¡Echando de menos la edición radiofónica!

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"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

viernes, 7 de diciembre de 2007

LAS LÁGRIMAS DE GORBACHEV



Hay que agradecerle a Llibert Ferri que el 13 de noviembre pasado se citara con nosotros en la Biblioteca Pública Arús para recordar el 90 aniversario de la revolución bolchevique y el primero del asesinato de la periodista Anna Politkovskaia. Comenzaba lamentándose por el hecho de que la poesía visual de Eisenstein en Octubre acabara incorporándose a la historia oficial de la revolución iniciada en 1917 para dotarla de una mística de la que los progres, pese al eurocomunismo y Suresnes, no hemos sabido desprendernos...

Después nos sumergió en aquel mundo gris (y rojo, pero de sangre) nacido de ella, con su industrialización planificada y sus colectivizaciones forzosas. Y en las expectativas que despertó la muerte de Stalin, cuando el XX Congreso del PCUS demonizó al tirano, aunque sin cuestionar las imperfecciones del sistema. Nos contó que, pese a la moderación del cambio, Kruschev despertó las suspicacias del aparato al que intentó dotar de “rostro humano”. Por eso sufrió varios intentos de destitución y tuvo que desautorizar el aperturismo húngaro. Budapest también se encharcó de sangre y dejó paso a toda aquella retórica ideológica filo-científica que, por muy preocupada por la justicia que estuviera, obviaba la libertad con una sorna inhumana.

Cuando en Helsinki (1973-1975) se reconocieron las fronteras y el reparto de Europa que 1945 había consagrado por la fuerza, los soviéticos firmaron el Acta que les comprometía a impulsar los derechos civiles. La fuerza de la disidencia creció entonces ante el fracaso de la verborrea, el inmovilismo y la carrera espacial. En 1982 el GOSPLAN se vio obligado por primera vez a publicar datos de crecimiento negativo, y poco después se encargaba a Gorbachev que salvara el sistema.

Fue aquí, al recrear con viveza su tiempo de corresponsal, cuando el relato de Llibert Ferri se llenó de sutiles matices. Apeló a la teoría de las “dos almas del comunismo” para explicar la esencia del personaje al que pudo entrevistar en varias ocasiones: había un “alma totalitaria” en la pretensión de levantar -sobre las cenizas de un mundo podrido-, un nuevo mundo lleno de pretensiones y sueños justos; pero también un “alma liberal”, ajena al propio cuerpo y rechazada por él, a la que pertenecían humanistas como Mikhail Gorbachev.

Como Trosky había predicho en “la revolución traicionada”, la burocracia nacida de la revolución se había apropiado del poder y, al hundirse la URSS, se disponía a tomar al asalto la propiedad privada. Boris Eltsin, la mafia enriquecida por las privatizaciones, la clase política alimentada por el modelo ultraliberal occidental, y los economistas norteamericanos contratados para desmantelar la economía dirigida e implantar el libre-mercado ejercieron de padrinos de un capitalismo implacable. El precio humano de aquella tragedia es fácilmente comparable al sufrimiento revolucionario, incluso es posible que lo exceda: la inflación galopante, la caída de la producción, los ahorros desaparecidos, la pobreza inesperada, se llevaron más de 10 millones de personas, según informe de las Naciones Unidas que nuestro impecable ponente citó. ¡Nada que envidiar al experimento político anterior, con su violencia política inmanente y sus deportaciones a Siberia!



Es un placer escuchar al periodista independiente, al que no se casa con nadie y paga su precio a sabiendas. Por eso espero con ganas el ensayo que Llibert publicará sobre el tema, próximamente, en Eumo. Porque con esa capacidad tan propia del periodísta de encontrar en el marasmo de información el dato simbólico y gráfico, nos describía los ojos humedecidos de Gorbachev cuando, en una tercera entrevista que le concedía en el 2000, recordaba la ocasión en la que, acompañado de Raysa, se sometió espontánea y transparentemente a las preguntas de los periodistas. Resulta fácil imaginar que aquel político brillante y bienintencionado lloraba tanto por Rusia, triste y eternamente obligada a elegir entre zares rojos o zares de sangre azul, como por el recuerdo añorado de su compañera perdida.

Del árbol caído todos hacen leña, y hoy opacas fundaciones americanas, politicastros de salón y dinastías de magnates petroleros se consagran a denunciar los excesos de aquella experiencia poco edificante pero capaz de alzar un tambaleante rascacielos que publicitaba sueños en su azotea y escondía penurias en sus oscuros sótanos. Sin embargo, todos los excesos de aquel sistema no deben hacernos olvidar los del sistema que le venció: este otro consagra la libertad menospreciando la justicia, y elabora turbios discursos que legitiman el olvido de los que se quedan en el camino, víctimas de la pobreza, de las pateras, de los contratos basura, del intercambio desigual, de la deuda externa, del legado colonial, viendo cada día sus vidas subastadas en el “casino global”. ¡Gracias a Llibert Ferri esos 10 millones de rusos tuvieron el mismo recuerdo emocionado que los que se quedaron en el GULAG! ¡Lo merecen igual!

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