¡Echando de menos la edición radiofónica!

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"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

domingo, 12 de febrero de 2012

THATCHER: LAS CUENTAS (Y LOS CUENTOS) DE LA VIEJA




El diario El Mundo siempre ha ostentado un incendiario lenguaje libertario, pese a alojar las propuestas periodísticas más rancias. Esa doble moral no es un invento, sino la vieja estrategia neoliberal que viene lanzando desde hace 30 años contra la izquierda acusaciones de aspiración totalitaria para defender un concepto de libertad muy subjetivo, apenas una justificación para la codicia. Según esa verborrea, la derecha sin complejos viene empujando una “revolución conservadora” que libera al individuo de la fiscalidad, la tiranía estatal, el lenguaje políticamente correcto, la dictadura de la vagancia, en fin… toda suerte de idioteces con las que arrogantes sin escrúpulos agitan las bajas pasiones para meterse (también) en el bolsillo a un electorado no precisamente reflexivo. El ejemplo más patético de toda esa basura ideológica no es cuando llaman “reforma laboral” a la esclavitud, ni cuando califican como “contabilidad creativa” lo que en realidad son estafas, ni cuando llaman empresarios a los trileros, sino –a mi parecer- cuando retuercen el pasado para encontrar antecedentes ilustres a toda esa caterva de sandeces.


En esa dirección no descansan ni en los titulares más pequeños, como demuestra el encabezado de una entrevista a Meryl Streep en la que, para rendir culto a Margaret Thatcher en el panteón neoliberal, tuvieron que sacar de contexto unas declaraciones de la actriz. “Humanizarla es un acto subversivo”, le hacían decir. Es cierto que la veterana actriz añadió que “hasta ahora pervivían de ella dos imágenes totalmente enfrentadas y exageradas, la del icono y la del monstruo”, y que la directora de la película ha declarado que su intención era demostrar que “bajo esos dos clichés había un ser humano”. Pero lo que escondía el titular es que en muchas entrevistas Meryl Streep dejaba bien claro que no sentía la más mínima simpatía por el personaje. No es de extrañar: la "Dama de hierro" es uno de los personajes más siniestros de la Historia.

Sin ir más lejos, The Guardian estima que la crisis actual es resultado de sus políticas y se hace eco de la iniciativa para “privatizar” los funerales de estado que el gobierno británico ha comenzado a preparar. Los ciudadanos que firman la iniciativa sostienen, con flema británica, que “por respeto a la herencia de la gran dama, deberían estar financiados y gestionados por el sector privado al objeto de ofrecer el mejor precio y la mejor oferta tanto para el consumidor como para los accionistas”. La iniciativa le hubiera encantado, y sería consecuente con quien defendió hasta la saciedad el recorte del déficit público, la reducción de las atribuciones del estado, las privatizaciones, el dinamismo de las empresas y la adaptación de las necesidades humanas al mercado (y no al revés). Además, parece absurdo dedicarle unos funerales de estado como los que recibió Churchill, quien por lo menos se ganó el sueldo resistiendo contra Hitler, a un personaje que llamó terrorista a Nelson Mandela, buscó capital político en una guerra colonial, defendió a Pinochet, y dejó morir impasible, -en medio de la turbación mundial-, a 10 presos del IRA que iniciaron una huelga de hambre en demanda del status de presos políticos. Para ella, apenas eran asesinos: “la política”, declaró, “es otra cosa”. Me pregunto si crear una sección del MI5 para sabotear la acción de los sindicatos era, en su imaginario, “esa otra cosa” llamada política.


Con un currículo tan espeluznante, propio de una galería de los horrores, no me extraña que la película en la que Meryl Streep ha interpretado a Maggie haya dividido al Reino Unido, y lanzado a su clase política a ejercer de crítico cinematográfico. El primer ministro David Cameron ha lamentado que se priorice mostrar la demencia antes que “una extraordinaria primera ministra”: y es que los conservadores no se cortan un pelo y se quejan de que la película no muestra “sus logros” y que, en cambio, enseñar “los problemas de su avanzada edad es de un mal gusto extraordinario”. Desde el otro extremo del espectro ideológico se le ha querido tranquilizar diciendo que la película, al presentar asépticamente la obra del gobierno Thatcher, sin analizar sus pros y sus contras, ejercerá como propaganda del partido conservador entre quienes piensan que gobernar –más que alcanzar consensos- consiste en marcar paquete, genio y figura. Estoy de acuerdo en que los furiosos mineros que se asoman a la ventanilla de su coche parecen monstruos porque la película no se preocupa del paisaje devastado del que proceden, y que al enfocar la demencia de Maggie se nos invita a la compasión por un ser humano que lucha por superar su vejez, olvidando el daño que hizo. También me parece algo absurdo que se la presente como un icono del feminismo: las imágenes que la muestran como una llamativa y renovadora pincelada azul en un manto de trajes grises olvidan que jamás aportó una mirada alternativa, que no fuera autoritaria y masculina: la mancha azul de aquel parlamento gris era, de hecho, un hombre con falda.

Resumiendo, a mi también me hubiera gustado que la película no pasara de puntillas sobre la obra política de la Thatcher, y que no mezclara en cinco minutos las Malvinas, el IRA y las huelgas sin más datos que un puñado de imágenes de archivo. Pero –como escribía Lluís Bonet en La Vanguardia el 6 de enero pasado- la película tampoco es una hagiografía. Usando la ancianidad como recurso justificativo de continuos flash-backs, la película muestra, por ejemplo, cómo de joven atendía el mostrador de la tienda de ultramarinos de su padre, quien debió tratar la contabilidad de su modesto negocio con idéntica severidad que la educación de su hija. Ella no se rebeló, sino que vivió fascinada por ese mundo tan pequeño como provinciano, que le indujo a sospechar que la humanidad, -como sus clientes- se divide en dos grupos: los honrados que pagaban al contado y los que pedían que les fiaran mientras esperaban el subsidio bebiendo en la taberna. Esa visión de la economía como las cuentas de la vieja es la que quiso aplicar a la gestión del país, tal y como ella misma reconoció cuando afirmó en 1979 que “cualquier mujer que entienda los problemas de llevar una casa está cerca de entender cómo llevar un país”. Desconozco si la frasecita puede ser considerada una muestra de feminismo, o si demuestra que Lady Thatcher era entonces más corta que una cola de conejo. Lo que sí sé es que su política económica santificó los preceptos liberales leyéndolos con brocha gorda: el mercado se corrige a sí mismo, se purifica expulsando de su seno a los débiles y a los holgazanes, el estado no está para ayudar a los ciudadanos, cada uno es responsable de sí mismo. Mientras, iba y venía de Dawning Street al parlamento con un bolso charolado de cocodrilo.

Ian Hernon (Riot! Civil Insurrection from Peterloo to the Present Day. Pluto Press, Londres, 2006) escribió que la Dama de Hierro “llevó al Reino Unido a niveles de malestar social sin precedentes” y que “el desempleo alcanzó los 3 millones y el contraste entre los acomodados que alardeaban de su riqueza y una creciente clase marginal (…) alimentó los disturbios” (pág. 211). Se refiere a una escalada violenta que culminó en Londres (1990) durante la lucha contra la “poll tax”, un impuesto que gravaba la vivienda por individuo, no por su nivel de renta, lo que implicaba que un acaudalado aristócrata pagase tanto por su mansión como el campesino por su cabaña. La batalla se saldó con 400 heridos, el incendio de la embajada surafricana en Trafalgar Square y docenas de comercios asaltados. La popularidad del gobierno se hundió y aparecieron rivales en su partido. En 1987 había ganado una tercera legislatura con mayoría, y apenas tres años más tarde tuvo que abandonar Downing Street con lágrimas en los ojos. Sólo a alguien con menos corazón que ella puede parecerle un balance positivo que, tras su renuncia en 1990, el 28% de los niños en Gran Bretaña estaba por debajo de la línea de pobreza: ese porcentaje llegó a ser el más alto de Europa en 1997.

Si acudir a ese dato puede ser tachado de demagogia estilística propia de la izquierda jacobina sensiblera, se puede abordar el mismo tema acudiendo a los ferrocarriles. Es lo que ha hecho Diego Carcedo recientemente en Historia y Vida, al convertirlos en símbolo de ese desastre. Su privatización dejó atrás un ejemplo mundial de puntualidad, modernidad y seguridad. Sin la subvención estatal, sus tarifas se elevaron mientras sus prestaciones empeoraban, y –según el veterano periodista- “adquirieron pronto una imagen tercermundista que se reflejaba en (…) la frecuencia y gravedad con que sufrían accidentes, en muchos casos con víctimas”.

Todo ese abanico de desastres no sólo se justificó con dogmas economicistas, sino también con piruetas religiosas tan sofisticadas como indecentes. El discurso pronunciado en una colina artificial de Edimburgo para la asamblea general de la iglesia presbiteriana de Escocia (7/1988) fue llamado irónicamente el “sermón del montículo” (21 de mayo de 1988) en recuerdo del “sermón de la Montaña” que pronunció Jesús. Para convencer a los cristianos que se estaban alineando con la izquierda al ver los estragos que provocaban sus políticas de exterminio de los más débiles, la Dama de Hierro retorcía los más complejos conceptos teológicos. En el discurso confesaba que siempre había tenido dificultades para interpretar el precepto bíblico de “amar al prójimo como a nosotros mismos”, algo que todos veníamos ya sospechando. Después, tranquilizaba a quienes se incomodaran con el décimo mandamiento (No codiciarás): “no es la creación de la riqueza lo que está mal, sino el amor al dinero por sí mismo”, decía. El discurso recordaba que había que dar al César lo que es del César, lo cual no deja der ser curioso después de bajar los impuestos a las rentas más altas. Finalmente, tomaba de la carta de San Pablo a los tesalonicenses la advertencia amenazante de que “si uno no quiere trabajar que tampoco coma”, afirmación sacada espeluznantemente de contexto para legitimar las reducciones de subsidios para los más desfavorecidos.


Es cierto que todo ese sórdido bagaje no aparece en la película. Pero también lo es que la brillante actuación de la Streep nos describe a una estrecha remilgada de valores trasnochados, patética en su soledad, especialmente considerada con la ortografía, los buenos modales y la puntualidad, pero exasperante hasta el ridículo, tiránica con sus colaboradores, ajena al dolor ajeno, egoísta, ególatra, y –como le sugiere el personaje de su esposo en un par de ocasiones- una pésima madre, incapaz de inspirar los valores que propagaba en su proyección pública, tal y como demuestra que su hija acabara concursando en un reallity de tercera clase, y su hijo procesado por tráfico de armas. En última instancia, buscándose la vida, haciendo las cuentas para llegar a fin de mes, tal y como su madre pretendió que hicieran los británicos más pobres. Y es que tarde o temprano, a todos los cerdos nos llega San Martín. Quizá no debimos olvidar, querida Maggie, que algún día los que necesitaríamos la ayuda del estado seríamos nosotros…

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