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"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

viernes, 3 de agosto de 2007

LOS FANTASMAS DE GOYA (Y LOS MÍOS)



Mostré hace poco a Montse y Rodo mi Madrid favorito, nada sofisticado porque aparece en todas las guías pero me gusta revisitar, como ese rincón del Retiro donde “yace” el "Ángel Caído" (foto 1). Fueron días goyescos, porque –además de un largo paseo por el Prado, más pendientes de las “pinturas negras” que de las majas- visitamos también la tumba del pintor (sin cabeza, ya saben…) y su trampantojo de San Antonio de la Florida (foto 2).

La obsesión quizá me venga de este huracanado “vivan las caenas” con el que España aclamó al PP en las últimas municipales, tan inconsciente como el que recibió a Fernando VII. O de la bonita película de Milos Forman que me lanzó a leer la biografía que escribió Robert Hughes (cuya retrato histórico de BCN, publicado en plena juerga olímpica, fue uno de mis libros de cabecera cuando tenía 25 años). Quizá fue que recientemente se ha cuestionado la interpretación de la “Duquesa negra”, el cuadro que representa a Cayetana de Alba en encajes y mantilla señalando el nombre de Goya en el suelo (1797). O que asistí a un curso de verano que empezó polemizando sobre si La familia de Carlos IV es una crítica de la mediocridad real (absurdo reírse del comitente en sus propias narices) o una apología de un rey desprovisto de magnificencia, accesible, de menor artificio rococó, próximo a los valores familiares de una burguesía en ascenso.



La guerra se llevó por delante aquel mundo encantado de haberse conocido, y Goya la pintó distinta de cómo nadie lo había hecho hasta entonces: en lugar de incluir en sus “desastres” o sus “fusilamientos” muertes dignas y héroes estilizados, la redujo a una matanza absurda y atroz entre seres no identificables. No es que equipare bandos y sentimientos, es que da rostro a las víctimas y deja en el anonimato a los asesinos porque denuncia la guerra en mayúscula, en toda su tragedia.

Por su parte Milos Forman deja claro que la España refractaria a luces y reformas, que se opuso al invasor francés a empujones de sermones frailunos, es la misma que acogerá al Deseado a la vuelta de su acogedor y galante exilio francés. Es la España Negra que sobrecogió y amargó a Goya, la misma que vota hoy por politicastros de sonrisa operada, mentira industrial e irresponsable, corruptela inmobiliaria y belicismo activo.

Y sin embargo, a Goya le va la cultura popular por la que otros ilustrados sienten tanta pereza. Moratín, por ejemplo, se quejaba en un memorial a Godoy en 1792 de que en sainetes y zarzuelas “taberneros, castañeras, traperos, pillos, rateras y presidiarios” se sientan legitimados en “el cigarro, el garito, el puñal, la embriaguez” porque “si el teatro es la escuela de las costumbres, ¿cómo se corregirán los vicios?”. Uno de sus autores, un tal Ramón de la Cruz, se defendía alegando que su literatura no era degenerada ni una invitación al vicio, sino costumbrista, un documento social. Añadía que “los que han pasado el día de San Isidro por su pradera, los que han visto el rastro por la mañana, la Plaza Mayor de Madrid, la víspera de Navidad, (…) digan si mis sainetes son copias o no de lo que ven sus ojos y lo que oyen sus oídos “.



Goya pintó esa realidad de petit-maîtres pretenciosos de modales franceses, acicalados de polvos, lunares y pelucas, pero se recreó en los majos, que representan la autenticidad del pueblo frente al artificio del primero. Ese culto al pueblo, al que presume refractario a las reformas ilustradas con las que coqueteó en su juventud, nos permite decir que anuncia el romanticismo. Goya se refugia en la Quinta del Sordo y acepta así –cual resultado electoral adverso- que los españoles prefieran derecho divino y Santo Oficio. ¡Qué actual es la congoja goyesca, su pasión por el pueblo y la frustración de verle abrazar… el sueño de la razón!.

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