¡Echando de menos la edición radiofónica!

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viernes, 16 de agosto de 2013

INTRÉPIDO PROFE DE LATÍN EN BUSCA DE LA TUMBA PERDIDA


El Licenciado en Letras Clásicas especializado en topografía del mundo antiguo Valerio Massimo Manfredi ha publicado sus novelas en más de treinta países. Su reconocida fabulación sobre Alejandro, una trilogía infinita durante la que Alejandro nunca se queda a solas con un hombre que no tenga toda la ropa puesta, tiene secuela: un librito que rastrea, en un registro divulgativo, qué fue de la tumba del conquistador. Empieza recreando sus últimos días para especular sobre las causas de su muerte. Parece que durante una secuencia de banquetes durante los que bebió sin medida, Alejandro notó un dolor agudo en el costado, como si una lanza le traspasara, y gritó de dolor. Cuando los médicos detectaron la fiebre, buscaron el alivio en un baño. Tras una cena suave, se acostó. Durante los seis días siguientes siguió con los preparativos de la inminente campaña a Arabia, aunque por la noche le subía tanto la fiebre que al octavo día de tan débil ni hablaba. Se despidió de sus soldados -que desfilaron mudos y llorosos ante el rey moribundo- con la mirada. Algunos sugirieron llevarle al interior del templo para que los dioses le curaran, pero los sacerdotes -bien informados- respondieron con un oportuno oráculo advirtiendo que no cabía esperar milagros.

¿Qué había ocurrido? Mandredi toma de Diodoro el rumor del envenenamiento por orden de Antípatro, lugarteniente en Europa, quien temió -al saber que no le había encargado a él reclutar a sus veteranos- que el rey quisiera eliminarle para congraciarse con su madre, quejosa del trato que recibía en Macedonia. La trama partiría de Aristóteles, quien querría vengar la muerte de su sobrino Calístenes, y parece poco verosímil: los síntomas del envenenamiento con arsénico -delirios, vómitos, diarrea- no aparecen en las fuentes. Manfredi descarta también la malaria o el tifus, así como la hipótesis que -advirtiendo en Plutarco un presagio de infortunio, un grupo de cuervos agrediéndose que cayeron muertos a los pies del rey- diagnostica una infección aviar transmitida por mosquitos. El cuadro sintomatológico se parece un poco más -encefalitis, pérdida de la vista y el habla, el coma y, finalmente, la muerte- pero Mandredi, argumentando que no hubo más contagiados- concluye que lo que provocó la muerte del macedonio “tuvo que ver con él y nada más que con él”.

Por una parte se fija en los excesos propios de su larga campaña por Oriente, que el propio Alejandro recordó a sus soldados: “¿Quién de vosotros está convencido de haber soportado más fatigas por mí que yo por él? Oídme, aquel de vosotros que tenga heridas se desnude y las muestre. También yo mostraré las mías. Porque no hay ni una parte del cuerpo, por delante al menos, que no tenga cicatrices; no hay arma corta o arrojadiza que no me haya dejado una señal. Sí, he sido traspasado por flechas, golpeado por una catapulta, herido por piedras y mazas, por vosotros, por vuestra gloria y por vuestra riqueza”.

Pero aquel cuerpo, el de un veterano permanentemente expuesto en combate, también padeció los excesos del vino y la comida. Por eso Manfredi analiza el dolor imprevisto y fortísimo que le desencadenó la fiebre: “la sensación de sentirse traspasado por una hoja ha sido descrito así por los pacientes que sufren una pancreatitis aguda. La ingestión de comida y bebida en cantidades exageradas estimuló en exceso la actividad enzimática licuando el páncreas y vertiendo su jugo por la cavidad peritoneal”. Eso provoca el dolor desgarrador en la espalda, puesto que el páncreas se ubica en la zona retroperitoneal. En días, las enzimas del páncreas perforan el intestino, con lo que su contenido se derrama en la cavidad abdominal provocando una infección devastadora, de ahí la fiebre altísima sin tregua y el camino hacia el coma, situación que a su vez explica que el cuerpo no se corrompiera: los antiguos podían adjudicarlo al envenenamiento, pero no al coma profundo, puesto que no lo sabrían diagnosticar.

Mientras embalsamadores egipcios preparaban el cuerpo para que pudiera recorrer una larga distancia preservándose para el rito fúnebre durante el que sería quemado en la pira antes de ser sepultado, los diádocos se enzarzaban por la herencia, pero también por el cadáver. ¿Debía ser enterrado en el santuario de Amón, en el oasis de Siwa, donde había recibido la investidura divina, o como quería el regente Pérdicas, en Macedonia? La lucha por la herencia y el cuerpo, en el fondo, constituyen una misma, puesto que la custodia del segundo podría convertirse en el símbolo de la unidad de la primera. Parece que dos años después, durante los que, según Diodoro, se le construyó un impresionante carro fúnebre, emprendió el camino de Macedonia. Y fue entonces cuando las tropas de Ptolomeo abordaron la comitiva en Siria, se hicieron cargo del cuerpo y lo llevaron a Egipto. Consciente de la riqueza y el prestigio de Egipto, Ptolomeo había madurado la idea de un reino autóctono hereditario, para el que -como símbolo- quería usar el cuerpo de Alejandro. En un primer momento fue enterrado en Menfis, capital del Reino Antiguo, según la costumbre macedonia, en un tumba que debió parecerse a la que albergó a su padre y fue encontrada en 1977 en Vergina, la antigua Egas, por el arqueólogo griego Manolis Andronikos.

 
No sabemos cuánto tiempo estuvo en Menfis, pero sabemos que el sucesor de Ptolomeo lo trasladó a Alejandría, donde legitimaría la dinastía. Manfredi se pasea nostálgica y virtualmente por la ciudad, imaginándola como encarnación del espíritu mismo de su fundador: “hiperbólica, turbulenta, audaz, soñadora, pero también culta, ordenada, racional”. Después se consagra a rastrear las fuentes romanas que refieren el estado y la situación de la tumba y el edificio que la albergó. Su teoría es que, aunque las tumbas del fundador solían encontrarse en el ágora, porque era objeto de veneración por parte de los descendientes de los colonos, ésta debía estar cerca de palacio, porque para Ptolomeo la tumba de Alejandro era mucho más: la ciudad no era la fundación de un grupo de colonos en busca de fortuna, sino el centro de su reino. Necesitaba legitimidad dinástica, y la buscó recordando sus lazos con el soberano que había sido declarado por el oráculo de Amón como su hijo, por tanto, faraón. Siguiendo sutiles referencias documentales, Manfredi reconstruye la historia del mausoleo que albergó la tumba de Alejandro. Llega con facilidad hasta 215, cuando Caracalla le rinde homenaje. Después las referencias parecen desaparecer, y Mandredi se sorprende de que “un monumento grandioso e imponente, situado en una posición central donde pudiera ser visto por todos, fuera completamente olvidado en un tiempo tan breve”.


De hecho, la siguiente referencia con la que contamos es una homilía de San Juan Crisóstomo, a finales del s. IV: “¿Dónde está, dime, la tumba de Alejandro? ¡Muéstramela, y dime en qué día murió!”. Manfredi interpreta esa referencia como una alusión a que nadie recuerda ya dónde está, una demostración de lo efímero de la gloria humana y del triunfo del cristianismo sobre el mundo pagano. Entre ese momento y el anterior homenaje imperial, la ciudad ha sufrido los ataques de Zenobia y Diocleciano, un terremoto y la violenta persecución anticristiana de 297. Pero lo que realmente supuso un peligro para Alejandro fue la conversión del cristianismo en religión oficial: mientras en Nicea Constantino fija la ortodoxia con el Credo, se oficializan espacios de memoria que atraigan la piedad popular. Por eso se animó al patriarca de Jersualén, Macario, a buscar el sepulcro de Cristo, y erigir una serie de basílicas en los escenarios de las manifestaciones de su poder divino. La existencia de un plan concreto en ese sentido se demuestra por el posterior hallazgo por parte de la emperatriz madre, Helena, de la cruz de Jesús, y la rápida introducción de los Santos Lugares en la topografía oficial del imperio. ¿Pudo sobrevivir el sepulcro a los actos de vandalismo, las demoliciones de símbolos paganos y al clima de persecución del paganismo que refleja, por ejemplo, la ejecución de Hipatia? La invasión árabe (642) pudo ayudarle: Alejandro aparece citado en el Corán como un profeta más. De hecho, la “Descripción de África y de las cosas notables que hay allí, por Juan León el Africano” (1550) recuerda una capilla muy visitada por los viajeros que contiene su tumba. Hay alguna referencia más de viajeros del siglo XVIII, como Richard Pococke, quién afirma que los musulmanes piensan custodiar el cuerpo de Alejandro en una mezquita de Alejandría, y Edward D. Clarck, quien se lleva al British un sarcófago que atribuye a Alejandro, y cuya inscripción, traducida poco después de que la piedra Rosetta nos permitiera entender la escritura jeroglífica, permitió saber que era el sepulcro de Nectanebo II, el faraón que fue derrotado por los persas y desapareció misteriosamente.

En resumen, hemos perdido la pista. Así que Manfredi acaba recogiendo la hipótesis de A. M Chugg (The lost tomb of Alexander the Great, 2004): lo que queda del cuerpo se encuentra en la basílica de San Marcos en Venecia, dentro de la urna que desde hace más de mil años se considera que contiene las reliquias del evangelistas Las fuentes que utiliza sugieren que San Marcos fundó la Iglesia de Alejandría, que los peregrinos visitaban el martyrion del evangelista, y que el cuerpo descansaba en una iglesia hasta que, en el s. IX, dos mercaderes venecianos, Buono di Malamocco y Rustico di Torcello encontraron al clero de San marcos preocupado por las reliquias porque los musulmanes estaban despojando la iglesia de algunos mármoles preciosos para construir otro edificio con ellos. Ellos ofrecieron llevárselos a Venecia y burlaron la inspección portuaria cubriendo las reliquias con carne de cerdo, tal y como se representa en el intradós de un arco de la basílica en Venecia. El caso es que testimonios iconográficos y cartográficos muestran una iglesia de San Marcos cerca del mausoleo alejandrino, por lo que Chugg puede aventurar que lo habría reemplazado, algo probable porque la nueva imaginería cristiana se superpone sobre la pagana para suplantarla, como demuestran la Navidad, que ha sustituido la fiesta del Deus Sol invictus, o los santos emparejados que recuerdan a los dioscuros Cástor y Pólux, etc. En ese contexto, nada más fácil para la iglesia alejandrina que erradicar el culto pagano del fundador de la ciudad por el fundador que había dado vida a la primera comunidad cristiana. Otra cosa es demostrar por qué se habría hecho pasar el cuerpo de Alejandro por el de San Marcos. Chugg piensa que algún clérigo culto quiso salvar sus restos mortales de la furia iconoclasta desencadenada tras los decretos de Teodosio de 391, y se sirve de una gigantesca piedra reutilizada, por la falta de materiales, en la construcción del ábside de San Marcos que hoy está en el claustro de Santa Apolonia y muestra en relieve la estrella argéada de 8 puntas, y una larga lanza macedonia. Resumiendo: en Venecia hay un objeto perteneciente a una tumba real macedonia proveniente casi con toda seguridad de Alejandría, y de hecho perteneciente a la primera basílica de San Marcos, mandada construir contemporáneamente al traslado de las reliquias del evangelista a Venecia. ¿Podría ser un fragmento de lápida de la tumba de Alejandro? ¿Podrían ser los restos del santo, en realidad, la momia del conquistador? Manfredi recoge las críticas que se han hecho a esta teoría, pero se acaba sumando al clamor por someter al test del radiocarbono 14 los restos atribuidos a San Marcos.

Además de disculparse con los venecianos por si perdieran a su reliquia más famosa, ironiza sobre Liana Souvaltzi, quien dijo haber encontrado la tumba en elOasis de Siwa. Hospedado allí durante un viaje, discutió amigablemente con su convencida hostelera, quien -en el transcurso del debate- le remitió a “la novela de un escritor italiano sobre la vida de Alejandro que la había emocionado por descubrir una dimensión distinta” del conquistador. Fíjate lo que son las cosas: Manfredi llevaba consigo “una de mis novelas y le enseñé la solapa de la cubierta con mi foto” dejando a la anfitriona pasmada y convencida de que el mundo, desde luego, es un pañuelo, un pequeño mundo lleno de misterios. A los que yo sumaría ahora uno nuevo: ¿qué hacía Valerio Manfredi cenando acompañado, en mitad del desierto, a dos mil kilómetros de su casa, con un ejemplar de su propia novela en el bolsillo?

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