Ferran Sánchez: Història. Divulgació. Docència.

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"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

lunes, 9 de septiembre de 2019

¿DÓNDE VAS, ALFONSO XIII? (y 2)




La prensa celebra el éxito de público que permite la prórroga de la exposición “Cartas al Rey. La mediación humanitaria de Alfonso XIII en la Gran Guerra”. En una escapada fugaz por la capital del reino pude visitarla este verano, y celebrar la calidad de los materiales que se entregan al visitante, y la elegancia de sus salas. También resulta interesante que su discurso resulta del análisis de fuentes primarias apasionantes: las solicitudes de búsqueda de familiares desaparecidos en el frente que enviaron a Alfonso XIII desde todos los países beligerantes para que consultara su destino. Se trata del mayor cuerpo documental que España generó durante la Gran Guerra, y se conserva todavía en el Archivo General de Palacio. Y es que Alfonso XIII impulsó directamente la Oficina de la Guerra Europea a través de su secretaría particular, por lo que este organismo tuvo su sede en el lado este de la cuarta planta del Palacio Real, un espacio que hoy ocupan algunos talleres de restauración de Patrimonio Nacional. En estas oficinas, 46 trabajadores tramitaron doscientas mil peticiones de ayuda procedentes de 50 países.



El discurso expositivo intenta presentarnos a la familia real como una víctima más de la guerra, en cuanto “le resultaba vital una posición de neutralidad, porque la guerra se vivió en palacio con gran inquietud e incertidumbre”: es cierto que uno de los tres hermanos de la reina Victoria Eugenia, Mauricio de Battenberg, falleció en Yprès el 27 de octubre de 1914, y que el príncipe Alfredo de Salm Salm –esposo de una sobrina de la reina madre, María Cristina- fallecía en combate en 1916. Sin embargo, aunque esos dramas personales pretendan mostrar la equidistancia de la familia real respecte a los dos bandos de la mano de la esposa (británica) y la madre (alemana) del rey, el relato expositivo olvida que la defensa de la neutralidad no fue precisamente un mérito del rey. Y ese olvido, sin duda premeditado, convierte la apología del esfuerzo administrativo y económico del rey en algo turbio.  

Primero, porque para el blanqueo de la figura de Alfonso XIII se recurre al sentimentalismo barato. Se recoge por ejemplo una historia publicada en el periódico francés La Petite Gironde el 19 de junio de 1915: “GRacias al rey de España, una girondina encuentra a su marido”. La nota narraba como una joven había localizado a su esposo desaparecido tras la batalla de Charleroi (Bélgica) en un campo de prisioneros alemán. Esta noticia, ampliamente difundida en la prensa europea, fue el punto de partida de una avalancha de 202.368 peticiones en muchos idiomas. Miles de familias anónimas pusieron sus esperanzas en Alfonso XIII, incluidos Rudyard Kipling o Giacomo Puccini… Por todo ello hubo de dotar a la oficina de un equipo de traductores, entre los que se contaba, por cierto, Julián Juderías.

En segundo lugar, me parece forzado dedicar varias salas a describir las características de la Gran Guerra, como si de las cartas no se pudiera sacar más información. Más allá de ofrecer al visitante un pequeño contexto supongo que se quiere con eso aprovechar el fondo fotográfico que se recogió entonces. Lo gracioso es que –tratando la importancia de la propaganda en aquel conflicto- se recuerda que las imágenes procedentes de las agencias eran idealizaciones que “mostraban una realidad bélica en las que la muerte y la tragedia apenas tenían cabida, sirviendo a los fines específicos de los gobiernos”. ¡Qué pena que tan sutil crítica de las fuentes gráficas no se hubiera hecho en otras direcciones! Ya no es que el relato que se ofrece al visitante no haga estadística con el resultado de las gestiones, ni compare la actuación española con la de otros estados neutrales, ni haga seguimiento de las gestiones con las del gobierno para mantener la neutralidad. Ya no es que no incluye una estadística por procedencias nacionales de las cartas recibidas. Es que, con el único objetivo aparente de celebrar las excelencias de la monarquía borbónica, olvida que el papel de Alfonso XIII durante la Gran Guerra no fue siempre  tan noble. Un libro de Hipólito de la Torre Gómez (El imperio del rey. Alfonso XIII, Portugal e Inglaterra, 2002) nos los presenta conspirando por crear un nuevo imperio español a costa de Portugal, aprovechando el conflicto como “río revuelto”.



¿Qué pasaba en Portugal? Pues que el asesinato de Carlos I y su primogénito el 1 de febrero de 1908, había pasado la corona a su segundogénito, Manuel II. Alfonso XIII escribió al heredero en tono sensiblero: “como yo también empecé sólo y joven, te podré decir algunas cosillas sobre la vida de Rey, que te será útil saber”. Menudo estaba hecho el rey como para dar consejos, pero el hombre consideraba infalibles sus recetas pretorianas: “si tú cuidas de mostrar tu cariño al ejército, interesándote por cuanto pueda serle beneficioso, procurando en una palabra darle pruebas de tu confianza y que cada día esté más unido contigo, puedes tener la seguridad de que cualquier perturbación que los revolucionarios intenten tendrá que fracasar, porque sin el Ejército nada pueden”.

Sin embargo, la oficialidad  portuguesa –desmoralizada tras el regicidio- renunció a defender unas instituciones moribundas y desacreditadas. Así que fue llegando la república con calma, festejos y muestras de fraternidad ciudadana el 5-10-1910. El nuevo régimen no lo tenía fácil: las impaciencias campesinas y obreras, la oposición eclesial al nuevo laicismo, las incursiones monárquicas desde Galicia con cierta complicidad española, y la inestabilidad política facilitaron que nuestro Alfonso XIII –entre película y película- concibiera la idea de incorporar Portugal a España.

Pese al tono optimista de su correspondencia con Manuel II, la realidad es que Alfonso XIII no ocultaba ante terceros una cierta actitud de arrogante pesimismo sobre la situación de la monarquía vecina. Así, en una reunión del gobierno del 5 de octubre de 1910, en plena revolución, el ministro de Marina propuso, con el beneplácito del rey, el bombardeo de Lisboa, a lo que se opuso rotundamente el presidente del Consejo, Canalejas. A principios de 1911 viajó a Londres para “pedir al gobierno inglés que no se opusiera a su entrada en Portugal, porque no le convenía la vecindad de una república anárquica” con la que las relaciones se enturbiaban porque refugiados monárquicos utilizaban Galicia como santuario desde el que emprender conspiraciones contra la nueva república. Para ganar el apoyo británico y con aguda fineza, el rey dejó caer que Alemania podía provocar la disolución de Portugal para obtener sus colonias africanas, que España no ambicionaba porque se contentaba con el Portugal peninsular.

Durante 1913 las gestiones alfonsinas parecen una obsesión: en mayo, durante su visita oficial a París, ofreció al presidente Poincaré una alianza militar: a cambio de las manos libres en la invasión, garantizaría el libre uso de Baleares por la tropa francesa, el transporte de tropas coloniales por la península hasta Francia con ferrocarriles españoles y su propia marcha al frente con dos cuerpos de ejército españoles… ¡Todo ello sin haber consultado al parlamento!


En julio volvía a la carga en Londres con Edward Grey; en octubre de nuevo con el jefe del estado francés durante su viaje oficial a España… en abril de 1914 el monarca español confía sus designios intervencionistas al responsable del Almirantazgo británico, Winston Churchill. Quizá porque el proyecto no parecía perfilado ni iba acompañado de ningún plan de acción, ni de análisis de medios concretos u objetivos específicos, el informe firmado por el subsecretario del Foreign Officen, un tal Eyre Crowe, decía que, aunque Alfonso XIII, “en su característica actitud impulsiva y más bien irresponsable”, venía expresando “hacía tiempo designios intervencionistas (…) sería un grave error considerar que los vagos planes del Rey de España son representativos de cualquier tendencia firme de la política exterior española”.  En Londres veían claro que los políticos del rey, conscientes de la debilidad del país, exhibían una prudencia muy realista, que contrastaba con las frecuentes incontinencias verbales del joven monarca. Así, por ejemplo, tenemos una nota que el primer ministro Eduardo Dato dirigió al rey en la que resumía las razones de la neutralidad: decía que sólo con intentar una actitud belicosa “arruinaríamos a la nación, encenderíamos la guerra civil y pondríamos en evidencia nuestra falta de recursos y de fuerzas para toda la campaña. Si la de Marruecos está representando un gran esfuerzo y no logra llegar al alma del pueblo, ¿cómo íbamos a emprender otra de mayores riesgos y de gastos iniciales para nosotros fabulosos?”. Creo que fue en un libro del matrimonio Tusell (2002) que leí sobre un documento en el que el rey llamaba a los políticos “cerebros de gallina”.



Finalmente, la escalada de tensión entre los bloques europeos “socializó” las aspiraciones españolas sobre Portugal, Gibraltar y Tánger: Alemania quiso aprovechar la entrada de Portugal en la guerra para seducir a España con ellas, pero el rey declinó agradecido porque “desafortunadamente no podía proceder contra Portugal, tal como le gustaría, ya que en ese caso Francia e Inglaterra ocuparían inmediatamente las islas Baleares y Canarias, bombardearían todos los puertos españoles e impedirían la comunicación de España con Marruecos”.

En 1917, la entrada en la guerra de los repúblicas hispano-americanas junto a los Estados Unidos, y el empeoramiento de las relaciones con Alemania por los efectos de la guerra submarina, fue escorando la diplomacia española en un sentido más favorable a la Entente, lo que permitió un nuevo clima de amistad peninsular. Por otra parte, la situación interna de España aquel año –con las huelgas revolucionarias, las Juntas de Defensa, la Asamblea de Parlamentarios catalanes- no dejaba tiempo ni humor al rey para soñar imperios.

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