Un espacio para el encuentro con historiadores y apasionados por la Historia. Con los que se emocionan con la polémica historiográfica, con la divulgación o la investigación. Y creen en la Historia como instrumento de compromiso social. Porque somos algo más que ratones de biblioteca o aprendices de erudito. Porque nuestro objeto de estudio son personas.
Ferran Sánchez: Història. Divulgació. Docència.
"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)
domingo, 23 de julio de 2017
domingo, 23 de abril de 2017
martes, 28 de marzo de 2017
REVOLUCIÓN EN FRANCIA (y 3): LOS REYES AGITANDO LAS AGUAS
![]() |
| Asalto a las Tullerías el 10 de Agosto de 1792 Jean Duplessis-Bertaux (1793) |
En el post anterior describía
el clima que se respiraba en Francia cuando –agotada su función la Asamblea
Constituyente- se convocaron elecciones a la Asamblea Legislativa. Rumores,
denuncias y obsesión por las conspiraciones condicionaron a los nuevos cargos
electos, notablemente distintos porque se prohibió la reelección de los
diputados constituyentes: su perfil más joven, más plebeyo y más politizado
contribuyó a polarizar el ambiente. Pero lo que fue definitivo, según Timothy
Tackett, fue la metástasis del miedo y la sospecha que se extendió entre ellos:
las referencias a complots llenan las series epistolares que este historiador
utiliza en su libro “El terror en la Revolución Francesa”. Las cartas sugieren
que los actos de fanatismo del clero refractario, el alza de precios, incluso
las facciones que dividen la asamblea cuando se debate con angustia qué hacer
con el rey (después de su traición) y las potencias absolutistas (después de
sus amenazas) estaban provocadas por quienes “movían los hilos en secreto y se
habían infiltrado en todas partes”. Girondinos y jacobinos se acusaban mutuamente
de traición con la misma rabia que antes dirigían a la nobleza, y tal demonización del antagonista político se aceleró después del estallido de la guerra, porque
los fracasos ante austriacos y prusianos dieron crédito a rumores sobre
sabotajes: “no había pruebas, pero a fin de cuentas la esencia de las
conspiraciones radicaba en su secretismo e impermeabilidad”, así que el
enrarecido ambiente de sospechas mutuas se volvió más denso. Todos pensaban que
los traidores se ocultaban tras solemnes discursos revolucionarios, que si se
esperaba a descubrir las pruebas fehacientes sería demasiado tarde. Las
amenazas del Duque de Brumswick a los parisinos fueron la gota que colmó el
vaso: la masa de activistas parisinos, -los sans-culottes politizados a golpe
de libelos, oradores callejeros, vendedores de periódicos y escritos de
Rousseau-, se lanzó a la calle en agosto de 1792.
Aquella nueva revuelta dejó más
de mil muertos alfombrando París; fue la mayor hecatombe en la ciudad desde el
s. XVI. Quienes vieron asaltar las Tullerías comprendieron –como muestra su
correspondencia- que se había iniciado una “segunda revolución”: la familia
real fue encarcelada en la fortaleza medieval
del Temple, se proclamó la República y se convocaron elecciones para que una
nueva asamblea redactara una nueva constitución basada en el sufragio
universal. La asamblea que aceleraba la revolución y convocaba elecciones debía
enfrentarse al mismo tiempo al inaudito desafío que presentaba la Comuna de
París como poder paralelo consagrado a la persecución de opositores. Aunque la
violencia alcanzó, durante las “Matanzas de Septiembre”, cotas de brutalidad
difíciles de explicar, la marcha de los contingentes de jóvenes voluntarios reclutados
masivamente, y la extraordinaria inversión de la situación militar que puso fin
a la amenaza extranjera, detuvieron la violencia callejera.
Los diputados de la nueva
Convención que se reunieron el mismo día que llegó la noticia de la victoria en
Valmy se habían elegido, en medio de aquella tensión, sin exclusiones. Por eso
muchos tenían experiencia política, elocuencia, habilidades en la trinchera
dialéctica, y una férrea decisión que les permitía, sin inmutarse, declarar la
guerra o juzgar al rey. Los recelos contra el monarca crecieron cuando
trascendió el contenido de los documentos encontrados en su caja fuerte, que
confirmaban sus contubernios. Su procesamiento y ejecución tuvieron una carga
simbólica muy fuerte: la guillotina no sólo segó la cabeza de Luis XVI, también
eliminó los límites de la violencia política. Una vez ejecutas al Antiguo
Régimen encarnado, quedan automáticamente ampliadas las fronteras de lo
imaginable. Ya todo es posible.
La sangre del rey envenenó más
el ambiente: pocas horas antes de su ejecución, un diputado noble y togado que había votado a favor de su
ejecución, Le Peletier de Saint-Fargeau, murió apuñalado por monárquicos que le
consideraban un renegado. Su asesinato hacía plausibles las amenazas que se
cernían contra la revolución: muchos diputados escribieron que temían por sus
vidas, que recibían amenazas por la calle… Se quejaban de llevar “una vida
agotadora”: su servicio a la nación incluía maratonianas sesiones de
discusiones, comités de trabajo, redacción de informes, correspondencia de su
electorado… “Aplastados por el trabajo”, la responsabilidad y las disputas
difamatorias, masticaban miedo todos los días, e imaginaban conjuras por todas
partes. La traición de Lafayette, y del general Dumoriez después, fueron
devastadoras. Aquellas deserciones, como la del rey anteriormente, despertaron
una psicosis enfermiza que se proyectó contra los sospechosos. Fue aquel ambiente
el que propició que se dictaran medidas extremas (embargar a los emigrados,
expulsar extranjeros, acelerar los procesos judiciales…) y que se crearan
instituciones excepcionales, como el Tribunal Revolucionario, o el Comité de
Seguridad Pública. Fue ese contexto excepcional, en el que actuaban angustiados
muchos protagonistas, el que precipitó acontecimientos como la purga del 2 de
junio de 1793 que acabó con 21 girondinos arrestados. En los meses siguienes
serían juzgados y en octubre subirían al cadalso. Desarticulada su oposición,
los jacobinos se convertían en protagonistas de los acontecimientos.
¿Por qué
ocurrió? Los aquelarres de la derecha hacen de este momento un golpe de estado
jacobino, una traición a la legalidad vigente, una concesión a las masas parisinas
que se demuestra equivocada “porque quien cree que está domesticando a la fiera
cediendo sólo a una pequeña parte de sus
pretensiones no se da cuenta de que no es sino el comienzo de una
pesadilla”. Esas declaraciones de Pedro José Ramírez o las de Esperanza Aguirreson expresiones paradigmáticas del discurso historiográfico neoconservador del
que hablaba al iniciar esta serie de posts, que ve una fiera furiosa sedienta
de sangre en la movilización ciudadana, pero no advierte ninguna fiereza en el (previo)
capitalismo desatado y devastador.
Cubrir sus
chanchullos (contabilidades creativas, lo llaman ellos) y evitar hoy que
profundicemos en la democracia exige denunciar la presunta radicalidad de sus
críticos de hoy, a los que se desacredita equiparándoles con un erróneo modelo
pasado juzgado como responsable de todas las catástrofes. Dicho de otro modo,
los indignados de hoy son los jacobinos de ayer, y por tanto, sus aspiraciones
de democratización hoy son peligrosas aspiraciones totalitarias para mañana. El
problema de toda esa parafernalia demagógica es que exige camuflar algo más que
el impacto de las “contabilidades creativas” (alias libremercado) en los
desahuciados ciudadanos de hoy y en los hambrientos de ayer. También ha hecho
falta esconder la estrecha relación entre los girondinos y los generales que se pasaron a los
austriacos, y cómo los diputados a los que llaman moderados
amenazaban a los jacobinos de que los voluntarios que habían de llegar desde
los departamentos girondinos les “pondrían en su sitio”. Fue en ese contexto de
pasiones desatadas, desconfianzas verosímiles y amenazas reales que los
diputados improvisaron las instituciones que impulsarían el Terror. La purga que
acabó con la ejecución de 21 girondinos en 1793 es en ese sentido premonitoria,
es cierto, pero no de ningún plan sistemático para levantar un estado
totalitario. Sino de la caótica puesta en marcha de soluciones extraordinarias
para superar una situación de peligro: el Tribunal Revolucionario, los
“delegados en misión”, o los “comités de vigilancia” se habían ideado antes –tras
Varennes- con el concurso y aplauso girodino. No hay pues plan, conjura ni
golpe. La purga ejecutada con saña contra los girondinos anuncia otra cosa
mucho peor: la creencia en que que cuando la revolución corría peligro todos
los medios quedaban justificados para preservarla. Y eso nace de un ambiente, de
una preocupación compartida por todos, no de un proyecto ideológico. Fue un
diputado girondino, Edme-Michel Petit, quien había dicho, por ejemplo, “al
enfrentarnos a una necesidad extrema, debemos dejar a un lado las leyes”. Pero
condenar a los jacobinos exige seleccionar en sus discursos las declaraciones
que permitan trazar un camino inventado hacia el terrorismo de estado, evitando
las de sus contrarios. Así, el monstruo que se esconde agazapado en esa frase
es ignorado.
Esa exégesis
tan subjetiva exige hacer más trampas todavía. Para que los jacobinos parezcan
radicales sinsentido también hace falta sacar de la relación de los
acontecimientos las revueltas federalistas en Lyon, Marsella y Toulon. Estas
ciudades optaron por aliarse con las potencias coaligadas contra Francia y
ofrecerles sus puertos contra la revolución que se radicalizaba en París. Aquella
traición permitió concluir que federalistas y girondinos estaban confabulados
con los tiranos europeos, como antes el rey, Dumoriez, o Lafayette. Por si
fuera poco, el asesinato de Marat en su bañera a manos de una joven de la
pequeña nobleza de provincias fascinada por los líderes girondinos, Charlotte
Corday, otorgaba plausibilidad a la amenaza que se cernía sobre todos y cada
uno de los asustados líderes revolucionarios.
Nada de eso
justifica la justicia sumaria e implacable que cayó contra los supuestos
traidores: en aquel juicio apenas hubo garantías, para condenar a los
girondinos se aceptaron rumores y testimonios indirectos como pruebas. Se
acercaban, sin duda, las horas más oscuras de la revolución, y por eso las
fuentes escritas que utiliza Tacket se vuelven más tibias. Algunas series de
correspondencia se interrumpen, otros ciudadanos empiezan a ser más cuidadosos
con lo que escriben. Algunos decidieron quemar las cartas que guardaban, o
destruir páginas de sus diarios. Unos hablan sólo de negocios, otros evitan valoraciones.
Se notan, dice Tacket, redacciones más forzadas. El barco de la revolución en
el que viajaban en medio de “la tormenta perfecta” estaba a punto de naufragar,
es cierto. Sin embargo, el símil náutico no es adecuado, porque la Revolución
no naufragó sóla. No eran asépticas fuerzas climáticas las que amenazaban su
navegación: sus enemigos no eran agentes naturales ni fenómenos atmosféricos ni
tiburones fantasmas, sino fuerzas humanas terriblemente poderosas
desencadenadas con la misma violencia sumaria con que la Revolución se
defendió. Si el barco de la revolución se agitaba indefenso en mitad de un
océano bravío no era porque la tripulación estaba obsesionada con destruir al capitán.
Sino porque alguien agitaba las aguas, y otros habían querido hacer de la
embarcación el exclusivo yate de lujo que conducir a su antojo.
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domingo, 1 de enero de 2017
REVOLUCIÓN EN FRANCIA (2): LA VIOLENCIA Y EL MIEDO
Para intentar demostrar que el miedo fue uno de los elementos más determinantes en la gestación de la violencia revolucionaria, Thimoty Tacket no sólo recurre a las fuentes tradicionales –debates parlamentarios, periódicos, libelos…- sino que también rastrea las emociones que llenan la correspondencia privada y los diarios de un buen catálogo de contemporáneos. Es fácil detectar en esas fuentes el profundo entusiasmo que muestran todos en los primeros momentos, tras la inauguración de los Estados Generales. Los diputados del Tercer Estado que acudieron, y que protagonizarían pocas semanas más tarde el Juramento del Juego de Pelota, no sólo sufrieron hasta ese día la actitud desdeñosa y arrogante de los nobles. También el ostensible apoyo moral que daba el pueblo a los diputados –aclamándoles, abrazándoles por las calles, regalándoles flores, animándoles a avanzar, aplaudiéndoles en las sesiones abiertas al público- contribuyó a conformar su consciencia de clase tanto como la intensa experiencia intelectual que suponían los debates y las negociaciones. No esperaban, sin embargo, que la calle se convirtiera en un nuevo agente político que, además de aplaudirles, concidionaría la evolución de los acontecimientos: su debut el 14 de julio -estuviera movido por hábiles agitadores, el miedo a las tropas reunidas por el rey o el precio del pan- extendió la violencia por todo el reino, obligando a la Asamblea –mientras se asaltaban los castillos- a erradicar el orden feudal en medio de una confusa sesión extraordinaria la noche del 4 al 5 de agosto. Tras la abolición de los tributos señoriales, el diezmo y el vasallaje, todos los franceses serían iguales ante la ley. Pero aquel nuevo orden se había legitimado por medio de la violencia, fue disculpada en aras del progreso y … abrió el miedo al caos, y a la venganza de los despojados, cuyo papel en la gestación de la violencia es tan importante para Hackett.
Para empezar,
aquella primera violencia desmoronó la autoridad, desmontó el estado. ¿Cómo?
En julio de 1789 fue asesinado el intendente de París. Muchos como él temieron
correr la misma suerte y dimitieron, o abandonaron sus cargos; también lo
hicieron recaudadores de impuestos, jueces, inspectores de policía y
responsables del abastecimiento de cereales, lo que abrió un vertiginoso vacío
de poder que urgía llenar. El hundimiento del estado borbónico “municipalizó”
la revolución: muchos ayuntamientos actuaron como mini-repúblicas y –ansiosos
por hacerse valer- subieron impuestos, arrestaron sospechosos, emitieron
proclamas en nombre de la soberanía popular y –para frenar el caos- crearon
fuerzas paramilitares. Cuando las elecciones municipales de febrero de 1790 establecieron
en su lugar nuevos municipios, los recién llegados se consagraron con
entusiasmo a ejecutar los decretos de la Asamblea. No era fácil: versaban sobre
una infinita variedad de asuntos (tributos, elecciones, embargos eclesiales,
límites de municipio, organizar la nacional…) que exigían invertir mucho tiempo
y energía, y aplicarlos sumaba animadversiones vecinales a la tormenta de
exageraciones, rumores y ataques violentos entre rivales reproducidos a diario
en un sinfín de nuevas publicaciones partidistas, en las efervescentes
discusiones en las casas de café y los clubes de las nuevas sociedades
patrióticas. Todo ese coro infinito de voces acabó constituyendo un puñado de
poderes paralelos que –aunque aportaban energía y apoyo al proceso
revolucionario- también le traían desunión y polémica.
El ejemplo más claro de esa
ruptura social fue el cisma religioso. La Asamblea Nacional Constituyente hirió
la sensibilidad de muchos católicos: se negó a declarar el catolicismo como
religión de estado, equiparó como ciudadanos a protestantes y judíos, expropió
las tierras de la iglesia para subastarlas, eligió un pastor protestante como
presidente y ordenó a todos los religiosos jurar la Constitución. Cuando la
mayoría recusó la orden alegando que el estado debía respetar su independencia
en materia espiritual y su lealtad al Papa, los diputados –poco sensibles a
sutiles argumentaciones teológicas- entendieron la negativa como una traición
política: el clero refractario fue visto como el motor del malestar social. La
sociedad se quebró en dos, y todo ese barullo de discusiones de todo tipo tenía
hirviendo en la olla de 1791 un caldo de cultivo –sazonado con todo tipo de
rumores y el temor a una reacción nobiliaria que iba creciendo a medida que aumentaba
el número y la calidad de los nobles emigrados-
sobre el que cayó como una maldición el intento de huida de la familia
real.
Diarios y correspondencias
privadas muestran una cesura: tras la detención de la familia real en Varennes,
a pocos kilómetros de los territorios del Emperador, hablan del rey en términos
extraordinariamente duros. Le llaman traidor, mentiroso, perjuro en su promesa
sagrada de respaldar la constitución. Su huida acentuó la espiral de
habladurías: rumores extendiéndose cual reguero de pólvora de calle en calle
mediante vendedores ambulantes, aguadores, panaderos y sirvientes domésticos
que los simplificaban (para hacerlos inteligibles), o exageraban (para
justificar su miedo). La omnipresencia del miedo y el rumor, afianzados en la
emergente cultura de las denuncias, generó un círculo vicioso de sospechas y
desconfianzas entre todos. La huida del rey había dado carta de naturaleza a
todos esos miedos: hacía evidente la conexión entre los nostálgicos del
absolutismo y las viejas monarquías europeas, y demostraba que ni unos ni otros
estaban cruzados de brazos.
sábado, 31 de diciembre de 2016
REVOLUCIÓN EN FRANCIA (1): VIOLENCIA CIRCUNSTANCIAL O CONSUSTANCIAL?
Caído el muro de
Berlín, una nueva historiografía dispuesta a celebrar el “final de la historia”
que para ellos significaba, se puso a reescribir el pasado con una doble
intención. Por un lado consolidar una apología del sistema económico vencedor
de la Guerra Fría como si nos proporcionara un contexto ideal que –con el
hundimiento del “socialismo real”- unificaría a la humanidad en una especie de
fiesta perpetua de prosperidad y democracia. La idea de que el conflicto
quedaría desterrado de ese paraíso de neón nos parece estúpida hoy porque
sabemos lo que vino después, pero hubo idiotas repitiéndola como borregos y
llamándonos amargados a los que expresábamos nuestras dudas. Y es que la
segunda intención de aquel discurso era acallar cualquier alternativa
convenciéndonos de que cualquier intento de cuestionar el capitalismo triunfante
era absurda, tal y como presuntamente había demostrado la fractura de la URSS
al cerrar en 1991 el círculo iniciado en 1917. Cualquier revolución era pues un
inútil derramamiento de sangre, la interrupción de la mesiánica secuencia de
reformas que conduciría a la humanidad –felizmente acompañada por la
tecnología- hacia ese futuro perfecto.
Hubo que
contratar entonces a un puñado de historiadores con pasados turbios y poderosos
altavoces para que desmenuzaran la interpretación académica de la Revolución
Francesa, a la que -con sorna, arrogancia y el aplauso de los encorbatados
alumnos de las escuelas de negocios- llamaban la “Vulgata leninista”. La pirueta
más grosera de la nueva interpretación surgida de esa demolición dibujaba una
genealogía que enlazaba a los jacobinos, los soviéticos y … (atención!) los
nazis. Era un discurso pedante y reaccionario que reciclaba viejos materiales
ideológicos que la CIA había usado como propaganda “fría” al mezclar en el saco
del “totalitarismo” a Robespierre, Stalin y Hitler. Según la cantinela que
torpemente escuchamos repetir aún hoy a la derecha más soez, todos
tenían en común el uso sistemático de la violencia con la voluntad evidente de
exterminar al adversario político. Y por tanto las violencias de 1793, 1917 y
1933 estarían unidas –según esta interpretación, a la que llamamos
“revisionista”- por una clave ideológica:
en el caso de la Revolución Francesa aquellos ilustrados utópicos inexpertos en
política venían cargados de utopías purificadoras para imponer su proyecto, aún
a costa de exterminar al adversario. Esos monstruos eran los culpables de la
violencia, y todos sus seguidores –incluida la izquierda del presente- apenas copiaban esos tics.
Frente a esa explicación endógena de los orígenes de la violencia política durante la revolución, la “interpretación social” seguía viéndolos -como dice Timothy Tackett en “El Terror en la Revolución Francesa”- “en las impactantes contingencias derivadas de la invasión extranjera y la contrarevolución a las que hubieron de hacer frente los dirigentes revolucionarios” y lo describía como una medida provisional que aparcó temporalmente las libertades hasta que “se hubieran vencido las amenazas a la supervivencia del nuevo régimen”. El debate sobre si la violencia era –resumiendo- “consustancial” a la ideología, o “circunstancial” por los acontecimientos, cuenta hoy con respuestas mucho más reflexivas, con menos aspavientos sospechosos. Es el caso de este libro, publicado por Pasado Presente (2015), que ya deja claro en su introducción que “la revolución avanzó más bien de un modo irregular, atravesando cambios de fase desencadenados por crisis o sucesos imprevistos”. No hubo pues una evolución sostenida y coherente, sino más bien errática y a trompicones, ni unas “ideas fuerza” a cuyos tics violentos podamos atribuir responsabilidades.
Frente a esa explicación endógena de los orígenes de la violencia política durante la revolución, la “interpretación social” seguía viéndolos -como dice Timothy Tackett en “El Terror en la Revolución Francesa”- “en las impactantes contingencias derivadas de la invasión extranjera y la contrarevolución a las que hubieron de hacer frente los dirigentes revolucionarios” y lo describía como una medida provisional que aparcó temporalmente las libertades hasta que “se hubieran vencido las amenazas a la supervivencia del nuevo régimen”. El debate sobre si la violencia era –resumiendo- “consustancial” a la ideología, o “circunstancial” por los acontecimientos, cuenta hoy con respuestas mucho más reflexivas, con menos aspavientos sospechosos. Es el caso de este libro, publicado por Pasado Presente (2015), que ya deja claro en su introducción que “la revolución avanzó más bien de un modo irregular, atravesando cambios de fase desencadenados por crisis o sucesos imprevistos”. No hubo pues una evolución sostenida y coherente, sino más bien errática y a trompicones, ni unas “ideas fuerza” a cuyos tics violentos podamos atribuir responsabilidades.
Es más: resulta
difícil ver en los diputados de la Asamblea Nacional a ideólogos radicalizados.
Más bien son modestos comerciantes urbanos, tan alejados de los privilegios
como de las crisis de subsistencia, cuya buena formación –muchos eran licenciados
en derecho, pero todos conocían los clásicos latinos- les proporcionaba el léxico
y el marco de referencias significativas que les permiten visualizar –por
ejemplo- a César como tirano, y a Bruto como libertador. Y aunque
mayoritariamente estaban familiarizados con las firmas canónicas de la
ilustración, éstas constituían una parte menor de sus lecturas, tan diversas y contradictorias que difícilmente podemos concluir que compartieran una visión del mundo coherente, o un programa de reforma consistente y compartida. Sólo podemos decir que parecen preparados para observar el mundo, someterlo a examen y proponer cambios que lo mejoren, actitud propia de su siglo que constituye la esencia de la ilustración.
Cuando el autor acaba de describir el perfil de los revolucionarios nos resulta difícil encontrar en ese retrato robot –empapado de valores bien alejados de la violencia- la semilla del terror: rechazaron la abolición de la pena de muerte que les propuso Robespierre en mayo de 1791, pero consideraban prácticas embrutecidas el uso de la tortura, las ejecuciones públicas, los duelos de honor personal con los que la nobleza ritualizaba su defensa de la jerarquía, o las rabias populares suscitadas por el abastecimiento insuficiente. Así pues, el primer capítulo acaba constatando que el camino hacia el Terror no estaba escrito al comienzo de la Revolución Francesa, y que por tanto la sórdida precipitación de la violencia surgió del propio proceso.
Cuando el autor acaba de describir el perfil de los revolucionarios nos resulta difícil encontrar en ese retrato robot –empapado de valores bien alejados de la violencia- la semilla del terror: rechazaron la abolición de la pena de muerte que les propuso Robespierre en mayo de 1791, pero consideraban prácticas embrutecidas el uso de la tortura, las ejecuciones públicas, los duelos de honor personal con los que la nobleza ritualizaba su defensa de la jerarquía, o las rabias populares suscitadas por el abastecimiento insuficiente. Así pues, el primer capítulo acaba constatando que el camino hacia el Terror no estaba escrito al comienzo de la Revolución Francesa, y que por tanto la sórdida precipitación de la violencia surgió del propio proceso.
¿Qué quiere decir eso? Los constituyentes y los diputados de la Convención, en cada uno de sus
contextos, cogieron el toro del poder por los cuernos cuando los
acontecimientos se precipitaron y lo ejercieron dando “palos de ciego (…) por
encontrar una política consecuente”, en medio de azarosas tormentas por entre
cuyos entresijos corrían rumores que trascendían sus posibilidades de controlar
las decisiones y llovían sobre mojado para empapar de rabia y desconfianza a
las masas, a las que esta élite culta no podía permanecer indiferente. Esa
incertidumbre y ese miedo participaron en el parto de la violencia: Tacket sostiene que “el miedo fue uno de los
elementos más determinantes en la gestación de la violencia revolucionaria:
miedo a la invasión, miedo al caos y a la anarquía, miedo a la venganza (…) la
psicología de la revolución estuvo caracterizada por el miedo imperante a la
conspiración, una convicción fundamental para explicar la aparición de la rabia
y el odio entre las élites y la imposición de la violencia y la represión
patrocinadas por el estado”. Y añade que este estilo paranoide de la
política dejó de ser en 1793 una reacción puntual a tramas
contrarevolucionarias concretas, de cuya existencia se han descubierto pruebas
fehacientes, para llegar a ser un miedo obsesivo hacia una gran conspiración
omnipresente y monolítica. Podríamos concluir que el terror revolucionario no
surgió tanto de una ideología sistematizada racionalmente, sino de todo lo
contrario, del abandono de la razón en manos del miedo irracional que despertaban sórdidas tramas
opositoras más que evidentes.
domingo, 21 de agosto de 2016
HOMBRES Y MÁQUINAS: UN AGRADECIMIENTO LUDITA
![]() |
| "Los compañeros aprendices en sus telares" El grabado de William Hogarth muestra al capataz bien preparado para actuar |
Algunas publicaciones recientes parecen despertar nuestro interés por los luditas. Asistimos tan perplejos a la degradación programada del planeta que impone la unidad global de mercado, como los luditas a los primeros estragos del capitalismo. Si los proletarios del s. XX rindieron un recuerdo emocionado a los mártires de Chicago, quizá el nuevo precariado busque nuevos referentes más allá de la etiqueta que marxistas y liberales impusieron a los luditas como nostálgicos e ingenuos primitivistas obsesionados con la destrucción de las máquinas. Identificarles como retrógrados resultó una operación muy rentable: aún hoy sirve para descalificar a cuantos reclaman una alternativa a la aplicación sistemática de la tecnología.
¿Por qué les llamamos luditas? Parece que su nombre apela a un aprendiz de tejedor de medias en Leicester, Ned Luddlam, que rompió a martillazos el telar de su maestro en 1779. En su recuerdo, los líderes anónimos que organizaron las protestas de 1811 adoptaron el nombre de Capitán Ludd, y firmaron sus misivas amenazantes. El 12 de abril de 1811 se produjo la primera desstrucción de una instalación industrial, cuando 300 obreros atacaron la fábrica de hilados de William Cartwright en Nottinghamshire. Los saboteadores, apenas organizados pero íntimamente relacionados con las pequeñas comunidades campesinas, destruyeron los telares a mazazos y prendieron fuego a sus instalaciones.
¿Por
que estalló el conflicto? Sin duda tiene antecedentes en
generaciones de maltratos, pero Julius Van Daal también recuerda el
éxito de las obras de Thomas Paine frente a la visión armagedónica
que Edmund Burke ofrecía de los acontecimientos al otro lado del
canal. La tensión debía ser suficiente como para que William Pitt
suspendiera el “Habeas Corpus” (1794). Vamos, que el “capitalismo
de un solo país” -feliz expresión de “La cólera de Ludd” que
remite al monstruo oficial para sugerir que su adversario era igual
de brutal- no estaba para bromas. Y por si fuera poco, a ese marco de
restricción de las libertades políticas vino a añadirse el impacto
del “bloqueo continental” dictado por Napoleón desde el Berlín
ocupado (1810), que privó de muchos mercados a Inglaterra y dejó a
muchos obreros sin trabajo. Entonces
la rabia ludita se disparó: entre 1811 y 1816 se destruyeron casi
dos mil máquinas para presionar a los patronos a que mejoraran
salarios. Creo haber leído a E.P. Thompson justificar la estrategia
recordando que las Anti-Combination
Acts (1799) hacían
imposible la vía negociadora, al haber prohibido el derecho de
asociación de los trabajadores; por tanto destruir máquinas no era
una actuación irracional ni insensata surgida contra la mecanización
-que además había empezado mucho antes- sino la salida desesperada que imponían las
circunstancias..
¿Cómo
luchaban? Enviaban cartas amenazadoras contra los patronos, y
organizaban ataques en banda con apoyo de la población local. Se
tiznaban la cara, atacaban de noche y destruían máquinas, pero no
de forma indiscriminada, sino selectiva: apuntaban a las fábricas
cuyas máquinas abarataban los precios de las telas ofreciendo
tejidos que se rompían. Por tanto, no se oponían a la máquina en
tanto símbolo de innovación, sino porque servían para fabricar
productos de mala calidad que desprestigiaban su oficio y su saber.
¿Cómo
reaccionaron las autoridades? En febrero de 1812 el
Parlamento inglés aprobó la Framebreaking
Bill (2-1812), que
castigaba con la pena de muerte la destrucción de cualquier telar.
Apenas se opuso George Gordon: en su único discurso en la Cámara de
los Lores, Lord Byron les preguntó “¿Es
que no hay ya suficiente sangre en vuestro código penal?”.
Pocos días después, publicó en un periódico una sátira contra la
pena de muerte bajo el título de “Oda
a los redactores del marco legal”.
La represión no se detuvo: hubo 14 ejecutados y 13 enviados a
prisión a Australia. Sin embargo, el movimiento siguió creciendo, y
el estado tuvo que armar un ejército de 12000 soldados para
perseguir a los luditas, mientras apenas 10.000 combatían a Napoleón
en el continente.
Que
el contingente dedicado a vencer al corso fuera menor que el que
perseguía a los luditas no sólo nos demuestra el terror que
despertaron entre las clases dominantes. También nos muestra a
Inglaterra en plena guerra civil entre dos tipos de economía
política: la del naciente capitalismo, que reivindica la fábrica,
la disciplina laboral y la libre competencia (que reduciendo costes y
salarios, acaba con los viejos oficios) y la de los luditas, que
reivindicaban el precio justo, el salario adecuado, el buen trabajo,
en definitiva el control del mercado de trabajo.
¿Tan
peligrosos eran? Cuando los luditas denunciaban el aumento del ritmo
de trabajo que les encadenaba a la máquina ponían de manifiesto la
otra cara de la tecnología. Cuestionaban el progreso técnico desde
un punto de vista moral, defendiendo la reciprocidad y la ayuda mutua
sobre el egoísmo y la competencia individual. Su crítica, pues,
socavaba las mismas bases ideológicas del sistema, porque oponía la
ética frente al beneficio. Ha hecho falta parodiarlos como
nostálgicos mecanoclastas muy primarios, aunque no
renegaban de toda la tecnología, sino de aquella que agredía a la
comunidad. Por eso sus ataques eran precisos: rompían las máquinas
que pertenecían a patronos que producían objetos de mala calidad, a
bajo precio y con peores salarios. Vistos así,
pues, los ludditas eran activistas
lúcidos de un movimiento crítico que reclamaba una aplicación de
la tecnología de acuerdo con las necesidades humanas, valoraba los
viejos oficios y saberes, y proponía una modernidad alternativa para
la que reclamaban salario mínimo legal, limitación del trabajo
infantil, derecho de asociación, controles de calidad...
¿Alguien
más tomó partido por ellos? Percy Shelley
participó en la creación de un fondo de ayuda para las familias de
los condenados a muerte. Lord Byron le invitó en 1826 a veranerar en
una villa suiza cercana a Ginebra, y Shelley acudió con su esposa,
Mary. El mal tiempo les recluyó en la mansión, así que una noche
-leyendo cuentos de fantasmas- Byron retó a sus invitados a que
escribieran un cuento de terror. Mary Shelley no respondió
inmediatamente, pero de aquel desafío saldría poco después la historia de un joven
estudiante de ciencias que -fascinado por la alquimia- se obsesiona
con la creación de un ser vivo en su laboratorio. Todos sabemos qué pasó: cuando Víctor Frankenstein lo consigue, tras meses de
trabajo febril, observa con repulsión la criatura grotesca que ha
creado y abandona el laboratorio consternado. Cuando
regresa, el monstruo ha desaparecido y él decide recomponer su vida.
Sin embargo, su creación -íntimamente unida a él- le persigue, y
acaba asesinando a su hermano pequeño, a su esposa y a su mejor
amigo...
Eso fue lo que obtuvieron los luditas. Sin embargo, en cierto modo
vencieron. Contribuyeron a la toma de consciencia política de los
trabajadores respecto a la explotación capitalista. Y lograron
legarnos preguntas que hoy nos corresponde a nosotros encarar con
valentía: ¿Hay límites a la innovación científica y tecnológica?
¿Debemos descartar la defensa de lo viejo en nombre del progreso?
¿Debemos
aplaudir las consecuencias benéficas de la técnica sin fijarnos en
las catástrofes que originan?
sábado, 16 de julio de 2016
DAVID PALACIOS: “VAIG RECÓRRER ELS ESCENARIS QUE ARSENDA ESMENTAVA EN EL SEU TESTAMENT"
![]() |
| David Palacios (a l'esquerra) amb l'escriptor Joan.Ignasi Ortuño a la Biblioteca Nou Barris (abril 2016) |
“…ruego
a mi señor que si yo no lo puedo hacer en vida haga edificar
hospitales para los peregrinos en la villa de Ager”. Aquesta
súplica continguda en el testament que dicta Arsenda d'Àger el 23
de maig del 1068 sembla mostrar la posició subalterna que una dona
patia en el temps de les violències feudals. Molta documentació del
s. XI, però, atorga protagonismes a dames i reines com Ermessenda o
Almodís de la Marca en les tasques repobladores i edificadores que
articulen els espais de la Catalunya Nova arrencats de mans
sarraïnes. Arsenda d'Àger va contribuir notablement a la dotació i
construcció d'esglésies. També va actuar al costat del seu marit,
Arnau Mir de Tost, en el repoblament de la Vall d'Àger, establint-hi
famílies camperoles i atorgant cartes de poblament.
En
el testament, escrit en llatí, deixa al seu marit un joc d'escacs
d'orígen fatimí, molt valuós, tallat en cristall de roca,
probablement botí de guerra. Aquest tresor de la Col·legiata
d'Àger, del que avui solament 19 peces romanen al Museu de Lleida,
demostra que els escacs eren un entreteniment preuat entre
l'aristocràcia feudal del s. XI. Però també insinua un estil de
vida molt refinat i l'oci quotidià compartit en plà d'igualtat
entre un home i una dona.
A
aquest personatge ha dedicat la seva primera novel·la el nostre
company David Palacios. “In nomine patris” comença l'hivern de
l'any 1024 presentant-nos Arsenda en un monestir barceloní, però
ben aviat precipita els esdeveniments que condueixen el lector per
les relacions del comtat d'Urgell amb l'al-Andalus, el destí del
darrer príncep Omeia refugiat a Lleida, la primera croada cristiana
fins a Barbastre, un bon grapat d'intrigues, traïcions... i amors.
“In
nomine patris” és la teva primera novel·la. De quins tres
atractius del llibre estàs més orgullós?.
Bé,
primer de tot dels detalls, la novel·la està plena de petits
detalls. Pler exemple, quan parlo dels noms, o del nombre de monges
que havia en un convent, sempre són els originals i realment eren
les persones que hi havia. Això em condicionava els personatges que
havien de figurar en el text, però penso que aquesta versemblança
és un altre tret atractiu, perquè els faig servir per mostrar com
eren les coses en aquell moment en aquella comunitat religiosa.
Finalment, estic content de la descripció dels esdeveniments: “In
nomine patris” és una novel·la històrica on els detalls,
personatges i accions són reals. Fer coincidir tot això en una
novel·la és molt difícil.
La
novel·la històrica és un gènere d'èxit, però no sempre està
escrita per historiadors. Creus que ser-ho condiciona l'escrit?
Sí,
almenys a mi sí que m’ha condicionat molt. Crec que com a
historiadors, a més de narrar la vida d`uns personatges tenim
l’obligació de fer un relat que sigui pedagògic, es a dir, que
ajudi el lector a fer-se una idea molt clara de com era la societat
d’aquell moment, les institucions, la manera de pensar, la vida
quotidiana. Aquesta visió la poden aportar els historiadors ja que
quan fem la recopilació de la informació fem un buidatge exhaustiu
de les fonts del moment, evidentment que no cal ser historiador per
consultar les fonts, però per a nosaltres és la nostra tasca
normal, estem més acostumats.
T'has
basat en personatges reals per a escriure la teva novel·la. Com vas
descobrir Arsenda i com ha estat la teva relació amb ella?
Tots
els personatges són reals excepte Abdalà, Balí i Garoca. Aquests
tres personatges són inventats però crec que són molt necessaris
ja que aporten a la novel·la altres punts de vista. Per exemple
Abdalà és un connector entre el món musulmà, l'herència
d'al-Andalus i la nova vida cultural dels regnes de Taifes de
Saragossa o Lleida. Balí i Garoca són el contrapunt de la gran obra
que fan els personatges principals, son uns camperols que es veuran
feudalitzats i patiran aquestes repercussions. Sobre Arsenda....allà
pel volts del 1998 la gran professora i medievalista Teresa Viñoles
em va fer arribar el seu testament per fer un treball.....des d’
aquell moment ja sabia que tard o d’hora faria alguna novel·la
relacionada amb la seva vida. Anys més tard, el 2005, vaig cursar un
doctorat entorn d'aquell moment històric, la vall d´ Àger i els
seus senyors.
Com
ha estat la investigació sobre el personatge?
Emocionant,
intens i esgotador. En un primer moment, a partir del seu testament
vaig fer una aproximació al lloc. Recordo com un estiu vaig agafar
el cotxe i vaig recórrer tots els escenaris que ella esmentava en el
document. El paisatge em va captivar ja que els castells, esglésies,
camins, el reliquiari de fusta, el joc d’escacs tots aquests
edificis i objectes encara existien mil anys desprès de que Arsenda
el nombres. Desprès vaig fer un estudi i un buidatge sobre les
relacions que tenien els personatges amb la vall i els seus
habitants. Vaig consultar molta informació de vendes, testaments,
capbreus, consagracions, donacions i poc a poc vaig conèixer aquell
món. He consultat molt llibres, arxius, documents, però potser,
recórrer físicament els espais on va viure Arsenda ha sigut el que
més m’ha agradat.
Per
què diu l'editorial que vols reivindicar el paper de la dona en la
societat feudal? Quin va ser aquest paper i com el va complir
Arsenda?
Només
cal llegir el seu testament per fer-te una idea de la força de les
seves paraules i del compliment de la seva missió com a Dóna, i com
figura cabdal en la organització, colonització i administració del
territori conquerit. Els llibres d'història parlen molt poc de les
dones de frontera però els arxius estan plens de testimonis de
dones, soles, casades o vídues que arriben a un territori i comencen
a organitzar-lo d'acord amb el dret visigòtic (segles IX-XII). Anys
més tard, amb el dret romà, el paper de la dóna va quedar molt
relegat i aquests testimonis de dones van quedar en l'oblit.
Quina
visió d 'al-Àndalus creus que transmets en el teu llibre? Creus que
és útil en el moment actual?
El
segle XI és molt important tant per als comtats catalans com per a
l'al-Àndalus. Còrdova ha deixat de ser la capital de califat i
comença un període nou, els regnes de taifes, durant el que moltes
ciutats -Lleida, Toledo, Saragossa...- competiran tant a nivell
cultural com polític per ser considerades ciutats hereves del
califat. És un moment d’esplendor, no oblidem que en aquest
context s’aixequen els palaus de l´Aljaferia, els Reales Alcázares
de Sevilla, o s’amplia la Suda a Lleida.
Jo
crec que en els moments actuals és molt important conèixer la
nostra historia. Tot i que la novel·la parla d’un fet concret (la
conquesta de la vall d´ Àger) la historia de l'al-Àndalus seran
nou segles d´intercanvis culturals i econòmics que van enriquir la
nostra cultura.
domingo, 10 de abril de 2016
QÜESTIONARI PEL·LÍCULA "TIERRA Y LIBERTAD" (KEN LOACH, 1995)
- Quines dues versions expliquen les causes de la guerra civil, i quina és la que es presenta en els cartells introductoris al començament de la pel·lícula? En què ho veus?
- Aquesta introducció serveix per donar a l'espectador la informació bàsica. Parla, per exemple, de la nacionalització dels vehicles amb què les organitzacions polítiques i sindicals inicien les primeres operacions bèl·liques. Què va ser la col·lectivització, com es va produir a Catalunya i en què va consistir aquesta “guerra de columnes”?
- Ken Loach comença la història mostrant un acte de propaganda a Anglaterra, que seduirà el protagonista a marxar a Espanya. Amb quins arguments es demana en aquest acte la col·laboració de les persones?
- L'acte acaba amb el crit col·lectiu “No passaran”. Explica la seva història, què vol dir, i en quin context bèl·lic es va popularitzar.
- Ja arribat a Espanya, el protagonista coneix uns milicians que li parlen del POUM. Explica la naturalesa d'aquesta formació política i la de dos actors polítics que sovintegen també el metratge de la pel·lícula, la CNT i la FAI
- El protagonista fa formació militar. Quina impressió vol donar aquesta escena de les primeres fases de la guerra?
- L'episodi de la presa del poble permet assistir a la tràgica repressió que van patir sectors de l'església. Descriu l'escena, explica en què va consistir aquesta repressió i compara la informació que trobis amb el tractament que ofereix la pel·lícula sobre aquest tema.
- L'episodi permet parlar també de les violències a la rereguarda. Quina interpretació en fa la pel·lícula?
- Tot seguit se celebra una assemblea dins la casa del gran propietari. Durant la discussió, s'intueixen opinions diferents sobre 3 qüestions que neguitegen la columna on milita el protagonista sobre què cal fer a partir d'aquell moment. Explica en què consisteixen aquestes tres divergències i relaciona cada opció amb els anarquistes o els comunistes. Sobre el tipus de reforma agrària que cal fer. Sobre si la prioritat ha de ser guanyar la guerra o fer triomfar la revolucióSobre el context internacional.
- La milícia on combat el protagonista celebra una assemblea per decidir com respondre les ordres del govern republicà, instal·lat ja a València, d'incloure's dins un nou i ordenat Exèrcit Popular que substitueixi les columnes. Quins arguments hi ha davant de cada possibilitat?
- Aleshores s'allista a les Brigades Internacionals. Esbrina qui eren i quin paper van tenir durant la guerra
- Quan el protagonista arriba a Barcelona esclaten els Fets de Maig. Explica en què van consistir aquests esdeveniments, quines van ser les seves causes i les seves conseqüències.
- Quines crítiques fa la seva companya dins del POUM respecte dels estalinistes? I quines crítiques diuen que rep d'ells el POUM?
- Els Fets de Maig van provocar un canvi del govern republicà. Analitza la tasca d'aquest nou govern fins al final de la guerra.
- Busca qui va ser George Orwell i compara la trajectòria del protagonista amb les vivències d'aquest intel·lectual britànic durant la guerra civil espanyola.
- Escull un personatge estranger del món de la cultura que tinguès relació amb la guerra civil espanyola, i explica-la.
martes, 29 de marzo de 2016
martes, 15 de marzo de 2016
domingo, 24 de enero de 2016
sábado, 23 de enero de 2016
viernes, 18 de diciembre de 2015
CARLES BALAGUÉ (2010): LA BOMBA DEL LICEO

Any: 2009
Tipologia: Documental - Llargmetratge
Gènere: Documental
Públic: Tots els públics
Durada: 84'
Versió original: Castellà, Català
Versions subtitulades: Castellà
Format: Color, HD, Ultra Stereo
Web: www.diafragmapc.com
Idea original: Carles Balagué
Productor executiu: Marta Rañé Carles Balagué
Director: Carles Balagué
Guió: Carles Balagué
Direcció de fotografía: Carles Gusi
Muntatge: Xavi Carrasco
Direcció de producción: Susana Batalla
Direcció de so: Felipe Aragó
(1)
Explica
què vol dir que el Liceu és un “espai de sociabilitat de la burgesia”.
Fes servir les opinions d’Eduardo Mendoza, Antoni Dalmau i Lluís Permanyer
(vigila, perquè la informació està molt repartida per tot el metratge)
(2)
Fes
la visita virtual que ofereix la pàgina oficial de la institució, i fes
una llista dels espais principals que es poden conèixer i la seva utilitat.
(3)
Quins
atemptats van produir-se a Barcelona entre
1893 i 1896?
Data exacta
|
ATEMPTAT...
|
Contra qui?
|
Qui el va fer?
|
Resultat
|
Exèrcit
|
||||
... al Gran Teatre del Liceu
|
Burgesia
|
|||
Església
|
(4)
Què
vol dir que “el llançament de la bomba
del Liceu es va produir des del cinquè pis perquè el disseny del teatre
estratifica les classes socials”?
(5)
Investiga
què és una bomba Orsini i per què es diu així…
(6)
El
dia de l’atemptat del Liceu s’estrenava la representació de l’òpera “Guillem Tell”, de Rossini. Quina
història explica? Per què creus que aquesta història podia agradar la burgesia
catalana?
(7)
Busca
la pintura de Ramon Casas “Garrote vil”
i fes-ne una descripció. Explica què en pensen els especialistes i què hi
trobes (en el quadre i en la seva història) que podria recordar el destí de
Santiago Salvador.
(8)
El moviment
obrer tenia dues tendències/corrents. Explica breument l’evolució de cadascuna
durant la Restauració (p. 140)
(9)
Manuel
Girona, Eusebi Güell, i Antonio López són alguns dels exemples de personatges
importants de la gran burgesia barcelonina que surten citats. Fes una
petita semblança de cadascun d’ells, i busca quin artista va contractar
cadascun d’ells.
(10) Què vol dir que la Sagrada Família és un temple
expiatori? Identifica aquest detall de la Capella del Roser de la Sagrada
Família, i intenta relacionar-lo amb la teva resposta.
sábado, 5 de diciembre de 2015
¿QUIÉN SE INVENTÓ EL RENACIMIENTO?
Este libro de Jerry Brotton tiene traducción española y sostiene que el Renacimiento surgió en Europa
gracias a la competencia y al intercambio de ideas y bienes con sus
vecinos orientales y predominantemente islámicos: “estas
transacciones pusieron las bases del gran arte y de la cultura que
ahora asociamos con el Renacimiento y revelan también que Europa
surgió en estrecha relación, y no en franca oposición, con las
culturas y comunidades que a menudo ha despreciado y calificado de
subdesarrolladas e incivilizadas”. Es
una tesis interesante y provocadora, que desmiente demasiados tópicos
como para condensarse en tan pocas páginas. Y sin embargo, el tamaño
del libro acaba siendo un acierto porque, en su lucha por demostrar
la factura oriental del Renacimiento, el autor se ve obligado a
ponernos al día y sintetizar precipitadamente un estado de la
cuestión muy apretado que hace del libro un manual capaz de
condensar todos los aspectos interesantes de la época. Ya el título
se sirve del bazar oriental como metáfora de un proceso por el que
“Europa empezó a definirse comprando
y emulando la opulencia y la sofisticación cultural de las ciudades,
comerciantes, eruditos e imperios de los otomanos, los persas y los
mamelucos egipcios. El flujo de especias, sedas, alfombras,
porcelana, pórfido, cristalería, laca, tintes y pigmentos
procedentes de los bazares orientales de la España musulmana, el
Egipto de lo mamelucos, la Turquía otomana, Persia, y la ruta de la
seda entre China y Europa, proporcionaron la inspiración y los
materiales para el arte y la arquitectura de Bellini, Van Eyck,
Durero y Alberti”. Por si fuera poco,
se añade, los conocimientos árabes en astronomía, filosofía y
medicina influyeron en Leonardo, Copérnico, Vesalio y Montaigne.
Brotton confiesa que su intento de encontrar las “raíces orientales” del
Renacimiento pretende responder al “clima global” del presente:
en un tiempo que parece enfrentar dos fundamentalismos –el mercado
contra Dios- él ha preferido recordar que “en
los orígenes de nuestra modernidad, (…) las personas
intercambiaban ideas y objetos, dejando al margen su ideología”.
El propósito es loable, aunque quizá las fuentes y los argumentos
citados no me acaban de convencer porque se margina cuantos no
permiten rastrear la influencia oriental. Sin embargo, la nobleza
del propósito otorga al libro una originalidad que merece atención,
y te vuelve consciente de que cada visión del Renacimiento tiene
intencionalidad.
Vasari
ya habló de “rinascità”, pero el término “renacimiento” no
se inventó hasta que el nacionalista romántico y republicano Jules
Michelet publicó el séptimo volumen (1855) de la “Historia
de Francia” que venía escribiendo
desde 1833. Empeñado en celebrar “el
descubrimiento del mundo y el descubrimiento del hombre”,
Michelet definía una “Renaissance”
como el momento en el que “el hombre
se reencontró a si mismo”. Esa
concepción del Renacimiento como ruptura, como eclosión del genio
individual, materializada en un Olimpo de intrépidos exploradores,
sesudos reformadores y eruditos escritores, nos resultaría familiar
si no fuera porque Michelet, -en su calidad de nacionalista francés-
quiso reivindicar el fenómeno como propio, alejándolo de la Italia
llena de tiranos y papas a los que su pasión democrática detestaba.
Desengañado tras el fracaso de las revoluciones de 1848, Michelet
buscaba en el pasado un triunfo de la libertad, y creyó encontrarlo
en la sofisticación artística del Renacimiento y en los escritos de
Rabelais o Montaigne.
Aquellos
individuos geniales también fascinaron al suizo Jacob Burckhardt
cuando esbozó su clásico “La cultura
del Renacimiento en Italia” (1860).
En él, la esencia de aquella época es el nacimiento de la
individualidad moderna: el artista, el navegante, el reformador, el
humanista, incluso el príncipe -cuya obra maestra era el estado-
contrastarían con el hombre medieval, al que le faltaría -según su
visión- una conciencia clara de su identidad individual. Ese
Renacimiento profundamente subjetivo es, dice, Brottom, la fantasía
de un intelectual elitista, “orgulloso de su
individualismo suizo protestante y republicano, temeroso del
creciente poder imperial alemán y de la destrucción de la belleza y
el buen gusto que propiciaba el drama de la industrialización”.
Burckhardt también se quiso refugiar en un tiempo en el que el arte
y la vida estuvieran unidos, y se ensalzara el republicanismo.
![]() |
| Huizinga describía las pervivencias medievales en la sociedad borgoñona del s. XV |
Contra
la visión del Renacimiento como ruptura/novedad Johan Huizinga
publicó “El otoño de la Edad Media”
(1922). Lejos de oponerlo a los tiempos medievales, el Renacimiento
de Huizinga era su declinar. Escribía tras la Gran Guerra, mal
momento para celebrar el supuesto florecer de la individualidad
europea, empujado por una especie de “revolución de los
medievalistas” que se oponía al retrato de lo medieval como tiempo
de oscuridad. Así, C.H. Haskinks le quitaba excepcionalidad al
Renacimiento señalando al que él advertía en el s. XII (1927). El
pesimismo de postguerra impedía a Huizinga reconocer ninguna
modernidad en el s. XV; sólo cuando la barbarie del Holocausto urgió
a buscar un “kit de emergencia” con el que sobreponerse a las
miserias del progreso, el judío alemán Erwin Panofsky se atrevió a
recetar el estudio de la iconología del Renacimiento para recuperar
valores -saber, urbanidad...- que sirvieran de antídoto a la
deshumanización experimentada: reflexionar sobre las fuentes
literarias, filosóficas y políticas, como habían hecho los
humanistas, nos hace humanos y nos aparta de la barbarie.
Así fue como
la visión del sofisticado “Renacimiento rupturista” se volvió a
poner de moda. Sin embargo, Peter Burke lleva tiempo advirtiéndonos
contra el espejismo creado por los escritores del Quattrocento para
canonizar su época. Su visión del fenómeno es más progresiva que
rupturista, y pretende enlazar a Petrarca con Descartes construyendo
una sucesión de cambios que empezaría en 1300 y llegaría hasta
1600. Mientras Francia se mantenía como epicentro del gótico, la
caballería y la escolástica, fue surgiendo en las ciudades
italianas autónomas una cultura alternativa, más laica y civil que
clerical y militar; y mientras gran parte de las viejas estructuras
sociales y económicas se mantenían, la élite que compartía esa
cultura creó un discurso laudatorio tan fascinante que todavía hoy
seguimos haciéndole los coros. Burke, por ejemplo, explica cómo
tras la derrota del Duque de Milán Giangaleazzo Viscoti durante su
campaña por conquistar Florencia (1402), la ciudad del Arno celebró
la derrota del tirano comparándose, en tanto estaba libre de
príncipes, con la antigua Atenas y la Roma republicana.
Intelectuales a sueldo de los mercaderes que copaban las
instituciones colegiadas de la ciudad inventaron entonces una “edad
oscura” / “edad media” que les separaría del mundo clásico
que querían recuperar, y en el que creían encontrar recetas tan
virtuosas como válidas para encarar su presente. El profesor de
historia cultural en Cambridge nos sugiere que desconfiemos del
relato simbólico que satura la historia de las ciudades-estado
italianas de metáforas (despertar, renacer...) y personajes
sobrehumanos (heroicos como Miguel Ángel, o malvados como los
Borgia) para convencernos de que su advenimiento fue una especie de
milagro.
![]() |
| Peter Burke, autor de "El Renacimiento europeo. Centros y periferias" (2005) |
¿Por qué
nos ha seducido tanto ese discurso? Por una parte, es obvio que es un
relato tan fascinante que ofrece atractivo turístico, y posibilidades didácticas:
facilita un espejismo comprensible mientras te paseas por las calles de
Florencia o cuando explicas en clase. Pero pensando en los
refugios que con talante republicano y decadentista se inventaron
Burckhart y Michelet, se me ocurre que el mito del Renacimiento no sólo proporciona mercaderes y príncipes con los que el capital y el estado se letigimen hoy.
También a nosotros, consumidores compulsivos del s. XXI, nos facilita una cálida hospitalidad alejada de nuestra "hoguera de las vanidades", un oasis de belleza estética alejada de nuestro evanescente presente. Aquel mundo de valores cívicos y paganos nos resulta atractivo porque somos tan individualistas y hedonistas como aquellos genios. También es posible, como sugiere el historiador norteamericano de la literatura Stephen Greenblartt (Renaissance self-fashioning: from More to Shakespeare, 1980), que nos fascinen los grandes autores del Renacimiento porque produjeron unos personajes de ficción (Fausto, Hamlet...) tan angustiados en su reflexión sobre su propia identidad como nosotros mismos. Ver en aquellos intelectuales orgánicos / genios un sofisticado antecedente ilustre de nosotros mismos nos rendiría a los pies del Renacimiento como “kilómetro cero” de nuestra modernidad. Lo malo de la modernidad es que, como la fuerza en “Star Wars”, también tiene su lado oscuro. Y que esa segunda cara no nos gusta: no sólo no es reivindicable, sino que incluso es sórdida. En el caso de que el Renacimiento fuera el alba de nuestra modernidad, añade Greenblartt, también tuvo su lado oscuro: si nuestro culto a la ciencia y la técnica produjo el Holocausto, aquella “primera modernidad” produjera la debacle demográfica americana. ¿Acaso no es cierto que cuando oteamos la Europa del primer Quinqueccento buscando la cúpula de Brunelleschi, no estamos evitando conscientemente mirar al Caribe?
También a nosotros, consumidores compulsivos del s. XXI, nos facilita una cálida hospitalidad alejada de nuestra "hoguera de las vanidades", un oasis de belleza estética alejada de nuestro evanescente presente. Aquel mundo de valores cívicos y paganos nos resulta atractivo porque somos tan individualistas y hedonistas como aquellos genios. También es posible, como sugiere el historiador norteamericano de la literatura Stephen Greenblartt (Renaissance self-fashioning: from More to Shakespeare, 1980), que nos fascinen los grandes autores del Renacimiento porque produjeron unos personajes de ficción (Fausto, Hamlet...) tan angustiados en su reflexión sobre su propia identidad como nosotros mismos. Ver en aquellos intelectuales orgánicos / genios un sofisticado antecedente ilustre de nosotros mismos nos rendiría a los pies del Renacimiento como “kilómetro cero” de nuestra modernidad. Lo malo de la modernidad es que, como la fuerza en “Star Wars”, también tiene su lado oscuro. Y que esa segunda cara no nos gusta: no sólo no es reivindicable, sino que incluso es sórdida. En el caso de que el Renacimiento fuera el alba de nuestra modernidad, añade Greenblartt, también tuvo su lado oscuro: si nuestro culto a la ciencia y la técnica produjo el Holocausto, aquella “primera modernidad” produjera la debacle demográfica americana. ¿Acaso no es cierto que cuando oteamos la Europa del primer Quinqueccento buscando la cúpula de Brunelleschi, no estamos evitando conscientemente mirar al Caribe?
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