Ferran Sánchez: Història. Divulgació. Docència.

Ferran Sánchez: Història. Divulgació. Docència.
"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

domingo, 6 de enero de 2013

HENRY KAMEN Y EL AÑO DE LAS LANZAS


Me he leído en diagonal el último libro de Henry Kamen, a pesar de que sus ensayos suelen parecerme livianos y demasiado comerciales. En esta ocasión nos presenta el típico rosario de misterios que, sobre la época de la que es especialista, podría ofrecer Iker Jiménez cualquier domingo de éstos: el sebastianismo portugués, el príncipe Don Carlos, el número de víctimas de la inquisición, los hechizos de Carlos II, o las riquezas presuntamente hundidas en la bahía de Vigo. Me ha llamado la atención el capítulo sobre Servet, que intentaré leer con más calma, y la presentación de una polémica cronológica sobre el cuadro de Velázquez que conocemos popularmente como “Las Lanzas”.

Henry Kamen nos recuerda en ese capítulo que no hay pruebas sólidas sobre la fecha en que Velázquez acabó el cuadro, un dato que podría alumbrarnos sobre sus intenciones y mensaje. Con eficacia y rigor nos deja claro que la obra no está basada en hechos reales: el motivo central de la pintura -Justino de Nassau rindiendo las llaves de Breda al general Ambrosio de Spínola- se inspira en una comedia de Calderón, El sitio de Breda, estrenada en la corte algunos meses después de los hechos (1625). Venimos repitiendo hace años como loros que Velázquez pintó “La rendición de Breda” en 1635 y cierto discurso nacionalista se empeña en definir el cuadro como un elogio de las virtudes militares españolas. Atribuirle esa interpretación implica olvidar que Spínola sólo contó con tropas belgas e italianas, y que la iniciativa del ataque surgió del personal político que rodeaba en Bruselas a la Archiduquesa Isabel, tía de Felipe IV. Esa visión de Las Lanzas como el rostro humano del imperialismo español demuestra el éxito del pintor, que participaba del proyecto de exaltar el impresionante número de éxitos que la monarquía “planetaria” logró aquel “annus mirabilis” de 1625, una pirueta propagandística que se proyectó para el Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro y fue minuciosamente descrita por Jonathan Brown y John Elliott en “Un palacio para un rey”.

Kamen continúa relativizando la victoria acudiendo a Jonathan Israel (The Dutch republic and the hispanic world 1606-1661, Oxford, 1986), quien escribió que en el asedio de Breda “apenas hubo combates, pocos bombardeos y pocas bajas”. Parece ser que la población de la ciudad no sufrió masacres ni epidemias, aunque el alojamiento de las tropas y su logística “sobre el terreno” impactaron notablemente en el territorio vecino, tal y como Kamen recuerda sirviéndose de una recopilación documental -Correspondance de la cour d'Espagne sur les affaires des Pays Bas au XVIIe siècle, Bruselas, 1927- efectuada por Henry Lonchay, Josep Cuvelier y Joseph Lefevre. En un informe que envía al rey, un funcionario belga se lamenta de la tragedia que significaba para los propios súbditos el alojamiento de las tropas, que “carecen de disciplina y perpetran el robo y la destrucción allí donde van. Ni siquiera se contienen y cometen sacrilegios. Las casas solariegas están a su merced. Ni siquiera el enemigo pudo hacer tanto daño al campo, al país. Brabante se encuentra totalmente en ruinas a causa del ejército que está inmerso en el asedio de Breda”.


Sin embargo, a Velázquez le encargaron una visión del triunfo, no del sufrimiento. Así que si buscamos visiones más realistas, debemos acudir a la serie de seis grabados en aguafuerte que Jacques Callot de Lorena realizó (1628) por encargo de Isabel Clara Eugenia después de visitar personalmente el asedio en 1625; o las tres topografías históricas del sitio que pintó Peeter Snayers para el Palacio del Buen Retiro, concebidas como paisajes con pequeñas figuras (sobre este párrafo). De lo que no hay duda es de que Velázquez tomó de la obra de Calderón la ficción que enfatizaba la generosidad del general victorioso, situando en la parte central del cuadro a Spínola aceptando las llaves de la ciudad, ante el bosque de picas, de manos del capitán derrotado. Kamen se pregunta con ingenio ¿por qué centrarse en la cuestión del saludo entre los dos mandos? Desde luego, si el objetivo era publicitar una imagen de generosidad imperial, se logró, puesto que el gesto -aunque no se produjo en la realidad- ha sido aceptado como una verdad cierta. Así lo demuestra -como dice Miguel Morán Turina en una biografía de Velázquez (2006)- que hoy analicemos la pintura como si su tema central fuese la magnanimidad mostrada para con los vencidos; y es que -ignorando la fórmula habitual para las escenas de rendición, en las cuales el vencido se arrodillaba sumisamente ante el vencedor- Don Diego representó al general tras desmontar de su cabalgadura para salir al encuentro de Justino de Nassau, y “poniendo su mano sobre el hombro del vencido, le ahorra la humillación de arrodillarse mientras los dos ejércitos contemplan este alarde de caballerosidad”. Es como si le ofreciera el consuelo de un soldado para con otro, el mismo momento en el que Calderón le hacía decir “Justino, yo las recibo y conozco qué valiente sois, que el valor del vencido hace famoso al que vence”. Kamen se burla con sorna de cómo esa visión ha llegado hasta nuestros días, sirviéndose de “El sol de Breda”, una de las novelas de la saga protagonizada por un veterano de los tercios, el Capitán Alatriste, que publicó en 1998 “un escritor de conocida ideología nacionalista”, novela a la que juzga -todo sea dicho de paso- como un “pastiche” apropiándose de una referencia del mismo Pérez Reverte.

Resumiendo, no hay pruebas que demuestren que el magnánimo gesto de Spínola, convertido por los nacionalistas de hoy en la cara amable y generosa del poder imperial español, se produjera. Es más: sabemos que su conducta en otros asedios no fue así: se hizo un nombre en 1604 con el brutal asedio de Ostende, en el que -según escribió el cardenal Guido de Benvivoglio en “Las guerras de Flandes (...)”, 1687- durante más de tres años de asedio “murieron, por espada o por enfermedad, más de cien mil hombres, por una y otra parte”. Parece, pues, que allí el general no se cortó un pelo: sin apenas edificios en pie, Ostende tuvo que ser abandonada tras la rendición. De hecho, el aragonés Jusepe Leonardo le pintó en “La rendición de Juliers” orgulloso y engolado ante un general postrado (bajo este párrafo). Las Lanzas recoge pues, como dice Jonathan Brown, una “escena de la rendición, curiosamente benévola e imaginaria”. Si el cuadro no es históricamente fiel, insiste Kamen, ¿por qué lo pintó así? Queda claro que no se busca la fidelidad a los acontecimientos, sino registrar una imagen aceptable por la corte. Y aquí es donde Kamen formula su propuesta cronológica.



a) En primer lugar intenta desmentir la propuesta de los historiadores del arte que lo fechan entre 1634 y 1635. Considera absurdo que diez años después de los acontecimientos se confeccione una mera declaración recordatoria de hechos distantes. En esos años no tendría sentido enfatizar la idea de reconciliación, puesto que la guerra se recrudecía: el rey tenía tropas a punto de combatir en Nördlingen y la escalada de tensión respecto a Francia iba a provocar la declaración de guerra francesa en 1635. Además, Spínola murió en 1630 con una cuestionable reputación en la corte: según dice Elliot en su estudio sobre el Conde Duque, Olivares había sentenciado que “la ruina de esta corona comenzó con la llegada aquí del marqués de Spínola”. Así que Kamen se pregunta cómo iba a ser Velázquez tan temerario como para pintar un cuadro favorable a un general cuya memoria en la corte era tan deplorable... Si Las Lanzas se pintaron en 1635, el cuadro daría un mensaje anacrónico, porque ofrecía paz mientras el cardenal Infante mataba a diestro y siniestro por Europa, loaría a un personaje de funesta memoria e ignoraría la declaración francesa de guerra. Situar la confección de “La rendición de Breda” en 1634-1635 contradice el contexto de esos años y convierte el cuadro en un absurdo. ¡En esos tiempos no tocaba magnanimidad!

b) Kamen se inclina por la tesis que J. F. Moffitt formuló en un artículo que tituló en 1982 “Diego Velázquez, Andrea Alciato ant the surrender of Breda” (Artibus et Historiae, vol. III, núm. 5). Allí se sugiere una fecha posterior para la pintura: en 1638 el mensaje de reconciliación que muestra sería más fácil de contextualizar. Según esta teoría, el artista se lamentaría del declive de la grandeza, porque se estaba en plena derrota. Breda habría sido recuperada por el enemigo recientemente, llevaba 12 meses en manos holandesas, y Don Diego podría tomar ese gesto de generosidad del que en realidad realizó en 1637 el mando militar holandés, Frederick Henry, al vencido gobernador de Breda, Gomar de Fourdin. Parece ser que tomó la ciudad en 1637 mediante una operación sorpresa que rodeó la ciudad con tal rapidez que las campanas de alarma encargadas de recoger al ganado que pastaba extramuros sonaron tarde y Breda se quedó sin provisiones. Frederick Henry contaba con 25.000 hombres, mientras Breda estaba defendida por unos 3000 belgas e italianos. Así que el gobernador, decidió rendirla: Gomar de Fourdin, cabalgó hasta donde se encontraba Frederick Henry, desmontó e intercambió cortesías con el victorioso general. Se permitió a la guarnición que partiera con sus armas, banderas y tambores, y a los soldados se les garantizó que abandonarían la plaza con total seguridad para sus vidas. La magnanimidad fue holandesa en 1637, no española en 1625. El gesto especial de Spínola fue el gesto del príncipe Frederick Henri de Orange.

El problema de esta interpretación es un informe que el secretario de la legación medicea en la corte madrileña escribe el 28 de abril de 1635. En él se describe el Palacio del Buen Retiro, que se estaba construyendo, diciendo que Olivares “ha fatto dipinger per tutta quella gallerie historie e favole curiose, el parte nel salon grande le armi con oro et insegna del regni della monarquia, et tra l'una finestra a l'altra 12 tavolaa assai grandi dai migliori Pittoriche che sono qui, con 12 impresse successe al tempo del re presente, cioé. Il socorro di Cadiz (…) la pressa di Breda et quella de Giuliers per il march. Spinola (…) la vittoria di Nordlingen, quando si diede quest'ordine, no era ancora successa, et non fu solo con l'armi di quà, ma ni Cesare ancora, tuttavia si dipingerà in un altro salone masso, per honor dell'infa. Cardle.”. No sabemos exactamente si el embajador está haciendo una descripción de la visita al Salón de Reinos, lo que querría decir que Las Lanzas están pintadas, o si está anunciando el proyecto que se está levantando en el Buen Retiro, lo que querría decir que sólo están proyectadas. Pero queda bastante claro que se está diferenciando el reciente éxito de Nordlinghen de las batallas de 1625 que el Salón quería celebrar, y que -como mínimo- se esperaba en 1635 una “rendición de Breda” para decorar las paredes del Salón de Reinos.


Se me antoja otro problema el hecho -explicitado por Joan Sureda en un espectacular libro dedicado a Velázquez- de que la obra del jesuita brabanzón Hermann Hugo, “Obsidio Bredana” (1629) ofrece una versión muy parecida de la apoteosis final que cuenta Calderón. Pudo haber sido fuente para Velázquez, a pesar de que la actitud de de los protagonistas del cuadro, un detalle que no forma parte del ambiente de generosidad descrito por Hugo, necesitaba de la comedia del joven Calderón representada en palacio en 1625. No contamos con el manuscrito de "El sitio de Breda", pero sí sabemos que tuvo primera versión publicada en 1636 dentro de la “primera parte de las comedias de don Pedro calderón de la Barca” . O Velázquez vio la obra en Madrid,o el propio Calderón, director de representaciones de la corte, le guió. En éste último caso, Kamen tendría razón: Calderón asumió ese cargo en 1635 y al año siguiente “La rendición de Breda” logró versión escrita, y ambos podrían convertirse en fuente inagotable de detalles para que terminara el cuadro hacia 1637. El debate, a la luz de las fuentes con las que contamos hoy, sigue abierto.

viernes, 30 de noviembre de 2012

LA JIRAFA MEDICEA Y LA TRASTIENDA DEL PODER (y 3)




La autora de “la jirafa de los Medicis” reconoce que la magnificencia no fue la única clave de la soberanía política de Lorenzo el Magnífico, pero apenas añade el coleccionismo artístico a los métodos informales de control del poder que sugiere al decir eso. Se refiere a que, además de que el mecenazgo servía para pagar servicios prestados, celebraba públicamente la capacidad del comitente de mantener artistas o recibir sofisticados regalos (como jirafas). Que el animal no dejó indiferentes a los florentinos lo demuestra que la copiaran Il Bacchiaca, o Andrea del Sarto, tal y como me ha chivado el mensaje de un lector ocasional. Sin embargo, esa visión del poder mediceo basada exclusivamente en la imagen es una idealización cultista que esconde que no basta con propaganda y apariencia para mantener el poder. En cierto modo es una visión muy nuestra: cuando nuestra sociedad mediática analiza el uso consciente de la imagen como método de influencia, intenta convencerse de que basta con ella para controlar el poder, olvidando los otros medios -a menudo poco confesables- con los que los poderosos se mantienen en el pódium.

En los veinte años durante los que Lorenzo controló Florencia no ocupó ningún cargo oficial, ni tan sólo fue miembro de la Signoria: él decía que sólo era “un ciudadano con cierta autoridad” porque ser señor no era una aspiración propia de la virtud republicana que identificaba a los humanistas. Así lo demostraba Leonardo Bruni al presumir de que, mientras los tiranos se imponían en otros lugares, la ciudad toscana encarnaba las virtudes de Bruto, quien sacrificó a César para preservar la pureza del legado republicano. Florencia, efectivamente, para evitar cualquier aspiración cesarista, renovaba los cargos cada dos meses y elegía a sus titulares mediante votación indirecta y sorteo de entre una lista de ciudadanos ricos. Ese contexto, en el que el control mediceo sobre Florencia puede parecer imposible, hace plausible el retrato de Lorenzo que Lauro Martines dibuja en “Sangre de abril”, cuando le describe “crónicamente preocupado por la dimensión pública de su figura”. Martines atribuye tal susceptibilidad a la ambigüedad de su posición en Florencia, “donde no era ni príncipe ni simple ciudadano, ni señor ni simple político en funciones, pero siempre estaba expuesto a los oscuros complots de los desterrados políticos [… y a ...] la subterránea corriente de resentimiento contra los Medicis. Día a día (...) debía mostrarse fuerte, superior a todos, controlando la situación. Y esto imponía el requisito de que recibiese (y se viese que recibía) generosas cantidades de respeto y honores”. O jirafas, añadiría yo.

Por mucho que su autoridad ejerciera una influencia persuasiva e incluso decisiva, Lorenzo, pues, no controlaba el poder formal. Eso le obligaba a actuar entre bambalinas, negociando y favoreciendo a unos al tiempo que aplastaba a otros. Bien fuera favoreciendo sorteos amañados que le aseguraran la asignación de los cargos de hermandades, gremios y cofradías a sus títeres e informantes, bien fuera simulando la sacralidad de un rey con la protección del convento dominico de San Marcos, donde pintaba Fra Angelico. O bien fuera, concluye Felipe Fernández Armesto, intimidando a diestro y siniestro. Quizá el punto más representativo de ese ejercicio sistemático de intimidación fue la reacción al asesinato de su hermano del que él mismo se libró por los pelos. Ángelo Poliziano, el poeta que escapó junto a Lorenzo de los puñales conjurados que les atacaron durante una misa en Santa Maria dei Fiori y se refugió junto a él en la sacristía aquella mañana de abril de 1478, nos dejó un De Coniuratione commentarium que relata con precisión aquellos sórdidos acontecimientos que conocemos como “la conspiración de los Pazzi”. Christopher Hibbert explica que, poco después de que se corriera la terrible noticia por la ciudad, “la multitud se reunió bajo las ventanas del Palacio Medici, pidiendo ver a Lorenzo, que apareció ante ellos con el cuello vendado y el chaleco bordado manchado de sangre, para asegurarles que sólo estaba levemente herido y rogarles que no ejercieran su venganza sobre los sospechosos. Insistió en que reservaran su energía para luchar contra los enemigos del estado que habían tramado la conspiración y que, sin duda atacarían a la ciudad que la había frustrado”. Sin embargo, concluye Hibbert, “aunque la gente vitoreó su discurso, no lo obedeció”, y quienes participaron en la conspiración padecieron la violencia más depravada. Cientos de personas recorrieron las calles buscándoles, y cebándose en ciudadanos impopulares a los que se suponía su complicidad en el complot. Aunque tradicionalmente los criminales eran ejecutados extramuros, en esta ocasión Lorenzo debió ordenar que se arrojara por las ventanas del palacio del consejo de gobierno a los conspiradores, atados por el cuello. La multitud presente en la plaza asistió a sus últimos estertores antes de descuartizar sus cuerpos. Sus convulsiones fueron el espectáculo que permitió a Lorenzo convertir la sed de venganza en una política.

Y es que la conspiración de abril, como escribió Guicciardini en sus Storie fiorentine, “exaltó hasta tal punto su grado y fortuna que (…) venturosa jornada fue aquélla para él”. Y no se refiere sólo a las posesiones que hubiera debido compartir, ni a que el atentado fallido justificó su derecho a ir acompañado de escolta armada, sino a que, concluía Guicciardini, “el grande y sospechoso poder que había ejercido hasta ese momento se volvió mucho mayor aún, pero ahora sin resquicios”. En su estudio de la violencia desencadenada tras la conjura de 1478, Lauro Martines se pregunta “por qué no había esa noche patrullas de centinelas que pusiesen coto a los desmanes provocados por las turbas” y responde que la única razón posible es que “el régimen Médicis aprobaba los desmanes”. Incluso afirma que la campaña estaba promovida por el entorno de Lorenzo para aniquilar a los Pazzi, incautar sus propiedades, y suprimir el recuerdo de su linaje. Recuerda que, aunque la fiebre desatada por la conspiración empujó a muchos a salir a las calles para manifestar su apoyo a Lorenzo descuartizando cuerpos, no sabemos si tal movilización fue representativa. Y sugiere que no debía serlo cuando recuerda que el consenso entorno a Lorenzo fue suficientemente frágil como para evaporarse rápido: su heredero político, su hijo Pedro, apenas retuvo el poder tres años después de la muerte del Magnífico, señal de que el resentimiento por la violencia en la que se asentaba el régimen se mantuvo contenido hasta que tuvo oportunidad de aflorar.

Lauro Martines rastrea indicios de la rabia contenida que provocaba el dominio mediceo, tan informal como férreo, y destaca algunos episodios. Una mañana de 1489, por ejemplo, el embajador del duque de Ferrara en Florencia presenció cómo se escoltaba a un joven sospechoso de asesinato al palacio de justicia. Una multitud amotinada envolvía la comitiva gritándole que huyera, y acabó abalanzándose sobre ella, forcejeando para liberarlo. Nos consta que los embajadores de Génova y Milán acudieron para pedir compasión, pero Lorenzo se encargó personalmente de que lo ahorcasen, y ordenó prender, castigar y exiliar a cuatro ciudadanos de los que habían participado en los desórdenes. Que los embajadores acudieran a Lorenzo con su petición de clemencia demuestra que daban por supuesto que su mediación directa permitiría conmutar la pena. Pero hay más: aunque “no ocupaba cargo alguno que le facultase para eso, (…) a ojos de sus contemporáneos bien informados tal facultad era suya, y de hecho la ejerció, aunque no tal como ellos esperaban. Bastó una palabra suya para que en vez de conducirlo a juicio, se ahorcase al joven en el centro de la ciudad para que se interpretara como una advertencia para los ciudadanos contestatarios”. Así, y no sólo con el prestigio demostrado ostentando regalos o protegiendo el taller de Verroccio, se ejercía el poder de los Médicis. Puede que fuera informal, pero está claro que era implacable e inclemente.

Concluyo. Cuando Alamanno Rinuccini, que abogó por los Pazzi en una “Defensa de la libertad” que quedó inédita, se veía obligado a reconocer las virtudes cortesanas de Lorenzo -“dotado por naturaleza, educación y práctica de tan inmensos recursos (…) aprendió a bailar, a disparar con el arco, a cabalgar, a participar en juegos, a tocar diversos instrumentos musicales”- nuestra lectura cultista, mediática y postmoderna queda fascinada por las posibilidades de seducción que ofrecía aquella imagen -verdadero epílogo del Cortesano de Castiglione- para el mantenimiento del poder. Pero eso no debe hacernos olvidar que Francesco Guicciardini afirmaba que “si Florencia tuviese que soportar a un tirano, nunca podría haber encontrado uno mejor o más encantador”. Que nunca, seducidos por su encanto, encubramos al tirano.



miércoles, 21 de noviembre de 2012

LA COMUNA DE PARIS



La abalancha de acontecimientos que relaciona dificulta la comprensión del proceso, convertido en una vorágine de fechas y datos. Pero es una de las pocas explicaciones de la Comuna que he encontrado. ¿Por qué costará tanto encontrar información en castellano o catalán? ¿Por qué los libros de texto sólo citan la Comuna de pasada?

sábado, 17 de noviembre de 2012

EL LECHO, EL PODER Y LA MUERTE: HISTORIAS DE REINAS


El matrimonio practicado en la época moderna se caracterizaba por una edad cada vez más tardía de la contrayente que servía para reducir su período de fecundidad, de tal modo que los intervalos intergenésicos superaban los dos años. La iglesia instituyó además en Trento la presencia personal de los contrayentes y el rechazo de la consanguinidad. Ninguna de esas cuatro características del modelo matrimonial, sin embargo, fueron respetados por los compromisos dinásticos de la realeza, que se basaban en el matrimonio precoz de la mujer, un exceso de consanguinidad que rayaba el incesto, las bodas por procuración y las maternidades sucesivas. ¿Por qué la práctica matrimonial principesca violaba sistemáticamente el modelo matrimonial seguido por el resto de la población? Para responder a esa pregunta, Bartolomé Bennasar ha “auscultado el destino de ciento veinte reinas, princesas y archiduquesas” en un libro que, bajo el epígrafe “Reinas y princesas del Renacimiento a la Ilustración”, busca superar el catálogo de desdichas individuales para sistematizar las circunstancias vitales nada envidiables de estas mujeres.

Para empezar, sus bodas eran el producto resultante de árduas negociaciones sobre las que los contrayentes nunca eran informados. Ni que decir tiene que la elección de esposa para un príncipe dependía de la razón de estado, y nunca del amor. Para ella podía ser especialmente frustrante porque, tras renunciar a su familia, costumbres, guardarropa y lengua para convertirse en garantía de una alianza entre su padre y su marido, estas adolescentes se encontraban de pronto en territorio enemigo, rehenes de un pacto que no comprendían, que las alejaba para siempre del escenario de su infancia. En ese sentido pocas ceremonias de entrega igualan la teatralidad de la de María Antonieta: fue un ritual iniciático para el que se diseñó un edificio para la ocasión sobre una isla del Rhin. Tal y como recreó magistralmente Sophia Coppola al comienzo de la película que dedicó al personaje, la princesa entró como archiduquesa de Austria para metamorfosearse en delfina flanqueando una línea invisible pero irrevocable que la despojaba de todo. Incluso su mascota resultó cuestionable para la expectante corte de Versalles...

El recibimiento en la corte no solía ser mucho mejor. Desamparadas, las jóvenes princesas eran escrutadas con alevosía por una altiva nobleza que se burlaba de su acento o de las confusiones con el protocolo de la novata recién llegada. Apenas púberes subían al lecho con una urgencia por concebir que pretendía garantizar el futuro de la dinastía. En una corte que las consideraba espías virtuales se debían sentir desamparadas, muy solas, acosadas -si el embarazo no venía- por la sospecha de infertilidad que las sometía a todo tipo de peregrinaciones, emplastes, astrólogos, cataplasmas y brebajes. Si el embarazo prosperaba, eran prematuramente apartadas de sus bebés para reintegrarlas cuanto antes a su principal objetivo, la concepción, convirtiendo sus vidas en una sucesión de embarazos que por consecutivos multiplicaban las posibilidades de riesgo y que pretendía proporcionar hijas para continuar con las alianzas internacionales y superar la alta mortalidad infantil ropia del sistema demográfico del Antiguo Régimen facilitando a la familia de acogida un heredero sano. En el caso de que no les tocara enterrar a varios de sus hijos, frecuentemente sufrían su separación, porque se quería alejar de la formación del heredero cualquiera de las influencias extranjeras que envolvían el ambiente de la reina.


Y es que, en tanto representantes de una dinastía extranjera, a menudo se consideraba a las reinas una especie de enemigas virtuales a las que había que espiar. ¿Por qué? En cierto modo, sus obligaciones para con su familia de origen no habían terminado con su sacrificio personal: se contaba con su fidelidad a los intereses familiares de origen, lo que debía sumirlas en un angustioso conflicto de lealtades. En la biografía que Henry Kamen dedicó a Felipe II encontré la transcripción de un documento que resultaría ilustrativo en ese sentido. El rey aleccionaba a sus embajadores en Viena para que trataran con su hermana María, la esposa del emperador Maximiliano: “en todos los negocios que ocurrieren, os habéis de valer siempre de su favor y medio, y tomar y su orden y consejo, antes de hablarlos al emperador, porque ella os dirá la manera y a los tiempos que los habéis de tratar para que se acierten y, en fin, habéis de tener la mira a proceder y gobernaros en todo por el camino que mi hermana os mandare que llevéis”. El documento insinúa un papel de influencia sobre las decisiones de su esposo, aunque su función no se circunscribía a esa asesoría informal sobre el emperador: también espiaba a Maximiliano. Por ejemplo, en 1567, María le dijo a un diplomático español “en secreto, que leyendo estos días unas cartas que estaban en la mesa del emperador” descubrió algunos asuntos que su hermano debía conocer; de modo que se los transmitió. En cierto modo los temores de las cortes de acogida, pues, eran fundados y las reinas ejercían como comisionados de los intereses de su familia original. Quizá por eso Felipe II explicaba en 1570 a un embajador extraordinario en Viena que “a mi hermana escribo dos cartas: una de los negocios que podrá mostrar al emperador –ésta le enviaréis en abriendo el pliego-, y otra de algunos particulares que han de ser para ella sola, sin que el emperador ni otro ninguno lo sepa; esta irá a parte, (...) Habéisla de tener muy secreta, y cuando vayáis a mi hermana diréis, sin que nadie lo entienda, cómo le tenéis otra carta particuar, que ella mire como y cuando se la habéis de dar”.

Todo parece indicar que, incluso superado el incesante ritmo de partos, las obligaciones de la reina seguían siendo una pesada e incómoda carga. Sólo si les llegaba la viudedad podían convertirse en regentes y superar el ejercicio del “poder informal” para convertirse en gestoras del patrimonio familiar. Algunas demostraron ser entonces habilísimas “Maquiavelos con faldas” que se movieron ingeniosamente en la primera línea de protagonismo político. Después de perseguir por toda Europa una infinita casuística de casos, entre los que se cuenta a Margarita de Valois atravesando con una cama a cuestas una Francia ensangrentada por las Guerras de Religión, el inaudito celibato de Isabel Tudor o el supuesto envenenamiento de la primera esposa de Carlos II, María Luisa de Orléans, Bennassar repara en el perfil político de Luisa de Saboya. La madre de Francisco I ejerce de regente tras la derrota de Pavía. Sensible al trato que sus nietos, rehenes del Emperador Carlos, podían recibir, negoció con la gobernadora de los Países Bajos Margarita de Borgoña, un acuerdo que conocemos como “Paz de las Damas” (1529). Más capaces de comprender la urgencia de una solución pacífica que el sobrino de Margarita, Carlos V, y el hijo de Luisa, Francisco I, ellas tomaron la iniciativa y negociaron directamente, apartando a su familia de los detalles, rodeadas de diplomáticos y juristas. La negociación, idealizada por el pincel historicista decimonónico de Francisco Jover, les permitió superar el estancamiento diplomático con sutiles transacciones, cuyos detalles no comunicaron, hasta alcanzar un acuerdo estable en Cambrai.

El caso no debería parecernos excepcional. En tanto lo que hoy llamamos “relaciones internacionales” eran entonces gestiones familiares y administración del patrimonio correspondiente a una familia, a menudo ellas estaban especialmente preparadas para las sutilezas necesarias que permitieran encontrar el equilibrio ¡No nos sorprendamos de la inteligencia del acuerdo tanto como de la poca atención que la Historia les prestó! 

sábado, 10 de noviembre de 2012

LA JIRAFA MEDICEA (2): EL CONTEXTO EN QUE SE PINTÓ



"Poder contra verdad" es la 4ª parte de una serie sobre los Médicis. Aparecen Vasari, la galería de los  Uffizzi y el Ponte Vecchio, y Miguel Ángel, el Gran Duque Cosme I y su transformación del Palazzo Vecchio en una apología dinástica. Luego se va hasta uno de los preceptores de los Médicis, Galileo.

jueves, 1 de noviembre de 2012

INDIANES: EL CONTE FELIÇ DE LA CIUTAT INDUSTRIOSA


 L'exposició sobre les indianes que el Museu d'Història de la Ciutat programa fins al desembre forma part d'un projecte de reconstrucció de la història dels barcelonins, “per poder-lo mostrar en el futur (…) en els espais d'exposició permanent”. Ho celebro! Recordo de petit que el museu ensenyava tota la història urbana pels diferents pisos de la Casa Padellàs, i, tot i que aquelles peces envitrinades avui ens semblarien pròpies d'una museologia paleolítica, crec que és necessari aconseguir un discurs museístic total i permanent de la història de la ciutat. Una altra justificació de l'exposició que es pot llegir en la web del museu és que “les indianes ens mostren el camí de la represa”. Es refereix a l'esforç desenvolupat després de la catàstrofe política que va significar 1714, i que -mitjançant el desenvolupament de la manufactura d'indianes- “va generar les condicions que feren possible l'inici del procés de modernització industrial posterior”. Es poden enllaçar doncs la represa del XVIII i la industrialització del XIX? L'epíleg que posa final a la mostra recorda que “haver estat un gran centre de la manufactura d'indianes no garantia (…) la continuïtat industrial”, i es pregunta què va fer possible superar l'esgotament de l'economia d'Antic Règim i encarar la modernització industrial. Per respondre-ho fa servir un col·laborador del diari El Vapor que el 1834 es preguntava “què ens quedava als catalans per suplir la pèrdua d'Amèrica”, i responia que els quedava “el nostre enginy, el nostre cor, la nostra llançadora”.

La cita sintonitza amb el discurs historiogràfic dominant, i m'ha recordat que expliquem la història industrial de la ciutat amb un delit una mica sinistre. L'emoció sentimental amb què mirem aquest procés com un resum de seny científic, rauxa esforçada i tecnologia punta resta tan farcida de sentimentalisme que sembla nascuda en l'època romàntica, en què aquell col·laborador d'El Vapor escrivia. Aquest idealisme en els plantejaments no desmereix, però, el discurs desenvolupat amb les peces i els textos que conformen la mostra, que comença buscant les raons que van convertir Barcelona en una de les principals ciutats manufactureres d'Europa al segle XVIII: ja havia estat un important centre artesanal i mercantil mediterrani, s'havia integrat millor en el gran comerç internacional després de 1778, i -sobre tot- havia desenvolupat una nova activitat econòmica. Es tracta de la manufactura d'indianes, unes teles de cotó estampades que arribaven d'Àsia i que la iniciativa empresarial de comerciants i botiguers va començar a fabricar aquí. Les indianes van revolucionar les pautes de consum: principalment la indumentària, perquè la seva estètica, comoditat i preu assequible (en comparació als tradicionals teixits de luxe) les van fer “irresistibles als ulls d'un públic femení cansat de la monotonia i la foscor dels teixits tradicionals”. Aquestes peces de roba van també redecorar la vida quotidiana perquè es van fer servir per al parament de la llar (roba de llit, cortines, tapisseria dels mobles) i l'embelliment dels espais públics (ornamentació de façanes, folrat de parets de teatres i palaus), associant utilitat i bellesa en els objectes quotidians i en els centres de vida social. Per si fos poc, també van canviar les formes de producció al concentrar-la en un únic espai, on es practicava la divisió del treball concentrant treballadors especialitzats de 19 activitats diferents. Per això els plafons de l'exposició parlaven de “protofàbriques”, en tant aquests establiments estaven més propers a les fàbriques modernes que als vells sistemes artesanals.

La importància del fenomen, doncs, sembla inqüestionable. Altra cosa és que sigui el veritable i principal origen de la industrialització. Dir que aquests fabricants d'indianes procedents del comerç, la menestralia i la mateixa manufactura van constituir el nucli inicial de la burgesia industrial barcelonina no és dir mentides, però sí es oblidar l'altra cara de l'aventura industrial. No em refereixo solament a que convertint-los en els premonitoris “capitans d'empresa” es menysté “els altres grans protagonistes de l'arrencada industrial”, els treballadors procedents dels gremis tèxtils i del desarrelament del seu món rural que -sota el protagonisme que oferim als geniüts cervells del procés de modernització- es converteixen solament en aquests “altres” actors secundaris. Em refereixo més aviat a l'oblit d'altres finançaments menys heroics que l'esforç i l'enginy dels fabricants d'indianes.

El lament d'aquell col·laborador d'El Vapor per l'Amèrica perduda ens recorda que l'explotació de les colònies, a la que eufemísticament els plafons expositius es refereixen com “integració en el comerç internacional”, era un negoci molt rendible gràcies al mercantilisme i el “pacte colonial” que obligava els territoris americans a comerciar exclusivament amb la metròpoli. Cal passar-hi de puntentes sobre l'ombra protectora de la monarquia espanyola per poder santificar la suposada i intrèpida iniciativa dels capitans d'empresa que van iniciar la industrialització. Però la veritat és que aquests negocis estan ben lluny de representar cap antecedent il·lustre, com tampoc no ho haurien de ser els “americanos”, per molta emoció que Amadeu Vives li posés a L'emigrant (1893). Els homes que varen tornar carregats de fortunes, casats amb una mulata i cansats de tanta aventura, ens poden enlluernar fàcilment amb els palauets que guarneixen de palmeres al jardí. Però els capitals que van repatriar després de l'alliberament de les colònies estaven xops de sang: en Josep Xifré i Cases va poder encarregar l'edifici que coneixem com “els porxos”, que s'insinua en aquesta imatge de reüll davant de la Llotja, i guarnir-los amb les mènsules que li va dissenyar Damià Campeny, gràcies a l'exportació de sucre produït amb mà d'obra esclava.

Esclavistes, espies i esbirros

El guió de l'exposició “indianes” evoluciona cronològicament fins a la inauguració de “La España Industrial” el 1847, però la relació entre la protoindustrialització i el vapor queda una mica difosa, principalment perquè evita els orígens menys presentables de l'arrencada industrial, com l'espionatge. Segons li vaig llegir a Francesc Cabana, la Junta de Comercio va encarregar-li a Carles Ardit, un professor de la seva escola de disseny, que els informés de les novetats tecnològiques que amb tant secret es guardaven a Europa. Ell mateix va escriure que “era preciso buscar en los talleres extranjeros los métodos de su fabricación; era necesario copiar sus máquinas, ver sus materiales, conocer sus composiciones; en una palabra era indispensable seguir todos los pormenores de esta fabricación (…) hasta que Cataluña no tenga que mendigar nada del extranjero”. En el seu “Tratado teórico y práctico de la fabricación de pintados o indianas” (1819) va explicar com, durant les seves estances a Europa, tenir tantes ganes d'aprendre va despertar sospites: “Mis continuas observaciones y preguntas llamaron la atención de la policía de aquella ciudad, se me interrumpió la correspondencia y me vi en el más inminente peligro de perder la mayor parte de mis trabajos. Felizmente, pude salvar mis papeles, y atravesando riesgos y superando peligros pude regresar a esa capital y ofrecer a la Real Junta de Comercio el resultado de mi comisión”.

És veritat que Catalunya no deu la industrialització, solament, a les contribucions d'espies i esclavistes. Entre l'època daurada dels estampadors d'indianes i la industrialització del vapor hi ha la greu crisi que va provocar la pèrdua dels mercats reservats. La represa de la manufactura catalana no devia ser massa fàcil davant la invasió de productes francesos que van fer possible les ocupacions de 1808 i 1823. Així que, davant les dificultats, la burgesia va buscar la protecció del neo-absolutisme de Ferran VII, donant-li suport contra els ultres a canvi de lleis que van emparar la seva activitat econòmica. Si l'any de la reial visita (1827) Bonaventura Carles Aribau escrivia que “las fuentes de la riqueza de Barcelona se están secando”, un seguit de mesures impulsades pel tirà a partir d'aquella estada a la ciutat van facilitar-ne l'impuls: aranzels per a centenars de productes, Llei de carabiners (1829) per lluitar contra el contraban, Codi de Comerç (1830), Llei de Borsa (1831) i nou Ministerio de Fomento (1832)... Aquesta política va arribar a la seva màxima expressió amb la prohibició nacional sobre la importació de productes acabats, que va proporcionar als fabricants catalans un mercat segur. “España es una América con menor riesgo”, deien. Les proves d'aquesta sinistra amistat entre els emprenedors i el tirà romanen discretes: es possible que el carrer Ferran sigui l'únic carrer d'Espanya dedicat al Borbó més repugnant de la història, però pocs barcelonins deben saber-ho. La presència del rei a la ciutat entre el 4 de desembre de 1827 i el 19 d'abril de 1828 va ser recordada també per un quadre d'Emili Casals (1863): representava la visita que el rei i la reina Maria Amàlia va fer a la Llotja de Mar per celebrar la tasca de les escoles de la Junta de Comercio. Encara fa pocs anys la Cambra de Comerç el va fer servir per a felicitar les festes a les seves afortunades amistats. L'exposició sobre les indianes inclou un mocador de fabricació Bonaplata que conmemorava la visita: encara que els espies i els esclavistes que van iniciar la revolució industrial no hi són, el museu parlarà de passada dels esbirros que protegien la industrialització mentre s'imposaven amb sanguinolent acarnissament sobre les noves idees.


lunes, 29 de octubre de 2012

UNA NOVELA EN LA INGLATERRA TUDOR


Las dotes como novelista de C. J. Sanjom ya se manifestaron en “El gallo negro”. Situada en 1537, justo cuando la nueva Iglesia de Inglaterra había puesto en marcha la disolución de los monasterios, contaba las aventuras del abogado Matthew Shardlake, un jorobado de contrastada solvencia profesional y fe reformada, en misión especial para el primer ministro de Enrique VIII, Thomas Cromwell. El rey había repudiado a Roma y se había declarado cabeza de la iglesia: acogiendo las medidas reformistas, había acabado las misas en latín y había impreso la Biblia en inglés por vez primera.

Al instar el Papa a las potencias católicas para unirse y reconquistar la isla herética, Cromwell quiso afianzar las reformas y la posición internacional del reino casando al rey –viudo de su tercera esposa, Juana Seymour- con una princesa protestante. Sin embargo, la alemana Ana de Clèves desagradó profundamente al monarca, que –en cambio- se había encaprichado de Catalina Howard, la sobrina adolescente del Duque de Norfolk. Este aristócrata, el enemigo más peligroso de Thomas Cromwell, encabezaba a los católicos de la corte, contrarios a la Reforma. Si antes el canciller había ayudado al monarca a desembarazarse de Catalina de Aragón y de Ana Bolena, ahora se esforzaba en mantener el matrimonio Cleves para evitar que los nuevos círculos íntimos del monarca le persuadieran de que debía hacer volver al reino a la obediencia a Roma.

Esta nueva entrega de las aventuras del letrado Shaldlake se sitúa en ese contexto, tres años más tarde que la anterior aventura. Transcurre el verano de 1540, cuando la posición de Thomas Cromwell como hombre de confianza de Enrique VIII se ve triplemente amenazada por la nueva crisis matrimonial del rey, los rumores de invasión que llegan del continente, y las conspiraciones de las facciones papistas agazapadas tras la mujer que Enrique pretende ahora. Por eso encarga al veterano abogado la búsqueda de la fórmula del Fuego Griego, un compuesto de petróleo y ciertas resinas de la madera que los bizantinos habían usado, cual primitivo lanzallamas, para hacer arder sobre el mar las armadas enemigas. La intriga inventada se mezcla con equilibrio en esta historia, en la que -por la gracia real- hay quien está dispuesto a matar.

Según la novela, el secreto de tan definitivo armamento había aparecido en el sótano de uno de los monasterios disueltos tras la ruptura con Roma. Las tierras de las antiguas órdenes habían sido subastadas a cortesanos, aristócratas y burgueses. Sin embargo, antes de que sus nuevos propietarios las ocuparan, los oficiales del rey se encargaban de registrar –y expoliar- cuanto se encontraba en ellos. El ministro había prometido al rey una espectacular exhibición del arma secreta, pero el manuscrito que permitiría su elaboración había desaparecido tras el asesinato de los dos alquimistas encargados del proyecto: ahora, Cromwell necesita que Shaldrake le consiga tan preciada información para recuperar el favor del rey.

El texto está escrito en primera persona, con lo que podemos seguir las elucubraciones del abogado cada vez que una nueva prueba, o un nuevo crimen, condiciona su investigación. Resulta especialmente meritoria la recreación del contexto histórico en el que se desarrolla la aventura, ya que se mezclan los enfrentamientos entre facciones cortesanas con el fenómeno de las discordias religiosas que dividían entonces Europa.

El autor se luce también en la representación de la vida cotidiana: su fresco retrato del interior de las viviendas o las populosas calles de Londres, donde el lector puede asistir a una ejecución pública o sentir el hedor del Támesis en agosto. En definitiva, "Fuego oscuro" constituye un viaje tan didáctico como emocionante.

domingo, 14 de octubre de 2012

VALORES ENCICLOPÉDICOS: CRÍTICA, RAZÓN, TÉCNICA, LAICISMO



La Enciclopedia de Diderot y D’Alembert no fue la mayor, ni la primera, pero se convirtió en el acontecimiento más significativo de la ilustración porque superó la persecución a la que la sometieron la iglesia y la monarquía. Para Philipp Blom constituye la esencia del pensamiento ilustrado porque su planificación materializaba la apuesta por un criterio racional como mecanismo ordenador: la elección del orden alfabético democratizaba las formas de conocimiento, pero debió suponer unas abrumadoras tareas de coordinación, puesto que debían decidirse previamente qué entradas se incluirían desde la primera a la última. La complicación es obvia, porque -en tanto se quería ser exhaustivo con los procesos manufactureros, “desde el hilado de la seda a la construcción naval, desde la construcción de puentes a la fabricación de alfileres”- previamente se debía buscar el nombre de todas las herramientas de los trabajadores, visitar docenas de talleres, observar cómo trabajaban sus artesanos, tomar notas, hacerles preguntas, dibujar las fases de su trabajo... La guinda de la complicación a tan difícil planificación de la secuencia era buscar a los colaboradores, entrevistarse con ellos y hacer verdaderos malabarismos con sus competencias y vanidades.
Vista así, la Enciclopedia era una sofisticada celebración de la razón como mecanismo ordenador, pero también una apuesta pragmática por el conocimiento técnico. Se quería que figuraran todas las herramientas del trabajador, pero pocos reyes y santos. Tal alabanza a la economía productiva y a las ocupaciones profesiones de la burguesía queda especialmente patente en los volúmenes dedicados a las ilustraciones, cuyo primer volumen apareció en 1762. Dice Blom que en aquellas láminas se describe un mundo de particular belleza, que será barrido por la modernización: la elegante idealización de los talleres bien aireados y muy luminosos, con los trabajadores de aspecto saludable dedicados alegremente a sus tareas, daba una imagen de ellos que distaba de los sucios y exiguos espacios, y las peligrosas condiciones en que trabajaban en la vida real. Las salas de las prensas tenían fama de ruidosas, malolientes y sucias. La tinta negra y sus constituyentes, hollín y aceite de linaza, se pegaban a las manos, los cabellos y las ropas; el penetrante olor del aceite y el de la orina empleada para lavar cada noche las almohadillas ennegrecedoras, se mezclaban con el del sudor de los trabajadores que manejaban las pesadas prensas, cuyo ruido ensordecedor, áspero e hiriente, era causa de constantes quejas a las autoridades y cuyo enorme peso daba a veces lugar a accidentes que provocaban terribles heridas a los trabajadores que las accionaban. Y sin embargo, las láminas correspondientes a las tareas de encuadernación descuidan esa realidad y -contra el desprecio por los oficios mostrado por la nobleza- restituía a sus practicantes como personas ingeniosas y diligentes, consagradas a la ciencia aplicada. Una imprenta caótica y sucia no hubiera servido para dar esta imagen. La actividad física especializada debía ser bella, organizada, limpia y tan admirable como pudiera serlo cualquier otra actividad humana.

Podríamos intuir que había cierta velada crítica a la nobleza ociosa, improductiva, parasitaria, en esa celebración de la burguesía productiva. Pero lo cierto es que no podemos encontrar apología revolucionaria en los artículos de la Enciclopedia. Hay, eso sí, pasajes abiertos a interpretaciones. En el primer volumen, por ejemplo, la voz “abeja”, que corre a cargo del anatomista Pierre Tarin, escribe que “los zánganos son más pequeños que la reina, pero de mayor tamaño que las abejas obreras; tienen una cabeza redondeada y se alimentan sólo de miel, en tanto que las obreras comen cera sin elaborar. A la salida del sol, estas últimas salen para su jornada de trabajo, mientras que los zánganos lo hacen mucho después y se limitan sólo a retozar alrededor de la colmena, sin trabajar. Vuelven a entrar en la colmena antes de que refresque y oscurezca; carecen de aguijones y garras, y tampoco tienen dientes salientes como las obreras... La única utilidad de los zánganos es fecundar a la reina. Y, una vez lo han hecho, las obreras los persiguen y los matan”. No contamos con la certeza de que ese texto pretenda hacer una crítica entre líneas de la sociedad privilegiada, pero todo parece indicar que va más allá de la mera descripción de la naturaleza.

Hubiera una crítica explícita o no del Antiguo Régimen, lo cierto es que la aparición del prospecto provocó en la Francia culta un decidido revuelo de excitación. El cuadro del saber humano que contenía, en el que los campos del saber se representaban como ramas del árbol del conocimiento, fue duramente criticado ya por un tal Padre Bethier en el periódico jesuita Journal de Trévoux. La genealogía arrancaba del entendimiento y se ramificaba en seguida en tres grandes troncos -memoria, razón e imaginación- que seguidamente se ramificaban también en incontables subdivisiones. La razón se subdividía en metafísica y teología, psicología, ciencias del hombre, ciencias de la naturaleza, que a su vez abarcaban las matemáticas y física, y acababan desembocando en otras subdivisiones en la higiene, cosmética, hidráulica; mientras las del hombre se iban subdividiendo hasta alcanzar la retórica, y desde ésta, la heráldica y la pantomima. Era lógico que la iglesia se sintiera incómoda: la teología quedaba relegada a una rama marchita e improductiva, como la adivinación y la magia negra, y no más destacada visualmente que algunas manufacturas. Para los enciclopedistas apenas era una rama de la filosofía, sometida a la razón, no a la fe. Por si fuera poco, ese mapa visual de la “cadena del saber” venía acompañado del “discurso preliminar” en el que D'Alembert afirmaba que todo saber nos había llegado a través de los sentidos, nunca por un alma infundada por Dios. En el primer volumen las referencias veladas a la iglesia serían mucho más provocativas: la voz “Apis” asegura con sorna que “… las mujeres se presentan desnudas ante él… circunstancia que los sacerdotes estaban en mejor posición de apreciar que el propio Dios”.

A finales de 1751, tras la aparición del primer volumen, los libreros asociados contaban ya con el dinero de 2619 suscriptores. Superó la censura porque el censor Malesherbes, miembro de la academia de ciencias parisina, simpatizaba con los ilustrados y -convencido por un informe de que la Enciclopedia contenía “tantos saberes útiles”- les dio libertad. Quien acabaría defendiendo al rey ante el tribunal revolucionario y él mismo guillotinado junto a su hija y su nieta (1794) acababa de obtener su cargo ese mismo año. Su papel fue decisivo en la publicación del volumen, en el que el talento de Diderot parecía omnipresente: de los 4.000 artículos que contiene, 1984 son suyos. Hay también 200 de D'Alembert, y el resto de una docena de autores.

El plantel de colaboradores se fue ampliando: pronto se sumará el chevalier Louis de Jaucourt, que escribirá casi 40.000 artículos (la mitad de las entradas de los 10 últimos volúmenes). Con el tiempo, el trabajo editorial de coordinación se convirtió en rutina y los contenidos mejoraron. Blom cree que el segundo volumen, que se publicó en enero de 1752 y contenía las entradas que van de las “B” hasta “Cezimbra”, era mucho mejor que el primero. Su publicación coincidió con la condena, por parte de la facultad de teología de la universidad de París, de un breve ensayo del abate Martín de Prados sobre el Jerusalén celestial. El autor, que había redactado la voz “certeza” en el segundo volumen, tuvo que huir. Sombras suspicaces se proyectaron sobre el proyecto enciclopedista: los jesuitas trataron de derogar el privilegio real que protegía la publicación sugiriéndole al rey los peligros que suponía la Enciclopedia para su reino. Aunque Malesherbes contraargumentó que no se debía arruinar una empresa que desarrollaba la economía y prestigiaba Francia, finalmente el proyecto fue declarado ilegal. En ese contexto, la protección que -sobre el proyecto enciclopedista- ejerció la sombra de Madamme de Pompadour, resultó providencial.

Quizá influida del espíritu burgués, filojansenista y antijesuita, había sido pintada por Maurice Quentin de la Tour sentada a la mesa llena de libros, leyendo una partitura junto a un globo terráqueo, atributos del saber y objetos todos ellos que habitualmente encontramos en el retrato de un erudito, no en el de una dama. A su espalda hay unos libros alineados en la pared, entre los que puede identificarse el lomo del volumen IV de la Enciclopedia. Parece ser que ella solicitó al círculo de Diderot que continuara la publicación, pero que evitara los temas religiosos: los 2 volúmenes ilegales ya estaban vendidos y los siguientes iban a publicarse tras escrutinio censor. Pero, ¿sería suficiente la protección de la amante del rey para la continuación de la Enciclopedia? En próximas entradas continuaré con el resumen del apasionante ensayo de Philipp Blom...

viernes, 12 de octubre de 2012

LOS PERDEDORES DE LA HISTORIA DE ESPAÑA

Siempre es un placer leer a Fernando García de Cortázar, cuyas obras contienen siempre un léxico mágico, un lenguaje didáctico y una narración amena. En este libro se consagra a rescatar a los perdedores de la historia de España comenzando por Sertorio, aquel general romano que se resistía a la república aristocrática encabezando en Hispania “tribus sin romanizar y romanos perseguidos”, y Prisciliano, acusado de astrólogo y ocultista, primera sangre derramada por herejía.

Advierte el autor en sus primeras páginas que no quiere escribir una “letanía sobre una España que pudo haber sido y no fue”, y que “hay perdedores que no merecen el reconocimiento sentimental” porque “no fueron impulsados por enaltecedoras pasiones”. Sin embargo, en algunos párrafos sus sentimientos le traicionan: el buen historiador no se deja influir por la intención de sus fuentes, pero es difícil no empatizar con los rastros y los rostros de las víctimas. Y es lícito usar sus canciones y sus suspiros para recordarnos que no debemos repetir las tragedias que protagonizaron. Por eso sorprendemos al autor retratando a cuantos intérpretes e intermediarios han vivido en el filo de dos mundos, como aquel puente tendido hacia el Islam que fueron los mozárabes, cristianos arabizados “atrapados entre el empuje de los cristianos del norte, que los desprecian”, y la cabalgata de los almorávides “que llegan desde el sur, que los degüellan y esclavizan”. Subyace también una reivindicación de la pluriculturalidad en las emotivas páginas que dedica a los judíos expulsados en 1492, o a los moriscos de 1609. Hay especial atención, dada la condición del autor, por los intelectuales perseguidos; por todos aquéllos que, como los jesuitas expulsados por Carlos III en 1767, formaron largas colas de refugiados que huían; o por todos los que se quedaron, y se vieron consumidos y silenciados en su “exilio interior”. Hay en nuestro pasado demasiados obligados a desarraigarse, demasiados empujados a marchar por pensar distinto o por no rezar lo suficiente. Ha habido demasiados amenazados por el “grito en el cielo” de demasiado inquisidor desde demasiado púlpito. Por eso Fernando García de Cortázar consigue angustiar con facilidad al lector, al describir el opresivo ambiente en el que viven los ilustrados españoles, siempre temiendo una denuncia secreta ante el Santo Oficio; siempre escondiendo sus mejores páginas en sus mejor cerrados cajones; siempre guardando sus libros prohibidos demasiado cerca del cálido hogar en el que –si llaman a la puerta de madrugada- arderán, disimulando, aquellos sueños de papel.

Inspirado por una bibliografía exquisita, el maestro es riguroso en su relato: no usa la palabra “nación”, por ejemplo, para definir una entidad política medieval. Apenas se echa de menos algún espacio más para los austracistas, aquellos partidarios en 1700 de un absolutismo más pactado y menos dictado, a los intelectuales que durmieron el primer sueño republicano en 1873, a mujeres como Mariana Pineda, o a las víctimas de aquel “clima borracho de muerte y cuartel” con el que define 1939.

Dice el autor que “todas las crónicas de todas las naciones de la historia están salpicadas de olvidados y perdedores, de represiones y patíbulos”. Leyéndole, sin embargo, uno llega a pensar que demasiadas veces España ha gritado “Vivan las cadenas”. Por eso la apuesta del autor por una España como “espacio de convivencia posible”, mientras periodistas y políticos se consagran a la descalificación intencionada y al insulto arbitrario, debería ser el Norte de todo ciudadano de bien.

sábado, 6 de octubre de 2012

1755 (3): LA RECONSTRUCCIÓN DE LISBOA



El debate sobre las causas del terremoto de 1755 facilitó el progreso ideológico de la ilustración; sin embargo, la tragedia lisboeta se explicó mayoritariamente en términos providencialistas. Por eso Voltaire en su “Cándido” podía inventar que “después del terremoto, que habría destruido ¾ partes de Lisboa, a las autoridades portuguesas no se les ocurrió nada mejor para evitar la ruina total que amenazar a la gente con un espléndido auto de fe, pues la Universidad de Coimbra había declarado que el espectáculo de ver quemar ceremoniosamente a una serie de personas a fuego lento era un método infalible para prevenir un terremoto”. Con ironía siniestra, Voltaire afirma que, con ese fin, prendieron a un vasco casado con su madrina y a dos portugueses acusados de judaizantes por haberse negado a comer cerdo. A continuación continúa novelando que “Pangloss y su discípulo Cándido fueron arrestados también mientras cenaban en las ruinas, uno por haber hablado imprudentemente, y el otro por haber escuchado en actitud aprobatoria (…) una semana después les pusieron un sambenito con una mitra de papel a modo de sombrero. El traje de Cándido estaba decorado con llamas que apuntaban hacia abajo y demonios sin patas ni cola; los demonios de Pangloss tenían patas y cola, y sus llamas brotaban hacia arriba. Así vestidos fueron conducidos en procesión y les hicieron escuchar un conmovedor sermón (…) Cándido fue azotado al ritmo de los cánticos, el vasco y los dos hombres que no quisieron comer tocino fueron quemados, y Pangloss fue colgado". Voltaire añade con sorna que”ese mismo día hubo un enorme terremoto muy estruendoso que causó grandes daños”, dando a entender que no parece razonable que aquello aplacara la ira divina, ni que el consejo inquisitorial diera precisamente en el clavo.

Temiendo que las explicaciones vociferadas desde los púlpitos sirvieran a los críticos de las Luces que conspiraban contra el todopoderoso ministro del rey José I, Sebastiao José de Carvalho e Melo, al que conocemos como Marqués de Pombal por el título que recibirá en 1770, se aprovechará la ocasión para minimizar el poder de la iglesia. Eso explica la causa contra el jesuita Gabriel Malagrida, autor del Juizio da verdadeira causa do terremoto (1756). Este misionero regresado del Brasil por iniciativa de la reina Maria de Austria, aprovechará su ascendencia sobre la esposa de José I para sostener que la tragedia había sido la reacción de ira divina por “nossos pecados intoleráveis”. Aunque aparentemente se refiriera al teatro, la música y los toros, y evitara las referencias directas a las reformas ilustradas, el ministro, deseoso de reducir el poder jesuita, forzó la destinación del confesor real lejos de la corte. En este ambiente ambiente enrarecido cayó como una bomba el fallido atentado contra el rey (9/1758): las pruebas no permitían implicar a la compañía, pero sus colegios fueron cercados y Malagrida encarcelado. Se desencadenó por todo ello un largo conflicto jurídico y diplomático durante el que -aunque Roma tratará de evitar el procesamiento de Malagrida por regicidio- la inquisición portuguesa, controlada por Pombal, le achacó la redacción de dos obras heréticas, y le condenó a la hoguera. La sentencia no se hizo efectiva hasta el 21 de septiembre de 1761, dos años después de que todos los miembros de la Compañía de Jesús fueran expulsados del reino de Portugal.



Visto así, todo parece indicar que el terremoto reforzó el poder del ministro ilustrado. Ya las primeras medidas que tomó, sintetizadas en la frase que le atribuyeron de “enterrar os mortos e cuidar dos vivos”, denotan un espíritu práctico en la resolución de problemas: para impedir los saqueos mandó levantar patíbulos en puntos elevados de la ciudad, como se puede ver en el segundo grabado, y mandó al ejército cercar la ciudad para impedir que los hombres sanos huyeran y pudieran ser obligados a despejar las ruinas. Pombal utilizó el suceso para venderse como el gran benefactor omnisciente: en 1775 opúsculos como el anónimo “Preces y votos de la nación portuguesa al ángel de la guardia del Marqués de Pombal” proclaman que había sido él quién había aplacado la ira de Dios, había protegido al rey, castigado a los traidores, limpiado las ruinas y reconstruido la ciudad.
Y es que esta política urbanística puede ser considerada la culminación del despotismo ilustrado. A las primeras medidas dictadas para evitar el pillaje, las construcciones ilegales, y la especulación, que ya permiten intuir una incipiente consideración a la reconstrucción de la nueva ciudad, pronto se añadió una planimetría que pretendía superar el confuso trazado medieval y respondía a las intenciones políticas de control y centralidad propias del absolutismo ilustrado: constituía una planta geométrica y rectilínea de calles entre el Palacio Real, junto al Tajo, actualmente la Praça do Comércio, y la Praça de Rossio y la Praça de Figueira. En total casi 23 hectáreas cuyos extremos quedan enlazados por tres calles anchas paralelas, de las que la calle Augusta constituye un eje central modelado por fachadas de la misma altura y similar estilo neoclásico, con una planta baja destinada a la actividad comercial y unas plantas superiores destinadas a residencias. Para construirlas, se tomaron las primeras medidas antisísmicas de la historia de la arquitectura: maquetas de madera sometidas a simulaciones, refuerzo de los cimientos, cisternas en cada edificio para enfrentarse a los incendios y -por ellos- red de colectores para recoger las aguas residuales domésticas. El extremo de la cidade baixa abocado y abierto al Tajo es la Plaza del Comercio, una gran explanada neoclásica, cuadrangular, porticada con galerías con arcadas, que comunica con la calle Augusta a través del Arco del Triunfo (construido un siglo después pero que estaba incluido en los planos originales). En el centro de la plaza, la estatua ecuestre de José I, con armadura ceñida y yelmo emplumado, transmite una arrogante dignidad. Su inauguración, celebrada con banquetes y fuegos artificiales 20 años después de la tragedia, puede ser considerado el momento de mayor gloria del ministro: culminaba la reconstrucción de la ciudad, que avanzaba a su ritmo, ajena a otros problemas políticos, y simbolizaba las reformas que el ministro había impuesto al reino. Era como la guinda del pastel que glorificaba, como ha escrito José-Augusto França, el éxito de la empresa. La reconstrucción de Lisboa que  nos muestra el Marqués en el cuadro de Van Loo se convirtió en una sofisticada muestra urbanística, como Washington años después, del mundo soñado por los ilustrados. ¿O por el absolutismo?