Ferran Sánchez: Història. Divulgació. Docència.

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"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

lunes, 12 de febrero de 2018

DÁNDOLE VUELTAS A LA REVOLUCIÓN MEXICANA (1)






Que la revolución mexicana no ocupe un puesto de honor en los manuales de historia contemporánea siempre me sorprendió porque –aunque no soy un buen conocedor de la historia del continente americano- su carga simbólica me parece incuestionable. La historiografía padeció el supremacismo blanco hasta bien entrado el siglo XX, y Europa tiene una larga experiencia en mirarse el ombligo. Como fenómeno histórico la revolución mexicana no es fácil: quizá falte un mercado interesado y –desconozco- un erudito capaz de seducirlo. Está claro que no voy a llenar ninguno de esos huecos con este post, pero escribirlo me servirá para poner orden en mis apuntes, prepararme la clase en la que voy a abordarla, y –quién sabe- proporcionar materiales para despertar curiosidades más organizadas que la mía.

PORFIRIATO (1876-1911). El sistema políticoimperante en México a finales del XIX recibe ese nombre por el militar que lo sostiene, Porfirio Díaz. Es el típico “estado positivista” capaz de ofrecer estabilidad y negocios a la burguesía, cuyo monopolio del poder se legitima con argumentos darwinistas. Incluso sus contemporáneos llamaban “científicos” a los tecnócratas que conforman el entorno de Díaz, cuyas políticas -parcelación de las propiedades corporativas (1890), protección para la construcción de líneas ferroviarias…- nos recuerdan fácilmente la institucionalización de la revolución liberal en Europa. Por debajo, la miseria: en 1910 el 1% de las familias controlaba el 85% de las tierras cultivables y el drama de la represión obrera/campesina por parte del Cuerpo de Rurales -manifestada en las huelgas deCananea y Río Blanco- es denunciada por J.K.Turner en México Bárbaro (1908).

En 1907 James Creelman, de la Pearson's Magazine de NYC, entrevistó al presidente Díaz y redactó el artículo “El presidente Díaz, héroe de las Américas” (1908). Parcialmente reproducida en un periódico adicto al régimen, “El Imparcial”, provocó un verdadero terremoto en la política mexicana porque Díaz anunciaba que se retiraría cuando finalizara su séptimo mandato, y aceptaba que se fueran preparando partidos que se presentaran como alternativas. Sobre todo, hacía un balance optimista de su gestión en términos positivistas y nacionalistas: “Ha convertido a las conflictivas, supersticiosas y empobrecidas masas de México, oprimidas por siglos de crueldad y avaricia españolas, en una nación fuerte, estable, pagadera de sus deudas y amante del progreso”.

Desde la perspectiva norteamericana, la entrevista tenía también su interés. El presidente Roosevelt había sido reelegido en 1904 bajo la promesa personal de no volver a competir por la presidencia en 1908. Cuando la apología de Díaz que escribió Creelman vio la luz, aún no se sabía si Teddy Roosevelt cedería a la tentación; se entrevistaba al maestro de las promesas de no reelección rotas que rompió su promesa para sacrificar su voluntad en favor del progreso. Él mismo opinaba que “no veo ninguna buena razón para que el presidente Roosevelt no sea reelegido otra vez si la mayoría del pueblo americano desea que continúe en la presidencia

Después de haber prometido no presentarse, sin embargo, lo hizo. ¿Por qué? Quizá las referencias a su edad que contiene la entrevista –77 años que serían 80 en el momento de la elección presidencial- insinúen cierta preocupación por el futuro y cierta angustia en la clase política por dejarlo “atado y bien atado”. Desde ese punto de vista, el documento periodístico sería una especie de testamento político en el que Porfirio justifica su labor, y –en tanto el balance es positivo-, y una apuesta por una transición hacia un nuevo régimen donde todo quede “bien atado”: “Quiero estar vivo para ayudar a mi sucesor”, respondía Porfirio Díaz al periodista americano.

           a) En cuanto a la justificación de las políticas desarrolladas, llega a explicitar que “adoptamos una política paternalista (…) guiando y restringiendo las tendencias populares con una fe firme en que una paz impuesta permitiría a la industria y l comercio desarrollar su estabilidad”. El enriquecimiento de la burguesía, entendido como progreso nacional, parece justificar –en ese texto- la limitación democrática.
          
 ¡    b) Y no sólo eso! A la vista del resultado conseguido, Díaz justifica la violencia utilizada para mantener el monopolio del poder: reconoce haber sido duro “hasta el extremo de la crueldad”. Los resultados, dice, justificaban “la poca sangre derramada”. En resumen, el régimen ha sido moderadamente violento y eso es disculpable si se atiende a la prosperidad conseguida.

Difícilmente encontraremos una justificación más cínica de la censura y la violencia en beneficio de la prosperidad capitalista. Si censura y violencia parecían instrumentos válidos para garantizar el monopolio de la propiedad que ejercía la burguesía, la mentira sería “pecata minuta”. Así que –para garantizar la continuidad del sistema y evitar sobresaltos políticos que lo cuestionaran- finalmente Don Porfirio optó por una marcha gradual: pese a lo que había declarado en la famosa entrevista se haría reelegir y vincularía a la vicepresidencia a una facción de la élite, la que debía continuar dirigiendo el cotarro. Sin embargo, el amago del presidente permitió reconocer a la facción formada por los científicos del partido reeleccionista (partidarios de mantener un “porfiriato” sin Díaz), y los que querían liberalizar el sistema, entre los que destacó el hacendado Francisco I. Madero. En su libro “La sucesión presidencial de 1910”, desconfiaba de Díaz: temiendo que no se fuera, fundó el Centro Anti-reeleccionista (1909) e impulsó una activa campaña electoral que le permite llenar actos por todo el país. Acusado de fomentar la rebelión e insultar a las autoridades, acabó en la cárcel.

Poco después de que Díaz saliera elegido (junio 1910), el Porfiriato celebraba su apoteosis: las celebraciones del centenario de laindependencia. En el sumun del positivismo, se inauguraban a un ritmo frenético hospitales, plazas, libros de historia, universidades, escuelas, edificios, estaciones y monumentos, como el Ángel de la Independencia en mitad del Paseo de la Reforma. Como buen gobierno de la época del positivismo, el Porfiriato se sirvió del evento para monumentalizar la ciudad (haciendo nación), celebrar la ciencia (alumbrando negocios) y reinventando la historia (adaptando el pasado a la necesidad de legitimar el presente). Así cambe entender la exposición de arte mexicano –en la que debuta un joven Diego Rivera-, el monumento a Alexandervon Humbolt,  -significativamente pagado por los alemanes- y el XVII Congreso Internacional de Americanistas que inaugurala restauración de las pirámides de Teotihuacán.


REVOLUCIÓN MADERISTA. Mientras, Madero escapa de San Luis Potosí a los Estados Unidos y en 11/1910 da a conocer el Plan de San Luis. En él declara nulas las elecciones, recoge algunas reivindicaciones de indígenas y obreros, se proclama presidente provisional, y convoca a todos los mexicanos a levantarse el 20 de noviembre. Ese día se produjeron más de 13 levantamientos, principalmente en zonas rurales. Destacamos el de Pascual Orozco -cuyas huestes se enfrentaron por primera vez a los federales con éxito en Ciudad Guerrero y Pedernales- y Francisco Villa en Chihuahua, o Emiliano Zapata en Morelos. Sus primeras victorias permitieron el regreso de Madero (14-2-1911), aunque su movimiento anti-reeleccionista se había transformado con esos combates. Había nacido como un movimiento opositor de naturaleza urbana y de clase media, ahora los apoyos recibidos lo transformaban en una rebelión popular con un claro componente rural.

De hecho, podemos considerar terminada la “revolución maderista” con su exitosa entrada en Ciudad Juárez el 10 de mayo de 1911, ya que a finales de ese mismo mes Porfirio Díaz embarcaba en Veracruz camino del exilio en Francia, donde fallecería en julio de 1915. Dejaba un presidente interino, Francisco León de la Barra, quien presionó a los líderes revolucionarios para que licenciaran a sus tropas y –viendo que Emiliano Zapata ponía como condición lo prometido por Madero en el Plan de San Luis- mandó para someterlos al general Victoriano Huerta. Zapata dicta un manifiesto en Morelos acusando a los científicos, en el que exculpa a Madero y proclama el Ejército Libertador del Sur. Madero, por su parte, formaba el Partido Constitucional Progresista, basado en Plan de San Luis. Las elecciones le eligieron presidente con el 99% de los votos. Pero reformar México no le resultaría nada fácil…


PRESIDENCIA DE MADERO (1911-1913). Aunque el nuevo gobierno surgido de la revolución moderada rectificó la constitución para ampliar el derecho al sufragio, contra él surgieron cuatro oposiciones violentas:



-  Unas de carácter reaccionario, pretenden un relativo regreso al viejo orden. Entre ellas cabe destacar la del sobrino del dictador, Félix Díaz, un militar que se pronuncia en Veracruz y recibe el apoyo del embajador americano Henry Lane Wilson.
Otras quieren profundizar en la revolución, atendiendo a las demandas obreras y campesinas. En este bloque tenemos la revuelta de un antiguo aliado del presidente: Emiliano Zapata se niega a desmovilizarse, acusa a Madero de estar “en contubernio escandaloso con el partido científico, los hacendados feudales y los caciques opresores” (Plan de Ayala). 
También en este bloque tendríamos al general Pascual Orozco, desengañado al no entrar en el gobierno Madero, que lanza el Plan de la Empacadora.


Temiendo la desafección de los hacendados si no acababa con las revueltas, Madero mandó acabar con ellas al general Victoriano Huerta, Fue persiguiendo a Orozco que este general se ganó la confianza del presidente, y que tuvo un altercado con otro comandante rebelde (un tal Pancho Villa) por unos caballos robados que aquel se negaba a devolver. Enfurecido, lo arrestó y ordenó fusilarlo, pero el hermano del presidente Madero medió para liberarlo, lo cual encolerizó a Huerta. Aunque ratificó su lealtad al presidente, y había escoltado a Porfirio Díaz al exilio, se fue inclinando hacia la conspiración que lideraba Félix Díaz, el sobrino del antiguo presidente.

Madero no lo sabía cuándo le encargó la salvación del gobierno durante los diez días de desórdenes impulsados por los reaccionarios en Ciudad de México (Decena Trágica, febrero de 1913). En ese contexto, Victoriano Huerta cambió de bando: firmó el “pacto de la embajada” (americana) con el embajador Henry Lane Wilson, por el que se comprometía a apresar al presidente, para pacificar a los maderistas convocando elecciones y –manipulado el resultado- cederle la presidencia a Félix Díaz. Ese mismo día, Madero y el vicepresidente Pino Suárez fueron apresados y obligados a renunciar. La revuelta culminó el 22 de febrero con su asesinato. La revolución quedaba en suspenso, y se restablecía el viejo orden con formas militaristas. Hubo, claro está, resistencias.










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