¡Echando de menos la edición radiofónica!

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sábado, 6 de octubre de 2012

1755 (3): LA RECONSTRUCCIÓN DE LISBOA



El debate sobre las causas del terremoto de 1755 facilitó el progreso ideológico de la ilustración; sin embargo, la tragedia lisboeta se explicó mayoritariamente en términos providencialistas. Por eso Voltaire en su “Cándido” podía inventar que “después del terremoto, que habría destruido ¾ partes de Lisboa, a las autoridades portuguesas no se les ocurrió nada mejor para evitar la ruina total que amenazar a la gente con un espléndido auto de fe, pues la Universidad de Coimbra había declarado que el espectáculo de ver quemar ceremoniosamente a una serie de personas a fuego lento era un método infalible para prevenir un terremoto”. Con ironía siniestra, Voltaire afirma que, con ese fin, prendieron a un vasco casado con su madrina y a dos portugueses acusados de judaizantes por haberse negado a comer cerdo. A continuación continúa novelando que Pangloss y su discípulo Cándido fueron arrestados también mientras cenaban en las ruinas, uno por haber hablado imprudentemente, y el otro por haber escuchado en actitud aprobatoria (…) una semana después les pusieron un sambenito con una mitra de papel a modo de sombrero. El traje de Cándido estaba decorado con llamas que apuntaban hacia abajo y demonios sin patas ni cola; los demonios de Pangloss tenían patas y cola, y sus llamas brotaban hacia arriba. Así vestidos fueron conducidos en procesión y les hicieron escuchar un conmovedor sermón (…) Cándido fue azotado al ritmo de los cánticos, el vasco y los dos hombres que no quisieron comer tocino fueron quemados, y Pangloss fue colgado". Voltaire añade con sorna que”ese mismo día hubo un enorme terremoto muy estruendoso que causó grandes daños”, dando a entender que no parece razonable que aquello aplacara la ira divina, ni que el consejo inquisitorial diera precisamente en el clavo.

Temiendo que las explicaciones vociferadas desde los púlpitos sirvieran a los críticos de las Luces que conspiraban contra el todopoderoso ministro del rey José I, Sebastiao José de Carvalho e Melo, al que conocemos como Marqués de Pombal por el título que recibirá en 1770, se aprovechará la ocasión para minimizar el poder de la iglesia. Eso explica la causa contra el jesuita Gabriel Malagrida, autor del Juizio da verdadeira causa do terremoto (1756). Este misionero regresado del Brasil por iniciativa de la reina Maria de Austria, aprovechará su ascendencia sobre la esposa de José I para sostener que la tragedia había sido la reacción de ira divina por “nossos pecados intoleráveis”. Aunque aparentemente se refiriera al teatro, la música y los toros, y evitara las referencias directas a las reformas ilustradas, el ministro, deseoso de reducir el poder jesuita, forzó la destinación del confesor real lejos de la corte. En este ambiente ambiente enrarecido cayó como una bomba el fallido atentado contra el rey (9/1758): las pruebas no permitían implicar a la compañía, pero sus colegios fueron cercados y Malagrida encarcelado. Se desencadenó por todo ello un largo conflicto jurídico y diplomático durante el que -aunque Roma tratará de evitar el procesamiento de Malagrida por regicidio- la inquisición portuguesa, controlada por Pombal, le achacó la redacción de dos obras heréticas, y le condenó a la hoguera. La sentencia no se hizo efectiva hasta el 21 de septiembre de 1761, dos años después de que todos los miembros de la Compañía de Jesús fueran expulsados del reino de Portugal.


 
Visto así, todo parece indicar que el terremoto reforzó el poder del ministro ilustrado. Ya las primeras medidas que tomó, sintetizadas en la frase que le atribuyeron de “enterrar os mortos e cuidar dos vivos”, denotan un espíritu práctico en la resolución de problemas: para impedir los saqueos mandó levantar patíbulos en puntos elevados de la ciudad, como se puede ver en el segundo grabado, y mandó al ejército cercar la ciudad para impedir que los hombres sanos huyeran y pudieran ser obligados a despejar las ruinas. Pombal utilizó el suceso para venderse como el gran benefactor omnisciente: en 1775 opúsculos como el anónimo “Preces y votos de la nación portuguesa al ángel de la guardia del Marqués de Pombal” proclaman que había sido él quién había aplacado la ira de Dios, había protegido al rey, castigado a los traidores, limpiado las ruinas y reconstruido la ciudad.
 
Y es que esta política urbanística puede ser considerada la culminación del despotismo ilustrado. A las primeras medidas dictadas para evitar el pillaje, las construcciones ilegales, y la especulación, que ya permiten intuir una incipiente consideración a la reconstrucción de la nueva ciudad, pronto se añadió una planimetría que pretendía superar el confuso trazado medieval y respondía a las intenciones políticas de control y centralidad propias del absolutismo ilustrado: constituía una planta geométrica y rectilínea de calles entre el Palacio Real, junto al Tajo, actualmente la Praça do Comércio, y la Praça de Rossio y la Praça de Figueira. En total casi 23 hectáreas cuyos extremos quedan enlazados por tres calles anchas paralelas, de las que la calle Augusta constituye un eje central modelado por fachadas de la misma altura y similar estilo neoclásico, con una planta baja destinada a la actividad comercial y unas plantas superiores destinadas a residencias. Para construirlas, se tomaron las primeras medidas antisísmicas de la historia de la arquitectura: maquetas de madera sometidas a simulaciones, refuerzo de los cimientos, cisternas en cada edificio para enfrentarse a los incendios y -por ellos- red de colectores para recoger las aguas residuales domésticas. El extremo de la cidade baixa abocado y abierto al Tajo es la Plaza del Comercio, una gran explanada neoclásica, cuadrangular, porticada con galerías con arcadas, que comunica con la calle Augusta a través del Arco del Triunfo (construido un siglo después pero que estaba incluido en los planos originales). En el centro de la plaza, la estatua ecuestre de José I, con armadura ceñida y yelmo emplumado, transmite una arrogante dignidad. Su inauguración, celebrada con banquetes y fuegos artificiales 20 años después de la tragedia, puede ser considerado el momento de mayor gloria del ministro: culminaba la reconstrucción de la ciudad, que avanzaba a su ritmo, ajena a otros problemas políticos, y simbolizaba las reformas que el ministro había impuesto al reino. Era como la guinda del pastel que glorificaba, como ha escrito José-Augusto França, el éxito de la empresa. La reconstrucción de Lisboa que  nos muestra el Marqués en el cuadro de Van Loo se convirtió en una sofisticada muestra urbanística, como Washington años después, del mundo soñado por los ilustrados. ¿O por el absolutismo?
 
 
 


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