¡Echando de menos la edición radiofónica!

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"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

domingo, 21 de diciembre de 2008

REJAS EN LA ADOLESCENCIA: AGRADECIMIENTO A BUENAVENTURA CRISTÓBAL



Durante toda mi vida he tenido mucho miedo a escribir lo que pensaba y aún más a expresarme libremente. Desde el día en que Juan, estando los dos solos en la celda, sentados en lo alto de las colchonetas, me contó que él era un represaliado de las huelgas de 1917 y que, considerado como revolucionario, su ficha seguía en los ficheros de activistas, creo que quedé marcado con una gran aspa roja de miedo, a que cualquier acto mío considerado incorrecto por cualquier represor se volviera contra mí. Tenía 16 años y un mundo nuevo pululaba alrededor mío… Juan era contable en una resinería de Valsaín.
De la noche de mi detención domina el recuerdo que hacía frío, mucho frío. (…) Todo comenzó a las nueve de la noche. Llamaron a la puerta de casa, abrí yo. Dos jóvenes estaban en el dintel, a uno de ellos lo reconocí por haberle visto con frecuencia con otros amigos en los jardines del Alcázar. Se acercó mi madre y les dijo que pasaran, pero no quisieron; dijeron que tenía que acompañarles a la comisaría de policía, que dejase en casa lo que llevara en los bolsillos, cortante o punzante. No me despedí de mi madre, le di un beso y nos fuimos
”.

Así comienza Buenaventura Cristóbal un capítulo de su libro Castillo de galeras, rejas en la adolescencia 1936-1945. El testimonio de su tiempo en prisión no busca la lágrima fácil ni el dramatismo, sino que desgrana con un encanto sutilmente triste el pasar de una difícil cotidianidad. Su relato fluye con facilidad, se derrama entre los dedos como la arena de un reloj. Y sin embargo la sordidez de la celda y de aquellos tiempos difíciles empañan el alma del lector.
La trayectoria vital que nos cuenta es muy representativa de aquella España encarcelada más allá de las rejas en los años cuarenta. Su primera estancia en prisión en 1936-1937, cuando apenas tenía 16 años, en Segovia, demuestra la violencia preventiva que los golpistas ejercieron contra cualquier vestigio de modernidad, con la confesada intención de extirparlo del cuerpo político de la nación; y es que el padre de Ventura, como escritor, tenía estrecha relación con el mundo intelectual liberal de su ciudad, y su trabajo en la diputación le vinculaba con el Frente Popular. Su rápida desaparición no libró a la familia de la represión: el encierro de Ventura, pese a ser un adolescente ajeno a la política, demuestra hasta qué punto aquella represión quiso ser eficaz, efectiva, sistemática, total.
Cuando meses después Ventura sale de la prisión y es movilizado por las tropas insurrectas, se incorpora a filas en el bando insurrecto. Como durante tanto tiempo temió a escondidas, su pasado apareció un día; y por su vinculación familiar de nuevo, y pese a haber cumplido con su modesto papel en la comedia golpista sin queja de sus superiores, volvió a ser encerrado, esta vez por cuatro años más, en Cartagena, en el Castillo de Galeras.



Redactaba yo esta tarde la memoria del año de Fent Història, y he quedado muy satisfecho, al hacer balance, de nuestra productividad: en un año hemos estado involucrados en 29 actos, de los cuales 10 son sesiones abiertas de un ciclo, 9 conferencias, 8 cursos, 1 visita comentada y 1 taller, a las que podríamos añadir la producción de dos boletines. Esas actividades nos han puesto en contacto con muchos historiadores de prestigio y con nuevos investigadores, con ciudadanos tan apasionados por la Historia como nosotros, y con muchas instituciones: La Casa Elizalde, el Colegio de Licenciados en Filosofia y Letras, la XXXV Escola de Secundària, la Biblioteca Pública Arús, Ciberdona, y otras más.

Y sin embargo, guardo un recuerdo especial por haber colaborado en la presentación de este libro de la editorial Altafulla, porque me ha dado la oportunidad de conocer a un alma sensible que sobrevivió a un pasado difícil con entereza y humanidad, un tipo estupendo que dibujaba Cartagena desde su celda (hoy en la portada de su libro). A él, a su hija Cristina (a su derecha en la foto) y a la historiadora Mercedes Álvarez (a su izquierda), que están documentando el camino del padre de Ventura hasta el campo de concentración de Dachau, donde falleció, muchísimas gracias por dejarme participar.

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