¡Echando de menos la edición radiofónica!

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"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

sábado, 12 de enero de 2008

UN DÍA DE CÓLERA Y UN AÑO DE MIERDA



Nuestro autor más vendido en el extranjero recrea el dos de mayo de 1808 en su nueva novela. Sirviéndose de su experiencia como corresponsal de guerra, ha confesado en una entrevista a Clío que pretende poner al lector “en la puta calle; (…) que corra, que sienta el sudor, el descontrol, el miedo, las navajas”. Siempre critiqué la “españolitis” de su Alatriste, pero esta vez me gusta cómo denuncia las sucesivas manipulaciones sufridas por el “mito del 2M”: Arturo Pérez Reverte se lamenta de que posteriormente “abrió las puertas a la reacción. Nos devolvió a los reyes y a los curas cuando estábamos a punto de librarnos de ellos”. Incluso llega a decir, en un provocador titular, que “en 1808 los malos tenían razón”.

Lo que don Arturo ya no cuestiona es que el levantamiento simbolice un extendido sentimiento “nacional”. Reconozco que es indudable que la “Guerra del Francés” fue un eslabón importante en el largo parto de España, pero las principales causas del levantamiento anti-francés me parecen otras. Por un lado, la presencia ocupadora (el alojamiento militar) desencadenó crisis de subsistencias en aquellas sociedades agrícolas de frágil equilibrio demográfico, del mismo modo que lo habían hecho durante el Antiguo Régimen los ejércitos que “vivían sobre el territorio” y se alimentaban de él. La otra causa decisiva es el componente religioso: el clero arremetió contra los franceses desde su aparato de propaganda (el púlpito) porque, en tanto la Revolución (y el Código Civil napoleónico) preconiza un estado laico, se la puede acusar de “deicida”.



Si hay ideología en los madrileños que se enfrentan a los mamelucos en la Puerta del Sol, ésa es “altar y trono”, no “nación”. Los que salieron a la calle contra los franceses lo harían hoy para secundar una manifestación “por la familia” contra un gobierno “ilustrado” (¿afrancesado?) que trabaja por la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley. Ya saben, esas ideas ponzoñosas -la libertad, la igualdad y la fraternidad- que llegaban de París en libros que atravesaban la frontera con portada de Biblia para no despertar sospechas…

El 2008 llenará la calle de obispos teocón y otros nostálgicos intentando inclinar el resultado de las inminentes elecciones. Habrá sesudos ensayos vendiéndonos el dos de mayo como el bautismo en sangre de la nación. Porque la palabreja en cuestión sigue desbordando corazones, nublando mentes, cargando explosivos y pintando banderas. Yo, mientras, seguiré pensando que –para que haya nación- tiene que haber antes revolución o romanticismo.

Me explico. En “El nombre de la cosa: debate sobre el término nación” (Centro de Estudios Políticos y Institucionales, Madrid, 2005) José Álvarez Junco, Justo Beramendi y Ferran Requejo, adjudican a la nación tres significados distintos. El primero sería el que la haría sinónimo de “estado”. Es la más incoherente, habida cuenta de que hay estados multinacionales (como Gran Bretaña o España), y naciones sin estado (como Escocia o Cataluña). El segundo significado definiría la nación como “una comunidad humana dotada de una unidad cultural esencial”. Se refieren a la definición romántica decimonónica, nacida de la reacción local contra el universalismo de la revolución francesa, y segura de una esencia personal que, contra el universalismo abstracto y el libre contrato, nace naturalmente con la persona para determinar su esencia.

La tercera opción es la que define la nación como “el grupo humano entre cuyos componentes domina la conciencia de poseer ciertos rasgos culturales comunes (…) y la intención o el deseo de establecer una estructura política autónoma”. Es la base más obvia, porque insiste en la voluntad. Es una definición liberal, contractual, cosmopolita, que nace de la cultura política de la Revolución Francesa, o del “contrato social” de Rousseau…

Según ella, Cataluña y el País Vasco, sin duda, lo son. ¡Pero atención! ¡España no es sólo un estado! Porque también hay un elevado número de personas que creen firmemente en la existencia de una nación española y se consideran parte de ella. Por eso los autores del estudio citado proponen definirla como una “nación de naciones”. Lo mejor de la tercera definición, a mi entender, es que parte del deseo y la voluntad actuales, negando el papel que los montaraces de una y otra subjetividad otorgan a la Historia para lanzar a su nación contra los que la niegan. Si creyéramos firmemente en la democracia, ¿nos haría falta apelar a 1714 o a 1808 para inventar un pasado que refuerce nuestra demagogia?…

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