¡Echando de menos la edición radiofónica!

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sábado, 5 de febrero de 2011

CONSTRUIR LA REVOLUCIÓN: ARTE Y ARQUITECTURA EN RUSIA 1915-1935



Ha sido interesante hoy vagar en Caixaforum por la exposición que comparte título con este post. Aunque de difícil lectura para los que cojeamos en arte, me ha parecido un evento importante: es la primera vez que un discurso cultural dedicado a un público generalista nos recuerda los aciertos de la revolución soviética y cómo se estrellaron frente al giro reaccionario del totalitarismo stalinista. Como dice el programa de mano, en el período estudiado, “Rússia va viure un període d’intensa activitat en el camp de les arts plàstiques i l’arquitectura, amb el desenvolupament d’un llenguatge radical i innovador” en el que “seguint l’exemple de l’arquitectura moderna europea, la funció dictava la forma externa, que es manifestava a través de formes geomètriques pures sovint sostingudes per pilars sense ornamentació, amb finestres horitzontals continúes i cobertes planes”. Se pretende despertar interés por esos edificios, hoy en estado lamentable, y crear así una conciencia internacional que pueda recuperarlos y rehabilitarlos.

La exposición se organiza por tipos de edificios, y presenta un triple diálogo entre las fotografías antiguas de cada proyecto -pertenecientes al Museo Estatal de Arquitectura Sxússev -, las que ha realizó el fotógrafo Richard Pare entre 1992 y 2001, y las obras de arte creadas por las vanguardias rusas que hoy forman parte de la Colección Costakis del Museo de Arte Contemporáneo de Tesalónica.

El nuevo estado nacido de la revolución requería nuevos edificios: comunas y comedores comunitarios (que querían liberar a la mujer de la cocina en el hogar para incorporarla como fuerza de trabajo), equipamientos deportivos para el proletariado victorioso, fábricas y centrales eléctricas con los que superar los ambiciosos planes de industrialización. Los arquitectos que protagonizaron este estallido de creatividad experimental superaron el reto que suponía para la industria de la construcción, pero se estrellaron contra el programa estético del stalinismo.



En el apartado de las construcciones del poder, destaca el Edificio Izvestia (Moscú, 1927) de Grigori y Mikhail Barkhin, la redacción de uno de los periódicos oficiales del partido bolchevique, un proyecto inspirado en la propuesta de Walter Gropius y Hans Meyer al concurso del Chicago Tribune en 1922. También se nos enseña el Edificio del Gosprom en Khàrkov (Ucrania), que Eisenstein utiliza como ciudadela burocrática bolchevique en la película “Lo viejo y lo nuevo”, y la torre de radiodifusión Kàbolovka (Moscú, 1922) de Vladimir Xúkhov, la primera estructura industrial construida tras la revolución de 1917 para difundir el mensaje revolucionario del Komitern. También el mausoleo de Lenin (foto) perseguía esas funciones: incluía una tribuna de oradores adosada para proclamar que el leninismo era la base del socialismo ruso que sus sucesores debían perpetuar.

Entre los edificios industriales, destaca la fábrica de pan que Gueorgui Marsakov construyó en Moscú en 1931. Pero también están las presas gigantescas con las que el Primer Plan Quinquenal quería convertir la Unión Soviética en una potencia militar e industrial, o las centrales eléctricas que –según Lenin- eran, junto a los soviets, la esencia del comunismo.



Las viviendas constituyen el tercer tipo de construcciones estudiadas en la exposición. El éxodo rural y la industrialización forzada provocaron tal aumento del número de trabajadores en las ciudades que urgió levantar complejos residenciales a gran escala con equipamientos adyacentes, pero también guarderías, cantinas o bibliotecas. Me ha llamado especialmente la atención, sin embargo, la maqueta de la casa de Konstantin Melnikov en Moscú (1927-1931). Por su éxito en la Exposition Internacionales des Arts Décoratifs et Industriels Modernes celebrada en París en 1925, se concedió a este arquitecto un solar céntrico para que se construyera su propia casa. Pero como más tarde se mostró opuesto a la directiva stalinista de adoptar un lenguaje clásico en arquitectura, fue arrinconado del ejercicio profesional y acabó trabajando como diseñador de sistemas domésticos de calefacción.

Finalmente, en el apartado dedicado a la educación y el ocio, destacan los clubs de trabajadores con los que se quería transformar las actitudes del pueblo mediante actividades deportivas, educativas y culturales. Planificar el ocio era también promover una mano de obra sana y productiva, por lo que –durante los Planes Quinquenales- se premiaría con veraneos en sanatorios y centros termales el rendimiento excepcional de los trabajadores más entusiastas.

Todas esos paradigmas con los que el arte de la revolución había contestado a los de la burguesía (la mansión, la catedral…) pretendían levantar un mundo nuevo. Cuando le preguntan a Richard Pare, en el catálogo de la muestra, si la arquitectura podía contribuir en esa dirección, el fotógrafo responde que “una de las catástrofes de la historia de la arquitectura del siglo XX es que en Rusia no tuvieran la oportunidad de desarrollar plenamente sus ideas y ponerlas en práctica”. Me sorprendería que su búsqueda de esos edificios ignorados durante décadas, a los que los libros de arquitectura apenas dedican unas líneas, amenazados por la falta de inventario y la especulación inmobiliaria, lograra salvarlos. Y es que la demonización de la revolución imperante hoy, que no distingue entre el proyecto de Octubre y su secuestro por Stalin, nos impide distinguir entre los proyectos soñados y sus prosaicas materializaciones: en 1932 el régimen stalinista fusionó las asociaciones de arquitectos en un sindicato controlado por el partido e impuso las referencias clásicas.

No sólo en arquitectura, la primavera revolucionaria dejó paso a las siniestras purgas, y cabe exonerarla de las responsabilidades que no le corresponden porque –con la que está cayendo- nos urge dotarnos de referentes históricos que dignifiquen a quienes intentaron levantar un mundo mejor. Salvar a la revolución del dogma neoliberal que la estrangula me resulta hoy tan importante como salvar a esos edificios que constituirían –eso sí- rincones para su memoria. ¡Y también por eso la exposición de Caixaforum me ha parecido importante!

1 comentario:

Anónimo dijo...

http://obrasocial.lacaixa.es/apl/actividades/activitats.actividad_es.html?idActividad=42984

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