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martes, 10 de septiembre de 2013

MUSEO DEL ROMANTICISMO: RECOMENDABLE VISITA AL UNIVERSO BURGUÉS


El de la foto, ni más ni menos, es el retrete de Fernando VII. Se trata de un gran y lujoso mueble de caoba, con un gran sillón central acolchado en cuyo asiento se abre el orificio para que las evacuaciones caigan en un cajón inferior, que se recogería a mano. Me pareció una de las piezas más interesantes del Museo del Romanticismo, en la calle de San Mateo de Madrid, un edificio decorado como una típica residencia burguesa del período isabelino, cuando objetos, mobiliario y decoración se dejaban dispuestos, principalmente para el lucimiento, acumulados en una disposición pretendidamente densa, sin apenas dejar espacios visibles. Llega a parecer que una especie de horror vacui llena cualquier hueco o rincón de tapices, cuadros, alfombras, rinconeras, floreros, cortinajes, jarrones.. Incluso las consolas, las mesitas o las repisas de las chimeneas se convertían, como sucede hoy en el Museo, en el soporte perfecto para acumular pequeños objetos (figuras de porcelana, cajas de música, relojes...), bibelots los llamaba el texto-guía a disposición del visitante, que constituyen en cierto modo la memoria de la familia.


Y es que, deseosa de emular a la nobleza y mostrar su pujanza, la burguesía del período romántico coleccionaba arte, decoraba mansiones y encargaba retratos. Y desde ese punto de vista la colección custodiada en el Palacio de Matallana no solamente constituye un patrimonio material y visible -la propia casa, el mobiliario, o los objetos decorativos- sino también un patrimonio inmaterial que hace referencia a los usos de cada habitación, los roles familiares, los hábitos sociales, las modas, los gustos, la forma de vida... Dicho de otro modo, por el patrimonio del museo podemos conocer mejor las ideas y los valores de la burguesía porque, al responder a la tipología museística de “casa museo”, combina perfectamente microhistoria y macrohistoria, y puede visitarse siguiendo un recorrido ambiental -concentrado en los aspectos decorativos o la vida cotidiana- o bien otro temático. Ese es uno de los grandes aciertos del museo, que a diferencia de otro que, también en Madrid, recoge la forma de vida de una familia, en este caso aristocrática y de fidelidad carlista, aquí hay un discurso expositivo muy potente y un uso muy inteligente de las tecnologías en la sala final. Por lo que respecta al discurso, en cada sala podemos encontrar, en virtud de la clasificación de los objetos por habitaciones, el planteamiento de un tema: el vestíbulo está dedicado al problema dinástico durante los últimos años de Fernando VII, hay una sala para la injerencia de los militares en la política isabelina, y otra -encantadora, por cierto- dedicada a Mariano José de Larra, en el que se puede encontrar una “Sátira del suicidio romántico” (Leonardo Alenza) y varios objetos personales pertenecientes al escritor, cedidos en 1924 al museo por sus descendientes.


Esas múltiples lecturas hacen posible variadas visitas. Se puede estudiar, por ejemplo, el concepto de familia y el papel de la mujer en la sociedad burguesa. La colección pictórica permite ver cómo se la representa arropada por la protección que el matrimonio y la casa presumiblemente le transmitían, mientas que el hombre se muestra desempeñando labores intelectuales o disponiéndose a salir del hogar, un reflejo de la naturaleza eminentemente pública del varón que reservaba para ella, convertida en su “ángel”, la calidez del hogar. En cierto modo, ese enclaustramiento permitía garantizar la transmisión de la propiedad de acuerdo con la legitimidad deseada. Había, sin embargo, espacios de sociabilidad distintos para los esposos: la mujer apenas accede al despacho, al dormitorio masculino, al gabinete, al salón de billar (en la quinta foto) o al fumador, en este caso decorado a la arabesca por la más que probable inspiración de la restauración de la Alhambra emprendida hacia 1868-1870. Pero sí cuida de que el gran salón de baile, por ejemplo, sirva al encuentro ceremonial de la familia burguesa con la buena sociedad en días señalados. Salones como el de la foto, preparados para una velada musical más íntima, sirven como ningún otro espacio al juego de las apariencias, para el que cabe mostrar vajillas de delicada porcelana, fuentes y candelabros de plata, sedosas tapicerías, arañas de cristal, mesas y sillas de rojiza caoba, o cortinas de damasco que se reflejan en grandes espejos de gruesas lunas y marcos dorados, que multiplican la luz de las lámparas y las imágenes, ofreciendo una sensación de espacio más grande.

 
En la casa burguesa cada espacio tiene asignado, diaria y estacionalmente, un uso protocolizado, de tal modo que el paso del día, o el tránsito de una estación a otra, abre o cierra sucesivamente aposentos. En tanto el transcurso del tiempo acota espacios podemos decir que el reloj de péndulo marca con su sonoro tictac el ritmo de vida del hogar. Si la habitación campesina tenía por centro el fuego y la chimenea, el reloj es en la casa burguesa la pieza central en cuanto su monótono compás celebra virtudes como la previsión, el orden y el cálculo, que presuntamente constituyen la razón del éxito social de la burguesía y sustituyen al despreocupado goce de la espontaneidad vital propio de las clases populares.

¿Por qué no aparecen los sirvientes durante la visita al Museo? La especialización de los espacios asignaba a cada estancia funciones concretas, bien sean públicas (de representación social, como el comedor o el gabinete), privadas (como la alcoba, el cuarto de estar, el tocador) o de servicios, y es en estos últimos donde se desarrolla la vida de la servidumbre. Se trata de “espacios escondidos” están situados en el sótano (cocina, despensa, bodega, fregadero, leñera, lavaderos...), o en el ático (dormitorios del servicio, cuartos de plancha y costura...), pisos unidos por una escalera de servicio. En el nivel que da a la calle, la planta baja podía contar con guarda-arnés (donde se guardan las sillas de montar), la cochera para carruajes, los cuartos de lacayos y cocheros, graneros, y el zaguán, el espacio semipúblico en el que se produce el recibimiento, durante el que el invitado es despojado de la ropa de calle, y en el que embarca de nuevo al marchar. En el ritual de la visita el personal de servicio administra la etiqueta escrupulosamente establecida -presenta la tarjeta de visita y conduce al invitado a la estancia en la que será recibido en función del nivel de confianza con la familia- pero desaparece después, aunque está siempre cerca, tan disponible como invisible. Es una pena que alguno de esos espacios no se pueda mostrar, aunque probablemente esté fuera de los objetivos marcados por la institución.

Lo que sí ofrece, en la sala final, es una apuesta didáctica por las nuevas tecnologías. Además de la información convencional, que podemos encontrar en cualquier libro, las pantallas digitales ofrecen un ingenioso repertorio de juegos que permiten un acercamiento más lúdico al patrimonio de la institución. Suelo ser crítico con esos productos, porque con frecuencia me parecen de escasa ambición y calidad cuestionable, pero en este caso las actividades sobre el lenguaje de los abanicos, el significado de las flores, o la identificación de los objetos, me han parecido especialmente afortunados porque permiten acercarse al patrimonio inmaterial que contiene el edificio.  Puede que la “burguesía” sea una categoría social de difícil definición, puesto que -pese a que constituir un porcentaje muy pequeño de la sociedad- contiene en su seno mucha diversidad: con la etiqueta podemos distinguir a comerciantes y banqueros, a profesionales liberales y funcionarios, a artesanos y empresarios, en definitiva, personas de distintos sectores económicos y profesiones. Pero la exhibición de su patrimonio material, y la reflexión sobre sus valores que hace el  Museo del Romanticismo, nos permiten distinguirla claramente: y es que, si algo la distingue, es su valoración del éxito personal, en el que fundan sus pretensiones de compensación económica, consideración social e influencia política. Hábito de ahorro y capacidad de iniciativa proporcionan a la burguesía los ingresos regulares superiores al mínimo vital que le permiten liberar a la mujer y los hijos de trabajar. Esa independencia personal permite al burgués definirse como ciudadano activo: en tanto las mujeres son dependientes del hombre, los asalariados de su patrón, y los pobres de la caridad, deben ser excluidos de los derechos ciudadanos plenos. Sólo los que poseen capital gozan de la igualdad jurídica, pueden ser considerados personas jurídicas plenas, en la medida en que sus propiedades les confieren el derecho a participar en la determinación de la voluntad popular. Si alguna historiografía en algún momento cuestionó el concepto “burguesía”, el viaje en el tiempo que ofrece el Museo del Romanticismo la convierte en obviedad.

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