¡Echando de menos la edición radiofónica!

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"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

sábado, 7 de agosto de 2010

HISTORIADOR SIN ATRIBUTOS Y SEMBLANZA DE LA REINA CATÓLICA




¡Qué verbo más seductor y qué pose más dandi la de José Enrique Ruíz Doménec! Por tantos de sus alumnos me han llegado buenas referencias que acudí a una conferencia que la revista Sapiens convocaba sobre Isabel La Católica. Efectivamente, es un orador exquisito que mantuvo expectante al auditorio. Yo mismo, pese a haberle leído antes con tanto interés como decepción, salí con ganas de buscar sus libros. La lectura de “El yugo del poder” ha tenido que esperar la llegada del tiempo de playa y, finalmente, ha sido tan decepcionante como confusa, porque no ha respondido a las inquietudes que me despertó aquella sugerente conferencia: ¿Qué significa pertenecer a la generación del Gran Capitán y Leonardo? ¿Acaso tienen algo en común? ¿Cómo les influyó la caída de Constantinopla si, como se cuenta, el impacto de aquel “hecho decisivo e irreversible” angustió tanto a la Europa de su tiempo? ¿Qué quiere decir que –frente al naciente renacimiento florentino- Isabel era una persona “vivencialmente borgoñona” y “resistente al humanismo”? Y, sobre todo, ¿por qué –pese a referirse a los indicios de la catalanidad de Colón en la conferencia como “cosas raras que se dicen”- se despiertan sospechas sobre la “generosidad incomprensible” de la reina con el navegante? También el libro evita considerar la teoría de un Colón catalán y se hace preguntas como: “¿Qué sabía Isabel de Colón que nosotros ignoramos? ¿Acaso conocía el lugar y la fecha de nacimiento? ¿Por qué le apoyó con tanta decisión cuando la mayor parte de los cortesanos pensaban de él que era un vulgar impostor? ¿Llegó a tener acceso al secreto del viaje que, según los indicios reunidos por los modernos historiadores, constituye la clave de todo este misterioso asunto?”. Resumiendo, la tesis de la catalanidad del descubridor es una rareza jocosa, pero la del predescubrimiento merece consideración científica por parte de los “más modernos” (sic).

Se podría contestar a estas ausencias que el libro no es una biografía científica, sino una “semblanza”, cuyo propósito es acercarse “a las preocupaciones, a los sentimientos, a los deseos”. Lógicamente, un objetivo tan ambicioso presenta dificultades insalvables porque nada de eso deja muchas fuentes.



La necesidad de “deconstruir” –que dicen los (post)modernos- al personaje cubierto por la máscara, sin contar con “diarios ni relatos autobiográficos”, obliga al autor a refugiarse en la “forma narrativa”, definida como “el procedimiento adecuado para subsanar esos problemas”. Dicho de otro modo, lo que no voy a saber nunca lo puedo novelar, me lo puedo inventar. Así, con la “precisión” del psicoanalista, puede definir a Isabel como “una mujer que transformó un vigoroso egotismo adolescente en una forma de vitalidad viril en la edad adulta” (¿¡!?), imaginar el impacto que las noticias sobre espacios exóticos –Granada, África, el Atlántico- debieron tener en una niña criada en la meseta castellana, o concluir que Doña Isabel fue “una especie de Cenicienta, cuya infancia fue un oscuro purgatorio” pese a los tutores encargados de “impedir que los ojos azules, risueños, de la infanta se tiñeran de tristeza”. Precioso, si se tratara de una novela romántica. Pero inconsistente si un historiador pretende alumbrar a un profano sobre una época. Porque ni se explica por qué Isabel representa “el regreso de la virago” sugerida por Ludovico Ariosto y Edmund Spenser, por qué llora Jorge Manrique cuando escribe las coplas a la muerte de un padre que aún no ha fallecido, qué significa participar de la devotio moderna –ese “tipo particular de devoción, de inspiración borgoñona”- más allá de coleccionar primitivos flamencos en la Capilla Real de Granada.

Es precisamente en la ciudad andaluza donde el autor escribe sus mejores páginas: allí queda claro que su visión del personaje no es amable ni complaciente; porque además de reprochársele la expulsión de los judíos o “la pura palabrería ante la actuación de sus gobernadores en las Antillas”, se denuncia su “pasividad ante el incumplimiento de las capitulaciones de rendición del reino de Granada”. Para hacerlo, se sirve de uno de los pocos documentos de los que habla –que no cita- el libro: las anotaciones manuscritas de un joven mudéjar de Arévalo –Alí Sarmiento- recogiendo los recuerdos de Yûsuf Venegas, imán de la mezquita de Granada que vivió de cerca las presiones culturales de los ocupantes: “Y tengo para mi que nadie lloró con tanta desventura como los hijos de Granada. No dudes mi dicho por ser yo uno de ellos (…) que vi por mis ojos escarnecidas todas las nobles damas, así viudas como casadas, y vi vender en pública almoneda más de trescientas doncellas. Yo perdí tres hijos varones y dos hijas y mi mujer”. Hubo pues mucho más que violencia inmanente en el diseño de la Granada cristiana: nuevo arzobispo, nuevas fiestas, nuevas iglesias sustituyendo los espacios de culto, y apropiación, así, de los espacios de memoria de los musulmanes…

Esa atención al proceso de aculturación, que nos recuerda que el profesor Ruiz Doménec es un gran historiador de la cultura, descuida sin embargo analizar el conflicto político entre Enrique IV y los nobles que “afilaban las armas”: viéndose apartados del favor real por don Beltrán de la Cueva, formaron una facción belicista que –esperando feudos, esclavos, riquezas y nuevos vasallos de una guerra contra Granada- acusaba de sucia (y sexual) connivencia con los musulmanes al propio rey. El profesor Ruíz Doménech acierta al decir que Isabel fue cómplice en esa trama, y se muestra afinado y certero al advertirnos que, aunque los compromisos matrimoniales se traducían siempre en viajes de las princesas “prometidas”, el casamiento de Isabel y Fernando fue una operación política de tal magnitud que fue el príncipe el que –de incógnito, ilegalmente- se desplazó. Sin embargo, en la necesidad de situar a Isabel en el centro del relato se olvida que, más que una afilada conspiradora, como se intenta indicar con títulos tan novelísticos como “Castilla bien vale un marido”, la recia castellana se nos antoja en 1469 como un satélite de las ambiciones de los “Infantes de Aragón”, que no aparecen en el relato...

Ese es el problema del método narrativo. Analizar intrincados conflictos políticos o describir sutiles procesos de aculturación no puede hacerse sin argumentos muy complejos que requieren un aparato crítico. Un historiador puede ser “más moderno” por presumir de que sus libros evitan las notas al pie que nos permiten acudir a la fuente original, matizar su interpretación con contra-argumentaciones, admirar la recopilación de fuentes de distintos archivos, o remitirse a otras tantas fuentes secundarias. Pero como ciencia, la Historia dispone de un método, de un andamiaje crítico, de un proceso discursivo propio y –sobre todo- de mecanismos de corrección. Negarlos no es hacerle ningún bien, sino desproveerse del principal atributo del historiador en su titánica tarea de reconstruir lo intangible para comprender cómo se ha construido el presente o –más importante aún- donde falla.

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