¡Echando de menos la edición radiofónica!

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"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

domingo, 20 de mayo de 2012

CENTENARIO DEL TITANIC: "EN EL FONDO", UNA SOCIEDAD




Con la que está cayendo, es inevitable pensar que Joan Manel Serrat y Joaquín Sabina titulan su último trabajo “La orquesta del Titanic” porque se sienten como aquellos músicos presenciando en cubierta, mientras tocaban, el hundimiento de un modelo social que se precipita hacia el fondo de unas aguas tan oscuras como gélidas. Con ese título también están denunciando la impertérrita asistencia al trágico espectáculo de sus inminentes perjudicados. Del mismo, modo, el 26 de abril pasado se conmemoraba el centenario del hundimiento del Titanic sin que ninguna reflexión buscara advertencias o lecturas que nos permitan cambiar el rumbo: nos precipitamos hacia el iceberg con cansina indiferencia sin que nadie alce la voz, mientras los de tercera clase nos conformamos con las lecturas más triviales de la tragedia. De la de 1912, y de la de hoy.


Con motivo del reciente centenario del hundimiento del Titanic he detectado referencias mediáticas de dos tipos. Por un lado están las que escarban en la experiencia de los españoles que viajaban en el barco: posiblemente sea un recurso periodístico para acercar la tragedia al espectador de hoy. Así encontramos a quienes agitan la bandera celebrando que 4 de los 8 viajeros españoles eran catalanes, y a los que -como en el documental que sigue la pista al J. Dawson real, cuyo nombre bautizó al protagonista de la película de James Cameron- se sobrecogen con la historia de la joven pareja formada por Víctor Peñasco, cuyo frac ha sido subastado junto con una infinita lista de objetos rescatados de los restos del barco, y su esposa Josefa Pérez de Soto, que se salvó junto con la doncella. Las dos anécdotas buscan a las personas que se esconden tras la historia, aunque resulta espeluznante comparar la trayectoria del J. Dawson real, que vivió (y murió) matándose a trabajar, con la parejita que llevaba cien millones de pesetas gastados en un viaje por Europa que parecía no tener fin. La mirada humana a las tragedias individuales de 1912 se adorna con confusas conjeturas sobre el significado del azar: que si el propietario de la White Star Line, J.P. Morgan, canceló su viaje en la suite presidencial debido a una enfermedad repentina, que si el matrimonio Vanderbilt decidió no embarcar en el último minuto y dejó a bordo a sus sirvientes, que si la camarera argentina Violeta Jessop había sobrevivido meses antes al choque del buque Olimpic y se salvaría también meses después del bombardeo del Britanic por un submarino alemán, que si Milvina Dean se embarcó con 10 semanas de edad y falleció el mismo día –hace tres años- en que se cumplían 98 de la botadura del Titanic…

En fin. Historias para no dormir que se aderezan con otra mirada sobre el pasado: una segunda lectura que pretende dejarnos boquiabiertos ante un rosario de cifras y datos estúpidos, capaces de celebrar el triunfo tecnológico sobre las reglas de la naturaleza. En esa categoría podemos incluir la descripción del Titanic como un palacio flotante dotado de ascensores, piscina, café, biblioteca, sala de fumadores, baños turcos, gimnasio, barbería, y aquella espléndida escalinata bajo una cúpula acristalada que la bañaba de luz natural. Que si tenía capacidad para 1320 pasajeros y 909 tripulantes, que si medía 269 metros de eslora, que si había costado 7 millones de dólares de entonces, unos 180 millones de dólares actuales, que si el pasaje más caro costaba unos 4.350 dólares (unos 77.500 de los actuales) y el más barato, en tercera clase, apenas 34 dólares (poco más de los 600 actuales). Esas cifras vuelven a encandilarnos hoy, y nos distraen de la cifra más importante: y ésta no es que en el Titanic había 400 pinzas para espárragos, sino que había 20 botes salvavidas que apenas cubrirían para 1.200 personas, algo más de una tercera parte de los que viajaban en su trayecto inaugural.

Urge pues una reflexión sobre el mito de la insumergibilidad, tan exultantemente proclamada por el capitán Edward John Smith, cuando declaró que “Ni siquiera Dios podría hundirlo”. Esa confianza ciega convierte al desmesurado y excesivo trasatlántico, como dice Xavier Valls en Historia y Vida, en el “perfecto reflejo de una sociedad que también soportaba una carga exagerada de orgullo y codicia”. Y sin embargo, seguimos rindiendo culto a los capitanes de empresa, olvidando una vez más que el veterano capitán, que debía jubilarse al terminar la travesía, no dudó en acelerar la velocidad, apremiado por J. Bruce Ismay, presidente de la compañía y pasajero, quien confiaba en llegar a Nueva York un día antes de lo previsto, a costa de navegar de noche a toda velocidad, pese a los avisos de icebergs que se habían recibido. En lugar de tomar de la tragedia lecciones sobre el crecimiento descontrolado como si fuera infalible, o sobre la naturaleza de los piratas del capitalismo, la frivolidad con la que nuestros medios han saludado el centenario del Titanic apenas considera estas dos lecturas: la del hombre sujeto al azar y la de la tecnología deslumbrante. Son miradas propias de nuestro tiempo, tan presto a sustituir la reflexión científica por la explicación casual, tan empeñado en sustituir lo trascendente por lo trivial, y las lecturas científicas por la no existencia de lecturas. Todo, en definitiva, muy postmoderno. Así es como la conmemoración del centenario nos ha mostrado estúpidos y ostentosos viajeros recreando el viaje con patéticos disfraces de época, y a los descendientes de las víctimas acudiendo a una absurda cena en el museo marítimo de tres cifras el tenedor. Mientras esos placeres, que dan vergüenza ajena, se reservan a nuestros pudientes, a los del billete de tercera nos ofrecen oportunidades menos suntuosas: una exposición que nos cobra 15 euros por mirar de lejos la cubertería, y una película que –si no te traes las gafas para visionar en 3D de casa- te cuesta 9 euros. En definitiva, el Titanic es un negocio que sigue a flote.


No debería extrañarnos: sabemos que nuestro mundo hace malabares económicos con todo cuanto pueda tener precio. Sin embargo, a mi me parece que la imaginería barroca que constituye el visionado 3D, constituye una oportunidad más para releer la tragedia con la ira que merece, porque retrata una realidad escalofriante: como el Titanic entonces, hoy se hunde una sociedad entera, pero como entonces los más débiles llevan el mayor peso de una desgracia a la que apenas han contribuido. Parece mentira que, siendo Titanic una de las películas con más recaudación en taquilla de la historia del cine, con la relevancia que le da ser una de las películas más premiadas de todos los tiempos, nadie la utilice para comparar la situación que denuncia con nuestro presente. ¿Ni la larga sombra que proyecta esta película sobre la historia del cine despierta nuestra conciencia sobre la realidad que retrata?. La película que produjo y dirigió James Cameron en 1997 reconstruye el hundimiento del barco de pasajeros más grande y lujoso de su época, pero ¿hacía falta que, al convertir el crucero en el telón de fondo de la historia de amor entre Jack Dawson y Rose DeWitt Bukater, inventara que los dos personajes pertenecieran a clases sociales distintas?

Yo creo que no hacía falta, de lo que deduzco que Cameron quiere denunciar algo más. Me da la impresión que “Titanic” es una película con trasfondo social, que quiere que advirtamos las profundas diferencias que separaban a los personajes enfocando con precisión la distinta consideración que dispensa la tripulación hacia los pasajeros en función de su clase. Las escapadas de los dos jóvenes nos permiten seguirles por casi todos los espacios del gigantesco trasatlántico: las distintas cubiertas, la sala de máquinas y los compartimentos de tercera, aunque también les acompañados hasta el lujoso camarote de Rose, repleto de joyas y muebles elegantes, en el que hay cuadro de Monet.


Me parecen especialmente brillantes las secuencias en las que cada uno de los jóvenes descubre el entorno social que no le es propio: Jack se siente incómodo en los lujosos salones con su frac prestado, y Rose presencia las diversiones de las clases subalternas, cuya vida idealiza el director como menos artificiosa, más auténtica, más libre. En la bodega, lejos del suntuoso camarote, se producirá el encuentro más íntimo, en una metáfora del amor que prescinde de lujos y adornos. La mirada al fascinante entorno que dirigen los jóvenes durante sus escapadas nos permite mucho más que reparar en la obra maestra de la ingeniería que fue el Titanic. También nos descubre el barco como un trazado urbanístico que ordena las categorías sociales: “en el fondo” era una ciudad industrial, con barrios burgueses –céntricos, confortables, estéticos- y barrios obreros, periféricos e insalubres. Las diferencias entre ricos prepotentes y pobres soñadores se mantuvieron en el trágico desenlace: aunque la preferencia, al abandonar el barco, la deberían tener las mujeres y los niños, se privilegió a los ricos como si su vida tuviera más valor. Sin embargo, ninguna de las miradas de hoy al Titanic menciona, ni contrasta, la secuencia en la que se cierran las puertas del compartimento de tercera clase, privando a muchos pobres de ganar su oportunidad para salvarse. Así fue como...
- de los pasajeros de primera clase fueron rescatados con vida 199 y perecieron 130. Sobrevivió el 60%
- de los de segunda se rescataron 119 y perecieron 166. Sobrevivió el 42%
- de los de tercera se rescataron 174 y perecieron 536. Sobrevivió el 25%

Nadie a mi alrededor parece escandalizarse; sólo James Cameron concluye su "regreso" documental explicitando que la parábola del Titanic nos debería permitir reflexionar sobre el culto al progreso y lo compara con un microcosmos de nuestro mundo, que se precipita hacia un nuevo iceberg, el cambio climático, sin que la inercia económica nos permita cambiar el rumbo porque “demasiados ganan con este sistema y no están dispuestos a soltar el timón”. Quizá sólo podamos hacer algo cuando llegue la hora de la verdad, el peligro inminente. O quizá entonces ya sea demasiado tarde. En cualquier caso, "Titanic" permite presagiar cómo funcionará la tragedia y quién pagará el precio...



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