momento- más de lo mismo: unos planos de Garci y unas líneas de Pérez Reverte. Sin embargo, cuando Luis me sugirió dedicarle tiempo a la serie, encontré en ella un consuelo muy sutil, porque me pareció detectar una visión de la Historia parecida a la que intento tejer en clase. ¿A qué me refiero? ¿Cómo podría caracterizar ese discurso?

Para empezar atiende menos al lamento por el fracaso que a la búsqueda de la celebración. Es cierto que a menudo subyace una tristeza nostálgica por “lo que pudo ser y no fue”, que constituye el núcleo del paradigma de la izquierda historiográfica. Pero el encuentro, en cada puerta del tiempo que se abre, con personajes que volvieron a intentar una vez más la creación de un espacio político de convivencia en el que cupieran todos, permite a cualquier observador atento encontrar en el pasado rincones que merece la pena conocer, incluso celebrar. Y entonces descubre que, pese a los sucesivos exterminios programados por sus élites (1492, 1521, 1559, 1591, 1609, 1714, 1798, 1814, 1823, 1856, 1875, 1898, 1909, 1918, 1923, 1933, 1939, 1996…) siempre hubo quien, lejos de rendirse, volvió a intentarlo. Puede que los malos triunfaran siempre, pero los buenos sembraron nuevas esperanzas y volvieron a arriesgarse, legándonos un ejemplo de compromiso y valentía que sigue siendo válido hoy. Y aunque el podio de los más impresentables de nuestra historia esté tan disputado –con Franco, Fernando VII y Aznar pugnando por las primeras medallas- uno se maravilla ante el nivel de los que proponían alternativas.

lunes, 9 de septiembre de 2019

¿DÓNDE VAS, ALFONSO XIII? (y 2)




La prensa celebra el éxito de público que permite la prórroga de la exposición “Cartas al Rey. La mediación humanitaria de Alfonso XIII en la Gran Guerra”. En una escapada fugaz por la capital del reino pude visitarla este verano, y celebrar la calidad de los materiales que se entregan al visitante, y la elegancia de sus salas. También resulta interesante que su discurso resulta del análisis de fuentes primarias apasionantes: las solicitudes de búsqueda de familiares desaparecidos en el frente que enviaron a Alfonso XIII desde todos los países beligerantes para que consultara su destino. Se trata del mayor cuerpo documental que España generó durante la Gran Guerra, y se conserva todavía en el Archivo General de Palacio. Y es que Alfonso XIII impulsó directamente la Oficina de la Guerra Europea a través de su secretaría particular, por lo que este organismo tuvo su sede en el lado este de la cuarta planta del Palacio Real, un espacio que hoy ocupan algunos talleres de restauración de Patrimonio Nacional. En estas oficinas, 46 trabajadores tramitaron doscientas mil peticiones de ayuda procedentes de 50 países.



El discurso expositivo intenta presentarnos a la familia real como una víctima más de la guerra, en cuanto “le resultaba vital una posición de neutralidad, porque la guerra se vivió en palacio con gran inquietud e incertidumbre”: es cierto que uno de los tres hermanos de la reina Victoria Eugenia, Mauricio de Battenberg, falleció en Yprès el 27 de octubre de 1914, y que el príncipe Alfredo de Salm Salm –esposo de una sobrina de la reina madre, María Cristina- fallecía en combate en 1916. Sin embargo, aunque esos dramas personales pretendan mostrar la equidistancia de la familia real respecte a los dos bandos de la mano de la esposa (británica) y la madre (alemana) del rey, el relato expositivo olvida que la defensa de la neutralidad no fue precisamente un mérito del rey. Y ese olvido, sin duda premeditado, convierte la apología del esfuerzo administrativo y económico del rey en algo turbio.  

Primero, porque para el blanqueo de la figura de Alfonso XIII se recurre al sentimentalismo barato. Se recoge por ejemplo una historia publicada en el periódico francés La Petite Gironde el 19 de junio de 1915: “GRacias al rey de España, una girondina encuentra a su marido”. La nota narraba como una joven había localizado a su esposo desaparecido tras la batalla de Charleroi (Bélgica) en un campo de prisioneros alemán. Esta noticia, ampliamente difundida en la prensa europea, fue el punto de partida de una avalancha de 202.368 peticiones en muchos idiomas. Miles de familias anónimas pusieron sus esperanzas en Alfonso XIII, incluidos Rudyard Kipling o Giacomo Puccini… Por todo ello hubo de dotar a la oficina de un equipo de traductores, entre los que se contaba, por cierto, Julián Juderías.

En segundo lugar, me parece forzado dedicar varias salas a describir las características de la Gran Guerra, como si de las cartas no se pudiera sacar más información. Más allá de ofrecer al visitante un pequeño contexto supongo que se quiere con eso aprovechar el fondo fotográfico que se recogió entonces. Lo gracioso es que –tratando la importancia de la propaganda en aquel conflicto- se recuerda que las imágenes procedentes de las agencias eran idealizaciones que “mostraban una realidad bélica en las que la muerte y la tragedia apenas tenían cabida, sirviendo a los fines específicos de los gobiernos”. ¡Qué pena que tan sutil crítica de las fuentes gráficas no se hubiera hecho en otras direcciones! Ya no es que el relato que se ofrece al visitante no haga estadística con el resultado de las gestiones, ni compare la actuación española con la de otros estados neutrales, ni haga seguimiento de las gestiones con las del gobierno para mantener la neutralidad. Ya no es que no incluye una estadística por procedencias nacionales de las cartas recibidas. Es que, con el único objetivo aparente de celebrar las excelencias de la monarquía borbónica, olvida que el papel de Alfonso XIII durante la Gran Guerra no fue siempre  tan noble. Un libro de Hipólito de la Torre Gómez (El imperio del rey. Alfonso XIII, Portugal e Inglaterra, 2002) nos los presenta conspirando por crear un nuevo imperio español a costa de Portugal, aprovechando el conflicto como “río revuelto”.



¿Qué pasaba en Portugal? Pues que el asesinato de Carlos I y su primogénito el 1 de febrero de 1908, había pasado la corona a su segundogénito, Manuel II. Alfonso XIII escribió al heredero en tono sensiblero: “como yo también empecé sólo y joven, te podré decir algunas cosillas sobre la vida de Rey, que te será útil saber”. Menudo estaba hecho el rey como para dar consejos, pero el hombre consideraba infalibles sus recetas pretorianas: “si tú cuidas de mostrar tu cariño al ejército, interesándote por cuanto pueda serle beneficioso, procurando en una palabra darle pruebas de tu confianza y que cada día esté más unido contigo, puedes tener la seguridad de que cualquier perturbación que los revolucionarios intenten tendrá que fracasar, porque sin el Ejército nada pueden”.

Sin embargo, la oficialidad  portuguesa –desmoralizada tras el regicidio- renunció a defender unas instituciones moribundas y desacreditadas. Así que fue llegando la república con calma, festejos y muestras de fraternidad ciudadana el 5-10-1910. El nuevo régimen no lo tenía fácil: las impaciencias campesinas y obreras, la oposición eclesial al nuevo laicismo, las incursiones monárquicas desde Galicia con cierta complicidad española, y la inestabilidad política facilitaron que nuestro Alfonso XIII –entre película y película- concibiera la idea de incorporar Portugal a España.

Pese al tono optimista de su correspondencia con Manuel II, la realidad es que Alfonso XIII no ocultaba ante terceros una cierta actitud de arrogante pesimismo sobre la situación de la monarquía vecina. Así, en una reunión del gobierno del 5 de octubre de 1910, en plena revolución, el ministro de Marina propuso, con el beneplácito del rey, el bombardeo de Lisboa, a lo que se opuso rotundamente el presidente del Consejo, Canalejas. A principios de 1911 viajó a Londres para “pedir al gobierno inglés que no se opusiera a su entrada en Portugal, porque no le convenía la vecindad de una república anárquica” con la que las relaciones se enturbiaban porque refugiados monárquicos utilizaban Galicia como santuario desde el que emprender conspiraciones contra la nueva república. Para ganar el apoyo británico y con aguda fineza, el rey dejó caer que Alemania podía provocar la disolución de Portugal para obtener sus colonias africanas, que España no ambicionaba porque se contentaba con el Portugal peninsular.

Durante 1913 las gestiones alfonsinas parecen una obsesión: en mayo, durante su visita oficial a París, ofreció al presidente Poincaré una alianza militar: a cambio de las manos libres en la invasión, garantizaría el libre uso de Baleares por la tropa francesa, el transporte de tropas coloniales por la península hasta Francia con ferrocarriles españoles y su propia marcha al frente con dos cuerpos de ejército españoles… ¡Todo ello sin haber consultado al parlamento!


En julio volvía a la carga en Londres con Edward Grey; en octubre de nuevo con el jefe del estado francés durante su viaje oficial a España… en abril de 1914 el monarca español confía sus designios intervencionistas al responsable del Almirantazgo británico, Winston Churchill. Quizá porque el proyecto no parecía perfilado ni iba acompañado de ningún plan de acción, ni de análisis de medios concretos u objetivos específicos, el informe firmado por el subsecretario del Foreign Officen, un tal Eyre Crowe, decía que, aunque Alfonso XIII, “en su característica actitud impulsiva y más bien irresponsable”, venía expresando “hacía tiempo designios intervencionistas (…) sería un grave error considerar que los vagos planes del Rey de España son representativos de cualquier tendencia firme de la política exterior española”.  En Londres veían claro que los políticos del rey, conscientes de la debilidad del país, exhibían una prudencia muy realista, que contrastaba con las frecuentes incontinencias verbales del joven monarca. Así, por ejemplo, tenemos una nota que el primer ministro Eduardo Dato dirigió al rey en la que resumía las razones de la neutralidad: decía que sólo con intentar una actitud belicosa “arruinaríamos a la nación, encenderíamos la guerra civil y pondríamos en evidencia nuestra falta de recursos y de fuerzas para toda la campaña. Si la de Marruecos está representando un gran esfuerzo y no logra llegar al alma del pueblo, ¿cómo íbamos a emprender otra de mayores riesgos y de gastos iniciales para nosotros fabulosos?”. Creo que fue en un libro del matrimonio Tusell (2002) que leí sobre un documento en el que el rey llamaba a los políticos “cerebros de gallina”.



Finalmente, la escalada de tensión entre los bloques europeos “socializó” las aspiraciones españolas sobre Portugal, Gibraltar y Tánger: Alemania quiso aprovechar la entrada de Portugal en la guerra para seducir a España con ellas, pero el rey declinó agradecido porque “desafortunadamente no podía proceder contra Portugal, tal como le gustaría, ya que en ese caso Francia e Inglaterra ocuparían inmediatamente las islas Baleares y Canarias, bombardearían todos los puertos españoles e impedirían la comunicación de España con Marruecos”.

En 1917, la entrada en la guerra de los repúblicas hispano-americanas junto a los Estados Unidos, y el empeoramiento de las relaciones con Alemania por los efectos de la guerra submarina, fue escorando la diplomacia española en un sentido más favorable a la Entente, lo que permitió un nuevo clima de amistad peninsular. Por otra parte, la situación interna de España aquel año –con las huelgas revolucionarias, las Juntas de Defensa, la Asamblea de Parlamentarios catalanes- no dejaba tiempo ni humor al rey para soñar imperios.

lunes, 22 de abril de 2019

S23 - ELS LÍMITS DE LA DESESTALINITZACIÓ


Quan el març de 1953 Dwight Eisenhower prenia possessió, no solament s’estava produint un relleu en la cúpula occidental. Al gener del mateix any s’havia produït el traspàs d’Stalin. Envoltat d’un ambient de pànic contingut, va patir una hemorràgia cerebral. Mentre agonitzava, es cosia un delicat equilibri de poder en el seu entorn: Malnekov seria el nou cap del govern, en el que figurarien com a vicepresidents Bulgarin, Kaganovich, i dos vells coneguts, Molotov (que tornava així al ministeri d’Afers Exteriors), i Beria (qui controlaria els departaments d’Interior i Seguretat, i al que vam conèixer el curs passat quan vam parlar dels Processos de Moscou i les grans purgues). Les lluites en el si d’aquest grup gelen la sang: culpant a Beria dels motins a Berlín de 1953, serà executat. I la seva desaparició permetrà relaxar l’ambient: primer sembla aturar-se la persecució del “complot dels metges” posada en marxa per Stalin al denunciar (1952) que la professió estava plena de sionistes (als qui deplora després d’haver vist l’estat israelià inclinar-se cap a l’aliança americana). Encara que entre 1953 i 1956 Krushev solament controla el partit, les lluites internes en el si del govern aniran marcant el seu ascens cap a president del consell de ministres.

En el XXè Congrés del PCUS pronunciarà un discurs, titulat “Sobre el culte a la personalitat i les seves conseqüències”, en el que va denunciar l’abús de poder que Stalin havia fet i els tics autoritaris: “el qui se li oposava (...) estava condemnat (...) a l’aniquilació física i moral”. Afegia que en els darrers anys s’havia tornat més irritable i brutal, “havia perdut tot sentit de la realitat” i l’altivesa demostrada s’havia demostrat “no solament en el tracte al poble soviètic, sinó també al seu tracte amb les altres nacions”. I es que Kruschev proposava rebaixar la tensió de les relacions internacionals i iniciar amb els Estats Units una “coexistència pacífica”. Va iniciar aquest “discurs secret”, que de seguida va transcendir, un “desgel” del sistema i les relacions internacionals? Encara que aquest va ser el títol d’una coneguda novel·la d’Ilya Ehrenburg en aquell moment, el balanç de l’aperturisme de l’Era Kruschev és més aviat polèmic:




* una amnistia alliberava els presos del GULAG que complien condemnes menors a cinc anys, de tal manera que 7 dels 13 milions dels presoners que hi havia van poder sortir.
* Aleksandr Solzhenitsyn va poder criticar el sistema a «Un dia a la vida d’Ivan Denisovhic» (1962) –encara que seria més famós a Occident per l’Univers Gulag-,
* Es van intensificar els contactes educatius i esportius amb Occident: Krushev ja havia aconseguit d’Stalin la participació dels esportistes soviètics a les Olimpiades de Helsinki (1952), però ara amplia aquesta relaxació cultural a que músics i estrelles del Bolshoi «confiables» actuïn a Occident (no sense risc, com demostra la marxa del famós ballarí Rudolph Nureyev, el 1961).
* La retirada de les despulles d’Stalin del mausoleu de Lenin (1961) serà tot un símbol, encara que ja veurem que aquesta “desestalinització” té un límits, i no massa llunyans.

Pel que fa a la política internacional ja l’any de la mort d’Stalin l’armistici del Panjunmon semblava aparcar el conflicte de Corea, i –sobre Indoxina- s’obrien les converses a Ginebra que canviarien la geopolítica de l’Extrem Orient. El 1955, per si fos poc, es produïa el final de l’ocupació quatripartida d’Àustria (que recupera sobirania a canvi del compromís de mantenir una ferma neutralitat). El 1956 el final de l’estat de guerra entre els soviètics Japó permet l’entrada dels japonesos a la ONU (encara que sense un acord sobre les illes Kurils), i el 1959 un tractat internacional atorgava estatus de patrimoni comú de la humanitat a l’Antàrtida. Una sèrie de viatges de Kruschev van contribuir a rebaixar la temperatura de les relacions internacionals: primer a Xina per a simbolitzar la continuïtat de l’aliança amb el gran colós oriental, després a Belgrad (amb l’objectiu de normalitzar les relacions amb Tito, que Stalin havia trencat), i fins i tot... als Estats Units (1959), on el famós “debat de la cuina” entre el líder soviètic i el vicepresident Nixon demostrava que els dos mons no s’entenien (encara que l’intent de normalització de les relacions internacionals que simbolitza no s’ha de menysprear).




En canvi, BORIS PASTERNAK  ha de publicar a l’estranger “El Doctor Zhivago”: la propaganda crítica amb l’est facilitarà que l’escriptor rebés el Premi Nobel el 1958, i el text aconseguís una premiada versió cinematogràfica (David Lean, 1955). Vol dir que el desgel era mentida? Isaac Deutscher (1956) i Jean Paul Sartre justificaven el caràcter autoritari del règim pel seu endarreriment i el setge internacional que patia. Més d’hora que tard, afegien, l’abolició de la propietat privada esdevindria una estructura socialista que evolucionaria en sentit democràtic. Altres interpretacions, però, veien que l’abolició de la propietat privada es traduïa en un monopoli capitalista d’estat coherent amb les tendències autoritàries del sistema. El gran problema historiogràfic que planteja la desestalinització no és tant el seu abast, si resultava suficient per a democratitzar el sistema, sinó el debat sobre la seva idoneïtat que aniria desgastant la cohesió del bloc comunista: per una banda hi hauria els qui la veien una oportunitat de fer reformes (com els hongaresos), d’altres la veien com una traïció als dogmes leninistes que apartaven els “revisionistes” del camí correcte. Així ho veia, per exemple, Mao Zedong.



PER A UNS, DESESTALINITZAR ÉS PASSAR-SE! Havíem deixat Maox construint la República Popular Xinesa i obrint un període d’estret treball amb la URSS que coneixem com la DÈCADA SOVIÈTICA (1949-1959). La descripció que n’havíem fet era d’una imitació dels mètodes d’Stalin. I no solament per les campanyes contra l’oposició a la revolució (denúncies massives, arrestos i execucions de mig milió d’opositors), sinó perquè el 1953 iniciava un Primer Pla Quinquenal amb assessors soviètics especialitzats en la industrialització a marxes forçades. També s’impulsava la col·lectivització agrícola: més de 70.000 cooperatives camperoles es van convertir en 24.000 comunes amb uns 25.000 membres cadascuna, que havien de convertir-se en unitats polítiques i econòmiques que integrarien diferents brigades de producció dedicades la producció i la distribució agràries, prestar serveis bancaris, tasques policials, organització d’espectacles, serveis de guarderia o menjador... Però l’objectiu prioritari era impulsar una indústria rudimentària descentralitzada per a auto-proveir cada comuna. Resultat: fora de  mobilitzar la força de treball en projectes intensiu a gran escala, amb un voluntarisme que superava la fe, no van funcionar. Alguns intel·lectuals, decebuts, van iniciar tímides crítiques, i Mao les va incentivar: “Deixeu que floregin CENT FLORS, deixeu que competeixen 100 escoles de pensament”, va dir en un discurs de 1957 “sobre el correcte tractament de les contradiccions entre el poble”. En teoria, afegia, la pluralitat de veus permetria accelerar el progrés cap al socialisme, ja que les contradiccions es resoldrien mitjançant la persuasió. Quan els tazibaos es van omplir de crítiques, però, es va produir una forta repressió, de la que l’escriptora Linz Zaho –que va continuar escrivint a la presó fent servir la sang com a tinta i de vegades els cabells com a ploma- en seria un exemple conegut, gràcies a escriptors com Wu Hong Da (Harry Fu, a Occident) que va descriure la seva experiència al Laogai. Mai va quedar clar si la crida a les CENT FLORS havia estat una trampa per identificar els crítics, o un sondeig que va apaivagar l’idealisme del Gran Timoner. Però el balanç va deixar més de mig milió de represàlies. I –lluny d’escoltar les crítiques a l’economia dirigida, i d’acord amb la seva teoria de la revolució permanent, presentada en un discurs del gener de 1958- es va impulsar un projecte radical i utòpic de desenvolupisme a marxes forçades que havia de completar la construcció del socialisme: el Gran Salt Endavant. Al cap d’un any ja es veia que privilegiar la indústria pesant sobre l’agricultura provocaria un desastre: 



Es van crear petits forns per a fondre acer als patis de casa (mig milió el 1958) amb camperols que no es van capacitar prèviament, i que barrejant metalls, produïen materials de mala qualitat
La Improvisació i la desorientació de les autoritats locals va malbaratar l’esforç en obres inútils i irrellevants
La col·lectivització camperola trencava tradicions de suport mutu (casaments, mercats, intercanvi…) i incentius per a treballar amb eficiència
L’agricultura intensiva esgotava la capacitat nutritiva de la terra, i l’extermini de les aus granívores per protegir els conreus va generar terribles plagues de llagosta i altres insectes 
La por a la repressió va forçar moltes comunes a falsificar els resultats: en realitat l’agricultura va fer fallida i el resultat del Gran Salt Endavant van ser 20 milions de morts. Mao va renunciar a la presidència de la república el 1958 en favor de Liu Sahoqui (que va liberalitzar l’estratègia)

Vist aquesta actitud del govern xinès, sembla lògic que a Mao Zedong el “discurs secret” no li va agradés gens: lluny de voler apartar-se del camí de desenvolupisme a marxes forçades que havia impulsat Stalin, ell entenia que Corea havia estat el triomf de l’esforç i la voluntat sobre un enemic superior. Volia confirmar el paper de protagonista en l’adveniment de la societat  socialista que creia que li havien donat l’ajut als nordcoreans, al Vietmith i als comunistes del Tibet, i desempallegar-se del paper subsidiari que els soviètics semblaven atorgar-li: el 1957 assisteix a Moscou al 40 aniversari de la Revolució d’Octubre, i escolta Krsuchev declarant que en 15 anys superaria els EUA en petroli, carbó i acer. Aquell any, la cursa espacial i les derrotes de les potències colonials a Suez semblaven donar-li la raó. Així que –quan Kruschev el va visitar l’any següent- Mao li va recomanar una actuació decisiva contra els Estats Units, per a la que prometia proporcionar innumerables divisions. Kruschev li va respondre que amb dos míssils americans acabarien amb totes les divisions xineses. L’anècdota demostra com es van refredant les relacions entre xinesos i americans: cal recordar-la, perquè aviat tornarem a l’Extrem Orient per parlar de les seves ínfules.


PER A ALTRES, DESESTALINITZAR ÉS QUEDAR-SE CURT! Els únics crítics de la desestalinització, però, no eren els que creien que anava massa lluny; també hi havia els qui creien que s’havia quedat curta. El procés de sovietització que havia viscut Hongria després de la Segona Guerra Mundial havia estat molt dur: el darrer dels “petits Stalins” que la governava, Mátyás Rákosi, havia imposat un sistema educatiu en rus i ple de dogmes comunistes. Encara que després de la caiguda d’Stalin va ser substituït per Imre Nagy, el partit comunista seguia en mans d’un nostàlgic, Erno Gero. La incomoditat nacionalista que es vivia a Hongria es va demostrar quan una víctima de Rákosi va ser enterrat amb honors, László Rajk. Pocs dies després uns manifestants cantant vells himnes nacionals van acabar derrocant l’estàtua d’Stalin a Budapest. La repressió no es va fer esperar: quan els estudiants crítics van intentar entrar a la ràdio per a llegir el seu manifest, la policia va carregar amb gasos i trets que van matar un centenar de persones. Erno Gero va demanar ajuda a la URSS i va marxar, mentre el primer ministre nomenava un nou govern amb persones que no formaven part del partit. Moscou es va espantar. En un primer moment, Kruschev va oferir una “Declaració sobre els principis del desenvolupament i posterior enfortiment de l’amitat i cooperació entre la URSS i els altres estats socialistes”. Aquest document proclamava que els soviètics estaven preparats “per a entrar en negociacions amb el govern d’Hongria i altres membres del Pacte de Varsòvia sobre la presència de tropes soviètiques en el seu territori”. Però Nagy, pressionat pels manifestants que anaven guanyant força per tot el país, va dissoldre la policia política, va prometre eleccions lliures, i va declarar la intenció de sortir del Pacte de Varsòvia. Qüestionar el bloc era més del que els sovie`tics estaven disposats a acceptar, així que Krushev va voler intervenir i –amb l’entrada dels tancs a Budapest- es van produir més de tres mil morts i vint mil deportats. Els líders de la revolta hongaresa van ser executats el 1958 i un primer ministre, Janos Kádar, va impulsar terribles purgues. Per què els soviètics van intervenir així a Hongria?

Perquè la intenció hongaresa de sortir del Pacte de Varsòvia excedia el grau de permissivitat proclamat en el XXè Congrés del PCUS (eurocomunisme o Tito, sí; desmuntar l’estructura, no.
Pel temor al possible contagi de la rebel·lió hongaresa a altres democràcies populars, 
Pel pes de l’stalinisme, que temia que l’aperturisme de Krusev oferís una senyal de debilitat que l’adversari pogués aprofitar.





Quina importància té la repressió d’Hongria en el desenvolupament de la Guerra Freda?  

a)  Primer de tot, veiem que es fan esquerdes en el si del bloc comunista que prenen forma d’acusacions de “revisionisme”, una actitud que estaria caracteritzada per la renúncia a un programa revolucionari en favor d’acomodar les relacions amb el bloc capitalista. La transcendència d’aquestes acusacions és que –a més de desestabilitzar el món comunista- contagiaran les relacions internacionals produint una escalada de tensions entre Occident i els estats que –rivalitzant en la demostració d’ortodòxia ideològica- feien servir la rivalitat amb Occident per a demostrar-la. Ho veurem de seguida a Taiwan o Vietnam. 

b)      Una segona repercussió tindria a veure amb el desprestigi dels soviètics en una part de l’esquerra occidental que, fins aleshores, els havia posat com a model. Albert Camus (La sang dels hongaresos) va criticar la falta d’acció occidental i un comunista convençut com Jean-Paul Sartre es pronunciava amb duresa contra la repressió en un article publicat en la revista Situacions sota el títol “Le Fantôme de Staline”. El comunista italià Palmiro Togialiti formulava en aquest context la “teoria del policentrisme”, la idea de que es podia arribar al socialisme per vies diferents de les que dictava Moscou; aquesta idea de lluitar dins del sistema i no contra el sistema seria definit pels seus hereus ideològics –pocs anys més tard- com a “eurocomunisme”.  

c)       Però Hongria no solament demostra que la desestalinització té límits intents, sinó que també la retòrica americana sobre alliberar les nacions esclavitzades és falsa. Ningú no ha mogut un dit per Hongria perquè les esferes d’influència de les dues superpotències han quedat fixades: de la mateixa manera que la URSS havia deixat caure Grècia, també ara els occidentals havien ignorat Hongria. En certa manera, la coexistència pacífica era la prioritat, i els blocs (a tal efecte) havien de ser respectats. Un altre esdeveniment d’aquell mateix any –la crisi de Suez- demostra que tampoc els soviètics estaven disposats a alterar la geopolítica bipolar establerta. Com que l’enfrontament entre les dues superpotències s’adreçarà a la captació dels nous estats sorgits dels processos de descolonització, molts d’aquests nous actors buscaran una tercera via.



Situem Suez en el context de l’emergència d’aquests nous actors, als qui –en aquell moment- es va englobar dins l’etiqueta “Tercer Món”. Ja en els inicis dels cinquanta el sociòleg brasiler Josué de Catro havia consternat les elits intel·lectuals i dirigents de l’Amèrica Llatina amb un llibre, Geografia de la fam, que definia aquest problema com a resultat del colonialisme en tant impedia a les antigues colònies l’autonomia suficient (i la capacitat técnica) necessàries per a explotar els seus recursos. Josué de Castro posava xifres al drama: 2/3 parts de la població mundial no menjaven prou per a combatre la fam, i en aquestes circumstàncies, advertia, la revolució estava servida. El debat obert sobre el tema provava de definir aquell estat “civilitzatori”: va fer fortuna l’expressió “Tercer Món”, emprada per Alfred Sauvy en el setmanari francès d’esquerres L’Observateur, perquè parafrasejava el pamflet de Sieyès (1789) amb l’objectiu de demostrar la seva presa de consciencia, que es manifestarà el 1955 a la conferència de Bandung. Alhora, l’expressió oposava als dos blocs sorgits de l’odre bipolar de postguerra un tercer espai geopolític.

Amb la crisi petrolera dels anys 70 l’efímer enriquiment dels grans productors petrolers (agrupats en la OPEP) i la seva incoporació a la revolució tecnológica va fer entrar en crisi el concepte. Es començava a parlar de “països en desenvolupament” (perquè els recursos o la localització industrial els permetia convertir-se en economies perifèriques) i “països subdesenvolupats” (gairebé un Quart Món). L’enfonsament del bloc soviètic el 1989 va permetre comprobar altíssims nivells de pobresa en estats comunistes, i el concepte “Tercer Món” es va veure definitivament inapropiat.

D’on venia aquesta consciència de la necessitat d’ajudar-se mútuament? No tant del record de l’experiència colonial com de la immediata constatació de l’endarreriment; per això Nehru deia el 1958 que “la veritable divisió del món contemporani no es trova entre els països capitalistes i els comunistes, sinó entre els països industrialitzats i els que no ho estan”. El 1965 el demògraf Ives Lacoste va perfilar una descripció d’aquesta situació: els estats d’aquest Tercer Món es distingien per partir insuficiència alimentària, alta mortalitat infantil i persistència d’epidèmies, predomini del sector primari sense mecanitzar, dèbil taxa d’urbanització, endeutament permanent d’un creixent sector secundari, xifres molt baixes de PNB, taxes d’atur altes en convivència amb explotació infantil, taxes de natalitat altíssimes i diferències socials molt marcades… i subordinació econòmica als poders econòmics/financers de les antigues metròpolis, en una situació que Nkruman va definir com a “neocolonialisme” i que es caracteritzaria perquè “l’estat és en teoria independent, però el seu sistema econòmic està dirigit des de fora” perquè els toca acomplir el paper de subministradors de matèries primeres i mercats per a les antigues potències que els colonitzaven.




Aquesta situació és la que denunciarien les figures polítiques que donarien veu al Tercer Món: Mao, Sukarno, Nehru –que en Découverte de L’Inde (1946) ja suggeria la necessitat de neutralitat – i la dictadura nacional que havia impulsat a Egipte el general Gamal Abdel Nasser. Ja havíem vist com la derrota dels egipcis davant d’Israel (1948) havia suposat una humiliació de la que es va fer responsable a la monarquia i al govern. Això va provocar un cop d’estat impulsat per un col·lectiu de militars, els Oficials Lliures (23-7-1952), que va havia aconseguit el vistiplau de tots els partits, des dels Germans Musulmans als comunistes, passant pel Wafd, que estava aleshores al govern. El 1952 s’havia abolit la monarquia del rei Faruk i s’havia proclamat la república. President del govern des de 1954, va emprendre una reforma constitucional que feia d’Egipte una república presidencialista de partit únic. Aquests personatges donarien veu política al Tercer Món, tot i que no serien les úniques.

sábado, 30 de marzo de 2019

S21 - PETIT PRELUDI PALESTÍ




L’altre dia vam deixar Israel i els estats àrabs que l’havien atacat el 1948 signant els Acords de Rodes, i a les masses palestines fugint de les seves cases.  La historiografia sionista ha descrit la guerra que va batejar amb sang la independència d’Israel com la heroïcitat de David contra Goliat. En aquella victòria inqüestionable van influir molts factors: van parlar de les armes comprades a Txecoslovàquia i de la gira de Golda Meir, però l’historiador Joan B. Culla fa constar també que “No hi havia al món aleshores un moviment més motivat i convençut de la bondat de les pròpies raons”, i que la comunitat immigrant havia creat un embrió d’estat cohesionat i consagrat a consolidar-lo mitjançant un aparell bèl·lic de tipus nacional que, experimentat en la defensa dels kibutz, superaria l’organització en milícies per a convertir-se en l’exèrcit d’Israel.

 El problema està què la historiografia sionista afegia que la massa palestina va preferir “marxar” i que no hi ha fonts que justifiquin aquesta interpretació: ni crides, ni acords, ni organització de l’èxode ni records. Per això, l’excel·lent historiador ha d’escriure amb molta cura sobre els enfrontaments entre poblacions que van produir-se des de la publicació dels plans de partició: “La gran promiscuïtat territorial entre les dues comunitats enfrontades, el fet que –a les zones rurals- qualsevol home adult pogués ser un combatent i qualsevol nucli habitat una posició armada, va involucrar la població civil en els enfrontaments (…) és innegable que, donades les condicions de conflicte obert, els sionistes consideraven l’estat jueu inviable militar i políticament, si quasi la meitat dels seus ciutadans eren àrabs. Per tant, sense aplicar –com sostenen autors palestins- un pla premeditat, global i sistemàtic d’expulsió massiva (… va...) procurar desplaçar desenes de milers d’àrabs residents en sectors sensibles o necessaris per a donar cohesió al dispositiu jueu de defensa, cercant al mateix temps alleujar el llast demogràfic àrab del seu estat en gestació”. 

Aquest relat, que coincideix amb la versió oficial, va ser qüestionat a partir dels anys vuitanta per una corrent crítica de “Nous historiadors” israelians. Parlen del suposat Pla Dalet, que serviria per a foragitar -amb violència- la població palestina. Ilan Pappé, per exemple, culpa Israel de la manca de pau a l’Orient Mitjà, i arriba a dir que “el sionisme més perillós que la militància islàmica”. Va destacar donant suport la tesi de l’alumne Tedy Katz a la Universitat de Haifa, sobre la presumpta massacre comesa el 1948 per la Haganà a Tantura. Sentint-se amenaçat per les crítiques, va abandonar la Universitat Hebrea de Jerusalem per a començar a donar classes a Oxford (2006) i des d’allà ha escrit que els jueus israelians no reconeixen “el que van fer i encara fan al poble palestí” perquè estan sotmesos a un “llarg procés d’adoctrinament que comença al parvulari i els dura tota la vida”. Afegeix que a Israel se l’odia “perquè sostinc que en l’Holocaust hi ha una lliçó universal, no una lliçó sionista”. Així doncs, el negacionisme no ha silenciat la “neteja ètnica” practicada a Tantura.