¡Echando de menos la edición radiofónica!

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"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

viernes, 25 de diciembre de 2009

LA SOLEDAD DEL PRÍNCIPE ALBERTO, DE REOJO (2)





Descubrí a Lytton Strachey, bajo la imagen de Jonathan Pryce, en una película que –de joven- me pareció bellísima: biografiaba a la pintora Dora Carrington y comenzaba con la famosa (y desconozco si verídica) anécdota del tribunal militar que procesaba a Strachey por su pacifismo activo: cuando le preguntaron qué haría si un soldado alemán intentara violar a su hermana respondió –con voluntad consciente de crear equívocos- que “se interpondría entre ambos”, insinuando que su “sacrificio” la protegería del impacto del “bayonetazo”.



Sin embargo, lo que para unos es ingenio, para otros es insolencia. Así que, mientras algunos elogian el compromiso de los Bloomsbury con “el placer de la conversación, el goce de los afectos personajes y el disfrute de la belleza”, otros les describen como un “puñado de locas refinadas de lengua venenosa” formando “parejas que eran triángulos y vivían en cuadriláteros”. Ciertamente, Lytton, Dora y su esposo, y probablemente Gerald Brenan, que recibió calabazas de la pintora y se vino a las Alpujarras roto de dolor, y muchos otros de los componentes del “Círculo”, podrían explicarnos bien la complejidad de los sentimientos. Sólo alguien a quien nada de lo humano es ajeno puede escribir una obra como La Reina Victoria, que deja transcurrir el tiempo con indolencia para que transiten por sus páginas, sucesivamente, la doncella insolente, la joven indecisa y voluble, la mujer enamorada y la viuda estupefacta.

Una vez más, lo que para unos es atrevimiento, para otros es grosería. Y por eso hay quien ignora las afirmaciones de Lytton –doctorado en sentimientos en virtud de ajetreadas convivencias y atrevidas confidencias- sobre el esposo de Victoria: “Alberto daba muestras de una marcada aversión por el sexo opuesto. Con tan sólo cinco años, en un baile infantil, lanzó un grito de asco y enfado cuando le acercaron a una niña para que bailara con él, y si bien con el paso del tiempo aprendió a disimular tales sentimientos, no logró librarse del todo de ellos”. La anécdota es banal, de acuerdo. Pero no es la única. Sólo alguien consciente de la porosidad de nuestra actitud hacia la sexualidad pudo atreverse a recoger afirmaciones nada autorizadas para describir la relación del príncipe Alberto de Sajonia-Coburgo con la Reina Victoria: “no estaba enamorado de ella. Sentía afecto, gratitud, las reacciones naturales ante la evolución de una joven y alegre prima que era también reina, pero no el fervor de una pasión recíproca”.







Strachey no explica por qué Alberto no era feliz, pese al éxito de su Gran Exposición en 1851, la ampliación de la familia y la adoración de su esposa. Sugiere que se sentía sólo porque era la diana de todas las suspicacias: varios ministros vieron necesario “combatir la predisposición de una corte en la que los puntos de vista alemanes y los sentimientos alemanes ocupaban un lugar desproporcionado”. También se pregunta con comedida malicia por qué aquel “hombre virtuoso, trabajador, perseverante, inteligente” no se sentía satisfecho. Y lo retrata acongojado: “Pese a todo jamás había alcanzado la felicidad. Su trabajo, que siempre había deseado con un afán casi enfermizo, era un consuelo pero no una cura. El dragón de la insatisfacción devoraba con perversa fruición el creciente tributo de días y noches de trabajo, pero siempre continuaba hambriento. Las causas de esta melancolía permanecían ocultas, eran misteriosas, tal vez imposibles de analizar; estaban arraigadas demasiado profundamente a los lugares más recónditos de su temperamento para ser descubiertas por la razón”.

Razones misteriosas pero arraigadas en su temperamento lo convertían en el eterno insatisfecho. Eso es todo: sin fuentes fiables, no se puede ir más allá de la nostalgia por sus paisajes alemanes, y de la incomprensión de su tierra de acogida: “la terrible tierra de su exilio se extendía ante él como una masa dura e impenetrable”. Pero había algo más, porque el historiador británico advierte que Alberto “se sentía sólo, y no meramente con la soledad del exilio, sino con la soledad de una superioridad consciente y no reconocida”. No cabía duda, dice, de su mérito al encajar sin conflicto su papel de consorte en el sistema político inglés dándole sentido con largas jornadas de compromiso y esfuerzo. El trabajo como refugio ante la insatisfacción personal es un asunto que me resulta tan familiar que me hace considerar plausibles las tesis que esconde. Yo sí entiendo a qué se refiere Strachey cuando afirma que “había algo que deseaba y no podía obtener”, y se pregunta si quizá era “algún tipo de apoyo, absoluto e indescriptible”. Pero entiendo también que sin fuentes el buen historiador no se puede aventurar y se debe limitar –como hizo el renovador de la biografía histórica- a recopilar indicios y a sugerir líneas de estudio futuras.



La naturaleza de la soledad del Príncipe Alberto nunca tendrá solución, ni tan sólo será analizada; aunque las sugerencias al respecto puedan resultar para algunos mordaces e interesantes, otros las considerarán sarcásticas y banales. Como dirían los victorianos, de mal gusto. Profundizar en algunos temas hiere muchos corazones y destripa demasiadas banderas. Por eso se prefiere sublimar el pasado, soñarlo con los ojos cerrados. Y hacer películas que descuiden los genocidios coloniales, la miseria de los suburbios industriales y –como diría otro crítico del victorianismo tardío- “el amor que no osa pronunciar su nombre”. Visto cómo las gastaron los victorianos con el autor de la frasecita, parece mejor seguir mirando algunos temas –como hace el Alberto del fotograma que inicia este escrito- de reojo.

2 comentarios:

Anónimo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
Anónimo dijo...

Uhh, qué rosa es todo...¿En serio quieres que lean tu blog? JOSEP ANTONI.

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