¡Echando de menos la edición radiofónica!

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"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

jueves, 12 de agosto de 2010

LÁZARO ENTRE FIERAS: POLÉMICA EN TORNO A UNA OBRA CUMBRE (1)



Escuchaba hace unas semanas el programa de Nacho Ares en la SER y me sorprendió la acritud con la que la veterana paleógrafa Mercedes Agulló denunciaba, durante la entrevista, el tratamiento recibido por parte de la catedrática de Literatura Española de la UB Rosa Navarro en la revista Clarín. Militante y convencida, denunciaba lo que consideraba intromisión de los filólogos en la búsqueda del autor del Lazarillo, cuyo misterio prometía haber cerrado en un libro reciente, “A vueltas con el autor del Lazarillo”. Una primera búsqueda en la red me chocó todavía más: ¡el 5 de marzo de 2010 el diario El Mundo titulaba sin sonrojo “El Lazarillo deja de ser anónimo y su autor es Don Diego Hurtado de Mendoza”!

Hace años que invité a Rosa Navarro a pronunciar una conferencia (en la foto), y todavía guardamos en Fent Història el recuerdo cálido y apasionado de su docencia. Es cierto que su atribución del Lazarillo a la pluma de Alfonso de Valdés no contaba con ninguna prueba documental definitiva, pero también lo es que el análisis formal de la obra era más que verosímil. Quizá haya filólogos de mayúscula y academia que prefieran camuflar con silencios la pereza acrítica con la que aceptaron el anonimato, y que esa asepsia crónica les impida cuestionar los más que plausibles argumentos de la “teoría Navarro”.

- Para empezar, los acontecimientos y el contexto que se describen en el texto se sitúan entre 1509 y 1525. Al calor de las consecuencias, la interpretación o las afectaciones de aquellos hechos, la obra se debió escribir poco después. No tiene sentido que el texto naciera 25 años más tarde, coincidiendo con su primera publicación en 1554, cuando la fuerza de esos acontecimientos se había enfriado, o había dejado paso a los acaloramientos y polémicas de su presente.

- Rosa ha detectado en el texto huellas del “Reloj de príncipes” (Fray Antonio de Guevara) y “Retrato de la lozana andaluza”. Estas obras, que influenciaron claramente al autor del Lazarillo, fueron impresas en Valladolid en 1529, la primera, y en Venecia, sin circular por España, en 1530, la segunda. Si el autor leyó la primera, estaba en España en 1529, y poco tiempo después en Italia para poder agenciarse la segunda. Cabría aceptar pues que viajó junto al emperador Carlos, que abandonó la península en 1529 camino de su coronación en Bolonia al año siguiente.



- Otro argumento que permite identificar al autor como un cortesano carolino es que la obra comienza justo después de la batalla de Grelbes (1509) y la termina con la entrada victoriosa del emperador Carlos V en Toledo (1525). Se compara así una derrota de Fernando el Católico, con el momento de gloria –vencidos los comuneros y la resistencia toledana- de “nuestro victorioso emperador”.

- Creo que acierta Rosa Navarro también cuando dice que la historia de un pícaro hambriento al que vemos cambiar sucesivamente de amo, no tendría ningún sentido por sí sola. Y que tampoco lo tendría que en 1992 un albañil encontrara emparedada una edición de 1554 en Barcarrota (Badajoz): no es posible que la historia de un pícaro que pasa hambre fuera considerada tan peligrosa como para ser escondida de tal modo.

- El sentido más común nos permite interpretar la sucesión de amos que “sufre” Lázaro, como una crítica nada velada a los vicios de la iglesia, tan típica del erasmismo en el que militaba Valdés: Lázaro sirve a un ciego cruel que vive de las oraciones en las que no cree, a un avaricioso clérigo que ignora la caridad, a un fraile mercedario que probablemente abusa de él, a un bulero que finge un falso milagro, a un capellán que le explota como aguador y –finalmente- al arcipreste de San Salvador, que le ha escogido por tapadera de su mal vivir y lo ha casado con su manceba.

El notición en El Mundo decía culminar las décadas de búsqueda de Doña Mercedes desde que escribió su tesis, un trabajo de referencia sobre la imprenta y el comercio de libros en Madrid durante la edad moderna. Se explicaba que, entre los documentos de la testamentaría del cronista López de Velasco, quien -además de cosmógrafo, gramático, y, atención, encargado de expurgar el Lazarillo para una edición posterior, menos peligrosa, en 1573 (la de la foto)- fue albacea de Don Diego Hurtado de Mendoza y se había encargado de administrar su hacienda. Como testamentario y depositario de esos bienes, los incluye en una somera relación de la que forma parte, según el inventario, un manuscrito con las correcciones del Lazarillo listas para llevar a imprenta.



Aparentemente, el descubrimiento es importante, pero no justifica el entusiasmo, ni demuestra por sí sola la atribución, ya que se trata de una fuente bastante indirecta. Tampoco es cierto, como se está diciendo, “que el único testimonio manuscrito del Lazarillo se encontrara en un cajón de papeles valiosos de Don Diego quiere decir que ése es un papel de Don Diego, a quien tradicionalmente se le atribuyó la autoría”. A mi entender, si la línea anterior del inventario, que dice textualmente “Vnos cuadernos y borrador de La rebelión de los moriscos de Granada y otras cosas de don Diego de Mendoza”, se cierra con la autoría del citado legajo, difícilmente la siguiente anotación –Vn legajo de correçiones hechas para la impresión de Lazarillo y Propaladia- se referirá al mismo autor concretado antes.

¿Qué sería un manuscrito o unas galeradas rectificados por la propia mano de un autor ilustre para un bibliófilo? Pues si tenemos en cuenta que la propia Mercedes Agulló dice de Hurtado de Mendoza (pág. 48) que de tanto amar a los libros –“no sólo por su contenido”- fue un “bibliopirata” (text), seguramente aquel legajo de correcciones a cargo de un autor original podrían haber sido un tesoro, digno de formar parte de una colección magistral, como la que Mendoza tenía. Más que pedir la reedición de la obra “con una autoría difícil de negar”, o que el alcalde de Madrid dedique una placa al autor del Lazarillo en la casa donde murió Mendoza, se me antoja que toca recapacitar un poco más y someter la tesis al debate. ¡La precipitación resulta sospechosa!

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