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"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

miércoles, 23 de diciembre de 2009

LA VIRTUD DE LA REINA VICTORIA (1)




Cuando me compré en DVD La reina Victoria para aumentar mi colección de películas históricas pensé que la reina inglesa me seduciría con la misma fuerza que –durante la carrera, haciendo un trabajo- me apasioné por “deconstruir” la Sissí que nos ha legado el cine. A pesar de mi interés por las estrategias de representación del poder de quienes, siendo depositarias de soberanía, pero mujeres al fin y al cabo, debían inventar innovadoras estrategias de representación del poder para legitimarse, el personaje me ha dejado bastante indiferente.

Documentarme no ha sido fácil: quería contrastar las preocupaciones por los obreros que, en un par de ocasiones, la película asigna al esposo de Victoria, y encontrar bibliografía selecta me ha sido casi imposible. La brillantísima y excepcional síntesis de Esteban Canales sobre la época victoriana pone a nuestro alcance las reflexiones de la historiografía británica, pero –más preocupado por analizar con rigor el cartismo, las polémicas historiográficas sobre la calidad de vida de los obreros, la industrialización, la carrera colonial y los vaivenes de la política- apenas se detiene en las figuras regias. No perderé muchas líneas para quejarme sobra la insondable inconstancia de nuestra industria editorial, que no traduce obras de referencia y en cambio publica miles de absurdas intrascendencias de calidad cuestionable; hacerlo me obligaría a reconocer que, sin demanda lectora, siempre tendremos un mercado editorial frágil y caprichoso, apenas lustroso cuando la televisión o el cine se suman al negocio haciéndose eco de escritores suicidas o subiendo el altavoz de los presentadores graciosos.





La película sobre la juventud de Victoria me ha parecido un dulce entretenimiento, lo cual no es poca virtud. Leyendo las críticas que la desprecian como si de un folletín se tratara, advierto que el romance de Victoria y Alberto fue un cuento de hadas para aquella Europa que bullía de pasiones desatadas y violentas, encendidas por la imaginación de visionarios tan patéticos como enternecedores. La recuperación fílmica del mito cuenta con una bella fotografía y excelente ambientación, pero las interpretaciones, aunque verosímiles, dejan inescrutables a los personajes: Victoria parece ya de joven, incluso de niña, aquella señora recia e imperiosa que se antojaba inmortal y severa detrás de una marea de enaguas y corpiños.

Las fajas que acompañaban la reedición reciente de la deliciosa biografía que Lytton Strachey dedicó a la reina afirmaban que la película se había inspirado en el texto. No parece cierto, porque el más extravagante de ese puñado de geniales esnobs que se agruparon en el barrio londinense de Bloombsbury intentó escrutar más allá de lo permitido –y de lo que hace la película- para construir, con fuentes variadas, un retrato que matizaba la grandeza enlazada en celofán que hemos heredado de la propaganda imperial y las revistas de sociedad.

La lengua viperina de Strachey es aquí muy sutil, si la comparamos con los “Victorianos eminentes”. Aquí no se muestra tan cínico; se limita a recordarnos que al comienzo de su reinado, Victoria, prácticamente desconocida para sus súbditos, había tenido una vida privada “como la de una novicia en un convento: casi nadie del mundo exterior había hablado con ella y nadie en absoluto, con la excepción de su madre, había estado a solas con ella en una habitación. Por consiguiente, la sociedad en general no era la única que desconocía todo cuanto tenía que ver con ella; el círculo interno de estadistas, funcionarios y damas de ilustre cuna también estaban a oscuras. Cuando surgió repentinamente de esa profunda oscuridad, la impresión que creó fue honda e inmediata. (…) Y todo lo que se dio a conocer de sus siguientes intervenciones no fue menos prometedor”.

Sin embargo, Strachey se atreve a sugerir ciertos “indicios de un temperamento imperioso y autoritario, de un egoísmo marcado y severo” y una “tenacidad imperturbable, impenetrable, irracional (…) peligrosamente cercana a la obstinación”. Entre líneas se intuye también cierta caracterización de la joven pareja real como unos reaccionarios con aspiraciones muy poco constitucionales, una sugerencia que no por sutil debió incomodar menos cuando se publicó. El carácter legitimista de los reyes se adivina en varios episodios: acogieron a Luis Felipe y al príncipe Guillermo de Prusia cuando la “primavera de los pueblos” fue invierno para las coronas continentales, criticaron la unificación que se estaba produciendo en Italia, e intentaron despedir a Palmerston por apoyar las revoluciones de 1848 y aceptar, tres años después, el golpe de estado que convertiría a Luis Napoleón en emperador. El propio Strachey recoge una carta de Victoria en la que opina que “realmente es inmoral, con Irlanda temblando entre nuestras garras y lista para olvidarse en cualquier momento de su lealtad hacia nosotros, que forcemos a Austria a ceder los territorios que, con toda justicia, le pertenecen”.



Se agradece que, con los tiempos neocón que corren, la película evite construir una hagiografía con esas actitudes. Pero si su intento es identificar a los espectadores británicos con la monarquía, institución que no vive hoy su mejor momento, el uso de una cándida historia de amor obliga a mentir sobre el personaje: aunque la intimidad que muestra con Alberto, entre gasas vaporosas y besos de tornillo, no es casta, sí esconde que el prestigio alcanzado por Victoria y el consenso ganado en su tiempo se deben a que supo representar –a diferencia de su contemporánea española, Isabel II, tal y como dice Isabel Burdiel en “No se puede reinar inocentemente”- los valores morales de la triunfante burguesía. Aquella doble moral a la que Victoria, por cierto, da nombre, sería tan hipócrita que la llevaría a esconder –tras su imagen de eterna viuda- una historia que –pudiendo ser tierna- se convierte en sórdida por la doblez misteriosa del personaje. No es el momento de poner en solfa los trapos sucios de Victoria, pero sí de recordar que nunca fue un personaje fácil ni agradecido para los historiadores. Y maquillarlo requiere algo más que las capas de pintura, los violines y trompetas que la película despliega sobre ella.

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