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"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

sábado, 5 de diciembre de 2015

¿QUIÉN SE INVENTÓ EL RENACIMIENTO?



Este libro de Jerry Brotton tiene traducción española y sostiene que el Renacimiento surgió en Europa gracias a la competencia y al intercambio de ideas y bienes con sus vecinos orientales y predominantemente islámicos: “estas transacciones pusieron las bases del gran arte y de la cultura que ahora asociamos con el Renacimiento y revelan también que Europa surgió en estrecha relación, y no en franca oposición, con las culturas y comunidades que a menudo ha despreciado y calificado de subdesarrolladas e incivilizadas”. Es una tesis interesante y provocadora, que desmiente demasiados tópicos como para condensarse en tan pocas páginas. Y sin embargo, el tamaño del libro acaba siendo un acierto porque, en su lucha por demostrar la factura oriental del Renacimiento, el autor se ve obligado a ponernos al día y sintetizar precipitadamente un estado de la cuestión muy apretado que hace del libro un manual capaz de condensar todos los aspectos interesantes de la época. Ya el título se sirve del bazar oriental como metáfora de un proceso por el que “Europa empezó a definirse comprando y emulando la opulencia y la sofisticación cultural de las ciudades, comerciantes, eruditos e imperios de los otomanos, los persas y los mamelucos egipcios. El flujo de especias, sedas, alfombras, porcelana, pórfido, cristalería, laca, tintes y pigmentos procedentes de los bazares orientales de la España musulmana, el Egipto de lo mamelucos, la Turquía otomana, Persia, y la ruta de la seda entre China y Europa, proporcionaron la inspiración y los materiales para el arte y la arquitectura de Bellini, Van Eyck, Durero y Alberti”. Por si fuera poco, se añade, los conocimientos árabes en astronomía, filosofía y medicina influyeron en Leonardo, Copérnico, Vesalio y Montaigne.

Brotton confiesa que su intento de encontrar las “raíces orientales” del Renacimiento pretende responder al “clima global” del presente: en un tiempo que parece enfrentar dos fundamentalismos –el mercado contra Dios- él ha preferido recordar que “en los orígenes de nuestra modernidad, (…) las personas intercambiaban ideas y objetos, dejando al margen su ideología”. El propósito es loable, aunque quizá las fuentes y los argumentos citados no me acaban de convencer porque se margina cuantos no permiten rastrear la influencia oriental. Sin embargo, la nobleza del propósito otorga al libro una originalidad que merece atención, y te vuelve consciente de que cada visión del Renacimiento tiene intencionalidad.

Vasari ya habló de “rinascità”, pero el término “renacimiento” no se inventó hasta que el nacionalista romántico y republicano Jules Michelet publicó el séptimo volumen (1855) de la “Historia de Francia” que venía escribiendo desde 1833. Empeñado en celebrar “el descubrimiento del mundo y el descubrimiento del hombre”, Michelet definía una “Renaissance” como el momento en el que “el hombre se reencontró a si mismo”. Esa concepción del Renacimiento como ruptura, como eclosión del genio individual, materializada en un Olimpo de intrépidos exploradores, sesudos reformadores y eruditos escritores, nos resultaría familiar si no fuera porque Michelet, -en su calidad de nacionalista francés- quiso reivindicar el fenómeno como propio, alejándolo de la Italia llena de tiranos y papas a los que su pasión democrática detestaba. Desengañado tras el fracaso de las revoluciones de 1848, Michelet buscaba en el pasado un triunfo de la libertad, y creyó encontrarlo en la sofisticación artística del Renacimiento y en los escritos de Rabelais o Montaigne.


Aquellos individuos geniales también fascinaron al suizo Jacob Burckhardt cuando esbozó su clásico “La cultura del Renacimiento en Italia” (1860). En él, la esencia de aquella época es el nacimiento de la individualidad moderna: el artista, el navegante, el reformador, el humanista, incluso el príncipe -cuya obra maestra era el estado- contrastarían con el hombre medieval, al que le faltaría -según su visión- una conciencia clara de su identidad individual. Ese Renacimiento profundamente subjetivo es, dice, Brottom, la fantasía de un intelectual elitista, “orgulloso de su individualismo suizo protestante y republicano, temeroso del creciente poder imperial alemán y de la destrucción de la belleza y el buen gusto que propiciaba el drama de la industrialización”. Burckhardt también se quiso refugiar en un tiempo en el que el arte y la vida estuvieran unidos, y se ensalzara el republicanismo.


Huizinga describía las pervivencias
medievales en la sociedad borgoñona
del s. XV
Contra la visión del Renacimiento como ruptura/novedad Johan Huizinga publicó “El otoño de la Edad Media” (1922). Lejos de oponerlo a los tiempos medievales, el Renacimiento de Huizinga era su declinar. Escribía tras la Gran Guerra, mal momento para celebrar el supuesto florecer de la individualidad europea, empujado por una especie de “revolución de los medievalistas” que se oponía al retrato de lo medieval como tiempo de oscuridad. Así, C.H. Haskinks le quitaba excepcionalidad al Renacimiento señalando al que él advertía en el s. XII (1927). El pesimismo de postguerra impedía a Huizinga reconocer ninguna modernidad en el s. XV; sólo cuando la barbarie del Holocausto urgió a buscar un “kit de emergencia” con el que sobreponerse a las miserias del progreso, el judío alemán Erwin Panofsky se atrevió a recetar el estudio de la iconología del Renacimiento para recuperar valores -saber, urbanidad...- que sirvieran de antídoto a la deshumanización experimentada: reflexionar sobre las fuentes literarias, filosóficas y políticas, como habían hecho los humanistas, nos hace humanos y nos aparta de la barbarie.

Así fue como la visión del sofisticado “Renacimiento rupturista” se volvió a poner de moda. Sin embargo, Peter Burke lleva tiempo advirtiéndonos contra el espejismo creado por los escritores del Quattrocento para canonizar su época. Su visión del fenómeno es más progresiva que rupturista, y pretende enlazar a Petrarca con Descartes construyendo una sucesión de cambios que empezaría en 1300 y llegaría hasta 1600. Mientras Francia se mantenía como epicentro del gótico, la caballería y la escolástica, fue surgiendo en las ciudades italianas autónomas una cultura alternativa, más laica y civil que clerical y militar; y mientras gran parte de las viejas estructuras sociales y económicas se mantenían, la élite que compartía esa cultura creó un discurso laudatorio tan fascinante que todavía hoy seguimos haciéndole los coros. Burke, por ejemplo, explica cómo tras la derrota del Duque de Milán Giangaleazzo Viscoti durante su campaña por conquistar Florencia (1402), la ciudad del Arno celebró la derrota del tirano comparándose, en tanto estaba libre de príncipes, con la antigua Atenas y la Roma republicana. Intelectuales a sueldo de los mercaderes que copaban las instituciones colegiadas de la ciudad inventaron entonces una “edad oscura” / “edad media” que les separaría del mundo clásico que querían recuperar, y en el que creían encontrar recetas tan virtuosas como válidas para encarar su presente. El profesor de historia cultural en Cambridge nos sugiere que desconfiemos del relato simbólico que satura la historia de las ciudades-estado italianas de metáforas (despertar, renacer...) y personajes sobrehumanos (heroicos como Miguel Ángel, o malvados como los Borgia) para convencernos de que su advenimiento fue una especie de milagro.

Peter Burke, autor de "El Renacimiento
europeo. Centros y periferias
" (2005)
¿Por qué nos ha seducido tanto ese discurso? Por una parte, es obvio que es un relato tan fascinante que ofrece atractivo turístico, y posibilidades didácticas: facilita un espejismo comprensible mientras te paseas por las calles de Florencia o cuando explicas en clase. Pero pensando en los refugios que con talante republicano y decadentista se inventaron Burckhart y Michelet, se me ocurre que el mito del Renacimiento no sólo proporciona mercaderes y príncipes con los que el capital y el estado se letigimen hoy.

También a nosotros, consumidores compulsivos del s. XXI, nos facilita una cálida hospitalidad alejada de nuestra "hoguera de las vanidades", un oasis de belleza estética alejada de nuestro evanescente presente. Aquel mundo de valores cívicos y paganos nos resulta atractivo porque somos tan individualistas y hedonistas como aquellos genios. También es posible, como sugiere el historiador norteamericano de la literatura Stephen Greenblartt (Renaissance self-fashioning: from More to Shakespeare, 1980), que nos fascinen los grandes autores del Renacimiento porque produjeron unos personajes de ficción (Fausto, Hamlet...) tan angustiados en su reflexión sobre su propia identidad como nosotros mismos. Ver en aquellos intelectuales orgánicos / genios un sofisticado antecedente ilustre de nosotros mismos nos rendiría a los pies del Renacimiento como “kilómetro cero” de nuestra modernidad. Lo malo de la modernidad es que, como la fuerza en “Star Wars”, también tiene su lado oscuro. Y que esa segunda cara no nos gusta: no sólo no es reivindicable, sino que incluso es sórdida. En el caso de que el Renacimiento fuera el alba de nuestra modernidad, añade Greenblartt, también tuvo su lado oscuro: si nuestro culto a la ciencia y la técnica produjo el Holocausto, aquella “primera modernidad” produjera la debacle demográfica americana. ¿Acaso no es cierto que cuando oteamos la Europa del primer Quinqueccento buscando la cúpula de Brunelleschi, no estamos evitando conscientemente mirar al Caribe?

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