¡Echando de menos la edición radiofónica!

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"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

viernes, 26 de diciembre de 2008

LA SANGRE DE MAYO Y LA CONDESA DE MURILLO




Benito Pérez Galdós deja bien claro que "a los vasallos del buen Carlos no les parecía bien el viaje" ideado por Godoy para apartar a los reyes de las tropas napoleónicas que pretendían hacer cumplir por la fuerza a Portugal el bloqueo continental contra el Reino Unido. Pero cuando el bueno y enamorado de Gabriel sale a la calle el 19 de marzo de 1808 que don Benito le inventó, los taciturnos y belicosos bullangueros que nos muestra "beber a porrillo y dar puñetazos en las mesas, desvergonzarse con todo el mundo, mirar con aire matachín" son, más que buenos vasallos, matarifes a sueldo.

Cuando don Benito convierte al protagonista de su "Episodio Nacional" en involuntario testimonio del pasacalles sangriento de mayo, no deja tan claro como en el Motín de Aranjuez que contaron más de la cuenta cuatro campanas repicando a destiempo, ocho correveidiles, unos cientos de monedas y un infinito odio por las reformas. Sin embargo, se puede intuir que algunas dudas le inspiraba aquel bautismo en sangre de la nación que los liberales del ochocientos soñaron al recordar el Dos de Mayo. Así, cuando a Gabriel le espetan si es que "no tienes corazón ni eres hombre para nada" porque yace impasible entre la confusión sin "romperle la cabeza al primer francés que se ponga por delante", responde confuso que "han pasado sin duda cosas que yo no sé, porque he estado muchos días sin salir a la calle". Su confusión es lógica: no muchas páginas antes ha sido testimonio de los piropos que la muchedumbre madrileña dedica a los franceses que acompañan al príncipe don Fernando. Es más: cuando le insisten "¿Te gusta que te manden los franceses y que con su lengua que no entiendes te digan , y que entren en tu casa, y te hagan ser soldado de Napoleón, y que España no sea España, que nosotros no seamos como nos da la gana de ser, sino como el emperador quiera que seamos?", responde que eso es pura fantasía del fanfarrón a sueldo de la plata fernandina.

Apelar a la literatura liberal del ochocientos para hacer películas y sumar gritos fundamentalistas puede ser una forma de arte; pero la misma libertad de expresión que protege el genio creativo del artista debería clamar contra la irresponsabilidad de ponerlo al servicio de agitadores agresivos cuyo respeto por el adversario ideológico está por demostrar. Sobre todo cuando la colección de ruidosos silencios que acoge el guión de Sangre de Mayo disfraza la novela en la que dice basarse para construir un panfleto de nacionalismo esencialista, tan burdo y místico como el que se asocia a los nacionalismos que, con cierta sorna, llaman "periféricos".



Cuando la señora presidenta de la comunidad de Madrid, condesa de Murillo y lideresa del Partido que dicen Popular, afirmó en los actos desarrollados en el madrileño cementerio de la Florida, donde yacen 43 víctimas de la represión francesa del 3 de mayo, que “si los españoles se rebelaron contra Napoleón fue precisamente porque ya tenían conciencia de que España era una nación, de que era una gran nación y por eso no podía soportar que nadie le impusiera su voluntad” está ocultando, casualmente, la misma buena ristra de detalles que obvia la película del avezado, a menudo genial, cineasta "Don Garci" (me parece que en las tertulias estos señores se ponen un Don delante y se hacen muchas reverencias, espero estar a su altura y no ofenderles!).

Para empezar, ignora a consciencia que las autoriades no siguieron el levantamiento y que sólo con la llegada de las noticias de Bayona se concentraron en recabar la soberanía vacante y frenar los brotes violentos de los españoles a los que hoy llaman "héroes" pero entonces llamaban sólo "populacho". También se omite que las Juntas locales y provinciales se resistieron a ser absorvidas por una Junta Central: el fenómeno político, de efervescente energía, no está recibiendo la atención que merece. Ya un testigo directo como el Conde de Toreno tituló su obra "Historia del alzamiento, guerra y revolución de España". Sin embargo, las reflexiones sobre la supuesta revolución brillan por su ausencia, y el hervidero ideológico de las variopintas juntas tampoco está recibiendo mucha atención porque la España que se quiere ver nacer en 1808 tiene poco que ver con la diversidad y la ciudadanía.

También se están escondiendo los indicios, ya intuidos por Galdós, que apuntan que no hubo espontaneidad aquel Dos de Mayo: desde que el profesor Aymes señalara en 1974 la posibilidad de una conspiración tramada con anterioridad aprovechando la infraestructura preparada para el Motín de Aranjuez, hemos detectado incitadores coincidientes y víctimas que no son vecinos. No hay fuentes que nos permitan contrastar la hipótesis, aunque no sería imposible encontrarlas en archivos privados.

Aquellos orgullosos ocupadores franceses debieron dar -tenemos constancia- incontables excusas para encender de xenofobia al más frío de los testigos de su paso oportunista. Pero confiar en el sentimiento nacional para justificar el levantamiento minimiza el peso de la presencia ocupadora y del alojamiento militar sobre sociedades agrícolas de frágil equilibrio demográfico. Del mismo modo, se evita reflexionar sobre la influencia del púlpito como aparato de propaganda que sembró el odio contra el estado laico y la abolición del régimen feudal en el que tan cómodamente vivía la iglesia.

Desconozco si la Condesa esconde todos esos datos porque distorsionarían la intención que tiene de poner las víctimas de entonces al servicio de sus intereses de ahora. También desconozco si los soldados de Napoleón llevaban en su mochila un ejemplar del Código Civil.

Pero lo que sí sé es que los franceses simbolizaban laicismo y libertad, contra inquisición y feudalismo. ¿Es casualidad que los mismos que supeditan cualquier explicación historiográfica sobre el levantamiento de 1808 a la mística patriotera compartan hoy pancarta con los obispos reaccionarios que siguen condenando la Revolución Francesa en la Revista Alfa y Omega?

La sospechosa alianza sigue pie desde entonces...

domingo, 21 de diciembre de 2008

REJAS EN LA ADOLESCENCIA: AGRADECIMIENTO A BUENAVENTURA CRISTÓBAL



Durante toda mi vida he tenido mucho miedo a escribir lo que pensaba y aún más a expresarme libremente. Desde el día en que Juan, estando los dos solos en la celda, sentados en lo alto de las colchonetas, me contó que él era un represaliado de las huelgas de 1917 y que, considerado como revolucionario, su ficha seguía en los ficheros de activistas, creo que quedé marcado con una gran aspa roja de miedo, a que cualquier acto mío considerado incorrecto por cualquier represor se volviera contra mí. Tenía 16 años y un mundo nuevo pululaba alrededor mío… Juan era contable en una resinería de Valsaín.
De la noche de mi detención domina el recuerdo que hacía frío, mucho frío. (…) Todo comenzó a las nueve de la noche. Llamaron a la puerta de casa, abrí yo. Dos jóvenes estaban en el dintel, a uno de ellos lo reconocí por haberle visto con frecuencia con otros amigos en los jardines del Alcázar. Se acercó mi madre y les dijo que pasaran, pero no quisieron; dijeron que tenía que acompañarles a la comisaría de policía, que dejase en casa lo que llevara en los bolsillos, cortante o punzante. No me despedí de mi madre, le di un beso y nos fuimos
”.

Así comienza Buenaventura Cristóbal un capítulo de su libro Castillo de galeras, rejas en la adolescencia 1936-1945. El testimonio de su tiempo en prisión no busca la lágrima fácil ni el dramatismo, sino que desgrana con un encanto sutilmente triste el pasar de una difícil cotidianidad. Su relato fluye con facilidad, se derrama entre los dedos como la arena de un reloj. Y sin embargo la sordidez de la celda y de aquellos tiempos difíciles empañan el alma del lector.
La trayectoria vital que nos cuenta es muy representativa de aquella España encarcelada más allá de las rejas en los años cuarenta. Su primera estancia en prisión en 1936-1937, cuando apenas tenía 16 años, en Segovia, demuestra la violencia preventiva que los golpistas ejercieron contra cualquier vestigio de modernidad, con la confesada intención de extirparlo del cuerpo político de la nación; y es que el padre de Ventura, como escritor, tenía estrecha relación con el mundo intelectual liberal de su ciudad, y su trabajo en la diputación le vinculaba con el Frente Popular. Su rápida desaparición no libró a la familia de la represión: el encierro de Ventura, pese a ser un adolescente ajeno a la política, demuestra hasta qué punto aquella represión quiso ser eficaz, efectiva, sistemática, total.
Cuando meses después Ventura sale de la prisión y es movilizado por las tropas insurrectas, se incorpora a filas en el bando insurrecto. Como durante tanto tiempo temió a escondidas, su pasado apareció un día; y por su vinculación familiar de nuevo, y pese a haber cumplido con su modesto papel en la comedia golpista sin queja de sus superiores, volvió a ser encerrado, esta vez por cuatro años más, en Cartagena, en el Castillo de Galeras.



Redactaba yo esta tarde la memoria del año de Fent Història, y he quedado muy satisfecho, al hacer balance, de nuestra productividad: en un año hemos estado involucrados en 29 actos, de los cuales 10 son sesiones abiertas de un ciclo, 9 conferencias, 8 cursos, 1 visita comentada y 1 taller, a las que podríamos añadir la producción de dos boletines. Esas actividades nos han puesto en contacto con muchos historiadores de prestigio y con nuevos investigadores, con ciudadanos tan apasionados por la Historia como nosotros, y con muchas instituciones: La Casa Elizalde, el Colegio de Licenciados en Filosofia y Letras, la XXXV Escola de Secundària, la Biblioteca Pública Arús, Ciberdona, y otras más.

Y sin embargo, guardo un recuerdo especial por haber colaborado en la presentación de este libro de la editorial Altafulla, porque me ha dado la oportunidad de conocer a un alma sensible que sobrevivió a un pasado difícil con entereza y humanidad, un tipo estupendo que dibujaba Cartagena desde su celda (hoy en la portada de su libro). A él, a su hija Cristina (a su derecha en la foto) y a la historiadora Mercedes Álvarez (a su izquierda), que están documentando el camino del padre de Ventura hasta el campo de concentración de Dachau, donde falleció, muchísimas gracias por dejarme participar.

sábado, 13 de diciembre de 2008

CURSO "LA LLARGA NIT DEL FRANQUISME" (Y LAS BARRACAS)



















Que después de casi tres años en la Elizalde más que alumnos tengo amigos es algo que no dejaré de repetir. La pasión por la Historia de mi auditorio, leído y lector, me ha permitido aprender mucho de ellos. Preguntan, opinan, me cuestionan, proponen… y su activa participación –a menudo genial- me hacía temer que, cuando me propusieron rematar la saga de cursos de Historia de España con uno sobre franquismo, el nuevo formato de las sesiones no les gustara. Y es que, como no me atrevía a asumir ese tema porque se sale de mi especialidad y mis lecturas no me permiten dominarlo con la necesaria comodidad, opté por invitar a nueve ponentes distintos para que desarrollaran un tema cada uno en función de su especialidad. El formato era más severo, porque limitaba las intervenciones hasta el final de la charla. Y sin embargo, finalmente todo fue muy bien. Tanto, que sería difícil seleccionar un momento entre tantos de los vividos: la recomendación que Fernando Hernández Holgado me hacía de Gregorio Morán, o la cena entre carcajadas que compartí con mi admirada Rosa Ortega –mano de santo con el piano, pero también con sus alumnos de música- y el filólogo Jordi Gracia, autor de La resistencia silenciosa: fascismo y cultura en España, premio Anagrama de ensayo 2004.

También debo destacar la rapidez con la que todos los invitados al curso me dijeron “sí” sin demasiadas explicaciones. Josep Maria Figueres, autor de una apasionante "Entrevista a la guerra", me decía que era “difícil resistirse a tanto entusiasmo” y otro de ellos respondía, cuando yo me disculpaba por no remunerar su participación, que “lo sospechoso sería que pudieras hacerlo”. Indicaciones todas ellas de que la historiografía sobre el franquismo está sana, fuerte, polémica, entusiasta, dispuesta a batir las ventanas de la universidad para encontrarse con el mar de abrazos de una sociedad con necesidades historiográficas por cubrir. A difundir sus descubrimientos y explicaciones más innovadoras. Algunas especialmente sorprendentes, como las que nos presentó Martí Marín (UAB), autor de Porcioles: catalanisme, clientelisme i franquisme, en su conferencia Familiars però desconegudes: les migracions interiors en el franquismo.

Después de recordarnos que con motivo de las ocasiones expositivas de 1888 y 1929 Barcelona había conocido la llegada de un alud de inmigrantes que venían a emplearse en la obra pública y en el negocio que generaba aquel crecimiento urbano sin precedentes, Martí Marín nos advirtió que los registros que aluden a una masiva llegada inmigrante a partir de 1957 nos mienten. Lo hacen cronológicamente, porque la mayor parte de aquellas personas estaba allí desde mucho antes, pero también porque nos inspiran un error sobre las causas de aquellos desplazamientos. Y es que la fascinación de los demógrafos por las cifras migratorias que reflejan ese alud de empadronados nos ha impedido darnos cuenta de que sus llegadas se remontan a los años cuarenta y nos ha hecho descuidar que los desplazamientos de todas esas personas no podía reflejarlos anteriormente el INE porque eran tan ilegales como los miserables barrios de barracas y cuevas en los que se refugiaron. Y que sólo el intento del ministerio de la vivienda creado en 1957 para construir polígonos y bloques hizo que abandonaran su situación ilegal para empadronarse con el objetivo de ganar el acceso a la dignidad. Porque desde su llegada hasta el empadronamiento en los sesenta hay una historia de explotación laboral que se benefició de la ilegalidad del desplazamiento y del correspondiente silencio para pagar salarios de miseria. De negocios y especulaciones como éstos debió nacer la fidelidad al régimen que garantizaba arbitrarios traspasos de las propiedades de los vencidos y una mano de obra silenciada y silenciosa.

La política y el miedo, no el hambre, son la causa de la llegada de la masa migratoria. Probablemente muchos de los inmigrantes conocen ya la ciudad durante la guerra, quizá como refugiados. Termina el conflicto y muchos de ellos retornan a su pueblo, desmoralizados por la derrota, y se encuentran un sitio distinto. Si en los años treinta las aspiraciones republicanas les mantuvieron expectantes, ahora –muerta toda expectativa, defraudadas las esperanzas de reforma agraria, desintegrados los sindicatos que les permitieron luchar- están marcados por un pasado político que les convierte en culpables ante una masa espía y delatora por haber simpatizado con el Frente Popular.

Conscientes de que serán el último jornalero en ser contratado, manchados por su historial político, tienen que abandonar la tierra que les vio nacer para refugiarse en el anonimato de la gran ciudad. Muchas mujeres marchan también para estar cerca de las prisiones provinciales en las que se hacinan sus maridos, para sentir su presencia más cerca, quizá huyendo también de las tachas que –como familiares de los vencidos- les cerraban posibilidades de contratación.



Una sorpresa más. Toda aquella población no reconocida, que malvivía en míseras condiciones de precaria salubridad, era drenada a sus lugares de origen. Sus desplazamientos eran furtivos: la policía les perseguía, les concentraba y –cuando llenaba un tren- les devolvía a sus zonas de origen. Las facturas que RENFE giraba al estado por el importe de esas deportaciones minimizan las diferencias entre aquellas migraciones y las de hoy. Ambas son también, de proporciones aún desconocidas, pero intuitivamente altísimas, como demuestran algunas de las cifras que desconocemos: entre 1941 y 1945, unas 15.000 personas fueron deportadas desde Barcelona.


En la postguerra debemos imaginar pues cientos de miles de fugitivos ilegales, atravesando el país a escondidas, empeñados por un billete, bajando del tren furtivamente cuando se acercan a la ciudad, poniendo así las bases de su presencia en el extrarradio y el cinturón urbano. Con su cara de no entender la ciudad compleja, con el miedo a ser devueltos al infierno del origen, con el frío calado en los huesos en una barraca construida con precariedad, con sus vestidos de remiendos, aquellos disidentes también deben ser considerades héroes.

Hay que visitar antes del 22 de febrero Barracas, la ciudad informal. En el Museu d’Història de la Ciutat. Además de fotos del Arxiu y las filmaciones de Llorenç Soler, muestra espeluznantes cifras sobre el número de barracas que permiten intuir, como la creación en 1949 del Servicio de Erradicación del Barraquismo, que la lucha contra el fenómeno fue muy larga.
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