Esa imagen triste y nostálgica no debe descuidar que aquellos no eran intelectuales de salón: publicaron prensa periódica –como el Variedades o el mensajero de Londres dirigido por Blanco White-, tradujeron a Walter Scott al español, o ejercieron la docencia: Alcalá Galiano se convirtió en 1827 en el primer catedrático de español del recién fundado University College de Londres. Aquellos exiliados tenían tiempo también para el activismo político: Espoz y Mina y Torrijos intervinieron en la formación de la “Junta Directiva del Alzamiento en España” (1826) y compraron una fragata destinada a un desembarco sorpresa en la península, intento frustrado por la intervención del Gobierno inglés. O, si se prefiere, por la “no intervención” que impondrían también en septiembre de 1936…
El riesgo y la aventura no se pueden vestir sólo de entusiasmo, porque mientras Espoz y Mina entraba –como los maquis en 1940- por los Pirineos y su fracaso le obligaba a volver huyendo a Francia, el viaje de Torrijos a Gibraltar y su desembarco en Málaga concluyeron de forma más trágica. Cada diciembre, la Asociación Torrijos 1831 de Alhaurín de la Torre organiza un homenaje a las víctimas del fusilamiento en las playas de San Andrés, trágicamente inmortalizadas por Antonio Gisbert, de los soñadores (o somnolientos, a juzgar por lo temerario del intento) compañeros de aventuras del general Torrijos. Entre ellos, el noble veterano de Bengala Robert Boyd, que –además de una fortuna- se dejó la vida en aquel intento tan suicida como breve. De hecho, el cabrón de Fernando VII lo resumió desde Madrid con un lacónico “que los fusilen a todos”.

[el número 13]
¿Anticipa el sacrificio de Robert Boyd –en el centro del cuadro con las manos atadas y los ojos cerrados- la simpatía de Orwell, Koestler, Malraux, Hemingway o Dos Passos en la última Guerra Civil por la causa democrática? Eso dice Goytisolo en el artículo citado. Juan Eslava Galán, en cambio, les ve consagrar su pasión a un país al que juzgan primitivo, atrasado y de casticismo casposo. Para él son “victorianos inadaptados” ansiosos por “ejercer el purificador apostolado de la libertad”. En definitiva, snobs suicidas.
Empujado por la lectura del escrito del muy prolijo, excelente divulgador, me dirigí al libro que criticaba: un ensayo de Tom Burns Marañón, historiador por Oxford, en distintos periodos corresponsal en España del Washington Post, Newsweek o Financial Tmes. Hispanomanía analiza la relación con España de distintos intelectuales británicos, y marca muchas diferencias entre los que vinieron “atraídos por las charangas y las panderetas, (…) los bandoleros de Despeñaperros y las cigarreras de la Fábrica de Tabacos de Sevilla” y los que se dejaron la vida aquí, como hizo Cornforn el 27 de diciembre de 1936, el día que cumplía veintiún años, dejándole escrito en una prometida a su carta que…

Camino de Huesca, en el último tramo,
Última barrera para nuestro honor,
Tan tiernamente pienso en ti, mi amor,
Como si tú estuvieras a mi lado.
Y si la suerte acaba con mi vida,
Dentro de una fosa mal cavada,
Acuérdate de toda nuestra dicha:
No olvides nunca que te amaba.
La diferencia entre aquellos “pobrecitos habladores” y los que hoy tienen la suerte de ser leídos, de publicar, de consagrarse al negocio de la escritura cotidiana y la opinilogía mediática, es obvia. El compromiso de entonces agravia la tranquilidad con la que los intelectuales de hoy asisten a las tragedias del presente -Palestina, por ejemplo- excusando con agresiones terroristas el terror de estado impuesto sobre una sociedad entera: llevamos 1.200 muertos, de los cuales 300 son niños.