¡Echando de menos la edición radiofónica!

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"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

domingo, 5 de febrero de 2012

PARKER: DONDE DIJE FELIPE, DIJE DIEGO


Fue un placer escuchar a Geoffrey Parker en su primera visita, el otoño pasado, a la Universidad de Barcelona. La exquisita conferencia que pronunció en el Aula Magna de la facultad de Geografía e Historia celebraba la reedición de “La Gran Armada”. El director del departamento, Xavier Gil, bromeaba al presentarle que Parker -45 años más tarde de haber leído por primera vez un manuscrito de Felipe II- viene aclarando en la prensa, con motivo de la publicación de una nueva biografía, presentada como “definitiva”, que “había iniciado el trámite de divorcio” con el rey. La replica del profesor de la Ohio State University estuvo cargada de elegante humor británico: ¡dijo que, al no haberse consumado la relación, en realidad se trataba de una mera anulación! Después, empezó su charla citando una pragmática isabelina de 1597 en la que, si tomé bien mis notas, se decía que providenciales tormentas en tiempos y lugares inesperados explicaban el fracaso de la invasión de Inglaterra por Felipe II, sinergia entre guerra y clima que explicita el “Armada portrait” de la “reina virgen” cuya proyección abrió y cerró la charla, y que presenta las tormentas como un aliado de Inglaterra.

Resultó espectacular la diversidad de fuentes dispersas que utilizó a continuación para demostrar que los años finales del siglo XVI fueron un tiempo de aberraciones climáticas. Concluyó que el verano de 1587 fue el más frío en 600 años, y que el año 1601 fue el más frío en el mismo periodo. Este conjunto de anomalías, que incluye tres erupciones volcánicas capaces de arrojar suficiente dióxido de azufre a la atmósfera como para rebotar radiaciones solares y forzar así una bajada importante de la temperatura global, se completó con intensos episodios de “El Niño” que dejaron dramáticas sequías en Asia y Australia, Etiopia y la India, así como inundaciones en América. Citó el Libro de los Famélicos, un estremecedor documento confeccionado en Henan que “contiene la más vívida representación del hambre que haya visto una imprenta” y se sirvió de una avalancha de datos sobre Castilla, tanto de lo que Parker llama el “archivo natural” (los datos recogidos por la glaciología, la polinología o la dendocronología) como del “archivo humano”: registros de variaciones en las cosechas, del número de personas que no podían alimentarse con ellas, del número de entierros superior al de bautismos.


No soy un determinista climático”, terminaba diciendo. No cree, quería decir, que fuera sólo el clima lo que causó una tremenda crisis general, sino que la intransigencia de los gobernantes intensificó el impacto de un clima anómalo. La referencia velada a Felipe II, a quien Parker acaba de dedicar una nueva biografía (que corrí a comprarme al salir de la conferencia), parece obvia: su exceso de celo sometió algunos de sus reinos a situaciones límite. Mateo Vázquez, viendo a Castilla exhausta, llegó a pedirle que dejara de gastar recursos en guerras ajenas: si Dios le impone esos encargos, que le dé fuerzas para hacerlos, se quejó. El rey le respondió que “no son materias a descuidar las que tengo a mi cargo”. También cayó en saco roto la demanda de los procuradores a Cortes de que, aún siendo tantas guerras “santas y justas”, cesaran.

Ese sentido del deber forma parte del retrato habitual que venimos haciendo de Felipe II. Y es que, lejos de presentarnos novedades, la nueva biografía que Parker ha publicado sobre el rey, y que se presenta como definitiva, sólo lo es porque difícilmente nadie podrá acumular más anécdotas y datos de tan extraordinaria variedad de fuentes. Sin embargo, en esencia, el retrato del rey sigue siendo el mismo. Parker quizá se muestra algo más crítico con la eterna desconfianza que le impedia delegar, tal y como demuestra la carta que Gonzalo Pérez escribe en 1565, quejoso del rey, diciendo que “muchos negocios yerra y yerrará Su Majestad por tractarlos con diversas personas, una vez con una y otra con otra, y encubriendo una cosa a uno, y descubriéndole otras, y así no es de maravillar que salgan despachos diferentes y aun contrarios”. En 1567 Gabriel de Zayas escribía al duque de Alba que “el rey ha querido que lo de substançia vaya por tantos arroyos” que “assí todo es un caos”. Esa crítica de la desconfianza que entorpecía cualquier ágil toma de decisiones, sin embargo, esconde cierta empatía por el rey trabajador, sumergido permanentemente bajo un alud de papeles que encogen su vida. Es, de hecho, la imagen que él mismo nos legó cuando se lamentaba de que “pidiendo muchos y dándose a pocos, han de quedar descontentos los más. Y por esto y otras cosas digo yo que es muy ruín oficio el mío”. Las frecuentes quejas de fatiga visual –contrastadas por el embajador veneciano que en 1574 escribe que Felipe “lee con una vela cerca de su cama unas horas antes de dormir” o por el emisario flamenco que en 1582 observó que “sus ojos están algo enrojecidos, como los de quienes leen y trabajan mucho”- culminan en la simpática anécdota sobre sus “antojos”. Pero aparte de retratarnos al rey algo presumido con sus gafas, Felipe II sigue siendo el papelero de toda la vida, de quién se alaba su capacidad de trabajo, por mucho que se reconozca que la presión burocrática impedía una gestión ágil de los asuntos pendientes: en 1574 Leonaro Donà aseguró al senado de Venecia que “el rey se ocupa en muchas menudencias que le quitan el tiempo por mayores cosas” y en 1584 el cardenal Granvela se queja amargamente de los retrasos provocados porque “su Majestad quiere hacerlo todo y verlo todo, sin confiar en nadie más, ocupándose él mismo de tantos detalles nimios que no le queda tiempo para resolver lo que más importa”.


Con todo, la insistencia de Parker solo viene a confirmar un tópico reconocido por la historiografia, evidente, y por tanto, cierto. No se le puede reprochar que no escriba nada nuevo, si la verdad es la que ha contrastado y se venía diciendo. Incluso me atrevo a decir que, pese a las amenazas de divorcio, la sangre no llega al río, y hay cierta reconciliación. Me refiero a que, a pesar de que durante las páginas dedicadas a la ejecución de Montigny un escalofrío recorre la espalda del lector, a pesar de lo mal que el rey se portó con Carranza o con el conde de Egmont, o pese al doble juego de las cartas del Bosque de Segovia, Parker sigue disculpando todos sus crímenes en base a la necesidad política o a la extrema piedad, manifestada en su colección de reliquias y en cientos de fuentes: el nuncio en Madrid elogió el día de su muerte la “ayuda a los católicos ... sin mirar sus propios intereses” y su asistente de cámara desde 1590, Jehan Lhermite, anotaba que “no pasó un sólo día en que no dedicaba un buen espacio de tiempo a la contemplación u oración mental”, y citaba que Juan Ruiz de Velasco (“que lo debe saber mejor que nadie pues, sirviéndole, pasaba con él a solas todas las veladas después de la cena”), le había contado que Felipe “se dedicaba con tal ahínco y devoción a esta oración mental que muy a menudo tenía los ojos completamente anegados de lágrimas (...) y me ha asegurado el mencionado Juan Ruiz, quien pudo observarlo durante largos años, que contando el día y la noche, este príncipe debía pasar rezando verbalmente u orando con la mente más de 4 horas en varios intervalos separados”. Lhermite asimismo refería que en su real dormitorio “no había rincón donde no se viera una imagen devota de algún santo o crucifico, y siempre tenía los ojos fijos y absortos en estas imágenes y el espíritu elevado hacia el cielo”.

Por mucho que registre esa obsesión compulsiva, hay al menos dos aspectos que sugieren cómo subyace en el relato de Parker la misma empatía con la que rompió hace años la Leyenda Negra. Por un lado, cuando relaciona –en unas páginas magistrales- las veces que la vida de Felipe II corrió peligro. Mientras en Europa florecía el asesinato político –Guisa (1563), Condé (1569), Juana de Albret (1572), Enrique IV (1610), Darnley (1567), Enrique III (1589)- Felipe II también tuvo sus sustos: en Londres (1556) se detectó un plan para matarle, en Lisboa (1581) descubrieron una mina que debía estallar en la iglesia donde acudía a rezar, y en Badajoz (1580) “una doncella portuguesa andaba para hablar al rey, (...) decía que andaba a demandar justicia, y por eso le dejaron pasar”, pero cuando se aproximó al rey, “uno le alzó la manga, y se descubrió que era armada de una daga y después, mirando más a menudo, se veía que tenía un puñal al lado”. En 1586, Felipe concedió audiencia a una mujer portuguesa y fue posteriormente informado de que era una espía del prior de Crato, y parte de un plan para apuñalarle con la afilada daga que escondía en su cayado de peregrina. ¡Pobrecito, tan expuesto!

Frente a esa idea del rey en permanente amenaza –que no debería hacernos descuidar que él lo fue para otros- Parker recoge, en unas páginas antológicas, las ocasiones en las que el pueblo se tropezó con él por la calle: en 1580 una portuguesa le saludó cuando él pasaba a caballo, diciéndole “senhor, que vos queremos ver como os outros” al tiempo que le ofrecía agua espontánea y afectuosamente. En 1585, camino de Zaragoza, muchos labradores alegres por su venida le bailaban “al uso de España haciendo casteñetes con los dedos”. Ya en la ciudad, el miércoles de ceniza de ese mismo año, se topó con una procesión religiosa y se apartó a un lado, mezclándose con la multitud, y se arrodilló, con la cabeza descubierta, y permaneció, entre sus súbditos, en respetuoso silencio, hasta que el paso sacramental se alejó. En 1592, en Valladolid se sentó con sus hijos entre los estudiantes para asistir a las lecciones públicas que se celebraban en la universidad, y en Tarazona entró a caballo, sólo entre la multitud. En 1587, habiendo logrado el regreso a Toledo de las reliquias de un santo, “le tomó sobre sus hombros, y haciendo señal a los grandes de Castilla que allí estaban para que le ayudasen”, fue portándolas con parsimonia por las calles repletas de espectadores. La anécdota es representativa: Felipe II fue sobre todo un hombre abrumado públicamente por el peso de una responsabilidad sagrada y sin parangón.

Parker nos hizo un acertado regalo cuando, rompiendo la imagen siniestra heredada de la historiografía protestante, presentó la cara humana del rey en aquella deliciosa biografía que publicó en 1984. Hoy ha matizado ligeramente aquella imagen: la humanización de entonces quizá abrió el camino hacia la “Leyenda Rosa”, y urgía volver a poner las cosas en su sitio. El maestro nos ha querido recordar que el entusiasta apoyo de Felipe a la persecución de la herejía constituye el reflejo más famoso (o infame) de una convicción que quemó cientos de protestantes en Inglaterra (1556-1558) y los Países Bajos (1556-1566). Él mismo presidió cuatro autos de fe: aunque el más conocido sea el de Valladolid (1559), los hubo también en Lisboa, Barcelona y Toledo. No es para nadie una novedad el compromiso del rey de que “antes de sufrir la menor quiebra del mundo en lo de la religión, y del servicio de Dios, perderé todos mis estados y cien vidas si las tuviese”. Nunca debimos olvidar que tal intransigencia, aunque no le hizo perder la vida, sí que costó la de millares de otros.

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