¡Echando de menos la edición radiofónica!

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"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

viernes, 6 de julio de 2012

HISTORIADORES EN EL RETRETE: AHORA ESPAÑA NO ES DIFERENTE




Temiendo que la crisis actual, como hizo la de 1929 al impactar en España, permita que las palabras dejen paso a las pistolas, Antoni Puigverd publicaba el 4 de junio pasado un excelente artículo en La Vanguardia, al que puso por título “El odio y la crisis”: seamos prudentes con las palabras con las que hemos interpretado la guerra civil últimamente, parece querer decir, para evitar complicaciones futuras. El artículo criticaba a la prensa madrileña por incorporar a quienes legitiman el golpe franquista, a la Academia de la Historia por su insultante y exculpatoria definición del franquismo, y al “republicanismo angelical” de la prensa de izquierdas o las instituciones recuperacionistas que han estado, según Puigverd, más pendientes de las víctimas de Franco que de las del descontrol republicano. No comparto que se ponga a la misma altura la lectura de la guerra civil impulsada por Aznar, que como bien dice Puigverd “contribuyó a relativizar los cuarenta años franquistas de odio, exilio y opresión de los vencidos”, con la de Zapatero, “apelando a los muertos de la república todavía no recuperados”. No podemos aceptar que quienes perpetraron el golpe y premeditaron una violencia inclemente, sistemática y salvaje, puedan ser equiparados a quienes encajaron el golpe y se vieron obligados a defender, como pudieron, a trancas y barrancas, la libertad y la democracia; por mucho que, golpeados por las circunstancias y sumergidos en el caos que provoca el miedo y la improvisación, cometieran errores graves, imposibles de disculpar. La apelación a la responsabilidad que contiene el artículo siempre termina siendo practicada por unos y olvidada por los mismos: mientras la República instruyó causas contra los asesinos que emprendieron la iniciativa represiva en su retaguardia, instituyendo así su ilegalidad, en el otro bando -con sistemática impiedad- se avanzaba hacia el triunfo sin reparar en consideraciones. Del mismo modo, se está recomendando a la izquierda que sea responsable y pague sin rechistar la crisis, mientras la derecha nos impone sus guerras de Irak, sus Bankias, y sus Gürtels con arrogancia mezquina; la izquierda tiene que medir las palabras -para rebajar la tensión, para no seguir el peligroso juego que podría arruinar la convivencia-, pero la derecha puede llamar totalitarismo al aborto legalizado y guerracivilismo a la apertura de fosas, o usar materias tan sensibles como las víctimas del terrorismo cual arma arrojadiza contra el adversario político. Mientras yo en clase me avergüenzo de Paracuellos, ellos disculpan, o incluso justifican, la violencia purificadora de Franco; y mientras tanto, van pasando los años y -en virtud de esa responsabilidad- España sigue siendo el cortijo de los mismos sinvergüenzas.


Un lector me ha advertido que ese visión pesimista de España impregna mis posts en demasiadas ocasiones y me ha recomendado, para someter a revisión tales apriorismos, uno de esos libros de especulación historiográfica que tanto me gustan. En él Edward Malefakis hace un análisis crítico de la Segunda República que relaciona sus defectos sin demonizarla y recuerda sus virtudes sin santificarla. Empieza diferenciando a la República Española de cuantas repúblicas nacieron en Europa durante el período de Entreguerras basándose en que “aspiraba al programa de reformas más completo e idealista”: “sólo ella incluyó el sufragio femenino pese a los temores, no del todo infundados, de que dicha concesión podría fortalecer a la oposición clerical”. Entre sus virtudes Malefakis destaca la limpieza electoral, la reducción del poder del ejército, los estatutos de autonomía, la garantía de libertad religiosa, la ley del divorcio, la reforma penitenciaria... Es más: “hubo en la república una preocupación mucho mayor que ningún otro régimen político contemporáneo por elevar el nivel cultural del pueblo, y fue más sensible a las necesidades de reforma social que ninguna de las nuevas repúblicas, incluyendo la de Weimar”.


Añade que benefició a los trabajadores ostentosamente mejorando los salarios, las condiciones laborales, la cobertura de seguros de accidente y desempleo; y a los campesinos procurando repartos de tierra, y contratos de arrendamiento y aparcería más justos. Fue un “régimen admirable, que sin duda sobresale dentro de la desafortunada historia española”. Y sin embargo, concluye, no debemos exagerar sus virtudes, “porque ya no constituye la única cima democrática de España”: se refiere a la monarquía constitucional actual, impregnada, dice, de aquella cultura democrática republicana hasta el punto de que ambos regímenes son “diferentes en apariencia, pero hermanas en su esencia”. No es el momento de juzgar la naturaleza de la Transición, porque prefería dedicar este post a la advertencia de Malefakis contra lo que llama “republicolatría”, a la que define como la ingenua creencia de que la Segunda República rozó la perfección y de que su caída se debió sólo al levantamiento. Debo reconocer que suscribo, aunque me gane las críticas de mis amigos más radicales, los argumentos con los que critica la república: “Olvidamos que su mayor problema fue su mayor virtud: aquella extraordinaria ambición, su determinación de transformar de forma inmediata buena parte de los aspectos fundamentales de la vida española condicionó un programa tan ambicioso que ni el más poderoso y eficiente de los regímenes políticos podría haber llevado a cabo por medios parlamentarios y pacíficos. Al abordar de forma simultánea casi todos los problemas, la república suscitó expectativas que luego no pudo satisfacer, aumentando así de forma innecesaria, las filas de sus desafectos. El hecho de que no fuera capaz de completar las reformas iniciadas desilusionó a muchos de quienes la apoyaban. La reforma agraria ilustra bien ese punto. Otro defecto de la coalición de izquierdas fue que se erigió en un guardián excesivamente celoso del nuevo régimen. (...) Hasta cierto punto se trataba de una reacción natural, habida cuenta la descorazonadora historia reciente: demasiadas iniciativas prometedoras habían sido destruidas”. Tantos fracasos les indujeron a pensar que la república debía permanecer en sus manos, lo que les hizo -dice Malefakis- cuestionar la legitimidad de la victoria del centro-derecha en las urnas, y empujar la huelga general revolucionaria de 1934.



No toca biseccionar la revolución de Octubre, sino recordar que, si realmente hubo torpeza política y retórica sectaria, los republicanos pagaron con creces sus errores, y no hace falta que vuelvan a pagarlos hoy; que una vez más la acusación de “intransigencia carente de tacto” no puede constituir la justificación del tsunami de sangre que desencadenó la derecha; que antes de lamentarnos del supuesto error de 1934 tendríamos que llegar a algún consenso sobre qué narices era la CEDA; que el régimen tenía métodos de corrección, crítica y control de la obra gubernamental, y estaba por tanto en las Antípodas de cualquier totalitarismo; que lo que desencadenó la orgía de sangre -revolución incluida- fue el golpe, y no al revés; y que -como empecé a decir antes- ya está bien de exigirles a unos lo que los otros no demostraron ni practican hoy. Nadie hoy se atreve a exigir a la empresa, a la derecha, a las jerarquías eclesiales, la responsabilidad que exige a los sindicatos, a los movimientos sociales y a la izquierda. Me parece muy grave que la denuncia de los errores de la república vaya acompañada de cualquier reivindicación de la dictadura, por mucho que -como ocurre en este libro, a diferencia de la brocha gorda revisionista- se ejecute con el sutil trazo de pincel. Y es que el artículo de Malefakis que comento viene acompañado en el libro coordinado por Nigel Townson de otro que intenta normalizar la dictadura negando que fuera ninguna excepción en Europa. Desde luego, es evidente que no lo era en 1936, cuando en Europa estaban triunfando los nazis y sus patéticos imitadores. Sin embargo, no creo que podamos decir lo mismo del “milagro económico” de los 60. No puede ser que la exigencia sin matices con la que le pasamos la prueba del algodón a la república, no sirva para medir también la obra de la dictadura desarrollista. Y que se sugiera que la burocracia tecnócrata modernizó España hasta ponerla a la altura de las democracias europeas de su tiempo.


No me refiero sólo a que el “milagro español” se produjo casi 20 años más tarde que el milagro de postguerra que vivió Europa. Esa diferencia cronológica bastaría para evitar comparar la España desarrollista con sus contemporáneas europeas, puesto que no había recibido la ayuda americana para la reconstrucción al mismo tiempo que ellas porque mientras Marshall promovía su Plan, España era vista como aliada de Hitler. Una década después de que llovieran dólares sobre Europa, pues, España empezó su “milagro”. ¿Qué la empujó? Para empezar, el drama de la emigración masiva, provocada por el fracaso de la autarquía, permitió reducir la conflictividad aquí gracias a la marcha de los que no tenían trabajo. Por no decir que la prosperidad europea, ya anterior, permitió la avalancha de turistas y la acogida allí de un millón de emigrantes españoles, así como la entrada brutal de divisas que ambos fenómenos implicaban. Es más: las condiciones laborales con las que se empleaba la mano de obra española, sometida con violencia por el régimen, atrajeron una inversión extranjera fascinada por unos trabajadores que aguantaban jornadas laborales mucho más largas que la media en la CEE y sueldos que rozaban la mitad.


Ese drama de emigración, desarraigo y esclavitud bastaría para imposibilitar cualquier comparación de la España desarrollista con sus contemporáneas europeas. No es de recibo olvidar ese paisaje y decir que en 1958 la mayor parte de las casas parisinas no contaban con ducha ni bañera ni retrete, mientras un 38% de las madrileñas si tenia retrete propio, un 36% compartido y sólo un 12% no tenía bañera, ducha o retrete... La comparación entre retretes puede servir para teorizar sobre la convergencia de la modernización, pero no para decir que España no estaba tan lejos de Europa. Comparar la conflictividad sociopolítica española con el clima de guerra civil que provocó en Francia la guerra de Argelia, que incluyó los intentos de golpes de estado de la OAS contra De Gaulle, el terror practicado por las tropas coloniales, los cientos de manifestantes asesinados por la represión policial, implica olvidar que los ciudadanos franceses elegían a sus representantes libremente, que podían leer lo que quisieran, que en sus cárceles no eran torturados ni masticaban el miedo por el pasado político de su familia. Las violencias que ese artículo utiliza para comparar Europa con España, durante las oleadas terroristas de los setenta, son fruto de otro contexto, responden a circunstancias extrordinarias, no forman sistemáticamente parte de un aparato institucional longevo, como ocurre en España. Toda esa violencia europea de los 70, por mucho que alcanzara una cota desconocida desde 1930, no es la clave que debería permitirnos desmentir la excepcionalidad española.

Desconozco si cuando se hace el recuento de retretes que persigue reducir la distancia entre la calidad de vida de los españoles que sufrían la dictadura respecto a los ciudadanos franceses, además de olvidarse que a los españoles de entonces no se les podría llamar ciudadanos, se olvidan también los miles de chabolas, barrios enteros e inmensos de miseria acumulada, que adornaban esa pretendida modernidad de la España del desarrollismo. ¿Cuentan esos paisajes tan humanos como deshumanizadores en el recuento de retretes? El Madrid que centralizaba sedes bancarias, organismos públicos y autoridades armadas, podría ser una ciudad más cómoda, más provista de retretes, que París. Pero, ¿qué precio pagaba por los retretes capitalinos la periferia sometida y vigilada?. ¿La tasa de alfabetización o la ingestión de calorías permitirían la misma comparación? ¿Todas esas cifras aguantarían si comparáramos ciudades de provincias? Me parece sucio entrar en el retrete para buscar argumentaciones legitimatorias para el franquismo, aunque es posible que -siendo el franquismo la experiencia más escatológica de la historia española- sea el único sitio en el que se puedan buscar. Frente a la sucia zafiedad de considerar el franquismo algo normal en su contexto europeo, bendita republicolatría.

1 comentario:

Mara dijo...

Un poco de luz, en la oscuridad nunca viene mal. Excelente! Saludos.

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