¡Echando de menos la edición radiofónica!

¡Echando de menos la edición radiofónica!
"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

sábado, 10 de marzo de 2007

ENTONCES LLOVIAN BOMBAS, HOY CHUZOS DE PUNTA...




Las exposiciones gratuitas del Museu d’Història de Catalunya ocupan un pequeño espacio en el vestíbulo y –normalmente- son apenas aperitivos, o postres, entre su virtual “catálogo permanente” y las grandes muestras temporales. Ahora nos ofrece en aquel rincón, sin embargo, un fascinante espacio de reflexión sobre los bombardeos que sufrió Barcelona durante la guerra civil.
Por mucho que el polémico –y a menudo algo freak- Manuel Trallero saludara su estreno con el típico exabrupto sobre las checas (seguramente cargado de buena intención crítica, pero algo gore teniendo en cuenta a qué intereses sirve esa queja), de QUAN PLOVIEN BOMBES apenas se puede criticar el tamaño: sus discursos historiográficos (más que el tema en sí) merecían más espacio, o deberían haber moderado esa ambición de querer decirlo todo tan propia del artista nobel o del escritor debutante.
La exposición sitúa aquella tragedia en el proceso de sofisticación de la brutalidad bélica que empezó cuando la Gran Guerra comprometió todos los recursos de las sociedades que se vieron involucradas... La confusión entre campo de batalla y retaguardia culminaría cuando la sociedad civil se convirtió en objetivo militar. Camino de Hiroshima, los bombardeos de Barcelona no serían entonces más que un eslabón más en la creación de un nuevo modelo bélico. España fue la primera batalla de la Segunda Guerra Mundial si atendemos a las armas y técnicas que Alemania (en Guernica) e Italia (en Barcelona) ensayaron…
Una exposició no és un llibre”, nos decía Xavier Domènech, uno de los comisarios de la muestra, en la visita comentada que nos ofreció con magistral y emotiva erudición. Y sin embargo, Quan plovien..., ofrece al visitante una avalancha de información –hábilmente distribuida sobre la topografía de la ciudad gracias a sofisticados recursos audiovisuales-, e interesantes tesis (probablemente defendidas también en sesudos ensayos, pero no de forma tan atrayente). Para empezar está la reivindicación de la reacción formativa emprendida por la ciudadanía republicana para asimilar, integrar en su vida, aquella nueva experiencia hasta entonces nunca vista. Hubo iniciativas vanguardistas emprendidas por las instituciones para salvaguardar vidas: conferencias, opúsculos, emisiones radiofónicas, pasquines, carteles para preparar a la población; también sirenas, alarmas, reflectores, defensas antiaéreas y simulacros que –a la vista de la experiencia posterior- nos pueden parecer normales, pero entonces eran nuevas e innovadoras estrategias de protección de los civiles. ¡Preocupación a la que, dicho sea de paso, el bando contrario no tuvo que dedicar ni una neurona!.
Pero hubo también una respuesta específica e inmediata de la ciudadanía: la construcción de más de 1300 refugios que se impulsaron desde el tejido asociativo. Comisiones de fiestas o juntas de vecinos coordinaron trabajos, asesorados por técnicos municipales, improvisando material en las casas derribadas por los propios bombardeos, de las barricadas levantadas para luchar contra el Alzamiento, o de las iglesias quemadas aquel triste verano de 1936. Por tanto, el mapa de los refugios lo es también de una sociedad civil rica y dinámica que optó por la defensa colectiva antes que por la salvación personal.
En estos tiempos de individualismo en estampida, afirmar que la supervivencia personal pasa por el trabajo en común tiene un valor subversivo. Ese mensaje es uno de los pequeños electro-shocks que una sociedad civil algo adormecida necesita hoy para insuflarle vida a una ciudad que resiste peor la lluvia ácida del pensamiento neoliberal que las 44 toneladas de bombas que cayeron sobre ella, por ejemplo, entre el 16 y el 18 de marzo de 1938.

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