¡Echando de menos la edición radiofónica!

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"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

martes, 31 de julio de 2012

VERANO DE 1936: EL TIEMPO Y LA OCASIÓN




Por un post reciente me han escrito llamándome “republicólatra” y en el escrito (que agradezco) me enlazaban un artículo de Santos Juliá (EL PAÍS, 25-6-2010). Lo he leído con la atención que merecen los maestros, y quiero rendir cuenta para someter a crítica mis opiniones e intentar evitar que se enquisten como prejuicios. En él, el profesor de la UNED advertía que los argumentos con los que caracterizamos la violencia vivida durante la guerra civil en la retaguardia republicana -“los otros comenzaron”, “los otros mataron más”, “fue obra de incontrolados”, “los otros planificaron”- olvidan que estos crímenes “obedecieron a una lógica propia” que proclamaba la necesidad de “destruir de raíz el viejo mundo, prender fuego a sus símbolos y proceder a la limpieza de sus representantes”. Por esa dinámica, añade, miles de asesinados en las primeras semanas de revolución no lo fueron por franquistas ni por apoyar a los rebeldes: “de lo primero no tuvieron tiempo, ni de lo segundo ocasión. Murieron porque quienes los mataron creían que una verdadera revolución solo puede avanzar amontonando cadáveres y cenizas”. Para disfrute de la caverna revisionista, que tituló impertinente e inmediatamente uno de sus siniestros opúsculos “Santos Juliá se va enterando”, se nos está pretendiendo igualar las matanzas en las retaguardias de ambos contendientes durante la guerra civil. Ambas estaban, se nos dice, ideológicamente premeditadas. Si apenas hubo diferencia en las cifras fue porque “la república no logró conquistar nuevos territorios, y dentro del suyo la limpieza ya había cumplido la tarea que se le había asignado”. Es decir, que “en un territorio progresivamente reducido era inútil -y ya no había a quién- seguir matando a mansalva”. O lo que es lo mismo: si los republicanos no asesinaron más fue porque no conquistaron territorio y ya habían limpiado suficientemente su retaguardia, quedándose sin materia prima a la que ajusticiar.


Ese veredicto de culpabilidad republicana sirve para descalificar cualquier exigencia de responsabilidades a los ejecutores franquistas, y la recuperación de sus víctimas, procesos a los que el profesor Juliá llama -con cierto aire despectivo- “argentinización”. El profesor de Derecho Penal Internacional de la Universidad de Castilla-La Mancha Miguel-Ángel Rodríguez Arias consideró dicha expresión muy desafortunada: tratar peyorativamente las condenas dictadas contra Videla y sus secuaces por genocidio y lesa humanidad, la búsqueda de los niños perdidos, la ausencia de ley de punto final, es menospreciar la legislación internacional sobre derechos humanos que Alemania, por ejemplo, cumple con ejemplaridad cuando mantiene a los superiviventes nazis en busca y captura 70 años después.

El artículo de Santos Juliá provocó respuestas mucho más vehementes: Floren Dimas repitió la expresión “casadistas” para los historiadores que, “traicionando el espíritu de la II República, intentaron pactar con el enemigo (…) tras una larga trayectoria de fidelidad, ante el final irremediable, cuando mayor es la exigencia de firmeza, coherencia y sacrificio”. Y lamenta que, del mismo modo, Juliá, habiéndose “ganado con su currículum exitoso un lugar en lo alto” acabe “llamando a la exoneración de los verdugos”. Se pronunció entonces, en sentido parecido al de Juliá, otro buen historiador: Jorge M. Reverte (EL PAÍS, 18 junio 2010) advertía que -aunque los rebeldes comenzaron una matanza de exterminio contra los defensores de un régimen legal- algunos defensores de la república mostraron la misma crueldad planificada. Las víctimas de Paracuellos y Badajoz tienen algo en común, concluye: “ambos fueron asesinados a sangre fría, de forma indiscriminada, sin juicio y sin causa”. Está claro que, desde el punto de vista de la víctima, poco importa si te “sacan” de “paseo” los unos o los otros; sin embargo, adjudicar vocación y determinación exterminadora a algunos defensores de la legalidad republicana no nos permite sortear los presupuestos diferenciadores iniciales:


A)Una violencia fue prevista y premeditada, la otra reactiva y fortuita. Lo que desencadenó tal espiral fue el golpe impulsado por quienes -debiendo a la república fidelidad (además de su sueldo)- la traicionaron, sin que la violencia que premeditaron para lograr su objetivo pueda compararse a la de quienes -sin ser su oficio- se vieron obligados a defender la legalidad por culpa de esa actuación. Lo que desencadenó la violencia revolucionaria fue la iniciativa golpista, y cada uno de sus episodios responde a circunstancias, sin las que son inexplicables. Ni Paracuellos se podría explicar sin el asalto a Madrid, ni la matanza de la Cárcel Modelo sin las noticias de Badajoz. No se trata de justificar esas matanzas como reacción a otras, sino de recordar que sin las otras, éstas no hubieran tenido -como diría Santos Juliá- ni tiempo ni ocasión.

B) Una violencia tenía un objetivo explícito, concreto y confeso; a la otra se le atribuye tomando como esencia la supuesta verborrea de desalmados que se otorgaban a sí mismos representatividad política. Josep Fontana ha recordado recientemente el acuerdo firmado por los partidos que formaban el Frente Popular. Textualmente decía que su proyecto no era “una República dirigida por motivos sociales o económicos de clases, sino un régimen de libertad democrática, impulsado por razones de interés público y progreso social”. Ni ese acuerdo, ni las políticas que permitió, constituyen ninguna “revolución en marcha”, por mucho que lo dijeran los golpistas de entonces o sus apologistas de hoy. El alzamiento arremetió contra una democracia, y Fontana lo contrasta con otras fuentes: recoge a Mola diciendo que urgía “un corte definitivo” que hiciera posible que en el futuro nunca se volviera a basar el estado “sobre el sistema de partidos (…), ni sobre el parlamentarismo infecundo y nocivo”. El círculo golpista sostenía que había que “que echar al carajo toda esta monserga de derechos del hombre, humanitarismo, filantropía y demás tópicos masónicos”. Por eso programaron, añade Fontana, “asesinatos preventivos, movidos por el deseo de desarticular hasta sus raíces la sociedad republicana”. Eso explica el asesinato en los primeros días de tantos maestros de escuela, o que en provincias donde el alzamiento triunfó con facilidad se produjeron igualmente terribles matanzas. Hubo pocos Paracuellos, pero tantos Badajoces que ni tan sólo hemos podido acabar de contarlos: porque el derramamiento de sangre había nacido de las circunstancias en la retaguardia republicana, pero constituía la médula del plan en la retaguardia golpista.


C) Una violencia quedó instituida uniformemente por todo el territorio donde triunfó el alzamiento. Al otro lado, la instrucción de investigaciones para condenar esas actuaciones permitiría a la dictadura, más tarde, recogerlos para publicar la "Causa General". No sólo los documentos redactados durante la conspiración demuestran la premeditación, también la actualización generalizada de los alzados: Pablo Gil Vico ha escrito quecualquier alienígena distraído que hubiera sobrevolado la península en agosto de 1936 habría podido distinguir que en Sevilla, Galicia o La Rioja el control de la coerción se hallaba organizada de la misma manera”. En el bando alzado, la violencia formaba parte casi del organigrama institucional. En cambio, al otro lado, como ha dicho Francisco Espinosa, “por más que en algunos lugares las ramificaciones del terror alcanzasen ciertos espacios del poder político y sindical, nunca se trató de un proyecto planificado con implicación de las más altas instancias del Estado”. Los discursos de instituciones y personajes públicos republicanos condenando la violencia contrastan con el escrito de Laín Entralgo lamentando que -frente a ellos- no hubo similares reproches en la España golpista.

Hay algo más. Una fue investigada, la otra no. Unas víctimas recibieron honores, sepultura, recuerdo, dignidad, mientras las otras víctimas quedaban olvidadas en los arcenes, cuando no demonizados. Nadie los contabilizó ni les buscó ni contó su drama. Si nuestros historiadores más eminentes se aburren, hay trabajo pendiente en el archivo: cerrar el recuento de las víctimas de la represión franquista. Mientras tanto, presuponer que una violencia fue menor porque el desarrollo de la guerra no dio victorias a la república, implica fantasear sobre algo que no se produjo sin relacionar las tragedias con estrategias legales conscientes de terror indiscriminado. Algo difícil de hacer sin prejuicios ni apriorismos ideológicos, sin documentos como los que anuncian la violencia de los sublevados. En definitiva, constituyen un discurso contrafactual, que ya en primero de carrera nos advertían que no eran trabajo de historiadores. Estudiamos lo que ocurrió, no lo que pudo haber ocurrido. En tanto no se puede demostrar lo que hubiera pasado (y sí lo que pasó), especular en ese sentido me parece ocioso y absurdo. Nos toca avergonzarnos de Paracuellos, pero no cargar con ninguna “presunción de culpabilidad”.

miércoles, 25 de julio de 2012

1755 (1): ¿TERREMOTO DE LISBOA, O TERREMOTO ATLÁNTICO?



Las crónicas de lo ocurrido en Lisboa el 1 de noviembre de 1755 circularon rápidamente por Europa gracias las gacetas y las hojas volantes ilustradas: según Rocío Peñalta Catalán (Universidad Complutense de Madrid) el 15 de noviembre ya se podía leer en París la Relation véritable du tremblement de terre arrivé à Lisbonne. La tragedia impactó en las incipientes opiniones públicas gracias a los testimonios personales de embajadores, corresponsales, comerciantes, marineros y otros compatriotas. Constituye un buen ejemplo de tales crónicas el documento rescatado de la British Library por Josep Palau i Orta en el núm. 22 de la revista Tiempos Modernos (2011). Lleva por título “A genuine letter to Mr. Joseph Fowke from his brother in wich is given a Very Minute and Striking Description of the Late Earthquake”. Es una carta abierta que se publicó en Londres pocas semanas después de la tragedia, en la que un comerciante inglés afincado “cerca de la iglesia de São Nicolau, en plena cidade baixa de Lisboa”, Mr. Fowke, describe en una carta abierta a su hermano cómo, justo después de desayunar, departía alegremente con dos amigos portugueses en la Casa de Cuentas cuando de repente el edificio empezó a tambalearse como mecido por un terrible estruendo. Fowke se dirigió a toda prisa hacia un robusto arco cercano a su casa, creyéndolo seguro, mientras las calles se estremecían bajo sus pies e inmensos bloques de piedra se desprendían peligrosamente de los edificios. Llegó exhausto, justo a tiempo de presenciar el estrepitoso derrumbe de las casas colindantes. Entonces, una nube de polvo lo cubrió todo bajo un tupido silencio. Al cabo de pocos segundos las primeras siluetas empezaron a surgir de entre los escombros, acercándose conmocionadas y tambaleantes hacia el seguro refugio donde Fowke se había atrincherado, pálidos y con las caras sucias, felicitándose de estar vivos. Justo en ese momento “vino el otro. El segundo terrible terremoto. Nuestro miedo era que nuestra casa nos cayera encima, porque la notábamos tambalearse como el mástil de un barco en medio de una tormenta”.

Cuando el temblor remitió avanzaron todos a rastras hacia la cercana iglesia de São Nicolau, pensando que la amplia plaza que envolvía el templo supondría un lugar seguro ante nuevas envestidas. Allí presenciaron el dantesco espectáculo que ofrecían las personas atrapadas entre las ruinas pidiendo a gritos la piedad de Dios, y el clero corriendo entre las ruinas para confesarles y absolverles. Gatearon entonces camino de la cercana plaza del Rossio sobre las ruinas que llenaban toda la Rua dos Arcos, pero sólo encontraron peores escenas de horror: Fowke escribe en su carta que lo que presenció, entre formas apenas humanas gimiendo retorcidas a su alrededor, le recordaba un alud de pecadores miserables implorando piedad a Dios el día del juicio final. Allí encontró a su estimada mujer sana y salva, junto a dos fieles sirvientes y varios amigos que huían hacia los campos colindantes. A la intemperie quedaron, sin cobijo ni alimento, ansiosos por recuperar de los escombros -como dice el doctor Palau i Orta- “todo lo propio y parte de lo ajeno”. La catástrofe se había llevado tras de sí muchos amigos y familiares, pero también buena parte de sus riquezas y negocios. La colonia inglesa en Lisboa contemplaba aturdida, desde el campo, cómo el fuego consumió durante tres días enteros sus sueños lisboetas...


La publicación de crónicas como ésta permitieron a los ingleses empatizar con la desgracia lisboeta. Lo curioso es que muchas crónicas y sermones olvidaran la propia incidencia del terremoto en territorio inglés. Y es que Lisboa no fue la única ciudad lusitana, ni europea, ni tampoco atlántica, que sufrió la tragedia. En Portugal lo acusaron Sintra y Setúbal, donde cayeron la mayor parte de sus murallas, iglesias y edificios. El Algarve lo sufrió duramente, y Faro quedó casi en ruinas. En España, el Guadalquivir se desbordó, hubo 400 víctimas en Ayamonte, 200 en Cádiz, 200 en Lepe, 66 en Huelva, donde, además, 500 pescadores que faenaban en la costa fueron engullidos por las olas. Sevilla perdió el 7% de sus viviendas, se desplomó la catedral de Baeza y las gigantescas olas provocadas por el tsunami posterior al temblor invadieron tres veces la ciudad de Cádiz. Conocemos con precisión los datos porque Fernando VI y su esposa portuguesa encargaron una encuesta sobre los daños, que se recoge en el libro “Los efectos en España del terremoto de Lisboa” (José Manuel Martínez Solares, 2001).

Esos datos demuestran que Lisboa fue golpeada con la misma fuerza que lo fueron otras muchas poblaciones y ciudades del resto de Portugal, de la península ibérica o del norte de África. En la capital portuguesa las olas no fueron más grandes, ni las sacudidas más estremecedoras que en Faro, Cádiz, Tánger, Fez o Tetuán. Y sin embargo, fue Lisboa la que bautizó el terremoto atlántico de 1755. ¿Por qué? A primera vista, el principal motivo es que Lisboa era una ciudad grande, que contaba con 400.000 habitantes, era corte y capital de un reino próspero gracias al comercio colonial. Un gran enclave de negocios. Pero el doctor Palau aporta dos explicaciones más en un apasionante artículo que titula “El terrremoto atlántico de 1755 y sus representaciones”.

Primero, influyó el eco que encontró la noticia entre los intelectuales franceses. La muerte del nieto del dramaturgo Jean Racine, engullido fatalmente por una inmensa ola que arrasó los alrededores de Cádiz, les lanzó a publicar odas y artículos. Quizá la máxima expresión de ese interés sea el debate abierto en el seno de la ilustración, que contribuyó notablemente a resquebrajar el pensamiento providencialista en vigor entonces. Cuando Rousseau responde al Voltaire del Poème sur la destruction de Lisbonne, ou examen de cet axiome, tout est bien (1755) con la Lettre sur la providence (fechada el 18 agosto de 1756) ya no se cita lugar alguno más que Lisboa e, incluso, se presupone que el poema de Voltaire solo se refiere a Lisboa. Cuando en 1759 François Marie Arouet replica a Rousseau con la novela “Cándide, ou l'optimisme”, cuyo protagonista -en el transcurso de un largo viaje- presencia las sacudidas lisboetas- la imagen del terremoto y la reflexión filosófica que la envuelven tan solo remiten geográficamente a la capital portuguesa. Después de ese libro, el terremoto de 1755 no es sino el de Lisboa: la controversia entre Voltaire y Rousseau sobre el terremoto potencia la envolvente asociación entre Lisboa y el terremoto de 1755.


Los publicistas europeos, mientras, fijan su dialéctica en las razones por las que Lisboa ha recibido tan tremendo castigo de Dios. La lectura religiosa, sin embargo, no puede apartarse de la propaganda política. Esa interesantísima aportación del doctor Palau sobre el peso de la propaganda en la adjudicación de la catástrofe a Lisboa se debe relacionar con el encarnizado enfrentamiento franco-británico dieciochesco. La propaganda británica aplicó todos los tópicos de la Leyenda Negra contra Francia que, como supuesta cabeza del “frente papista” continental, encarnaría el fanatismo religioso y la brutalidad inquisitorial que han hecho merecedor del castigo divino al aliado portugués. El terremoto, convertido en castigo divino, dinamizó el argumentario que servía para espolear la consciencia de los fieles y convertir Lisboa, en tanto católica, en una nueva Sodoma.

Por eso la propaganda británica disimula el impacto del terremoto en las islas, y evita referencias a España, que en aquel momento -gracias al círculo anglófilo que envuelve a Fernando VI (Carvajal, Wall, el duque de Huéscar)- es una aliada. De España toma el doctor Palau un ejemplo que nos permite contrastar este uso religioso (y político). En 1762 se publica la “Profecía política verificada en lo que está sucediendo a los portugueses por su ciega fición a los ingleses” (1762): ha llegado Carlos III al poder, la facción anglófila fernandina ha caído en desgracia y una nueva alianza con París (el Tercer Pacto de Familia) obliga a convencer a las mentes formadas del reino de la necesidad de reorientar la política hacia la guerra con Inglaterra. El propio impresor madrileño advierte al comienzo que el lector no espere “una desnuda relación de los daños que causó el Terremoto de 1755”, sino “cuan bien discurre su autor sobre el sistema político de aquel reino descubriendo la raíz y causa de todas sus miserias, y haciendo demostrable no tener estas su origen en lo físico de sus contratiempos, sino en el daño moral de su constitución, que no es otra, que la de dexarse ciegamente gobernar por los ingleses sin reparar en que estos le venden su protección á precio de una esclavitud”. También aquí se ignoran conscientemente los daños causados por el terremoto en España y se privilegia que tanto comercio con los ingleses no debía ser del agrado divino. Los católicos explican la tragedia de Lisboa por su amistad con los ingleses, mientras los anglicanos lo hacen con la degeneración de la sociedad católica.

Lisboa, pues, fue escogida como emblema de la catástrofe por muchas más causas que el número de víctimas. Carmen Espejo Escala ha recogido de Grégory Quenet la idea de que el argumento cuantitativo no resiste porque “las primeras décadas del siglo XVIII habían conocido los efectos de la peste de 1720, con más de 100.000 muertos en Provenza”. No estoy de acuerdo, aunque no hay duda que la evocación del seísmo sirvió a intereses políticos circunstanciales. Los ilustrados que lo utilizaron para sus reflexiones encontraron un público ávido de información y predispuesto a devorarla y dotarla de significado, gracias a la propaganda. En cierto modo, se convirtió en el primer acontecimiento mediático de la historia de Europa. Y al serlo, influyó notablemente en la historia del pensamiento. Pero eso lo cuento otro día.

viernes, 6 de julio de 2012

HISTORIADORES EN EL RETRETE: AHORA ESPAÑA NO ES DIFERENTE




Temiendo que la crisis actual, como hizo la de 1929 al impactar en España, permita que las palabras dejen paso a las pistolas, Antoni Puigverd publicaba el 4 de junio pasado un excelente artículo en La Vanguardia, al que puso por título “El odio y la crisis”: seamos prudentes con las palabras con las que hemos interpretado la guerra civil últimamente, parece querer decir, para evitar complicaciones futuras. El artículo criticaba a la prensa madrileña por incorporar a quienes legitiman el golpe franquista, a la Academia de la Historia por su insultante y exculpatoria definición del franquismo, y al “republicanismo angelical” de la prensa de izquierdas o las instituciones recuperacionistas que han estado, según Puigverd, más pendientes de las víctimas de Franco que de las del descontrol republicano. No comparto que se ponga a la misma altura la lectura de la guerra civil impulsada por Aznar, que como bien dice Puigverd “contribuyó a relativizar los cuarenta años franquistas de odio, exilio y opresión de los vencidos”, con la de Zapatero, “apelando a los muertos de la república todavía no recuperados”. No podemos aceptar que quienes perpetraron el golpe y premeditaron una violencia inclemente, sistemática y salvaje, puedan ser equiparados a quienes encajaron el golpe y se vieron obligados a defender, como pudieron, a trancas y barrancas, la libertad y la democracia; por mucho que, golpeados por las circunstancias y sumergidos en el caos que provoca el miedo y la improvisación, cometieran errores graves, imposibles de disculpar. La apelación a la responsabilidad que contiene el artículo siempre termina siendo practicada por unos y olvidada por los mismos: mientras la República instruyó causas contra los asesinos que emprendieron la iniciativa represiva en su retaguardia, instituyendo así su ilegalidad, en el otro bando -con sistemática impiedad- se avanzaba hacia el triunfo sin reparar en consideraciones. Del mismo modo, se está recomendando a la izquierda que sea responsable y pague sin rechistar la crisis, mientras la derecha nos impone sus guerras de Irak, sus Bankias, y sus Gürtels con arrogancia mezquina; la izquierda tiene que medir las palabras -para rebajar la tensión, para no seguir el peligroso juego que podría arruinar la convivencia-, pero la derecha puede llamar totalitarismo al aborto legalizado y guerracivilismo a la apertura de fosas, o usar materias tan sensibles como las víctimas del terrorismo cual arma arrojadiza contra el adversario político. Mientras yo en clase me avergüenzo de Paracuellos, ellos disculpan, o incluso justifican, la violencia purificadora de Franco; y mientras tanto, van pasando los años y -en virtud de esa responsabilidad- España sigue siendo el cortijo de los mismos sinvergüenzas.


Un lector me ha advertido que ese visión pesimista de España impregna mis posts en demasiadas ocasiones y me ha recomendado, para someter a revisión tales apriorismos, uno de esos libros de especulación historiográfica que tanto me gustan. En él Edward Malefakis hace un análisis crítico de la Segunda República que relaciona sus defectos sin demonizarla y recuerda sus virtudes sin santificarla. Empieza diferenciando a la República Española de cuantas repúblicas nacieron en Europa durante el período de Entreguerras basándose en que “aspiraba al programa de reformas más completo e idealista”: “sólo ella incluyó el sufragio femenino pese a los temores, no del todo infundados, de que dicha concesión podría fortalecer a la oposición clerical”. Entre sus virtudes Malefakis destaca la limpieza electoral, la reducción del poder del ejército, los estatutos de autonomía, la garantía de libertad religiosa, la ley del divorcio, la reforma penitenciaria... Es más: “hubo en la república una preocupación mucho mayor que ningún otro régimen político contemporáneo por elevar el nivel cultural del pueblo, y fue más sensible a las necesidades de reforma social que ninguna de las nuevas repúblicas, incluyendo la de Weimar”.


Añade que benefició a los trabajadores ostentosamente mejorando los salarios, las condiciones laborales, la cobertura de seguros de accidente y desempleo; y a los campesinos procurando repartos de tierra, y contratos de arrendamiento y aparcería más justos. Fue un “régimen admirable, que sin duda sobresale dentro de la desafortunada historia española”. Y sin embargo, concluye, no debemos exagerar sus virtudes, “porque ya no constituye la única cima democrática de España”: se refiere a la monarquía constitucional actual, impregnada, dice, de aquella cultura democrática republicana hasta el punto de que ambos regímenes son “diferentes en apariencia, pero hermanas en su esencia”. No es el momento de juzgar la naturaleza de la Transición, porque prefería dedicar este post a la advertencia de Malefakis contra lo que llama “republicolatría”, a la que define como la ingenua creencia de que la Segunda República rozó la perfección y de que su caída se debió sólo al levantamiento. Debo reconocer que suscribo, aunque me gane las críticas de mis amigos más radicales, los argumentos con los que critica la república: “Olvidamos que su mayor problema fue su mayor virtud: aquella extraordinaria ambición, su determinación de transformar de forma inmediata buena parte de los aspectos fundamentales de la vida española condicionó un programa tan ambicioso que ni el más poderoso y eficiente de los regímenes políticos podría haber llevado a cabo por medios parlamentarios y pacíficos. Al abordar de forma simultánea casi todos los problemas, la república suscitó expectativas que luego no pudo satisfacer, aumentando así de forma innecesaria, las filas de sus desafectos. El hecho de que no fuera capaz de completar las reformas iniciadas desilusionó a muchos de quienes la apoyaban. La reforma agraria ilustra bien ese punto. Otro defecto de la coalición de izquierdas fue que se erigió en un guardián excesivamente celoso del nuevo régimen. (...) Hasta cierto punto se trataba de una reacción natural, habida cuenta la descorazonadora historia reciente: demasiadas iniciativas prometedoras habían sido destruidas”. Tantos fracasos les indujeron a pensar que la república debía permanecer en sus manos, lo que les hizo -dice Malefakis- cuestionar la legitimidad de la victoria del centro-derecha en las urnas, y empujar la huelga general revolucionaria de 1934.



No toca biseccionar la revolución de Octubre, sino recordar que, si realmente hubo torpeza política y retórica sectaria, los republicanos pagaron con creces sus errores, y no hace falta que vuelvan a pagarlos hoy; que una vez más la acusación de “intransigencia carente de tacto” no puede constituir la justificación del tsunami de sangre que desencadenó la derecha; que antes de lamentarnos del supuesto error de 1934 tendríamos que llegar a algún consenso sobre qué narices era la CEDA; que el régimen tenía métodos de corrección, crítica y control de la obra gubernamental, y estaba por tanto en las Antípodas de cualquier totalitarismo; que lo que desencadenó la orgía de sangre -revolución incluida- fue el golpe, y no al revés; y que -como empecé a decir antes- ya está bien de exigirles a unos lo que los otros no demostraron ni practican hoy. Nadie hoy se atreve a exigir a la empresa, a la derecha, a las jerarquías eclesiales, la responsabilidad que exige a los sindicatos, a los movimientos sociales y a la izquierda. Me parece muy grave que la denuncia de los errores de la república vaya acompañada de cualquier reivindicación de la dictadura, por mucho que -como ocurre en este libro, a diferencia de la brocha gorda revisionista- se ejecute con el sutil trazo de pincel. Y es que el artículo de Malefakis que comento viene acompañado en el libro coordinado por Nigel Townson de otro que intenta normalizar la dictadura negando que fuera ninguna excepción en Europa. Desde luego, es evidente que no lo era en 1936, cuando en Europa estaban triunfando los nazis y sus patéticos imitadores. Sin embargo, no creo que podamos decir lo mismo del “milagro económico” de los 60. No puede ser que la exigencia sin matices con la que le pasamos la prueba del algodón a la república, no sirva para medir también la obra de la dictadura desarrollista. Y que se sugiera que la burocracia tecnócrata modernizó España hasta ponerla a la altura de las democracias europeas de su tiempo.


No me refiero sólo a que el “milagro español” se produjo casi 20 años más tarde que el milagro de postguerra que vivió Europa. Esa diferencia cronológica bastaría para evitar comparar la España desarrollista con sus contemporáneas europeas, puesto que no había recibido la ayuda americana para la reconstrucción al mismo tiempo que ellas porque mientras Marshall promovía su Plan, España era vista como aliada de Hitler. Una década después de que llovieran dólares sobre Europa, pues, España empezó su “milagro”. ¿Qué la empujó? Para empezar, el drama de la emigración masiva, provocada por el fracaso de la autarquía, permitió reducir la conflictividad aquí gracias a la marcha de los que no tenían trabajo. Por no decir que la prosperidad europea, ya anterior, permitió la avalancha de turistas y la acogida allí de un millón de emigrantes españoles, así como la entrada brutal de divisas que ambos fenómenos implicaban. Es más: las condiciones laborales con las que se empleaba la mano de obra española, sometida con violencia por el régimen, atrajeron una inversión extranjera fascinada por unos trabajadores que aguantaban jornadas laborales mucho más largas que la media en la CEE y sueldos que rozaban la mitad.


Ese drama de emigración, desarraigo y esclavitud bastaría para imposibilitar cualquier comparación de la España desarrollista con sus contemporáneas europeas. No es de recibo olvidar ese paisaje y decir que en 1958 la mayor parte de las casas parisinas no contaban con ducha ni bañera ni retrete, mientras un 38% de las madrileñas si tenia retrete propio, un 36% compartido y sólo un 12% no tenía bañera, ducha o retrete... La comparación entre retretes puede servir para teorizar sobre la convergencia de la modernización, pero no para decir que España no estaba tan lejos de Europa. Comparar la conflictividad sociopolítica española con el clima de guerra civil que provocó en Francia la guerra de Argelia, que incluyó los intentos de golpes de estado de la OAS contra De Gaulle, el terror practicado por las tropas coloniales, los cientos de manifestantes asesinados por la represión policial, implica olvidar que los ciudadanos franceses elegían a sus representantes libremente, que podían leer lo que quisieran, que en sus cárceles no eran torturados ni masticaban el miedo por el pasado político de su familia. Las violencias que ese artículo utiliza para comparar Europa con España, durante las oleadas terroristas de los setenta, son fruto de otro contexto, responden a circunstancias extrordinarias, no forman sistemáticamente parte de un aparato institucional longevo, como ocurre en España. Toda esa violencia europea de los 70, por mucho que alcanzara una cota desconocida desde 1930, no es la clave que debería permitirnos desmentir la excepcionalidad española.

Desconozco si cuando se hace el recuento de retretes que persigue reducir la distancia entre la calidad de vida de los españoles que sufrían la dictadura respecto a los ciudadanos franceses, además de olvidarse que a los españoles de entonces no se les podría llamar ciudadanos, se olvidan también los miles de chabolas, barrios enteros e inmensos de miseria acumulada, que adornaban esa pretendida modernidad de la España del desarrollismo. ¿Cuentan esos paisajes tan humanos como deshumanizadores en el recuento de retretes? El Madrid que centralizaba sedes bancarias, organismos públicos y autoridades armadas, podría ser una ciudad más cómoda, más provista de retretes, que París. Pero, ¿qué precio pagaba por los retretes capitalinos la periferia sometida y vigilada?. ¿La tasa de alfabetización o la ingestión de calorías permitirían la misma comparación? ¿Todas esas cifras aguantarían si comparáramos ciudades de provincias? Me parece sucio entrar en el retrete para buscar argumentaciones legitimatorias para el franquismo, aunque es posible que -siendo el franquismo la experiencia más escatológica de la historia española- sea el único sitio en el que se puedan buscar. Frente a la sucia zafiedad de considerar el franquismo algo normal en su contexto europeo, bendita republicolatría.

jueves, 5 de julio de 2012

LA RESTAURACIÓ (1875-1931): TEMARI 2n BATXILLERAT


1. Una definició del sistema dinàstic

- Regnats, fases i cronologia
- Visions optimistes i pesimistes, respecte dels fets anteriors
- Les bases socials: la gran burgesia financera.
* Les gran famílies de Barcelona, segons Gary W McDonogh: els Güell-López
* La “febre d'or” de Narcís Oller: Eixample, fil·loxera, colònies
* Exposició Universal i “star system” modernista

- Les eines d'assentament del sistema dinàstic
* La constitució de 1876
* La pacificació (cantonalisme, carlisme, Cuba)
* El carisma alfonsí i la propaganda borbònica


2. Les característiques del sistema
- Sobirania compartida i “rei soldat”
- El pacte de El Pardo i el torn pacífic
- Un funcionament sistemàticament corrupte
*Encasillado
*Tupinada
*El caciquisme: negociació o violència

- “Divorci entre l'Espanya real i l'Espanya oficial”)

3. Els crítics del sistema

a) Els obrers, entre el sindicalisme i l'anarquisme

b) El catalanisme polític

Primera fase de la Renaixença (1813-1833): la recuperació de la llengua
Segona fase (1833-1859): consolidació i institucionalització
Tercera fase (1859-1881): plenitud i popularització
Quarta fase (1881-1898): presa de consciència política
- La corrent federalista de Valentí Almirall (1881-1886)
- La corrent conservadora del grup “La renaixensa” (1888-1892)
- La corrent tradicionalista (1892)


c) Els independentistes cubans

4. Les conseqüències del “Desastre”
- Planteja la decadència i el regeneracionisme: Joaquin Costa
- Nou paper de l'exèrcit: la invenció de l'”enemic interior”
- Un nou tipus d'intel·lectual: la generació del 98
- Exasperació dels nacionalismes perifèrics
* Nova fase del catalanisme: participació amb Silvela i "tancament de caixes"
* Amb projecte propi: la Lliga Regionalista i la visita del rei del 1904.


5. Alfons XIII (1902-1931): la crisi del sistema dinàstic.

- L'enfonsament del civilisme: Fets del Cu-cut, llei de jurisdiccions i Solidaritat catalana

- El regeneracionisme conservador d'Antoni Maura

- L'enfonsament del pacte de El Pardo, amb motiu de la Setmana Tràgica
Les causes del conflicte:
Mobilització de reservistes, després del Barranco del Lobo
L'anticlericalisme del Partit Radical de Lerroux
La lluita per l'espai públic: l'obertura de la Via Laietana

Les conseqüències de la Setmana Tràgica

- El regeneracionisme liberal de Canalejas

- La Mancomunitat i la generació del noucentisme

- L'enfonsament de l'ordre públic: la crisi de 1917
Espanya i la Gran Guerra
Les Juntes de Defensa
L'Assemblea de Parlamentaris
Un nou tipus de sindicat, després del Congrés de Sants
La vaga de La Canadenca, i el "trienni bolxevic"


- La dictadura de Primo de Rivera (1923-1930)
Protegir la burgesia davant l'espiral de violència pistolerista
Protegir l'exèrcit: el desastre d'Annual i l'Expedient Picasso
Les polítiques: un "cirurgià de ferro"?

martes, 3 de julio de 2012

LA DICTADURA FRANQUISTA (1936-1975): TEMARI 2N BATXILLERAT



Introducció: el debat historiogràfic sobre la naturalesa del règim i del dictador

La fase falangista o blava (1939-1943-1945)

- La repressió sistemàtica: aparell legal i formes
- La preponderància política de Falange, després del decret d'unificació
- La política exterior: el mite de la "no participació en la guerra"
- Una política econòmica autàrquica: racionament i mercat negre
- Una societat famolenca, poruga i delatora
- La consideració de l'oposició com adversari militar: el maquis

La fase nacionalcatòlica (1945-1956)

- Els aliats, de l'aïllament al perdó (en el nou context fred)
- El camuflatge: Lleis Fonamentals i "democràcia orgànica"
- El nou personal polític: l'ACNP en el context cristianodemòcrata europeu
- L'oposició, de les expectatives a la decepció
- La monarquia, de Lausanne a Estoril
- L'economia, de l'autarquia a l'obertura
- Una societat puritana, adoctrinada i hipòcrita

La fase desenvolupista o tecnòcrata (1957-1969)

- La triple crisi de 1956: econòmica, universitària i colonial
- La 7ª potència industrial: mites de la modernització i la "dictadura necessària".
- Una sociedad en procés de modernització
- Els 5 fronts opositors:
* El món del treball: Comissions Obreres
* L'església conciliar
* Els nacionalismes: dels Fets del Palau als primers atemptats d'ETA
* El món universitari i intel·lectual
- El retrobament de l'oposició a Munich i les "diplomàcies substitutòries"
- L'enfrontament entre les famílies del franquisme: reformes i "Cas MATESA"

El tardo-franquisme (1969-1975)

- Una oposició organitzada i cada cop més general
- El règim acaba com va començar: aïllat i matant
- Els governs monocolor (1969-1974)
- Continuistes, reformistes i evolucionistes
- El govern Arias Navarro (1974-1975)

domingo, 1 de julio de 2012

¿QUIÉN ATENTÓ CONTRA PRIM?




El director del departamento de criminología de la Universidad Camilo José Cela, Francisco Pérez Abellán, ya está en Reus investigando la momia de Prim. El periodista especializado en sucesos siempre ha criticado que el Museo del Ejército de Toledo hubiera restaurado la berlina tiroteada y la levita que llevaba el general en el momento del atentado: seguro que sus conclusiones nos amenizarán el verano. Estando el tema de actualidad, Damià, uno de mis mejores compañeros de trinchera, me ha prestado un libro tras una apasionante charla entre clase y clase. Su autor, el sociólogo José Maria Fontana Bertrán, pretende arrojar algo de luz sobre “el magnicidio del general Prim”, añadiendo a ese título en la cubierta el efectivo llamamiento “los verdaderos asesinos”. Con ambición historiográfica, toma de Stefan Zweig una apelación a la lógica y la deducción cuando las fuentes están manipuladas o alteradas, que pretende utilizar para interpretar los 18000 folios del enrevesado sumario judicial instruido para averiguar quién disparó al general en la calle del Turco. Aunque no se entretiene en describirnos las 18 muertes en circunstancias extrañas que se produjeron durante los cuatro años que duraron sus diligencias, el ensayo cuenta con una trama trepidante y fuentes de todo tipo. Parte del conocimiento casual, por parte del autor, de la compraventa de una finca, el heredamiento de Sanuy: en la finca, propiedad del general Caballero de Rodas, se refugiaron los autores materiales del magnicidio, entre los que se contaba el capataz del general, un tal Ramón García. Desde ese punto, Fontana Bertrán desarrolla un thriller, empujado por el sorprendente encuentro con una calle y un callejón llamados “del Turco” en Montejo de la Sierra. Al interesarse por qué circunstancias los bautizaron, le respondieron que allí se había suicidado “el tío García, el asesino de Prim”, hacia 1930. Y ni corto ni perezoso, Fontana Bertrán buscó el acta de defunción: por ella supo que el sospechoso murió con 78 años (lo que significa que tendría 18 en 1871) por culpa de una oportuna “hemorragia traumática” que permitió superar cualquier traba en la exhumación de un suicida.


Aunque el libro apenas repasa la carrera de Prim a vista de pájaro, se intuye cierta simpatía por el personaje. Prim seduce fácilmente porque vivió deprisa y de forma temeraria, hasta el punto que podríamos decir que aquella “caixa o faixa” pronunciada el mismo año en que se pronunció en Reus contra Espartero (1843) llegaría a ser un lema vital. La empatía que se respira entre líneas evita la parte turbia de Prim, que quizá nos facilitaría la comprensión de la versión oficial del asesinato, que señala a los republicanos. El lado oscuro del general va más allá de 1843, cuando se pronuncia por la burguesía proteccionista que derribó al regente Espartero; también hay sombras en su gestión de la esclavitud siendo gobernador de Puerto Rico, y algún interés inconfesable en la expedición contra el México de Juárez. A la fama de aguerrido héroe que le garantizó la campaña de Marruecos, donde su paisano Mariano Fortuny le pintó un célebre spot, añadió en México la de político avezado al zafarse del abrazo de Napoleón III. A aquel agravio Eugenia de Montijo añadiría otros cuando Prim le facturó a París a Isabel II, cuando la candidatura por el trono vacante de la reina ejerció de chispa de la guerra contra Prusia que dejó a Doña Eugenia sin trono imperial y cuando, pocos meses de exilio después, su esposo Luis Napoleón se consumió de pena para siempre.

Sin embargo, el impulso francés que mató a Prim no fue imperial, sino el de un Orléans, casado con la hermana de Isabel II y por ello eterno aspirante. El duque de Montpensier fue en realidad quien -tras intentar derribar al gobierno provisional surgido de La Gloriosa comprando diputados y periódicos, sin conseguir mayoría parlamentaria ni estado de opinión favorable, sabiendo que un golpe era imposible porque Prim controlaba bien el ejército- decidió optar por la vía rápida. La desaparición de Napoleón III, que hubiera vetado a cualquier Borbón en España porque se sentaba en un trono que fue suyo, despertaba la ambición de Montpensier tanto como la nueva III República Francesa ofrecía al general Serrano el modelo de MacMahon, un militar que con mano de hierro y disfraz republicano regía ahora los destinos de Francia. Sin embargo, Prim decía claro que “ni Borbones ni república”, lo que tejió con opositores tan dispares una intrincada madeja de relaciones oportunistas: a Montpensier y Serrano cabe añadir los carlistas -excluidos en la búsqueda del nuevo rey-, los azucareros cubanos y los empresarios partidarios del proteccionismo. “Todos tienen motivos, todos callan, algunos financian, otros esconden a los asesinos, otros entorpecen el proceso, dos curaron mal al paciente”, dice Fontana Bertrán, y remata con ingenio que "entre todos lo mataron... y él solo se murió" porque al final fue una septicemia la que mató al general. Una trama realmente terrorífica, que Pérez Galdós descubrió a Pío Baroja , según éste confesó -sorprendido después de que finalmente fuera silenciada por Don Benito en el Episodio Nacional correspondiente- en “Desde la vuelta del camino” (Barcelona, 2006, p. 299). Parece que eso mismo cuenta también Julio Caro Baroja en un artículo en los Cuadernos hispanoamericanos (números 265 y 267, julio y septiembre de 1972)

Así es como el libro va recopilando indicios para demostrar que no fue el radical republicano Paúl y Angulo quien mató a Prim, sino que sus iracundos artículos en “El Combate”, -más célebres por lo que se supone que dicen que por haber sido leídos, como dice A. Piqueras- constituyen el tupido velo que permite proteger así a los verdaderos culpables. El libro depara también al lector algún susto -¿cuándo fue saqueado por última vez el sumario de Prim?-, algún escándalo -con quién se acostaba la esposa de Serrano- y algún cotilleo suculento sobre el hijo del matrimonio. Finalmente, intenta también deshacer la madeja catalana de la conspiración, en la que participan los industriales Antoni Sedó Pàmies y el controvertido Josep Puig i Llagostera: como dice Ángel María Segovia (“Figuras y figurones”, 1881) “uno de esos tipos industriosos y activos que tanto caracterizan al país catalán y tanto levantan el espíritu mercantil”; para otros, en cambio, Puig i Llagostera será el típico burgués siniestro que -aún amasando fortuna aprovechando la filoxera en Francia, la esclavitud obrera en sus fábricas, el contrabando de algodón en las Antillas, los cargos ganados con pucherazos ya en tiempos de la Restauración- se atreve a criticar en el opúsculo “Cortar por lo sano” esa “enfermedad crónica de nuestro país que consiste en un hambre desordenada de comer sin trabajar”. ¡Vaya quién habló! Cuando Laureà Figuerola le llamó vil y miserable por acusarle, en un debate parlamentario, de traicionar a Prim, respondió “así califica al país productor esa vil oligarquía de la nómina que olvida insensatamente que a él le debe la importancia que se da y el pan que come”. ¡Vamos, que en tanto fabricante le teníamos que dar las gracias por sus piraterías! Esa oposición consistente en meter el dedo en el ojo y denunciar aspiraciones totalitarias en la reacción del ojo malherido, tan calcada a la de Mourinho o el Partido Popular, refleja la baja estopa de estos trileros de medio pelo. La Restauración borbónica premiará los servicios prestados por Puig i Llagostera, y otros industriales, como Sedó Pàmies lo fue con suculentos pagos estatales por vestir al ejército que combatía en Cuba, donde toda esta caterva de sátiros forzaría al gobierno a resistir, para garantizar la continuidad de sus turbios ingresos, “hasta el último hombre y hasta la última peseta”.

Hay muchos indicios que apuntan a este lobby como instigador del asesinato de Prim. La acusación que recae sobre Paúl y Angulo no tiene mucho sentido: ¿quién proferiría imprudentes amenazas públicas si prepara el asesinato del objeto de su rabia?. Los republicanos, por otra parte, no aprovecharon la inestabilidad generada por el asesinato para ninguna insurrección, y nadie pudo demostrar nada contra los que fueron detenidos. La pérdida de pruebas, los testigos asesinados y el desfile de trece jueces por la instrucción demuestran que los instigadores tenían mucho poder. Una vez casado el príncipe Alfonso con la hija de Montpensier, María de las Mercedes de Orléans, se sobreseyó el sumario. Suscribo la pregunta con la que Fontana Bertrán cierra su libro después de recoger indicios mucho más sutiles: ¿cuántos hacen falta para convertirse en pruebas?


Y puestos a preguntar... si se proyectan sospechas sobre el ensayo de Pedrol Rius, que querría exculpar a los Borbones mientras Franco preparaba la proclamación del Príncipe Juan Carlos como sucesor, ¿que intención podría tener ahora la recuperación de todas esas dudas? ¿Tan sólo nos mueve la ciencia? ¿Podremos celebrar el bicentenario del nacimiento del general aclarando quién lo mató, o escaparán de nuevo los asesinos?





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