¡Echando de menos la edición radiofónica!

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"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

sábado, 2 de abril de 2011

ROGER CASEMENT SEGUN VARGAS LLOSA (3): UN CORAZÓN EN LAS TINIEBLAS



En los post anteriores me permitía apuntar que el “Elogio de la lectura” con el que Mario Vargas Llosa aceptó el Nobel nos quiso convencer de que en su oficio primaba un romántico compromiso libertario antes que cualquier labor de altavoz propagandista del “canon” (económico) occidental. Añadí que tras su última novela no hay ninguna investigación exhaustiva: el tratamiento de la conciencia nacional de Casement parece propia de un opúsculo y el trabajo de campo desarrollado por el autor en el Congo podría haberse suplido con un vaciado inteligente de “El fantasma del Rey Leopoldo” (Adam Hochschild, Península, 2002), más dramático e impactante que la novela que nos ocupa. Hay un tercer aspecto del personaje que Don Mario aborda de forma presuntamente liberal, pero profundamente conservadora: y es que lo que llevó a Casement a la horca, lo que le ayudó a subir el último escalón del cadalso, no fue tanto su aventura nacional, como su aventura pasional. Y aunque, con una tolerancia presuntamente liberal Don Mario se acerca a la homosexualidad de Roger Casement, lo cierto es que en el fondo… ¡tampoco de eso lo absuelve!

Detenido tras el fracaso del Levantamiento de Pascua, Roger Casement vio desfilar por su juicio a los irlandeses recién liberados de un campo de prisioneros alemán. Todos ellos juraron que Casement, “los había exhortado a pasarse a las filas del enemigo, haciendo espejear ante ellos como cebo la perspectiva de la libertad, un salario y futuras granjerías”. La traición irlandesa a la unidad británica debía acabar con castigos ejemplarizantes que sirvieran de advertencia a los cientos de miles de jóvenes atrincherados frente a los alemanes en Francia. Así que Casement fue condenado a muerte en abril de 1916.

Cuando Conrad, G.B. Shaw, o Conan Dolyle salieron en su defensa, se difundieron fragmentos de unos diarios que, según la corona, habían sido hallados en poder de Casement y que no dejaban lugar a dudas en cuanto a su homosexualidad (y su predilección por los adolescentes): los “Diarios Negros” minaron el apoyo a Casement y permitieron explicar por qué nunca se había casado ni se le conocían romances. Se convirtieron en una prueba determinante y me atrevo a decir que el verdadero motivo de su ejecución, ya que su defensa perdió apoyos y Casement fue finalmente colgado en junio de 1916. Su cuerpo fue enterrado en cal viva allí mismo, en prisión; hasta su repatriación en 1965.

Casement no desmintió los diarios, pero tampoco aceptó haberlos escrito. Así que las dudas sobre su autenticidad llegaron hasta la biografía que el doctor William Maloney escribió en 1936: se afirmaba que –mientras investigaba en la Amazonía- Casement había obtenido los diarios privados de Armando Normand, un infame gerente de la empresa de caucho de Camilo José Arana. Para mostrar su crueldad con los trabajadores nativos, Casement tradujo y envió a Londres fragmentos de depravados actos de sadismo, que –según la teoría de la falsificación- se incorporaron fragmentaria y tendenciosamente a los diarios genuinos. El problema era que los diarios presuntamente adjudicados a Casement describen las actividades de un homosexual promiscuo, pero se desprende del Informe Putumayo que el tal Normand fue violentamente heterosexual. El debate sobre si Casement fue víctima de la inteligencia británica parece que se ha cerrado: en el 2002 un nuevo estudio forense llevado a cabo por el doctor Audrey Giles, afirmaba –por cuenta de la BBC- que los “Diarios Negros” estaban escritos por la mano de Roger Casement y desmentía cualquier posible falsificación.



Mario Vargas Llosa opta por admitirlos como válidos: el personaje sugiere que son parte de una campaña contra él, calla sin entenderse si niega u otorga, como hizo el Casement real; pero recuerda episodios de tosca voluptuosidad furtiva, teñidos de arrepentimiento. Un ejemplo: “Muy hermoso y enorme. Lo seguí y lo convencí. Nos besamos ocultos por los helechos gigantes de un descampado. Fue mío, fui suyo”. Pese a que a mi esas anotaciones, casi telegramas, me parecen contenidores de intensidad, los encuentros de Casement en la novela nunca son felices, ni poéticos, ni sudorosos, ni apasionantes. Siempre dejan una sensación de tristeza y de compulsividad. Casement parece arrepentirse de su promiscuidad y considera sórdidos sus encuentros “veloces en parques, esquinas oscuras, baños públicos, estaciones, hoteluchos inmundos o en plena calle, -como los perros, pensó- con hombres" casi desconocidos.

Es el narrador quien condena a Casement por ese comportamiento: la víspera de su ejecución nos lo muestra pensando que siempre ha estado sólo por culpa de su forma de desear, y concluye que no sabe amar:: “También en esta campo su vida había sido un completo fracaso. Muchos amantes de ocasión –decenas, acaso centenas- y ni una sola relación de amor. Sexo puro, apresurado y animal”. No hay tregua para Casement cuando siente deseo: nuestro autor describe un primer contacto en África, desconozco si inventado o tomado textualmente de los Black Diaries, como algo torpe. Y en cambio, basta haber tenido miedo o dudas antes de asaltar tu primera vez, para ver que pudo haber sido puro y liberador. A mí, al menos, aquel primer polvo ocasional en África se me antoja feliz, cuando menos divertido, casual y felizmente imprevisto. Roger, pálido y expectante, comparte unos minutos con unos jóvenes negros en pleno baño. Las torpes caricias transcurren en un río caudaloso que refresca un calor sofocante, ante un escenario verde brillante de profunda maleza, la selva como guardarropa y un cielo azul por techo. Don Mario olvida que aquel joven victoriano debió encontrarse por primera vez en su vida con una actividad sexual desprovista de culpa, de condena, de rigidez, de regulación política, de prohibición castrante. No hacen falta promesas de amor eterno, ni anillos de compromiso, ni sábanas de satén azul, para que el sexo signifique una comunicación auténtica, feliz, calurosa, emotiva, con otra persona que horas después se va, pero que no por quedarse poco rato se marcha sin dejarte una señal en el alma, un cosquilleo en el corazón, el vello de punta o el emocionado recuerdo de una caricia a contra-piel. Patrimonio suficiente para felicitarte por la vida, agradecer el encuentro, y abrazarlo muy fuerte… antes de dejarlo ir y devolverle la libertad que le arrebataste por un rato al hacerlo tuyo.

Así pues, Don Mario censura el sexo sin amor y nos alecciona sobre qué tipo de sexualidad nos eleva hacia lo divino, y cual nos encoge hasta la miseria. La moraleja es que Casement caía en depresiones porque “lo entristecía saber que nunca tendría un hogar, que su vida sería cada vez más solitaria a medida que envejeciera. Pagaba caros esos minutos de placer mercenario. Se moriría sin haber saboreado esa intimidad cálida, una esposa con quien comentar las ocurrencias del día y planear el futuro –viajes, vacaciones, sueños-, sin hijos que prolongaran su nombre y su recuerdo cuando se fuera de este mundo”.

Tengo 42 años y –a estas alturas- difícilmente podré escribir en mi diario que tuve, como Casement escribió, “Tres amantes en una noche, dos marineros entre ellos. ¡Me lo hicieron seis veces! Llegué al hotel caminando con las piernas abiertas como una parturienta”. Es una lástima. Pero he escuchado atentamente tantas confidencias tantas noches (entre sábanas, paseando por la ciudad, o a la luz de un cubata) para saber que hay tantas formas de pasión como personas; que todas son legítimas si no fuerzan la voluntad del otro; que muchas de las que presumiste alejadas de ti te sorprendieron un día inesperadamente. Ni los diarios de Casement, ni los ensayos que los analizan se han traducido al español: leerlos nos permitiría darle vida a todos y cada uno de esos jóvenes de los que Casement dejó constancia, certificando que otro sexo es posible, y que merece ser recordado: “Baños públicos. Stanley Weeks: atleta, joven, 27 años. Enorme, durísimo, 9 pulgadas por lo menos. Besos, mordiscos, penetración con grito. Dos libras”. Sea éste mi brindis por Roger; y por Stanley. Fuera quien fuera.

1 comentario:

Uma dijo...

Esta tarde comencé a leer la novela de Vargas Llosa. Casement es un personaje que me fascina. Había leido algo sobre él. Cuando terminé el libro podré comentarlo con propiedad. Saludo cordial.

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