¡Echando de menos la edición radiofónica!

¡Echando de menos la edición radiofónica!
"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

miércoles, 23 de febrero de 2011

GABRIEL CARDONA EN ACCIÓN



Recientemente ha fallecido el historiador Gabriel Cardona, al que tuve de profesor durante la carrera. Sólo cursé una asignatura troncal con él, en segundo, una Historia contemporánea de España obligatoria; y sólo fue un trimestre, pero la verdad es que guardo cálidos recuerdos de aquellas tardes frías de otoño en el campus de Diagonal. Era un aula larga, de grandes ventanales, tras los que la silueta del profesor se recortaba sobre el cielo mortecino de la tarde –caía la noche durante esa hora y media- y apenas se iluminaba cuando, algo más al fondo, a su espalda también, el Camp Nou despedía una luz azul eléctrica cada vez que tocaba partido. Guardo los apuntes de aquellas clases como oro en paño porque fueron los más inclasificables de toda la carrera, y hoy me he decidido a escribir sobre ellos porque leerlos me hace reír y me permiten acordarme del ingenio docente de Gabriel Cardona.

Su marcha cuesta de superar: no sólo porque ha sido consecuencia de un desgraciado accidente y porque faltaban pocos días para que presentara “Las torres del honor”, sino porque perdemos a un observador lúcido y crítico del “problema militar” español, que hacía gala de una ingeniosa lucidez, comprometida y valiente. Estos días es imposible no leerle, porque todas las revistas incluyen alguna colaboración suya con motivo del trigésimo aniversario del 23F y de la publicación de sus recuerdos en el cuartel durante aquella misteriosa jornada. Al hacerlo, uno se da cuenta de las brillantes aportaciones que aún podría haber hecho, pero también de su compromiso con la transmisión –en un registro accesible- de los conceptos y procesos más complejos.

Tengo apuntado que ya el primer día de clase se lamentó de que “estamos pegados a Europa pero no siempre tenemos allí la voluntad, la razón o el corazón” y destacaba a las personas que –en los últimos doscientos años- han entregado su vida a hacer de este país un espacio “en el que tengamos derecho a discrepar, pensar y opinar sin que nos molesten demasiado”, añadiendo que se dejaron la piel por traer “algo maravilloso que había al otro lado de los Pirineos, a lo que llamaban libertad”.

Anoté que empezó el curso hablando de “La familia de Carlos IV”, de Goya, "un cuadro en el que el no parece tonto es que lo es”, y que los Borbones se dedicaban exclusivamente “a la misas, las cacerías y las queridas, pasatiempos con los discrepo o para los que no tengo edad”. Emprendíamos la invasión napoleónica escuchando que “los franceses han sido buenos vecinos, porque nos enseñaron a pecar. ¡Pecar nos humaniza! Qué sería de París sin la lujuria y la gula…”. Pocos días después nos presentaba la Constitución de Cádiz diciendo que “a mi el grito de Viva La Pepa me sigue emocionando”. Apunté que, para diferenciarlos, decía que “los liberales progresistas creían que los obreros tienen derecho a un bocadillo diario y poco más; y los moderados creen que sólo a un trozo, y si se lo ganan”; o que el liberalismo doctrinario consiste en “que deben mandar los más capacitados. Es decir, los ricos; porque si los pobres no se hacen ricos es porque son tontos, de acuerdo con la forma de pensar de los ricos”.

Un día citó a Marx y puntualizó que “no tiene nada que ver con los hermanos del camarote”, y otro afirmó que “Nueva York es el orgullo de la humanidad y la vergüenza del capitalismo. Lo primero porque gente de todas clases vive junta sin matarse; lo segundo porque vive mal”. Al hablar del Desastre de 1898, nos dijo que “si los españoles hubieran querido volar el Maine, se habrían equivocado de barco”. Y al denunciar a la burguesía esclavista dijo que “todos estaban convencidos de que los negros no tenían alma, hoy sabemos que los blancos tampoco”, y confesaba que “no quiero hacer una historia partidista, pero es que a mi las víctimas me caen bien”.

Me acuerdo de que cada vez que la explicación le obligaba a escribir el nombre de Franco en la pizarra, al cabo de unos minutos se detenía un segundo, miraba en silencio la palabra escrita y, de pronto, se precipitaba sobre el estrado diciendo “voy a borrarlo, no vaya a ser que resucite”. Otra perla: “España es el país más importante de la historia del anarquismo, aunque no de las ideas anarquistas. España, de hecho, no es importante en la historia de las ideas de nada. En todo caso, de las malas ideas”.

He de confesarte, maestro, que copio algunos de esos latiguillos en clase, y que –pese al salto generacional- siguen teniendo éxito. Lo hago porque quiero inspirarme en los mejores, por eso alguna vez les he contado a mis alumnos que tenía un profesor que acababa algunas clases preguntando “¿ha quedado lo suficientemente confuso como para que sea cierto?”. Y es verdad que la realidad siempre es compleja, y casi nunca como nos gustaría: “la gente, harta de tanta incertidumbre, no se apasiona con los cambios. Tú le dices a la gente, señora qué quiere, la revolución o un televisor en color. Y hartos de problemas porque la libertad no se come, se quedan con la tele”, se lamentaba un día.

Cuando empiezo un libro de Gabriel Cardona -tengo sobre la mesilla de noche su último trabajo sobre Alfonso XIII, esperándome- siempre pienso que, arrancándonos tres carcajadas con sus gracias, sólo pretendía despertarnos la curiosidad para que nos lanzáramos sobre la bibliografía. Despertarnos dudas era una estrategia consciente porque –como nos dijo el último día de clase de aquel curso- “pensar supone a menudo quedarnos desnudos ante la realidad. Uno se siente más arropado con la fe, pero aquello para lo que se necesita fe para creer suele ser mentira”.

Gracias, maestro, por recordarme el valor de vivir a la intemperie. Y que el pensamiento nunca debe tomar asiento. ¡Le recordaré siempre!


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