¡Echando de menos la edición radiofónica!

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"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

viernes, 2 de marzo de 2007

ANTONIETA Y LA INTIMIDAD (SEGÚN SOFIA COPPOLA)



Madame Vigée-Lebrun inmortalizó a María Antonieta sosteniendo una rosa en un ambiente rural que sugiere el follaje del Trianón: parece un jardín romántico “a la inglesa”, desordenado y frondoso, bien distinto de la naturaleza ordenada y geométrica, sometida al poder real, propia de los jardines versallescos. Ese retrato desprovisto de majestuosidad contiene por sí mismo las claves de su tragedia. En el Petit Trianon la reina podía ignorar la etiqueta y vivir sin coacciones, pero aquella huida de los espacios de representación de la magnificencia real dio sustancia aparente a los rumores que cuestionaban su virtud… Al abolir las cenas en público, y rehusar la compañía de sus damas, la reina hacía algo peor que cosechar rumores: rompía el lazo en el que la nobleza depositaba sus esperanzas de promoción social. Además de despertar la envidia nobiliaria, la camarilla de advenedizos de la reina desmerecía la monarquía: sus muestras de confianza en las carreras de caballos y su excesiva familiaridad durante los juegos de naipes desnudaban a la monarquía del ceremonial que encumbraba su divinidad. Cuando Sofía Coppola retrata aquella “disipación” como inofensiva se le podría apostillar que una reina así ya no está por encima del género humano, que huir de la etiqueta es desacralizar un orden que se pretende inalterable. Y asomarlo al abismo…
Irse de compras con sus amigas, dejarse peinar con audacia por sus amigos gays, competir en extravagancia, son pasatiempos tan nuestros que nos parecen inocentes. Coppola los ha elegido con cuidado, porque no cuenta tanto retratar la frivolidad caprichosa de Antonieta como exculpar la nuestra. La felizmente anacrónica banda sonora es más que un recurso postmoderno; quiere identificarnos con su personaje porque Antonieta tiene algo en común con nosotros: vive al borde del abismo, intentando ignorar que su inconsciencia agita el caos, lo materializa, lo hace inminente. Si consigue hacernos ver que Antonieta no era culpable, nos exculpa también a nosotros de los desequilibrios de la globalización.
¿Permaneceremos encerrados en este Versalles de lujos y comodidades que es el Primer Mundo? ¿Nos consagraremos a disfrutar de nuestros sofisticados placeres, nuestro consumismo crónico y nuestra artificial ceremonialidad, mientras París (o el planeta) se derrumba?
Cuando nos apiadamos de Antonieta por su soledad en aquel palacio tan grande y tan frío, tan solitario a medianoche, tan esperpéntico cuando el minué y el rapé dejan paso a la resaca, empatizando su soledad con la nuestra, ¿no estamos disculpando nuestra pereza autocomplaciente y nuestra ausencia de compromiso?
Como dice Antonia Fraser, "Antonieta jalonaba su vida de excursiones, cacerías, bailes y teatros. Nunca se preocupó de que alrededor de la ópera de París se extendía una ciudad gigantesca llena de pobreza y malestar, que detrás de los estanques del Trianón, con sus cisnes y pavos reales, las casas campesinas tenían sus graneros vacíos, que detrás de las verjas doradas de su parque pasaba hambre y alimentaba esperanzas un pueblo de millones de almas". Muchas veces ya han lanzado sus mendrugos de pan contra nuestras ventanas, han intentado forzar la verja de este inmenso palacio europeo que intenta blindar sus frontera, les hemos visto implorar nuestros sobrantes… ¡somos tan responsables como Antonieta!

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